Horror 3
Norias: un relato sobre el juego de la lavandería
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Norias: un relato sobre el juego de la lavandería
STEPHEN KING
Stephen King nació en 1946 en Maine, y parece pintado para que le pregunten: «¿Qué hace un buen chico como tú metido en historias como éstas?», pero imagino que a estas alturas debe de estar harto de que le hagan esa clase de preguntas. (Una respuesta podría ser que un autor de relatos de horror puede ser más sincero acerca de su subconsciente que la inmensa mayoría, y quizá sufrir menos por ello). Forma parte del pequeño grupo de escritores que demuestran que los best-sellers de horror no tienen por qué ser infraliteratura. Sus novelas se ocupan del lado oscuro de lo cotidiano: la aventura del patito feo (Carrie), la épica de la pequeña población americana (Salem’s Lot), la última oportunidad del alcohólico (The Shinning), la novela postapocalíptica (The Stand). Sus relatos cortos son dignos de Richard Matheson, a quien admira pero a quien iguala más que imita. Están recogidos en Night Shift, una colección tan satisfactoria que incluso le perdono por usar el título que me proponía utilizar, y Skeleton Crew. Vive en Maine con su esposa Tabitha y sus tres hijos.
Éste es el más extraño de sus relatos.
Borrachos como los últimos señores de la creación, Rocky y Leo recorrían lentamente las calles de Crescent en el Chrysler de Rocky, un modelo del año cincuenta y siete. Entre ellos, colocada en equilibrio, con el descuido de los beodos, sobre la joroba monstruosa del eje del vehículo, había una caja de cerveza Kleinblatt. Era la segunda caja de la velada, que había comenzado a las cuatro de la tarde, la hora de marcar la ficha en el trabajo.
—Me cago en diez —dijo Rocky, deteniéndose ante el semáforo en rojo en el cruce de la calle Mason y la carretera 99. No miró a los lados, pero echó un furtivo vistazo hacia atrás. Una lata de cerveza semivacía reposaba entre sus muslos. Tomó un trago y giró a la izquierda, tomando la carretera 99. El Chrysler emitió un fuerte chirrido al iniciar la marcha en segunda velocidad; había perdido la primera un par de meses atrás, en agosto—. ¿Qué hora es?
Leo acercó el reloj a la punta de su cigarrillo y aspiró varias veces hasta que la lumbre le permitió ver la hora.
—Casi las ocho.
—Me cago en diez —dijo Rocky.
Pasaron una señal que decía: HARTFORD 44.
—Nadie va a inspeccionar esto —dijo Leo—. Nadie en su sano juicio va a inspeccionar esto.
—Me cago en diez —repitió Rocky, al tiempo que colocaba la tercera.
El mecanismo gruñó y las entrañas del vehículo se estremecieron.
Pasó el espasmo, como el acceso de tos de un tuberculoso, y la aguja del velocímetro ascendió cansina hasta ochenta y permaneció allí precariamente.
Cuando llegaron al cruce de la carretera 99 y la de Devon (la cual corría paralela al río del mismo nombre, que constituía el límite entre los municipios de Crescent y Devon a lo largo de unos doce kilómetros), Rocky giró más o menos al azar. Así, al azar, estaban conduciendo desde que salieron del trabajo. Era el 31 de octubre de 1969, y según la pegatina de inspección en el parabrisas del Chrysler, a media noche el vehículo no podría seguir circulando legalmente, salvo que Dios o la bomba atómica dejaran todas las leyes sin efecto. Rocky estaba demasiado borracho para imaginar ninguna de las dos cosas, y a Leo no le importaba. Aquél no era su coche y, además, su cerebro estaba completamente momificado bajo una mortaja de cerveza Kleinblatt.
La carretera de Devon se deslizaba a través del único paraje boscoso de Crescent, y grandes grupos de olmos y robles se apiñaban a ambos lados, desnudos y esqueléticos al final del otoño de Connecticut. Aquella zona se conocía como El Bosque de Devon, y había adquirido las mayúsculas tras la tortura y el asesinato de una joven y su novio que tuvo lugar en 1958 en aquella espesura. La pareja estaba dentro de un Mercury del año cuarenta y nueve, un coche con tapicería de cuero auténtico y un gran adorno cromado en el capó, y encontraron a los ocupantes en la guantera, en el asiento delantero, en el trasero y en el portaequipajes. Sobre todo en ese último compartimiento.
—Ojalá este cacharro no se nos clave por aquí —dijo Rocky—. Estamos a doscientos kilómetros de cualquier parte.
—Chorradas —replicó Leo, utilizando una de las últimas gemas incorporadas a su vocabulario—. Por ahí está el pueblo.
Rocky suspiró y tomó un trago de cerveza. El pueblo era un débil resplandor en el cercano horizonte, brillo procedente del nuevo centro comercial. Mientras lo miraba, Rocky acercó el coche a la izquierda de la carretera y estuvo a punto de rebasar el borde de la cuneta. Un golpe de volante corrigió el desvío. Leo soltó un eructo.
Trabajaban juntos en la lavandería Adams desde septiembre, cuando contrataron a Leo como ayudante de Rocky en la sala de coladas. Leo era un individuo de veintidós años, menudo, con rasgos de roedor, y afirmaba que estaba ahorrando veinte dólares de su paga semanal para comprarse una moto Indian de segunda mano, que utilizaría para irse a Arizona el próximo invierno. Había tenido otros dieciséis empleos desde que, al llegar a la edad mínima de dieciséis años, el mundo académico y él rompieron sus relaciones. Le gustaba bastante la lavandería. Rocky le enseñaba a lavar, y estaba convencido de que el oficio le sería de utilidad cuando llegara a Flagstaff.
Rocky era un veterano y llevaba catorce años en la lavandería. Sus manos, ahora aferradas al volante, lo demostraban con su aspecto blancuzco, espectral. Estuvo en la cárcel en 1960, por llevar un arma sin el correspondiente permiso. Su esposa, entonces embarazada de su tercer, hijo, declaró: 1) que el hijo no era suyo, sino de ella y el lechero, y 2) que quería el divorcio basándose en la crueldad mental de su marido.
¡El lechero, nada menos, por el amor de Dios! ¡El lechero! Hasta para Rocky, cuyas lecturas nunca habían pasado de la viñeta en el envoltorio de la goma de mascar que consumía infatigablemente mientras trabajaba, la situación tenía sonoras notas clásicas.
Como resultado, y a su debido tiempo, informó a su esposa de dos hechos: 1) nada de divorcio, y 2) iba a abrir un boquete enorme en la barriga de Spider Milligan. Tenía una pistola del calibre .32, adquirida poco después de la segunda guerra mundial, que usaba para disparar contra botellas, latas y chuchos. Aquella tarde salió de su casa en dirección a la calle del Roble, donde tenía su guarida Spider Milligan, en una pensión para caballeros solteros. Le cogía de paso la taberna de Las Cuatro Esquinas, y entró en ella para tomarse ocho o diez cervezas. Entretanto, su esposa había telefoneado a los polis, y le estaban esperando en la esquina de la calle del Roble. Le arrestaron por ocultar un arma de fuego y pasó siete meses en la cárcel del condado. Durante este período el divorcio prosperó, con la habilidad con que la manteca de cerdo se desliza a través de un pollo, y su esposa vivía con Spider Milligan en una casa de la calle Dakin, en cuyo jardín había un flamenco rosado. Tenían un bebé de cuatro meses, que por todos los indicios parecía tan insulso como su padre, además de las dos niñas. Disponían también de una pensión de sesenta dólares al mes, que probablemente era muy bien recibida, pues una semana después de la boda Spider perdió su empleo en la Central Lechera Oak Hill, y no mostró signos de tener prisa para encontrar otro trabajo.
—Hijo de puta —dijo Leo—. ¿Por qué no nos paramos para beber tranquilamente?
—Necesito la pegatina de la inspección —dijo Rocky—. Un hombre no es nada sin su coche.
—Nadie en su sano juicio va a inspeccionar este trasto. No tiene intermitentes.
—Se encienden si piso el freno al mismo tiempo.
—La ventanilla de este lado está rota.
—La bajaré.
—Eso, a cuatro grados y medio de temperatura y andas por ahí con la ventanilla abierta. ¿Quién se lo va a tragar?
—La bajaré cada vez que me salga de las narices —dijo fríamente Rocky.
Arrojó la lata vacía por la ventanilla y cogió otra, tiró de la anilla y la espuma brotó de la abertura.
—Ojalá tuviera mujer —dijo Leo, mirando hacia la oscuridad, con una extraña sonrisa en los labios.
—Si la tuvieras, nunca te irías al oeste. ¿No me dijiste que querías irte al oeste?
—Sí, allá voy.
—Nunca te irás. No tardarás en tener una mujer, y luego tendrás que pasarle una pensión. Las mujeres siempre acaban obligándote a pasarles una pensión. Los coches son mejores.
—Pero debe de ser bastante duro tirarte a un coche.
Rocky soltó una risita.
—Te llevarías una sorpresa.
La vegetación disminuyó a medida que se aproximaban más casas. Las luces parpadeaban a la izquierda, y Rocky pisó el freno de repente: las luces de freno, las de estacionamiento y las de giro se encendieron a la vez. Había hecho un buen trabajo manipulando los cables. Leo sufrió una sacudida y derramó cerveza en el asiento.
—¿Eh? ¿Qué pasa?
—Hemos tenido suerte —dijo Rocky—. Conozco a ese tipo.
A la izquierda de la carretera se alzaba una desvencijada estación de servicio. El letrero decía:
BOB’S ESTACIÓN SERVICIO
BOB DRISCOLL, PROPIETARIO
ESPECIALISTAS EN ALINEAMIENTO
Y la última línea:
PUESTO ESTATAL DE INSPECCIÓN DE VEHÍCULOS N.° 72
—Nadie en su sano juicio… —empezó a decir Leo.
—¡Yo y Bobby Driscoll fuimos juntos a la escuela! —exclamó Rocky—. ¡Esto está hecho, puedes apostar el pellejo!
Los faros del coche iluminaron la puerta abierta del taller contiguo a la estación de servicio. Rocky entró la marcha y el vehículo avanzó con un rugido… Un individuo de hombros caídos, enfundado en un mono verde, salió corriendo, haciendo gestos frenéticos para que el Chrysler se detuviera.
—¡Ése es Bob! —gritó Rocky—. ¡Eh, Bobby!
Un instante después toparon con la pared del taller. El carburador produjo una serie atroz y espasmódica de eructos. Una llamita amarilla apareció en la boca del caído tubo de escape, seguida de una nubecilla de humo azulado. El motor se caló, Leo sufrió otra sacudida y derramó más cerveza. Rocky hizo girar de nuevo la llave de contacto y retrocedió, dispuesto a intentarlo de nuevo.
Bob Driscoll corrió hacia ellos, dirigiéndoles una retahíla de insultos.
—… qué diablos creen que están haciendo, malditos hijos de…
—¡Bobby! —exclamó Rocky, con un placer casi orgásmico—. ¡Eh, «Calcetines Tiesos»! ¿Qué te cuentas, macho?
Bob escudriñó a través de la ventanilla. Su rostro estaba contorsionado y tenía una expresión de fatiga, casi oculto bajo la visera de una grasienta gorra deportiva.
—¿Quién me ha llamado «Calcetines Tiesos»?
—¡Yo! —gritó Rocky—. ¡Soy yo, tu viejo camarada! ¿No te acuerdas de mí?
—¿Quién diablos…?
—¡Johnny Rockwell!
—¿Rocky? —preguntó el hombre con cautela.
—¡El mismo, hijo de la grandísima…!
—Cielos. —Poco a poco, una renuente expresión placentera fue aflorando al rostro de Bob—. No te había visto desde… Por lo menos desde el partido contra los Gatos Monteses…
—Y vaya partidazo, ¿eh?
Rocky se dio una palmada en el muslo, derramando cerveza en el asiento. Leo soltó un eructo.
—Ya lo creo. La única vez que ganó nuestra clase. Oye, Rocky, te has dado un buen trastazo contra la pared. ¿Qué…?
—¡Ah, «Calcetines Tiesos», eres el mismo de siempre! No has cambiado ni un pelo. —Tardíamente echó un vistazo para ver si eso era cierto. A juzgar por lo que dejaba entrever la visera, parecía que el viejo «Calcetines Tiesos» se había vuelto casi del todo calvo—. El mismo hombre de una sola pieza. ¿Al final te casaste con Marcy Drew?
—Sí, nos casamos en el año sesenta. ¿Y tú dónde estabas?
—En la cárcel. Oye, ¿podrías inspeccionar este cacharro?
Bob volvió a mostrarse cauto.
—¿Te refieres a tu coche?
—No, a mi picha —dijo Rocky, con una risa aguda—. ¡Claro que se trata de mi coche! ¿Podrías hacerlo?
Bob abrió la boca para decir que no.
—Te presento a un amigo mío, Leo Brooks. Leo, éste es el único jugador de baloncesto de la escuela Crescent High que nunca se cambió los calcetines de entrenamiento en cuatro años.
—Mucho gusto —dijo Leo.
Rocky volvió a reírse.
—¿Quieres una cerveza? —le preguntó a «Calcetines Tiesos».
Bob abrió de nuevo la boca para decir que no.
—¡El mejor remedio para el dolor de tripa! —dijo Rocky, mientras abría una lata.
La cerveza, embravecida por la embestida contra la pared del taller, salió espumeante de la abertura y se deslizó por la muñeca de Rocky. Éste puso la lata en la mano de Bob y se apresuró a abrir otra para él.
—Rocky, cenamos a las…
—Sólo un momento, déjame hacer marcha atrás.
Rocky retrocedió, rozó una bomba de gasolina e introdujo el estremecido Chrysler en el taller. Al instante bajó del coche y estrechó la mano libre de Bob, el cual parecía perplejo. Leo estaba sentado en el coche, abriendo otra cerveza mientras soltaba ventosidades. La cerveza le hacía pedorrear mucho.
—¡Eh! —dijo Rocky, tambaleándose entre un montón de llantas oxidadas—. ¿Te acuerdas de Diana Rucklehouse?
—Claro —respondió Bob, sonriendo sin poder evitarlo—. Era la que tenía las…
Ahuecó las manos sobre el pecho.
—¡Ésa, ésa es! —aulló Rocky—. ¿Todavía está en el pueblo?
—Creo que se mudó a…
—Qué tipo tenía —le interrumpió Rocky—. Oye, puedes ponerle una pegatina de revisión a este cacharro, ¿no?
—Es que cerramos a…
—Me harías un gran favor, te estaría muy agradecido.
Leo eructó y miró fijamente el claxon del vehículo.
—Bueno, supongo que podría echarle un vistazo —cedió Bob.
Rocky le dio una palmada en la espalda.
—Claro que sí. El mismo «Calcetines Tiesos» de siempre.
—Sí. —Bob suspiró y tomó un trago de cerveza—. Has destrozado el parachoques, Rocky.
—Eso le da clase, y los coches necesitan un poco de clase. Eh, quiero que conozcas al chico que trabaja conmigo. Leo, éste es…
—Ya nos has presentado —dijo Bob, con una leve y abatida sonrisa.
—¿Cómo está usted? —dijo Leo, tanteando en busca de otra lata de cerveza.
Unas líneas plateadas empezaban a cruzar su campo de visión.
—… Bob Driscoll, el único jugador de baloncesto de la escuela Crescent High que nunca se cambió…
—¿Quieres enseñarme los faros, Rocky? —le preguntó Bob.
—Claro. Magníficos faros, con auténtica clase. Enchúfalos, Leo.
Leo puso en marcha el limpiaparabrisas.
—Esto funciona bien —dijo Bob pacientemente, y tomó un largo trago de cerveza—. ¿Qué me dices de las luces?
—Ha estado bebiendo, ¿sabes? —confió Bob a su viejo amigo—. ¡A la izquierda, Leo!
Leo encendió los faros.
—¿Las largas? —dijo Bob.
Leo buscó la palanca con un pie y conectó las luces largas.
—¿Las luces de señalización?
Leo sonrió furtivamente a Bob.
—Será mejor que lo haga yo —dijo Rocky, y se golpeó la cabeza al subir al coche para sentarse al volante—. Creo que este chico no se encuentra muy bien.
Pisó el freno y se encendieron los intermitentes.
—¿Es que no funcionan sin pisar el freno? —quiso saber Bob.
—¿Dice en alguna parte que hayan de hacerlo? —replicó Rocky astutamente.
Bob suspiró. Su mujer tenía unos senos grandes y colgantes, y el cabello rubio, negro en las raíces. Los jueves por la noche, cuando llegaba a la estación de servicio en busca del dinero que se gastaba en el bingo, solía tener la cabeza llena de rulos verdes bajo un pañuelo de gasa del mismo color, lo cual le daba el aspecto de un receptor de radio AM/FM futurista. Una vez, cerca de las tres de la madrugada, él se despertó y miró el rostro inerte y blanquecino de su mujer, a la luz espectral de la farola que estaba bajo la ventana del dormitorio. Entonces pensó en lo fácil que podría ser… Bastaría inmovilizarla aplicándole una rodilla en el abdomen, cerrar las manos alrededor de su cuello y apretar… Qué fácil sería cortarla en pequeños fragmentos y tal vez enviarlos por correo a algún lugar lejano… Robert Driscoll, Lista de correos, Lima, Perú. Podría hacerse. Bien sabía Dios que se había hecho en el pasado.
—No, no lo dice en ningún sitio —replicó, y engulló el resto de la cerveza.
En el taller hacía calor y aún no había cenado. Notó que el alcohol empezaba a afectarle.
—¡Eh, «Calcetines Tiesos» se ha quedado seco! —dijo Rocky—. Anda, Leo, dale otra lata.
—No, Rocky, yo, la verdad…
Leo, que no veía muy bien, dio por fin con otra cerveza y se la entregó a Rocky, y éste se la pasó a Bob, cuyos reparos se extinguieron en cuanto tuvo la fría realidad de la lata en la mano. Rocky la abrió. Leo repitió su pedorreo para cerrar la transacción.
Los tres bebieron en silencio durante un momento.
—¿Funciona el claxon? —preguntó «Calcetines Tiesos», en tono de disculpa.
—Claro —le aseguró Rocky. Apretó el claxon y se oyó un ligero pitido—. Pero la batería está un poco baja.
Siguieron bebiendo en silencio.
—Esa maldita rata era grande como un perro —dijo Leo.
—El chico tiene una trompa de campeonato —confió Rocky a Bob.
Bob reflexionó en esto y se limitó a decir que sí.
Esta actitud hizo que Rocky se desternillara de risa, y la cerveza que le llenaba la boca gorgoteó; un poco de líquido le salió por la nariz, y esto hizo reír a Bob, cosa que satisfizo a Rocky, porque sin duda Bob había sido la encarnación de la tristeza cuando llegaron al taller.
Nuevo silencio mientras trasegaban cerveza.
—Diana Rucklehouse —dijo Bob meditativamente.
Rocky soltó una risita disimulada, pero Bob rió sin ambages. Volvió a ahuecar las manos por encima del pecho. Entonces Rocky estalló en una carcajada e hizo el mismo gesto pero colocando las manos más separadas del pecho. Bob se carcajeó.
—¿Recuerdas aquella foto de Rita Hayworth que Tinker Johnson pegó en el tablero de anuncios de la vieja Freemantle?
Rocky aulló.
—Y puso aquellas fotos grandes de chicas…
—A la vieja casi le dio un ataque cuando lo vio —le interrumpió Bob.
Leo soltó un pedo.
—Vosotros dos podéis reíros.
Bob le miró parpadeando.
—¿Cómo?
—Reíros —dijo Leo—. Vosotros dos podéis reíros. No tenéis agujeros en la espalda.
—¿Qué?
—No le hagas caso —dijo Rocky, preocupado—. El chico está como una cuba.
—¿Tienes un agujero en la espalda? —preguntó Bob a Leo.
—La lavandería —replicó Leo, sonriendo—. Tenemos esas lavadoras gigantes, ¿sabes? Pero las llamamos norias. Son las norias de la lavandería. Yo las empujo, las cargo con la ropa sucia, saco la ropa limpia… Ese soy yo. —Miró a Bob con insensata confianza—. Tengo un agujero en la espalda.
—¿Ah, sí?
Bob miraba a Leo con fascinación. Rocky se movió, inquieto.
—Hay un agujero en el techo —dijo Leo—. Precisamente encima de la tercera noria. Son redondas y por eso las llamamos norias. Cuando llueve entra el agua, no para de gotear…, y me alcanza la espalda. Ahora tengo un agujero ahí, de este tamaño. —Trazó un círculo con una mano—. ¿Quieres verlo?
—¡No quiero verlo! —chilló Rocky—. ¡Estamos hablando de los viejos tiempos y no hay ningún agujero en tu jodida espalda!
—Quiero verlo —dijo Bob.
—Son redondas, por eso las llamamos lavanderías —dijo Leo.
Rocky sonrió y dio una palmada en el hombro de Leo.
—Anda, muchacho, dame una cerveza.
Leo le obedeció.
Una hora después no quedaba ninguna lata en la caja de cerveza, y Rocky envió al tambaleante Leo en busca de otra caja al pequeño garito de Pauline. Leo tenía ya los ojos rojizos como los de un hurón, y llevaba los faldones de la camisa por fuera del pantalón. Con una concentración de miope trataba de sacar el paquete de Camel de la manga arremangada de su camisa. Bob estaba en el lavabo, orinando y cantando el himno de la escuela.
—No quiero ir ahí —musitó Leo, y dio media vuelta, haciendo eses y empeñado todavía en sacar los cigarrillos—. Está demasiado oscuro y hace frío.
—¿Quieres la pegatina de revisión o no? —le susurró Rocky, quien había empezado a ver cosas raras, como un bicho enorme envuelto en telarañas, en el rincón.
Leo le miró con sus ojos escarlata de borracho.
—No es mi coche —dijo astutamente.
—De todas maneras, no vas a montar más en él si no traes esa cerveza. —Rocky tuvo un acceso de hipo y miró temeroso el bicho muerto en el rincón—. Por Dios que no montas más.
—Vale, vale —dijo Leo con voz lastimosa.
Fue en busca de la cerveza; en el trayecto de ida se salió dos veces de la carretera, y en el de regreso una sola vez. Cuando por fin llegó al cálido taller, Rocky y Bob cantaban a dúo el himno de la escuela. De alguna manera, Bob se las había arreglado para levantar el Chrysler con el elevador, y estaba debajo, escudriñando el oxidado sistema de escape.
—Veo algunos agujeros en la tubería —comentó.
—Ahí no hay ninguna tubería —replicó Rocky, y ambos encontraron esto desternillante.
—¡Aquí está la cerveza! —anunció Leo.
Dejó la caja en el suelo, se sentó en una llanta y casi de inmediato empezó a dormitar. Se había bebido tres latas por el camino, para aligerar la carga.
Rocky le dio una lata a Bob y cogió otra para él.
—¿Hacemos una carrera? —le preguntó—. ¿Como en los buenos tiempos?
—De acuerdo —dijo Bob, con una sonrisa tensa.
Mentalmente se veía en la carlinga de un Fórmula Uno aerodinámico y pegado al suelo, una mano apoyada con gesto presumido en el volante, mientras esperaba que el banderín verde le diera la salida, y tocando con la otra mano su amuleto de la suerte… el adorno del capó de un viejo Mercury del año cuarenta y nueve. Se había olvidado de la tubería de Rocky y de su inexpresiva esposa, con sus rulos transistorizados.
Abrieron las latas y bebieron el contenido sin hacer una sola pausa; ambos las tiraron al suelo de cemento manchado de grasa y alzaron los dedos al mismo tiempo. Sus eructos resonaron en las paredes como disparos de rifle.
—Igual que en los viejos tiempos —dijo Bob, en tono melancólico—. Pero no hay duda de que las cosas cambian, ¿verdad?
—Ya lo creo —dijo Rocky. Se rebanó los sesos en busca de un pensamiento luminoso y lo encontró—. Cada día nos hacemos más viejos, amigo.
«Calcetines Tiesos» suspiró y eructó de nuevo. Leo, en el rincón, se tiró un pedo y empezó a tararear Bájate de mi nube.
—¿Qué, probamos otra vez? —preguntó Rocky, ofreciendo a Bob otra cerveza.
—Yo también —dijo Bob—. A mí me ocurre lo mismo, Rocky, muchacho.
A media noche habían dado buena cuenta de la caja que Leo había ido a buscar, y la nueva pegatina de inspección estaba colocada en un ángulo algo desviado a la izquierda del parabrisas del Chrysler. El mismo Rocky anotó los datos pertinentes, trabajando con mucho cuidado, porque veía triple. Leo dormitaba en el rincón con la boca abierta. El bicho envuelto en telarañas seguía en el otro rincón. Rocky estaba moralmente seguro de que el bicho era una alucinación, pero no corría riesgos y se mantenía apartado. Bob estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, una lata semivacía de cerveza delante de él, con la mirada perdida.
—Bueno, Bobby, me has salvado la vida —dijo Rocky, y golpeó a Leo en las costillas para despertarle.
Leo gruñó y soltó un bufido. Entreabrió los ojos, los cerró y volvió a abrirlos cuando Rocky le golpeó otra vez.
—¿Aún no hemos llegado a casa? —murmuró.
Rocky cogió a Leo por una axila, rodeó el Chrysler y le metió dentro.
—Tómalo con calma, Bob —gritó alegremente a su viejo amigo—. Otra vez pasaremos por aquí y volveremos a hacerlo.
—Aquéllos sí que fueron buenos tiempos —dijo Bob, con los ojos súbitamente llenos de lágrimas—. Desde entonces todo va de mal en peor.
—Es verdad —dijo Rocky—. Tómalo con calma, amigo. Todo se arreglará…
—Mi mujer me lo hace pasar muy mal en la cama —dijo Bob.
Pero sus palabras quedaron eclipsadas por el carraspeo del motor del Chrysler, al que le fallaba el encendido. Se puso en pie y contempló el retroceso del vehículo, que arrancó un poco de madera del lado izquierdo de la puerta.
Leo se asomó a la ventanilla, sonriendo como un idiota bendito.
—Pásate algún día por la lavandería, flacucho, y te enseñaré el agujero de la espalda. Y también mis norias. Verás…
El brazo de Rocky salió de la oscuridad como un gancho de vodevil y tiró de Leo hacia la penumbra.
—¡Adiós, amigo! —gritó Rocky.
El Chrysler emprendió un alocado slalom alrededor de las tres islas que formaban las bombas de gasolina, y se adentró traqueteando en la noche. Bob lo contempló hasta que las luces traseras eran como luciérnagas, y regresó cansinamente al taller. Sobre su atestado banco de trabajo había un adorno de cromo, procedente de algún coche antiguo, y empezó a jugar con él, con los ojos todavía empapados en lágrimas. Más tarde, algo después de las tres de la madrugada, estranguló a su esposa y luego prendió fuego a la casa, para hacer que pareciera un accidente.
—Dios mío —dijo Rocky, cuando el taller de Bob quedó reducido a un punto luminoso a sus espaldas—. ¿Qué te ha parecido eso? El viejo «Calcetines Tiesos».
Estaba llegando al estado de ebriedad en el que tenía la impresión de haberse evaporado, con excepción de una diminuta y brillante brasa de sobriedad en mitad de su mente.
Leo no replicó. A la pálida luz del tablero de instrumentos, parecía como el lirón en la alocada fiesta de Alicia en el país de las maravillas.
—Le hemos importunado de veras —dijo Rocky, que llevaba un rato conduciendo por el lado izquierdo de la carretera—. Y tú vas y se lo dices. ¿Cuántas veces tengo que remachar eso? ¿Dónde voy a guardar mis diamantes si tú vas contándoselo por ahí a todo el mundo?
—Es mi agujero —dijo Leo malhumorado.
—Y son mis diamantes. Yo solito los encontré, así que…
Leo se puso tenso.
—Hay una camioneta detrás de nosotros, sin luces.
Rocky miró por el retrovisor y vio una camioneta sin luces. Una camioneta de reparto de leche.
—Es Spider —susurró temeroso—. Cielo santo, es Spider Milligan.
—¿Quién? —preguntó Leo torpemente.
Todavía trataba de recordar si Rocky le había contado antes de aquella noche que guardaba diamantes en el agujero de su espalda.
Rocky no respondió. Una sonrisa tensa apareció en su rostro, pero sin que se reflejara en sus ojos, que eran enormes y rojos, como lámparas de alcohol.
De repente pisó a fondo el acelerador, y el tubo de escape del Chrysler emitió un grasiento humo azul y crepitando, a regañadientes, alcanzó los noventa por hora. Los árboles y las casas pasaban vertiginosamente a los lados, sombras vagas en el cementerio de la medianoche. Derribaron una señal de stop, entraron de lleno en un bache enorme y por un momento abandonaron la carretera. Cuando aterrizaron, un amortiguador, demasiado bajo, hizo saltar chispas del asfalto.
—¡Era broma! —dijo Leo frenéticamente—. ¡No había ninguna camioneta!
—¡Es él! —exclamó Rocky—. ¡He visto su bicho en el taller! ¡Maldita sea!
Subieron rugiendo una cuesta por el lado contrario, y un coche que venía de frente resbaló aparatosamente en el borde cubierto de grava de la carretera, apartándose de su camino. Leo miró tras ellos. No había nadie en la carretera.
—Rocky…
—¡Anda, Spider, ven a buscarme! —gritó Rocky—. ¡Ven a por mí!
El Chrysler había alcanzado ciento veinte, su velocidad máxima.
Llegaron a una curva y los neumáticos desgastados arrojaron humo. El Chrysler gritó en la noche como un fantasma asustado, los faros explorando la desierta carretera.
Detrás de ellos, se encendieron unas luces en un cruce lateral, y un viejo Mercury del cuarenta y nueve disfrazado como una camioneta de reparto de leche partió a velocidad moderada.
Dos kilómetros más allá se oyó un estrépito enorme, cuando el Chrysler se salió de la carretera, derribó un poste telefónico, cayó de morro en un barranco y estalló. Las llamas de la súbita pira se alzaron en la noche.
—Ya está —dijo Spider—. Vamos a por sus diamantes antes de que llegue la policía.
Pero cuando volvió la cabeza, el asiento estaba vacío. Hasta el bicho se había ido.