Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 32

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DOS días más tarde asignaron un chico nuevo al Grupo D. Se llamaba Brian, pero Rayos X le puso Tic porque no paraba de moverse. Tic recibió el camastro de Zero, y su cajón.

Las plazas libres no suelen durar mucho en el Campamento Lago Verde.

Tic había sido arrestado por robar un coche. Decía que era capaz de abrir un coche, desconectar la alarma y hacer un puente en menos de un minuto.

—Yo nunca planeo robarlos, sabéis —les contó—. Pero a veces, sabéis, paso cerca de un coche muy chulo, aparcado en una zona desierta, y, sabéis, me pongo nervioso. Si os parece que ahora tengo un tic, es porque no me habéis visto cuando estoy cerca de un coche. En un abrir y cerrar de ojos estoy detrás del volante.

Stanley estaba tumbado entre las sábanas ásperas. Se le ocurrió que su camastro ya no olía tan mal. Se preguntó si el olor habría desaparecido, o si se había acostumbrado a él.

—Oye, Cavernícola —dijo Tic—. ¿De verdad tenemos que levantarnos a las cuatro y media de la mañana?

—Te acabas acostumbrando —le dijo Stanley—. Es la parte más fresca del día.

Intentó no pensar en Zero. Era demasiado tarde. O había llegado al Gran Pulgar o…

Lo que más le preocupaba, sin embargo, no era que fuera demasiado tarde. Lo que más le preocupaba, lo que le carcomía por dentro, era el temor de que no fuera demasiado tarde.

¿Y si Zero estaba todavía vivo, arrastrándose desesperadamente por el desierto buscando agua?

Intentó quitarse aquella imagen de la cabeza.

A la mañana siguiente, en el lago, Stanley escuchaba mientras el señor Sir le explicaba a Tic cómo tenía que ser su hoyo.

—Tan profundo y tan ancho como tu pala.

Tic no se estaba quieto. Tamborileaba con los dedos contra el mango de madera de la pala y balanceaba el cuello de un lado a otro.

—Después de cavar todo el día, ya verás como no te mueves tanto —le dijo el señor Sir—. No te va a quedar fuerza ni para menear el dedo meñique —se metió un puñado de pipas en la boca, las masticó con habilidad, y escupió las cáscaras—. No estamos en un campamento de señoritas.

La camioneta del agua llegó poco después del amanecer. Stanley se puso a la cola detrás de Imán y delante de Tic.

«¿Y qué pasa si no es demasiado tarde?».

Se quedó mirando cómo el señor Sir llenaba las cantimploras. La imagen de Zero arrastrándose por la arena ardiente no le había abandonado.

Pero ¿qué podía hacer él? Incluso si Zero estaba vivo después de más de cuatro chas, ¿cómo iba a encontrarlo? Harían falta días. Necesitaría un coche.

O una camioneta. Una camioneta con un tanque de agua en la parte trasera.

Stanley se preguntó si el señor Sir habría dejado las llaves puestas.

Lentamente, se fue alejando de la fila y dio la vuelta por el costado de la camioneta. Miró por la ventanilla. Las llaves estaban allí, colgando en su sitio.

Stanley sintió que los dedos le cosquilleaban. Respiró hondo para tranquilizarse e intentó pensar con claridad. No sabía conducir.

Pero no podía ser muy difícil.

«Es una verdadera locura», se dijo. Pero si iba a hacer algo, sabía que tenía que darse prisa y decidirse antes de que el señor Sir se diese cuenta.

«Es demasiado tarde», se dijo. Era imposible que Zero hubiera sobrevivido.

Pero ¿y si no era demasiado tarde?

Volvió a respirar hondo. «Piénsalo bien», se dijo, pero no había tiempo para pensar. Abrió la puerta y rápidamente se subió a la camioneta.

—¡Eh! —gritó el señor Sir.

Giró la llave y pisó el pedal hasta el fondo. El motor rugió, pero la camioneta no se movió.

El señor Sir rodeó el vehículo corriendo. La puerta todavía estaba abierta.

—¡Mete la marcha! —gritó Tic.

La palanca de cambios automática estaba en el suelo, junto al asiento. Stanley la echó hacia atrás, hasta la posición de avanzar.

El camión dio un salto hacia adelante, lanzando a Stanley contra el asiento. Se agarró con fuerza al volante mientras el camión aceleraba. Tenía el acelerador pisado a fondo.

El camión avanzaba cada vez más rápido por el lecho seco del lago. Dio un salto sobre un montón de tierra. De repente Stanley salió proyectado hacia delante, y de nuevo otra vez hacia atrás cuando el airbag le explotó en la cara. Se cayó por la portezuela abierta hasta dar contra el suelo.

Se había metido directamente en un hoyo.

Se quedó tumbado en la tierra mirando al camión, que estaba de lado. Suspiró. Esta vez no podía echarle la culpa a su tatarabuelo-desastre-inútil-ladrón-de-cerdos. Esta vez era culpa suya, al cien por cien. Probablemente acababa de hacer la cosa más estúpida de su corta y miserable vida.

Consiguió ponerse de pie. Estaba magullado, pero creía que no se había roto ningún hueso. Observó al señor Sir, que se había quedado en el mismo lugar, mirándolo fijamente.

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