Horror 3
Prólogo
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Prólogo
En 1978, al final de la Convención Británica de Literatura Fantástica, Nick Webb, entonces director literario de la editorial Pan Books, me propuso esta obra. La ciudad de Birmingham, en un domingo a la hora del almuerzo, es un desierto de hormigón y restaurantes desiertos. ¿Qué mejor lugar para hablar sobre un libro de terrores contemporáneos? En el hotel, los asistentes a la convención escuchaban una conferencia sobre Tolkien, pero nosotros mordisqueábamos hamburguesas e imaginábamos un libro en el que aparecieran los maestros actuales del terror, tanto famosos como en camino de serlo. La empresa fue dificultosa, pero el lector tiene en sus manos el resultado.
¿Por qué se siguen leyendo relatos de terror? Ésta es probablemente la pregunta más difícil de responder de todas cuantas pueden plantearse sobre este género, pues suele implicar dos cosas, a saber: que los psicólogos han exorcizado nuestros terrores o que la «realidad» (la guerra nuclear y postnuclear, el terrorismo, etcétera) es tan inquietante, que el relato de terror resulta una redundancia. Creo que este libro es en sí mismo una respuesta, pero la mía personal sería la siguiente: algunos de los relatos, con sus visiones y alegorías morales, tratan de cosas que son necesariamente inexplicables, mientras que los relatos más abiertamente terroríficos se ocupan de temores y obsesiones (los cuales, sin duda, la ciencia no ha disipado, y no sólo eso, sino que incluso ha creado algunos de ellos) en una forma lo bastante metafórica para que enfrentarse a ellos sea soportable. Naturalmente, incluyen nuestra propia fascinación por el horror. Los autores de este campo exponen el lado oscuro de la imaginación y, al mismo tiempo, mantienen a ésta viva. Creo que esa circunstancia jamás ha sido tan importante como lo es en la actualidad.
Una ojeada a la evolución del género nos revela pronto que no queda ningún tabú en este campo. Desde la década de 1970, los límites de lo que era posible publicar se han ampliado de un modo espectacular, y quizá siguen ampliándose. Pero el relato de terror, incluso más que la ciencia ficción, se aferró a sus tabúes tanto como le fue posible. Esto puede tener diversas razones: los aficionados al género tienen gustos conservadores y quieren estar seguros de que no les van a fastidiar demasiado (en el nivel más bajo, a los lectores —yo no les llamaría aficionados— les gusta su sadismo siempre que no se vean obligados a enfrentarse a la naturaleza del mismo); el relato de terror ha tendido a tratar metafóricamente con los temas tabú (por ejemplo, todas las historias de vampiros, incesto y endogamia en las obras de Lovecraft y La caída de la casa Usher, de Poe, la enfermedad venérea en El polvo blanco, la sexualidad infantil en El exorcista, obra en la que implica que debe de ser obra del diablo); el cuento de terror se ocupa obsesivamente de la muerte, el mayor y quizá el último de todos los tabúes, y quizá no haya tenido espacio para incorporar otros. Con todo, ahora que los tabúes están de capa caída, el género, lejos de desintegrarse, se está expandiendo. Los terrores son más claros, pero raras veces se les da explicaciones satisfactorias. En conjunto, el relato de terror sondea a más profundidad de lo que había intentado jamás.
Y ahora el libro debe hablar por sí mismo. Para que el lector saboree mejor los relatos, sólo le pediría que lea cada uno de un tirón. Escribir obras de imaginación es, entre otras cosas, la sensación de estar a solas en una habitación con una pluma o una máquina de escribir y papel; leerla, sobre todo cuando se lee esta clase de literatura, debería incorporar también la sensación de estar a solas con el relato. Este libro reúne a veintiún escritores que le llevarán a la oscuridad de sus imaginaciones y la de usted.
RAMSEY CAMPBELL
Liverpool, Inglaterra
Enero de 1985