Horror 3

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La única salida

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La única salida

FELICE PICANO

Felice Picano nació en 1944 en la ciudad de Nueva York, donde vive. En 1964 se graduó con matrícula de honor por la Universidad de Nueva York, y luego tuvo diversas ocupaciones: maestro, asistente social, redactor de una revista de artes gráficas y gerente de una librería. Según él, en su juventud fue ante todo un vago y un hippie de los años sesenta. En las fotografías aparece barbudo y con un aspecto melancólico y pensativo. Escribe unas cartas encantadoramente formales.

Ha escrito varias novelas, entre ellas Smart as the Devil, Eyes y The Mesmerist. También es autor de un libro de poemas, The Deformity Lover. Su bibliografía es muy variada y, como verá el lector, uno nunca sabe qué esperar de Picano.

Bay tiró el corazón de manzana y lo pisoteó sobre la marga blanda hasta que sólo quedó un diminuto montículo de tierra. Las campanas de un campanario lejano —el punto más elevado de un pueblecito anidado en las colinas de Nueva Inglaterra— estaban dando las doce. Era domingo, y eso significaba todavía menos tráfico que el habitual, menos oportunidad de que pasaran camiones u otros vehículos que podrían recogerle con más facilidad, sobre todo porque no estaba en una autopista, sino sólo en una carretera asfaltada.

Tensó las correas de la mochila sobre sus hombros y saltó desde la pequeña elevación en la que estaba subido a la carretera. Trató de mentalizarse para una larga caminata durante la tarde, procurando mantenerse fuera del borde desgastado de la carretera y pisando tierra en la medida de lo posible, a fin de que el camino fuese más leve para sus pies.

Al cabo de unos diez minutos, aún no había visto ningún coche. Todo el mundo debía de estar en casa, almorzando. La carretera emprendía un largo descenso, subía otra cresta a cosa de un kilómetro, donde se perdía de vista, luego ascendía a otra cresta, subía y bajaba, una y otra vez, recorriendo la espina dorsal de las colinas, como una cinta a la que el viento hace ondear.

Bay se disponía a emprender el largo ascenso cuando pasó por su lado una tremenda ráfaga de aire, con el sonido apagado de un bólido; tal vez era su fuerza que le derribó al suelo, en medio de un revuelo de polvo y grava.

Fuera lo que fuese, había pasado demasiado rápido para que pudiera ver su forma. Se puso en pie, se sacudió los pantalones, miró hacia atrás, soltó unos cuantos juramentos y volvió a ponerse en camino. Entonces observó algo.

Enfrente, como insectos mecánicos que bajaran rápidamente por una pared, había dos vehículos pequeños y muy rápidos que avanzaban hacia él por la carretera. Se perdieron de vista unos instantes detrás de una cresta y, al mismo tiempo, dos vehículos idénticos aparecieron en lo alto de la carretera y emprendieron el descenso.

Iban tan rápidos que cuando la mirada de Bay pasó de un par al otro parecieron intercambiar sus lugares. Entonces vio que el efecto estaba producido por un tercer par de vehículos idénticos que ahora habían aparecido en la cresta.

Brillaban tanto bajo el sol del mediodía que Bay apenas podía ver que iban hacia él. Discernió que eran bajos, más bien cuadrados, y estaban pintados de un verde metálico. Pero lo extraño después de tanto tiempo sin ver ningún coche por la carretera era el aspecto tan regular de aquéllos: uno al lado del otro, ocupando ambos carriles, el segundo par y el tercero exactamente a la misma distancia, como en una formación. A Bay le recordaron unos cochecitos de juguete que había tenido de niño.

El primero pasó por su lado con el mismo sonido de bólido.

No había duda alguna: un par anterior era lo que le había derribado. Esta vez estaba prevenido; aun así, apenas pudo mantenerse en pie bajo el polvo y el estrépito de su paso. Siguió sus figuras cuadradas que avanzaban velozmente carretera abajo, ahora sólo un doble borrón en medio del polvo que levantaban y que los seguían como pequeños ciclones.

No se le ocultaba que había algo extraño en aquellos vehículos. Se apoyó en un saliente rocoso y se colocó una mano sobre los ojos para poder ver mejor el siguiente par cuando pasara. La próxima vez los vio mejor…, y se sintió más desconcertado.

No se parecían a ningún vehículo que hubiera visto jamás. Eran unas cajas bajas y aplanadas, curvadas hacia algún vértice indefinido en tres cuartas partes de su longitud. No tenían luces, ni cromados decorativos de ninguna clase, ni cristales… y, en consecuencia, no había manera de ver su interior, si lo tenían. Bay había creído que estaban pintados de verde metálico, y ésa era la descripción más aproximada que podría hacer del color y el material, pero no se trataba de un metal y no era de color verde. Era a la vez más y menos que eso: una sustancia desconocida que refractaba la luz de tal manera como nunca había visto que hiciera ningún material, y un color que parecía absorber tanta luz como reflejaba. Lo peor de todo era que cuando los vehículos rebasaron la cresta de la carretera, despegaron del suelo —yendo a unos doscientos cincuenta kilómetros por hora, cualquier vehículo lo habría hecho— ¡y no tenían ruedas!

Bay se puso a pensar si había observado alguna base militar en la zona y examinó el mapa de carreteras que llevaba consigo. No había ninguna. ¿Tal vez era aquél un terreno de pruebas de una compañía automovilística? ¿Serían una especie de automóviles experimentales?

Finalmente pasó el último par a toda velocidad, interrumpiendo sus pensamientos, con aquel sonido uniforme de bólido. Se volvió para ver si había algún vehículo más y comprobó que no. Entonces miró de nuevo el último par que había pasado; creía que ya estarían lejos, pero se llevó una sorpresa, pues vio que reducían la velocidad y luego casi se detenían antes de girar rápidamente para salir de la carretera y penetrar en un pasto, muy cerca del promontorio donde había pasado la noche.

Su curiosidad y el vago temor que había experimentado llegaron a un punto culminante. Tenía que averiguar qué eran aquellos vehículos. Dio media vuelta y corrió tras los dos últimos.

Tardó escasos minutos en regresar a la áspera cresta que había abandonado poco antes, proyectada por encima de la pradera. Pero en aquel breve intervalo, los ocupantes del vehículo habían bajado y transformado la zona.

Lo que había sido un pasto de hierba seca, ahora parecía una extensión desbrozada en un radio considerable. Unas figuras vestidas con ropas oscuras y cubiertas con cascos iban de un lado a otro rígida pero rápidamente, provistas de unas extrañas herramientas. Dos de ellos fueron a los vehículos estacionados en el borde del círculo, abiertos por la parte posterior.

Otras dos figuras estaban instalando una plataforma de aspecto hueco exactamente en el centro del círculo. Una de ellas sostenía un instrumento con una larga boquilla, de la que salió a presión un líquido que, al entrar en contacto con el suelo, lo endureció formando una sustancia parecida al cemento armado.

Mientras trabajaban, la primera pareja sacó del vehículo un objeto que parecía una lata y lo dejó en el suelo. Aunque Bay se concentraba en el objeto y las figuras, pudo ver que el interior del vehículo estaba iluminado artificialmente, la mitad con una luz rosa y la otra mitad amarilla.

La lata debía de ser muy pesada o muy frágil, pues las figuras que la transportaban se movían con mucha lentitud y sus pasos eran de una exagerada delicadeza mecánica. Por fin colocaron la lata en el centro del círculo desbrozado y la hundieron poco a poco en el material parecido al cemento. Otro chorro del instrumento rociador cubrió la lata por completo.

Las cuatro figuras se retiraron más allá del borde del círculo, y entonces una de ellas extrajo de las profundidades de un bolsillo una especie de cartucho que tenía las dimensiones de una mano, movió uno o dos botones y la hierba pisoteada empezó a surgir de nuevo en la zona desbrozada, con tal rapidez y de una manera tan completa que, incluso desde su posición a vista de pájaro, Bay pudo discernir apenas la localización exacta de la plataforma y la lata hundida.

Entonces las figuras subieron a los vehículos. Las puertas se cerraron con dos gorgoteantes sonidos neumáticos, los vehículos giraron como si lo hicieran sobre unos ejes invisibles y partieron por la carretera principal en pos de los demás vehículos con tanta rapidez como habían llegado.

Toda la operación no habría durado más de diez minutos, y se había llevado a cabo en su totalidad en un lugar que quedaba oculto de la carretera por la cresta rocosa desde la que Bay los había observado; aun cuando hubiera habido un atasco de tráfico en la carretera, nadie se habría dado cuenta de lo que ocurría detrás de aquel promontorio. Y una vez hundida la lata, parecía como si no hubiera sucedido nada en absoluto.

Entonces Bay empezó a sentir un cosquilleo a lo largo de la nuca, una sensación que había experimentado con anterioridad una o dos veces en su vida. Le sucedió cierta vez que le seguían por las calles oscuras y desiertas de una ciudad en el Medio Oeste, y en otra ocasión, cuando oyó unos pasos pesados, merodeadores, alrededor de la tienda que había plantado en las Montañas Rocosas. En ambas ocasiones la sensación había significado peligro, y ahora supo lo que significaba esta vez: lo que había dentro de aquella lata, fuera lo que fuese, iba a estallar, y la explosión sería tremenda. Sin detenerse a considerar por qué o cómo, Bay supo que algo terrible había sido enterrado en aquella pradera. ¡Tenía que marcharse de allí a toda prisa, de inmediato!

Casi tropezó mientras bajaba corriendo por la cresta hacia la carretera, cuando recordó que se había quitado la mochila, abandonándola en la roca. «¡Déjala! ¡Vete!», pensó, y acto seguido: «¡No! ¡He de recuperarla! ¡Tengo que irme con rapidez, en un coche! Esa cosa explotará de un momento a otro. Necesito un coche para alejarme de ella. La mochila me ayudará a conseguir que se detenga algún vehículo».

Todavía estaba colocándose la mochila a la espalda cuando llegó de nuevo a la carretera. No pasaba ningún coche. Empezó a andar tan rápido como pudo, siguiendo la dirección hacia la que había empezado a andar antes.

¿Por qué iba hacia allí? Era la dirección por la que habían llegado los vehículos, y existía la posibilidad de que hubieran instalado toda una cadena de aquellos artefactos. Incluso era posible que estuviesen colocando más en aquellos mismos momentos, detrás de él. Tenía que dirigirse al norte, siempre al norte.

Más adelante tenía que haber un cruce hacia el norte. Era preciso que llegara a él, pero primero necesitaba que alguien le llevara. Todavía no pasaba ningún coche. Soltó una maldición. Ahora que andaba por la carretera se sentía algo más tranquilo, sabiendo que tenía una dirección a seguir, una vía de escape. Seguía sintiendo el cálido cosquilleo en la nuca y los hombros, y el esfuerzo empezaba a producirle un dolorcillo agudo en el costado. Estaba seguro de que lo primero se debía al ascenso de la adrenalina y el temor extrasensorial a lo que iba a suceder, fuera lo que fuese.

¿Y si se trataba precisamente de lo que le parecía que era? ¿Cuál podría ser su radio de acción? ¿Cuatro, seis kilómetros? ¿Cuál había sido el radio de la última prueba nuclear? ¿O ése era sólo el radio de la destrucción total? Y en ese caso, ¿cuál era el radio de las tormentas de fuego? ¿Diez o veinte kilómetros más?

Volvió la cabeza y no vio ningún coche. Al girarla de nuevo, paso por su lado uno que venía de frente… pero iba a toda velocidad y Bay no tuvo tiempo de hacerle una señal. Era desesperante andar con el alma en vilo, haciendo un esfuerzo para no perder los nervios, para no echar a correr ciegamente y desmoronarse por completo. No, tenía que mantener la calma, pues abandonarse significaría el final. Sobrevivir dependía solamente de su resistencia. Tenía que resistir.

Seguían ardiéndole las terminaciones nerviosas, con un ardor que parecía más intenso a medida que se alejaba de la lata enterrada. Y aún no pasaba ningún coche.

Entonces apareció uno, detrás de él, un coche oscuro y reluciente que avanzaba en su dirección. Bay casi cayó al suelo cuando se detuvo, tambaleante, y extendió el brazo peligrosamente por encima del borde de la carretera.

El conductor hizo todo un número, haciendo rechinar los neumáticos antes de detenerse, y frenó tan bruscamente que la mitad del coche estaba bajo la mano extendida de Bay cuando por fin se detuvo del todo.

Bay se agachó ante la portezuela abierta.

—¿Todavía no le he invitado? —preguntó una voz.

Bay se quedó inmóvil, pensando: «¡Oh. No! ¡Un bromista no! ¡No en estos momentos!».

—Perdone, ¿podría usted llevarme?

—Claro.

Bay subió al coche y cerró la portezuela. El hombre miraba hacia adelante. No le veía más que el perfil.

—¿Adónde se dirige?

—Al norte —dijo Bay, con una determinación que le sorprendió a él mismo.

—Por aquí se va al oeste.

—Hay un cruce unos kilómetros más arriba. Bajaré allí.

—No es necesario. Voy al norte desde ese cruce.

Todavía se estaba quitando las correas de la mochila cuando el coche se puso en marcha. Finalmente se la quitó, la dejó en el suelo del vehículo y se acomodó en el asiento, contemplando cómo el capo en forma de V lamía el asfalto oscuro.

—Bonito coche —dijo distraídamente.

—Sí, no está mal.

Bay pensó que era una suerte que aquel hombre no tuviera ganas de conversar. Lo único que le faltaba sería una charla sobre el tiempo. No, no era el momento. Si hablaban, el tipo podría reducir la velocidad. Tenía que limitarse a conducir.

—Parecía tener mucha prisa —dijo el conductor—, casi como si estuviera huyendo de algo.

¿Lo sabía? ¿Tenía alguna conexión con los vehículos? ¿Era un explorador, un encargado de hacer limpieza, de librarse de posibles testigos?

Bay no dijo nada.

—Naturalmente, no hay nada de lo que huir, ¿verdad? —siguió diciendo el conductor—. Tan sólo un par de granjas de mala muerte.

Se echó a reír y Bay le miró. Tenía más o menos su edad y era bien parecido, con un aspecto lustroso, como su coche. El cabello moreno y lacio, barba y bigote, los párpados sensuales, los ojos oscuros y la piel bronceada, la actitud del hombre satisfecho de sí mismo. Pero, por lo demás, nada que objetar. Era un individuo como tantos otros.

—Nada más que granjas y un par de vacas, ¿eh? —insistió, y se echó a reír de nuevo.

Aunque no supiera nada de la lata enterrada, no debía de estar en su sano juicio. ¡Cielo santo! Lo único que le faltaba: un chiflado.

Pronto llegaron al cruce y el conductor giró el volante y enfiló el ramal en dirección al sur.

—¡No! —gritó Bay—. ¡Se ha equivocado! ¡Por aquí vamos al sur!

Casi se levantó de su asiento.

—¿Qué? —dijo el conductor, y se aplicó una mano doblada a la oreja, como si fuese duro de oído.

Bay empezó a repetir frenéticamente que iban en la dirección errónea, pero el coche efectuaba ya un giro cerrado, volviendo al cruce para tomar la carretera que iba del este al oeste.

—¿Un poco nervioso? —le preguntó el conductor.

—Sí —musitó Bay, hundiéndose en el mullido asiento, pero no sentía el menor alivio.

Aquel tipo era un bromista, y hasta era posible que estuviera loco. El temor que le producía el conocimiento de que aún se encontraba en el radio de acción de la lata era cada vez más intenso y tenía los nervios en tensión.

¿Cómo diablos se había metido en una situación semejante?

Todo lo que sabía era que le estaban llevando hacia el este. El día anterior un conductor le había llevado desde Albany a Kingston. Después de tomar una hamburguesa y un batido en una cafetería junto a la carretera, le recogió una mujer de rostro anguloso que viajaba en compañía de dos hijos silenciosos, la cual le llevó a través de los Berkshires y le dejó en un pueblecito llamado South Egremont, donde le recogió un camionero, y finalmente bajó en el lugar donde había pasado la noche. Y anteriormente había viajado haciendo autostop, a través de montañas, llanuras, ciudades, desiertos…, todo ello borroso y vago ahora, sin importancia, irreal.

Estaba seguro de que la lata estallaría pronto. Ya no se preguntaba quién la había puesto allí ni por qué, pero sabía que estaba enterrada en el suelo, que él, como testigo, estaba conectado a ella de alguna manera y que llevaba en sí mismo ese conocimiento como una bomba de relojería cuyo tiempo está llegando a su fin.

—¿A qué distancia cree que estamos? —preguntó Bay.

—¿De dónde? —replicó el otro con suspicacia.

—Pues no lo sé. ¿De Boston? ¿Cuánto habrá desde el lugar donde me recogió?

—Estamos a unos quinientos kilómetros de Boston y a veinticinco desde el lugar donde le recogí —dio unos golpecitos a una esfera de cristal hundida en el cuero del tablero de instrumentos—, según ese odómetro.

—Sólo quería saberlo.

—Es un tiempo bastante bueno —dijo el conductor, como si se sintiera ofendido—. Hemos ido a más de cien por hora.

—¿No puede ir más rápido? —le preguntó Bay.

—No tengo prisa.

—El cuentakilómetros llega hasta doscientos veinticinco. ¿O no es más que un farol?

—Alcanza esa velocidad, pero estas carreteras son malas. ¿Quiere que destroce los bajos para que usted disfrute de la carrera?

El cuentakilómetros marcaba 112 por hora.

—Un coche como éste probablemente ha sido construido para una velocidad de crucero de 200 por hora —comentó Bay, con insolencia.

La velocidad era ahora de 120.

—Normalmente viajo a una velocidad de 160, cuando las carreteras son buenas.

El cuentakilómetros marcaba ahora 130.

—Tengo entendido que si los tubos del aceite no se abren de vez en cuando, se obturan. —La velocidad había aumentado a 140—. Claro que quizá no sean más que habladurías —añadió Bay.

Alcanzaron los 145 y luego los 150. El coche parecía deslizarse por la carretera, y cogía baches con tanta rapidez que a Bay se le empezaba a remover el estómago. El paisaje pasaba como una exhalación, los árboles parecían agruparse y difuminarse. Un arroyo paralelo a la carretera apareció y desapareció como si unos niños agitaran una cuerda oscura a lo largo de la serpiente en el terreno de juegos.

La velocidad era de 160 kilómetros por hora.

Bay estaba tan nervioso que apenas podía mantenerse quieto en su asiento. El tiempo apremiaba. De un momento a otro se produciría la explosión. Tenía que alejarse, bajar del coche, apartarse del peligro inmediato, o hacer que el conductor se detuviera y buscar refugio. Pero ¿dónde? ¿Dónde?

¡Allí! En el arroyo, en el agua. El agua le protegería, impediría que se quemara gravemente. Tenía que hacerlo en seguida.

—¡Pare! ¡Pare ahora mismo!

—¡Está loco! ¡Aquí no hay nada!

—¡Pare! Pare.

Bay se irguió en su asiento y bajó el cristal de la ventanilla.

—¡Siéntese! ¡Se va a matar!

El coche viró bruscamente, con un ruido como el disparo de una honda.

Antes de que se detuviera. Bay sintió un dolor intenso en todo su cuerpo. Abrió la portezuela, corrió hasta la orilla del arroyo y se arrodilló. Metió una mano en el agua turbia y nauseabunda, hundió el brazo hasta el codo. Tendría que servir.

Oyó que a sus espaldas el conductor rezongaba y cerraba la portezuela del coche.

Cogió dos tallos de cebolla huecos, los rompió por los extremos y se los llevó a la boca. Aspirando el aire por uno y expulsándolo por el otro, se introdujo de costado en la corriente. Antes de sumergirse pudo oír el ruido del coche, que partió a toda velocidad.

Los tubos funcionaron. En cuanto Bay notó la frescura del agua turbia se tranquilizó. Entonces volvió a contorsionarse de la cabeza a los pies, se agitó cada nervio, músculo y célula de su cuerpo y le cegó una luz blanca que sobrepasaba toda blancura brillante imaginable, que contenía las honduras y sutilezas de la pura luz blanca, y que se apoderó de él, envolviéndole por completo. Aquella luminosidad deslumbradora fue en aumento y, al hacerlo, el agua del arroyo se volvió tibia, luego cálida y a continuación muy caliente. Y la luz blanca seguía brillando, más blanca incluso, como un millar de instrumentos musicales de metal, blancos e insonoros. El agua del arroyo se evaporaba, y los tallos que tenía en la boca estaban calientes y eran inservibles, ya no podía respirar el aire sofocante a través de ellos, así que los abandonó, y se puso boca abajo, llenándose los pulmones con el aire de oscuras bolsas en oxidación alrededor de su rostro, mientras el universo se volvía blanco, blanco, blanco.

Luego anaranjado, rojo, oscuro, hasta adoptar un color vago, oscilante.

Pero la contorsión había cesado, y el dolor, y también el miedo. Ya no tenía la sensación de que le ardía el pelo. Las turbias aguas habían dejado de burbujear a su alrededor. Se habían secado, y sólo quedaba fango, que Bay notaba incrustado en su cabeza, en sus manos y sus ropas.

Cautamente se puso boca arriba y, con la misma cautela, respiró un poco. El aire estaba todavía caliente y tenía un olor acre, a quemado, pero era respirable. Aspiró más; sentía dolor en las fosas nasales y la garganta, y tragó saliva un par de veces, con lo que se sintió mejor. Entonces se irguió, sacudió las manos para desprender el barro adherido a las yemas de los dedos y, delicadamente, separó la costra seca que le cubría los párpados.

El cielo tenía un color rosado, aunque no del todo: era púrpura, anaranjado y rosado. A su alrededor, el campo estaba sumido en una negra desolación. Enfrente, un pinar ardía como una antorcha enorme A lo lejos, al otro lado de los campos achicharrados, brotaban chispas de los abetos que cubrían una cadena de colinas. El aire estaba todavía caliente, pero lo peor había pasado.

Tembloroso, se puso en pie, pero tenía las piernas débiles y cayó de rodillas. Sintió un acceso de náuseas y vomitó los restos del desayuno en el lecho seco por donde había pasado el arroyo. En seguida se sintió más ligero y más fuerte. Se limpió la boca con la manga húmeda, se levantó y avanzó hacia la carretera cuyo asfalto estaba medio fundido, desfigurado.

Había incendios por todas partes. Las cenizas caían como lluvia a su alrededor. Pero él estaba bien. Había logrado sobrevivir.

Siguió adelante, contemplando el desastre. Entonces, al doblar una curva suave en la carretera, y a través de los troncos quemados de los árboles, vio el brillo metálico de un coche. Estaba detenido en medio de la carretera, como si el conductor hubiera parado un momento para orinar en la cuneta y volver en seguida.

Al acercarse más. Bay observó que el coche no tenía cristales.

Todavía más cerca, la mayor parte de la carrocería del coche, así como los parachoques y los guardabarros, parecían como si se hubieran calentado y los hubiera golpeado un centenar de martillos diminutos. Entonces vio que se trataba del mismo coche que le había recogido antes, y distinguió la parte posterior de la cabeza del hombre, erecta, hundida en el respaldo del asiento.

De no haber sido por los millones de diminutos fragmentos de vidrio que temblaban suavemente y cubrían la cabeza como un delicado casco de encaje, y los hilillos rojos que manchaban sus bordes, el conductor habría parecido vivo…, mirando hacia adelante, un poco sorprendido.

Hasta los asientos, el suelo y el tablero de instrumentos estaban llenos de fragmentos de cristal, pero los indicadores seguían funcionando y el motor ronroneaba en punto muerto. La luz debía de haber cegado súbitamente al conductor y, por reflejo, detuvo el coche. Entonces le cayeron los cristales encima, y quizá el calor había abrasado el cuero de la tapicería junto con su piel y su carne, hasta que todo adquirió el mismo color, a medias marrón y a medias rosado brillante.

Bay abrió la portezuela del coche, barrió con un pie los fragmentos de cristal y empujó suavemente la espalda del cadáver, hasta que el cuerpo se desplomó hacia adelante. Otro empujón y cayó a la carretera. Ahora el olor a quemado era más fuerte, horrible.

Limpió el asiento delantero y abrió la guantera, de donde extrajo una gamuza que utilizó para envolver el volante aún caliente y semifundido. Todavía quedaban algunos fragmentos de aspecto peligroso en el parabrisas y los triángulos laterales de ventilación, y los extrajo todos.

Una vez preparado, Bay se sentó ante el volante, esperando inútilmente que el instinto le dijera lo que debía hacer a continuación.

—Iré al norte —dijo en voz alta—, al norte.

Movió la palanca de cambios y entró la primera velocidad; el coche chirrió y se puso en marcha.

Una hora después se terminó la gasolina.

Le había sorprendido, e incluso alarmado un poco que hubiera tan pocos coches en la carretera. ¿Adónde había ido todo el mundo? ¿Estaban todos muertos? ¿Se habían escondido? Cuanto más se alejaba, los daños iban disminuyendo, y llegó un momento en que ni siquiera había señales de lo sucedido. Pero todo parecía abandonado, aunque «todo» se reducía a los pocos establecimientos de comidas y gasolineras a lo largo de la carretera. Tenía que haber pensado en detenerse y repostar combustible.

Dejó el coche en la cuneta de la carretera y echó a andar, de nuevo hacia el norte… siempre al norte. De vez en cuando se volvía y miraba atrás: el cielo seguía teniendo un color rosado, con nubes de cenizas que caían a lo lejos, y había una zona al sudeste —¿podía ser Boston?— de color rojo brillante y anaranjado, como si las llamas consumieran el aire.

Llegó a una gran casa de madera a un lado de la carretera, tras una valla. En uno de los lados, cubierto de césped, estaban aparcados varios automóviles y una camioneta. Dentro de la casa debía de haber alguien, y quizá tuvieran gasolina, o podrían acompañarle hasta la próxima gasolinera.

Aparte las ventanas, cuyos cristales rotos habían caído hacia dentro, la casa no parecía haber sufrido ningún daño. La puerta estaba abierta. Bay llamó desde el umbral y, al no obtener respuesta, entró.

El lugar parecía desierto. Habían utilizado la cocina, pues sobre los fogones dobles había ollas con alimentos a medio cocinar, y dos tazas de café sobre la mesa. Bay llamó de nuevo, tampoco obtuvo respuesta y cogió una de las tazas de café como si la hubieran servido para él.

¿Podía beberlo sin peligro? ¿Sería radiactivo?

Dejando el café, fue al fregadero —una bomba extractora y una taza anticuadas— y se sirvió un vaso de agua. Estaba fría y era ligeramente mineral, pero buena. Se sirvió otro vaso.

¿Qué era aquel ruido detrás de la puerta? ¿Voces? ¿O una sola voz que hablaba monótonamente?

—Hola —dijo a quienquiera que estuviese al otro lado de la puerta—. ¿Hay alguien aquí? Me he quedado sin gasolina en la carretera.

Nadie le respondió, pero las palabras monótonas parecieron continuar.

Se acercó a la puerta y movió el pomo. Vio que estaba abierta. La empujó con cautela y se asomó, sin saber lo que podría haber allí.

Se encontró con una escalera empinada y bien iluminada.

Mientras subía los escalones, la voz vieja y cascada que había oído al principio se hizo más clara. Creyó distinguir las palabras: «De pronto suben del río siete vacas hermosas y lustrosas», seguidas de una pausa y lo que parecía ser el movimiento de varios pares de zapatos sobre el suelo de madera.

En lo alto de la escalera había un largo corredor con varias puertas cerradas y cuyo suelo estaba cubierto por una alfombra oval, desgastada, de múltiples colores, que parecía un arco iris desvaído.

Una de las puertas estaba entreabierta. Detrás de ella la voz habló de nuevo. Bay se aproximó y empujó lentamente la puerta, lo suficiente para ver el interior.

Su primera impresión fue la de una sala llena de gente: hombres, mujeres, niños, viejos, todos ellos sentados o de pie detrás de las sillas, apoyados en las paredes laterales y trasera, mirando hacia un ángulo de la sala. Debido al ángulo de la pared. Bay sólo pudo distinguir la vaga figura de un anciano. Entro en la habitación con pasos quedos. El viejo seguía envuelto en las sombras, aunque ahora Bay podía distinguir un libro encuadernado en cuero, con los cantos deshilachados, abierto sobre un atril delante de él, a la vista de todos.

—Y vuelto a dormirse. Faraón soñó otra vez —repitió la voz anciana, sin tono.

Ni el lector ni nadie más en la sala se volvieron para mirar al intruso que había cruzado la puerta.

El viejo hizo otra pausa y se alzó un murmullo entre el grupo reunido. Un niño, incapaz de seguir reteniendo su curiosidad, miró a Bay desde detrás del hombro de una mujer. Cuando Bay le devolvió la mirada, el pequeño se ocultó de inmediato, y un instante después volvió a asomarse tímidamente.

La mitad del cabello rubio del niño había desaparecido y el cuero cabelludo era un borrón púrpura con grandes ampollas marrones y pequeñas llagas rosáceas entre cuyas fisuras rezumaba el pus. Era como si le hubieran quemado con una lámpara de acetileno desde la corona de la cabeza, pasando por el ojo cerrado y coagulado hasta el mentón rojizo y ennegrecido. Bay tuvo que hacer un gran esfuerzo para desviar la vista del chiquillo y fijarla en las tablas del suelo.

—… soñó que siete espigas crecían en una misma caña, lozanas y buenas.

Todo el mundo murmuró su aprobación. Bay miró de nuevo al pequeño, el cual se escondía otra vez tras la voluminosa mujer —¿su madre?— la cual se volvió de perfil hacia Bay. También ella presentaba quemaduras y alteraciones en la pigmentación, como si hubieran pasado ante su rostro y su pecho una faja de fuego intenso.

Bay se apoyó en la puerta y sujetó con fuerza la seca moldura de madera, separando los pies para tener una mejor base de sustentación mientras examinaba a los demás reunidos en la sala.

Todos estaban quemados, descoloridos, con heridas y llagas que sangraban y supuraban.

—Pero he aquí que otras siete espigas flacas y asolanadas brotaron después de aquéllas —entonó el viejo, su voz tan seca como la madera que Bay apretaba con tanta fuerza que la pintura se descamaba en sus uñas.

Una mujer que estaba cerca de Bay, con los brazos cruzados sobre un vestido estampado de algodón, se volvió hacia él como si le viera por primera vez. Tenía casi todo el rostro cubierto de manchas purpúreas, y sus labios eran unas líneas chamuscadas. Sonrió, revelando unos dientes que casi parecían verdes. Sólo unos pocos mechones de brillante cabello castañorrojizo se mantenían en su lugar, sujetos por una cinta ennegrecida.

Bay tuvo que mirar el suelo de nuevo, pero tampoco pudo evitar alzar la vista otra vez y mirar ahora a uno, luego a otro de los presentes, todos los cuales escuchaban silenciosos, atentos, la lectura del anciano, ignorando monstruosamente lo que les había ocurrido.

—Y las siete espigas flacas consumieron a las siete lozanas y llenas.

Estas palabras animaron a la gente, y se movieron, gesticularon, mostrando nuevas facetas de su horror. Un hombre de rostro escamoso, cuya nariz no era más que un hueso proyectado hacia afuera, se inclinó para susurrar algo al apéndice chamuscado que debió de ser la oreja de otro.

Bay cerró los ojos y permaneció largo rato apoyado en la puerta, decidido a no seguir viendo aquellas monstruosidades.

Salió al corredor y oyó de nuevo la voz del anciano:

—Aquella mañana estaba inquieto el espíritu de Faraón…

Cerró la puerta y sujetó el pomo, temiendo que la gente se levantara de sus sillas y la derribara para atacarle. Tenía la sensación de que todos los poros de su piel rezumaban una suciedad venenosa e infecciosa.

No sucedió nada de esto, y el anciano siguió hablando detrás de la puerta. Bay bajó la escalera dando traspiés, casi arrancó de cuajo la puerta y salió de la casa corriendo.

Cuando se detuvo, porque le dolía todo el cuerpo a causa del esfuerzo, estaba lejos de la casa y nadie le seguía. Desde aquella distancia la casa parecía desierta. Enfrente, en medio de un campo ligeramente ondulante, pudo ver unas casas. ¿Estarían sus habitantes igual de mutilados y ajenos a la realidad como los que acababa de ver?

Llegó entonces a una camioneta de reparto de pan aparcada al borde de la carretera. El conductor no estaba a la vista, y la llave de contacto seguía en su sitio. ¿También le habría sorprendido al conductor la luz cegadora, quemándole hasta los huesos, y se habría tambaleado hasta caer entre las altas hierbas o, lo que era más probable, habría regresado a aquella casa?

Cuando Bay hizo girar la llave, la luz del depósito en el tablero de instrumentos reveló que estaba lleno hasta la mitad. ¿Debería extraer la gasolina o simplemente apoderarse de la camioneta?

El instinto actuó por él, y antes de haber tomado una decisión, puso en marcha el motor y apretó el embrague. El interior del vehículo olía a pan recién hecho. Extendió la mano hacia atrás, cogió una hogaza de pan de centeno, rompió el envoltorio de plástico y se comió tres trozos. Luego entró la primera velocidad y se puso en marcha.

Hasta entonces no se había dado cuenta de lo hambriento que estaba. Se comió la hogaza entera y parte de otra mientras conducía.

La camioneta no podía llevarle tan rápido como el coche, pero de todos modos le aproximaba al norte. Pensaba, sin poder evitarlo, que estallarían más bombas, habría más catástrofes, y cuanto más al norte estuviera, mayor sería su seguridad.

Había llegado a la cadena de montículos que constituyen las Montañas Verdes cuando se dio cuenta de que el zumbido que oía desde que entró en la camioneta procedía de la radio. El conductor debía de haberla dejado encendida cuando se detuvo para tomar una taza de café en la casa del viejo chiflado.

Bay trató de sintonizar una emisora. Durante varios minutos sólo oyó chasquidos y ligeras detonaciones. Luego apareció una voz, distante, débil y aguda.

«… que se presenten en sus lugares de distribución local…, once siete dos cuatro…, todos los batallones seguidos por el código J, H, R y S…».

La voz se extinguió.

Bay movió de nuevo el dial, inclinándose sobre el lado del alto tablero de instrumentos para sintonizar otra emisora, hasta que lo consiguió, esta vez más claramente.

«El Primer Ministro y el Parlamento han declarado la neutralidad absoluta en el súbito y total conflicto entre el gobierno de Estados…». La voz volvió a extinguirse y Bay movió el dial: «… uno de los miembros participantes en la Convención de Ginebra, la Commonwealth de Canadá, ha abierto todas las fronteras a los evacuados de Estados Unidos. Centros de emergencia, alimentos y refugios se ofrecen a todos los evacuados. Repetimos. Centros de emergencia…». La voz desapareció definitivamente.

De modo que era eso. Un ataque nuclear. Un ataque total a escala masiva. Otra guerra mundial. Pero Canadá era neutral, y allí había alimentos, refugio, seguridad. Bay había acertado al dirigirse hacia el norte. Instintivamente, pisó a fondo el acelerador, y entonces trató de sintonizar de nuevo la radio.

Durante quince minutos sólo oyó siseos y palabras aisladas, y finalmente apretó uno de los botones del receptor en el que se leía «emergencia». Durante largo rato sólo se oyeron más siseos y crujidos. Bay bajó el volumen, pero lo dejó encendido por si captaba señales de radio. Siguió conduciendo, sumido en sus reflexiones.

Podía considerarse afortunado. Se había librado por poco, pero la suerte le había sonreído. De haber estado en Albany o en cualquier otra ciudad, todo habría terminado, de eso estaba seguro. También era una suerte estar tan cerca de Canadá. Podía imaginar a los evacuados de las ciudades tratando de llegar a Canadá por carreteras destrozadas desde centenares de kilómetros de distancia. Sólo pensarlo era horrible. A él le resultaría mucho más fácil. No tardaría más de una hora en llegar a la frontera. Ésa era la ventaja de viajar solo por el mundo, sin depender de nadie, sin nada que le retuviera. Siempre en el lugar apropiado cuando lo necesitaba para la supervivencia…

Se detuvo en lo alto de una cresta y miró atrás, sintiéndose como el Lot del Antiguo Testamento cuando ve la destrucción de Sodoma y Gomorra. Hacia el sur el cielo seguía teniendo un color naranja que se diluía en tonos rosados. El mismo sol parecía contenido dentro de una nueva corona llameante. Una bandada de pájaros volaba hacia el norte por encima de las montañas. Sabían lo que estaba ocurriendo y dónde encontrarían seguridad. Bay subió de nuevo a la camioneta y se puso en marcha.

Otra vez había ruidos estáticos en la radio. Subió el volumen y trató de sintonizar la emisora. Aquel ruido confuso resultaba mareante. Entonces oyó voces, unas voces masculinas sosegadas. Eran dos hombres que conversaban. Subió más el volumen.

No parecían noticias de emergencia, sino más bien una conversación privada y captada por azar. ¿Habría sintonizado la conversación de un radioaficionado? Y de ser así, ¿por qué estaban tan tranquilos? Subió el volumen al máximo y cerró la ventanilla de la camioneta, eliminando así el ruido de la corriente de aire.

—Hasta ahora el caso sigue exactamente las pautas de nuestra gráfica de reacción. —Éstas fueron las primeras palabras que discernió. Entonces la voz sonó más fuerte y clara—: Es realmente extraordinario, casi clásico.

La serenidad de la voz era irritante. ¿Es que no sabían lo que había ocurrido?

—¿Y está seguro de que la comunicación repentina no provocará una conmoción excesiva? —dijo otra voz—. Quiero decir que dada la intensidad de la realidad aplicada…

El tono de este hombre era menos confiado. ¿De qué estaban hablando?

—La conmoción es precisamente lo que queremos. Al eliminar las posibilidades hasta que sólo queden dos, una de ellas una pesadilla total, el paciente invariablemente optará por la otra. Lo hará de una manera voluntaria, incluso de buen grado. El conocimiento de que hay una posibilidad de elección anula todo choque producido por la misma comunicación.

Pareció desatarse una tormenta de estática en la radio y Bay movió el dial hasta dar de nuevo con el canal, pero estaba en silencio. Lo dejó allí y siguió conduciendo, sus pensamientos divididos ahora entre la extraña conversación que había escuchado por casualidad y la imagen del país completamente destruido y sometido a una invasión de…, ¿de quiénes?

—¡Bay! ¿Puede oírme?

Casi saltó de su asiento. Entonces se dio cuenta de que la voz procedía de la radio. Era uno de los dos hombres que habían estado hablando, el cual repitió su pregunta.

—Bay, soy el doctor Joralemon. ¿Puede oírme?

¿Qué diablos estaba ocurriendo?

—El doctor Elbert está aquí conmigo. Recuerda al doctor Elbert, ¿verdad? Bay, si puede oírnos y entendernos, mueva la cabeza de izquierda a derecha, ¿de acuerdo? De izquierda a derecha, lentamente.

Bay hizo lo que le pedían.

—Muy bien. Ahora. Bay, ¿recuerda quién soy? Soy el doctor Joralemon. Si me recuerda, mueva la cabeza de nuevo.

El nombre no le resultaba familiar, pero la voz sí. ¿O no lo era?

—¿Ha oído lo que acabo de decir. Bay?

Movió la cabeza de izquierda a derecha, mientras se preguntaba qué diablos estaba haciendo. ¿De dónde salían aquellas voces? Abrió la ventanilla e inclinó el espejo para que abarcara toda la carretera, a fin de ver si alguien le seguía, pero no había nada. Nada salvo el bosque, el bosque montañoso poco denso.

—Ahora. Bay, dígame si recuerda al doctor Elbert.

—¿Bay? —dijo la otra voz—. Soy Jim Elbert, su médico, o por lo menos lo era. ¿Me oye?

Sí, sí, pensó Bay.

—Escuche. Jim —dijo entonces—. ¿Cómo es posible que le oiga a través de la radio?

Le interrumpió la voz de Elbert.

—¡Bay! Si me recuerda mueva la cabeza. Veo que trata de hablar, pero no podemos oírle.

Bay asintió vigorosamente. ¿Qué diablos estaba haciendo Elbert en la emisora? ¿Dónde estaba? ¿Cómo le había localizado?

—¿Me recuerda, Bay?

Era la otra voz, la del que decía llamarse doctor Joralemon. Y ahora Bay recordaba la voz. No era como la de Elbert, agradable, amistosa, como si hubieran crecido juntos y jugado al béisbol improvisado, sino diferente.

El doctor Joralemon repitió su pregunta, y la voz le evocó habitaciones. Habitaciones y puertas. Lejanas habitaciones de colores al pastel, con las persianas semicerradas. El murmullo del llanto apagado de alguien.

Bay asintió lentamente.

—Muy bien —dijo Joralemon.

—¿Bay? —Volvía a ser Jim Elbert—. Ahora que nos hemos comunicado, debe comprender que lo que voy a decirle es un hecho. ¿Me comprende? ¿Me creerá? ¿Tiene alguna razón para no hacerlo?

Bay pensó que no la tenía. Asintió y luego invirtió el movimiento de su cabeza.

De acuerdo. Hace unas doce horas fue usted sometido a un nuevo método de terapia cerebral, que sólo se usa con la esperanza de… bueno, en los casos más extremos. El doctor Joralemon es el inventor del método. Lo llama la sonda del sueño.

El doctor Joralemon le interrumpió para decir:

—Y hasta ahora hemos tenido una eficacia del cien por ciento.

—Este método consiste en una combinación de sustancias que operan en el córtex cerebral, y una serie de choques eléctricos. Lo que hace es canalizar todos sus temores y ansiedades en una sola zona, un área de máximo temor e inquietud. Entonces su inconsciente entra en acción y convierte ese temor y esa ansiedad determinados en un sueño de una experiencia catastrófica tremenda.

Bay no comprendía.

—Está usted dormido, Bay —dijo el doctor Joralemon—. Quizá le parezca que no, pero lo está. Profundamente dormido.

Bay se aferró al volante. ¡Qué diablos le decían! ¿Dormido? Los árboles pasaban con rapidez ante la ventanilla de la camioneta. Aún no había ningún vehículo detrás de él, ni tampoco había visto ninguno por el carril contrario.

—Es cierto, Bay —dijo Jim Elbert—. Está dormido y sueña. Todo lo que le ha ocurrido ha sido un sueño.

—Pero no un sueño ordinario —intervino Joralemon—. Así es cómo actúan las sustancias; no acerca la realidad con símbolos e inexactitudes absurdas, como ocurre en la mayoría de los sueños. A usted le ha parecido muy real, intensamente real.

—Debe comprender que ha sido una medida desesperada, Bay. Yo me oponía al principio, pero su creciente catatonia y la persuasión del doctor Joralemon me hicieron aceptar este método.

—¿Comprende esto, Bay?

¿Comprenderlo? Era una locura.

Asintió a medias.

—Sé que es difícil de creer —dijo Joralemon—, porque todo estaba concentrado, y cada aspecto y cada impresión parecían del todo exactos.

—En efecto —dijo Elbert—. Era otra realidad.

—Una auténtica realidad alternativa. ¿Puede comprender eso?

Bay no podía. Quienesquiera que fuesen aquellos bromistas, no debían de estar en sus cabales. Alzó la vista para ver si había un helicóptero o un avión por encima de él. El cielo estaba despejado. ¿Cómo estaban en contacto? ¿Cómo le seguían? ¿Con radar o sónar? ¿Debería apagar la radio? ¿Acaso el receptor activaba las ondas con las que podían localizarle?

—Muy bien —dijo Joralemon—. Ahora todo saldrá a pedir de boca, Bay. No tiene que seguir huyendo. Ha visto una realidad alternativa. Se ha enfrentado a lo peor con lo que podría enfrentarse jamás, y ha sobrevivido. Ése era el punto más extremo al que podía llegar por la dirección que ha ido siguiendo en los últimos meses. Y ahora va a recuperarse y regresar.

—Y nosotros vamos a ayudarle a regresar —dijo Elbert.

—Eso es. Se da cuenta de que no tiene mucha elección, ¿verdad, Bay? Porque si no regresa, tendrá que seguir viviendo en un estado de pesadilla. Ya ha superado lo peor, pero si no regresa, lo que puede esperar es un catálogo de horrores, cada uno peor que el anterior… Ésa es la extrapolación lógica del tremendo trauma que acaba de experimentar.

—Ahora, Bay —dijo apresuradamente Elbert—, para salir de su estado, simplemente tiene que ser capaz de mover la mano derecha.

Bay conducía con la izquierda. La mano derecha colgaba a su lado.

—Mueva la mano derecha hasta colocarla sobre el corazón.

¿Quiénes eran aquellos tipos? ¿Y por qué trataban de detenerle? ¿Eran el enemigo? ¿La misma gente que había colocado las bombas y matado a tantos seres, que casi habían acabado con él?

Bay les acompañaría durante un rato. Ya no debía de estar muy lejos de la frontera canadiense. Movió la mano como le habían indicado.

—Ahora está usted tocando un bolsillo. ¿Lo nota?

Desde luego, allí había un bolsillo.

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