Horror 3
La oscuridad
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Entro en el bar debajo de la casa de Desmond, el cual sonríe en el extremo de la sala. Dos furcias de ojos endrinos le tienen cogido de los brazos, y sus rostros pintados se ven claramente a través del humo. La mirada de Desmond se cruza con la mía al instante, a pesar de la distancia y la atmósfera cargada, penetrando a través de la gente que pulula entre nosotros. Conocía mi presencia incluso antes de que entrara. Veo las mujeres con las que está y siento una punzada de celos irracionales. Es absurdo, desde luego. Nunca había supuesto que yo era su única fuente, y no obstante, de alguna manera, desearía poder serlo. Es un imposible, y me doy cuenta, pero ¿por qué de pronto se humedecen mis ojos, por qué es tan difícil ver nada a través del humo salvo sus ojos constantes, invariables?
Me hace una seña para que me acerque.
Avanzo, atraída como una marioneta movida por un hilo. Me toma del brazo y subimos. Las furcias me miran irritadas, pero no dicen nada. Saben que no deben hacerlo.
Él está temblando ligeramente, cosa de la que no le sabía capaz. Puedo percibir su abrumador deseo de sangre, la terrible necesidad, como si fuera propia. Nunca había experimentado este aspecto del deseo, y a la vez me repele y me atrae. Anhelo satisfacer su necesidad, realizar su deseo. Antes siempre se acercaba a mí saciado, o casi.
Experimento una sensación de triunfo. Ya no tengo que esperar más. El será incapaz de resistir su impulso y yo no podré sobrevivir a su necesidad. Incluso es posible que no sea suficiente.
Me toca la garganta, y la sensación es estremecedora, eléctrica. Aspiro hondo, exhalo un suspiro de placer y me acerco más a él. Me acaricia el cuello brevemente, apartándome el pelo. También yo estoy temblando, al unísono con él. Toma y daca, unión, placer…
Una voz corta el aire, como metal raspado, como una sirena.
Malinda está en la puerta de la sala, los ojos muy abiertos, llenos de horror y conmoción. El maligno, el maligno, repite, el diablo en persona.
Le grito que se vaya; lo está estropeando todo.
Ella no me escucha. Los ojos de Desmond se fijan en los suyos, y se aproxima a ella. Grito, tirándole de los brazos, diciéndole que soy yo a quien debe tomar, no a ella. Él me aparta como si fuera un insecto. Malinda está inmóvil, horrorizada. De súbito abre su bolso, resistiendo la atracción de los ojos de Desmond, y saca un librito, el Nuevo Testamento, sosteniéndolo ante ella con el brazo extendido. Él se lo arranca de un manotazo y pone las manos sobre ella. Malinda grita una vez y se debate furiosamente. Veo como le hunde los dientes en el cuello. La sangre brota un instante. Él la bebe ávidamente, succiona más, vaciándola.
Mi hermana deja de debatirse. Tiene los ojos abiertos y veo en ellos la fascinación vítrea; observo irritada cómo extiende lentamente los brazos para abrazarle.
Él sigue succionando, los labios apretados contra el cuello. Los brazos de Malinda caen a los lados. Él la rodea con los suyos, impidiendo que se caiga, y sigue bebiendo. Me siento inundada de celos mientras contemplo la escena.
Finalmente la suelta y ella cae pesadamente al suelo. Desmond parece desorientado un instante, y entonces se da cuenta de la sangre que le ha manchado el rostro y las ropas. Se la limpia, abstraído, y entonces recuerda a la muchacha. Se vuelve para completar el trabajo y matarla, pero es demasiado tarde. Ya está muerta.
Miro a mi hermana: tiene la piel blanca como el papel. Incluso sus labios son incoloros. Los ojos están todavía abiertos, vítreos e inexpresivos.
Desmond está irritado. Ella ya ha sufrido el cambio. Ahora no hará nada para destruirla.
Necesitará un ataúd, o algún lugar oscuro y seguro. La levanta del suelo sin esfuerzo, y le sigo mientras la lleva al dormitorio de las cortinas negras. Dice que es un lugar para contemplar la oscuridad, y la deposita sobre la cama. No la cubre con las mantas. No hay necesidad de ello.
Contemplo el rostro tan familiar de mi hermana y me pregunto cuánto tiempo transcurrirá hasta que despierte, cuánto tardará en ocupar el lugar que debería haber sido mío.
La idea me produce náuseas. Doy media vuelta y salgo de la habitación. Desmond me espera en la sala de estar. Ha llamado a Brown.
Desmond está muy airado. ¿Por qué Brown permitió que subiera esa mujer?
Brown está encogido, y las excusas tropiezan en su boca. Había una pelea de borrachos, estaban rompiendo el mobiliario, y él intentaba poner orden. No vio a la mujer.
Desmond le coge del brazo. El calvo le mira horrorizado, con el rostro empapado en sudor. Con una frialdad absoluta, Desmond selecciona un dedo y lo parte como si rompiera una cerilla.
Los gritos de Brown terminan en un sollozo. Desmond le observa, su rostro impenetrable, como si observara un microbio a través del microscopio.
También yo me siento indiferente, tan poco implicada personalmente como si estuviera viendo una película, y aburrida por cierto. Brown no significa nada para mí. Sé que Malinda debería contar algo, pero tampoco me afecta. Me pregunto si este estado mental equivale al de Desmond, si pueden importarle los sentimientos.
Brown se retira, acariciándose la mano, y desaparece.
Desmond se sienta en un sofá cubierto por un tapiz y elige varios libros. Me siento a su lado y le observo mientras los hojea.
Son libros de viajes, llenos de hermosas ilustraciones y paisajes ásperos y agrestes de países extranjeros. Tardamos quince minutos en recorrer China. En cinco damos cuenta de Escocia. Vemos los templos de Tailandia y los pubs ingleses. Whitehall, el relevo de la guardia. Desmond no parece leer ni una sola línea del texto, pero más tarde hace observaciones. Me dice que ésos son los lugares que en otro tiempo deseó conocer. Tal vez los visitará todos algún día. Desearía que los humanos arreglaran de una vez sus insignificantes asuntos, porque le están causando interminables inconvenientes.
Deja que el libro que sostenemos se cierre por sí solo. Me dice que no se tarda mucho en crear un vampiro, pero uno creado con tanta rapidez como éste puede ser una amenaza para nosotros, o quizá no signifique nada en absoluto.
Regresamos al dormitorio. Malinda yace inmóvil sobre el lecho, con los ojos abiertos, tal como la hemos dejado. No respira, pero sus ojos están vivos, con una especie de conciencia, aunque no expresan reconocimiento sino más bien cierta locura.
Entrecierra los ojos, mirándonos, pero no hace esfuerzo alguno para moverse. Desmond le coge una de sus pequeñas manos pálidas y la deja caer exánime sobre la cama. Dice que todavía está cambiando. La estructura todavía no está completa, los dientes no se han formado del todo. Hay un brillo gatuno detrás de los ojos, como si toda la luz de la habitación se reuniera y se volviera a reflejar en ellos. He visto tales ojos en la oscuridad, mirándome antes de que su dueño felino se alejara de un ágil salto. Resulta desconcertante ver esto en mi hermana.
Desmond dice que esta noche no se moverá. Casi está amaneciendo, y ella estará segura en esta habitación. El ataúd es un mero adorno, una concesión a la leyenda, un capricho suyo. Además, a él le enterraron, tuvo contacto con la tierra, aunque fuera breve, y eso instiló un anhelo, una necesidad en él. Como ella no será enterrada, no tendrá necesidad de yacer en la tierra.
Los ojos de mi hermana nos siguen cuando nos marchamos. Vamos a la habitación donde él tiene su ataúd.
Le pregunto qué le diré a mi padre cuando Malinda no vuelva a casa.
Él me responde con otra pregunta: ¿Qué importancia tiene eso? Sugiere que no le diga nada.
No, tendré que inventar alguna historia. Intento imaginar algo que tenga lógica. Es importante seguir un poco más con la charada de la normalidad. Pero quisiera saber qué significará Malinda para nuestros planes.
Nada, dice Desmond mientras se introduce en su ataúd. No significará nada, repite. Desearía no haber tenido nada que ver con ella. Mañana Malinda podrá encontrar su propio lugar. Esta noche será la única concesión que le haga. Al fin y al cabo, sólo ella tiene la culpa de lo ocurrido. La curiosidad es un rasgo de los necios.
Pienso que la falta de curiosidad es un rasgo de la estupidez, pero no se lo digo. De todos modos, debe de conocer mi pensamiento. Me sonríe como un lobo mientras baja la tapa.
Vuelvo a casa. Está mi padre, furioso, preocupado. Ya debería haberse ido a trabajar. Va a llegar tarde, y se lo recuerdo. No me presta ninguna atención, y apenas me deja decir algo antes de iniciar su diatriba. ¿Dónde he estado toda la noche? Y por el amor de Dios, ¿dónde está Malinda?
Pienso que Dios no tiene nada que ver con esto, pero, naturalmente, no se lo digo. Freno un alocado impulso de echarme a reír. Le digo que se ha ido de casa, y procuro adoptar una expresión apropiada de preocupación. Así es, la hermana mayor convertida en un paño de lágrimas, con el corazón destrozado, mientras la loca hermana pequeña arruina su vida. Hace tiempo que se entiende con otro hombre… aparte de John Arnold, quiero decir. Es un marino, y se la ha llevado. Pasé toda la noche tratando de convencerla de su locura, pero fue inútil. No quería escucharme, aunque hice cuanto pude. Ahora estoy muy cansada y quisiera irme a la cama.
Mi padre protesta, dice que Malinda quería a John Arnold; sus ojos reflejan dolor, incredulidad y aturdimiento. Y sus creencias, su compromiso con el Señor… ¡eran auténticos!
Le digo que mentía, ya camino de mi habitación. Me acuesto en la cama sin desvestirme, pues tratar de hacerlo sería un esfuerzo excesivo. Mi padre entra en el cuarto, todavía discutiendo y protestando. Llamará a la policía, es preciso hacer una investigación, hay que encontrar a mi hermana y convencerla para que abandone su pecado. Su alma está en peligro; ¿es que no me doy cuenta?
Creo que ya no tiene que preocuparse más por el alma de Malinda, pues no me parece probable que siga existiendo. Cierro los ojos, confiando en que si me duermo mi padre me dejará en paz.
Él suspira, frustrado, y sale de la habitación. Oigo el portazo.
El timbre incesante del teléfono me hace salir de mi inconsciencia. No quiero despertar. Permanezco tendida, escuchando los timbrazos, complaciéndome en la idea de la frustración que debe experimentar la persona que está al otro lado de la línea. Se lo tiene merecido. Cuando me levante, arrancaré el cable de la pared y arrojaré el teléfono por la ventana. No hay nadie con quien desee hablar.
Finalmente deja de sonar y vuelvo a sumirme en el sueño. Cuando me despierto está oscuro, y lo hago sólo porque ya no soy capaz de seguir durmiendo mientras Desmond está activo, consciente.
Mi padre ha regresado a casa y le acompaña John Arnold. Salgo a la sala de estar y paso por su lado, haciéndoles caso omiso, y experimento un placer perverso al pensar en mi pelo enmarañado. Debo de parecer un adefesio. Que se fastidien. Voy a la cocina y bebo una gran cantidad de agua. Mi padre me llama y le respondo, a regañadientes, que iré dentro de un momento. Quiere que salga y hable con John Arnold. Antes de hacerlo tomo otro vaso de agua.
John Arnold quiere oír toda la historia, de modo que he de empezar de nuevo. Por suerte, me la sé al dedillo, no he olvidado ni un solo detalle. No, no conozco a ese hombre, pero Malinda me dijo que era de Mobile. Ha visto mundo, y quiere que ella lo vea también.
John Arnold menea la cabeza. Parece como si el techo le hubiera caído encima. Me recuerda a un cachorro al que le han quitado su juguete. Tomo un sorbo de agua y miro por la ventana.
Mi padre dice que ha llamado Sue Ellen. Está muy preocupada… tanto que le llamó al trabajo. Él le explicó que tenemos problemas familiares y que no me sentía en condiciones para ir a la oficina. Mi compañera confiaba en que por la mañana estaría mejor. También yo confío en ello. ¿De veras?
Naturalmente, afirmo. Nunca me he sentido mejor. Me pregunto cómo seré capaz de trabajar. Creo que no voy a volver, porque no puedo estar consciente las veinticuatro horas del día, y no logro dormir por las noches. Quizá vaya a ver a Anne-Marie. Quien sin duda tiene algunas hierbas, alguna droga para mantenerme despierta, de modo que pueda continuar mi vida normal un poco más. No creo que sea por mucho tiempo.
Mi padre dice que también han llamado de los grandes almacenes, preguntando por Malinda. Les ha dado la misma explicación.
Me encojo de hombros, impasible. Si mi padre quiere preocuparse, que lo haga. Que adopte la actitud que le plazca.
John Arnold y mi padre empiezan a compadecerse mutuamente por la traición de Malinda. El hastío que me provocan es increíble, y deseo que se marchen. Me gustaría irme también, en busca de Desmond, y ver qué le ha ocurrido a Malinda. Me gustaría ver lo que me sucederá.
Si intentara marcharme me harían preguntas, y ya no tengo ninguna respuesta. No puedo mencionar el mito de Martin, el cual se ha casado hace algún tiempo, el muy desconsiderado. Era una excusa excelente, con todas esas películas y fiestas a las que nunca fuimos juntos. Me parece haber perdido mucho contacto con las personas a las que conocía, y ya ni siquiera pueden servirme como excusa. Tendré que inventar algunos mitos nuevos, más seguros, que jamás hayan existido.
Mi padre ha decidido que está hambriento. Después de todo, la vida sigue su curso. No hay nada de comer en casa. Irá a comprar pizza.
No tengo apetito. No me acuerdo de la última vez que comí. Vuelvo a mi dormitorio y Charity Evans me mira desde la tela con sus ojos pintados. No le hago caso; que siga en el fondo de mi mente.
Me llama la atención mi imagen reflejada en el espejo. Tengo un aspecto terrible. Unos círculos oscuros enmarcan mis ojos: mi rostro está más hundido y es más etéreo de lo que había sido jamás. Veo por qué es tan fácil convencer a la gente de que estoy enferma.
Un grito débil y ahogado llega de la habitación contigua. Si mi padre hubiera regresado con la pizza, sospecharía que John Arnold se había atragantado con ella; es la clase de persona a la que ocurren esas cosas. Pero mi padre salió hace sólo un momento. Voy a la sala de estar.
Malinda está inclinada sobre John Arnold, con los dientes clavados en su cuello, y succiona ávidamente su sangre.
Le digo que está cometiendo una estupidez. ¿Es que ha perdido el juicio?
Ella alza la vista de lo que está haciendo, y hay un brillo blanquecino en sus ojos. Tiene la boca manchada de sangre y se lame los labios con remilgo. John Arnold se derrumba sobre el sofá.
Comento que nuestro padre está a punto de llegar. ¿Qué ocurrirá si la ve?
Me responde que hará con él lo mismo que acaba de hacer con John Arnold. También me lo haría a mí, pero no es necesario. Tiene la voz baja y ligeramente cambiada, como si las cuerdas vocales se hubieran alterado de alguna manera. Da grima ver su cabellera rubia tan desgreñada. Todavía viste los tejanos de color azul desvaído y la camiseta de media manga que llevaba cuando murió. Las prendas están manchadas y desgarradas. Tiene un aspecto terrible.
Un leve color reanima su rostro pálido. Tiene que agradecérselo a John Arnold.
Siento curiosidad y una cierta preocupación. Al fin y al cabo, es mi hermana… o lo era. ¿Qué diferencia establece el tecnicismo de la muerte? La sangre es más espesa que el agua. Eso me hace reír y lo repito en voz alta.
Mi hermana no tiene sentido del humor. Su rostro es como una estatua de piedra. Me pregunto si alguna vez lo recuperará.
Le pregunto qué hará ahora. No lo sabe. Tiene mucho tiempo para averiguarlo.
Le deseo suerte. Tal vez es una tontería por mi parte… Una porción de mi cerebro insiste en ello, señalando constantemente la irrealidad, el absurdo, el horror menguante de todo esto… pero esa parte de mi cerebro retrocede a diario. Es un esfuerzo para recordar qué clase de persona era yo antes de que conociera a Desmond. Puedo comprender por qué es tan difícil para él recordar lo que sentía en vida.
Ella me agradece mis amables deseos. Seguimos con la extravagante mascarada de una conversación, como viejas amigas separadas durante largo tiempo y que ahora se han reunido, pero con el conocimiento de que una de ellas tiene una enfermedad fatal. Qué extraña resulta la barrera levantada de súbito…
Pues bien, la otra también está agonizando. Ya no me siento irritada por el hecho de que Malinda pasara al otro lado antes que yo. Dentro de poco la seguiré, y entonces olvidaré todas estas preocupaciones mezquinas.
Se esfuma en el aire, cosa que parece sumamente divertida. ¿Qué podría hacer un atracador de bancos con semejante habilidad?
Miro a John Arnold, que sigue tendido, inconsciente, en el sofá. Es repugnante. Ahora tendré que cuidar de él. Eso no era lo convenido.
Mojo unas toallas de papel y le lavo el cuello. Malinda ha sido muy torpe. La sangre sigue manando de las dos heridas gemelas y melladas, empapando el papel desigualmente. Los arrugo, los echo a la taza del inodoro y tiro de la cadena. Luego cojo una funda de almohada y rodeo con ella el cuello del herido. La sangre también empapa la tela. No hay nada qué hacer. Le abrocho la camisa y le subo el cuello lo máximo posible.
Recuerdo que había alguna botella de whisky en la casa, antes de que a mi familia le diera por la religión. Registro la cocina y la encuentro escondida detrás de otras botellas. Sin duda es sólo para uso medicinal. Vierto media botella en la pica y luego, con la botella y un vaso, vuelvo al lado de John Arnold. Echo un poco de licor en el vaso y lo rompo contra la mesita de café. Coloco la botella en el extremo de la mesa, al alcance de John Arnold, cuyo cuerpo muevo en dirección a los fragmentos de vidrio. Entonces me doy cuenta de que a mi padre le parecerá extraño que le haya vendado el cuello y no me haya tomado la molestia de limpiar ese desastre. Resuelve en seguida el problema: le quito el vendaje.
La sangre sigue fluyendo lentamente de las heridas, y creo que eso es bueno, porque parecerá un accidente El líquido espeso brilla bajo la luz de la lámpara. Lo observo fascinada y siento que un impulso se apodera de mí, delicadas y breves punzadas de anhelo, de deseo. Sé cómo puedo satisfacerlo. Me inclino hacia adelante y lamo la sangre.
Es cálida, de sabor salado, vagamente agradable. Casi me decepciona, pues no sé por qué había esperado que la sensación fuese más intensa. O quizá es que todavía no puedo apreciarla plenamente.
John Arnold gime un poco. Me levanto y salgo del apartamento. Ahora iré a ver a Desmond.
Está en las calles, en algún lugar del barrio francés. Sé vagamente dónde se encuentra, pero no hago ningún esfuerzo para ir en su busca, porque ahora él no quiere mi compañía. Sabe dónde estoy y acudirá esta noche, en el momento oportuno.
Voy a casa de Anne-Marie, la cual responde a mi llamada al cabo de varios minutos. Tiene el cabello gris despeinado y le brillan los ojos. Me hace una seña para que entre.
Dice que ahora está ocupada, pero puedo esperar ahí si lo deseo. Comenta que parezco tensa. Me encojo de hombros, sin decir nada. Me ofrece un cigarrillo enrollado a mano y que, según ella, me relajará.
Lo acepto y la observo mientras sube escaleras arriba. Me llega el sonido de una voz masculina, pero no intento descifrar sus palabras. Los muelles de la cama empiezan a crujir frenéticamente. Enciendo el cigarrillo e inhalo el humo dulzón.
Apenas noto su efecto. Me siento débil y cansada, pero hiperactiva. No podría descansar aunque lo intentara. La oscuridad está en el exterior, pero se filtra hasta mis huesos y mis nervios, combatiendo la debilidad que he experimentado durante la jornada. Me levanto y paseo por la habitación. Me tiemblan las manos: el extremo encendido del cigarrillo puntea de rojo brillante la penumbra. Casi puedo ver los huesos a través de mi piel pálida. El sonido de los gemidos y las palabras tiernas me llegan débilmente. Me incorporo y contemplo los animales disecados.
Al cabo de un rato bajan Anne-Marie y un hombre. Éste es alto, negro como el ébano, apuesto como la estatua tallada de un dios. Me dirige un saludo y le respondo vagamente, pues no estoy del todo consciente. La habitación parece haberse diluido en otra realidad. Permanezco sentada, pasiva y muda, como un recipiente vacío en espera anhelante de que lo llenen.
El hombre se marcha. Anne-Marie intercambia con él una última broma. La puerta se cierra, con un campanilleo que parece navideño.
Anne-Marie enciende un cigarrillo para ella. Su rostro viejo y astuto tiene una expresión de reposo. Observa que, como tiene reputación de bruja, muchos hombres acuden a ella en busca de poder. Y ella les complace a su manera.
No sé exactamente por qué, pero le hablo de Malinda. Ella asiente. Su cigarrillo traza pequeños arcos cuando mueve las manos. Cree que habrá problemas. Un nuevo vampiro es siempre mala cosa. Usan sus poderes con demasiada rapidez y muy poco cuidado.
Permanecemos sentadas, meditando en la oscuridad.
Desmond está afuera, como si esperase. Me levanto sin decir una palabra y salgo. No creo que Anne-Marie esté sorprendida. He visto las marcas en su cuello una o dos veces.
Recorremos las calles, a través de la vida subterránea que nos rodea en el crepúsculo. Le digo lo que ha hecho Malinda, y él replica que es asunto suyo. Ella no volverá a su apartamento, no se lo permitirá. La luz arroja sombras llamativas sobre su rostro pálido y finamente tallado. Parece menos humano que de costumbre. Quiero emularle, pero no sé cómo.
Me da un beso breve en la garganta, y protesto cuando se retira. Quiero que me absorba la sangre. No es justo.
Me dice que hay problemas y que hemos de esperar unos días más. Quiere saber qué hará Malinda.
Deseo saber por qué, puesto que no le importa lo que le ocurra a Malinda. Responde que todavía he de aprender a tener paciencia. Nunca aprenderé su definición, replico, mientras sea mortal. Él sonríe un poco al oír esto, pero no dice nada.
Apenas es medianoche cuando regresamos. Mi padre está en casa, esperándome. Sobre la mesa hay una pizza; el queso y el tomate están fríos, y la salsa, como sangre, se está coagulando. Ha recogido los fragmentos de cristal y limpiado el whisky derramado. John Arnold no está ahí.
Hablo de la pizza, pero él no quiere ningún preámbulo y me pregunta dónde he estado. Respondo que he salido, y añado que no tengo que dar cuenta de cada cosa que hago. Eso le irrita, pero tiene otras preocupaciones. Me dice que John Arnold ha sufrido un accidente. Mi reacción es la apropiada: expreso mi simpatía hacia él y pregunto qué ha ocurrido. Mirándome fijamente, mi padre me dice que se ha hecho unos cortes en el cuello con una botella.
Comento que es muy lamentable.
Me paso el resto de la noche en mi habitación, contemplando el techo, que a veces no está ahí. Veo las estrellas y la luna, y siento que me llena una emoción atávica. No se me ha olvidado el sabor de la sangre en mi boca, un sabor bueno.
Los primeros zarcillos del alba se elevan en el horizonte, como otros tantos gusanos. Corro todas las cortinas porque la luz me quema como si fuera fuego. Vuelvo a tenderme en la cama y me quedo profundamente dormida. Si tengo más sueños, no los recuerdo.
Transcurre más de un día y no vuelvo al trabajo. Llama Sue Ellen, preocupada, sin duda porque tiene que hacer mi trabajo además del suyo. Le digo que no voy a volver. Mi padre no lo sabe todavía, y procuro mantener el engaño. Le digo que me he tomado unos días libres, hay poco trabajo y, de todos modos, me corresponden unos días de vacaciones. Él apenas me escucha. Está pensando en Malinda.
Ha transcurrido más de una semana desde su desaparición. Ya falta poco para el martes de Carnaval. Hace mucho tiempo, en otro mundo, esperaba anhelante esa fiesta, otro rasgo típico de Nueva Orleans, como la cocina criolla y los magnolios.
Hay un escándalo en el apartamento y me despierto, desconcertada. Todavía no ha oscurecido, pero me levanto de todos modos para ver qué ocurre. Dudo de que se extinga alguna vez la curiosidad.
La sala de estar rebosa de gente. Es la congregación religiosa. Creía que habían dejado de reunirse aquí. John Arnold está con ellos, el rostro pálido y desesperado bajo la luz eléctrica. Tiene los labios blancos, y puedo verle los blancos de los ojos. Está sudando, aunque no hace calor. No se contiene, a pesar de la gente que le rodea y cuyo embarazo está implícito en sus actitudes. Sus ojos se fijan en los míos y transmiten una súplica desesperada a un espíritu afín. Aparto la vista.
Una mujer está hablando, y su voz histérica chirría como clavos sobre una pizarra. Es la hermana de John Arnold, la reconozco. Describe el rostro del demonio que ha visto, y todos la escuchan fascinados, sus rostros demudados por el horror.
Habla de la sangre que goteaba de su boca. Esa criatura maligna había adoptado el rostro de Malinda… ¡una criatura horrible, diabólica! Y se cebaba en su garganta.
Alguien dice que el diablo está aquí, y lo repite una y otra vez. ¡El diablo está aquí!
Uno de los presentes repara en mí, y entonces todos se vuelven a mirarme. Mi padre me observa con una expresión extraña, impenetrable.
Pregunto qué sucede, aunque lo sé perfectamente. Qué estúpida ha sido Malinda.
Ellos me preguntan a su vez qué ocurre. Me encojo de hombros. Es inútil que pierda el tiempo con necios. El sol acaba de ponerse y Desmond llena mis pensamientos, la oscuridad ocupa mi mente. Me aparto, pero es demasiado tarde. Han visto las marcas gemelas y empiezan a murmurar.
Los miro con hostilidad.
El reverendo Wallace se adelanta. El atuendo negro realza su seriedad de fanático. Dice que sabe la verdad. El diablo anda suelto por la tierra y John Arnold y yo somos sus peones. No es demasiado tarde para que salvemos nuestras almas, si les ayudamos.
Guardo silencio. No estoy interesada por mi alma. El reverendo me coge de los hombros y me agita. Le dejo hacer sin oponer resistencia. Los dientes me castañetean y no es en modo alguno agradable. Empieza a dolerme la cabeza. Le grito una obscenidad.
Él me suelta y se dirige tristemente a mi padre y a los demás: ¿Veis?, les dice. Es posible que ya no puedan ayudarme, pero todavía hay esperanza. Si encuentran a tiempo a la criatura maligna, los dos podemos salvarnos.
Mi padre me pregunta cómo pude hacer una cosa así. ¿Cómo pude dejarme corromper de esta manera? Él ha tratado de educarme como es debido, pero Dios sabe que no ha sido fácil desde la muerte de mi madre. Había cifrado en mí unas esperanzas más altas.
Ya, Charlene Armstrong, la muchacha norteamericana de pura cepa. Digo estas palabras con una risita y él me abofetea con fuerza. Me intereso por el sabor de la sangre que brota de mi boca. El dolor es una molestia ligera y distante. Lamo la sangre que mana de la comisura de mi labio partido. Él me mira con repugnancia.
Soy el blanco de todas las miradas. ¿Qué sensación produce ser el centro de la atención, Charlene Armstrong? Es muy agradable, gracias, pero no sé cómo debo comportarme. ¿Qué tal un strip-tease? Ellos ya han empezado por desnudarme el cuello… ¿Qué puedo decir ahora, querido padre, querido reverendo? Las expresiones de vuestros rostros son divertidas, pero me estoy cansando de esto…
Es casi de día. Se han pasado la noche acosándonos, a mí y a John Arnold, con sus preguntas. Los muy necios. Naturalmente, no decimos nada. Y es que, como suele decirse, aunque estuviéramos dispuestos a confesar, ¿qué podríamos decir?
Están diseminados por la sala, y sus voces rezan y hablan de planes asesinos. ¿Por qué ha sido John Arnold tan estúpido? ¿Por qué lo ha sido Malinda? Esto es un gran inconveniente para mí… y, si he de ser sincera, no quiero verla destruida…
Me levanto, porque quiero ir al baño. Al instante, el reverendo Wallace se pone a mi lado, me coge del brazo, me exige que le diga si el diablo me ha llamado. Le sugiero que me acompañe para ver cómo me comunico con la taza del lavabo. El hombre está disgustado y habla de suciedad y blasfemia. Sí, un poco de eso sería interesante en estos momentos…
Finalmente no me sigue, pero monta guardia al lado de la puerta, como un perro fiel. Tendré que acordarme de darle un hueso y unas palmaditas en la cabeza, por buen chico. Mañana le llevaré a la perrera para que le hagan dormir eternamente con un poco de gas…
Llega nuevamente la transición, una oscuridad sobre otra. Recobro los sentidos en mi cama. El sol desaparece en el exterior. Me he saltado un día entero. Eso es bueno. No puede faltar mucho más…
Me levanto y deambulo por la casa. Aparte de mi padre y de John Arnold, sólo quedan el reverendo Wallace y otros dos hombres, todos ellos con crucifijos y una ristra de cabezas de ajos. La sala apesta. Me entran ganas de estornudar y voy a la cocina. Este movimiento llama su atención y me siguen. Observo sus rostros enrojecidos y demasiado maduros, sus cuerpos llenos a reventar de dulce sangre, y me paso la lengua por los labios.
Uno de los hombres, aburrido, regresa a la sala de estar. Casi inmediatamente se oye un grito: John Arnold ha desaparecido.
Corremos a la otra habitación. El muchacho no está lejos. Puedo oír sus pesados pasos escalera abajo, y me pregunto si los oídos de los demás son lo bastante sensibles para captarlos. Sí, por desgracia. El reverendo Wallace me coge del brazo, arrastrándome a medias, cuando salimos de la habitación.
John Arnold está bajando por la escalera trasera, desesperadamente apresurado. Quiero gritarle, llena de frustración. ¿No se da cuenta de que va a provocar la destrucción de Malinda? Él sigue corriendo, temerario, despreocupado, pero ha perdido demasiada sangre y no tiene energías para correr. Tiene que contentarse con ir andando. ¿Acaso no lo sabe? ¿Y tampoco lo sabe Malinda? Tiene que ser realmente necia para invocar su propia muerte, o quizá aún no ha aprendido a tener una relación perfecta con sus elegidos.
Parece como si me arrancaran el brazo. Intento zafarme, pero el reverendo Wallace tira con más fuerza. Caminamos a paso vivo, y el aire entra y sale a torrentes de mis pulmones. Hace frío y no estoy abrigada, pero, al fin y al cabo, no lo necesito.
John Arnold no puede más. Puedo oír su penoso jadeo a través de la distancia que nos separa. Sigue andando a trompicones, casi sin vida, como una marioneta que pende de un hilo. ¿Puede oír que le seguimos? ¿O acaso está sordo también y sólo escucha la llamada de Malinda, sólo percibe la necesidad de ella?
Las calles se suceden. Las ramas de los árboles se entrelazan, ocultando la luz de las estrellas, separando y mezclando las luces de las farolas. La sombra de John Arnold es alargada, pero extremadamente tenue.
Entra en una casa particular, con las cortinas de las ventanas corridas. Hay un cartel de «vendido» sobre el césped inmaculado. Es una casa muy bonita. La puerta no está cerrada. El reverendo Wallace, mi padre y los otros dos hombres aprietan sus crucifijos. Entonces uno de ellos abre la puerta y entramos.
La habitación está amueblada con gusto burgués y moderno. Alfombra aterciopelada, espejos en las paredes, un mueble especial para el televisor. John Arnold está junto al bar, en brazos de Malinda, la cual le ha aplicado los dientes al cuello y tiene los ojos cerrados. Su rostro parece apacible, extático, como si estuviera experimentando un sueño placentero.
Un instante después su paz se quiebra. Abre los ojos y muestra primero sorpresa y luego cólera y temor. Aparta la cabeza del cuello de John Arnold, el cual tiende las manos para cogerla. Ella se zafa de los brazos y mira a los hombres que la rodean, blandiendo biblias y cruces. Malinda retrocede y desvía la mirada.
Le grito que no les preste atención, que olvide los mitos y las leyendas y que se salve. Ella no me escucha o, si lo hace, no puede comprender.
El reverendo Wallace y otro hombre la apartan de John Arnold. La sangre se desliza por la comisura de su boca. La cogen de los brazos y la tienden a la fuerza en el suelo. Ella forcejea como un demonio. Su mirada me escudriña y empieza a gritar mi nombre.
Observo fascinada y horrorizada cómo el reverendo Wallace extrae una estaca y un martillo de un maletín que llevaba consigo.
Malinda no deja de gritar, dice las obscenidades más sorprendentes, me pide ayuda y le pide a mi padre que la salve. Una vez invoca el nombre de Desmond. Mi padre tiembla sin poder contenerse, con los ojos muy abiertos por la conmoción. John Arnold está tendido en el suelo, inconsciente. De pronto me doy cuenta de que no me sujetan y salto hacia el reverendo Wallace, cogiéndole del brazo. Él grita una orden e intenta librarse de mí. Mi padre me retira. Permanezco a un lado, temblando, sin fuerzas para luchar. El reverendo Wallace coloca la estaca sobre el pecho de Malinda, por encima del corazón. Ella se contorsiona salvajemente. El brazo de Wallace traza un arco y descarga el martillo.
El grito de Malinda me desgarra el alma. Creo que también yo grito. La sangre brota a borbotones de su corazón reventado, manchando sus ropas y derramándose sobre la mano del reverendo Wallace, que todavía sujeta el martillo. Malinda muere ahogada en sangre, y su cuerpo se estremece una vez antes de quedar yerto, con una expresión de angustia en el rostro.
El reverendo Wallace se me acerca. La sangre de mi hermana le mancha las mangas. Ahora estoy sin fuerzas en brazos de mi padre, el cual me suelta poco a poco, como una máquina cuyas baterías están a punto de agotarse, haciendo un esfuerzo final. Quedo en pie, tambaleándome, y la sala se desvanece y adquiere brillo ante mis ojos.
Me hacen preguntas y más preguntas; las palabras desgarran mi mente torturan mi capacidad de comprensión, se ceban sobre mí como una plana de langostas. ¿Era Malinda la única? ¿Has sido su víctima? ¿Era ella la única? ¿Era ella, era ella, era…?
Grito que sí, que era ella. ¡Siempre lo fue! Y me arrojo al suelo, sollozando.
Deliberan entre ellos, sin pensar en el horror ensangrentado que yace en la sala, sin pensar en John Arnold ni en mí. Dicen que quemarán el cadáver.
Una bruma cubre mi visión y me produce náuseas, una niebla que se compone de sangre y de angustia. Casi me alegro de ello. Sus voces disminuyen junto con mi visión y me hundo en la negrura… Me despierto, cómoda, en mi propia cama. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? Intento levantarme pero no puedo. La luz se filtra a través de las hendiduras entre las cortinas. Ya es de día. Vuelvo a tenderme con un gemido.
Entran mi padre y el reverendo Wallace. Mi padre está ojeroso, demacrado, y sus ojos tienen una expresión que presagia la demencia. El rostro del reverendo Wallace está rígido, inflexible, y es insondable.
Me preguntan cómo me siento, y no sé qué responderles. Digo que estoy cansada y ellos lo aceptan. Entonces quieren saber cuánto recuerdo. Me estremezco, y entonces digo que todo está borroso y es horrible: no soporto tales recuerdos. Esto parece satisfacerles.
El reverendo Wallace me examina el cuello. Se me pone la carne de gallina al contacto de su mano; me muerdo el labio inferior y permanezco silenciosa mientras miro sus ojos opacos. Quiero que los míos reflejen su inexpresión.
El reverendo se aparta de mí y, con un movimiento brusco, descorre del todo las cortinas. Gimo y retrocedo, incapaz de controlar mi reacción instintiva ante el contacto intenso y doloroso de la luz. Retrocedo, temblando, y desvío la vista. Él me coge la cabeza y me obliga a hacer frente a la luz. Cierro los ojos con fuerza, presa de náuseas. Su voz resuena en mis oídos, como la estaca en el corazón de Malinda, repitiendo frases, rogando por mi alma, por mi vida. Me pregunta si quiero vivir. ¿Aceptaré a Cristo como mi Salvador? Es la única manera en que puedo salvarme.
La luz me hiere sin cesar, parece desgarrar mi cuerpo con fuego y secar la preciosa sangre en mis venas. Apenas tengo conciencia de nada salvo el dolor. La voz severa del reverendo me golpea; es como un padre supremo, autoritario y terrible. ¿Me arrepentiré de mis pecados?
¡Sí!, exclamo. Sí, sí, quiero salvarme. Oh, Dios mío, ayúdame…
Me pone una Biblia en las manos, que se cierran automáticamente sobre ella. Oigo de nuevo su voz, diciéndome que he de conservarla siempre conmigo, pues la criatura que se cebó en Malinda podría intentar hacer lo mismo conmigo. Ha oído hablar de tales casos, de familias enteras enfermas y moribundas. Está decidido a impedir que ocurra aquí. Si nuestras plegarias son lo bastante intensas podrán crear un baluarte impenetrable, y la criatura de Satán buscará una presa más fácil. Dice que la obra del Señor se llevará a cabo. Buscarán a ese ser horrible y lo destruirán, lo quemarán como la excrecencia que es, eliminándolo de la tierra de Dios.
En voz baja y quebrada pido que corran la cortina, pues no puedo dormir si el sol me da en los ojos. El reverendo Wallace me mira con suspicacia, pero corre las cortinas y abandonan la habitación.
Me despierto con los ojos arrasados en lágrimas, tras haber tenido un sueño vívido, el primero que recuerdo haber tenido en mucho tiempo. Malinda y yo estamos en una playa de California, y nos reímos; noto el sabor de la sal en mi lengua, el centelleo sobre mi piel cuando salgo del agua, el crujido de la arena bajo mis pies descalzos. Nos hemos sentado unas cien veces alrededor de una fogata de campamento, y nuestros compañeros, chicos y chicas, tienen rostros siempre cambiantes. Los guapos jóvenes a los que había admirado me miran de nuevo a través de las llamas, el humo suaviza sus facciones, la luz oscilante destella en su pelo aclarado por el sol y dota de espléndido relieve a sus cuerpos bronceados. Había querido a uno o dos, me había acostado con ellos, casi me había casado con uno, y ya no puedo recordar sus nombres más de lo que recuerdo mis sentimientos hacia ellos. Ya no hay más que un exquisito patetismo, una concordancia afectiva experimentada brevemente hacia un extraño o una imagen en una pantalla de cine. Intento recordar a Malinda, los secretos compartidos y los celos, pero también ella se desvanece al tiempo que todas las imágenes se diluyen en un tono plateado y vuelvo a sumirme en el torbellino de los sueños…
Me despierto cuando oscurece. Mi padre está en la habitación, sentado al lado de mi cama, mirándome porque le han dicho que haga eso. Su rostro es inexpresivo; todo lo que queda en él es un cansancio infinito. Si no le conociera tan bien, no reconocería al viejo desconocido en que se ha convertido.
La muerte de Malinda me obsesiona. ¿Es así cómo terminará todo? ¿Para mí? ¿Para… Desmond?
Él está ahí afuera, en alguna parte, deslizándose a través de su amada oscuridad. Sólo puedo percibir los rastros más abstractos de su mente. Es algo que no comprendo… ¿puede extenderse de alguna manera el vínculo que nos une, hasta tal punto que sea imposible retroceder a lo que teníamos antes? ¿O lo ha disuelto él mismo, reconociendo el peligro instintivamente, como un animal? Si eso es lo que ha sucedido, no estoy resentida —no, sólo tengo una sensación de pérdida— pues ahora comprendo algo de sus motivaciones. Se mueve a través de su propio mundo, confiando en sus reacciones para protegerse, en unos instintos finamente definidos, unos impulsos atávicos, reactivados, que le sirven mucho mejor que cualquier sentido conocido por la humanidad. Ahora comprendo porque he empezado a compartirlo, y si la conexión entre nuestras mentes se ha debilitado, mi propia aclimatación a su mundo se ha hecho. Esto debe de ser lo que él quería decir con eso de que deseaba que me adaptara a la oscuridad…
Mi padre intenta hablarme, pero no encuentra las palabras y no termina la frase. Es como si se hubiera olvidado de que había empezado a hablar. Ni siquiera me mira. Su mirada es errante, sólo ve la pesadilla de su interior. Siento lástima de él, pues sé que esas imágenes horribles le acosarán durante el resto de su vida, aun cuando renuncie a su tenue asidero en la cordura. Sobre todo entonces.
El reverendo Wallace entra en la habitación y me pregunta cómo me siento.
Estoy tan débil que apenas puedo levantar la mano, pero trato de disimular, convencerle de que me encuentro mejor de lo que estoy en realidad. Él no se deja engañar. Se sienta al lado de mi cama y abre la Biblia, de la que me lee varios pasajes, y entonces me pide mi opinión. Esto me sorprende, pues había confiado en que se limitaría a leerme y no he podido concentrarme en las palabras, que se han dispersado por los rincones de mi mente. Ni siquiera puede recordar de qué me ha hablado. Respondo evasivamente, con algunos lugares comunes. El sigue leyendo.
El reverendo, u otro de sus seguidores, me vela durante toda la noche, cosa que me irrita. A pesar de mi debilidad, me gustaría marcharme. Estoy segura de que podría reunir las fuerzas necesarias para hacerlo.
Me sirven un consomé. Intento tomar un poco y en seguida me siento mal. Incluso mis funciones corporales han empezado a alterarse. Ya no aceptaré esta sustancia grosera como alimento. Me levanto y voy al baño, tambaleándome un poco y rechazando la ayuda que quieren prestarme. Me inclino sobre el lavabo y vomito lo que acabo de engullir. Me recupero con dificultad. Mi imagen oscila en el espejo, inconstante. Con el ceño fruncido, intento evitar el balanceo de la habitación, centrar mi visión borrosa en el cristal plateado.
Después de todo, es cierto. Mi reflejo no es como debería ser. Está borroso, fragmentado en algunos lugares, y casi puedo ver la pared a su través.
¡No deben ver esto! Regreso a mi habitación y procuro mantenerme apartada del espejo en la medida de lo posible. El mareo y la debilidad se apoderan de mí y me desplomo, pero me sujetan unos brazos fuertes. El reverendo Wallace se inclina sobre mí y me lleva a la cama. Su cuello es tentador, tan cercano a mi boca. Puedo percibir la sangre que pulsa próxima a la superficie, las intrincadas y delicadas pautas de arterias, venas y capilares. Siento un apetito voraz. Alzo la cabeza ligeramente, deseosa de saborear su sangre, pero él me deposita sobre la cama antes de que haya hecho más que un ligero movimiento en esa dirección.
Les miro subrepticiamente. Ninguno de ellos parece haberse percatado de mi recaída. Deslizo mi lengua por los dientes. Son sin duda más agudos y quizá algo más largos. Decido mantener la boca cerrada y responder a sus preguntas musitando.
Se marchan al cabo de un rato y entra otro de los seguidores de Wallace, un joven de rostro áspero, con los ojos de un fanático. Permanece sentado a mi lado durante el resto de la noche.
Es inevitable. Si he de escapar, ha de ser durante el día, cuando ellos no lo esperen.
Me duermo después de que amanezca, pero tengo un sueño turbado. Me despierto muchas veces a lo largo del día, sólo para volver a hundirme en un sueño profundo, sofocante. Los períodos de sueño y vigilia se alternan, ya son casi las cinco y estoy sola en la habitación.
Me levanto y me visto apresuradamente, pero la tarea es difícil debido al temblor de mis manos. Me cubro el cuerpo en la medida de lo posible para protegerlo de la luz solar. Me pongo las gafas de sol y empiezo a salir. El retrato de Charity Evans me llama la atención. ¿Quiero llevármelo? No, no es necesario. Llevo conmigo todo lo que perteneció a ella. En cualquier caso, el parecido no es muy bueno.
El apartamento está vacío. ¿Es posible que mi padre se haya ido, tan pronto después de la muerte de Malinda? Y si no es así, ¿dónde está?
No pongo en tela de juicio mi buena suerte. Cojo las llaves del coche y salgo rápidamente del apartamento, pensando de una manera ilógica que si me doy prisa llegaré a mi destino antes de que mis fuerzas me hayan abandonado.
No me sirve de nada. Llego al pie de la escalera y permanezco un momento inmóvil, tambaleándome. En el exterior cesa el ruido de un motor de coche, portazos. Puedo oír cada pisada, el sonido de la respiración, todos los ruidos aumentados de una manera sobrenatural.
Hay un armario debajo de la escalera, donde la casera guarda los artículos de limpieza. Está abierto y hay suficiente espacio para mí entre los mangos de las fregonas, los cubos de estaño y los cepillos. El olor a amoníaco es asfixiante.
Las voces se deslizan por el pasillo. No, no varias voces, sino sólo una, la del reverendo Wallace. Tiene que haber alguien con él, a menos que le haya dado por hablar solo. Las pisadas son demasiado numerosas para corresponder a una sola persona. Quizá le acompaña mi padre.
Suben la escalera. Sus pasos crujen, como un ejército en miniatura, un experimento de venganza. Contengo la respiración. Ya deben de haber llegado al apartamento.
Me apresuro a salir de mi escondite. Mi padre empieza a llamarme por mi nombre.
La luz del sol, todavía intensa, me golpea cuando salgo corriendo de la casa. Cruzo tambaleándome el césped bien cuidado. El coche parece encontrarse a una distancia infinita. Preparo las llaves mientras oigo débilmente sus llamadas. Subo al coche y con mano temblorosa introduzco la llave en el contacto. El coche se pone en marcha y me dirijo hacia la calle, conduciendo como si estuviera borracha. Bajo las viseras contra el sol y entorno los ojos para ver a través del resplandor angustioso. Aumenta la distancia que me separa de mis perseguidores, y tengo un último atisbo de ellos por el retrovisor: corren impotentes por la calle, en pos de mí. Giro en varias esquinas. Es imposible que me sigan.
Reduzco la velocidad, mi cuerpo temblando sin que pueda evitarlo, y me aferró al volante. El tráfico fluye a mi alrededor, como insectos que se escabullen, un hormiguero gigantesco. El instinto me lleva donde deseo ir, pues ya he perdido casi todo mi conocimiento consciente. Reacciono al estímulo de las señales de tráfico y los semáforos como el perro bien amaestrado de Pavlov.
Voy en busca de Anne-Marie, naturalmente. ¿A qué otro sitio podría ir? Tengo una vaga conciencia de que hoy es el martes de Carnaval, y debo de haber pasado junto a los desfiles sin saberlo… o quizá me he detenido para contemplarlos. Sí, debo de haberlo hecho. El sol está bastante más bajo en el cielo de lo que estaba cuando salí de casa. Hay un collar con perlas de plástico enrollado en la antena del coche. Lo arranco y se rompe, derramando las brillantes bolitas rojas por el suelo, donde se escabullen y ruedan, cada una buscando su lugar apropiado. Entro en la tienda.
Hoy arde incienso con aroma a fresas. Dos turistas inspeccionan algunas de sus ofertas. Ella está ataviada de una manera fantástica, como una gitana. Lleva una falda ancha con una combinación violenta de colores amarillo y violeta, y la tela se arremolina alrededor de su talle cuando retrocede para mostrarles unos artículos. De sus muñecas, la cintura y las orejas pende una pesada bisutería dorada. Se ha maquillado los ojos con anchas líneas negras, realzando su ligera curvatura, o quizá creándola. Debería parecer ridícula, pero en vez de eso emana poder.
Los turistas se marchan sin comprar nada. Ella dice una obscenidad y luego comenta mi palidez. La sigo al piso de arriba. Entra en la cocina un momento y me ofrece un vaso de un líquido claro y verdoso, del que surge un levísimo vapor. Lo tomo a sorbos, cautelosa. Me quema la lengua, pero sólo lo noto a medias. Sea lo que fuere, me reanima un poco.
Las calles están llenas de gente. Miro al exterior y tengo atisbos de trajes fantásticos, surrealistas en el crepúsculo. Corro las cortinas contra el sol moribundo que lo invade todo. Me tiendo en la cama.
Conozco el instante en que el sol se pone. Me levanto, llena ya de una nueva energía. Me asomo al balcón y contemplo a la gente que desfila por la calle, satisfecha. Antes de que transcurra otro cuarto de hora Desmond está a mi lado. Entramos y él me sonríe, revelando sus dientes agudos y brillantes.