Hoyos
Segunda parte. El último hoyo » 40
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AL encontrar la cebolla la noche anterior, Stanley no se había preguntado cómo había llegado allí. Se la comió agradecido. Pero ahora empezó a mirar al Gran Pulgar y al prado lleno de flores, y no pudo evitar hacerse la pregunta.
Si había una cebolla silvestre, podía haber más.
Entrelazó los dedos de las dos manos y se los frotó para intentar calmar el dolor. Luego se agachó y sacó otra flor, esta vez tirando de la planta entera, hasta la raíz.
—¡Cebollas! ¡Cebollas frescas, cálidas, dulces! —anunciaba Sam mientras Mary Lou tiraba del carro por la calle Mayor—. Ocho centavos la docena.
Era una hermosa mañana de primavera. El cielo lucía azul pálido y rosa, los mismos colores del lago y los melocotoneros plantados en la orilla.
La señora Gladys Tennyson, vestida solo con el camisón y la bata, salió corriendo detrás de Sam. La señora Tennyson solía ser una dama muy educada que nunca se presentaba en público sin un vestido elegante y un sombrero. Así que los habitantes de Lago Verde se quedaron sorprendidos al verla pasar corriendo.
—¡Sam! —gritó.
—¡Sooo, Mary Lou! —dijo Sam, parando la mula y el carro—. Buenos días, señora Tennyson. ¿Cómo está la pequeña Becca?
Gladys Tennyson era todo sonrisas.
—Creo que se va a recuperar. Hace una hora le ha bajado la fiebre. Gracias a ti.
—Estoy seguro de que todo el mérito es del buen Señor y del doctor Hawthorn.
—Del buen Señor, sí —dijo la señora Tennyson—; pero del doctor, no. ¡Ese matasanos quería ponerle sanguijuelas en el estómago! ¡Sanguijuelas! ¡Dios mío! Me dijo que le iban a sacar toda la mala sangre. A ver, dime, ¿cómo va a saber distinguir una sanguijuela la mala sangre de la buena?
—No lo sé —dijo Sam.
—Fue tu tónico de cebolla —continuó la señora Tennyson—. Eso es lo que la salvó.
Otras personas del pueblo se acercaron al carro.
—Buenos días, Gladys —dijo Hattie Parker—. Estás guapísima esta mañana.
Se oyeron risitas.
—Buenos días, Hattie —respondió la señora Tennyson.
—¿Sabe tu marido que andas por ahí en ropa de dormir? —preguntó Hattie.
Más burlas.
—Mi marido sabe exactamente dónde estoy y cómo voy vestida, —dijo la señora Tennyson—. Los dos hemos pasado la noche en vela con Rebecca, y toda la mañana. Ha estado a punto de morir por una infección del estómago. Parece que ha comido carne en mal estado.
Hattie se puso como un tomate. Su marido, Jim Parker, era el carnicero del pueblo.
—Mi marido y yo también hemos estado enfermos —siguió la señora Tennyson—, pero a Rebecca casi la mata, al ser tan pequeñita. Sam le ha salvado la vida.
—No he sido yo —dijo Sam—. Han sido las cebollas.
—Me alegro de que Becca esté bien —dijo Hattie arrepentida.
—No hago más que decirle a Jim que tiene que lavar los cuchillos —dijo el señor Pike, el propietario de la tienda.
Hattie Parker se disculpó y se fue rápidamente.
—Dígale a Becca que cuando se encuentre bien, venga a mi tienda a por un caramelo —dijo el señor Pike.
—Muchas gracias, se lo diré.
Antes de volver a casa, la señora Tennyson le compró a Sam una docena de cebollas. Le dio una moneda de diez centavos y le dijo que se quedara con el cambio.
—No acepto limosnas —dijo Sam—. Pero si quiere comprarle unas cuantas cebollas a Mary Lou, seguro que se lo agradecerá.
—Muy bien —dijo la señora Tennyson—, entonces dame el cambio en cebollas.
Sam le dio tres cebollas más, y ella se las dio de una en una a Mary Lou. Se reía mientras la vieja burra las comía de su mano.
Stanley y Zero durmieron intermitentemente durante dos días, comieron cebollas, todas las que quisieron, y bebieron agua sucia de su hoyo. Por la tarde, el Gran Pulgar les daba sombra. Stanley intentó hacer el agujero más profundo, pero le hacía falta la pala. Lo único que consiguió fue remover el fango y ensuciar más el agua.
Zero seguía durmiendo. Todavía estaba enfermo y débil, pero el sueño y las cebollas parecían estar sentándole bien. Stanley ya no temía que se fuera a morir pronto. Sin embargo, no quería volver a por la pala dejándole dormido. No quería que se despertara y pensara que le había abandonado.
Esperó a que abriera los ojos.
—Creo que voy a ir a buscar la pala —dijo Stanley.
—Yo te espero aquí —dijo Zero débilmente, como si tuviera elección.
Stanley empezó a bajar la montaña. El sueño y las cebollas también le habían sentado bien. Se sentía fuerte.
Seguir el rastro que había dejado hacía dos días era bastante fácil. En un par de sitios no estaba seguro de ir bien, pero tras buscar un poco volvió a encontrar el camino.
Bajó un buen trecho sin encontrar la pala. Volvió a mirar hacia arriba. Seguro que se la había pasado, pensó. No podía haber subido con Zero a cuestas todo aquel trayecto.
De todas formas, siguió bajando, por si acaso. Llegó a un tramo de roca desnuda entre dos parches de hierba y se sentó en el suelo a descansar. Decidió que, definitivamente, había ido demasiado lejos. Estaba cansado de ir cuesta abajo. Era imposible que hubiera llevado a Zero cuesta arriba desde allí, especialmente después de andar todo el día sin comida ni agua. La pala debía de haberse quedado enterrada entre las plantas.
Antes de retroceder, lanzó una última mirada a su alrededor. Vio un pequeño claro en medio de las zarzas, un poco más abajo. No parecía muy probable que la pala estuviese allí, pero ya que había llegado tan lejos, se acercó.
Allí, entre las altas hierbas, encontró la pala y el saco con los tarros. Se quedó maravillado. Pensó que a lo mejor la pala y el saco habían rodado ladera abajo. Pero los tarros no estaban rotos, excepto el que ya venía roto. Y si hubieran bajado rodando la colina, sería muy raro haber encontrado la pala y el saco uno al lado del otro.
En el camino de vuelta, Stanley tuvo que sentarse a descansar varias veces. Era una subida larga y difícil.