Hoyos
Segunda parte. El último hoyo » 31
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STANLEY clavó la pala en la tierra con rabia. Estaba enfadado con todos: con el señor Peraski, Vigilante, Zigzag, Rayos X y su tatarabuelo-desastre-inútil-ladrón-de-cerdos. Pero sobre todo estaba enfadado consigo mismo.
Sabía que no debía haber dejado que Zero cavara parte de su hoyo. Podía haberle enseñado a leer de todas formas. Si Zero era capaz de cavar todo el día y todavía le quedaban fuerzas para aprender, él tenía que haber sido capaz de cavar todo el día y tener fuerzas para enseñarle.
Y lo que debía hacer, pensó, era salir en busca de Zero.
Pero no lo hizo.
Ninguno de los otros le ayudó a cavar el hoyo de Zero, y él tampoco lo esperaba. Zero le había estado ayudando a cavar su hoyo. Ahora le tocaba a él cavar el de Zero.
Permaneció en el lago durante la parte más calurosa del día, mucho después de que todos los demás se hubieran marchado. De vez en cuando buscaba a Zero con la mirada, pero Zero no regresó.
Habría sido fácil salir detrás de Zero. No había nadie para impedírselo. No dejaba de pensar que eso era lo que tenía que hacer.
Quizá pudieran escalar juntos hasta la cima del Gran Pulgar.
Si no estaba tan lejos. Y si era en realidad el mismo lugar donde su bisabuelo había encontrado refugio. Y si, cien años después de eso, todavía seguía habiendo agua.
No parecía muy probable. Sobre todo al ver cómo se había secado todo el lago.
E incluso si encontraban refugio en el Gran Pulgar, pensó, al final tendrían que terminar regresando. Y entonces deberían enfrentarse los dos a Vigilante y a sus uñas de serpiente de cascabel.
En vez de eso se le ocurrió una idea mejor, aunque todavía no tenía todo bien atado. Pensó que tal vez podría hacer un trato con Vigilante. Le diría dónde había encontrado de verdad el tubo dorado si ella no arañaba a Zero.
No estaba seguro de cómo hacer ese trato sin meterse en un lío todavía mayor. Ella podría decir: «Dime dónde lo has encontrado o te araño a ti también». Además, de esa forma también involucraría a Rayos X. Y quizá ella le arañara también.
Rayos X se convertiría en su enemigo durante los próximos dieciséis meses.
Clavó la pala en la tierra.
A la mañana siguiente Zero seguía sin aparecer. Stanley vio a uno de los monitores haciendo guardia junto al grifo del agua en la pared de las duchas.
El señor Peraski tenía los dos ojos morados y un vendaje sobre la nariz.
—Siempre supe que era estúpido —le oyó decir Stanley.
Al día siguiente Stanley solo tuvo que cavar un hoyo. Mientras trabajaba, miraba constantemente por si veía a Zero, pero no lo vio. Volvió a considerar salir al lago a buscarlo, pero empezó a darse cuenta de que era demasiado tarde.
Su única esperanza era que Zero hubiera encontrado el pulgar de Dios por su cuenta. No era imposible. Su bisabuelo lo había encontrado. Por alguna razón, su bisabuelo había sentido el impulso de subir a la cima de aquella montaña. Tal vez Zero sintiera lo mismo.
Si era la misma montaña. Si todavía había agua.
Intentó convencerse de que no era imposible. Solo unos días antes había habido una tormenta. Quizá el Gran Pulgar era una especie de depósito natural de agua y almacenaba la lluvia.
No era imposible.
Volvió a la tienda y se encontró con Vigilante, el señor Sir y el señor Peraski esperándole.
—¿Has visto a Zero? —le preguntó Vigilante.
—No.
—¿Ni rastro de él?
—No.
—¿Tienes idea de dónde ha ido?
—No.
—Sabes que no le haces ningún favor mintiendo —dijo el señor Sir—. No puede sobrevivir ahí fuera más de un día o dos.
—No sé dónde está.
Los tres miraron a Stanley como intentando adivinar si decía la verdad. La cara del señor Peraski estaba tan hinchada que apenas podía abrir los ojos. Eran como dos líneas.
—¿Estás seguro de que no tiene familia? —preguntó Vigilante al señor Peraski.
—Está bajo custodia del Estado —contestó el señor Peraski—. Cuando lo arrestaron vivía en la calle.
—¿Habrá alguien que pueda hacer preguntas? ¿Algún asistente social que se interesara por él?
—No tenía a nadie —contestó el señor Peraski—. No era nadie.
Vigilante pensó unos instantes.
—Está bien, quiero que destruyas su expediente completo.
El señor Peraski asintió.
—Nunca ha estado aquí —dijo Vigilante. El señor Sir asintió.
—¿Puedes entrar en los ordenadores del Estado? —le preguntó al señor Peraski—. No quiero que la gente de la oficina del fiscal general sepa que ha estado aquí.
—No creo que pueda borrarlo de todos los ordenadores —dijo el señor Peraski—. Hay demasiadas referencias cruzadas. Pero puedo conseguir que sea muy difícil encontrar información sobre él. De todas formas, como digo, no lo va a buscar nadie. Héctor Zeroni no le importa a nadie.
—Muy bien —dijo Vigilante.