Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 33

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SE puso a andar más despacio. Parecía que nadie le perseguía. Oyó voces procedentes de donde estaba la camioneta, pero no entendía qué decían. De vez en cuando se oía el motor, revolucionado, pero esa camioneta no iría a ninguna parte durante un buen rato.

Se encaminó hacia donde él creía que estaba el Gran Pulgar. La bruma le impedía verlo.

Caminar lo ayudó a calmarse y pudo pensar con claridad. Dudaba que pudiera llegar al Gran Pulgar, y sin agua en la cantimplora, no quería arriesgar su vida con la esperanza de encontrar refugio allí. Tendría que regresar al campamento. Lo sabía. Pero no tenía ninguna prisa. Sería mejor volver más tarde, cuando todo el mundo hubiera tenido tiempo de calmarse. Y ya que había llegado tan lejos, podía aprovechar para buscar a Zero.

Decidió ir hasta donde le aguantaran las fuerzas, hasta que estuviera demasiado cansado para seguir, y luego se daría la vuelta y regresaría.

Sonrió y pensó que aquello no iba a funcionar. Tendría que ir solo hasta la mitad, la mitad de todo lo que pudiese aguantar, y así todavía le quedarían fuerzas para regresar. Entonces tendría que hacer un trato con Vigilante, decirle dónde había encontrado la barra de labios de Kate Barlow, y suplicar clemencia.

Le sorprendió ver hasta dónde llegaban los hoyos. Ni siquiera se veía el campamento, y todavía seguía pasando hoyos. Justo cuando pensaba que aquel era el último, se encontraba con otro grupo de ellos, un poco más lejos.

Cuando estaban en el campamento, cavaban siguiendo un orden sistemático, fila tras fila, dejando espacio para el camión del agua. Pero aquí no había ningún orden. Parecía como si, de vez en cuando, en un ataque de frustración, Vigilante eligiese un punto al azar y dijera: «¡Qué demonios, cavad aquí mismo!». Era como intentar adivinar los números ganadores en la bonoloto.

Stanley miraba cada hoyo que pasaba, pero no quería admitir lo que estaba buscando.

Después de más de una hora, pensó que ya no quedaban más agujeros, pero un poco a la izquierda vio otro montón de ellos. En realidad no vio los hoyos, sino las pilas de arena que los rodeaban.

Pasó por encima de una pila y miró en el primer hoyo. El corazón se le paró.

En el fondo había una familia de lagartos de pintas amarillas. Lo miraron con sus grandes ojos rojos.

Saltó hacia atrás y echó a correr.

No sabía si lo perseguían, pero le pareció ver a uno saliendo del agujero.

Corrió hasta que no pudo más, y se derrumbó. No le habían seguido.

Se sentó un rato y recuperó el aliento. Al levantarse, creyó ver algo a lo lejos, a unos cincuenta metros. No parecía gran cosa, quizá solo una roca de buen tamaño, pero en una extensión de nada, cualquier cosita parecía inusual.

Caminó despacio hacia allí. El encuentro con los lagartos le había vuelto muy cauteloso.

Resultó ser un saco vacío de pipas de girasol. Se preguntó si sería el mismo que Imán le había robado al señor Sir, aunque no parecía probable.

Le dio la vuelta, y encontró una pipa enganchada en las costuras.

Su almuerzo.

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