Horror 3
Una canción en la fiesta
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Una canción en la fiesta
DOROTHY K. HAYNES
Dorothy K. Haynes nació en 1918 y siempre quiso ser escritora. Considera que todas sus ocupaciones han sido temporales, recursos momentáneos: bibliotecaria, profesora de inglés en una escuela de refugiados polacos, retocadora de flores en un invernadero. «¿Por qué otros escritores tienen unos trabajos tan fascinantes y prestigiosos?», se pregunta, aunque me parece que ella ha tenido una carrera más variada que muchos de nosotros, como se revela en su obra.
En 1947 obtuvo el premio Tom-Gallon. La atmósfera de gran parte de su obra es escocesa y de pesadilla.
—Lisa…, bájalo un poco.
Ella hizo una mueca y bajó mínimamente el volumen. No hubo ninguna diferencia. El conjunto Top of the Pops es ruidoso incluso cuando susurra.
Los títulos pasaban con rapidez, nombres extraños y gentes más extrañas todavía. Pensé que pronto dejarían de parecer pieles rojas y empezarían a comportarse normalmente. Lo esperaba desde hacía tiempo, pero cada semana aparecían con alguna nueva idea brillante; y cada semana James y yo, pacientes y anticuados, permitíamos a nuestra hija revolcarse en el ruido, las luces torturadoras y la jerga incomprensible del pop moderno.
—Bueno, ¿de qué habla ése? —preguntaba, mientras otro imbécil de pelo largo se colocaba ante el micrófono.
—No sé…
No parecía importar, mientras el sonido fuese adecuado. Pero el sonido era igualmente incomprensible para mí, áspero e incómodo. Se lo decía a Lisa.
—No hay ninguna letra que tú misma puedas cantar. No es más que ruido.
—Las letras de las canciones religiosas, como Amazing Grace. Eso es lo que te gusta, ¿eh?
—Han acabado con ella. Ya no la canta nadie.
—Mull of Kintyre. Eso sí que es una letra.
Su padre le dijo lo que pensaba de esa canción.
Y así seguía la habitual discusión de los jueves, iluminada por las luces estroboscópicas y el frenesí epiléptico de los bailarines. Entonces Lisa daba un estirón repentino y se acurrucaba en su sillón.
—Pues escucha esto, mamá. Te va a gustar. Es el último sencillo de Serf Hale.
¿Cómo era posible que me hubiera pasado inadvertido hasta entonces? Era una canción normal, sin acompañamiento, cantada por un joven que, en comparación con los otros, era pulcro, con el micrófono obligatorio enmascarándole la boca. Una canción triste, extraña, y yo no quería escucharla. La había oído antes, aunque sin poder distinguir las palabras, porque la letra era en gaélico. Ahora escuché el estribillo, que decía más o menos:
Sobre el campo de sangre,
Sobre el frío campo gris,
Oh, amor mío…
Lisa permaneció en silencio mientras el disc jockey reanudaba su cháchara y los bailarines bullían y se contorsionaban. Le temblaban los labios y parecía a punto de llorar.
—¡Oh, mamá! —susurró—. ¿Verdad que es magnífico? ¿No te parece mágico?
No sabía lo que decía.
—Voy a comprar el disco, y escribiré a Serf Hale…
—No seas tonta, Lisa. A tu edad ya no deberías escribir cartas a tus ídolos.
—Pero mamá, no se trata de él. Sólo quiero saber de dónde ha sacado esa canción. Parece muy antigua…
—No harás semejante cosa —le ordené, y Dios sabe que tenía motivos para prohibírselo, pero, como tantas buenas razones, no eran fáciles de explicar. Se remontaban al tiempo en que yo iba a la escuela (Lisa no creería que a veces las canciones pop fueran tan antiguas) y me invitaron a tomar el té en casa de Jane Allison.
Los padres de Jane tenían una panadería en un pueblo, a algunos kilómetros de distancia. Desde el punto de vista de nuestra familia, era una muchacha de familia acomodada. Dos veces por semana, al salir de la escuela, iba a clase de música, y poco antes de la hora del té la veíamos esperando el autobús para regresar a casa, con el estuche negro de música en la mano y la mochila escolar a la espalda. Era una muchacha morena y de aspecto demacrado, con las rodillas huesudas. Recuerdo que una vez, cuando en un concierto de la escuela tocaba al piano una melodía insípida llamada Vals de la capuchina, tuve la sensación de que sus padres debían de ser ricos para derrochar dinero proporcionando lecciones de piano a una persona tan poco dotada para la música y que probablemente no tendría ningún éxito social.
Los fines de semana, después de la escuela, cuando no tenía clase de música, Jane ayudaba a su familia en el negocio. Recorría el pueblo en una bicicleta negra que tenía debajo del travesaño una placa metálica con el nombre «PANADERÍA J. ALLISON». Delante del manillar había un gran cesto cubierto con un paño blanco, y debajo del paño hileras de panecillos, roscos y toda clase de pastas, calientes y olorosas a sustancias aromáticas y mermelada. Jane tenía que ir de puerta en puerta y entregar estas golosinas, y a mi me parecía el trabajo más deseable y envidiable en el mundo. Los días de entre semana también tenía trabajo: lo primero que hacía por la mañana era pedalear, transportando barras de pan y panecillos, y tal vez debido a estas actividades extraescolares no era una alumna demasiado brillante.
Tampoco era muy popular. Había en ella una reticencia, una reserva, como si tuviera algo que ocultar. A veces llegaba a la escuela en bicicleta, y la placa anunciadora y el armazón para el cesto resultaban un tanto ridículos. Las demás chicas se metían con ella. Tal vez las cosas habrían ido mejor si ella les hubiera plantado cara, pero actuaba como si no las oyera siquiera. Yo nunca me burle de ella. Envidiaba bastante la bicicleta.
A la vista de la manera como todos la trataban, fue una sorpresa que Jane llegara un día a la escuela, poco antes de Navidad, con una invitación para que toda la clase asistiera a una tiesta de cumpleaños en su casa. Me sentí intrigada e impresionada. Mi madre sacó el vestido de fiesta que yo había usado el año anterior, me dio dinero para el autobús, me dijo que volviera con puntualidad y me advirtió para que me comportara como es debido.
Teníamos que estar en la casa a las cuatro. Recuerdo que había llovido, hacia un desapacible día de invierno, y las aceras todavía estaban mojadas y las calles del pueblo desiertas cuando bajé del autobús delante mismo de la panadería. Era una tienda bastante grande, con el escaparate lleno de pasteles de distintas clases, y a los lados montones de latas con la imagen de un highlander que señalaba con su espada la inscripción: «Allison. La mejor mantequilla para tartas». En los estantes superiores se alineaban las botellas de licores dulces, y todo daba una impresión de riqueza, solidez y prosperidad.
También la entrada de la casa parecía sólida y próspera, con una campanilla accionada por un tirador y una puerta interior de vidrio con pomo de ámbar. Detrás del vidrio pude ver un resplandor cálido, como el de un lámpara con pantalla anaranjada, y cuando llamé se oyó un grito y algunas risas, y Jane abrió la puerta con un grupo de niñas apiñadas a su alrededor, todas ellas divertidas y excitadas. El vestíbulo era cálido y estaba muy bien alfombrado. Me apresuraron para que subiera arriba, me quitara el abrigo y me arreglara en el dormitorio de Jane.
¿Por qué Jane nunca parecía demasiado feliz? Tenía una habitación para ella sola, y además, ¡una habitación con chimenea! La luz de la mesita de noche estaba encendida, para comodidad de las visitantes, algunas de las cuales se estaban poniendo vestidos que les llegaban a los tobillos y zapatos de baile, mientras otras se empolvaban ante el espejo. También Jane llevaba un largo vestido de fiesta y se había rizado el pelo, como para disimular su aspecto de niña desamparada. La excitación empezaba a iluminarle el rostro, y me di cuenta de que debía pasarse la mayor parte de su vida a solas. Era un festín ser el centro de la atención, tener a toda la clase en su poder durante una velada y saber que, mucho después, aun cuando no se hicieran amigas, las demás sentirían una especie de gratitud culpable hacia ella.
La excitación empezaba a afectarme también. Tímida, un poco fuera de lugar porque no llevaba un vestido largo, empecé a hablar como las demás, en voz alta y afectada. Recorrimos el pasillo —¡qué cantidad de habitaciones había!—, pasamos ante un ventanal de cristales coloreados en lo alto de la escalera y bajamos al comedor.
Era evidente que el señor Allison se encontraba fuera de su elemento. Era un hombre pelirrojo y grueso, más parecido a un carnicero que a un panadero, y estaba allí sin saber muy bien qué hacer, mientras nosotras mirábamos boquiabiertas la mesa, en cuyo centro había un pastel enorme y, a su alrededor, platos y más platos de los mejores productos de Allison. Aquello no debía de ser un festín para Jane, la cual, evidentemente, estaba harta de aquellas cosas, pero a las demás nos pareció maravilloso.
La organizadora de todo era la señora Allison, una mujer de rostro recio y expresión decidida, con el cabello negro partido por una raya en el centro y una franja gris que se iba extendiendo gradualmente a partir de la frente. Jane nos presentó, y la madre nos acomodó y colocó briosamente los platos delante de cada una. Cuando todas estuvimos sentadas, y empezaba a preguntarme si alguien iba a pronunciar la plegaria de gracias, observé que había dos asientos vacantes. Entonces entraron dos ancianas y se sentaron a la mesa.
—Ésta es la abuela —dijo Jane, a quien sin duda habían indicado previamente lo que tenía que decir—, y esta otra es mi bisabuela.
Todas murmuramos y nos agitamos nerviosamente, sonriendo a las dos ancianas; y por la manera en que la señora Allison las trataba, considerada pero autoritaria, supuse que pertenecían a su rama familiar. El cabello de la abuela era gris, casi plateado, mientras que el de la bisabuela parecía un casquete de lana blanca esponjosa. Ambas tenían los rasgos recios de la señora Allison, pero un poco ablandados, deformados por las arrugas, y aunque eran bastante agradables y amables, su presencia malograba la fiesta. No oían muy bien, y la más vieja tenía problemas de visión, y sus ojos eran lechosos y vagos.
De alguna manera no pudimos seguir gritando y riendo como lo habíamos hecho hasta entonces, y empezamos a dar vueltas a la comida en el plato, sin tocarla, temerosas de parecer glotonas.
—Vamos, sin cumplidos —dijo el señor Allison, pasando una bandeja con rodajas de frutas confitadas y flores de mazapán verde rellenas de crema.
Seleccionamos estas golosinas tímidamente, vacilando entre las tazas de chocolate y los pastelillos al licor, mientras las ancianas seguían mordisqueando sus bocadillos y se llevaban a los labios sus tazas de té con manos temblorosas. Empecé a ver por qué Jane era un poco anticuada, un poco diferente de las demás. ¿Acaso la bicicleta, la gran casa y las lecciones de música le compensaban de la continua compañía de las viejas, con todas sus restricciones? ¿Y por qué Jane nunca nos había hablado de ellas? Naturalmente, no nos había dicho nada porque ninguna de nosotras éramos lo bastante íntimas para esa clase de confidencias.
Apagaron las luces y encendieron las velas del pastel. Después de que Jane las apagara, todo el mundo aplaudió, y las porciones del pastel, demasiado suculento, pringaron nuestros dedos. Poco después retiraron los platos y cubiertos y Jane nos acompañó a la sala de estar, donde holgazaneamos quejumbrosas porque nos habíamos atiborrado demasiado de comida, y estábamos deseosas de sentarnos y chismorrear a placer.
Pero no nos permitían relajarnos. Era preciso que la fiesta siguiera adelante. Entró la señora Allison (teníamos la terrible sospecha de que el señor Allison se había quedado solo en la cocina, fregando platos) y pronto nos entregamos a los juegos de salón que amenizaban las fiestas de antaño, los cuales nos divirtieron a nuestro pesar.
Entonces llegó el momento decisivo. Todas teníamos que «hacer» algo. Betty Willis, que estudiaba declamación y estaba deseosa de demostrarlo, interpretó su pieza favorita, Manzanas verdes, con todas las acciones apropiadas. Maisie Gillon bailó un zapateado, bastante amortiguado por la alfombra y la falta de música. Jane tocó La marcha de los ratones alegres, que parecía salida del mismo libro que el Vals de la capuchina. Y entonces la madre de Jane nos sorprendió con el anuncio de que iba a cantar.
—¡No lo hagas, mamá! —exclamó Jane.
Todas nos miramos asombradas. Se había puesto pálida y apretaba los puños.
—¡Papá! —gritó—. Ella va a…
Su madre la hizo callar con un gesto imperioso de la mano. Jane se sentó, temblando. Cuando se hizo el silencio, la señora Allison empezó a cantar.
Era una canción triste y extraña, con un estribillo en gaélico, y, aunque no estoy segura, creo que trataba de unos hombres perdidos en combate. Sentí un frío creciente, y la piel de la nuca se me puso tensa. Quería gritar. Cuando la madre de Jane terminó y la aplaudimos, todas estábamos conmovidas y aturdidas, y, de la manera más impremeditada, pregunté con voz temblorosa:
—¿Qué…, qué canción es ésa, señora Allison?
Era una pregunta curiosa porque, en realidad, no deseaba saberlo.
El recio rostro se había ablandado un poco y su mirada parecía perdida en la lejanía.
—Oh, es una canción muy antigua —respondió—. No sé por qué se me ha ocurrido cantarla. Mi madre debe de saberlo. Pregúntaselo. —Me hizo una seña y me levanté tímidamente—. Ve allí y ella te lo dirá. Tiene una buena memoria para las cosas antiguas.
Vi que Jane extendía una mano para detenerme, pero no pude hacer nada para evitarlo. Halagada, pero un poco nerviosa, seguí a la madre hasta una habitación más pequeña a la que se habían retirado las dos ancianas. La señora Allison se acercó a su madre, se inclinó hacia ella y le hablo.
—Ésta es Deborah. Quiere saber el origen de esa canción.
—¿Eh? Oh, ¿la canción? Bueno, es de hace mucho tiempo… —empezó a decir mientras la señora Allison regresaba con los demás invitados—. Recuerdo que mi madre me la enseñó… —Tarareó algunas notas, tristes, desgarradoras, y se interrumpió—. Ella te lo dirá. Pregúntaselo, pero asegúrate de que te ve. Tiene cataratas, ¿sabes?
Me incliné hacia la otra anciana, deseando no haber mencionado nunca la canción, y le pregunté por ésta.
—La señora Allison la ha cantado, y dice que usted sabe… Lentamente, con voz rasposa, la anciana dijo:
—Sí, es una canción que no se escucha actualmente. Una se olvida de todo. Mi madre lo sabría…
Me dije que, gracias a Dios, ése era el final del asunto. Ahora nunca lo sabría. Pero la bisabuela se esforzaba para levantarse, sus labios se movían, sus delgadas piernas se afianzaban para enderezarla. Con una mano sobre mi hombro, me llevó hacia la puerta y recorrimos un pasillo.
—Esa habitación de ahí —me dijo—. Pregúntale a ella. Habla despacio y te entenderá, si está despierta.
—No quiero molestar…
—Anda, adelante.
No sabía qué hacer. Habría regresado corriendo adonde estaban las demás, a la seguridad de la sala llena de gente y la compañía de los jóvenes, pero no estaba segura del camino, y la anciana se apoyaba en su bastón y me observaba. Con mucha timidez, di unos golpes en la puerta y la anciana, detrás de mí, me dijo en tono brusco:
—Bueno, entra. No puedes esperar que se levante para abrirte. Entré en la habitación.
Había una cama, con una vela que ardía sobre la mesita de noche, y sobre la cama…, ya no puedo seguir hablando de ancianas. Era un esqueleto envuelto en piel, transparente como una película de sebo. No tenía pelo ni dientes, pero me había visto, y no podía retroceder. Alzó un brazo descarnado e hizo una seña para que me acercara.
—La canción —dije, casi llorando—. Esa canción antigua. Dicen que usted sabe…
Sabía que la cantaría. Era lo que había temido. El sonido salió de sus labios como un siseo, un siseo agotado, y entonces volvió a mover sus huesos y susurró:
—Oh, no recuerdo. Mi madre podría saberlo. Pregúntaselo.
—Pero…
—Ahí, es ahí.
El brazo descarnado señaló la cómoda, y, para seguirle la corriente, fui allí y miré el esqueleto encamado, esperando instrucciones. El cajón superior estaba entreabierto. El cráneo asintió y abrí más el cajón.
Lo que había dentro no era más que un rastro de niebla, un poco de vapor, un rizo de humo, y, no obstante, tenía una forma, un parecido, y daba la impresión de que podía conocer, podía hablar, incluso cantar, un atisbo de sonido, el rumor de un suspiro. No sabría expresar lo terrible que resultó entonces oír la canción. Y luego dijo con una vocecita lejana, muy lejana:
—No recuerdo. Pregúntaselo a mi madre…
Eché a correr. Regresé a casa corriendo, con mi vestido de fiesta, sin molestarme en tomar el autobús. Mi madre no se creyó lo que le dije, y me ordenó que por la mañana escribiera una carta de disculpa a la madre de Jane, de cuya amabilidad no era merecedora.
Así, después del desayuno, como no tenía que ir a la escuela, pues habían dado comienzo las vacaciones navideñas, me senté con pluma y papel para escribir algo que complaciera a mi madre y no ofendiera a la de Jane, pero mientras todavía me debatía para encontrar las palabras apropiadas, la camioneta de Allison se detuvo ante la puerta y entregaron un sobre dirigido a mi madre.
Era una carta del señor Allison, en la que él se disculpaba. No me permitieron ver lo que decía, pero más tarde oí la lectura de algunos fragmentos y los comentarios de mis madres. «Lamentable…, no había ocurrido en mucho tiempo…, nunca creímos que pudiera ser así…».
Por tentador que fuera, creo que fue mejor que no llegara a enterarme de la explicación. Al curso siguiente fui a otra escuela. Jane repitió curso, más tarde nos mudamos de casa y finalmente perdí de vista por completo a los Allison.
Lo que ahora me preocupa es que, si Lisa compra el disco, lo pondrá una y otra vez, y no podré soportarlo. Siento el impulso de escuchar esa canción, pero no quiero hacerlo. Quizá si pudiera descubrir sus orígenes no me obsesionaría tanto, pero no me atrevería a indagar de nuevo en el pasado, un fantasma tras otro hasta llegar a sombras cada vez más desvaídas, invisibles. Sin embargo, me gustaría saberlo. Tal vez Lisa lo descubra. Es joven, y más fuerte de lo que yo era a su edad. Sí, eso es. Le diré a Lisa que lo pregunte.