Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 37

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—YA casi estamos —dijo Stanley. Ya veía la base de la montaña.

Ahora que ya casi estaban, tuvo miedo. El Gran Pulgar era su única esperanza. Si no había agua ni refugio, no les quedaría nada, ni siquiera la esperanza.

No había un lugar preciso en que la tierra llana terminase y comenzara la montaña. El terreno era cada vez más empinado y de repente ya no les cupo duda de que estaban subiendo.

Stanley ya no veía el Gran Pulgar. La pendiente de la montaña se interponía entre ellos.

La ladera era demasiado escarpada para subir en línea recta. En vez de eso, fueron haciendo zigzag, de izquierda a derecha, aumentando la altitud poco a poco cada vez que cambiaban de dirección.

Empezaron a aparecer parches de hierba. Caminaban de uno a otro, pues en la hierba los pies se agarraban mejor. Cuanto más alto subían, más abundante era la vegetación. Muchas plantas tenían espinas, y había que tener cuidado al caminar entre ellas.

A Stanley le habría gustado pararse a descansar, pero temía que si se detenían serían incapaces de volver a ponerse en marcha. Mientras Zero pudiera seguir, él también podía. Además, sabía que no les quedaba mucha luz diurna.

Cuando empezó a oscurecer, aparecieron los bichos sobre los trozos de hierba. Una bandada de moscas pequeñas los perseguía, atraídas por su sudor. Ni Stanley ni Zero tenían fuerzas para espantarlas.

—¿Cómo vas? —le preguntó Stanley.

Zero volvió a hacer el signo con los pulgares hacia arriba. Luego dijo:

—Si se me posa encima una mosca, me caigo. Stanley le dio más palabras:

—Be, i, che, o, ese.

Zero se concentró y dijo:

—Bishos.

Stanley se rio.

En la cara enferma y cansada de Zero apareció una sonrisa brillante.

—Bichos —se corrigió.

—Muy bien —dijo Stanley—. Recuerda, si la hache va detrás de la ce se pronuncia «che», y si va sola no se pronuncia. A ver, una difícil. ¿Cómo se dice a, ele, eme, u, e, erre, zeta, o?

—Al… Almu…

De repente, Zero hizo un ruido horrible y desgarrador, mientras se doblaba en dos y se agarraba el estómago. Su frágil cuerpo tembló violentamente y vomitó, vaciando su estómago de todo el Sploosh.

Se arrodilló y respiró hondo varias veces. Luego se puso de pie y continuó subiendo.

La nube de bichos se quedó detrás. Preferían el contenido del estómago de Zero al sudor de sus rostros.

Stanley no le dio más palabras, pues pensaba que necesitaba ahorrar energías. Pero unos diez o quince minutos más tarde, Zero dijo:

—Almuerzo.

Al ir subiendo, la vegetación iba en aumento, y tenían que tener cuidado de que no se les enredaran los pies en las zarzas espinosas. Stanley se dio cuenta de una cosa. En el lago no había ninguna planta.

—Hierbas y bichos —dijo—. Tiene que haber agua por algún sitio. Debemos estar cerca.

Zero sonrió con una enorme sonrisa de payaso. Volvió a hacer el signo con los pulgares hacia arriba y se desplomó en el suelo.

No se levantó. Stanley se agachó a su lado.

—Venga, Zero —le dijo—. Que ya estamos llegando. Venga, Héctor. Hierba y bichos. Hierba y bishos.

Stanley le dio un meneo.

—Ya te he pedido el helado con chocolate caliente —le dijo—. Lo están preparando ahora mismo.

Zero no dijo nada.

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