Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 39

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STANLEY se despertó en medio de un prado, mirando a una gigantesca torre de roca. Tenía diferentes capas con distintos tonos de rojo, ocre, marrón y tostado. Debía de medir más de treinta metros de alto.

Stanley se quedó un rato tumbado, simplemente mirándola. No tenía fuerzas para levantarse. Sentía el interior de la boca y de la garganta como si estuvieran cubiertos de arena.

Y no le extrañaba. Al rodar sobre su estómago vio el agujero con el agua. Medía casi un metro de profundidad y un metro de anchura. En el fondo había algo menos de cinco centímetros de agua muy oscura.

Tenía las manos y los dedos doloridos de cavar, especialmente bajo las uñas. Sacó un poco de agua con las manos, se la llevó a los labios y la movió en la boca, intentando filtrarla con los dientes.

Zero gimió.

Stanley intentó decirle algo, pero no emitió ningún sonido y tuvo que probar de nuevo.

—¿Cómo estás? —Le dolía hablar.

—No muy bien —dijo Zero en voz muy baja. Con gran esfuerzo, se dio la vuelta y se arrastró hasta el agujero del agua. Metió la cabeza dentro y lamió un poco.

Se retiró de golpe, se agarró las rodillas contra el pecho y rodó hacia un lado. Su cuerpo temblaba violentamente.

Stanley pensó en volver a bajar la montaña y buscar la pala para hacer el hoyo más hondo. Quizá así conseguirían agua más clara. Podrían usar los tarros para beber.

Pero no creía que le quedaran fuerzas para ello, y mucho menos para volver a subir.

Consiguió ponerse de pie. Estaba en un prado de flores blancas verdosas. Cogió una, pero en realidad no era una sola flor, sino un ramillete de flores pequeñísimas que formaban una bola redonda. Se la llevó a la boca pero tuvo que escupirla.

Veía parte del rastro que había dejado la noche anterior al subir a Zero a la montaña. Si iba a bajar por la pala, debería hacerlo pronto, mientras el rastro estaba todavía fresco. Pero no quería dejar a Zero. Tenía miedo de que pudiera morirse en ese rato.

Zero todavía estaba doblado sobre un costado.

—Tengo que decirte algo —le dijo con un gemido.

—No hables —dijo Stanley—, ahorra las fuerzas.

—No, escúchame —insistió Zero, y cerró los ojos con la cara retorcida de dolor.

—Te estoy escuchando —susurró Stanley.

—Yo cogí tus zapatillas —dijo Zero.

Stanley no sabía de qué estaba hablando. Las tenía puestas.

—No pasa nada —dijo Stanley—. Ahora descansa.

—Todo es culpa mía —dijo Zero.

—No es culpa de nadie —dijo Stanley.

—Yo no lo sabía —dijo Zero.

—No te preocupes —dijo Stanley—. Tú, descansa.

Zero cerró los ojos. Pero volvió a decir:

—Yo no sabía lo de las zapatillas.

—¿Qué zapatillas?

—Las del refugio.

Stanley tardó un momento en comprender.

—¿Las de Clyde Livingston?

—Lo siento —dijo Zero.

Stanley lo miró atónito. Era imposible. Zero estaba delirando.

La «confesión» de Zero pareció haberle aliviado un poco. Los músculos de la cara se le relajaron. Cuando se estaba quedando dormido, Stanley le cantó bajito la canción que su familia había cantado durante varias generaciones.

«Ojalá, ojalá», suspira el pájaro carpintero,

«la corteza del árbol fuera un poco más tierna»,

mientras el lobo espera, hambriento y solitario,

llorándole a la luuuuuuuuuuuuuna.

«Ojalá, ojalá».

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