Horror 3
La oscuridad
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Nos lleva John Arnold en un viejo coche que cruje con regularidad en las rectas y produce unos sonidos más alarmantes al tomar las curvas. La tapicería está desgastada, y hay fragmentos de papel que se mezclan con otros residuos inidentificables en los rincones del suelo.
La iglesia no tiene nada de tal, sino que es una casa grande, remodelada, en un tranquilo distrito residencial. La congregación se sienta en sillas metálicas plegables, llenando casi del todo una gran sala que quizá fue salón de baile en un pasado más elegante. Delante, sobre un estrado, hay un sencillo podio de madera. Hombres y mujeres de la clase obrera, todos ellos vestidos con ropas adquiridas en la sección de oportunidades de unos grandes almacenes y con zapatos muy gastados intercambian saludos y chismorreos. La luz de los fluorescentes se ceba cruelmente en los reunidos.
Nos sentamos cerca de la última fila, y me encuentro delante de una mujer corpulenta que lleva un vestido estampado de colores demasiado chillones y que se ha bañado en perfume barato.
John Arnold está saludando a la gente que le rodea, y nos presenta; todo el mundo parece muy complacido por conocernos, y nos invitan varias veces a que nos quedemos para tomar café y pastas después del servicio.
Las voces disminuyen hasta convertirse en un susurro y cesan por completo cuando un hombre sube al podio.
Es alto, con unos ojos marrones ardientes y penetrantes. Tiene muy bien peinado su cabello castaño, pero aun así da la impresión de desorden, como si el acicalamiento careciera de la menor importancia para él. Viste un traje de calle ordinario, barato, pero me doy cuenta de que pocos observarían ese detalle, absortos en la contemplación de su rostro, de sus ojos dominantes.
Nos saluda a todos y reza una breve plegaria. Una mujer delgada, de edad mediana, toca una melodía en un viejo piano, y la congregación empieza a cantar, sin entusiasmo y con escaso ritmo, el himno Amazing Grace. El servicio religioso sigue adelante.
El hombre inicia su sermón. Habla mucho del mal, del pecado, de la obra del diablo. Nos advierte vigorosamente acerca de los emisarios de Satán en la tierra, todos ellos empeñados en corromper las almas de los puros, de los Elegidos de Dios. Estos agentes pueden adoptar forma humana; de hecho, no difieren del resto de nosotros. Por medio de sus palabras dulces, melosas, tratan de atraer a las almas hacia lo que parecen pasatiempos inocuos, pero que en realidad son el primer paso en el camino del libertinaje, la disolución, la adoración de Satán. Estas atracciones y tentaciones se producen bajo muchos disfraces y de muchas maneras agradables e inocuas, y hay que tener gran cuidado para distinguir el bien y el mal.
El predicador da unos golpes en el podio mientras habla con voz potente y palabras inspiradas. El frenesí llena sus ojos: creo que ni siquiera ve ya a los congregados delante de él. La gente gime y grita «¡amén!» mientras él ruega a Dios que nos otorgue su ayuda contra el Enemigo.
Cuando menciona a gritos a los demonios la gente se estremece. Describe el infierno con horrendo detalle, revela la verdadera forma y el aspecto de los emisarios de Satán y relaciona los castigos que esperan a los condenados.
Nos advierte contra toda clase de comercio con lo sobrenatural. Incluso los horóscopos de la prensa son sospechosos, y quien haya leído un libro sobre lo sobrenatural o consultado a una bruja del barrio francés habrá dado el primer paso en el camino de la condenación. Todos han de tener mucho cuidado para no cometer un desliz y poner su alma al alcance del diablo, pues una vez éste la toma, ya no hay esperanza ni posibilidad de redención. Ahora el arrepentimiento es el único camino hacia la salvación. Hemos de creer en Jesús y seguir sus mandamientos, y así la ruta hacia el cielo queda expedita.
El predicador queda entonces en silencio. Observa los rostros arrobados a mi alrededor, y me pregunto si yo habría sido capaz de sentir lo mismo que ellos, de reaccionar de ese modo a la voz autoritaria de este hombre que sabe extraer la tensión y luego liberarla.
Castillos en el aire. Pasan la bandeja de las colectas, que se llena de dinero. Luego la congregación entona otro himno y el servicio concluye.
El predicador se coloca junto a la puerta y dirige la palabra a todos a medida que van desfilando. Nosotros estamos entre los últimos en salir, pues John Arnold quiere presentarnos.
El ministro sonríe y sus ojos, ahora sosegados, se encuentran con los míos. Parece realmente encantado de conocernos. John nos ha dicho que es el reverendo Wallace, pero no hay peligro de que el nombre se me olvide, tras haberlo oído repetir por tantos labios. Sonrío cortésmente y acepto los folletos que me ofrece. Les hecho un vistazo y observo que algunos contienen rudas tiras cómicas. Me pregunto si es demasiado pronto para buscar un cubo de basura en el que tirarlos.
El reverendo Wallace confía en que pensaremos a fondo en lo que hemos oído esta noche y que leeremos los folletos. Seremos bien recibidas siempre que queramos asistir al servicio; ahora las damas están sirviendo café y pastas. Nos quedaremos, ¿verdad?
Nos quedamos, naturalmente, y John Arnold nos presenta a unos y otros, hasta que parece que no queda ningún miembro de los congregados por conocer. El rostro se me está quedando insensible a fuerza de sonreír. Al cabo de un rato dejo de hacerlo y me siento para tomar el café y mordisquear una pasta. He recuperado la capacidad de comer, pero no tengo apetito, el hambre es algo que percibo de una manera abstracta, sin ningún apremio o urgencia.
El piscolabis no ha sido suficiente para los demás, y durante el camino de regreso a casa nos detenemos ante el establecimiento de pollo frito de Jim Dandy. Los dos atacan la carne de ave frita, pero yo no puedo. John Arnold habla mientras come, y con una expresión vehemente se refiere a su compromiso con el Señor. Malinda escucha atenta sus palabras. Jamás hubiera creído que pudiera interesarse por eso. Tal vez será feliz así.
Aquella noche, cuando estamos en casa, habla del asunto. ¿No me doy cuenta de que esa gente tiene raíces? ¡Compromiso, devoción, fe!
No, no lo comprendo, pero no se lo digo. Son personas como todas las demás, con sus defectos, como todo el mundo.
Pero a ella no le interesa realmente mi respuesta. Sigue hablando y yo mirándola. Ahora casi me parece una desconocida. ¿Es ésta la muchacha con la que compartía secretos hace apenas un mes, con quien me unía una intimidad de años y con quien me peleaba por los juguetes antes de eso? Me siento separada, encerrada… ¿O acaso son todos los demás los encerrados y apartados de mí?
Me mira de una manera extraña. Sonrío, tratando de parecer sobre aviso. Me pregunta si todo va bien.
¿Si todo va bien? ¿Cómo puedo decirle que ahora el mundo se ha alterado radicalmente para mí, que lo veo todo bajo una nueva luz? ¿Dónde puedo encontrar las palabras?
No puedo. Bostezo, pues no es necesario que finja fatiga. Ella se disculpa. He estado enferma y ella me ha hecho permanecer levantada hasta muy tarde. Podemos hablar de todo en alguna otra ocasión.
Se levanta, su cabello dorado se agita bajo la luz tenue de la lámpara, que arroja sombras invertidas sobre su rostro, realzando sus ojos azules. Mira pensativa a través de la ventana, y por fin observa que ha creído ver a alguien ahí afuera, pero no hay nadie. Debe de haber sido un engaño de la luz. Es muy extraño.
No, no lo es. Él ha estado ahí afuera, y su presencia ha pasado fugaz por mi mente. Me siento vagamente consolada, aunque él no me ha dado ninguna señal de aprobación o desaprobación. Sea lo que fuere lo que le ha traído aquí —curiosidad, quizá, o alguna otra emoción más misteriosa— significa que no me ha abandonado del todo. Desde luego no podría haber sido el deseo lo que le ha motivado, pues en ese caso lo habría percibido, a pesar de los obstáculos.
Duermo plácidamente toda la noche. Mi alma yace tranquilizada en mi interior.
Al día siguiente me encuentro mucho mejor. Sue Ellen se alegra de verme. Los papeles se amontonan sobre la mesa; hay cartas pendientes de respuesta, y no doy descanso a la máquina de escribir. Soy competente, una autómata, una máquina de mecanografiar cartas. Me exhibo ante el jefe, para que piense que debería contratar a un centenar como yo. No creo que Sue Ellen sospeche el cambio que se ha producido en mí. El teléfono suena innumerables veces. Tomo mensajes, atiendo a los clientes, hago que firmen sobre las líneas de puntos. Todo es igual que antes.
Él me dijo que no regresara, pero la oscuridad me sorprende caminando por el barrio francés. No he ido expresamente en su busca. Me basta con estar en su lugar elegido, estar cerca de él. De todos modos, sabe dónde me encuentro. Es una certeza que anida en mi mente.
Le veo vagamente calle arriba, insustancial, como humo. No se vuelve. Está hablando con una mujer madura, a la que había visto yo antes en las calles o los bares. Tiene el cabello gris, pero su rostro todavía está libre de casi todos los signos de la edad. Su atuendo es indescriptible, un collage de estilos conflictivos que se mezclan en un conjunto único pero no destacado. Su rostro carece de expresión mientras habla, y el movimiento es como una ligera ondulación en un lago plácido. Tengo entendido que dice la buenaventura y vende amuletos. Una vez alguien me la señaló, cuando curioseábamos en una librería de ocultismo, y me dijo que se llamaba Anne-Marie.
Los edificios se ven vagamente a través del cuerpo de Desmond. ¿Cómo es posible que la mujer no se dé cuenta de eso? Quizá sí que se da cuenta, pero no le importa.
Quiero acercarme a él pero no puedo cruzar la barrera invisible que nos separa, como un cristal invisible o como agua endurecida; es una barrera absolutamente transparente y no la veo con los sentidos, pero sé que no puedo acercarme más a él.
Da media vuelta y se aleja, pero la mujer no le sigue.
Me acerco a ella y me mira calmosa, con poco interés, fijando en mí sus grandes ojos castaños cuando le digo que sé quién es el hombre que estaba con ella.
Ella se encoge de hombros, dándome a entender que lo que acabo de decirle no tiene importancia. Hay aquí muchos que conocen a Desmond, y él lo permite, pues todos son sus criaturas. Nadie que no pertenezca a él le conoce. Otros le ven sólo como una sombra, o polvo, o nada en absoluto. O quizá ven un vagabundo, un hippie, un hombre de negocios o un turista, pues presenta el aspecto que ellos esperan ver, y por eso no le ven en absoluto. Se necesita más que una mirada superficial para identificarle. ¿Y a quién le interesa eso?
Le pido ayuda, aunque no sé qué podría hacer ella. Me sonríe ligeramente. Creo que se compadece de mí, pero no me importa. Me hace una seña para que me acerque.
Tiene una pequeña tienda, abierta en la vieja fachada de un edificio construido antes de este siglo. Sobre la puerta hay un cartel: «Campana. Libro y Vela». Dice que es para los turistas.
Unas campanillas tintinean cuando entramos. En el aire flota una espesa nube de incienso, iluminada por el débil resplandor de las velas. Un murciélago disecado vigila la puerta. Hay incienso, muñecos de vudú, medallones y cera en anaqueles y mesas. En las paredes se alinean estanterías, llenas de libros que presentan a la inspección sus lomos satinados o gastados. Una serpiente tallada se enrosca en la caja registradora.
Anne-Marie me invita a pasar a través de una cortina de bolitas ensartadas y subimos por una escalera estrecha. Cruzamos una puerta y entramos en una habitación de grandes dimensiones.
Hay un tremendo desorden. Todo está colocado de cualquier manera, los libros yacen en posiciones precarias sobre rinconeras y muebles auxiliares. Diversos frascos, unos con etiqueta y otros sin ellas, compiten por el espacio en los rincones, en el suelo. Hay papeleras llenas a rebosar y se ven piezas de ropa por doquier. Unos quinqués iluminan la estancia.
Nos sentamos en la cama y ella me coge la mano, mirándola por el anverso y el reverso. Dice que debo mirar el pasado antes de que pueda mirar hacia el futuro. Tengo un destino nublado, y ella rara vez ha visto otro igual, pero no tiene por qué ser desagradable. Debo elegir el camino por mí misma.
Le digo que no comprendo. Mi mente está envuelta en una bruma, como esta atmósfera cargada de incienso.
Ella suspira débilmente y dice que debo despertar antes de que pueda comprender. Si la mayoría de la humanidad sueña para siempre, mejor para ellos. No tienen otra cosa.
Coge dos frascos, como si lo hiciera al azar, y mezcla sus contenidos. Las hierbas caen con un sonido seco. Me dice que las disuelva en agua y las beba, aquí o en casa, es indiferente, pero me advierte que tenga cuidado, porque no es una sustancia cuyo consumo pueda aprobar la ley, aunque tendrían alguna dificultad en identificarla.
Le digo que la beberé aquí mismo, y ella asiente y me trae un vaso de agua. Empiezo a bebería, pero vacilo y le pregunto cuánto cuesta. Ella se ríe. Eso no tiene ninguna importancia. Si no conociera a Desmond ella no me lo habría dado, o me habría cobrado muchas veces su valor.
La infusión de las hierbas vuelve el agua de color marrón oscuro. La bebo de un solo trago. Tiene un sabor a polvo, y no es desagradable. No siento nada.
Me levanto y paseo por la estancia. Al fondo hay una puerta, que antes no había visto en toda esa maraña. La abro y salgo a un balcón de hierro forjado. Abajo, la calle está casi desierta.
Al otro lado de la calle, a la sombra de un pórtico, un hombre se inclina. Veo que resbala y cae. Parece rodearle una especie de aura, una neblina rojiza que se desvanece mientras le observo.
Incluso desde esta distancia puedo ver que se está muriendo.
Me siento estimulada y no sé por qué. Debe de ser la droga que he tomado. Arriba, las estrellas brillan débilmente en su pírrica victoria sobre las luces urbanas. Esperarán hasta el alba, y entonces una gran estrella privará a su luz de significado. Me pregunto por qué su luz no puede afectar a Desmond, mientras que la del sol sí le afecta. Después de todo, son lo mismo. Debe de ser por la distancia. La luz de las estrellas está a muchos años de distancia y el vacío del espacio la disipa. Quizá ni siquiera es real. Dicen que si la estrella más próxima se extinguiera, su luz tardaría cuatro años en desaparecer de nuestros cielos. Quizá todas las estrellas han muerto y estamos solos. Quizá…
Qué extraño. No soy dada a esta clase de reflexiones. Me pregunto qué sustancia es esa droga. Se lo preguntaré a Anne-Marie, si me acuerdo.
Creo que no lo haré. Desmond está aquí conmigo. Ha aparecido en el intervalo entre dos segundos, entero y completo. Ya no puedo ver nada a su través. Durante la noche ha adquirido sustancia. Me pregunto a quién le habrá extraído la sangre para lograrlo.
Deseo que fuera la mía.
Me sonríe. Las luces de las farolas brillan en sus dientes blancos y puntiagudos. Me dice que todavía no recuerdo.
Es cierto, no recuerdo. Lo lamento y se lo digo. No quiero decepcionarle.
Pero él no está decepcionado. No es culpa mía si no puedo satisfacer uno de sus caprichos. Me atrae hacia él. Sus manos están frías como el hielo; me gusta su contacto, el frío que penetra hasta mis huesos.
Posa los labios sobre mi cuello. Me aferró a él para no caer. Me aprieta brevemente entre sus brazos, y luego me suelta. Me inclino hacia él, incapaz de evitar mi caída. Me alza sin esfuerzo y me lleva al interior para tenderme sobre la cama de Anne-Marie.
Sus ojos brillantes se convierten en el punto focal de mi visión. Pronuncia unas palabras y frases inconexas. No necesita ser coherente, pues mi mente aporta el resto.
Se tiende en la cama, a mi lado, su mano posada ligeramente sobre la mía, y la aferró con fuerza. Tiene una mano muy ligera, casi como si los huesos estuvieran huecos, como si no tuviera ninguna sustancia. Alzo la vista y me quedo mirando las molduras melladas del techo. Una araña teje su tela en un rincón. La luz es muy tenue. Dejo de ser Charlene y me convierto en Charity.
Los campos, arruinados por la guerra, se extienden ante mi vista.
Las cabañas de los esclavos están ahora vacías. No ha quedado nada para los buitres. Incluso los buitres humanos se han marchado.
Junto a mí, mi padre examina la destrucción de su vida, su rostro áspero con un rictus de amargura bajo el calor implacable del día. Algo se ha roto en su interior, pero nunca se rendirá. Ahora los yanquis se lo han llevado todo, excepto yo, y creo que ya ni siquiera me ve. Nada más llegar se apoderaron de mi madre, con intención de violarla, pero ella se zafó de ellos y echó a correr, tropezó y cayó gritando dos tramos de escalera: se rompió la espalda. Yo no tuve tanta suerte. Todavía recuerdo sus rostros, sus manos tendidas para cogerme. Y eso es lo único que permaneció en mi conciencia hasta que desperté en una de las cabañas de esclavos, adonde me había llevado mi padre.
Los soldados se habían ido. La casa era una ruina humeante.
Ahora vivimos en la casa del capataz, una vivienda pequeña y humilde, y trabajamos hasta el agotamiento para obtener comida.
Todos mis hermanos han muerto. Las noticias de su muerte han llegado una tras otra. El último, Charles, murió en la batalla final de la guerra entre los estados. Le tenía mucho cariño. De muchacho tenía un lugar favorito para nadar, en una pequeña rebalsa del río. Fui allí recientemente; el agua sigue fluyendo como lo hacía antes. Ahora puedo ver a Charles, pero su cara no es la misma, como no lo es la de ninguno de los otros. Desfilan por mi mente, atormentados, deshechos, agónicos, como el muchacho a quien encontré una vez en el bosque, cuya pierna había sido arrancada de cuajo por una explosión. Murió, pero unos instantes después le encontré.
Creo que nunca veré el final de la destrucción.
No sé qué hacer. No he sido adiestrada para ninguna actividad, no sirvo para nada. ¿Qué utilidad tienen ahora las lecciones de francés y los ejercicios para mejorar la postura? Pero tengo la espalda fuerte, debe serlo. Penosamente estoy aprendiendo los rudimentos para mantenerme viva.
Mi padre ha convertido su odio en un ídolo. También yo experimento odio, pero no me consume como a él. Tal vez sea sólo insensibilidad superpuesta a mis sentimientos, algo de lo que él ha sido despojado. Ha encontrado a otros como él y ha formado un grupo secreto, dedicado a mantener el pasado vivo, a ejecutar a cualquier odiado norteño que se cruza en su camino. Vuelve a la vida lentamente, en sus ojos aparece un nuevo brillo, duro como la roca, como diamantes negros.
Vuelve a tener un objetivo.
Yo ni siquiera tengo eso.
Entonces regresó el hombre al que había amado antes de que comenzara la guerra, el hombre con quien había pensado casarme antes de que empezara esta pesadilla y lo arrancara de mi lado.
Está en el camino, delante de mí, sus ropas hechas jirones sobre su cuerpo delgado. Sus ojos, que fueron tan nítidos y oscuros, ahora carecen de brillo, pero al verme aparece en ellos un débil destello de esperanza.
Al principio no puedo hablar; le creía muerto, como a todos los demás. Y entonces, temblando, corro a sus brazos, y él no puede decir nada más que mi nombre.
Se llama Desmond Chabrol, y nació y creció en el sur, aunque ha luchado al lado de los norteños. Tenía familia allí, e intereses comerciales y lealtades. No creyó que el sur pudiera ganar. Semejante pragmatismo no le congracia con mi padre, el cual sabe lo que ha hecho y le considera un traidor. Palabras cargadas de emoción, ahora sin significado. Habría sido un traidor si nosotros hubiéramos ganado. Me tiene sin cuidado. Desmond no es un yanqui, al margen de lo que mi padre diga y haya dicho durante cuatro largos años.
Pero si le encuentra, le matará.
Le oculto en una de las cabañas de esclavos, la más alejada de nuestra casa. Está muy debilitado, muy enfermo. Cuando por fin puede hablar, cuenta una historia de horror, toda una compañía de soldados perdidos en los montes de Georgia, cayendo presa de misteriosas enfermedades. Él mismo ha sido una víctima. Le lavo con cuidado las heridas costrosas en su cuello, y me dice que no recuerda con exactitud lo ocurrido. Dos hombres de su compañía no enfermaron y tuvieron que cuidar de los restantes. Algunos de los otros murieron y quemaron sus cuerpos, pues temían que se propagara la peste.
Entonces se diseminaron. La mayoría de ellos regresaron al norte, para reanudar sus vidas anteriores, o por lo menos intentarlo. Pero Desmond no tenía ningún lugar adonde ir. Su hogar familiar había sido destruido por los yanquis, los cuales no supieron, o no les importó saber, que era uno de los suyos. Había ido allí primero, antes de venir a mi encuentro.
Con palabras penosas, semidelirantes, me dijo lo que jamás habría dicho de haber estado en su sano juicio. Los interminables horrores que había presenciado, los niños muertos, los esclavos, que habían creído que ellos eran el motivo de la guerra y descubrieron que les importaban menos a los yanquis que el saqueo y la destrucción. Hambre, fiebre, devastación, muerte. Musita palabras en su sueño. No tiene ningún lugar adonde ir, familia a la que dirigirse. Sus intereses comerciales han sido destruidos, su padre ha muerto de apoplejía, a sus primos les tiene sin cuidado que viva o muera…
Ahora pongo mucho cuidado al atender a Desmond. Debo dejarle solo casi todo el tiempo, aunque hacerlo me parte el corazón. Le dejo cubos de agua y mantas, y le llevo sopa.
Todos los días doy gracias a Dios porque mi padre no sospecha nada. Está ciego para este secreto tan próximo a él. Mima constantemente sus obsesiones y no suelo verle el pelo. Siempre está reunido con esos hombres, planeando su venganza.
Desmond recupera lentamente sus fuerzas. La fiebre remite y ahora no habla de lo que ha dicho cuando deliraba. Me alegro de ver el cambio operado en él, y por primera vez en largo tiempo me atrevo a confiar en un futuro.
Hacemos planes juntos, palabras susurradas contra la algarabía de los insectos en los campos inundados de sol en estos días cálidos. El Oeste es una promesa mágica. Tal vez allí, o en alguna parte, podamos encontrar una tierra sin cicatrices.
He perdido las convenciones con respecto a la guerra. Lo que en otro tiempo pareció tan importante se diluye ahora en trivialidades. No le digo lo que me ha ocurrido. No quiero que lo sepa. Ya ha sido bastante atormentado.
Cuando sus brazos me rodean y empiezan a desvestirme suavemente, respondo sin vacilar. Mi vestido cae a un lado: está empezando a desabrocharme la enagua cuando un ruido en la puerta hace que nos volvamos como marionetas.
Mi padre está de pie en el marco de la puerta. Detrás de él están los otros, y sus ojos escandalizados absorben todos los detalles. El hombre que está a su lado sonríe con una expresión lasciva. Hace mucho tiempo que no se ha afeitado el rostro picado de viruelas.
Mi padre entra y se me acerca. Me coge de un brazo y me obliga a enderezarme. Gimo de dolor. Siento que el brazo se disloca, como si algo hubiera cedido en su interior. Las lágrimas asoman a mis ojos.
Los otros, cinco en total, entran en la minúscula cabaña. Visten ropas viejas y remendadas, y sus expresiones son malignas. Rodean a Desmond, lo levantan con violencia y le sujetan. Tiene el rostro pálido y rígido: todavía no ha recobrado suficientes fuerzas.
Mi padre le grita, llamándole traidor, amante de los negros, bastardo, putañero. Me incluye a mí en sus maldiciones. Soy una mujer baja, una ramera, una perdida. Me acusa de entregarme voluntariamente a los asesinos de mi madre. Ya no soy digna de llamarme hija suya. Me abofetea tres, cuatro veces. Trato de retener mis gritos de dolor, pero no puedo. Desmond intenta desesperadamente zafarse de sus capturadores, y le golpean en la mandíbula y el estómago. Encogido de dolor, susurra mi nombre y maldice a mi padre.
Una luz salvaje brilla en los ojos de mi padre. Dice que van a demostrar a estos simpatizantes de los yanquis qué clase de hombres son realmente, que darán un ejemplo en el que acaban de capturar. Ordena a los hombres que le lleven al cobertizo que usaban para castigar a los esclavos. Los grilletes están todavía ahí, y también los látigos. Desmond morirá, pero antes habrá dejado de ser un hombre. Él mismo le castrará, dice mi padre, sonriendo.
Desmond se debate en vano, horrorizado ante estas palabras. Los demás se ríen y le sacan a rastras de la cabaña, cruzando el campo desolado.
Mi padre me ha cogido de un brazo y tira de mí. El dolor me ciega. La maleza me rasguña las piernas. Mi padre sigue hablando, diciendo que voy a ser testigo, y luego quizá muera tras mi amante traidor, o quizá me encerrará para siempre.
Le ruego que tenga piedad de Desmond, si no de mí. Haré cualquier cosa que me pida con sólo que deje libre a Desmond.
Él suelta una risa breve, dura y sin alegría. Dice que haré lo que le pida, y será sin ninguna clase de condiciones. El poder está en su mano. Yo no soy nada, menos que las lombrices del suelo. ¿Cómo me atrevo, yo, que soy un nido de corrupción, a pedirle una sola cosa? Me niega su paternidad, me repudia, me entrega al infierno.
Le grito, llena de temor y furia impotente, y él me abofetea con fuerza, me golpea la boca. Caigo pesadamente al suelo, noto el sabor de sangre y la oscuridad ronda mi cabeza. Me arrastra a lo largo de la breve distancia restante.
El cobertizo esta delante de nosotros. Contemplo borrosamente la escena. Mi padre me arrastra al interior y me deja caer sobre el suelo de tierra. Él mismo quiere colocar los grilletes.
Hago un esfuerzo, tratando de ignorar las punzadas de dolor que recorren mi cuerpo. Mi padre tiene un arma, y ahora no me está vigilando. Los otros le miran ávidamente mientras coge el grillete y se dispone a cerrarlo sobre la muñeca de Desmond.
Doy un salto hacia adelante, cojo el arma por la culata y la saco de la funda. Él me coge las manos con tanta fuerza que parece como si estuviera a punto de romperme los huesos. Descubro en mí una fuerza que jamás había tenido. Ya ni siquiera pienso en el dolor, y no suelto el arma. El tira de mis brazos hacia arriba y me los tuerce. Ahora puedo ver el frío y suave interior del cañón. El grito de Desmond resuena en mis oídos, y entonces lo apaga la explosión.
Todo se vuelve negro…
Ahora estoy flotando, pero no en mis recuerdos, sino en los suyos. Durante la lucha que sostuve con mi padre, los hombres aflojaron ligeramente su presa y, aprovechando la sorpresa producida por el estampido. Desmond se zafó de ellos. Me veo a mí misma, con los ojos muy abiertos por la conmoción y la boca abierta en un grito ahogado. La sangre escarlata brota de mi pecho, manchando el blanco de mi enagua desgarrada.
Desmond arrebata el arma a mi padre antes de que éste comprenda del todo lo que ha sucedido. Alza el arma e indica a los hombres que retrocedan. También él retrocede lentamente, hasta llegar a la pared de troncos. La puerta está en el otro extremo, un rectángulo más brillante en la habitación semiiluminada. Grietas y hendiduras permiten que se filtre débilmente la luz del sol.
Mi padre se mofa de él, diciéndole que sólo hay una bala en el revólver y no puede escapar. Desmond mira mi cuerpo inmóvil. Tengo los ojos abiertos, mirando el techo de madera con una expresión de horror petrificado. Mira a los seis hombres ante él, sus rostros que reflejan odio, desprecio y alarma. Alza el arma, se la aplica a la cabeza y dispara…
Todavía tengo los ojos abiertos y veo la telaraña, las grietas del techo. Estoy tendida en la cama de Anne-Marie. El colchón es desigual, nada cómodo, las mantas huelen a naftalina y sudor. Desmond está tendido a mi lado, los ojos brillantes semicerrados. Tengo la mano aterida. Trato de moverla y descubro que él aprieta con fuerza. No intento moverla de nuevo.
Ahora se agita, y desliza su mirada sobre mi cuerpo. Su rostro está relajado. Me pregunto cómo puede estar tan calmado. Recuerdo el terror que acabo de experimentar y el corazón me late velozmente. Él sonríe y se endereza.
Le pregunto si ha sido la droga y responde que sí. Los dos la habíamos tomado.
Pero ¿cómo?, le pregunto. Y él me explica que esperó hasta que la droga llegó a mi torrente sanguíneo, y entonces tomó un poco —un sorbo, por así decirlo— para compartirla conmigo.
Entonces no ha sido real. Pero debe serlo…
Me dice que ha sido real, en efecto. Así es como sucedió todo.
En ese caso, ¿qué vamos a hacer ahora?, le pregunto, todavía llena de emociones, con el amor recordado y transformado de un siglo atrás.
Él menea la cabeza. No lo sabe. Es bastante divertido, ¿verdad? Ha transcurrido tanto tiempo que ha olvidado por qué murió. Algunas de las emociones que experimentó antes ahora están muertas para él. No murieron de golpe, sino que se disolvieron lentamente con el tiempo. Recuerda los detalles con toda claridad, pero las motivaciones, el dolor, están amortiguados o han sido olvidados.
Se levanta. Si quiero, puedo acompañarle.
Sí, quiero. Noto un ligero vértigo cuando me levanto, pero desaparece en seguida. Tenía razón: apenas me ha extraído sangre. De todos modos, me estremezco. Hay un gran espejo en la pared, y mi figura se refleja al pasar por delante, pero no la suya. Sale de la habitación y le sigo.
Anne-Marie está en su tienda, fumando una pipa de hierbas aromáticas. Nos saluda moviendo ligeramente la cabeza, aunque no nos mira directamente, sino que su vista está centrada en algún punto más allá. Inhala profundamente. La nube de humo dulzón forma un dosel sobre su cabeza.
Salimos a la noche. El cielo está nublado y no brillan las estrellas. La única luz es la de las farolas y los neones parpadeantes que forman el nombre incompleto de un local de strip-tease.
Recorremos las calles en silencio. Antes de que me dé cuenta, hemos llegado al sitio donde tiene su hogar.
No entramos en ninguna de las habitaciones que conozco. Dice que tiene algo que enseñarme, y me conduce a otra habitación a lo largo del corredor.
Unas cortinas negras cubren toda la estancia. La alfombra también es negra, como la piel extendida sobre la cama enorme. La luz procede de unas gruesas velas colocadas en candelabros dorados, que son el único rasgo de color en la habitación. La luz se mantiene estable gracias al número de velas, y revela a una mujer sobre la cama.
Es una mujer negra, pero la palidez se enciende bajo su piel de ébano. Tiene los labios pintados de rojo, y la boca abierta revela unas encías pálidas. El denso maquillaje acentúa su inmovilidad cadavérica, haciendo una abstracción, una máscara de sus facciones anchas y simétricas. Hay dos heridas melladas y exangües en su garganta. Todavía respira, pero sé que no será por mucho tiempo.
Desmond confirma mis pensamientos y dice que no vivirá mucho. Otro cuarto de hora, quizá un poco más, y morirá, para levantarse y unirse a él más allá de la barrera de la muerte.
Estas palabras me hacen sentir una punzada de celos. ¿Por qué debe unírsele ella y no yo? Pero él no lo desea. Esa mujer no significa nada para Desmond, el cual no tiene necesidad de otros de su clase. Sin duda querría que él fuese su mentor en su extraño nuevo mundo, y él no tiene inclinación a serlo. Hay muy pocas personas con las que merezca la pena pasar la eternidad. La mayor parte de la humanidad está formada por pelmazos sin remedio.
Pero el problema de la mujer se resuelve en seguida. El pasa sus manos suavemente por la garganta cobriza, acariciando las heridas gemelas. El contacto hace que la moribunda se mueva un poco, pero no despierta. Entonces, con la misma suavidad, le rodea la garganta con las manos y de súbito la tuerce. Oigo un crujido agudo. La mujer deja de respirar sin abrir los ojos.
Sé que debería estar horrorizada, pero no siento más pesar por su muerte del que sentiría por una hormiga. Algo ha muerto ya en mi alma y no lamento el traspaso. Con qué rapidez lo impensable se hace plausible.
Él me mira con aprobación. No lo ha olvidado todo, pero no puede volver atrás. Eso debe estar claro, si hemos de compartir algo.
No tengo ninguna duda. Se ha convertido en el único propósito de mi vida. Nada más es importante.
Brown entra en la habitación, obedeciendo a una orden que Desmond no ha pronunciado. He captado una débil vibración de esa orden silenciosa, y eso me satisface. Ya empiezo a comprenderle, a cambiar.
Desmond le dice a Brown que se deshaga del cadáver. Entonces salimos de la habitación y seguimos el corredor hasta el final. Él abre la puerta y entramos.
La estancia sin ventanas es grande y está dominada por un ataúd adornado con unas tallas muy trabajadas. Las paredes están cubiertas de signos cabalísticos. Me explica que son encantamientos para mantener a raya a cualquier fuerza oculta indeseable. Aquí hay muchos que tienen poder, y algunos con motivos para usarlo contra él.
Acaricia amorosamente la madera del ataúd. Dice que no está exento de vanidad. ¿Me sorprende descubrir en él una emoción humana? Es posible que, a la postre, hallemos un punto de encuentro en nuestras mentes.
Estoy impaciente. Quiero terminar con mi vida anterior, unirme a la suya. Él rechaza mis súplicas y dice que la precipitación es siempre un error. Con el tiempo aprenderé una nueva perspectiva. Es preciso realizar con cuidado mi recreación, pues una vez concluida no pensaré de la misma manera que ahora. Ya he cambiado, pero no es suficiente. También las percepciones se alterarán, y cambiarán las reacciones y acciones. Si todo esto ha de hacerse, debe ser gradualmente.
Acepto su juicio, pero dudo de que sea muy sensato. Para él está muy bien hablar de cambios graduales… pero ¿cuánto durará eso? ¿Acaso recuerda la rapidez con que pueden pasar los años para quien debe morir como el resto de la humanidad?
No digo nada, pero él percibe la confusión de mi mente y lo toma como una prueba de que tiene razón, de que todavía no estoy preparada.
Salimos para andar en la noche. Él intenta explicarme algo de lo que ve. La mezcla de la oscuridad, la formación de nubes que completan la perfección, la intrusión de la luna que refleja la luz doliente del sol moribundo. Habla de sombra y sustancia, cambio, transición, muerte. Creo que veo algo de lo que hace, pero cuando lo he comprendido en su totalidad, se esfuma, desaparece con un centelleo.
Sólo algunos transeúntes nos adelantan por la calle, sin mirarnos. Desmond me dice que a veces ni siquiera pueden vernos, pues yo estoy bajo su aura y ésta bajo su voluntad.
Entonces le pregunto cómo llegó a adquirir ese estado. He visto las películas de Drácula y sé cómo se hace. Él se echa a reír; también las ha visto. Cogen un ángulo de la verdad y lo arrancan, dejando que escape el cuerpo principal. Pero no se equivocan en todo.
Él estuvo en Georgia poco antes de que terminara la guerra, junto con el resto de sus tropas diezmadas. No habían quedado muchos —unos diez— y siguiendo una orden ambigua se habían perdido en una región remota y silvestre. Llovió intensamente durante un día entero, y avanzaron tambaleándose sobre el musgo empapado, en busca de abrigo. La lluvia se filtraba entre los árboles y caía sobre ellos junto con fragmentos de ramas de hojas. El cielo rugía a lo lejos, iluminado de vez en cuando por los relámpagos. Habían seguido adelante, en busca de refugio del frío cortante, el aire húmedo e irrespirable, la oscuridad inminente.
Desmond no fue el primero en ver la casa destartalada, pero la aparición de ésta le alivió tanto como a los demás.
Un joven, apenas veinteañero, se acercó a la puerta y comprobó que se abría con facilidad. Entraron todos, encantados de haber encontrado un refugio.
La casa era bastante pequeña y no constaba más que de una sala, la cocina y un dormitorio. Uno de los hombres, Thompson, descubrió la bodega y se ofreció voluntario para registrarla, pensando que tal vez encontraría allí a los dueños de la casa, o comida. Mientras estaba ausente, los demás rompieron los pocos muebles desvencijados que quedaban y los utilizaron para encender fuego en la sucia chimenea.
Poco después regresó Thompson. No dijo gran cosa, pero las botellas de vino y la carne acecinada que habían encontrado hablaban por él. Mucho después, las botellas estaban casi vacías, la comida había desaparecido por completo y el poco dinero que le quedaba a cada uno habían vuelto a intercambiarlo en juegos de póquer, tras lo cual se echaron a dormir.
Mientras estuvo todavía vivo. Desmond nunca recordó lo que había sucedido a continuación, pero su cambio le devolvió la memoria. De las oscuras figuras había salido, silenciosa, irrespirable, una ausencia y un contrapunto de la vida. Se había quedado paralizado, incapaz de moverse o de ver, pero íntimamente consciente de su presencia a través del silencio. Sintió miedo, pero se le pasó.
Uno se cebó en su cuello, como una sanguijuela enorme. Recordó la sensación de perder la sangre, la debilidad, su entrega sin lucha y su aceptación —incluso su anhelo— de la conclusión.
Pero la conclusión no llegó. La criatura le dejó tan silenciosamente como había llegado. No vio su rostro pero percibió su mente… una insinuación rápida e impenetrable de poder, del rechazo/aceptación/realización/parodia de la vida…
Se había desvanecido, pero después de que su memoria hubiera revivido como lo hizo, fue capaz de reconstruir lo que siguió.
Las criaturas atacaron a todos los hombres excepto a dos. Ambos católicos romanos, llevaban sendos crucifijos colgados del cuello. Desmond nunca supo cómo y cuándo descubrieron la verdad, pero la presencia de la criatura que le había atacado desapareció de su mente al día siguiente. Destrozaron el viejo armario del dormitorio, el único mueble que no habían usado para hacer leña: era de madera dura, muy apropiada para formar estacas.
Dos hombres de la compañía murieron al día siguiente y quemaron sus cuerpos.
Desmond finaliza su narración bruscamente y le miro fascinada. Su mirada es intensa, arrobada, distante, y los ojos le brillan como cristal. Creo que ya ni siquiera ve la calle. Murmura algo acerca de una curiosidad sobre sus hermanos en Georgia.
Le pregunto si ha ido allí alguna vez para aprender más.
De pronto vuelve en sí, y sus ojos sufren un cambio al mirarme. Me dice que no, nunca ha ido allí. Por alguna razón, nunca se sintió interesado.
Le observo atentamente. ¿Es posible que no haya sentido curiosidad? No, no puede ser… ha mostrado interés por otras cosas… pero no puedo recordar…
Entonces cambio de tema y le digo que lo que vieron respecto a la cruz es, pues, verdadero. Los vampiros temen los objetos sagrados.
Él mueve negativamente la cabeza. Eso no siempre es cierto y no les ocurre a todos. La individualidad persiste, aunque de una manera alterada. La leyenda se funde con la verdad y uno hace caso omiso de aquello por lo que otro se gobierna. No sabe por qué, pero así es.
Le pido que me lo demuestre. Quiero ver a Drácula destronado, quiero una prueba de que lo que se afirma en las películas es mentira.
Él sonríe, con una sonrisa sesgada, indulgente, levemente condescendiente. ¿Qué necesidad tiene de demostrar nada? Sin embargo, puede resultar divertido.
Caminamos durante largo rato a través de la marea de calles y edificios cambiantes. La vieja iglesia se alza ante nosotros, con su campanario puntiagudo. Es una iglesia católica. La puerta está cerrada, pero a Desmond no le preocupa, pues pasa por las ranuras de la madera como si fuera humo. Un instante después la puerta se abre. Él está en el interior oscuro, haciéndome señas para que entre.
Le obedezco. No hay más luz que la de unas velas que parpadean tenuemente en sus palmatorias de vidrio rojo. Un santo de yeso nos observa imperturbable por encima de las velas. Desmond sumerge la mano en la pila de agua bendita y deja caer al suelo algunas gotas. Me tiende la mano para que la mire. No ha cambiado, la carne ni se ha fundido ni quemado.
Por si no estoy lo bastante convencida, deambula por la nave e incluso se acerca al altar. Con su atuendo negro parece un sacerdote. Toca la cruz, sonriente, y no le fulmina ningún rayo ni se derrumba convertido en un montón de ceniza.
Es un sitio como otro cualquiera, concluye, y nos marchamos.
Pero en ese caso, ¿por qué todos esos vampiros temen la cruz? No lo comprendo.
Piensa en ello un momento y luego habla con su voz baja, convincente, que fluye como las corrientes de un río profundo. Ha oído hablar de situaciones en las que la gente cree que morirá, y muere, en efecto, aunque no hay ninguna razón aparente. Tal vez sea eso lo que sucedió en este caso. Quizá baste con la creencia.
Pero sigo sin comprender. No entiendo cómo ha llegado a adquirir ese estado.
Me explica que estaba contaminado y que el suicidio realzó su mancha. Me recuerda que los suicidas son malditos, y sonríe, mostrando sus dientes blancos, relucientes.
La luz tiñe levemente el cielo. El alba aún está lejana, pero él ya se retira en sí mismo. Me dice que vuelva a casa, que volveré a verle pronto.
Le veo alejarse por la calle, una sombra envuelta en sombras, hasta que desaparece y la calle queda vacía. Quiero llorar, pero descubro que no tengo lágrimas.
Mi padre quiere saber dónde he pasado toda la noche, pero no se lo digo. Miento, arguyendo una fiesta, pero no está convencido. Sus ojos me siguen, con una expresión decepcionada. El rostro de Malinda refleja su desaprobación. Es evidente que mi hermana ha cambiado. Antes no habría pensado dos veces en mi conducta. Supongo que se debe a la influencia de John Arnold. No me importa.
Llevo mucho tiempo en pie y he vivido dos vidas en las últimas horas, pero no estoy cansada. No puedo quedarme quieta y descansar, por lo que salgo de nuevo y echo a andar, hasta que es la hora de ir a la oficina. Sue Ellen comenta mi nuevo aspecto, mi nueva actitud. Dice que tengo estrellas en los ojos, y se pregunta si he encontrado un nuevo hombre.
Confirmo su suposición, creyendo que estoy bastante segura. Le digo que no puedo hablar de él, lo cual da a entender que es un hombre casado. Eso es suficiente. Ella puede aceptar una aventura clandestina sin molestarme con sermones.
Durante las semanas siguientes veo a Desmond varias veces. En cada ocasión absorbe una pequeña cantidad de mi sangre. Quiere que me acostumbre gradualmente a la oscuridad, a ver como él lo hace, pues de lo contrario todo será inútil: la conmoción será excesiva. Un nuevo vampiro puede ser muy alocado.
Lo acepto, pues percibo el cambio gradual en mi interior. El sol es demasiado brillante para mí, y ahora me quema la piel, aunque lo tome a pequeñas dosis. Llevo siempre gafas de sol, voy muy tapada y escondo las manos en los bolsillos. Estamos en invierno, pero es muy suave. Sue Ellen comenta estos hábitos míos. Le digo que debo de tener la sangre muy ligera, puesto que el frío me molesta de veras. Me alegro de que no estemos en verano. ¿Qué haría entonces? Ella menciona mi palidez y sugiere que vaya a ver al médico. Murmuro algo vago, evasivo.
El tiempo parece moverse más lentamente, y luego aumenta su rapidez, o bien tengo la sensación de vivir en un sueño, como una cinta elástica extendida hasta su límite y soltada una y otra vez. Pierde su velocidad acostumbrada. Pierdo la noción de las fechas, luego de los días. Malinda tiene que despertarme más de una vez para que vaya a trabajar en un día que me había parecido sábado.
Malinda ve a John Arnold con mucha frecuencia. Algunas noches, éste viene a nuestro apartamento con otras personas, y sostienen discusiones teológicas y llevan a cabo sesiones espiritistas. Al principio mi padre no está interesado, pero oye inevitablemente lo que dicen, y al cabo de un tiempo empieza a participar, hasta que llega a compartir el entusiasmo de Malinda. Se reparten los folletos y en su tiempo libre van a distribuirlos a los clientes de los supermercados o los espectadores que hacen cola ante los teatros.
Intentan atraerme a su grupo, y rehúso cortésmente. No estoy interesada.
Hablan mucho de la salvación, de atestiguar ante otros. En los ojos de Malinda hay un brillo nuevo. Ya no usa tanto maquillaje como antes. Su vitalidad no ha cambiado, sólo está dirigida de una manera diferente. Ella desea que yo también pudiera experimentar esto, y reza por mí a diario.
Estamos en febrero. El tiempo transcurre sin transición. Ahora me resulta muy difícil soportar la luz. Empiezo a llevarme la comida a la oficina, a fin de no tener que salir cuando los rayos del sol son más potentes. Cada vez llevo un grueso libro. Le explico a Sue Ellen que tengo que ponerme al día de lecturas, y cada mediodía abro el tomo y observo las palabras como insectos negros que danzan ante mis ojos nublados. Entonces Sue Ellen se va a almorzar y no se da cuenta. Paso las páginas como si leyera de verdad, pero no me entero de nada. Los papeles que he de leer mientras trabajo me queman los ojos: no puedo seguir haciéndolo.
Este nuevo orden de cosas se vuelve rápidamente natural.
Sé que Malinda está preocupada por mí, pero no tengo la energía suficiente para tranquilizarla. Cierta vez el cuello alto de mi blusa se desliza un poco y ve las marcas en mi cuello. Inmediatamente quiere saber cuál es la causa. Me reprendo por mi propia torpeza y digo que se me rompió un collar muy ceñido, produciéndome unos cortes. Ella menciona el tétanos y dice que he de ir al médico. Estoy harta de esas sugerencias, pero le digo que así lo haré. Uno o dos días después le miento, diciéndole que he ido al médico durante la hora del almuerzo; en la oficina me dieron tiempo libre. Tuve que estar largo rato en la sala de espera. Es preciso hacer algo para solucionar eso… se trata simplemente de ajustar el horario como es debido. Ese comentario me complace mucho, pues parece muy natural, y da pie a mi hermana para que empiece a hablar de largas esperas de médicos que nunca llegaron.
La interrumpo para decirle que, según el médico, estoy bien: tan sólo necesito unas vitaminas. Compro varios frascos y las tomo cuando me acuerdo. Ella parece satisfecha con eso, pero una o dos veces observo que frunce un poco el ceño cuando me mira y cree que no me doy cuenta. Supongo que se preocupa por mi alma.
El anhelo y la impaciencia vuelven a apoderarse de mí. El tiempo parece haberse hecho indefinidamente lento, la cinta se ha extendido mucho más allá de sus límites. Dudo de que alguna vez estaré realmente con Desmond.
Vuelve la oscuridad y puedo respirar de nuevo. Estoy junto a la ventana, disfrutando del aire fresco de la noche. Malinda ha apagado el televisor y está a mi lado. Puedo oírle hablar, pero no quiero responderle… Alguien mucho más importante está ahí afuera en la noche… Sin duda me llama, me necesita…
Nadie responde a mi llamada, salvo Malinda, la cual me coge de los hombros, obligándome a mirarla cara a cara. Su expresión es severa y preocupada, pero no me importa, y no le respondo cuando me pregunta qué me ocurre, quién es Desmond. Sus palabras carecen de sentido, lo mismo que ella. Tengo que marcharme, tengo que…
Sé que me observa cuando me marcho. Que haga lo que quiera. Tengo la seguridad de que nunca volveré, y no me importará lo que ella piense o sienta. Sí, después de esta noche…