Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 34

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EL sol estaba casi directamente en la vertical. Calculó que no podría caminar más de una hora, quizá dos, antes de darse la vuelta.

Aquello no tenía sentido. Veía que no había nada delante de él. Nada más que vacío. Estaba cansado, tenía calor, hambre y, sobre todo, sed. Quizá debía darse la vuelta allí mismo. Quizá ya había recorrido la mitad y no se había dado cuenta.

Entonces, al mirar en derredor, vio un charco de agua a menos de cien metros. Cerró los ojos y los volvió a abrir para asegurarse de que no se lo estaba imaginando. El charco seguía allí.

Se apresuró en esa dirección. Y el charco se iba alejando de él, moviéndose al mismo tiempo que él, parándose cuando él se paraba.

No había agua. Era un espejismo causado por las refulgentes olas de calor que salían del suelo ardiente.

Siguió caminando. Todavía llevaba el saco de pipas vacío. No sabía si encontraría algo para guardar en él.

Al cabo de un rato le pareció distinguir la silueta de las montañas a través de la niebla. Al principio no estaba seguro de si sería otro tipo de espejismo, pero cuanto más caminaba, más claro las percibía. Casi en línea recta, vio una con forma de puño, con el pulgar levantado.

No sabía a qué distancia estaría. ¿Diez kilómetros? ¿Cincuenta? Una cosa era evidente, estaba más allá de la mitad del camino.

Siguió andando en esa dirección, sin saber por qué. Sabía que tendría que darse la vuelta antes de llegar. Pero cada vez que lo miraba, el puño parecía animarle, haciéndole el signo de okay.

Al continuar la marcha percibió un objeto grande en el lago. No sabía lo que era, ni siquiera si era un fenómeno natural o hecho por el hombre. Parecía un arbolito caído, aunque aquel no era un lugar propicio para que creciera un árbol. Lo más probable es que se tratara de un montículo de tierra o rocas.

El objeto, fuera lo que fuese, no estaba de camino al Gran Pulgar, sino un poco a la derecha. Intentó decidir si llegar hasta él o seguir hasta el Gran Pulgar. O quizá darse la vuelta.

Determinó que no tenía sentido seguir hacia el Gran Pulgar. No llegaría nunca. Era como intentar llegar a la luna. Pero el objeto misterioso sí estaba a su alcance.

Cambió el rumbo. Seguramente no sería nada, pero el hecho de que hubiese algo en medio de aquella nada le impedía pasar de largo. Decidió que aquel objeto marcaría la mitad del trayecto y confió en no haber ido demasiado lejos.

Al descubrir lo que era se rio para sus adentros. Era una barca, o al menos parte de una. Le hizo gracia ver una barca en medio de aquel desierto árido y vacío. Pero cayó en la cuenta de que, al fin y al cabo, en algún momento había sido un lago.

El bote estaba boca abajo, medio enterrado.

Alguien se habría ahogado allí, pensó con amargura, en el mismo sitio en el que él podría morir de sed.

La barca tenía un nombre pintado en la parte de atrás. La pintura de las letras rojas se había descascarillado y descolorido, pero Stanley fue capaz de leer el nombre boca abajo: Mary Lou.

En un lado de la barca había un montón de tierra y un túnel que llevaba debajo del bote. Parecía lo bastante amplio para un animal de buen tamaño.

Oyó un ruido. Algo se movió debajo de la embarcación.

Y estaba saliendo a la superficie.

—¡Eh! —gritó Stanley, con idea de asustarlo y que se quedase dentro. Tenía la boca seca y era difícil gritar muy alto.

—¡Eh! —respondió débilmente aquella cosa.

Y entonces una mano oscura y una manga naranja aparecieron por la boca del túnel.

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