Hoyos
Segunda parte. El último hoyo » 41
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LA salud de Zero seguía mejorando.
Stanley peló una cebolla despacio. Le gustaba comérselas capa a capa.
El agujero del agua era casi tan grande como los hoyos que cavaban en el Campamento Lago Verde. Tenía unos sesenta centímetros de agua turbia. Stanley lo había cavado solo. Zero se había ofrecido a ayudarle, pero Stanley pensó que sería mejor que ahorrase todas sus fuerzas. Era mucho más difícil cavar en el agua que en un lago seco.
Stanley se sorprendía de no haber caído enfermo también, por el Sploosh, el agua sucia, o por alimentarse solo de cebollas. En casa solía ponerse malo muy a menudo.
Los dos iban descalzos. Habían lavado los calcetines. Tenían toda la ropa muy sucia, pero los calcetines eran lo peor de todo.
No mojaron los calcetines en el hoyo, por temor a contaminar el agua. En vez de eso, llenaron los tarros y vertieron el agua sobre los calcetines sucios.
—No iba muy a menudo al refugio para los niños sin hogar —explicó Zero—. Solo cuando hacía muy mal tiempo. Tenía que encontrar a alguien que se hiciera pasar por mi madre. Si hubiera ido solo, me habrían hecho un montón de preguntas. Y si hubieran averiguado que no tenía madre, me habrían puesto bajo custodia del Estado.
—¿Y eso qué es?
Zero sonrió.
—No lo sé. Pero no me gustaba cómo sonaba.
Stanley recordó que el señor Peraski le había dicho a Vigilante que Zero estaba bajo custodia del Estado. Se preguntó si Zero lo sabría.
—Me gustaba dormir al aire libre —dijo Zero—. Solía jugar a ser un boy scout. Siempre quise pertenecer a un grupo de boy scouts. Los veía en el parque con los uniformes azules.
—Yo tampoco estuve nunca en un grupo de boy scouts —dijo Stanley—. Las cosas sociales se me daban muy mal. Los niños se reían de mí porque estaba gordo.
—A mí me gustaban los uniformes azules —dijo Zero—. A lo mejor no me habría gustado ser un scout.
Stanley encogió un hombro.
—Mi madre pertenecía a un grupo de chicas, las girl scouts —dijo Zero.
—Creía que habías dicho que no tenías madre.
—Todo el mundo tiene que tener una madre.
—Ya lo sé, hombre.
—Me contó que una vez ganó un premio por vender más galletas que nadie —dijo Zero—. Se sentía muy orgullosa.
Stanley peló otra capa de su cebolla.
—Siempre cogíamos lo que necesitábamos —dijo Zero—. Cuando era pequeño, ni siquiera sabía que eso era robar. No me acuerdo de cuándo me enteré. Pero solo cogíamos lo que necesitábamos. Nada más. Por eso, cuando vi las zapatillas en el refugio, las saqué de la vitrina y me las llevé.
—¿Las zapatillas de Clyde Livingston? —preguntó Stanley.
—Yo no sabía que eran suyas. Yo creía que eran solo unos zapatos viejos. Y pensé que sería mejor coger los zapatos viejos de alguien que robar un par nuevo. No sabía que eran famosos. Había un cartel, pero yo no pude leerlo, claro. Y al momento la gente se alborotó porque las zapatillas habían desaparecido. Tenía gracia, en cierto modo. Se pusieron como locos. Y yo estaba allí mismo, con las deportivas puestas, y todo el mundo corriendo de un lado a otro, diciendo: «¿Qué les ha pasado a las zapatillas? ¡Las zapatillas han desaparecido!». Y yo salí andando por la puerta con ellas puestas. Nadie se dio cuenta. Una vez en la calle, eché a correr, di la vuelta a la esquina y me las quité inmediatamente. Las dejé encima de un coche aparcado. Me acuerdo que olían fatal.
—Sí, eran esas —dijo Stanley—. ¿Te quedaban bien?
—Sí, bastante bien.
Stanley recordó su sorpresa al ver lo pequeñas que eran las zapatillas de Clyde Livingston. Los zapatos de Stanley eran más grandes. Clyde Livingston tenía pies pequeños y ligeros. Los de Stanley eran grandes y pesados.
—Debería haberme quedado con ellas —dijo Zero—. Ya me había escapado del refugio y todo. Al final me arrestaron al día siguiente cuando intenté salir de una tienda con un par de zapatillas nuevas. Si me hubiera quedado con aquellas deportivas apestosas, ninguno de los dos estaríamos aquí a hora.