Horror 3

Horror 3


La ciudad del sol

Página 6 de 32

La ciudad del sol

LISA TUTTLE

Lisa Tuttle nació en 1952. Se licenció en literatura inglesa en 1973 y recibió el premio John W. Campbell al mejor escritor de ciencia ficción (compartido con Spider Robinson) en 1974. Ahora es igualmente conocida por sus relatos de terror, además de las novelas Espíritu Familiar y Gabriel. En una reciente antología en la que se invitaba a escritores de horror a elegir su relato favorito en este género, William F. Nolan eligió el relato que usted está a punto de leer.

Eran las tres de la madrugada, la mitad quieta y silenciosa de la noche. Excepto la suave vibración de la máquina expendedora de refrescos en un rincón y el carraspeo irregular de la máquina de hacer hielo que estaba en su nicho, un poco más allá, el vestíbulo estaba en silencio. No era probable que llegara ningún cliente hasta después del alba. A aquellas horas todos los conductores fatigados se habrían acomodado en otro lugar, o habrían decidido seguir adelante sin descansar.

El turno entre las once de la noche y las siete de la mañana equivalía a un trabajo pesado y solitario, pero normalmente a Nora Theale no le importaba. Prefería trabajar de noche, y la soledad no le molestaba. Pero aquella noche, como las dos anteriores, estaba nerviosa. Era un nerviosismo irracional, y a Nora le fastidiaba no poder encontrar su causa. Siempre existía la posibilidad de un robo, naturalmente, pero en el año que llevaba trabajando en la Posada del Norte nunca se había producido ninguno, y Nora no creía que el motel fuese un blanco muy atractivo.

Buscando una causa de su inquietud, Nora miraba a menudo el vestíbulo desierto y a través de las puertas de vidrio, hacia el solar del estacionamiento de vehículos y la carretera que pasaba más allá. Nunca veía nada fuera de lugar…, excepto una sombra que podría corresponder a alguien que se movía rápidamente bajo la luz azulada del estacionamiento. Pero la sombra desapareció en un instante y Lisa no pudo estar segura de si la había visto realmente.

Cogió el periódico de la tarde e intentó concentrarse. Leyó un artículo sobre los planes para construir una valla enorme a lo largo de la frontera, a fin de evitar la inmigración clandestina. La idea le gustaba, pues el flujo constante entre México y Estados Unidos era una de las cosas que más detestaba de El Paso…, pero no creía que pudiera surtir efecto. Dedicó unos minutos a examinar las noticias estatales y nacionales y luego arrojó el periódico al cubo de la basura. No quería leer nada acerca de El Paso, lugar que le aburría, deprimía y molestaba. Estaba deseando marcharse de allí.

Echó otra mirada inquieta al vestíbulo inmutable, y entonces abrió un cajón del archivo metálico donde guardaba sus libros. Eligió una novela de misterio de Josephine Tey y se dispuso a leerla, decidida a vencer su nerviosismo.

Leyó hasta las seis de la mañana, sin que nada le molestara, excepto alguna que otra punzada de ansiedad. A aquella hora tenía que abrir la puerta al repartidor de la prensa y efectuar la primera llamada para despertar a un cliente. El empleado diurno llegó poco después de las siete, y Nora dio por finalizado su turno. Recogió sus cosas y las metió en una bolsa grande; tenía muchos objetos, porque había pasado las dos noches anteriores en una de las habitaciones libres del motel, en vez de irse a casa, pero aquella noche todas las habitaciones estaban reservadas y tenía que marcharse. Desde que su marido la dejó, Nora no sentía deseos de pasar mucho tiempo en el piso que ahora era todo para ella. Tenía la intención de trasladarse, pero como no quería quedarse en El Paso, parecía más juicioso esperar a que terminara el período por el que habían alquilado la casa, en vez de correr con los gastos y las molestias de buscar otro hogar temporal. Quería irse de El Paso en cuanto reuniera un poco de dinero y decidiera adonde ir.

El piso no le gustaba, pero era grande y barato. Larry lo había elegido porque estaba cerca de su oficina, y le gustaba ir a trabajar en bicicleta. No estaba cerca del motel donde Nora trabajaba, pero a ella no le importaba porque tenía su coche.

Aparcó en el espacio detrás del edificio. Era un bloque de pisos pequeño, de una sola planta, y un lugar desagradable. Nora hacía una mueca cada vez que llegaba a casa. Las paredes eran feas, de un material que imitaba el adobe, y pintadas de rosa, y el tejado era de tejas rojas. La acera de cemento estaba decorada con unos cactus de aspecto enfermizo, pero no había árboles ni hierba, pues escaseaba el agua.

El hedor de algo muerto desde hacía tiempo y en avanzado estado de putrefacción la asaltó en cuanto abrió la puerta del piso. Retrocedió de inmediato, sintiendo náuseas, y el corazón le latió desaforadamente. Tuvo una curiosa sensación de temor, pero se recuperó en seguida… Después de todo, sólo se trataba de un olor, y en su piso. Tenía que hacer algo al respecto. Respirando sólo por la boca, entró de nuevo.

La cocina estaba limpia, el cubo de la basura vacío y el frigorífico casi sin nada en su interior. No encontró nada ni allí, ni en el dormitorio ni en el baño que pareciera ser la causa del olor. En el dormitorio respiró con cautela por la nariz para comprobar si el olor continuaba. El aire estaba limpio. Regresó lentamente a la sala de estar, pero tampoco allí había nada. El hediondo olor había desaparecido, como si nunca hubiera estado presente.

Nora se encogió de hombros. Quizá había sido algo en el exterior. Si volvía a olerlo, hablaría con el casero al respecto.

En la cocina no había nada para comer, por lo que, después de ducharse y cambiarse de ropa, Nora salió a la calle y se dirigió al Siete-Once, a tres manzanas de distancia, donde compró unas cuantas provisiones: leche, huevos, pan, queso y un paquete de buñuelos azucarados.

El sol ya abrasaba y el viento seco le cortaba la piel. Aquél iba a ser otro día cálido, seco y ventoso…, un día como cualquier otro en El Paso. Nora estaba satisfecha de pasarse durmiendo la mayor parte de la jornada. Pensó en Carolina del Norte, a cuya universidad había asistido, y se dijo con nostalgia que allí las hojas estarían a punto de brotar. Mientras regresaba al piso con la bolsa de las provisiones en los brazos, pensó en trasladarse al Este, a Carolina del Norte.

Cuando entró en el piso estaba sonando el teléfono.

—¡Hace tres días que intento ponerme en contacto contigo!

Era Larry, su marido.

—He estado mucho tiempo fuera —dijo ella, y empezó a quitar el envoltorio de celofán de los buñuelos.

—No hace falta que lo jures. Escucha, Nora, tengo unos documentos que debes firmar.

—Ah, creí que quizá me llamabas para felicitarme por mi aniversario.

Él guardó silencio. Una comisura de la boca de Nora se movió hacia arriba: se había marcado un tanto.

Entonces el hombre suspiró.

—¿Qué quieres, Nora? ¿Acaso debo pensar que la fecha de hoy significa algo para ti? ¿Que todavía te importo? ¿Quieres que vuelva?

—Dios me libre.

—Entonces deja toda esta tontería, ¿quieres? No hemos celebrado nuestro tercer aniversario de matrimonio…, de acuerdo, y legalmente seguimos casados, pero ¿qué significa eso?

—Estaba bromeando, Larry. Nunca has podido aceptar una broma.

—No te llamo para pelearme contigo, Nora, ni para bromear. Sólo deseo que firmes esos papeles para que podamos terminar este asunto de una vez. Ni siquiera tendrás que ir al juzgado.

Nora mordisqueó un buñuelo y se sacudió el polvo de azúcar que había caído en la camisa.

—¿Estás ahí, Nora? ¿Cuándo quieres que te traiga los papeles?

Nora dejó el buñuelo semicomido sobre el mostrador y reflexionó.

—Veamos, ven esta tarde, si quieres. No demasiado pronto, porque aún estaría durmiendo. ¿Te va bien a las siete y media?

—Las siete y media…

—¿No impedirá eso tus planes para cenar con esa…, cómo se llama?

—A las siete y media está bien, Nora. Pasaré por ahí a esa hora. Hasta luego.

Colgó el teléfono antes de que ella intentara sonsacarle algo más.

Nora hizo una mueca y se encogió de hombros mientras colgaba a su vez el teléfono. Terminó el buñuelo, sintiéndose deprimida. Contra su voluntad, empezó a pensar de nuevo en Larry y en su matrimonio, que había ido mal antes de que comenzara propiamente. Pensó en su breve luna de miel. Recordó México.

Fue Larry quien tuvo la idea de ir a México… A Nora este país siempre le había parecido un lugar pobre y sucio, lleno de indeseables que siempre entraban furtivamente en Estados Unidos. Pero Larry había querido ir, y Nora había querido hacerle feliz.

Larry le había dicho que era su luna de miel, y las palabras españolas, procedentes de su boca, casi le habían parecido dulces. Incluso México, en su compañía, le había parecido prometedor, sobre todo cuando dejaron las polvorientas tierras fronterizas y llegaron al océano.

Una tarde dejaron el coche en una playa desierta e hicieron allí el amor. Luego Larry se durmió, y Nora le dejó para caminar playa arriba y explorar el paraje.

Se sentía feliz, estaba deslumbrada y todo su cuerpo vibraba, y en este estado trepó a las rocas y buscó conchas para llevarlas a su marido. No se apercibió de cuánto se había alejado, hasta que un grito agudo le hizo salir de su ensoñación. No podía estar segura si era un grito humano o animal, pero luego oyó algunas palabras confusas, acarreadas por el viento.

Nora estaba asustada. No quería saber qué significaban aquellos sonidos ni de dónde provenían. Deseaba volver con Larry y olvidar que había oído algo. En seguida dio la vuelta y empezó a retroceder entre las rocas blancas, pero debía de haber equivocado su camino, pues al descender de una roca a la que estaba segura que acababa de trepar, los vio abajo, colocados como en una escena sacrificial.

En el centro había una muchacha, tendida sobre una roca baja y aplanada. Agachado sobre ella, haciendo algo, había un joven, y otro hombre joven los contemplaba ávidamente. Nora miró el rostro de la muchacha, que estaba contorsionado de dolor, y la oyó gemir. Sólo entonces se dio cuenta, con un súbito acceso de temor frío, de lo que estaba presenciando. Estaban violando a la muchacha.

El temor y la indecisión inmovilizaron a Nora, y entonces la víctima abrió los ojos y la miró directamente. La angustia reflejada en los iris de color castaño era elocuente. ¿Había en ellos un destello de esperanza al ver a Nora? Ésta no podía estar segura. Miró fijamente aquellos ojos durante lo que pareció largo tiempo, intentando desesperadamente tomar una decisión. Quería ayudar a la muchacha, alejar de ella a los hombres. Pero eran dos, y ella, Nora, era frágil e indefensa. Probablemente les gustaría disponer de dos víctimas, y en cualquier momento uno de ellos podía alzar la vista y descubrirla.

Procurando no hacer ruido, Nora retrocedió, apartándose de la roca. La escena se desvaneció de su vista; los suplicantes ojos castaños ya no podían acusarla. Empezó a correr lo mejor que pudo sobre el terreno desigual. Confiaba en que corría en la dirección correcta y pronto encontraría a Larry. Él la ayudaría… Le diría lo que había visto y él sabría qué hacer. Sería capaz de ahuyentar a aquellos hombres, o, como hablaba español, por lo menos podría contar a la policía lo que ella había visto. Con Larry estaría segura.

Transcurrieron los minutos y Nora seguía corriendo, a ciegas. No veía el coche, y pasó por su mente la horrenda posibilidad de que estuviera corriendo en la dirección contraria…, pero no se atrevía a desandar sus pasos. Un calambre en el costado y unos dolores agudos cuando inspiraba el aire le obligaron a caminar. Comprendió que el momento en que podría haber sido de ayuda, de haber encontrado a Larry a tiempo, se alejaba inexorablemente. Nunca supo durante cuánto tiempo caminó y corrió hasta que por fin avistó el coche, pero, incluso admitiendo la exageración debida al pánico, Nora juzgó que como mínimo había sido media hora. Tenía la sensación de que había estado corriendo desesperadamente durante todo el día, y había llegado demasiado tarde. Por entonces, los hombres ya habrían terminado con la muchacha. Tal vez la habrían matado, o quizá le habrían permitido escapar. En cualquier caso, Nora y Larry llegarían demasiado tarde para ayudarla.

—¡Aquí estás! ¿Adónde has ido? Estaba preocupado.

Larry abandonó el capó del coche, donde estaba apoyado, y fue a abrazarla. Por su tono no parecía preocupado, sino vagamente satisfecho.

Era demasiado tarde, y ella, después de todo, no le dijo lo que había presenciado. Nunca se lo contó.

Aquella noche, Nora se puso muy enferma en un limpio hotel de estilo norteamericano, cerca de Acapulco. Dos días después, todavía temblorosa e incapaz de mantener nada en el estómago, emprendió el vuelo hacia su madre y el médico de la familia en Dallas. Larry regresó solo en el coche.

La despertó el hedor. Sobresaltada y presa de las náuseas, se sentó en la cama y se cubrió la boca con la sábana, conteniendo la respiración. Era el olor de algo muerto.

Todavía aturdida por el sueño, transcurrió un momento hasta que se dio cuenta de que había algo mucho más aterrador que el olor: había alguien más en la habitación.

Cerca de los pies de su cama se erguía una figura inmóvil. El temor inmediato que experimentó Nora quedó pronto eclipsado por el instinto de conservación, por una conciencia fríamente racional. En la penumbra Nora no podía ver gran cosa del intruso, salvo que llevaba un extraño atavío, una especie de manto, y que sus facciones estaban ocultas tras algo que parecía una máscara. Pero lo más importante era que no se interponía entre ella y la puerta, y si se movía con rapidez…

Se puso en pie de un salto, cruzó el piso con la celeridad de un conejo y salió al jardincillo delante de la casa.

Caía la tarde, y el sol estaba bajo en el cielo, pero aún brillaba. Uno de sus vecinos, un mexicano, freía hamburguesas sobre un pequeño brasero. El hombre se quedó mirando a Nora, algo sorprendido por su repentina aparición, y le sonrió. Nora se dio cuenta de que sólo llevaba una camiseta vieja de Larry y unas bragas de vivos colores, y miró al hombre con el ceño fruncido.

—Alguien ha entrado en mi casa —le dijo en tono cortante, helando la sonrisa del vecino.

—¿Quiere telefonear desde aquí? ¿Llamar a la policía?

Nora pensó en Larry y sintió un súbito acceso de odio hacia él: esto le ocurría por su culpa, por haberla dejado abandonada a merced de los asaltantes de pisos, los violadores en potencia y las miradas lascivas de aquel mexicano.

—No, gracias —le dijo, sin que disminuyera la aspereza de su voz—, pero creo que sigue dentro. ¿Cree usted que podría…?

—¿Quiere que mire si sigue ahí? Claro, claro, echaré un vistazo. No se preocupe.

El hombre se apresuró a entrar en el piso. A Nora no le gustó ni pizca su buena disposición para ayudarla, pero en aquel momento le necesitaba.

En el piso no había nadie. La puerta trasera seguía cerrada, y las telas metálicas que protegían todas las ventanas estaban intactas.

Nora pidió a su vecino que mirase detrás de cada mueble después de examinar los armarios: sentía el desagrado de siempre por las reacciones histéricas y demasiado emotivas, sólo que esta vez dirigía el desagrado hacia sí misma.

Aunque una parte de su mente seguía creyendo que había visto a un intruso, la razón le decía que estaba equivocada. Engañada por una pesadilla, había corrido en busca de auxilio como una niña asustada.

Se mostró ruda con el hombre que le había ayudado, y le despidió tan secamente como si fuera un criado. No quería ver la expresión intrigada y maliciosa de su rostro; no quería que estuviera allí, probablemente riéndose para sus adentros por aquella típica muestra de histeria femenina.

Nora intentó olvidarse del asunto, como había olvidado otros incidentes embarazosos, otros sueños turbadores, pero no lo consiguió.

Al día siguiente le costó mucho conciliar el sueño. Unos niños jugaban en el estacionamiento de coches, y los gritos, los fragmentos de conversación y los timbrazos de una bicicleta la sacaban de su sopor una y otra vez.

Finalmente, cuando se durmió por la tarde, soñó que ella y Larry tenían una de sus interminables e inútiles discusiones en voz baja. Despertó del sueño frustrante con la impresión de que alguien había entrado en la habitación y, segura de que era Larry y dispuesta a reanudar la discusión en la vida real, abrió los ojos.

Pero antes de que pudiera pronunciar su nombre, el hedor le alcanzó como un golpe, aquel olor a muerto, demasiado familiar, y vio de nuevo la alta figura extrañamente ataviada.

Nora se incorporó rápidamente, procurando no aspirar el aire, y el esfuerzo le mareó. La figura no se movía. Esta vez la habitación estaba más iluminada, y podía ver claramente al intruso.

El extraño manto terminaba en unos andrajos ennegrecidos que colgaban sobre las manos y los pies, y la máscara tenía unos agujeros irregulares para los ojos y la boca… Con un escalofrío de horror, Nora comprendió lo que estaba viendo. La figura estaba vestida con una piel humana, el pellejo arrancado a otro ser humano y colocado grotescamente sobre el suyo propio.

Nora abrió la boca y respiró el aire en el que flotaba el olor de la piel putrefacta. Por un horrible momento temió que iba a vomitar y que quedaría paralizada, enferma y a merced del monstruo.

El temor le atenazó la garganta y las entrañas, y, tambaleándose, salió de la habitación y recorrió el pasillo.

No abandonó la casa, pues al llegar a la puerta recordó que no era la primera vez que veía a aquel ser. No era más que una alucinación de pesadilla, sólo un sueño. Apenas podía aceptarlo, pero sabía que era cierto. Sus dedos se cerraron sobre el frío pomo metálico, pero no lo hizo girar. Se apoyó en la puerta, sintiendo que los músculos del estómago se contraían espasmódicamente, consciente de la debilidad de sus piernas y el sabor amargo en la boca.

Intentó pensar en algo tranquilizante, pero no conseguía apartar las visiones de su mente: cuchillos, sangre, putrefacción, el aspecto que debía de tener una persona desollada. ¿Y qué era lo que se ocultaba bajo aquella piel putrefacta, qué podría esconder aquel disfraz repulsivo?

Cuando por fin hizo acopio de valor para volver al dormitorio, el fenómeno, naturalmente, había desaparecido. Ni siquiera había el menor rastro del olor putrefacto.

Sueño o alucinación, fuera lo que fuese, regresó al tercer día. Ella lo estaba esperando… Había permanecido rígidamente despierta durante horas, en la habitación iluminada por la luz del sol, sabiendo que vendría…, pero el hedor y la visión apenas fueron más fáciles de soportar la tercera vez. Por mucho que Nora se dijera que estaba soñando, por mucho que se empeñara en creer que lo que veía (¿y olía?) era mera alucinación, no tenía la sangre fría suficiente para permanecer en la cama hasta que se disipara.

Una vez más salió corriendo de la habitación, despavorida, odiándose por tener una conducta tan irracional. Y, una vez más, cuando se calmó y volvió al dormitorio, el ser o lo que fuera había desaparecido.

El cuarto día Nora se quedó en el motel.

Si alguien le hubiera sugerido la posibilidad de rehuir una pesadilla durmiendo en otro lugar, Nora la habría desdeñado, pero justificó la acción para sí misma, diciéndose que aquel sueño era diferente. En primer lugar, estaba el olor. Quizá existía alguna fuente real del hedor, que daba origen a la pesadilla. En ese caso, un cambio de aire pondría fin al problema.

La habitación a la que se trasladó aquella mañana, al finalizar su turno de trabajo, era como todas las demás habitaciones en la Posada del Norte, limpia y vulgar, con una decoración que oscilaba entre lo insípido sin más y lo agresivamente feo. Tenía una alfombra gruesa, con dibujos en hilo dorado; la colcha y el tapizado de las sillas eran de intenso color naranja. Las paredes eran blancas, cubiertas de pintura plástica, y sobre la cama había un mural pintado, listos murales diferían de una habitación a otra… En aquélla representaba una pirámide escalonada azteca, pintada en naranja y marrón.

Nora puso en marcha el aire acondicionado y el frescor inundó la habitación. Llevó al baño algunos artículos, pero todo lo demás lo dejó en la bolsa de viaje que descansaba sobre una silla. No tenía deseos de «instalarse» o introducirse en el vulgar anonimato de la habitación.

Encendió el televisor y se tendió en la cama para contemplar las insensatas interacciones de los invitados en un programa matinal. No tenía nada mejor que hacer. Después del programa de alcance nacional, hubo otro regional, en el que una anfitriona excesivamente maquillada sonreía, parpadeaba y asentía mucho. Sus invitados eran un hombre rubicundo, de edad mediana, que hablaba de los problemas ocasionados por los inmigrantes ilegales, y una mujer comentaba las antiguas bellezas de México. Nora apagó el receptor en el momento en que la dama comentaba unas diapositivas de las pirámides y otros monumentos mexicanos.

Al apagar el televisor, oyó los ruidos de personas que se movían en la habitación contigua. Parecían ser muchas, y eran escandalosas. Pusieron en marcha una radio, que emitió música y anuncios de México. Reían mucho, y Nora captaba de vez en cuando una palabra en español.

Nora soltó un juramento en voz alta. ¿Por qué no podían celebrar la fiesta en su lado de la frontera? ¿Y quién se comportaba de aquella manera a las diez de la mañana? Estuvo a punto de aporrear la pared, pero se contuvo; con eso no haría más que llamar la atención, y no era probable que les hiciera cambiar de actitud.

Para protegerse de aquella invasión acústica, encendió de nuevo el televisor. Ahora emitían un concurso, y los gritos de histeria, los campanillazos y las risas idiotas llenaron la habitación. Nora suspiró, bajó un poco el volumen y se desnudó. Entonces se metió en la cama y miró sin prestar atención las imágenes que se movían en la pantalla.

Estaba fatigada, pero demasiado excitada para dormir. Su mente dio vueltas y más vueltas hasta que por fin pensó a propósito en lo que la inquietaba: el hombre vestido con aquella piel. ¿Qué significado tenía? ¿Por qué la acosaba?

Parecía más una alucinación que un sueño ordinario, y eso hacía que Nora se sintiera doblemente inquieta. Era demasiado real. Cuando veía, y olía, la figura de pesadilla, no podía convencerse del todo de que sólo estaba soñando.

¿Y que significaba la figura en sí? Nora pensó que, por alguna razón, era un producto de su subconsciente, pero no podía creer en que era algo salido exclusivamente de su imaginación… La idea de un hombre vestido con la piel de otro despertaba algún recuerdo profundo. En algún lugar, hacía mucho tiempo, había leído acerca de un ser que llevaba la piel arrancada a otro, o había visto una imagen. ¿Sería algún elemento de la mitología mexicana? ¿Algún dios antiguo, precolombino?

Sin embargo, cada vez que se esforzaba para recordarlo, el recuerdo se alejaba perversamente.

¿Y por qué aquella figura de pesadilla la acosaba ahora? ¿Porque estaba sola? Pero eso era absurdo. Nora se movió inquieta en la cama. No sentía ningún remordimiento por la separación o el divorcio inminente; estaba contenta de que Larry se hubiera ido. Deberían haber sido lo bastante juiciosos para poner fin a su matrimonio años antes. No quería que él volviera bajo ninguna circunstancia.

Y sin embargo… Larry se había ido, y aquel monstruo con dos pieles la estaba hostigando.

Finalmente, cansada por aquella inútil profundización en el recuerdo, Nora apagó el televisor y se dispuso a dormir.

Despertó sintiéndose mareada. No era preciso que volviera la cabeza o abriera los ojos para saberlo, pero lo hizo. Naturalmente, el intruso estaba en la habitación. La perseguiría adondequiera que huyese. El hedor procedía de la piel putrefacta que llevaba, no del cubo de la basura de un vecino o de algo muerto entre las paredes. No parecía el producto de una alucinación, sino inequívocamente real, de pie junto al receptor de televisión y delante de las cortinas.

Mientras le miraba, Nora deseó despertarse. Quería que aquel ser se fundiera, que desapareciese, pero seguía allí. Podía ver el brillo de sus ojos a través de los agujeros en la máscara de piel, y, de repente, se sintió más asustada de lo que había estado jamás en su vida.

Cerró los ojos. El pálpito de la sangre en sus oídos era el sonido del miedo. No podría oírle si él se acercaba más. Incapaz de soportar la idea de lo que él podría hacer, sin que ella le viera, Nora abrió los ojos. El intruso seguía allí. No parecía haberse movido.

Pensó que debía salir. Tenía que dar a la figura la oportunidad de desvanecerse, como siempre lo había hecho hasta entonces. Pero estaba desnuda, no podía salir de aquella manera, y todas sus ropas estaban en la silla, al lado de la ventana, muy cerca de él. Supo que de un momento a otro se echaría a gritar. Ya estaba temblando… Tenía que hacer algo.

Con las piernas debilitadas por el miedo, Nora bajó de la cama y se dirigió tambaleándose al baño. Cerró la puerta tras ella y oyó el tranquilizador sonido del seguro cuando oprimió el botón.

Permaneció de pie, apoyada en la superficie de formica que rodeaba la pica, la cabeza gacha, respirando entrecortadamente, esperando que el miedo cediera. Cuando se calmó, levantó la cabeza y se miró en el espejo.

Allí estaba, la misma Nora de siempre. Sin marido, huida de su casa debido a los nervios, rodeada por la esterilidad gris y blanca de un cuarto de baño de hotel. No había ningún motivo para estar allí… ni en aquel edificio, ni en El Paso, ni en Texas, ni en esta vida. Pero allí estaba, viviendo como si todo tuviera algún objetivo, y por la única razón de que no sabía qué otra cosa podría hacer… No tenía la menor idea de cómo empezar de nuevo.

Captó un atisbo de movimiento en el espejo, seguido del claro reflejo de aquel que había ido a por ella: la cabeza enfundada en la máscara de otro rostro, cubierta rudamente por ella. Nora miró con calma al espejo, directamente al reflejo de aquellos ojos. Vio que eran castaños, muy parecidos a unos ojos que recordaba haber visto en México.

Sintiendo una especie de alivio porque ya no existía ningún lugar hacia el que huir, Nora se dio la vuelta para enfrentarse al intruso, para ver a aquel hombre bajo su piel muerta por primera vez en una distancia plenamente iluminada.

—Ella te ha enviado —le dijo, y se dio cuenta de que ya no tenía miedo.

La piel era horrible, de un color gris listado con los bordes desgarrados y negros. Pero ¿y el hombre que estaba debajo? Había visto sus ojos. De repente, mientras miraba fijamente la figura, recordó su nombre, tan claramente como si lo hubiera visto escrito en el espejo: Xipe, el Desollado. Había acertado al pensar en algún antiguo dios mexicano, pero no sabía nada más de él, ni necesitaba saberlo. No era un sueño que requiriese una interpretación… Ahora estaba allí.

Vio que llevaba un cuchillo curvo, y observó sin temor cómo se quitaba la piel que le cubría y la arrojaba al suelo.

Revelado sin la piel externa que le desfiguraba, Xipe era un joven moreno de rostro puro y atractivo. A Nora no le pareció mexicano, sino indio, un noble de antigua estirpe. El hombre le sonrió y ella le devolvió la sonrisa, convencida ahora de que nunca había tenido ningún motivo para temerle.

Él le ofreció el cuchillo, y sus ojos le prometían que sería muy fácil. No había ningún temor, ningún interrogante en sus profundidades. Parecía decir: «Quítate la vieja piel, la vieja vida, como yo he hecho, y renace».

Como ella titubeaba, él alargó la mano libre y trazó una línea a lo largo de su piel. El contacto de aquella mano quemaba como el hielo. La piel de Nora estaba demasiado tensa. Xipe, suave, limpio y nuevo, la observaba, ofreciéndole la hoja ritual.

Al final, ella tomó el cuchillo e hizo la primera incisión.

Ir a la siguiente página

Report Page