Horror 3

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Yare

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Yare

MANLY WADE WELLMAN

Manly Wade Wellman nació en Angola en 1903, pero hoy está plenamente identificado con Carolina del Norte, donde vive con su esposa Frances (la cual colaboró en otra época en la revista Weird Tales y que ahora ha vuelto a escribir).

Manly es un corpulento caballero sureño que toma vasos de Jack Daniels y fuma unos cigarros horribles. Ha escrito bajo muchos seudónimos, y su nombre, junto con mucha información esencial, figura en Who’s Who in Horror and Fantasy Fiction. Entre sus obras sobresalen Who Fears the Devil?, sobre el luchador sobrenatural John (el cual también aparece en otras novelas), Lonely Vigils, The Beyonders, The Old Gods Waken, After Dark, Sherlock Holmes’ War of the Worlds (escrita en colaboración con su hijo Wade e impublicable en Gran Bretaña) y la enorme colección Worse Things Waiting, la cual ganó merecidamente el World Fantasy Award, y en 1978 recibió el premio literario North Carolina Award. August Derleth ha dicho de los relatos de John que son «sui géneris y al propio tiempo auténtico folklore norteamericano». Esto también puede decirse de «Yare».

Caía la tarde y los cuatro estaban junto a las brasas avivadas por el viento, con los utensilios preparados. La ladera, por debajo de la montaña Black Ham, tenía varias agrupaciones de árboles, con extensiones de hierba entre ellas. El joven Hal Stryker se sentía privilegiado por estar allí, y dejaba que los demás contemplaran su cabello rubio y largo y sus tejanos remendados.

Poke Jendel le había presentado a los demás cuando llegaron.

—Éste es Hal Stryker, el tío que os dije que traería. Hal, dale la mano a Seth Worley y a ese barbudo, Reed Lufbrugh, que hace un buen licor de alambique y me parece que ha traído una jarra. Hal es de la llanura, y quiere ver cómo hacemos las cosas aquí, en la montaña.

—Como esta caza de zorros —añadió Stryker—. Tengo noticias de cómo los cazáis, pero es mejor ver una cosa que oír hablar de ella.

—Nunca se ha dicho nada más cierto —aprobó Seth Worley, delgado como un cuchillo de caza y con el mismo aspecto de disponibilidad, el cabello negro y la mandíbula en forma de reja de arado.

Jendel era el más menudo de los presentes, pero membrudo y con una expresión de astucia en su rostro caballuno, las manos anchas, diestras en el manejo de armas, herramientas y, sobre todo, el banjo. Lufbrugh era el mayor, y tenía el cabello escaso y gris, la barba hirsuta y el bigote con las guías curvadas como cuernos de búfalo. Estaban sentados en piedras cuadradas, vestidos con ropas ásperas y todos de buen humor. Sólo Stryker carecía de arma; las de los otros estaban al alcance de la mano.

Atados a unas raíces próximas, media docena de perros se movían y jadeaban. Todos menos uno eran lebreles de color marrón manchado. La excepción era un animal de raza escandinava, de pelaje espeso y orejas erguidas, a la expectativa.

—Los perros están preparados para partir —dijo Worley—, y esta noche espero oírles correr detrás de alguna presa.

Puso en la sartén las piezas de dos pollos troceados, mientras Poke Jenkel agitaba harina con agua y sal en otra sartén, para hacer pan de maíz. Lufbrugh abrió su jarra y bebieron por turno, con el recipiente apoyado en el antebrazo.

—Es bueno —comentó Stryker, satisfecho del sabor fuerte del licor.

—Mejor que el whisky del gobierno —dijo Lufbrugh—. Puro como agua de manantial. No lo ha tocado más que la madera del barril, el cobre del alambique y la arcilla de la jarra.

Stryker miró la piedra en la que estaba sentado.

—Parece como si en otro tiempo hubiese habido aquí una casa.

—Hace muchos años —confirmó Jendel, moviendo la cabeza por encima de la sartén—. Aquí vivió un tío que se llamaba Yare. Su casa ha desaparecido, lo mismo que él. Yo no le recuerdo, creo que no había nacido.

—¿Qué significa Yare? —preguntó Stryker.

—Me parece que no es más que un apodo —dijo Jendel—. No sé cuál era su nombre verdadero. La gente se limitaba a llamarle Yare.

—Yo era pequeño cuando Yare andaba por aquí —añadió Lufbrugh, con la jarra en el regazo—. No era de aquí, venía de lejos, y aseguraba amar a los animales y odiar a los cazadores.

—¿Y cómo se tomaba eso la gente? —inquirió Stryker, que tampoco era un cazador entusiasta.

—Siempre tenían altercados —replicó Lufbrugh—. Oí decir que tenía poderes de no sé dónde. Podía hacer que lloviera cantando cierta canción, podía matar un cultivo en el campo si no le gustaba el tío que lo había plantado.

—Mi viejo me habló de él —dijo Jendel, que seguía removiendo la sartén—. Si matabas un ciervo, aplicaba su manaza empapada en sangre en la puerta de tu casa, y la sangre no se secaba y goteaba durante días.

—Yo he oído la misma historia —dijo Worley, y echó un polvo oscuro a la salsa del pollo—. Esto no es ningún veneno, sino café instantáneo. Le da buen sabor.

—Pero habéis dicho que ese Yare está muerto —dijo Stryker.

—Eso dice la gente —replicó Lufbrugh—. Pero yo todavía no tengo noticias de dónde puede estar su tumba.

Jendel empuñó cuchillo y tenedor y procedió cuidadosamente a dar la vuelta a la torta de maíz en la sartén.

—Ya empieza a ser hora de soltar a los perros.

—Yo lo haré —se ofreció Worley.

Se levantó y desenganchó las correas de los collares. Avanzó algunos pasos con los perros, hasta que éstos se agruparon y husmearon el suelo astutamente. Entonces echaron a correr, con los hocicos a ras de tierra. Se dirigieron hacia la mole distante de la montaña Black Ham, sobre la que brillaba tenuemente una luna como un melón. Los hombres los contemplaron.

—Bueno, vamos a comer —dijo Jendel poco después.

Cortó la torta de maíz a triángulos y los colocó en platos de cartón. Worley extrajo los jugosos trozos de pollo. Lufbrugh repartió los cubiertos.

Stryker probó el pollo y comprobó que era tan sabroso como Worley había prometido. A lo lejos, en la oscuridad, un perro ladraba rítmica y trémulamente.

—Ése que ladra es «Tromp» —les informó Jendel—. Lo conocería entre un millar.

—¿Cómo es que no los seguís? —inquirió Stryker.

—Con esa jauría de perros inteligentes, no hace falta que demos un paso —explicó Lufbrugh, echando una cucharada de salsa sobre la torta—. Nos quedamos aquí sentados y les gritamos las órdenes, les decimos que traigan hacia aquí la presa.

—He oído decir que los cazadores de la llanura cabalgan tras el zorro vestidos con casacas rojas —comentó Jendel—. Debe de ser muy molesto.

Se oyó el ladrido de otro perro, como un tañido de campana.

—Ése es mi «Giff» —dijo Worley—. Cuando ladra así es que la presa está cerca. Ya están a buena distancia de aquí.

—Y la harán venir hasta aquí —predijo Lufbrugh, que mordisqueaba un muslo de pollo.

Stryker tomó un bocado de torta con salsa.

—Lo que habéis dicho de ese hombre, Yare, es interesante —dijo de improviso.

—Te conozco, Hal —replicó Jendel con una sonrisa—. Te gusta oír hablar de fantasmas, brujas y esas cosas.

—Habéis dicho que vivió aquí, precisamente donde ahora estamos.

—Su casa se levantaba sobre estas mismas piedras —dijo Lufbrugh—. La incendiaron.

—¿Por qué?

—A la gente no le gusta mucho Yare.

Miraron a Stryker y éste sonrió. Como Jendel había dicho, le gustaba esa clase de historias, sobre todo en un lugar como aquél, a aquellas horas de la noche y con los perros ladrando a lo lejos.

—¿Por qué no les gustaba? —preguntó, porque los otros esperaban que lo hiciera.

—Fastidiaba a los cazadores —dijo Lufbrugh con la boca llena—. Quería a los animales más que a la gente…, es decir, a los animales salvajes. No valoraba las vacas, los pollos o los cerdos. Decía que estaban domados y que merecían morir. La gente sospechaba que de noche robaba animales domésticos para comérselos. Pero detestaba la matanza de ciervos y mapaches, e incluso la pesca.

—¿Tenía familia? ¿Esposa?

—Ninguna chica le habría mirado —dijo Lufbrugh—. Era demasiado peludo.

—¿Cómo era eso?

—Tenía pelo por todas partes —replicó Lufbrugh—, no sólo una barba como la mía. El pelo le cubría toda la cara, incluso la nariz… Le vi una o dos veces y pude comprobarlo. Y los brazos, las manos, todo lo que dejaban ver los harapos con que se cubría… también eran peludos, como un oso o un gato salvaje. Era un pelo oscuro y mate, sin ningún brillo, realmente repugnante. Si ha muerto, mejor para todos.

—Si estuviera vivo, tendría ya cien años —dijo Jendel.

—Mi abuelo vivió más de cien —replicó Worley—, y la mañana del día que murió anduvo cuatro kilómetros, recogiendo nueces.

—Yare era un hombre muy alto —siguió diciendo Lufbrugh—. Debía de medir casi dos metros, y tenía unos brazos tan largos que casi le llegaban al suelo.

Stryker permanecía en silencio, tratando de imaginar una figura semejante. Jendel tomó otro bocado.

—Como he dicho, yo aún no había nacido cuando Yare andaba por aquí, pero he oído decir que no era humano, que lo había engendrado algún diablo.

—Tenía un aspecto bastante diabólico —añadió Lufbrugh—, y su manera de comportarse no lo era menos. Asustaba a la gente, quizá incluso mató a un par de tipos…

Worley asintió.

—He oído decir que de vez en cuando desaparecía una pareja de cazadores, y nadie encontró jamás sus cuerpos.

—Ni nadie encontró el cuerpo de Yare —apostilló Lufbrugh.

A lo lejos los perros se pusieron a ladrar al unísono, como un coro.

—Han dado con algo —dijo Jendel—, y ahora están tratando de capturarlo.

Terminaron de comer mientras proseguía el lejano concierto de ladridos. Jendel echó las sobras al fuego, que crepitó ávidamente. Lufbrugh volvió a pasar la jarra. La luna estaba muy alta por encima de la montaña Black Ham.

—Ahora escucha a los perros —dijo Worley.

El griterío del coro se intensificó, como si la jauría siguiera una pista a lo largo de la cuesta. Los ladridos eran briosos y reflejaban una intención mortífera.

—Saben que se están acercando —decidió Worley—. Pronto podrán ver la presa que persiguen y le darán alcance.

Los ladridos se alzaron al unísono, y luego se extinguieron todos menos uno.

Jendel lo identificó.

—Es «Tromp», que ahora debe de llevar la delantera.

Los ladridos se hicieron más débiles.

—Se están alejando mucho, pero sin duda traerán la presa hacia aquí —dijo Lufbrugh en tono confiado—. ¿Alguien quiere otro trago?

Se pasaron la jarra por turno.

—Volvamos a ese Yare —dijo Stryker—. ¿No hay modo de cerciorarse de si está muerto o no?

—¡Qué diablos! —dijo Worley, limpiándose la boca—, ya sabes cómo son algunas personas, les gusta hablar por los codos. Te dicen que una plaga les mata el maíz, o que sus perros enloquecen y tienen que matarlos, e imaginan que Yare tiene algo que ver con eso. O bien ven algo en la ventana y se obsesionan.

—He oído cosas así —intervino Jendel—. Dicen que si aparece y mira al interior de tu casa a través de la ventana, alguien de tu familia muere.

—¿Te crees eso, Poke? —inquirió Lufbrugh.

—No he dicho que lo creyera, pero conozco gente que sí se lo cree.

Worley tomó otro trago.

—Bueno —dijo entonces, dirigiéndose a Stryker—. Te hemos contado nuestras historias, y ahora te toca a ti. Cuéntanos algo sobre esas cosas, que según Poke, has visto y hecho.

—Hazlo, Hal —le alentó Jendel.

Stryker obedeció, aunque con cierto titubeo. Dijo cómo había logrado destruir un espíritu maligno que rondaba una antigua parada de postas, en una carretera semiolvidada, y cómo se había metido en una cabaña situada en un lugar remoto y literalmente asediada por árboles astutos y malignos, y cómo había salido indemne. Mientras hablaba, miraba a sus compañeros, los cuales parecían sopesar cada palabra que les decía.

—Caramba —dijo por fin Jendel—. Eso sí que es tener experiencia. Te habrá resultado muy provechoso.

A lo lejos ladraron los perros que proseguían su persecución encarnizada.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Stryker.

—Te has enfrentado a espíritus malignos y esa clase de cosas, los has derrotado. Eso significa que has encontrado la manera de hacerlo.

—No veo cómo —replicó Stryker, perplejo.

—Es como en la guerra —intervino Lufbrugh—. Te adiestran, te dan un arma y te nombran soldado. Pero en realidad no eres tal soldado hasta que están en pleno combate y las balas te pasan silbando por encima de la cabeza.

Los perros ladraron de nuevo, desde algún lugar muy alejado. Parecían más excitados y menos alegres.

—Escúchales —dijo Worley—. Es posible que hayan tenido un atisbo de la presa.

Se oyó una serie de ladridos que eran casi gritos.

—El viejo «Tromp» les dice a los otros que él irá delante —dijo Jendel aprobadoramente.

—Hijo —le dijo Lufbrugh a Stryker, con voz grave—, lo que acabas de decirnos me hace pensar en que nos has sido muy necesario aquí, en la zona de Black Ham.

—¿Yo? —dijo Stryker, sorprendido.

—Has estudiado esas cosas y puedes figurarte lo que hay que hacer en ciertos casos.

Las llamas vacilaban entre ellos, iluminando los rostros que miraban a Stryker. Jendel echó leña al fuego; hubo un breve forcejeo entre éste y el combustible, y luego ascendieron las lenguas ardientes, amarillas como mantequilla. Los perros ladraron de nuevo. Ahora parecían estar más cerca.

—¿Qué tiene todo esto que ver con la caza de zorros? —preguntó Stryker.

—¿Caza de zorros? —repitió Lufbrugh.

—¿Quién dijo una palabra de zorros? —inquirió Worley.

—Pe… pero —tartamudeó Stryker—. He venido aquí con Poke porque ibais a cazar un zorro.

—Yo no te dije nada de zorros —afirmó Poke con gravedad—. Te dije que esta noche vendríamos aquí con los perros, y si te parecía bien la idea de acompañarnos.

—¿Me estáis gastando alguna clase de broma? —les retó Stryker, a medias enfadado.

—No, Hal —dijo Jendel, en tono paciente—. No es ninguna broma, estamos hablando perfectamente en serio. Ya estábamos informados de esas cosas extrañas de las que nos has hablado.

—Las brujas y los espíritus malignos —añadió Worley—, y sabíamos que eres capaz de hacer algo contra ellos si te acosan.

Stryker los miró de hito en hito. Todos estaban serios.

—Es verdad que he tenido algunas experiencias fuera de lo corriente —dijo con lentitud—, pero no pensaba que os lo creeríais.

—Te creemos —dijo Lufbrugh—. Hemos venido aquí para creerte. Mira, hijo —y recalcó sus palabras alzando el mentón barbado—, por eso le dijimos a Poke que te trajera con nosotros esta noche.

—No lo entiendo —gruñó Stryker, moviéndose nerviosamente sobre la piedra en la que estaba sentado.

—Es natural que si un hombre ha pasado por las experiencias que tú dices haber tenido, si se ha enfrentado a esas cosas y ha descubierto cómo vencerlas…, es lógico que tenga un poder, ¿no te parece?

—Lo que Poke quiere decir —dijo Worley— es que ese hombre es capaz de acabar con tales fenómenos.

—Eso es lo que se ha supuesto siempre —admitió Stryker, sintiendo un escalofrío en el estómago.

—Entonces escucha, Hal —le instó Jendel—. Óyeme bien. Esta noche no hemos venido aquí para que los perros vayan en pos de algún zorro.

—Por Dios, ¿de qué se trata entonces?

—Ya hemos hablado de eso, hombre. Hemos venido en busca de Yare.

Los perros ladraron, y el sonido era más fuerte, más cercano. Stryker se levantó bruscamente.

—Si esto es una broma… —empezó a decir.

—Si fuera una broma sería bastante estúpida —dijo Jendel—. Nada de bromas, Hal. Te estamos hablando completamente en serio.

Estaban sentados sobre aquellas piedras que en otro tiempo habían sostenido una casa, como un tribunal que le estuviera sentenciando. La luz de la luna iluminó sus rostros.

—Hemos venido aquí para encontrar a Yare de una vez por todas —le explicó Jendel—, para poner fin a lo que hace en estos alrededores. Y tú eres quién va a detenerle.

—¡Todos habéis perdido el juicio! —exclamó Stryker.

—Si lo que has dicho es cierto —dijo Lufbrugh—, vas a tener la ocasión de demostrarlo directamente, porque los perros están empujando a Yare hacia aquí, como si fuera un zorro.

Los ladridos de la jauría iban haciéndose más intensos, en un crescendo.

—Ahora pueden verle —dijo Worley, expertamente—. Le están haciendo correr con rapidez.

—Y quiere refugiarse aquí —dijo Jendel—, en el mismo lugar donde estamos, donde vivió en otra época. Hal, ahora te toca a ti.

—Te toca a ti, hijo —repitió Lufbrugh, como si pronunciara una bendición.

El clamoreo de la cacería se intensificó. A través del campo raso algo se dirigía hacia ellos, raudo como una sombra.

Stryker lo miró y vio que era algo grande y negro. Tenía el tamaño de un oso o un toro. Los perros avanzaban tras aquella forma, saltando para tratar de cercarla.

Los otros se habían levantado, empuñando los rifles. Stryker, desarmado, cogió un palo de entre el montón de leña; tendría un metro de longitud y uno de sus extremos formaba una punta áspera. Podría serle de utilidad en caso de pelea. Una pelea… La idea hizo que se le revolviera la sangre.

Se apartó del fuego. El terreno parecía temblar bajo sus plantas. Fuera lo que fuese aquella cosa, se había aproximado lo suficiente para poder verla. Se acercaba velozmente, encogida, agazapada, enorme. Sus largos brazos se movían como alas caídas, casi tocando el suelo. De repente se irguió delante de él.

Era como un caballo encabritado, alzado rudamente contra el cielo nocturno, con aquellos grandes brazos colgantes. Las estrellas parpadeaban a su alrededor. Stryker se preguntó por qué no le disparaban, y entonces pensó que quizá los disparos no le hacían nada. El monstruo se acercó.

Unas manos como rastrillos se agitaron ante él. La luz de la luna iluminó lo que debía de ser el rostro, oscuro y cubierto de pelo, excepto en el lugar de los ojos, tan juntos que casi se confundían. Tenía los dientes puntiagudos e irregulares.

Entonces los perros se abalanzaron contra sus peludos flancos. Lanzó un grito ensordecedor y retrocedió, apartándose de Stryker y agitando las manos a derecha e izquierda. El muchacho tuvo un atisbo de un brillo pálido entre el pelaje de un brazo, un destello como de marfil. Un perro lanzó un grito agónico mientras volaba por el aire como una hoja impulsada por el viento. El enorme y grotesco ser se zafó de la jauría y se acercó de nuevo a Stryker.

Un olor hediondo invadió sus fosas nasales, tan abrumador que le hizo tambalearse como si le hubieran dado un golpe. La hirsuta forma volvió a alzarse contra el cielo, su pelaje ondulante. Stryker tuvo otro atisbo de algo pálido y listado, como una hilera de costillas descarnadas. Desesperadamente, aferró el palo con ambas manos y lo descargó. El golpe produjo un sonido metálico apagado, como un gong. La criatura ni se inmutó bajo el impacto. Fue a por él, con las manos extendidas. Sus garras le desgarraron la camisa, y Stryker se arrojó al suelo hacia atrás, rodó sobre sí mismo y se irguió, apoyándose en una rodilla: el monstruo volvía a estar delante de él, los grandes hombros encorvados, cubiertos por el pelo negro. Despedía un hedor tan fuerte que a Stryker le escocían los ojos. Las garras se curvaron hacia él.

Hizo girar en sus manos el palo puntiagudo y trató frenéticamente de hundir la punta en el cuerpo del monstruo, pero la oscura mole lo esquivó. Los perros gruñían, ladraban y correteaban alrededor.

—¡Yare! —exclamó, y el ser conocía su nombre, pues levantó los hombros y le gruñó.

¿Quién era Yare, en qué se había convertido? Aquel ser enorme, con brazos como alas terminados en garras, había salido del Yare que amaba la naturaleza y odiaba la humanidad domada. Aquella masa oscura bajo la luz danzante de la luna quería luchar, y había que presentarle batalla.

Stryker empuñó de nuevo el palo y empujó el extremo puntiagudo, sin una esperanza auténtica de que eso sirviera para mantener a distancia a la bestia. Vio que la boca del monstruo se abría, mostrando los dientes que eran como los de una calavera monstruosa, y se cerraba otra vez.

La punta del palo se clavó en algo parecido a la tierra, y Stryker oyó un grito ensordecedor de dolor. El hedor se arremolinaba a su alrededor como un torrente fétido.

La fuerza de su empuje le había permitido incorporarse, y se echó adelante sujetando el palo. La sombra gigantesca casi le envolvía. Entonces cedió bruscamente. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Stryker hundió el palo más y más.

El monstruo se agitaba, tendido en el suelo. Una mano se alzó hacia él y Stryker sintió el escozor de los arañazos en la mejilla. Apoyó todo su peso en el palo y notó que se hundía en algo distinto a aquello que bahía traspasado, se hundía en la tierra, clavando al monstruo como si fuera un insecto gigantesco clavado en un cartón. La cabeza le daba vueltas y retrocedió tambaleándose y cayó sobre la hierba. Perdió el sentido y tuvo sueños horribles.

Volvió en sí furtivamente, como si su conciencia no estuviera segura de que debía volver. Sus compañeros conversaban. Entonces notó que unas manos le palpaban. Parpadeó y pudo ver. Jendel estaba a su lado, ayudándole a levantarse. Worley se acercó por el otro lado y le sujetó con un brazo.

—Te ha dejado una buena marca —balbuceó Jendel—. Parece como si te hubieran acuchillado la mejilla. Dame esa jarra, Reed.

Lufbrugh le pasó la jarra a Jendel, el cual derramó su contenido sobre la mejilla de Stryker. El licor le produjo un escozor intenso y contribuyó a despejarle la cabeza. Vacilante, se llevó una mano al rostro: estaba húmedo de sangre y whisky.

—Ninguno de vosotros ha intervenido en la pelea —dijo Stryker.

—Ninguno de nosotros podría haber hecho nada —respondió Lufbrugh—. Te tocaba a ti.

—¿Tienes un pañuelo limpio? —preguntó Worley, con las manos en los bolsillos de Stryker—. Ya está, sujétalo ahí. Te restañará la sangre.

Stryker se aplicó el pañuelo a la herida.

—¿Qué ha ocurrido?

—¿Qué ha ocurrido? —repitió Lufbrugh—. Has hecho aquello para lo que te trajimos aquí. Has acabado con Yare.

Stryker miró a Jendel, tratando de comprender.

—Está ahí tendido —dijo Jendel, señalando el lugar—. Cuando te enfrentaste a él sólo con un palo, temimos que todo había terminado para nosotros, pero se lo clavaste en el sitio preciso, lo inmovilizaste contra el suelo.

No, Hal, no vayas ahí.

—Está muerto —dijo Worley.

—Lo estaba desde el principio —añadió Lufbrugh—. Lleva años muerto. No hay más que oler el hedor que despide.

Stryker miró la gran forma oscura que yacía inmóvil bajo la suave luz lunar. A su alrededor los perros hacían cabriolas, sin atreverse a acercarse demasiado.

—Parece como si sólo tuviera huesos bajo la piel —dijo Lufbrugh—. Ni siquiera los perros quieren hincarle el diente.

—Ha dejado seco a mi buen «Giff» —musitó Worley compungido—. Lo aplastó como un huevo de pato.

—Es una verdadera lástima, Seth —le consoló Lufbrugh—. Sé cuánto valorabas a ese perro, la estima en que lo tenías. Es una pena.

Se alejaron de las piedras cuadradas y la mole caída e inmóvil de aquella criatura que se había llamado Yare.

Lufbrugh dijo entonces:

—¿Sabéis, amigos, de qué era ese palo que Hal Stryker usó en la pelea? Pues una rama de fresno.

—Una rama de fresno —repitió Stryker en tono neutro.

—Claro, era fresno. He hablado con algunos viejos injun que viven por estos alrededores, y la madera de fresno es una de las cosas que usaban a veces para luchar contra los malos espíritus. Sin duda ahora ha surtido efecto.

Stryker se secó el rostro ensangrentado y sudoroso, y caminó fatigadamente con los otros. Los perros les seguían, todos menos el que yacía cerca de aquella gran masa muerta.

—¿Qué haremos con el cuerpo? —preguntó Stryker.

—Diablos, no haremos nada con él —dijo Jendel.

—Que se quede donde está —le secundó Lufbrugh.

Ya estaban a una distancia considerable del teatro de los acontecimientos. Apretaron el paso y se dirigieron hacia un diminuto punto luminoso que señalaba en la noche el emplazamiento de una cabaña.

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