Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 38

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STANLEY agarró a Zero por los antebrazos y lo puso de pie. Luego se agachó y dejó que Zero cayera sobre su hombro derecho. Se incorporó y levantó el cuerpo agotado de Zero.

Dejó atrás el saco con los tarros y la pala y siguió subiendo la montarla. Las piernas de Zero iban colgando delante de él.

Stanley no alcanzaba a verle los pies, lo cual hacía muy difícil avanzar entre las zarzas. Se concentró en cada paso, uno detrás de otro, levantando el pie y pisando con mucho cuidado. Solo pensaba en el siguiente paso, y no en la tarea imposible que tenía delante.

Subió cada vez más alto. La energía venía de alguna parte muy profunda de su interior, y también parecía proceder del exterior. Tras concentrarse en el Gran Pulgar durante tanto tiempo, era como si la roca hubiera absorbido su energía y ahora actuara como un imán gigantesco que le atraía hacia ella.

Al cabo de un rato percibió un olor nauseabundo. Al principio pensó que venía de Zero, pero parecía estar en el aire, como un pesado manto que flotaba a su alrededor.

También se dio cuenta de que el terreno ya no era empinado. Y al mismo tiempo que notó el terreno llano, apareció un enorme muro de piedra justo enfrente de él, apenas visible bajo la luz de la luna. Crecía con cada paso que daba.

Ya no parecía un pulgar.

Y supo que nunca sería capaz de escalarlo.

A su alrededor, el olor se hizo más intenso. Era el olor amargo de la desesperación.

Incluso si se las ingeniaba para escalar el Gran Pulgar, sabía que nunca encontraría agua. ¿Cómo iba a haber agua encima de una roca gigante? Los hierbajos y los bichos sobrevivían porque caía una tormenta de vez en cuando, como la que él había visto desde el campamento.

Sin embargo, continuó avanzando. Por lo menos quería llegar hasta el pulgar.

Pero no lo consiguió.

Se resbaló. Se cayó, rodó por una pequeña zanja lodosa y la cabeza de Zero se golpeó contra su hombro.

Tumbado boca abajo contra el barro, no sabía si sería capaz de volver a levantarse. No sabía si podría intentarlo siquiera. ¿Había llegado tan lejos solo para…? «¡Para hacer barro hace falta agua!».

Gateó por la zanja en la dirección que parecía más húmeda. El suelo se volvió más lodoso. El barro le salpicaba al palmear el terreno.

Con las dos manos hizo un agujero en la tierra húmeda. Estaba demasiado oscuro, pero creyó ver un pequeño charco de agua al fondo de su hoyo. Metió la cabeza en él y lamió el barro.

Cavó más hondo y le pareció que más agua llenaba el agujero. No la veía, pero la sentía, primero con los dedos, y después con la lengua.

Cavó hasta que el agujero era tan hondo como su brazo. Había suficiente agua para sacarla con las manos y echarla sobre la cara de Zero.

Los ojos de Zero siguieron cerrados, pero sacó la lengua entre los labios, buscando las gotas.

Stanley arrastró a Zero más cerca del hoyo. Cavó un poco más, sacó agua y la vertió desde sus manos a la boca de Zero.

Al ensanchar el hoyo, se topó con un objeto redondo y suave. Era demasiado redondo y demasiado suave para ser una piedra.

Le quitó la tierra y vio que era una cebolla.

Le dio un mordisco sin pelarla. El jugo amargo y cálido le estalló en la boca. Sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Y al tragar, el calor le bajó por la garganta hasta el estómago.

Solo comió la mitad. Le dio la otra mitad a Zero.

—Toma, cómete esto.

—¿Qué es? —susurró Zero.

—Un helado con chocolate caliente.

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