Horror 3
La oscuridad
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La oscuridad
KATHLEEN RESCH
Kathleen Resch nació en 1955 y trabaja como administrativa en una pequeña empresa californiana. Sus poemas y relatos cortos han aparecido en diversas revistas de pequeña circulación, y su poema «Revenant» fue incluido en Swords Against Darkness, III, de andy offutt, pero éste es su primer relato recogido en una antología. Trata de uno de los terrores más antiguos, pero nunca había visto sus características psicológicas exploradas tan a fondo, ni siquiera por Robert Aickman. El talento y la imaginación de Kathleen Resch constituyen toda una novedad.
Dedicado a: andrew j. offutt, Barb Fister-Liltz, Bill Hunt, Marcy Robin y Gerald Duet
Abajo se mueven las figuras, plateadas por la luz de la luna, cada una en su propio mundo independiente, se mueven, se detienen, fluyen y refluyen, se muestran ahora a través de los barrotes de la reja de hierro negro. Me arrodillo a su lado, apoyo la cabeza en la dureza tangible, un ancla en un mundo cambiante. Hasta las estrellas de arriba se deslizan ante mis ojos.
Él no tardará en llegar. Espero, con una larga y anhelante paciencia. No quiero esperar según su capricho; después de todo, él dispone de toda la eternidad, mientras que yo sólo tengo unos segundos huidizos, fracciones de tiempo fugaces, desconectadas, como perlas de una ristra ahora rota y ahora esparcidas, separadas para siempre. A la última que cayó la llamé Charity Evans. A la que retengo ahora la llamo Charlene Armstrong. Es, quizá, una perla más áspera, de forma irregular, pero sirve, mantiene su lugar, hasta que llegue la siguiente. Si es preciso que haya otra…
Vida eterna, ha dicho él. Vivir…, pero ¿es esto vivir de veras? ¿O acaso lo ha usado como un término, un eufemismo, a falta de una descripción mejor de su estado? Estos pensamientos me producen dolor de cabeza. Aunque él no está presente, siento que me observa, que es consciente de mí a través de la distancia que nos separa.
Moverme me resulta muy difícil. Me apoyo contra la barandilla y pienso, sin emoción, en el apartamento vacío, en Malinda, ahora muerta, en mi padre y el reverendo Wallace, desaparecidos también. Estas imágenes no son importantes…, fantasmas de mi mente inquieta, inconstantes…, no siento nada. Me aferro a la barandilla de hierro y trato de erguirme, pero mis manos heladas e insensibles no tienen fuerza para mantener mi posición y me deslizo de nuevo, la cabeza hacia atrás, bañada por la luz de la luna.
Las visiones danzan, nublan y aclaran mi visión. Miro más allá de la reja de hierro y contemplo las viejas casas, los árboles frondosos, las calles estrechas que se diluyen, brillan tenuemente, desaparecen, se solidifican de nuevo en los rostros inquietantes y obsesionados de mi vida, al tiempo que el pasado, el presente y el futuro convergen, se mezclan y se unifican. El mismo tiempo se rompe…
… Nueva Orleans. Un nombre, un lugar, un estilo de vida. Las sílabas evocan imágenes fragmentadas de glorias pasadas y vitalidad actual. La vida fluye con una fuerza irrefrenable. Tal vez si mi vida se hubiera desarrollado aquí, no habría sido más que mi hogar.
Recorro las calles con sonrisa de turista, observando los rincones pintorescos y típicos. Malinda está a mi lado, fascinada por los escaparates de las tiendas de antigüedades, las exposiciones de arte al aire libre, los carteles contraculturales, los bares de strip-tease. El aroma de magnolia se mezcla con los olores de los perritos calientes y el café fresco. Exploramos ávidamente el viejo barrio francés, como si fuera a desvanecerse mañana, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para hacerlo. ¿Ves? Aquí está la Casa Encantada donde, si escuchas atentamente en las horas más oscuras de la noche, puedes oír los gritos de los esclavos torturados de Madame La Laurie…, si crees en eso. Aquí está el antiguo convento de ursulinas, primorosamente blanco, conservado con esmero. Casi puedo oír el rezo de Vísperas…
Pasamos las páginas de la guía, vamos de una calle a otra, nos recreamos con la historia, tanto la auténtica como la de ficción. Imagino que eso se debe a la falta de familiaridad. No recuerdo que me impresionaran gran cosa las viejas misiones españolas allá en California. Si viviera diez años aquí, probablemente sería incapaz de ver la incongruencia del último tranvía contrastado con el avión a reacción que cruza el cielo.
El día finaliza con demasiada rapidez. Regresamos en taxi, un gasto frívolo y maravilloso, imaginándonos ricas. Hoy nuestro padre ha usado el coche; realmente necesitamos otro. La casa, incolora en el crepúsculo, está en silencio cuando entramos, acolchada contra los ruidos del mundo moderno por las barreras de sus árboles protectores, su verja de hierro forjado, el escudo de su viejo barrio. Soporta con escasa animosidad el declive de su fortuna en el mundo. En otro tiempo habitó aquí una gran familia, y quizá en su interior se hicieron cosas que cambiaron la faz del mundo. Ahora ha sido segmentada, dividida en apartamentos alquilados por los descendientes de sus antiguos criados. Sólo despierta ligeramente, apenas sin ninguna preocupación, cuando nos aproximamos riendo. Los viejos muros, depósito de décadas de sueños, absorben nuestras voces.
Soy la primera en llegar al segundo piso. Malinda ha perdido su lucha con la multitud de paquetes que llevaba y ha bajado la escalera para recoger el que se le ha caído. No será el que contiene esa bonita talla china, ¿verdad? Con un comentario risueño, vuelvo mi atención hacia la puerta e introduzco la llave de tamaño desmesurado en la anticuada cerradura, mientras sujeto precariamente mis propios paquetes. La puerta se abre fácilmente. Enciendo las luces eléctricas, que envuelven en un resplandor extraño a las habitaciones que no fueron diseñadas para recibirlo. Mis ideas, claro está, son románticas y absurdas. El sentido práctico lo modifica todo.
Entramos un instante después, esparciendo paquetes y papel de envolver sobre la pesada mesa de roble, y admiramos de nuevo nuestras compras recientes. Rápidamente y sin ceremonias, clavamos en la pared las caricaturas de nuestros rostros que nos ha hecho un artista callejero. Una pintura tridimensional sirve para apoyar en ella una muñeca vudú, un objeto tosco hecho con cascabillo de mazorca y pintura. Postales y desplegables fotográficos que representan las estatuas de cera de figuras históricas y monstruos de ficción del museo Conti, y sólo esperan que les pongamos la dirección y los enviemos a los amigos envidiosos que, de todos modos, están bien seguros en sus hogares, aunque muy bien podrían permitirse uno o dos deseos de estar en otra parte durante algún tiempo. No para siempre.
Pero no importa. ¿Cuál es la diferencia, al fin y al cabo? Nací en una ciudad y ésta es una ciudad. No hay más que diferencias superficiales, más especias en la comida, diferentes aromas de flores en el aire. Si tanto yo como Malinda tuviéramos verdaderas raíces en California, nunca habríamos venido aquí con nuestro padre cuando le ofrecieron empleo en la empresa de un viejo amigo. ¿Teneduría de libros? Mi padre conocía bien todo eso, desde los tiempos en que trabajaba en el negocio familiar y él mismo se hacía cargo de todo y conocía a los clientes por su nombre. Pero aquellos clientes fueron disminuyendo en los últimos años, seducidos por la mayor comodidad y eficacia de las modernas cadenas de establecimientos. Mamá murió hace años de cáncer de pecho. Apenas la recuerdo.
No se tarda mucho en adoptar una rutina. Una visita a una agencia de colocaciones, algunas entrevistas y por fin encontré un empleo como mecanógrafa en una compañía de seguros. En cuanto a Malinda, marca productos, hace inventario y trata con personas educadas en unos grandes almacenes. El trabajo de mi padre le tiene muy ocupado y apenas le vemos…, como tampoco solemos vernos nosotras, ahora que la novedad de la vida en familia ha vuelto a esfumarse. Cada una iba por su camino, Malinda con sus amigos y yo con los míos. ¿Y papá? Tenía su trabajo, claro, pero por lo menos entonces le gustaba…
Malinda no tarda en encontrar otro novio y esta vez, como siempre, jura que es definitivo. Nunca lo dice en serio, y lo sabemos, pero a ella siempre le han gustado los juegos.
Le trae una vez al apartamento, cuando yo estoy presente. Sigue un murmullo de voces, presentaciones, agradecimientos, charla superficial, sonrisas. Me entero de que el muchacho se llama John Arnold. Sospecho de la gente que tiene doble nombre. ¿John Arnold y qué más? Simplemente John Arnold, me asegura él con voz aterciopelada. Tiene el cutis pálido y los ojos puros, y eso hace que desconfíe de él, de una manera nada racional. Intercambiamos chistes sobre los tipos extravagantes de California y la vida en el país de las películas. La conversación es como un duelo sutil, tan sólo con un ligero atisbo de animosidad, impremeditado. No sé por qué desconfío de él. Quizá porque sus ojos azules son tan inocentes y vehementes. Tengo la sensación de que es un fraude, con una pose de chico del campo que se aturde en la gran ciudad, y me pregunto por qué me tomo la molestia de preocuparme por eso. Después de todo, quien debe preocuparse es mi hermana, no yo. Aunque el muchacho no es precisamente su tipo, y ella ha tenido una amplísima experiencia con los hombres. No creo que John Arnold le dure dos semanas; le dejará rápidamente en cuanto encuentre a otro más interesante, u obedeciendo a un capricho momentáneo.
Malinda sonríe, está efervescente. Nos ofrece whisky barato con agua. Yo lo acepto, pero él lo rechaza, y esta negativa hace que mi hermana se ruborice un poco, presa de una confusión muy poco frecuente en ella. Deja el vaso sobre la mesa, derramando algo de licor en la superficie de formica, y se niega a beber el suyo. El protesta y dice que no tiene intención de aguarnos la fiesta; se trata simplemente de una convicción religiosa.
Pero es evidente que quería aguarnos la fiesta. Puedo ver lo que está pensando ahora: tendrá dificultades para convertir a mi hermana. No tiene que molestarse en convertirme a mí.
Ahora está explicando con detalle esas convicciones religiosas. Habla interminablemente en tono monótono de la maravillosa iglesia a la que pertenece. El sonido de su voz me recuerda el zumbido de las moscas que ennegrecen el aire alrededor de la carne.
Pienso que es un pelmazo, y cambio de postura en el sillón demasiado relleno, de tapicería desgastada. El hielo produce un débil tintineo en mi vaso, humedecido por la condensación. Me lo llevo a los labios y tomo el contenido de un trago, torciendo el gesto porque el sabor es amargo. No deseo informarme demasiado de cómo está hecho este licor. Por lo menos no flota en él un gusano, como ocurre con cierta clase de tequila mexicano. Pero la sustancia es poderosa, y su efecto se refuerza sin darle un buen sabor. Ya hay una ligera neblina en la habitación, y noto una ligera falta de sensación en las manos y los pies.
La atmósfera, en la que flotan las palabras de John Arnold, tiene un peso que me oprime. Abro una ventana, pero no sirve de nada. Malinda y él están acurrucados en un sofá, hablando de teología práctica y de las tribulaciones en los grandes almacenes. Salgo de la estancia, desapercibida. Sin duda abordarán otros temas cuando yo no esté presente.
En el exterior el aire es frío, cortante. La ligera neblina alcohólica se disipa en seguida. Casi me decepciona volver a estar sobria del todo.
La inquietud se apodera de mí. Nuestro coche está aparcado detrás de la casa; es un modelo pequeño y viejo, y el guardabarros aún tiene una abolladura, recuerdo de un accidente menor que tuve una vez. Subo y conduzco por las calles desde un charco de luz al siguiente. La oscuridad de la noche va cediendo el paso al resplandor de los neones, las luces traseras de los coches, las señales de giro, los semáforos. La calzada se tiñe de un rojo escarlata cuando un coche de la policía, su sirena distorsionada por el dispositivo doppler, pasa como una exhalación entre el tráfico. Abro la ventanilla y dejo que entre el aire fresco y cargado de aromas. Se mezclan los olores fragantes de la madreselva, el jazmín y la magnolia, que impregnan fuertemente la atmósfera del silencioso distrito residencial en el que he penetrado sin proponérmelo.
Aquí no hay excitación. Doy media vuelta en el terreno ante la casa de algún rico y regreso al barrio comercial ahogado por los neones. Antes de darme cuenta, estoy en el barrio francés.
Las estrechas calles hacen imperativa una conducción más cauta, y me veo obligada a reducir la velocidad. Un gran torbellino de vida humana fluye en las aceras, cambiante de una manzana a otra. Turistas americanos de clase media, vestidos con prendas de poliéster y cargados de cámaras fotográficas, llenan los límites del barrio, todos ellos acarreando chucherías vulgares y acompañados de hileras de niños. Más allá la escena cambia. Rostros negros, blancos, morenos, casi todos jóvenes y nativos, se mezclan con los turistas más osados, los que van en busca de vida nocturna. Las rameras se pasean en pequeños grupos, los chulos vestidos con trajes chillones cierran tratos, los heroinómanos, con sus rostros de expresión desesperada, bañados en sudor, repugnantes bajo la luz de las farolas, efectúan contactos, los camellos se hacen ricos. Los homosexuales se reúnen delante de un bar y desaparecen en el interior.
Por la puerta abierta de un bar sale una explosión de música que se disipa con la misma brusquedad en cuanto la puerta se cierra. Por todas partes hay anuncios de espectáculos de desnudismo, strip-tease, comedias picantes, películas pornográficas.
¿Qué estoy haciendo aquí?
Reduzco más la velocidad y me dispongo a girar. En una esquina, delante de mí, una figura solitaria se separa de un grupito de rameras. Tengo un ligero atisbo de su rostro pálido y su mirada atenta. Pronto le pierdo de vista, pues su figura vestida de negro desaparece en un callejón.
Me acerco de inmediato al bordillo y freno. Estoy en un vado, pero no me importa. Las furcias me miran con hostilidad. Sus rostros negros y blancos, muy maquillados, tienen un aspecto áspero bajo la luz artificial. Les hago caso omiso y me dirijo al callejón.
¿Por qué estoy haciendo esto?
Obedezco a un impulso irracional… ¿Es posible que se deba todavía al alcohol? ¿Tal vez estoy borracha sin saberlo? Pero no he bebido tanto. A mi alrededor se amontonan los cubos de basura, cuyo contenido, acumulado a lo largo de la semana, apesta. Piso algo blando y me aparto bruscamente. Formas y sombras se mueven en la penumbra, pero aún no siento miedo. Ahora camino con más rapidez, y el único temor que me impulsa es el de perder lo que ando buscando, y con él una sensación de algo inalcanzable, largo tiempo deseado, insoportablemente dulce…
Me encuentro ante un muro de ladrillo: es un callejón sin salida. Doy media vuelta, sintiendo que algo se rompe en mí, que estoy perdiendo algo que conocí en otro tiempo pero que no puedo definir. Me invade la tristeza.
Regreso hacia la calle, pero tres sombras me impiden el paso, tres hombres silueteados contra la luz distante, que arranca destellos de las navajas que empuñan. Me quedo sin aliento y sale de mis labios un quedo gemido de temor. Retrocedo hasta que no puedo seguir más, hasta que mi espalda se apoya en la pared de ladrillo y el miedo desintegra todos mis pensamientos. Ellos sonríen y se acercan más.
Entonces aparece un hombre a mi lado, aunque su presencia es inexplicable. De un vistazo apresurado y sorprendido, veo su rostro pálido, sus ojos penetrantes…, como también los ven quienes pretenden atacarme, los cuales bajan sus navajas, amedrentados por la intensidad de la mirada de ese hombre, la crueldad de su sonrisa soñadora. Las hojas de acero se cierran; los malhechores dan media vuelta y echan a correr.
Ahora le miro y le veo claramente en la penumbra. Aunque antes apenas vislumbré su rostro, no tengo duda alguna de que éste es el hombre al que vi en la calle y seguí hasta aquí.
Él me mira apreciativamente, pero sus ojos oscuros son impenetrables, y murmura algo sobre la inconveniencia de estar en un lugar así a tales horas. La sonrisa ha desaparecido de su boca sensual, y sin su influencia modificadora, me siento una presa desnuda de su mirada. Estoy confusa, temerosa, y él no me ayuda a tranquilizarme con ese brillo de expectación en sus ojos, esa mirada especulativa.
No me dice nada. Da media vuelta y abandona el callejón. Por un instante, totalmente sorprendida, me quedo inmóvil y observo su retirada; luego le sigo, y me pregunto por qué no puedo hacer otra cosa. Unas sensaciones antiguas, transformadas, y la insinuación de visiones luchan por apoderarse de mi mente. Me opongo con todas mis fuerzas: no lo quiero, ni tampoco quiero relacionarme con ese hombre.
Se me escapa un pequeño grito ahogado, y él me mira divertido, ríe y me dice que no me preocupe, porque no me sucederá nada que yo no desee. Debo considerarme afortunada. En general, él no permite a las personas en las que repara ninguna elección.
No estoy tranquilizada. Quiero volver a la familiaridad trillada de mi apartamento, al mundo cómodo de la familia, los compañeros de trabajo, los amigos.
Él se impacienta de repente. Percibo una terrible lucha para controlar y suprimir en su esbelta figura vestida de negro. No vacilará lo más mínimo. ¿Es que no siento gratitud? O quizá he sido maldecida con una mala memoria. La suya, en cambio, es demasiado buena, y hay cosas que en este momento le sería beneficioso olvidar. Vete o ven conmigo, me dice. En realidad, no le importa lo que haga.
Se aleja de mí, su cuerpo iluminado bajo el neón parpadeante que no deja sombras tras él. Su rostro adopta el aspecto de otros que pasan por la calle, y ahora no parece distinto de cualquiera de los demás habitantes de este submundo. ¿Me habré cruzado con él mil veces en la calle, sin haberlo sabido jamás?
Algo se desgarra en mí: dolor, sensación de pérdida, injusticia, y los zarcillos de la desesperación amenazan con estrangularme. Casi corriendo, llego a su lado. Él me dedica una leve sonrisa, como si hubiera sabido desde el principio que esto es lo que haría.
Caminamos rápidamente por las calles cambiantes, pasamos ante bares, cubos de basura y borrachos tendidos en el suelo. Un garito mal iluminado está haciendo un magnífico negocio. Entramos en la sala llena de humo. Miro los rostros de los hombres en las mesas y ante la barra: impasibles, lujuriosos, todos contemplan con los ojos entrecerrados a la rubia escultural en el escenario iluminado por los focos. Unas bragas diminutas constituyen todo su atuendo. Gime, mientras se acaricia el cuerpo, y el público suspira con ella.
Mi compañero ni siquiera parece verla. Un hombre grueso y calvo, sentado cerca de una escalera estrecha, le saluda con un movimiento de cabeza. Él le hace caso omiso y sube por la escalera como si corriera cuesta abajo. He de subir corriendo los escalones, para no quedarme rezagada.
Me estoy fatigando. De pronto el descanso me parece muy deseable.
Él no se detiene, sino que entra en un corto pasillo sin salida, en cuyo extremo, de madera con la pintura descascarillada, hay una puerta. Las cucarachas se escabullen por los rincones. Él abre la puerta y entramos.
Me encuentro ante un reluciente revoltijo: cuadros, estatuas, tapices, colgaduras en las paredes, numerosos estantes llenos de objetos de arte y libros.
Me vuelvo y le observo a fondo. No puede decirse que sea alto, pero hay algo en él que sugiere una alta estatura. El pelo fino, negro y espeso enmarca su rostro y se derrama sobre su cuello. Tiene las cejas pobladas y los ojos son grandes, oscuros e impenetrables. Está pálido, aunque no en exceso. Su boca es móvil, capaz de expresar una gran variedad de matices de sentimiento. Hay en ella algo peculiar que no puedo identificar del todo.
Miro de nuevo a mi alrededor. La habitación está muy bien organizada, a pesar de su aparente desorden. Es increíble que puedan caber tantas cosas en un espacio relativamente tan pequeño. La limpieza de todos los objetos es impecable. Los cuadros, que revelan un gusto ecléctico, se alinean en las paredes. Puedo ver un Picasso y un Van Gogh. Las estatuas, que van desde lo abstracto a lo representativo, ocupan lugares extraordinarios en la habitación. Un grabado de Salvador Dalí domina una pared; en otra hay un tapiz medieval. En vitrinas y estantes hay jarrones y objetos antiguos. Los libros compiten por espacio en los amplios estantes. Veo títulos de filosofía, una novela moderna, el Kamasutra. El mobiliario es de los mejores materiales, y algunos de los muebles apenas parecen usados. La alfombra es mullida y absorbe el sonido de nuestros pasos.
Toca un interruptor y altera la iluminación indirecta e intensa de la habitación, reduciéndola a un resplandor sutil que hace resaltar los colores de cuadros y tapices. Flota algo de humo en el aire, con un ligero aroma, como de incienso muy diluido. Él toca otro botón y una música dulce suena en la estancia. Creo que es algo clásico, algo que recuerda a unos músicos sufrientes y tuberculosos destruidos por sus propias pasiones, y aventuras sentimentales de cuento de hadas con final feliz. Música para una danza anticuada.
Como si leyera mis pensamientos, él me sugiere que bailemos. Entre sus brazos parezco ingrávida, y nos deslizamos lentamente por la habitación. Me dirige el instinto y conozco los movimientos antes de hacerlos. Nunca había bailado así. Poco a poco me doy cuenta del frío que invade mi cuerpo, el frío que emana de él.
Me estremezco. Preocupado, él dice algo sobre las corrientes de aire. ¿Cómo puede haberlas si no hay ninguna ventana? Estamos tan encerrados como en una cueva subterránea.
Miro de nuevo la habitación, maravillada por la increíble cantidad de objetos que contiene, y pienso en la cantidad de dinero necesaria para reunir todo esto.
Cuando vuelvo a su lado, hay algo en su mirada que me alarma, una expresión amenazante, impenetrable y extrañamente familiar en sus ojos. Siento auténtico temor por primera vez y me aparto de él, sonriendo neciamente, para dirigirme a la puerta. Él me coge de los brazos y me sujeta como yo sujetaría a un gatito atemorizado, y entonces desliza un brazo por detrás de mí y me inmoviliza, medio tendida sobre el sofá. Sus fríos labios me rozan la frente, la boca, el mentón, y entonces inclina la cabeza hasta que su boca me roza la piel del cuello. Experimento un placer estremecedor y ya no me debato. Él permanece así un instante más y luego echa la cabeza un poco hacia atrás y ataca.
Un frío cosquilleante recorre todo mi cuerpo. Gimo mientras mi mundo se oscurece ante mis ojos y me convierto en parte del suyo. Extraños colores y luces desconocidas aletean ante mis ojos abiertos. Puedo oír un suspiro suave y me pregunto si es mío. Mi debilidad va en aumento, casi de una manera arrolladora, mientras cedo de buen grado y él toma, implacable, irresistible, intensamente deseable. Ahora una sombra yace plenamente formada en mi visión, y no deseo que desaparezca.
Se aparta de mí, sus ojos brillantes fijos en los míos. Su poder es el punto focal del universo. Y entonces me pregunta si todavía no lo sé.
No comprendo bien a qué se refiere. Creo que es a la succión de sangre, pero cuando se lo digo, cuando pronuncio la palabra vampiro, impulsada por un conocimiento que me ha sido concedido y que anteriormente era impensable, él se ríe amargamente y dice que no tiene importancia, que quizá se ha equivocado.
Se levanta y casi puedo ver la vida renovada en él, el acceso de energía que se consume en seguida y ha de ser renovado constantemente. Me tiendo en el sofá, medio desvanecida, y miro la luz trémula que inunda la habitación ante mis ojos.
Él me mira de un modo especulativo y me pregunta si deseo quedarme.
Le digo que sí, para siempre. No quiero marcharme jamás.
El sonríe, complacido, y dice que eso es un comienzo, pero nuestros deseos no se pueden satisfacer en una noche. Debo regresar a mi casa. Él me llamará cuando me necesite. He de creerle.
Me alza sin esfuerzo del sofá y me deja de pie en el suelo. Empiezo a andar como una sonámbula, haciendo todos los movimientos apropiados. Regresamos cruzando el bar y las calles hasta mi coche, que nadie ha tocado a pesar de que no lo cerré, y sin ninguna multa aunque está estacionado en zona prohibida. Subo y me recuesto en el asiento. Él frunce el ceño y ordena que ocupe el asiento del pasajero. Le obedezco con suma desgana, pues no deseo moverme, sino permanecer para siempre en el asiento con su gastada tapicería que imita el cuero. Tengo una gran dificultad para cambiar de asiento, pasando por encima de la palanca de cambios. Finalmente lo consigo y me derrumbo en el asiento.
Sube al coche y coge las llaves. El motor se pone en marcha y partimos, avanzando a bastante velocidad por las calles semivacías. Me asombra que sepa conducir. Cruzan por mi mente imágenes de murciélagos, coches fúnebres y carruajes tirados por caballos, procedentes de un centenar de malas películas.
Le menciono esto y él parece sinceramente divertido. ¿Por qué no habría de conducir? Un automóvil es un juguete encantador, y él ha tenido mucho tiempo para aprender cualquier cosa que le interesara.
La brisa nocturna que acaricia mi rostro es fresca y agradable, y me abandono, dejando que sólo las sensaciones penetren en mi mente aturdida, e incluso esas sensaciones con cierto distanciamiento. Cuando llegamos a mi apartamento todavía estoy sólo medio despierta. No le he dicho dónde vivía y estoy a punto de preguntarle cómo lo ha sabido, pero no lo hago porque eso no parece tener la menor importancia.
Me toca brevemente la mano y baja del coche. También yo desciendo, impulsada por una energía cuya posesión ignoraba, pues la partida de este hombre es mucho más importante que mi debilidad. Se aleja, desvaneciéndose gradualmente para fundirse con la negrura.
El dolor de la separación es casi abrumador. Me esfuerzo para mantener la cabeza erguida, para seguir avanzando, como una mujer que se ahoga porque su extenuación le impide seguir luchando para mantenerse a flote. Tengo la impresión de ver mis propios movimientos desde una gran distancia. Saco la llave y abro la puerta. La alfombra se extiende ante mí, una estrecha cinta marrón tendida pulcra y paralela sobre el suelo de madera. Ordeno a mis pies que se muevan, uno delante del otro. Camino con paso firme, sin tambalearme, y no hay en mi actitud nada alarmante para el no iniciado. De todos modos, si vieran algo raro en mí pensarían que estaba borracha. La escalera asciende por un agujero negro y cavernoso. Casi me detengo al pie, preguntándome si tendré la fuerza necesaria para subirla.
Pero no quiero que me hagan preguntas. Tengo las manos bastante insensibles, y noto débilmente el contacto con la barandilla. Extiendo una mano y la aferró, luego la otra, y así voy subiendo de costado, confiando en que nadie me vea.
Introduzco otra llave en otra cerradura, la hago girar con un suave chasquido, y estoy en casa. La sala está a oscuras. John Arnold debe de haberse ido, y quizá se ha llevado a Malinda con él. Puedo oír los ronquidos de mi padre desde su dormitorio.
Para mi sorpresa descubro que no necesito ninguna luz. Todos los muebles destacan claramente en la oscuridad. Voy hasta mi habitación sin dificultad, sorprendida por la increíble riqueza y variedad de las tonalidades oscuras, los numerosos cambios apenas perceptibles y los tonos grises y negros, asombrada por la belleza de un mundo restringido.
Me desnudo automáticamente, me pongo la camisa de dormir y me meto en la cama. Entonces empiezo a observar y catalogar los matices de gris antes de que todos se fundan de nuevo en la fría luz del día.
El rostro de John Lennon me mira desde el póster en la pared. Cerca de él, en un rectángulo más pequeño, dos amantes desnudos se mezclan en una bella tonalidad gris. Sé que, en pleno día, cuando les da el sol, brillan con un color frenético. Siempre me ha parecido que el color es la realidad. ¿Es posible que haya estado equivocada? Quizá el color sea la mentira y ésta la realidad. Parece como si pudiera ver por primera vez.
Las últimas palabras que él me ha dicho caen livianas en mi mente. Sopeso sus sílabas, analizo, inspecciono, admiro.
Me dijo su nombre.
Desmond Chabrol.
Ese nombre resuena burlón en mi mente, evocando unas imágenes vagas, iluminadas por la luz de las velas. Difuminadas, como vistas a través de una tela fina. Hay alguien más allá de ese velo, alguien a quien conozco íntimamente, una mujer cuya mente no tiene secretos para mí. Se balancea en los rincones de mi propia mente, bailando con Desmond a través de salones perfumados, sonriendo, llorando.
Las imágenes se desvanecen cuanto más me empeño en aferrarlas, y al final desaparecen por completo de mi mente…
Me despierta el olor a huevos fritos. Aún me siento débil, pero estoy decidida a ocultarlo, a superarlo. Sé por instinto que debo comportarme como si todo siguiera igual que antes. Tomo una ducha y me visto, extraigo los últimos restos del dentífrico del tubo enrollado, me lavo la cara, me maquillo y perfumo: realizo apropiadamente todos los rituales matutinos. Procuro aquietar mis manos temblorosas, y me aferró al borde del lavabo mientras me miro en el espejo. Mi aspecto es el mismo de siempre. ¿Es posible que lo que me ha sucedido sea real? El cuello alto de la blusa oculta las dos marcas gemelas en el cuello: si no fuera por eso se notarían.
Entro en la cocina. Malinda está ahí, preparando el desayuno. Mi padre está sentado ante un montón de tostadas con mantequilla que se esfuman rápidamente, absorto en la lectura del periódico. Me saluda abstraídamente, sonriente, sin desviar la mirada de las tiras cómicas. Me dice que debería leer la tira de Charlie Brown y la de Dear Abby tampoco está mal. Es asombrosa la cantidad de chiflados que hay en el mundo.
Le doy las respuestas adecuadas, bebo zumo de naranja y rechazo todo lo demás. Incluso el olor de la comida me resulta repugnante. La visión de los huevos grasientos me revuelve el estómago, y domino las náuseas con dificultad, procurando no pensar en que me llevo los alimentos a la boca.
Ni mi padre ni mi hermana reparan en lo que me ocurre. El lee ahora los editoriales y hace sucios comentarios sobre los políticos deshonestos. Ella parlotea acerca de John Arnold y la iglesia a la que pertenece, una organización llamada Primera Iglesia Unida de Nuestro Salvador. Nunca he oído hablar de ella, pero no le digo nada. De todos modos, tendría que hacer un gran esfuerzo para interrumpir su monólogo.
Dice que son una gente maravillosa, y afirma que no exagera y lo sabe por experiencia propia: John Arnold la llevó anoche a una reunión para rezar.
No es así como yo había imaginado que pasaría la velada, pero no importa.
Mi hermana sigue hablando sobre las excelencias de la secta: resulta tan refrescante y conmovedor conocer a alguien que cree realmente en lo que dice y que no se limita a repetir lugares comunes. Desde luego, son bastante estrictos, pero el ascetismo es una fuerza religiosa reconocida y no se debe tomar a la ligera, en el fondo no son de miras estrechas: eso sólo se lo parece a quienes se limitan a echar un vistazo superficial a su religión. Si pudieran ver lo bien que sus hábitos severos se integran en un conjunto, pensarían de otro modo.
Así que, a fin de cuentas. John Arnold ha logrado una conversión. Recuerdo los diversos movimientos por los que Malinda se interesó brevemente en California. Un breve coqueteo con la política cedió el paso al zen y el misticismo oriental, a los que siguió la percepción extrasensorial y otras modas psicológicas. Su participación activa en estos movimientos no solía durar más de un mes, y ésa es la duración que pronostico a su interés actual por John Arnold y su cristianismo fundamental.
Escucho sus palabras sólo vagamente, captando el significado suficiente para darle las respuestas adecuadas. Todo esto me parece demasiado trivial. Sigo sintiéndome débil, pero puedo controlarme. Soy adaptable y podré falsificar mi propia vida. Sonrío para mis adentros, pensando en cómo tantas cosas pueden cambiar en un espacio de tiempo tan breve.
Malinda corre las cortinas y la luz del sol penetra en la estancia con la fuerza de una marea. Me levanto bruscamente, quejándome de dolor de cabeza, y regreso a mi cuarto. Dentro de media hora tengo que estar en el trabajo. De alguna manera es preciso que siga con mi vida cotidiana. Busco en cajones y cajas y por fin encuentro lo que busco: los cristales oscuros de las gafas de sol a través de los cuales vi tantas playas californianas me darán una perspectiva adecuada del mundo. Me las pongo y hago acopio de mis recursos.
Intercambio con mi familia unos ruidos que equivalen a la despedida. Malinda se ha dado cuenta de que es tarde y está muy ajetreada. Tiene un convenio con otras mujeres de los grandes almacenes que viven en el barrio, para que una de ellas lleve a las demás en su coche. Mi padre también se dispone a marcharse. Podré disponer del coche.
Bajo a la sala, luchando contra una oleada de vértigo. El mundo ordinario se extiende ante mí, segmentado cuidadosamente en grandes casas blancas, céspedes bien cuidados, juguetes infantiles —trampas diminutas— esparcidos por aceras y senderos de acceso a las casas. Las gafas de sol no bastan, pues todo tiene un brillo excesivo. Los juguetes son de sucios colores azul y rojo eléctricos, la bata rosa de la mujer que recoge el periódico en la casa de al lado es demasiado intenso. Anhelo la oscuridad, suspiro por Desmond.
El coche me espera en el lugar de costumbre. Subo y permanezco un momento inmóvil, pensando que Desmond se sentó anoche en este mismo lugar. Cojo el volante, buscando una especie de comunicación con él a través del inanimado plástico moldeado.
No noto nada. Pongo el motor en marcha y me dirijo al trabajo.
Sue Ellen me dice que no tengo buen aspecto. Tiene razón, pero no voy a admitirlo. Sentadas ante nuestras mesas, revisamos los papeles que contienen un episodio desagradable en las vidas de nuestros clientes y que no suelen ocuparse más que de los hechos escuetos. Un Ford de 1969 ha sufrido un accidente en la autopista interestatal 71, lesiones de pronóstico leve…
Suenan las notas ásperas de la máquina de escribir. Sue Ellen frunce un poco el ceño mientras se concentra, sus dedos de uñas pintadas de rosa golpeando el teclado con un ritmo irregular, en staccato, su cuerpo esbelto, enfundado en prendas de poliéster, un poco encorvado sobre la máquina que traza una pulcra hilera de cifras. Un mechón de cabello rubio pende ante su frente, y ella lo aparta con gesto distraído. Me distraigo, no trabajo; estoy paralizada, prisionera en el ámbar de mi entorno, contemplando cómo mis compañeras llevan a cabo sus monótonos rituales.
Lo veo todo con absoluta claridad. La hilera de erectos archivadores metálicos apoyados en la pared, la alfombra, marrón y cálida, con un dibujo apenas discernible. Las mesas están colocadas aprovechando cualquier espacio utilizable. Oigo vagamente la voz del señor Jenson, que está en su despacho, hablando con un nuevo cliente.
Sue Ellen se da cuenta de que la estoy mirando. Le preocupa mi falta de reacción y dice nuevamente que no tengo buen aspecto. Esta vez le doy la razón y, levantándome con cuidado, me dirijo al baño.
La luz arroja un resplandor chillón, desazonante y penetrante en la habitación institucional. Es una pauta de dibujos geométricos y olor a amoníaco. De pie, sin ganas de moverme, observo mi imagen reflejada en el espejo. La figura que me devuelve la mirada tiene las mejillas hundidas y está pálida. El cabello castaño me cuelga lacio sobre los hombros. Pienso que quizá debería peinarlo, pero la idea se esfuma sin protesta cuando no la llevo a la práctica.
Un poco después —¿unos minutos, una hora?— alguien llama a la puerta. Puedo oír la voz de Sue Ellen, pero no estoy segura de lo que acaba de decir. Sue lo repite, y su ristra de sonidos extraños se evapora en el aire. No le respondo, no entiendo lo que me dice. Entonces entra.
Sugiere que sería mejor que volviera a casa, puesto que estoy realmente enferma. Acepto la sugerencia porque no tengo fuerzas para argumentar en contra. Ella me mira preocupada. Le aseguro vagamente que todo irá bien, que debe de ser cosa de algún virus, uno de esos trastornos que duran veinticuatro horas, nada realmente serio. Ella me da muchos consejos, me recomienda que tome aspirinas y me acueste, y me obsequia con todo un catálogo de los síntomas que tuvo la última vez que cogió la gripe. Digo que sí a todo lo que me dice y salgo a la calle. Sue Ellen insiste todavía, preguntándome si no sería mejor que me acompañara a casa, pero no retrocedo y ella no me sigue.
Como es natural, no puedo volver a casa. Podría verme la casera, y mencionar a mi padre o mi hermana que he regresado temprano. No quiero que me hagan preguntas ni que se preocupen por mí. No quiero hablar con nadie. Sólo deseo el silencio y perderme entre desconocidos. Recorro una corta distancia y luego me siento en el banco de una parada de autobús. Subo al primero que llega.
Me paso la mayor parte de la tarde viajando sin rumbo, siempre en la última fila de asientos, donde puedo recostarme, alejada de la gente aunque esté tan cerca. El conductor de uno de los autobuses que tomo, un hombre con el rostro marcado por un acné juvenil, me observa de una manera extraña. Le hago caso omiso y cambio de vehículo al cabo de un cuarto de hora.
Más tarde camino. Ir al barrio francés no me serviría de nada, pues aún no ha oscurecido. No noto la presencia de Desmond en mi mente.
Apenas percibo el pavimento bajo los pies, apenas reparo en el aspecto de las calles cuajadas de grandes almacenes, transeúntes presurosos y niños gritones.
Me alegro de encontrar la oficina cerrada cuando regreso. No hay nadie para preguntarme por qué he dejado mi coche, nadie para interrogarme sobre nada. Las calles se deslizan a mi lado mientras me dirijo a casa.
Mi hermana ya está ahí, enfrascada en la lectura de una revista de la secta. Lee algo sobre una virgen violada por un satanista, a la vez que introduce la mano en una bolsa de patatas fritas y las masca muy lentamente. Tiene el ceño un poco fruncido mientras lee. Me siento en el sofá y contemplo las sombras que se alargan sobre la alfombra. La luz se inclina más y alcanza el linóleo de la cocina. Malinda enciende la luz y deja la revista, exhalando un suspiro.
Mientras se encamina a la cocina, comenta que esas historias son demasiado estúpidas, y añade que no comprende por qué las lee. Empieza a hacer algunos esfuerzos culinarios poco metódicos. Apago la luz, porque está estropeando la oscuridad.
Entra mi padre, con aspecto cansado, y enciende todas las luces. Desea saber por qué estoy sentada en la oscuridad sin hacer nada. Le digo que estoy fatigada, no es más que eso.
Me comprende muy bien, porque él también ha tenido una dura jornada. Tira el periódico que traía y entra en la cocina. Malinda está preparando espagueti, cuyo olor se esparce por la sala, nada apetitoso. Creo que voy a marearme y voy corriendo al baño.
Malinda me llama a gritos para que vaya a cenar. Me disculpo, diciendo que he comido una pizza con Sue Ellen y aún estoy llena. Me dice que haga lo que me parezca, y los dos comen sin mí.
Tengo una sed intensa, como si estuviera deshidratada. Lleno un vaso de agua del grifo, lo engullo de un golpe, y me sirvo otro. Curiosamente, mi sed no se sacia. A través de la puerta del baño puedo ver mi cama, invitadora, y me doy cuenta de que apenas tengo fuerzas para mantenerme en pie. Me tiendo y cierro los ojos. Pienso que mañana llamaré a la oficina, y diré que estoy enferma. Por una vez, Sue, podrá arreglárselas ella sola. En cualquier caso, es una especialista en dar excusas para no presentarse al trabajo.
El sueño me cubre como una manta de lana, un sueño sofocante, de pesadilla. Poco después me despierto sobresaltada. La habitación ha cambiado de una manera perceptible. Mi visión se ha alterado sutilmente y hay una presencia débil y risueña en mi cerebro.
Sé cuál es la razón del cambio.
El sol se ha puesto.
Voy a la sala de estar. Malinda está hablando por teléfono, riendo, diciéndole a una amiga cómo es John Arnold. Mi padre mira un concurso por la televisión, sin hacer caso de la veloz conversación de Malinda. Alguien ha ganado un premio importante: coche, viaje a Hawai y juego de maletas, y el público delira. La luz de la lámpara incide en su pelo gris, pero, arrepintiéndose de su dureza, suaviza las arrugas que las preocupaciones han tallado en su rostro.
Les digo que voy a salir, al cine. Uno de los liquidadores de la empresa me ha invitado.
Los dos me dicen al unísono que lo pase bien.
Me voy rápidamente, llena de nueva energía. Ahora me siento más viva que durante todo el día. Más viva, quizá, de lo que jamás había estado.
El trayecto hasta el bar en el barrio francés es más corto de lo que antes me había parecido. La familiaridad del entorno me tranquiliza y no vacilo en entrar en el edificio semivacío. El espectáculo nocturno aún no ha dado comienzo y hay muy pocas mesas ocupadas. Una hilera de hombres y algunas mujeres ocupan los taburetes ante la barra. Algunos hombres están encorvados sobre la barra, ya medio borrachos, mientras otros miran la televisión en color. La luz eléctrica parpadea por encima de los parroquianos y se refleja en las botellas de licor alineadas en las estanterías del bar, ámbar, clara, oscura, roja. Paso por su lado camino de la escalera.
El hombre gordo y calvo sigue en su sitio, detrás de la barra. Me sigue con la mirada, pero no dice nada.
Desmond está al pie de la escalera: ha bajado sin que yo le viera. Una rápida mirada a mi alrededor me cerciora de que nadie más le ha visto.
Va al encuentro del camarero que está detrás de la barra, y le sigo. Me dice cómo se llama ese hombre, Brown, y luego informa a éste de que he de tener acceso a su apartamento en cualquier momento.
Se vuelve y le sigo escalera arriba. Cierra la puerta detrás de nosotros. La mirada fija de sus ojos sin brillo parece taladrarme, como si buscara mi alma…, aunque, naturalmente, no es eso lo que quiere.
Me aparto el pelo que me oculta el cuello y se lo ofrezco, pero él mueve la cabeza y dice que ahora no. Puede elegir a quien guste. Va de una en otra, y rara vez deja exangües a sus juguetes humanos. Todavía no esta seguro de si me llevará más allá de mi vida mortal, hasta su propia existencia.
Quiero saber cuando estará seguro. En veinticuatro horas se ha convertido en la única razón de mi existencia, y no puedo soportar que él lo rechace, que me trate de otra manera. Se lo pregunto de nuevo. Él se encoge de hombros, como si todo fuera un chiste ridículo y no demasiado divertido.
Se dirige al extremo de la sala, donde hay una puerta que no había visto antes. La cruzamos y entramos en un pasillo a oscuras. Unos apliques en la pared iluminan su corta extensión con una luz mortecina; no habría estado más iluminado si hubiera velas en vez de esas bombillas de baja potencia. En la pared hay varias puertas. Él selecciona una, la abre y entra. Le sigo de inmediato.
El cuarto se usa como almacén. Está lleno de baúles y cajas polvorientas. Hay varios cuadros apoyados en la pared. Desmond los examina uno tras otro y finalmente separa una de las telas y me la ofrece.
Sujeto la pintura, perpleja y un tanto aturdida por la ligera corriente de pensamientos, impresiones y emociones extraños que surgen y se desvanecen dentro de mí en un instante.
Es una obra competente y poco inspirada, en la que una dama victoriana sonríe con recato. Tiene los ojos de un color azul suave e idealizado, y su cabello es como un trigal, de un rubio inverosímil. Sus manos reposan sobre el regazo, y el vestido, que el pintor ha representado con el máximo detalle y cuidado, es una prenda complicada de satén y encaje.
Ni uno solo de sus rasgos se parece a los míos. ¿Por qué tengo, pues, esa sensación de identidad con ella?
Él me dice que me lo lleve y no se lo devuelva hasta que haya descubierto su significado. Cuando esto ocurra, lo sabré. Si no ocurriera, se habría equivocado, y quizá no volveríamos a vernos. Si llego a comprenderlo, eso será un punto de partida. No está del todo seguro de que tenga algún significado. Ha transcurrido mucho tiempo —un siglo, por lo menos— y él no considera las cosas como lo hacía en vida.
Su sonrisa es algo sesgada. Me llevo el retrato porque quiero hacer lo que me pida, complacerle, aunque no comprendo cómo.
Aparta la vista de mí, sumido en sus pensamientos, y sé que debo irme. Ahora se ha aislado por completo de mí, y si se hubiera alzado de súbito una pared entre nosotros, no habría sido más efectiva. Me siento sola y vacía, como un objeto al que el mar deja mondo y arroja a la playa.
Acciona el interruptor y las luces disminuyen. Cuando me marcho, él ya no está en la habitación.
Vuelvo a casa. ¿A qué otro lugar podría ir? Está mi padre, pero Malinda no ha regresado. Papá tiene ganas de conversar. Hablamos del retrato, y le digo que es un regalo de Martin, el mito, el hombre que me invitó al cine esta noche, y que sin duda está ahora en la cama con su novia o mirando la televisión. Apenas puedo oír a mi padre a través del abismo que nos separa. Asiento, emito todos los sonidos apropiados. La verdad es que no dice nada importante… No son más que las esperanzas y los sueños de un viejo, el cual se da cuenta de que, aunque la vida ha pasado por su lado, eso no importa en realidad, pues sigue viviendo en sus dos hijas. Le escucho, sin verdadera atención, pero cuando nos separamos para ir a nuestros respectivos dormitorios, las lágrimas humedecen mis ojos. Es absurdo… Me paso la mano por la cara para limpiarlas. ¿De dónde habrán salido? ¿Qué honduras de la fragilidad y el afecto humanos las habrán producido? ¿Y por qué no se expresan en mi conciencia? ¿O es que ya ni siquiera la tengo?
El retrato encaja muy bien en un ángulo de mi habitación, un espacio divisor, y por fortuna no sabe de esa posición marginal. Por lo menos ahí es visible; en el apartamento de Desmond tenía tres o cuatro más encima de él.
Contemplo el retrato un momento más, y luego me aparto de su mirada turbadora y plácida. La mujer pintada tiene algo que decirme, algo que quiero desesperadamente comprender, pero que me siento impulsada a negar…
Brumas intangibles e impenetrables nublan mis sueños… Me estoy ahogando en gasa fina, en telarañas. Llueven sobre mí unos filamentos delgados y transparentes, que me cubren, me asfixian. Intento desgarrarlos, me debato y contorsiono en su presa delicada e irresistible. Se extienden indefinidamente pero no se rompen, se niegan a partirse, se contraen, me envuelven en un capullo gris. Grito, pero el sonido se pierde cuando la sustancia penetra insidiosamente en mi boca, se abre paso en mi interior y disuelve mis huesos, me seca la sangre, hasta que quedo convertida en un pellejo petrificado y gris que contempla el mundo amorfo con sus ojos inmovilizados.
Me despierto con una sensación de asfixia y descubro mi mano aferrada a la garganta, protegiendo el punto donde Desmond extrajo mi sangre.
Hace mucho frío en mi habitación. Estamos en invierno y es lógico que haga frío, pero parece como si nunca lo hubiera notado hasta ahora. No hay mantas suplementarias. Cojo un suéter, luego una bata, y me pongo las dos prendas. Me acurruco en la cama hasta el amanecer, y entonces me duermo profundamente y sin sueños.
Al despertar llamo a la oficina y digo que estoy enferma. Sue Ellen es muy comprensiva y me asegura que no habrá ningún problema.
Transcurre el día, las horas se suceden y el sol asciende lentamente en el cielo y se hunde de nuevo. Llega la oscuridad, pero sigo estando sola y me siento abandonada.
Entra Malinda, enfundada en un abrigo nuevo y muy alegre. Me dice que mi aspecto ha mejorado y que sin duda me ha afectado uno de esos trastornos que duran veinticuatro horas. Va de un lado a otro, anota algo en un librito de direcciones, hojea una revista y la deja. Con una sonrisa soñadora, añade que esta noche habrá un encuentro de oración y me pregunta a la ligera si quiero ver a esos tipos extravagantes.
¿Por qué no? No tengo nada mejor que hacer que contemplar mi propio vacío. Mi mente llama a Desmond a través de la distancia, pero no obtiene respuesta.
Digo que sí a Malinda; iremos a ver a esos tipos extravagantes…
Cualquier cosa servirá para llenar el vacío…, cualquier cosa me librará del pensamiento, o de su antítesis, su nulidad. El movimiento me produce una sensación de paz.