Horror 3
Simbiótico
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Simbiótico
ANDREW J. OFFUTT
Andrew J. Offutt ha pasado la mayor parte de su vida en un lugar llamado Funny Farm, en Kentucky. Cuando conocí a andy (le gusta que se imprima su nombre en minúscula) en la Convención Mundial de Literatura Fantástica, en 1975, me pidió que suprimiera unas 4.000 palabras de un relato que tenía 15.000 en total, y el hecho de que yo accediera podría ser una prueba de su encanto indudable. Desde luego, el relato salió ganando.
Offutt ha publicado más de veinte novelas (entre ellas The Undying Wizard, Ardor on Aros, Conan the Mercedary, The Iron Lords, Sword of the Gael), docenas de cuentos y relatos eróticos, estos últimos bajo un seudónimo que la amistad me impide revelar. Es el compilador de las antologías Swords Against Darkness.
Ningún otro dato de su carrera prepara al lector para la muestra de la historia repugnante sin paliativos que presentamos a continuación. Pero al leerla sentí otra clase de conmoción: en muchos aspectos era desconcertantemente similar a «Las profundidades», el relato que yo había escrito para este libro. No era la primera vez que experimentaba una sensación parecida, pero durante meses dudé en incluir «Las profundidades», hasta que escribí «Cortes de tela» y mi esposa Jenny sugirió que era un relato ideal para esta antología. Naturalmente, nadie sabe de dónde proceden las ideas de los relatos, pero «Simbiótico» hace una sugerencia consternadora.
Tenía talento y poder, aquel parásito al que Philip había llamado Joe.
Por un lado, el poder para controlarle totalmente. Por otro lado, el poder para «nublar las mentes de los hombres» (pues así era como lo imaginaba Philip, recordando La sombra, de los viejos tiempos de la radio). Eso de nublar las mentes de los hombres era útil y realmente necesario para los fines de Joe, pues protegía a Philip de testigos, policías y otros inconvenientes. Cubría sus huellas. No le hacía invisible o invencible, pero era improbable que le descubrieran. Que nunca le descubrieran ni sospecharan de él era necesario para las vidas de Philip y del parásito que vivía de él, con él, que le dirigía. La policía habría acabado con la vida de Philip, y eso habría sido una inconveniencia para el parásito Joe, pues, como le había dicho a Philip, ahora dependía por completo de la vida de éste.
Así, le explicó, vivían en simbiosis.
Simbiosis. Un nombre biológico para un acuerdo de intercambio. Una interdependencia. Verdadero intercambio y auténtica justicia: uno por otro, valor por valor, pues Joe sólo podía vivir como parásito. No tenía piernas, ni brazos, ni ojos (ni tampoco boca ni voz; hablaba en la mente de Philip, donde vivía). Philip era necesario para su existencia, y a un bajo coste, a ninguno, en realidad, puesto que Philip se aprovechaba tanto de él. (A menos que uno insistiera en ser moralista y se ganara así el desprecio de una forma de vida muy superior, Joe).
Joe vivía de emociones. De un modo más concreto, emanaciones mentales de naturaleza violenta.
Cuando Joe eligió a Philip y se instaló en algún lugar en la vecindad de su Control Central, le explicó que la humanidad había descubierto mucho tiempo atrás que el cerebro era, por así decirlo, eléctrico. Sus actividades generaban una «corriente» eléctrica registrable. Esto era alimento para Joe, y éste era un glotón. Prefería atiborrarse con los alimentos más suculentos, en vez de una dieta continuada pero menos excitante de hamburguesas mentales. Prefería la corriente, las emociones, la excitación generada en la mente de Philip por los actos criminales. Violencia.
Joe explicó que el mero hecho de que Philip quebrantara las leyes era delicioso para él: un filete mental. Esto se debía a que realizar actividades prohibidas excitaba a los humanos, generando así fuertes corrientes mentales. (Un detector de mentiras indica esto, de otra manera, aunque, desde el punto de vista de Joe, es un dispositivo increíblemente rudo).
Después de dos atracos y un incendio, Joe intentó (brevemente) el asesinato premeditado.
Era mucho más agradable.
Philip estaba muy excitado, y Joe exultaba de placer cuando se aproximaban a la casa. Joe le dijo a Philip que no debía haber gritos que les traicionaran; debía ser cuidadoso en ese aspecto. También debía esmerarse para que la víctima no estuviera en condiciones de poner en peligro a Philip, y por ende a Joe.
El hombre no gritó ni tampoco puso en peligro la vida de Philip/Joe.
Con el corazón latiéndole violentamente y las glándulas adrenales trabajando a plena capacidad, Philip recorrió en silencio la casita y encontró a su víctima, la cual estaba exactamente donde Joe había dicho que estaría. (Joe tenía talento y poder). El viejo se quedó mirándole con los ojos muy abiertos, inundados de terror. Su boca se movía desesperadamente y la nuez de Adán subía y bajaba como un flotador de corcho en el agua. Pero no emitió ningún sonido, pues Joe se había apoderado de un nervio en algún lugar entre la laringe y el cerebro del hombre.
Philip le acuchilló tres veces, y la reacción explosiva en su cabeza le hizo tambalearse. Regresó a su apartamento —Joe se dedicó a nublar mentes por el camino— y durmió durante treinta horas seguidas. Joe estaba saciado, y en esas condiciones se tendía y dormía como un gato relamido con sangre en sus bigotes. Y cuando Joe dormía, Philip lo hacía también. Joe lo lamentaba, pero era necesario. Cierta vez Joe se durmió y al despertar descubrió que su anfitrión se disponía a entregarse en la comisaría. Joe le hizo dar media vuelta y le castigó impidiéndole comer y beber durante un día y medio.
Desde entonces el parásito dejaba inconsciente a Philip cada vez que él, Joe, se echaba a dormir.
Como se ve, no hay que ser demasiado duros con el anfitrión, habida cuenta de que, una vez Joe se alojó en su interior, Philip dejó de ser el que era.
Después de matar al anciano y dormir por espacio de treinta horas, Philip se despertó con un hambre canina y comentó con Joe la aventura, reviviéndola. Así Joe se alimentó de nuevo. La hizo durar tres semanas.
Durante aquellas tres semanas, Philip escribió nueve relatos cortos y los pasó en limpio para su entrega. (Joe le ayudó, naturalmente, o más bien le dictó; la idea de cada relato era suya, lo mismo que el argumento y las palabras. Joe no quería aguantar los inconvenientes de que Philip tuviera que dedicar una gran parte de cada jornada a trabajar para ganar dinero, y por eso escribían los relatos). Joe planeaba venderlos, y lo hicieron. (El parásito tenía talento y poder). Vendieron dos de los cuentos a una de las revistas que mejor pagaban del país, y otros dos a la que ocupaba el segundo lugar. En general, los directores dijeron que examinarían favorablemente otros trabajos de Joe Philips.
Tras recoger los nueve cheques, Philip rescindió el contrato del apartado de correos que había alquilado con el nombre de Joe Philips. Ingresó el dinero en el banco, a fin de tener garantías, y con Joe compró una casa, que era más conveniente e íntima que un apartamento. También cambiaron el pequeño coche de Philips por un vehículo familiar e hicieron algunos arreglos.
Por entonces el relato del crimen, que Philip contaba una y otra vez, se había vuelto tedioso y repetitivo, y Joe sintió que necesitaba alimento fresco.
Esta vez fue una mujer de unos treinta y cinco años, la cual se había divorciado tres semanas atrás. (Los crímenes aparecieron en la prensa, como es natural, y se investigaron. Pero en Los Ángeles hay tantos delitos, tantos asesinatos, que un crimen más de vez en cuando estaba lejos de ser una cause célebre). (Además, Joe nublaba las mentes de los hombres, y no había ninguna pista).
Tras ese segundo asesinato —Joe hizo que Philip la estrangulara primero y luego la acuchillara varias veces, experimentando con diversas técnicas— Philip y Joe intercambiaron observaciones, cosa que es normal y justa en la simbiosis.
—Observo que el asesinato es la fuente de tu máxima excitación —dijo el simbiótico Joe, o susurró, o lo pensó.
—Naturalmente —replicó Philip. (Al principio solía hablar).
—Y esta vez estabas más excitado que las anteriores.
—Así es.
—Porque la víctima era una mujer.
—Claro —dijo Philip, recordando el crimen y proporcionando así a Joe un buen almuerzo. (Tuvo el postre cuando leyeron la prensa, sobre todo el pintoresco párrafo de un reportero: «La joven yacía acurrucada sobre una alfombra que parecía haber sido pintada con el mismo tono escarlata que cubría su cuerpo desnudo»).
—Entonces —concluyó Joe— lo más acertado y lógico será que nos olvidemos de otras actividades y nos concentremos en el asesinato, concretamente de mujeres.
—Es juicioso —dijo Philip, y los pensamientos que cruzaron su mente proporcionaron a Joe un agradable tentempié—. Por cierto, creo que sería inteligente dejar algunas pistas. Quiero decir que si vamos a seguir con esto, sería mejor que algunos de los asesinatos se resolvieran.
Joe exploró la mente de Philip y vio por qué esto era cierto.
—¡Muy inteligente, Philip! Haremos eso. Pero ahora vamos a escribir. Necesitamos mucho dinero. Tienes que mantener tu fuerza.
—Sí —dijo Philip—, y deberíamos asegurar la casa.
Durante las tres semanas siguientes, Philip llenó una gran cantidad de papel y gastó dos cintas mecanográficas de la mejor calidad. También sufrió ciertos trastornos en la parte inferior de la espina dorsal. Joe localizó el problema y lo arregló. La novela trataba de un agente secreto y funcionarios del gobierno que hablaban de cosas importantes, hermosas mujeres, sexo y, claro está, a una de las mujeres la torturaban para hacerle hablar y el mundo entero estaba amenazado. Joe escribía (o dictaba) solamente material destinado a venderse bien, y se complacía con la deliciosa respuesta emocional de Philip mientras escribía las dos escenas de tortura y el ahorcamiento lento de un funcionario de Hacienda. El simbiótico se alimentaba con todo eso.
—Matar a otro ser humano es el mayor de los crímenes —observó Joe— y a los humanos les gusta matar. Así pues, el asesinato es el crimen más excitante y satisfactorio para mí. Los hombres se guían por impulsos reproductores, y por ello matar a una mujer es todavía más excitante y satisfactorio. Además, a los hombres les gusta torturar, sobre todo a las mujeres. Es algo sabido, desde Freud, Havelock Ellis y Krafft-Ebing. Desde luego, los que hacen películas también lo saben.
—Así pues, en el futuro mataremos mujeres, y lentamente.
En algún lugar, en un rincón oscuro y polvoriento de su mente, Philip estaba horrorizado. Joe se daba cuenta, pero eso no le inquietaba. Él era quien controlaba.
El director literario de la editorial que habían elegido les devolvió la novela, diciéndoles que no le agradaba lo que llamaba su «sadismo», pero que estaba dispuesto a publicarla, con algunos cambios. Joe se rió en la mente de Philip.
—Así que está molesto por el sadismo del libro, ¿eh? Se refiere a algo que llama sadismo, pero no sabe lo que eso significa. La crueldad innata de los seres humanos no tiene nada que ver con el término psicopatológico «sadismo». Tampoco se conoce a sí mismo, como la mayoría de los humanos. Las escenas le excitaron, Philip, puedes estar seguro de ello. ¡Y precisamente por ello nos ha devuelto la novela para que la modifiquemos! Cree que es maligna porque se siente culpable de su excitación sexual. Los humanos sois unas formas de vida ridículas.
—¿Haremos los cambios? —preguntó Philip.
—Claro que no.
Hicieron un estudio de mercado, eligieron tres editoriales y enviaron la novela a la primera de ellas. El editor les envió un contrato y más tarde algún dinero en concepto de anticipo —a Joe Philips, apartado de correos 21372—, asegurándoles que no tardarían en recibir los derechos de autor. Durante el tiempo consumido de esta manera escribieron otro relato y un artículo, y los vendieron a dos revistas por varios millares de dólares; Joe sólo quería escribir para las publicaciones que pagaban mejor. También mataron a cuchilladas a una niña de doce años, y Joe hizo algunas otras cosas a fin de que luego acusaran a su padre. (Así ocurrió, y le condenaron, aunque eso fue mucho más tarde).
—La mujer de más edad te excitó más que la joven —dijo Joe malhumorado—. ¿Y si hubiera sido mucho más vieja? —Antes de que Philip pudiera replicar, Joe obtuvo la respuesta de su mente—. Ya veo. De nuevo los impulsos reproductivos humanos. Miremos algunas revistas.
Después de todo, Joe no era infalible, cosa que Philip observó en alguna parte oscura y polvorienta de su mente. Joe se dio cuenta, pero eso no le inquietó. Tenía talento y poder.
Joe observó que las ilustraciones de las revistas de modas excitaban a Philip muy poco, aun cuando él estimulara pensamientos de tortura y muerte. Las ancianas y las muchachas núbiles o prenúbiles fueron descartadas rápidamente. Redujeron el campo de investigación. Joe consideró extraño que Philip prefiriese las imágenes de mujeres que llevaban alguna prenda de vestir que las desnudas del todo. Refinaron las investigaciones.
Joe supo que comería mejor si la víctima de Philip era una mujer de abundante melena, preferible con caderas, trasero y pechos claramente definidos. También descubrió algo que le dejó perplejo: cuanto más voluminosas fuesen las glándulas mamarias de la mujer, más delicioso sería su banquete.
Hicieron algunas compras y remodelaron la casa, sobre todo el sótano. Con la ayuda de Joe, Philip dominó la carpintería con tanta facilidad como la escritura. Mucho tiempo atrás el parásito le había demostrado que era capaz de una actividad y unos esfuerzos tremendos durante largos períodos, aunque luego Joe se veía obligado a dejarle dormir —relajado del todo, natural y muy profundamente— también durante largos períodos.
—El cuerpo es el templo de la mente —dijo Joe una vez—, y hay que cuidarlo. Confía en mí.
Philip terminó el trabajo de remodelación y compró las cámaras y el equipo de grabación que Joe había sugerido. (El parásito no daba órdenes, sino que se limitaba a sugerir, diciendo «podríamos hacer…» o «imagina si hiciéramos…»).
La joven era bailarina, si al lector no le preocupa demasiado la terminología; una ecdisiasta, si se siente atraído por las elegantes palabras de origen griego. Una bailarina de strip-tease, hermosa, naturalmente, como es habitual en Los Ángeles, puesto que las fatigadas y feas se quedan en Chicago, Cincinnati y el resto del país. Los Ángeles hierven de mujeres y muchachas hermosas, la mayoría de ellas magníficamente formadas y con unas glándulas mamarias de apreciable volumen (aunque ni les pase por la imaginación el uso alimenticio de las mismas). Estas hermosas muchachas y mujeres jóvenes llegan en autobuses repletos, procedentes de todos los rincones del país, atraídas por el «país de las películas» como a las mariposas les atraen las flores, o como a los ratones de Noruega les atrae el mar. Como es natural, no todas ellas son un descubrimiento, e incluso la pequeña fracción de las que logran destacar tienen que hacer algo para pagar el alquiler…, a veces por unos meses, a menudo durante años, con frecuencia de manera permanente.
Trabajan como modelos, se visten y desvisten.
Hacen otras cosas.
Así pues, no tenía nada de extraño que la bailarina de strip-tease a la que Joe y Philip encontraron fuese una auténtica ganadora. Bailaba. Bailaba y se desvestía, por ese orden. La primera vez que la vieron llevaba un vestido que le llegaba hasta los pies, de un material negro, reluciente y seductor, con largas aberturas laterales. Pocos minutos después reveló una ropa interior de lamé dorado…, en eso consistía su número, la ropa metálica dorada y la masa de cabello negro que le llegaba ondulante hasta la cintura. Luego mostró unos centelleantes cubrepezones dorados y una braguita elástica equipada con un par de triángulos dorados y relucientes.
Joe tomó nota de la excitación de Philip —simplemente un entremés— y observó que aumentaba cuando los cubrepezones desaparecieron de sus precarias perchas.
—¿Servirá? —preguntó Joe.
—Perfectamente —respondió Philip.
Algo se agitó en aquel rincón oscuro y polvoriento de su mente, pero ni él ni Joe se dieron por enterados.
Para quien conozca las costumbres de la mayoría de las bailarinas de strip-tease que pululan en Los Ángeles, no le resultará extraño que la joven se marchara sola tras el cierre del local. (Según comentaron los periódicos unos días más tarde, probablemente tenía que estudiar. Estaba matriculada en la universidad). Aquella noche no estudió. El plan consistía en estudiar sus hábitos, seguirla, prepararlo todo. Pero se presentó una buena ocasión sobre la marcha, y la muchacha se convirtió en la primera pasajera, sin contar a Joe, del nuevo vehículo familiar de Philip. También fue la primera visitante de su casa.
Philip no la quiso privada por completo de la voz, por lo que Joe le complació paralizándole el nervio o nervios necesarios sólo parcialmente, causándole lo que se aproximaba a una laringitis suave. Pero la muchacha podía suplicar, aunque en voz baja.
Philip descubrió que era necesario más trabajo del que esperaba para bajar a la inconsciente invitada al sótano y apoyarla erguida en la pared, a la que había fijado las nuevas correas de cuero. Sujetó el cuerpo que tendía a doblarse con un brazo, mientras con el otro le ataba una muñeca. A continuación le ató la otra, y la mujer quedó colgando contra el muro de piedra con las rodillas dobladas y la cabeza colgando de modo que su larga cabellera flotaba ondulante como una cascada negra y azulada.
Philip hizo unas tomas con la cámara de cine, y luego tomó varias fotografías desde distintos ángulos.
—¿Te gustaría empezar o esperamos a que esté consciente? —le preguntó Joe.
Cuando Philip empezaba a admitir su impaciencia, la prisionera se agitó y gimió un poco. Movió la cabeza y Philip se acercó a ella. La muchacha trató de gritar, descubrió que no podía y sollozó. Philip había hecho un uso artístico de su cabello para las fotografías, y ella apenas podía verle a través de la negra cortina ante sus ojos.
Erecta, permaneció temblando contra la pared. El frío y el temor le habían puesto la carne de gallina, y Philip frunció el ceño, irritado por las diminutas erupciones. Mirándola fijamente, decidió unir dos cinturones y aplicar un aro a la pared, muy arriba. Así podría alzar los brazos de su invitada y quizá, si su altura no era satisfactoria, obligarla a mantener el equilibrio de puntillas. Así la exhibición sería más completa, más interesante, y satisfaría su sentido estético.
Lo haría la próxima vez, no con aquella invitada, sino con otra.
Ella suplicó. Suplicó, estremecida, y trató de gritar (en vano; Joe tenía talento y poder). Le suplicó en el tono más lastimero que Philip había oído jamás, y eso le proporcionó una tremenda sensación de poder. (Joe la ingirió ávidamente). La mujer suplicó y sangró.
Utilizó un instrumento cortante que se emplea para abrir cajas. Es sencillo, del tamaño de un peine de bolsillo y sólo un poco más grueso. Los empleados de los almacenes insertan la hoja de un solo filo y la usan rápida y en general hábilmente para abrir la parte superior de las cajas de embalaje. La cuchilla es en extremo afilada, y a veces resbala y corta una etiqueta u otra parte de la caja. Pero lo habitual es que el encargado del almacén guarde esa caja mal cortada para el representante del fabricante del producto en cuestión.
Philip descubrió que cortaba la carne humana con igual facilidad, dejando una fina línea que parecía marcada con un lápiz. Un lápiz rojo.
Joe cenó con sumo placer.
Disfrutó de una comida orgiástica, en una orgía de sangre que duró toda la noche, el día siguiente y la mayor parte de su noche. Entonces Joe, completamente saciado, se durmió. Philip también se rindió al sueño, pero en su caso fue por cansancio. El sueño de su invitada fue el definitivo.
Naturalmente, lo hicieron de nuevo, y muy pronto, con algunos refinamientos estéticos.
Al cabo de varios meses y varias mujeres jóvenes, Philip observó que el apetito de Joe iba en aumento.
—Tal vez deberíamos trasladarnos a otra ciudad —dijo Philip durante el trayecto de regreso a casa, después de haber dejado a su undécima víctima en un camión de transporte de frutas cuyo conductor había aparcado para echar una siesta—, Nueva York es más grande y allí estaríamos más seguros.
—¿Por qué? —preguntó Joe, en el tono perezoso de la saciedad—. No estoy preocupado.
Así pues, se quedaron en Los Ángeles, escribieron varios relatos más y ahogaron en la bañera, lentamente, a una camarera de club nocturno. Philip lo encontró irresistible.
—Eso ha sido interesante, Philip. Tus métodos reproductivos son rudos, ¡pero desde luego te excitan de un modo magnífico! Deberías haber hecho eso con todas ellas.
—¿Y tú cómo te reproduces, Joe? —le preguntó Philip, bastante azorado.
—Imposible describirlo de manera que lo entiendas, pero no es tan excitante. Es un sistema partenogenético.
Unos días después, mientras leía el caso de la camarera de club nocturno en la prensa, Philip preguntó:
—Dime, Joe, ¿cómo puedes afirmar que eres simbiótico más que parásito? Tú… tú me obligas a hacer esas cosas monstruosas, para que puedas… comer. Pero simbiosis significa beneficio mutuo. Y en nombre del cielo, ¿quieres decirme cuál es mi beneficio?
—¿En nombre del cielo? Tonterías —dijo el simbiótico—. ¡En el nombre del hombre! El hombre ha agradecido a los dioses todo aquello que él mismo ha conseguido, y todo el mal que han hecho lo han achacado a la «debilidad humana». Por desgracia, eso deja aparte la culpabilidad. La relación entre el hombre y los dioses no es realmente satisfactoria, puesto que los dioses no son visibles y el hombre no puede estar seguro de que acepten la culpa. Yo no te fuerzo, Philip, te dejo…, soy tu excusa. Estoy aquí y sabes que la culpa es mía. Acepto la culpabilidad. Tú estás libre de ella, humano…, mientras hagas lo que, como hombre, quieres hacer realmente.
—Tú eres… un dios —dijo Philip.
—Naturalmente. Ahora piensa de nuevo en la camarera.
Una semana después Joe volvía a estar hambriento. Philip trató de disuadirle, y Joe le castigó haciendo que se golpeara el pulgar con un martillo. De esta manera Joe aprendió algo nuevo. Fue un banquete delicioso. ¡Y tan sencillo! Apenas tenía que molestarse, sin viajar ni tener que nublar las mentes de los testigos. Joe comió en casa y pensó en ello. Hizo dormir a Philip y pensó en ello durante largo rato.
Entonces despertó a Philip e hizo que se cortara uno de sus dedos.
Cuando los dos forenses recibieron el cuerpo, Robert soltó un gruñido y Paul suspiró. La criatura a la que los periódicos habían dado el nombre de El Rebanador de Los Ángeles, había actuado de nuevo, y no sólo eso, sino que había extendido el campo de sus operaciones. Y sólo dos semanas después del asesinato de aquella camarera. La frecuencia de los crímenes había ido en aumento. Ahora la víctima era aquel hombre, al que le faltaban los dedos de manos y pies, excepto el pulgar y el índice de la mano derecha. La pierna izquierda estaba cortada longitudinalmente. Era una carnicería.
—Shock —dijo Robert, inclinándose sobre el cuerpo de Philip—. O pérdida de sangre. ¿Qué opinas, Paul?
Paul se inclinó también.
—Dios mío. Eso parece, en efecto. A nosotros nos toca…
Se estremeció al notar un repentino dolor agudo en la cabeza, que desapareció en seguida. Vio que Robert se estremecía y se llevaba una mano a la cabeza.
—Hola, Paul —dijo una vocecita en su cerebro—. Me llamo Joe y voy a hacerme cargo del control.
—Hola, Robert —dijo una vocecita mental—. Soy Joe el pequeño. Voy a hacerme cargo del control.
Eso ocurrió hace varios años.
Tenga cuidado.