Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 30

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AL día siguiente era el cumpleaños de Zigzag. O por lo menos eso dijo él. Cuando todos los demás salieron de la tienda, se quedó tumbado en su camastro.

—Hoy puedo dormir más porque es mi cumpleaños.

Al rato se coló en la fila del desayuno, colocándose justo delante de Calamar. Calamar le dijo que se pusiese al final de la cola.

—Oye, que es mi cumpleaños —dijo Zigzag, y no se movió.

—No es tu cumpleaños —dijo Imán, que estaba detrás de Calamar.

—Sí que lo es —respondió Zigzag—. El ocho de julio.

Stanley estaba detrás de Imán. No sabía qué día de la semana era, y mucho menos la fecha. Puede que estuvieran a 8 de julio, pero ¿cómo lo sabía Zigzag?

Intentó calcular cuánto tiempo llevaba en el Campamento Lago Verde, si es que de verdad estaban a ocho de julio.

—Llegué el veinticuatro de mayo —dijo en voz alta—, así que he estado aquí…

—Cuarenta y seis días —dijo Zero.

Stanley estaba todavía intentando recordar cuántos días tenían mayo y junio. Miró a Zero. En cuestión de números, había aprendido a no dudar de él.

Cuarenta y seis días. Le parecía que eran mil. El primer día no había cavado un hoyo, y hoy tampoco. Lo cual quería decir que llevaba cuarenta y cuatro hoyos, si es que realmente era el 8 de julio.

—¿Puedo coger otro zumo? —le preguntó Zigzag al señor Sir—. Es mi cumpleaños.

Para sorpresa de todos, el señor Sir se lo dio.

Stanley clavó la pala en la tierra. Hoyo número cuarenta y cinco. «El hoyo cuarenta y cinco es el más duro», pensó.

Pero no era cierto y él lo sabía. Ahora estaba mucho más fuerte que cuando había llegado. Su cuerpo se había acostumbrado al calor y a las condiciones duras.

El señor Sir ya no le dejaba sin agua. Después de una semana o así teniendo que aguantar con menos agua, a Stanley le parecía que ahora tenía agua más que de sobra.

Y, claro, también ayudaba que Zero cavase parte de su hoyo todos los días, aunque tampoco era tan estupendo como pensaban todos los demás. Siempre se sentía un poco incómodo cuando Zero cavaba por él; no sabía qué hacer mientras tanto. Normalmente se quedaba un rato de pie y luego se sentaba en el suelo, con el sol golpeándole la espalda.

Era mejor que cavar.

Pero no mucho mejor.

Un par de horas más tarde, cuando amaneció, Stanley buscó «el pulgar de Dios». Las montañas eran apenas sombras negras en el horizonte.

Creyó distinguir un lugar donde la cima de una montaña parecía sobresalir, pero no era tan impresionante. Poco después, las montañas se perdieron de vista, escondidas tras el resplandor del sol que se reflejaba en al aire sucio.

Se dio cuenta de que a lo mejor estaba cerca de donde Kate Barlow había robado a su bisabuelo. Si lo que había encontrado era su barra de labios, debía de haber vivido por aquella zona.

Zero le relevó antes de la hora del almuerzo. Stanley salió del hoyo y Zero se metió dentro.

—Eh, Cavernícola —dijo Zigzag—, deberías conseguir un látigo. Así, cuando tu esclavo baje el ritmo, le podrás dar un latigazo en la espalda.

—No es mi esclavo —contestó Stanley—. Hemos hecho un trato, eso es todo.

—Tú sí que has hecho un buen trato —dijo Zigzag.

—Fue idea de Zero, no mía.

—¿Sabes, Zig? —dijo Rayos X, acercándose—. El Cavernícola le está haciendo un favor a Zero. A Zero le gusta cavar hoyos.

—Desde luego es un tío muy majo, deja que Zero le cave su hoyo —dijo Calamar.

—Oye, ¿y yo qué? —preguntó Sobaco—. A mí también me gusta cavar. ¿Me dejas cavar a mí, Cavernícola, cuando termine Zero?

Los demás chicos se rieron.

—No, déjame a mí —dijo Zigzag—. Es mi cumpleaños.

Stanley intentó no hacerles caso. Pero Zigzag siguió insistiendo:

—Venga, Cavernícola. Sé bueno. Déjame cavar tu hoyo.

Stanley sonrió, como si fuera una broma.

Cuando el señor Peraski llegó con el agua y la comida, Zigzag le ofreció a Stanley su lugar en la cola.

—Como eres mucho mejor que yo…

Stanley se quedó donde estaba.

—Yo no he dicho que fuera mej…

—Le estás insultando, Zig —dijo Rayos X—. ¿Por qué iba a querer tu sitio, cuando se merece estar el primero de todos? Es mejor que todos nosotros. ¿Verdad que sí, Cavernícola?

—No —dijo Stanley.

—Claro que sí —dijo Rayos X—. Ponte aquí delante, donde te corresponde.

Stanley dudó y luego se puso a la cabecera.

—Hombre, esto es nuevo —dijo el señor Peraski al salir de la camioneta. Llenó la cantimplora de Stanley y le dio la bolsa con el almuerzo.

Stanley se sintió aliviado de alejarse de allí. Se sentó entre su hoyo y el de Zero. Se alegraba de que ya hubiera llegado el momento de volver a cavar su propio hoyo. A lo mejor así le dejaban en paz. Tal vez fuera mejor que Zero no cavase más por él. Pero tenía que ahorrar energía para ser un buen profesor.

Dio un bocado a su sándwich, que contenía una mezcla de carne y queso salida directamente de una lata. Casi todas las cosas de Lago Verde eran de lata. El camión traía las provisiones una vez al mes.

Levantó la vista y vio a Zigzag y a Calamar caminando hacia él.

—Te doy mi galleta si me dejas cavar tu hoyo —dijo Zigzag.

Calamar se echó a reír.

—Toma, mi galleta —dijo Zigzag, poniéndosela delante de la cara.

—Déjame en paz —dijo Stanley.

—Por favor, cómete mi galleta —dijo Zigzag, poniéndosela debajo de la nariz.

Calamar se reía.

Stanley apartó la galleta. Zigzag lo empujó.

—¡No me empujes!

—No te he empujado. —Stanley se levantó. Miró a su alrededor. El señor Peraski estaba llenando la cantimplora de Zero. Zigzag le volvió a empujar.

Stanley dio un paso atrás, con cuidado para no caer en el hoyo de Zero. Zigzag le siguió. Le dio otro empujón y dijo:

—¡Que no me empujes!

—Déjalo ya —dijo Sobaco cuando Imán y Rayos X se acercaron.

—¿Por qué? —saltó Rayos X—. El Cavernícola es más grande. Puede cuidarse solo.

—No quiero problemas —dijo Stanley. Zigzag le empujó más fuerte.

—Que te comas mi galleta.

Stanley se alegró al ver llegar al señor Peraski y a Zero.

—Hola, Mami —dijo Sobaco—. Estábamos de broma.

—Ya me he dado cuenta de qué va esto —dijo el señor Peraski. Se volvió hacia Stanley—. Vamos, Stanley. Pégale. Eres más grande que él.

Stanley miró al señor Peraski, atónito.

—Enséñale una lección a este bravucón —dijo el señor Peraski.

Zigzag le dio una fuerte palmada en el hombro.

—Enséñame una lección —le desafió.

Stanley hizo un débil intento de golpear a Zigzag, y sintió una lluvia de puñetazos sobre la cabeza y el cuello. Zigzag lo había agarrado por el cuello del mono con una mano y le estaba golpeando con la otra. El cuello se desgarró y Stanley cayó de espaldas al suelo.

—¡Basta ya! —gritó el señor Peraski.

Pero Zigzag no había tenido bastante. Saltó encima de Stanley.

—¡Para! —gritó el señor Peraski.

La mejilla de Stanley estaba aplastada contra el suelo. Intentó protegerse, pero los puños de Zigzag le golpeaban en los brazos, incrustándole el rostro en la tierra.

Lo único que podía hacer era esperar a que terminara.

Y, de repente, Zigzag ya no estaba sobre él. Stanley consiguió levantar la vista y vio el brazo de Zero enroscado en el largo cuello de Zigzag.

Zigzag boqueaba mientras intentaba desesperadamente librarse del brazo de Zero.

—¡Lo vas a matar! —gritó el señor Peraski. Zero siguió apretando.

Sobaco se lanzó sobre ellos, y liberó a Zigzag de la llave de Zero. Los tres cayeron al suelo en direcciones distintas.

El señor Peraski dio un disparo al aire.

Los otros monitores llegaron corriendo desde la oficina, las tiendas y otros puntos del lago. Traían las pistolas en la mano, pero las enfundaron cuando se dieron cuenta de que la pelea había terminado.

Vigilante llegó a pie desde su cabaña.

—Ha habido una revuelta —le dijo el señor Peraski—. Zero ha estado a punto de estrangular a Zigzag.

Vigilante miró a Zigzag, que todavía estaba dándose masajes en el cuello. Luego se volvió a Stanley que, obviamente, se encontraba en peores condiciones.

—¿Y a ti qué te ha pasado?

—Nada. No ha sido una revuelta.

—Ziggy estaba dándole una paliza al Cavernícola —dijo Sobaco—. Luego, Zero ha empezado a estrangular a Zigzag, y yo he tenido que quitárselo de encima. La bronca ha terminado antes de que Mami disparara su pistola.

—Se les ha ido un poco de las manos, eso es todo —dijo Rayos X—. Ya sabe lo que pasa. Todo el día bajo el sol. La gente se calienta, ¿no? Pero ahora ya están todos tranquilos.

—Ya veo —dijo Vigilante. Se volvió a Zigzag—. ¿Qué te pasa? ¿No te han regalado un perrito por tu cumpleaños?

—Es que Zig se calienta enseguida —dijo Rayos X—. Todo el día bajo el sol. Ya sabe lo que pasa. La sangre empieza a hervir.

—¿Es eso lo que ha pasado, Zigzag?

—Sí —dijo Zigzag—. Como ha dicho Rayos X. Trabajando tan duro bajo el sol, mientras el Cavernícola está ahí sentado sin hacer nada. Me hervía la sangre.

—¿Perdón? —dijo Vigilante—. El Cavernícola cava sus hoyos, como todos los demás.

Zigzag se encogió de hombros.

—A veces.

—¿Perdón?

—Zero cava parte del hoyo del Cavernícola todos los días —dijo Calamar.

Vigilante miró a Calamar, luego a Stanley y por último a Zero.

—Le estoy enseñando a leer y escribir —dijo Stanley—. Es una especie de trueque. Y el hoyo se acaba igual, ¿qué más da quién lo haga?

—¿Perdón? —dijo Vigilante.

—¿No es más importante que él aprenda a leer? —preguntó Stanley—. ¿No es mejor para desarrollar el carácter que cavar hoyos?

—Mejor para su carácter —dijo Vigilante—. ¿Y qué pasa con el tuyo?

Stanley encogió un hombro. Vigilante se volvió hacia Zero.

—A ver, Zero, ¿qué has aprendido hasta ahora?

Zero no dijo nada.

—¿Has estado cavando el hoyo del Cavernícola para nada? —le preguntó Vigilante.

—Le gusta cavar hoyos —dijo el señor Peraski.

—Dime qué aprendiste ayer —dijo Vigilante—. Seguro que te acuerdas de eso.

Zero no dijo nada.

El señor Peraski se echó a reír. Cogió una pala y dijo:

—¡Es como enseñar a leer a esta pala! Tiene más cerebro que Zero.

—Aprendí el sonido «ato» —dijo Zero.

—El sonido «ato» —repitió Vigilante—. A ver, dime, ¿cómo se dice ge, a, té, o?

Zero miró a su alrededor, incómodo.

Stanley sabía que sabía la respuesta. Pero a Zero no le gustaba contestar preguntas.

—Gato —contestó Zero.

El señor Peraski aplaudió.

—¡Bravo! ¡Bravo! ¡Es un genio!

—¿Pe, a, té, o? —preguntó Vigilante.

Zero pensó un momento. Stanley no le había enseñado todavía la pe.

—Pe —susurró Zero—. Pe, ato. Pato.

—¿Y che, a, te, o? —preguntó Vigilante. Stanley tampoco le había enseñado el sonido «che».

Zero se concentró y dijo:

—Hato —aspirando la hache.

Todos los monitores se rieron.

—¡Desde luego, es un genio! —dijo el señor Peraski—. Es tan estúpido que ni siquiera sabe que es estúpido.

Stanley no sabía por qué el señor Peraski la había tomado con Zero. Si el señor Peraski se hubiera parado a pensar un momento, se habría dado cuenta de que era muy lógico que Zero pensara que la letra hache hacía el sonido «che».

—Vale, de ahora en adelante, no quiero que nadie cave hoyos que no son suyos —dijo Vigilante—. Y nada de clases de lectura.

—No pienso cavar otro hoyo —dijo Zero.

—Muy bien —dijo Vigilante. Se volvió hacia Stanley—. ¿Sabes por qué estás cavando hoyos? Porque es bueno para ti. Te enseña una lección. Si Zero cava por ti, entonces no aprendes tu lección, ¿verdad?

—Me imagino que no —farfulló Stanley, aunque sabía que no estaban cavando únicamente para aprender una lección. Ella estaba buscando algo, algo que pertenecía a Kate «Besos» Barlow.

—¿Y por qué no puedo cavar mi hoyo y además enseñar a leer a Zero? —preguntó Stanley—. ¿Qué hay de malo en eso?

—Te voy a decir qué hay de malo —dijo Vigilante—. Solo crea problemas. Zero casi mata a Zigzag.

—Le causa estrés —dijo el señor Peraski—. Sé que lo haces con buena intención, Stanley, pero tienes que aceptarlo. Zero es demasiado estúpido para aprender a leer. Por eso le hierve la sangre. No es el sol.

—No pienso cavar otro hoyo —repitió Zero.

El señor Peraski le pasó la pala.

—Toma, Zero. Es para lo único que sirves. Zero cogió la pala.

La empuñó como un bate de béisbol.

La hoja de metal se estrelló contra la cara del señor Peraski. Se le doblaron las rodillas y perdió el conocimiento antes de caer al suelo.

Todos los monitores sacaron las armas.

Zero sostenía la pala lejos de su cuerpo, como si pretendiera batear todas las balas.

—Odio cavar hoyos —dijo. Y muy despacio empezó a retroceder.

—No disparéis —dijo Vigilante—. No puede ir a ninguna parte. Lo único que nos hace falta es una investigación.

Zero siguió retrocediendo. Pasó el montón de hoyos que el grupo había estado cavando y se adentró cada vez más en el interior del lago.

—Tendrá que volver a por agua —dijo Vigilante. Stanley vio la cantimplora de Zero en el suelo, cerca de su hoyo.

Un par de monitores ayudaron al señor Peraski a ponerse de pie y lo subieron en la camioneta.

Stanley miró hacia Zero, pero había desaparecido entre la neblina.

Vigilante ordenó a los monitores que hicieran turnos montando guardia en las duchas y en la Nada, todo el día y toda la noche. Tenían instrucciones de no dejarle beber. Cuando regresara, debían llevarle directamente a su cabaña.

Se examinó las uñas y dijo:

—Ya me va tocando volverme a pintar las uñas.

Antes de despedirse, les dijo a los seis restantes miembros del Grupo D que seguía esperando siete hoyos.

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