Hoyos
Segunda parte. El último hoyo » 42
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ZERO ya estaba lo bastante recuperado para ayudar a cavar el hoyo. Cuando terminó, tenía casi dos metros de profundidad. Había cubierto el fondo de piedras, para separar el agua de la tierra.
Seguía siendo el mejor excavador.
—Este es el último hoyo de mi vida —declaró, tirando al suelo la pala.
Stanley sonrió. Deseaba que fuese cierto, pero sabía que no tenían más remedio que regresar antes o después al Campamento Lago Verde. No podían alimentarse de cebollas para siempre.
Habían dado la vuelta completa al Gran Pulgar. Era como un reloj de sol gigantesco. Fueron avanzando al mismo tiempo que la sombra. Así pudieron mirar en todas direcciones. No había sitio adonde ir. La montaña estaba rodeada de desierto.
Zero se quedó mirando al Gran Pulgar.
—Debe de estar hueco por dentro —dijo—. Lleno de agua.
—¿Tú crees?
—¿De dónde vendría el agua si no? —preguntó Zero—. El agua no corre ladera arriba.
Stanley le dio un mordisco a una cebolla. Ya no le quemaban los ojos ni la nariz, y además ni siquiera le parecía que tuviese un sabor especialmente intenso.
Recordó que cuando había subido a Zero a la montaña el aire tenía un olor amargo. Era el olor de miles de cebollas, creciendo, pudriéndose y brotando.
Ahora no olía nada en absoluto.
—¿Cuántas cebollas nos habremos comido? —preguntó.
Zero se encogió de hombros.
—Ni siquiera sé cuánto tiempo llevamos aquí.
—Yo diría que alrededor de una semana —dijo Stanley—. Y probablemente comemos unas veinte cebollas diarias por cabeza, así que eso es…
—Doscientas ochenta cebollas —dijo Zero.
Stanley sonrió.
—Seguro que apestamos.
Dos noches más tarde, Stanley estaba tumbado en el suelo mirando el cielo cubierto de estrellas. Se sentía feliz, demasiado para dormirse.
Sabía que no tenía motivos para ser feliz. Había oído o leído en alguna parte que justo antes de morir congelado, a uno le invade de repente una sensación de calor y bienestar. Pensó que a lo mejor le estaba pasando algo así.
Se le ocurrió que no recordaba la última vez que había experimentado felicidad. El Campamento Lago Verde no era lo único que había hecho en su vida miserable. Antes de eso había sido infeliz en el colegio, donde no tenía amigos y los chulitos como Derrick Dunne se metían con él. No le caía bien a nadie, y la verdad, él mismo tampoco se caía especialmente bien.
Pero ahora era distinto.
Tal vez estaba delirando.
Miró hacia Zero, que dormía cerca de él. Tenía la cara iluminada por la luz de las estrellas y había un pétalo delante de su nariz que se movía cada vez que respiraba. A Stanley le recordó a los dibujos animados. Cuando Zero inspiraba, el pétalo se acercaba hasta casi tocarle la nariz. Cuando Zero expiraba, el pétalo se movía hacia su barbilla. Se quedó en la cara de Zero durante un buen rato, antes de caerse revoloteando hacia un lado.
Stanley pensó volverlo a colocar delante de la nariz de Zero, pero no habría sido lo mismo.
Al principio le había dado la impresión de que Zero llevaba toda la vida en el Campamento Lago Verde, pero al pensar en ello ahora, Stanley se dio cuenta de que Zero debía haber llegado allí unos dos meses antes que él. A Zero lo arrestaron un día después, pero el juicio de Stanley se retrasó mucho gracias a la temporada de béisbol.
Se acordó de lo que le había dicho Zero unos días antes. Si se hubiera quedado con las zapatillas, ninguno de los dos estaría allí.
Mientras contemplaba la noche estrellada, pensó que no cambiaría aquel lugar por nada en el mundo. Se alegraba de que Zero hubiera dejado las zapatillas en el techo del coche. Y de que se cayeran por el puente justo encima de su cabeza.
Cuando las zapatillas cayeron del cielo, recordó haber pensado que era un golpe del destino. Ahora volvió a pensarlo. Era más que una simple coincidencia. Tenía que ser el destino.
A lo mejor no tenían por qué quedarse en el Campamento Lago Verde. Quizá pudieran sobrepasar el campamento y seguir el camino de tierra hasta la civilización. Podrían llenar el saco de cebollas, y los tres tarros de agua. Y además tenían la cantimplora.
Y podrían rellenarlos en el campamento. Quizá pudieran colarse en la cocina y conseguir algo de comer.
No creía que los monitores siguieran montando guardia. Todos pensarían que estaban muertos. Pasto de los buitres.
Tendría que vivir el resto de sus días como un fugitivo. La policía le perseguiría siempre. Al menos podría llamar a sus padres y decirles que estaba vivo. Pero no podría visitarlos, por si la policía estuviera vigilando el apartamento. Aunque, si todo el mundo pensaba que estaba muerto, no se molestarían en vigilar el apartamento. Tendría que encontrar la manera de conseguir una nueva identidad.
«Ahora sí que estoy pensando locuras», se dijo. Se preguntó si un loco se pregunta si está loco.
Pero al mismo tiempo que pensaba estas cosas, una idea todavía más descabellada iba tomando forma en su mente. Sabía que era una locura demasiado grande para tomarla en serio. Pero si iba a ser un fugitivo durante el resto de sus días, no le vendría mal tener algo de dinero, quizá un cofre del tesoro lleno de dinero.
«¡Estás loco!», se dijo. Además, solo porque había encontrado el tubo de una barra de labios con las letras K B no quería decir que hubiera un tesoro enterrado allí.
Era una locura. Era todo parte de aquella loca sensación de felicidad.
O quizá fuera el destino.
Alargó la mano y sacudió el brazo de Zero.
—Eh, Zero —susurró.
—¿Eh? —murmuró Zero.
—Zero, despierta.
—¿Qué? —dijo Zero levantando la cabeza—. ¿Qué pasa?
—¿Quieres cavar un hoyo más?