Hoyos
Segunda parte. El último hoyo » 36
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PUSIERON cuatro tarros que no estaban rotos en el saco de las pipas, por si les servían de algo; Stanley llevaba el saco y Zero la pala.
—Te advierto una cosa —le dijo Stanley—. No soy precisamente el tío más afortunado del mundo.
A Zero no le preocupaba.
—Cuando te has pasado toda la vida viviendo en un hoyo —dijo—, la única manera de avanzar es hacia arriba.
Se hicieron el signo de la buena suerte, los puños cerrados con los dedos apuntando hacia arriba, y se pusieron en marcha.
Eran las horas más calurosas del día. La cantimplora vacía-vacía-vacía de Stanley seguía colgada de su cuello. Volvió a pensar en el camión del agua, y deseó haberse parado a llenar la cantimplora antes de escaparse.
No habían ido muy lejos cuando Zero tuvo otro ataque. Se agarró el estómago y se dejó caer al suelo.
Lo único que podía hacer Stanley era esperar a que se le pasara. El Sploosh le había salvado la vida a Zero, pero ahora lo estaba destrozando por dentro. Se preguntó cuánto tiempo tardaría él también en sentir los efectos.
Miró al Gran Pulgar. No parecía más cerca que cuando habían salido. Zero respiró hondo y consiguió sentarse.
—¿Puedes andar? —le preguntó Stanley.
—Espera un segundo —dijo Zero. Volvió a respirar hondo y, apoyándose en la pala, se puso de pie. Le hizo a Stanley el gesto con los pulgares levantados y continuaron.
A veces Stanley intentaba avanzar un buen rato sin mirar al Gran Pulgar. Hacía una fotografía mental de él, y luego esperaba unos diez minutos antes de volver a mirar, para ver si estaba más cerca.
Pero nunca se aproximaba. Era como intentar alcanzar la luna.
Y si es que llegaban allí, aún tendrían que subirlo.
—Me pregunto quién sería —dijo Zero.
—¿Quién?
—Mary Lou —dijo Zero.
Stanley sonrió.
—Me figuro que sería una persona de verdad en un lago de verdad. Es difícil de imaginar.
—Seguro que era guapa —dijo Zero—. Alguien debe de haberla querido mucho para ponerle su nombre a una barca.
—Sí —dijo Stanley—. Seguro que estaba guapísima en bañador, sentada en la barca mientras su novio remaba.
Zero usaba la pala como una tercera pierna. Las dos que tenía no eran suficientes para mantenerlo de pie.
—Tengo que hacer un descanso —dijo al cabo de un rato.
Stanley miró al Gran Pulgar. Seguía estando igual de lejos. Temía que si Zero se paraba, no iba a ser capaz de volver a caminar.
—Ya casi estamos —le dijo.
Intentó calcular qué estaría más cerca, el Campamento Lago Verde o el Gran Pulgar.
—Me tengo que sentar, de verdad.
—Mira a ver si puedes seguir un poco.
Zero se derrumbó. La pala se quedó de pie una fracción de segundo, en perfecto equilibrio sobre la punta de la hoja, y luego cayó a su lado.
Zero se arrodilló, inclinándose con la cabeza apoyada en el suelo. Stanley le oía gemir débilmente. Miró la pala y no pudo evitar pensar que quizá tuviera que usarla para cavar una tumba. El último hoyo de Zero.
«¿Y quién cavará mi tumba?», pensó.
Pero Zero se incorporó, otra vez levantando los pulgares en señal de buena suerte.
—Dame unas cuantas palabras —dijo en un hilo de voz. Stanley tardó un poco en entender qué quería. Luego sonrió y dijo:
—Erre, o, ese, a.
Zero probó:
—Rrosa. Rrosa. Rosa.
—Muy bien. Erre, i, ese, a.
—Rrisa.
Aquel juego parecía ayudar a Zero. Le daba algo en qué pensar y le distraía de la debilidad y el dolor.
Y también a Stanley. Cuando volvió a mirar al Gran Pulgar, lo vio más cerca.
Dejaron de deletrear palabras cuando hablar se volvió demasiado doloroso. Stanley tenía la garganta seca. Se sentía débil y agotado, pero aunque estaba fatal, sabía que Zero se sentía diez veces peor. Si Zero era capaz de seguir, él también.
Era posible, pensaba, esperaba, que a él no le hubieran afectado las bacterias. Zero no había podido desenroscar la tapa. A lo mejor los gérmenes malos tampoco habían podido entrar. Quizá las bacterias estaban solo en los tarros que se abrían fácilmente, los que ahora llevaba en el saco.
Lo que más temía Stanley de morir no era la muerte en sí. Imaginaba que podría sobrellevar el dolor. No podía ser mucho peor de como se sentía ahora. Es más, en el momento preciso de la muerte probablemente estaría demasiado débil para sentir dolor. La muerte sería un alivio. Lo que más le preocupaba era que sus padres no supieran lo que le había pasado, que no supieran si estaba vivo o muerto. Odiaba imaginarse cómo sería para sus padres vivir un día tras otro, un mes tras otro, sin saber nada, alimentando falsas esperanzas. Para él, al menos, el sufrimiento habría terminado. Para sus padres no tendría fin.
Se preguntó si Vigilante mandaría un equipo de rescate a buscarle. No le parecía muy probable. No había mandado a nadie a buscar a Zero. Se habían limitado a destruir su expediente.
Pero Stanley tenía familia. No podían fingir que no había estado nunca allí. Pensó en qué les diría a sus padres. Y cuándo.
—¿Qué crees que hay ahí arriba? —preguntó Zero. Stanley levantó la vista hacia el Gran Pulgar.
—Probablemente un restaurante italiano.
Zero consiguió reírse.
—Creo que voy a tomar una pizza y una coca cola grande —dijo Stanley.
—Y yo un helado de vainilla —dijo Zero—. Con nueces y nata montada, y plátanos y chocolate caliente.
Tenían el sol casi enfrente. El pulgar lo señalaba directamente.
Llegaron al final del lago. Delante de ellos se elevaban altas paredes de roca blanca.
La orilla oriental, donde estaba el Campamento Lago Verde, descendía gradualmente, pero la occidental era muy abrupta. Era como si hubieran estado caminando por una sartén enorme y ahora tuvieran que encontrar la manera de salir.
Ya no veían el Gran Pulgar. Las rocas les bloqueaban la vista. Y también les bloqueaban el sol.
Zero gimió y se agarró el estómago, pero siguió de pie.
—Estoy bien —susurró.
Stanley vio un surco, de medio metro de ancho y unos quince centímetros de profundidad, que recorría una de las paredes de arriba abajo. A cada lado del surco había una serie de salientes en la roca.
—Vamos a probar aquí —dijo.
Parecía una ascensión de unos quince metros, totalmente vertical.
Stanley consiguió llevar el saco con los tarros en la mano izquierda mientras avanzaban lentamente, de saliente en saliente, surco arriba. A veces tenían que apoyarse en la cara interior del surco para poder llegar al siguiente reborde.
Zero consiguió seguirle, como pudo. Su frágil cuerpo temblaba horriblemente al escalar el muro de piedra.
Algunos salientes eran lo bastante anchos para poder sentarse. Otros no sobresalían más que unos centímetros, lo justo para apoyar un pie. Stanley se detuvo a un tercio de la cima, en un reborde bastante amplio. Zero llegó a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó Stanley.
Zero le respondió levantando el puño cerrado con los pulgares hacia arriba. Stanley hizo lo mismo.
Miró hacia lo alto. No estaba seguro de cómo llegar al siguiente reborde. Estaba a algo más de un metro por encima de su cabeza, y no veía ningún apoyo para los pies. Mirar hacia abajo le daba miedo.
—Dame un empujón —dijo Zero—. Y luego te subiré con la pala.
—No vas a poder —dijo Stanley.
—Sí que puedo —contestó Zero.
Stanley puso las dos manos juntas y Zero apoyó el pie sobre sus dedos entrelazados. Levantó a Zero lo bastante para que pudiera agarrar la roca protuberante. Stanley le ayudaba desde abajo mientras Zero se aupaba a la repisa de roca.
Mientras Zero se colocaba arriba, Stanley ató el saco a la pala haciendo un agujero en la tela de arpillera. Se lo pasó a Zero.
Zero agarró primero el saco, y luego la pala. La colocó de tal manera que la mitad de la hoja encajaba en el saliente de roca. El mango de madera colgaba hacia Stanley.
—Vale —dijo.
Stanley no pensaba que fuera a funcionar. Una cosa era que él levantase a Zero, que pesaba la mitad que él, y otra muy distinta que Zero intentase subirlo a pulso.
Stanley se agarró del mango para escalar la pared rocosa, usando las dos caras del surco para ayudarse. Iba moviendo una mano encima de otra, por el mango de la pala.
Sintió las manos de Zero agarrándole por la muñeca.
Soltó una mano del mango y se agarró del reborde. Reunió todas las fuerzas que le quedaban. Por un momento pareció desafiar la gravedad, dio un paso en la pared y, con ayuda de Zero, se elevó el último trecho hasta llegar a la repisa.
Recuperó el aliento. Unos meses antes, le habría sido imposible.
Vio una gran mancha de sangre en su muñeca. Tardó un momento en darse cuenta de que era la sangre de Zero.
Zero tenía cortes profundos en las dos manos. Había sujetado la hoja metálica de la pala, manteniéndola quieta mientras Stanley subía.
Zero se llevó las manos a la boca y se chupó la sangre.
Uno de los tarros se había roto. Decidieron guardar los trozos. Puede que los necesitasen para hacer un cuchillo o algo parecido.
Tras descansar un poco, continuaron el ascenso. El resto del trayecto resultó una ascensión bastante fácil.
Cuando llegaron al terreno llano, Stanley miró hacia el sol, una bola de fuego en equilibrio sobre la punta del Gran Pulgar. Dios estaba haciendo girar una pelota de baloncesto.
Al poco rato estaban caminando por la sombra larga y delgada del pulgar.