Hoyos

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Segunda parte. El último hoyo » 43

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—NO siempre vivimos en la calle —dijo Zero—. Me acuerdo de un cuarto amarillo.

—¿Cuántos años tenías cuando… —Stanley comenzó a preguntar, pero no sabía qué palabras usar— dejasteis la casa?

—No lo sé. Probablemente era muy pequeño, porque no me acuerdo de mucho. No recuerdo haber dejado la casa. Recuerdo estar de pie en una cuna, con mi madre cantándome. Me sujetaba las muñecas y me ayudaba a dar palmas. Solía cantarme esa canción. La que tú me cantaste… Pero era distinta…

Zero hablaba muy despacio, como buscando en su cerebro recuerdos y pistas.

—Y más tarde sé que vivíamos en la calle, pero no sé por qué dejamos la casa. Estoy seguro de que era una casa, no un piso. Sé que mi habitación era amarilla.

Era por la tarde. Estaban descansando a la sombra del Pulgar. Habían pasado la mañana recogiendo cebollas y metiéndolas en el saco. No tardaron mucho, pero lo suficiente para tener que esperar otro día antes de bajar de la montaña.

Querían salir con las primeras luces del amanecer, para tener tiempo de sobra de llegar al Campamento Lago Verde antes de que anocheciese. Stanley creía estar seguro de encontrar el hoyo correcto.

Luego se esconderían allí hasta que todo el mundo se fuese a dormir.

Cavarían todo el tiempo que considerasen seguro, ni un segundo más. Y luego, con el tesoro o sin él, tomarían el camino de tierra. Si no había absolutamente ningún peligro, tratarían de robar comida y agua de la cocina del campamento.

—Se me da bien colarme en los sitios sin que nadie me vea —dijo Zero.

—Recuerda —dijo Stanley— que la puerta de la Nada chirría.

Ahora estaba tumbado boca arriba, intentando ahorrar fuerzas para los largos días que le esperaban. Se preguntó qué les habría pasado a los padres de Zero, pero no le dijo nada. A Zero no le gustaba contestar preguntas. Era mejor dejarle hablar cuando tuviera ganas.

Stanley pensó en sus propios padres. En su última carta, su madre estaba preocupada de que los echaran de su apartamento por el olor de zapatillas quemadas. Ellos también podrían quedarse sin hogar fácilmente.

Volvió a preguntarse si les habrían dicho que se había escapado del campamento. ¿Les habrían dicho que estaba muerto?

En su mente apareció una imagen: sus padres abrazándose y llorando. Intentó no pensar en ello.

En lugar de eso, trató de recuperar las sensaciones de la noche anterior, aquella inexplicable felicidad, el presentimiento del destino. Pero aquellos sentimientos no volvieron.

Solo se sentía asustado.

A la mañana siguiente se pusieron en marcha. Habían mojado las gorras en el hoyo del agua antes de ponérselas. Zero llevaba la pala y Stanley el saco, lleno de cebollas y con los tres tarros de agua. Habían dejado los trozos rotos en la montaña.

—Ahí es donde encontré la pala —dijo Stanley señalando las hierbas. Zero se dio la vuelta y miró hacia la cima de la montaña.

—Es un buen trecho.

—No pesabas mucho —dijo Stanley—. Ya habías vomitado todo lo que tenías en el estómago.

Se cambió el saco de un hombro a otro. Pesaba. Pisó una piedra suelta, se resbaló y se cayó de golpe. En cuanto se quiso dar cuenta, se estaba deslizando por la empinada ladera de la montaña. Soltó el saco y las cebollas se desperdigaron a su alrededor.

Al pasar por una franja con plantas se agarró a una zarza espinosa. La zarza se arrancó de raíz, pero lo frenó un poco y un poco más allá consiguió pararse del todo.

—¿Estás bien? —le preguntó Zero desde arriba. Stanley gruñó al sacarse una espina de la palma de la mano.

—Sí —dijo. Estaba bien. Estaba más preocupado por el agua.

Zero bajó detrás de él, recuperando el saco por el camino. Stanley quitó algunas espinas de sus pantalones.

Los tarros no se habían roto. Las cebollas los habían protegido, como si fueran plástico de embalar.

—Me alegro de que no hicieras lo mismo cuando me llevabas a mí —dijo Zero.

Habían perdido un tercio de las cebollas, pero recuperaron muchas al ir bajando por la ladera.

Cuando llegaron abajo, el sol se estaba elevando sobre el lago. Caminaron directamente hacia él.

Enseguida llegaron al borde de la pared rocosa, por encima del lecho seco del lago. Stanley no estaba seguro, pero le pareció ver a lo lejos los restos de Mary Lou.

—¿Tienes sed? —preguntó Stanley.

—No —dijo Zero—. ¿Y tú?

—No —mintió Stanley. No quería ser el primero en beber. Aunque no habían dicho nada, se había establecido una especie de competición entre los dos.

Descendieron a la sartén por un lugar distinto al que habían elegido para subir. Se fueron apoyando en los salientes, en algunos sitios deslizándose por las rocas, siempre con mucho cuidado para no golpear el saco.

Stanley ya no veía a Mary Lou, pero se encaminaron hacia donde pensaban que era la dirección correcta. Con la salida del sol, apareció la bruma habitual de calor y polvo.

—¿Tienes sed? —preguntó Zero.

—No —dijo Stanley.

—Es que llevas tres tarros llenos de agua —dijo Zero—. He pensado que quizá te pesen mucho. Si bebes un poco, la carga será más ligera.

—No tengo sed —dijo Stanley—. Pero si quieres un trago, te doy un poco.

—No tengo sed —dijo Zero—. Solo estaba preocupado por ti.

Stanley sonrió.

—Soy un camello —dijo.

Siguieron caminando durante lo que les pareció un buen rato, y no se encontraron con Mary Lou. Stanley estaba seguro de que iban en la dirección correcta. Recordaba que, cuando habían salido del bote, se habían dirigido hacia el sol poniente. Ahora se dirigían hacia el sol naciente. Sabía que el sol no salía y se ponía exactamente por el este y el oeste; era más bien el sureste y suroeste, pero no estaba seguro de cuál sería la diferencia.

Tenía la garganta como papel de lija.

—¿Estás seguro de que no tienes sed? —preguntó.

—Yo no —dijo Zero, con la voz seca y rasposa.

Cuando por fin bebieron, decidieron hacerlo al mismo tiempo. Zero, que ahora llevaba el saco, lo dejó en el suelo y sacó dos tarros. Le dio uno a Stanley. Decidieron guardar la cantimplora para el final, porque no podía romperse por accidente.

—Sabes que no tengo sed —dijo Stanley, mientras desenroscaba la tapadera—. Solo bebo para que bebas tú.

—Y yo para que bebas tú —dijo Zero.

Chocaron los tarros en un brindis y, observándose el uno al otro, vertieron el agua en sus obstinadas bocas.

Zero fue el primero en distinguir a Mary Lou, aproximadamente a medio kilómetro de distancia, y un poco a la derecha. Se dirigieron hacia ella.

Todavía no era mediodía cuando llegaron. Se sentaron contra el lado de la sombra y descansaron.

—No sé qué le pasó a mi madre —dijo Zero—. Se fue y nunca regresó.

Stanley peló una cebolla.

—No siempre podía llevarme con ella —explicó Zero—. A veces tenía que hacer cosas sola.

Stanley tenía la impresión de que Zero se estaba explicando las cosas a sí mismo.

—Me decía que la esperara en cierto sitio. Cuando era muy pequeño, tenía que esperar en lugares pequeños, como en las escaleras de un porche, o en una puerta. «No te muevas de aquí hasta que yo vuelva», me decía. Nunca me gustaba que se fuera. Yo tenía un animalito de peluche, una jirafa, y me abrazaba a ella todo el tiempo hasta que volvía. Cuando me fui haciendo mayor, me dejaba quedarme en sitios más grandes. «Quédate en esta manzana», o «No salgas del parque». Pero incluso entonces, todavía me abrazaba a Jaffy.

Stanley se figuró que Jaffy era el nombre de la jirafa de Zero.

—Y un día no volvió —siguió Zero. De repente, la voz le sonó hueca—. La esperé en el parque Lancy.

—El parque Lancy —dijo Stanley—. He estado allí.

—¿Conoces la zona de los columpios? —preguntó Zero.

—Sí. He jugado allí alguna vez.

—La esperé allí durante más de un mes —dijo Zero—. ¿Conoces ese túnel por el que se pasa a gatas, entre el tobogán y el puente colgante? Ahí dormía.

Se comieron cuatro cebollas cada uno y bebieron más o menos medio tarro de agua. Stanley se puso de pie y miró alrededor. El lago tenía el mismo aspecto en todas direcciones.

—Cuando dejé el campamento, fui directo hasta el Gran Pulgar —dijo—. Y vi el bote un poco hacia la derecha. Así que eso significa que ahora tenemos que ir un poco hacia la izquierda.

Zero estaba perdido en sus pensamientos.

—¿Qué? Vale —dijo.

Se pusieron en marcha. Ahora le tocaba a Stanley llevar el saco.

—Unos niños estaban celebrando una fiesta de cumpleaños —dijo Zero—. Creo que fue unas dos semanas después de que mi madre se marchara. Había una mesa con comida junto a los columpios, con globos atados a ella. Los niños tenían más o menos mi misma edad. Una niña me dijo hola y me preguntó si quería jugar. Yo quería, pero no lo hice. Sabía que la fiesta no era mi sitio, aunque los columpios no les pertenecían solo a ellos. Y una de las madres no dejaba de mirarme, como si fuera una especie de monstruo. Luego un niño me preguntó si quería un trozo de pastel, pero la misma madre me gritó: «¡Vete!». Y les dijo a los niños que se alejaran de mí, así que no pude comer pastel. Salí corriendo tan rápido, que me dejé olvidada a Jaffy.

—¿Y la encontraste?

Durante un momento, Zero no contestó.

—No era una jirafa de verdad.

Stanley volvió a pensar en sus padres, lo horrible que sería para ellos no saber nunca si estaba vivo o muerto. Y se dio cuenta de que eso era lo que Zero debía de sentir, viviendo sin saber qué le había pasado a su madre. Se preguntó por qué Zero nunca mencionaba a su padre.

—Espera un momento —dijo Zero, parándose de golpe—. Vamos en la dirección equivocada.

—No, vamos bien —dijo Stanley.

—Si ibas hacia el Gran Pulgar cuando viste la barca a tu derecha —dijo Zero—, eso significa que torcimos a la izquierda cuando salimos de allí.

—¿Estás seguro?

Zero hizo un dibujo en la tierra.

Stanley seguía sin estar seguro.

—Tenemos que ir por aquí —dijo Zero, dibujando primero una línea en el mapa y después poniéndose en marcha en aquella dirección.

Stanley le siguió. Él no estaba de acuerdo, pero Zero parecía convencido.

A media tarde, una nube atravesó el cielo y se puso delante del sol. La recibieron con alivio. De nuevo, Stanley sintió que el destino estaba de su parte.

Zero se detuvo y extendió el brazo para que Stanley se parase también.

—Escucha —susurró Zero.

Stanley no oía nada.

Siguieron caminando sin hacer ruido y Stanley comenzó a distinguir los débiles sonidos del Campamento Lago Verde. Todavía estaban muy lejos para verlo, pero oyó una mezcla de voces indistintas. Cuando se fueron acercando, de vez en cuando escuchaba el ladrido inconfundible del señor Sir.

Andaban despacio y en silencio, pues sabían que el sonido viaja en los dos sentidos.

Se acercaron a un grupo de hoyos.

—Vamos a esperar aquí, hasta que se vayan del lago —dijo Zero.

Stanley asintió. Comprobó que no había nada viviendo en el hoyo y se metió dentro. Zero se metió en el de al lado.

A pesar de haber avanzado en dirección equivocada durante un rato, no habían tardado tanto como Stanley había calculado. Ahora solo tenían que esperar.

El sol atravesó la nube y Stanley sintió sus rayos golpeándole. Pero enseguida el cielo se encapotó, proporcionando sombra a Stanley y a su hoyo.

Esperó hasta convencerse de que todos los campistas habían terminado de cavar.

Y después esperó todavía un poco más.

Tan silenciosamente como pudieron, Zero y él salieron de sus hoyos y avanzaron con sigilo hacia el campamento. Stanley llevaba el saco entre los brazos, en lugar de sobre el hombro, para que los tarros no hicieran ruido al chocar uno contra otro. Al divisar los edificios, lo invadió una ola de terror. Las tiendas, la Nada, la cabaña de Vigilante bajo los dos robles. El miedo le mareó. Respiró hondo, reunió todo su valor, y continuó.

—Ese es —dijo, señalando el hoyo donde había encontrado el tubo dorado. Todavía estaba a unos cincuenta metros, pero Stanley estaba seguro de que aquel era el hoyo correcto. No había necesidad de arriesgarse acercándose más.

Se metieron en hoyos contiguos y esperaron a que el campamento se quedase dormido.

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