Horror 3

Horror 3


La única salida

Página 27 de 32

—Bien, dentro de ese bolsillo hay algo muy importante, Bay, y queremos que lo saque. ¿Puede hacerlo?

¿Qué diablos podía haber en su bolsillo? Metió la mano, palpó el interior y encontró algo suave y aplanado. Lo extrajo… Era un paquete de plastilina. ¿Cómo había ido a parar allí?

Ahora la carretera empezaba a descender, alejándose de las montañas. Aquél debía de ser el último tramo antes de la frontera.

—Abra el paquete, Bay.

Así lo hizo. Contenía dos bolitas rosadas.

—Muy bien —dijo Elbert—. Cuando se tome esas dos píldoras, le parecerá que duerme, pero sólo se lo parecerá. Lo que ocurrirá, en realidad, es que se despertará. ¿Me comprende, Bay?

«Claro, claro —pensó Bay—… Me queréis convencer de que lo negro es blanco». Fueran lo que fuesen aquellas píldoras, ¿cómo habían llegado a su bolsillo? Él no las había puesto allí. ¿Las había colocado alguien? ¿Mientras estaba durmiendo? ¿Y si eran lo que decía que eran aquel tipo cuya voz parecía la de Elbert? ¿Dónde despertaría? ¿En un hospital? En un manicomio, lo más probable, y seguramente atado.

No, señor.

—¿Puede comprendernos, Bay?

Asintió.

—Muy bien. Sólo tiene que llevárselas a la boca. En seguida.

Bay hizo girar las píldoras entre sus dedos.

—¿Ocurre algo, Bay?

—Todo irá bien, Bay —volvió a decir Elbert—. Si no está en una posición apropiada para tomarlas, si está caminando o conduciendo, deténgase porque al tomarlas se dormirá.

¿Y si fueran cápsulas de cianuro, colocadas en su bolsillo mientras dormía?

—Todo irá bien, Bay, se lo aseguro. Dentro de unos días se repondrá y estará en condiciones de salir del hospital. El programa de recuperación es el mejor que existe. Estará orgulloso de sí mismo. Ya no tendrá miedo, nada le asustará.

¡Miedo! Las lejanas habitaciones. Los colores verde, azul y amarillo canario del hospital. Las paredes convergiendo, inclinándose, derrumbándose sobre él. Los gritos y la soledad, porque nadie acudía, excepto para echar un rápido vistazo, decir unas palabras y ponerle otra inyección. Murmullos de un llanto suave a su alrededor, constante, interminable. Su llanto, su propio llanto, como si lo oyera a veinte habitaciones de distancia, a través de puertas cerradas.

—Escuche, Bay, tenemos una gran fe en usted —decía Joralemon, severamente—. Una gran fe. Por eso le elegimos para esta sonda del sueño entre varios pacientes. Había muchos que…

—¿Hay alguna razón por la que no pueda tomar las píldoras, Bay?

Él asintió. Claro que la había. Tenía que llegar a Canadá. De un momento a otro avistaría la frontera. Era posible que ya hubiera otros coches allí. Recordó que era un punto de convergencia de varias carreteras. Otros se le adelantarían, estarían más seguros que él. Quizá tendría que hacer cola. Ahora la carretera tenía una pendiente más pronunciada. Debía de estar cerca.

—Tiene que interrumpir lo que está haciendo, Bay. Esas píldoras son el antídoto para la droga que le dimos. ¿Comprende?

—Nadie le hará daño, Bay.

Habitaciones color pastel y olores medicinales. Sombras agachadas, parloteos, murmullos y gritos que atraviesan las paredes. Sombras vomitando y gritando, dándose golpes. Y siempre el llanto distante.

—Por favor, Bay. Todo esto es un sueño, un mal sueño. Desaparecerá sin más. ¿No quiere dejar de soñar?

—Tiene que hacerlo, Bay.

—¡Bay! ¡Bay!

Pero Bay no respondía. Enfrente, a lo largo de la carretera, podía ver la curva que ascendía, la convergencia de otras dos carreteras, y, en su centro, la cabaña de troncos perteneciente a la Policía Montada del Canadá.

—Nunca hemos tenido que inyectar el antídoto, Elbert, ¡nunca! No sabemos cuál podrá ser su reacción.

—¡Quiere decir que aunque se lo inyectemos no despertará!

—Hasta ahora, nadie había optado por la otra alternativa.

—Inyécteselo.

—Necesitaré autorización.

—Yo se la daré. Inyécteselo.

«No, no lo haréis», pensó Bay. Levantó el pie del acelerador, mientras la camioneta descendía velozmente por la pendiente hacia la frontera, y pateó la radio con todas sus fuerzas, una y otra vez. La voz se mezcló con la estática hasta que todo el sonido se extinguió.

En la frontera no había ningún coche, no había más que un miembro de la Policía Montada, que saludó a Bay agitando la mano.

Bay le devolvió el saludo y se echó a reír. Tenía en la mano las píldoras rosadas. Las arrojó por la ventanilla, entre los pinos, y redujo la marcha ante la cabaña.

—Bienvenido —dijo el policía.

No tenía rostro, pero a Bay no le importó. En Canadá estaría seguro.

Ir a la siguiente página

Report Page