Horror 3
Pesca en la ciudad
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Pesca en la ciudad
STEVE RASNIC TEM
Steve Rasnic apareció un día en mi correo con cuatro relatos, dos poemas y una carta en la que me hablaba de Umbral, la revista trimestral de poesía especulativa que dirige. Desde entonces se ha casado y ha cambiado su nombre por el de Steve Rasnic Tem, y se ha ganado una reputación considerable como escritor en el género de horror, sobre todo un horror tranquilo y enigmático. Éste es el primer relato que publicó como profesional.
Tras varias semanas hablando de ello, finalmente el padre de Jimmy decidió llevar a su hijo a pescar. Bill, el mejor amigo de Jimmy, y el padre de Bill, que era el mejor amigo del padre de Jimmy, también irían. Sus madres respectivas no lo aprobaban.
La verdad es que tampoco Jimmy estaba seguro de aprobarlo. Había esperado el acontecimiento con cierta ilusión, y creía que debería ir, pero a medida que se aproximaba el momento de la partida, supo que ir a pescar era lo último que deseaba hacer. Sin embargo, a su padre le parecía importante, así que iría sólo para complacerle.
—Bueno, Jimmy, mira lo que tenemos aquí —le dijo su padre. Era un hombre alto y moreno, y la profunda resonancia de su voz hacía que cada palabra que pronunciaba pareciera una orden. Hizo un gesto hacia una serie de herramientas, utensilios y armas—. Cuchillo de caza, pistola, alambre, pólvora, anzuelos y plomos, palos, trampas para animales pequeños, trampa de acero, cuchillo de pesca, estilete, rifle del calibre 22, escopeta, pistola de cañón corto. Necesitarás todo esto para aventurarte en el mundo salvaje. Recuérdalo bien, hijo.
Jimmy asintió dubitativo. Bill se había acercado a él corriendo.
—¡Mira lo que tengo!
Jimmy vio por el rabillo del ojo una forma oscura en la mano izquierda de Bill. Cuando se volvió para saludar a su amigo, vio que se trataba de un cuervo grande, muerto, con el cuello moteado de rojo.
—Papá lo capturó, y luego yo le retorcí el cuello mientras le atábamos las patas. Se me ocurrió traerlo.
Jimmy hizo un gesto de asentimiento.
Se oían gritos procedentes de la casa. Jimmy podía oír a su madre llorando, y a su padre que soltaba juramentos. Subió los escalones del porche y miró a través de la tela metálica de la puerta.
Distinguió la figura del padre de Bill, de sus propios padres y de una mujer joven y pelirroja que permanecía en la penumbra y debía de ser la madre de Bill.
—¡No podéis llevároslos! —decía su madre entre sollozos.
Entonces hubo un forcejeo, y su padre y el de Bill empezaron a empujar a las mujeres hacia el dormitorio. La madre de Bill se debatía más, y el padre le abofeteaba el rostro para que dejara de resistirse. Su propia madre estaba algo más calmada, sobre todo al ver que habían golpeado a la de Bill, pero seguía llorando.
Su padre cerró la puerta con llave.
—Quizá os dejemos salir cuando volvamos. —Rió y miró al padre de Bill—: ¡Mujeres! —concluyó.
Todo aquello parecía muy extraño.
El padre de Jimmy maniobró su destartalado automóvil y empezó a cantar. Miró a Jimmy por encima del hombro y le guiñó un ojo. Jimmy supuso que cantar formaba parte de la pesca, puesto que el padre de Bill, y luego éste, empezaron a hacerlo. No podía entender la letra.
—Creo que vamos a hacer de él un hombre hecho y derecho —dijo su padre al de Bill, el cual se echó a reír.
No parecían alejarse demasiado de la ciudad. De hecho, daba la impresión de que se dirigían a los barrios del centro, donde Jimmy nunca había estado.
—¿Estás seguro de que éste es el camino del arroyo, papá?
El padre de Jimmy se volvió y le dirigió una mirada furibunda. Jimmy bajó la cabeza. Bill miraba por la ventanilla y tarareaba.
Pasaron a varios coches conducidos por señoras de edad, con los asientos traseros llenos de paquetes y bolsas de compras. Su padre se rió con disimulo.
Pasaron a unas muchachas que iban en bicicleta y cuyos vestidos ondeaban al viento. Pasaron a varias parejas que paseaban y un hombre que empujaba un cochecito de bebé.
El padre de Jimmy se rió sonoramente y dio una palmada en el hombro al padre de Bill. Entonces los dos rieron hasta que se les saltaron las lágrimas. Jimmy se limitó a mirarles.
El tamaño de las galerías comerciales se iba reduciendo, y las casas eran más oscuras y destartaladas.
El padre de Jimmy se volvió hacia él y le dijo con energía, casi encolerizado:
—Hoy vas a hacer que me sienta orgulloso de ti, Jimmy.
Bill seguía mirando por la ventanilla y empezaba a sentirse inquieto. De vez en cuando miraba la nuca de su padre, luego los edificios a lo largo de la calle y finalmente miraba por la luneta trasera. En su agitación, empezó a rascarse los brazos.
Jimmy miró por la ventanilla de su lado. La calzada estaba empeorando, era más sucia y estaba llena de baches. Los edificios eran cada vez más altos y más viejos. Jimmy siempre había creído que sólo los edificios nuevos eran altos.
Pasaron ante una figura oscura, vestida con andrajos, que yacía en la acera.
El padre de Jimmy rió para sus adentros.
Habían salido de casa a mediodía. Jimmy sólo había tomado el frugal almuerzo a base de sopa y galletas saladas que su madre había preparado, y por eso sabía que era mediodía.
El cielo se estaba oscureciendo.
Jimmy apoyó la mejilla izquierda en la ventanilla del coche y echó la cabeza atrás para poder ver por encima del vehículo. Altas chimeneas que surgían de los oscuros tejados de los edificios al otro lado de la calle arrojaban al cielo nubes de humo negro como la noche. Nunca había visto unas chimeneas tan altas.
Jimmy notó una sacudida cuando el coche empezó a descender por la empinada pendiente. Había estado una vez en San Francisco, y allí había muchas pendientes tan empinadas como aquélla. No podía recordar que hubiera nada parecido en su ciudad, pero en cualquier caso nunca había estado en el centro.
Bill movía la cabeza adelante y atrás, con los ojos en blanco.
Los edificios parecían cada vez más altos y más viejos. Algunos tenían altas columnas en la fachada principal, o anchos porches. Muchos de ellos tenían grandes puertas de hierro o madera. Las calles parecían desiertas.
A Jimmy se le ocurrió de repente que los edificios no deberían ser tan altos a medida que iban cuesta abajo. La parte inferior de aquellos edificios estaba más baja que la de los que estaban colina arriba, a su espalda, por lo que sus tejados también deberían estar más bajos. Así eran las casas en San Francisco. Pero al mirar por la luneta trasera Jimmy pudo ver que los tejados continuaban y seguían siendo más altos a medida que bajaban la colina. Los edificios llegaban al cielo.
Oscuras figuras se escabulleron desde la entrada de un callejón cuando ellos pasaron. Jimmy no podría haber dicho qué aspecto tenían; parecía que era casi de noche.
Sentados en los bordes de sus asientos, los padres de Jimmy y Bill parecían explorar las esquinas de los edificios. El padre de Jimmy tarareaba.
Bill empezó a llorar en silencio, al tiempo que sin darse cuenta pisoteaba el cuervo yacente en el suelo del coche.
La calle parecía cada vez más empinada. De vez en cuando topaban con una irregularidad en el pavimento y el coche producía un estridente ruido metálico, rebotaba y parecía saltar en el aire. Ahora avanzaban a más velocidad.
El padre de Jimmy se echó a reír y tocó el claxon.
El exterior estaba totalmente a oscuras, hasta tal punto que Jimmy apenas podía ver. Los dos hombres volvían a cantar en voz baja. El coche adquiría más velocidad con cada estrépito, rebote y salto. Bill lloraba quedamente. Jimmy ya no podía ver el cielo, tan altos eran los edificios, ¡y tan viejos! De algunos de ellos se desprendían ladrillos, las fachadas de piedra estaban combadas y los cimientos sepultados en montones de piedras desmenuzadas. Las vigas estaban claramente astilladas y partidas, y algunas colgaban como huesos rotos. Los cristales de las ventanas estaban rotos, las cortinas arrancadas, los marcos llenos de mugre. Jimmy no podía comprender cómo los edificios se mantenían en pie. Parecían tener miles de metros de altura.
De no haber estado bien informado, habría creído que colgaban del cielo por medio de cables. ¿De qué otro modo podían sostenerse?
Se agitaba nerviosamente en su asiento y de vez en cuando chocaba con Bill, el cual lloraba ahora ruidosamente. El coche era como un tren, un avión, un cohete.
Se oyó un fuerte ruido metálico y algo traqueteó a la izquierda de Jimmy. Se volvió y vio que se había desprendido un tapacubos y estaba en la calzada, detrás de ellos. Unas sombras penetraron en una entrada lateral.
El coche rugía. Los gemidos de Bill eran más agudos.
—¡Papá…, papá, Bill tiene miedo!
Su padre tenía la vista fija en el parabrisas. El coche perdió otro tapacubos.
—¡Papá, los tapacubos!
Su padre continuó inmóvil, aferrado con ambas manos al volante. Cayó un ladrillo y rebotó en el coche. Un pedazo de madera rayó el parabrisas.
El coche chilló, rugió y se adentró más y más en el corazón de la ciudad. Parecía como si hubieran viajado cuesta abajo a lo largo de muchos kilómetros.
De repente se le ocurrió a Jimmy que llevaban algún tiempo sin pasar ningún cruce.
—¡Papá…, por favor!
El coche tropezó con una irregularidad en el pavimento. La carrocería produjo un fuerte estrépito, el motor se caló y las ruedas recorrieron unos metros antes de detenerse. Estaban ante un viejo edificio de anchas puertas.
Jimmy miró a su alrededor. Se encontraban en un pequeño patio, rodeados por todas partes de edificios antiguos que se remontaban en el cielo y lo ocultaban. Estaba tan oscuro que no podían ver los pisos superiores.
Miró hacia atrás. La empinada carretera se alzaba como una cinta gris cuya parte superior se diluía en la nada. Era el único camino en aquella especie de patio.
En el profundo silencio Bill miró a su padre. El cuervo muerto estaba a sus pies, casi aplastado por los inquietos pies del muchacho. El suelo del coche estaba lleno de plumas, fragmentos de piel, huesos y sangre.
Había formas en la oscuridad, entre los edificios.
El padre de Jimmy se volvió hacia su amigo.
—Término. Lo hemos conseguido —comentó, y empezó a buscar en su mochila.
Entregó a Jim el rifle, sonriendo, y dijo:
—¡A ver cómo se porta mi chico! ¡Hoy es el gran día!
Las oscuras figuras vestidas con andrajos empezaron a acercarse al coche.