Horror 3
Una habitación con vita
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Una habitación con vita
TANITH LEE
Tanith Lee es prolífica y misteriosa. Nació en Londres en 1947 y empezó a escribir a los nueve años. Ha sido bibliotecaria auxiliar, ha trabajado como ayudante en un comercio y ha estudiado arte durante un año. «En 1976 pude prescindir de todas estas interrupciones y convertirme en una escritora de dedicación plena. Me interesa la música clásica, la pintura, la lectura y el cine, todo lo cual influye en mi escritura. De hecho, me influye todo lo que veo y lo que me sucede». Escribe relatos de fantasía y ciencia ficción para niños, jóvenes y adultos, tanto para el medio editorial como para la radio y la televisión. Su obra abarca desde lo lírico hasta lo subversivo (Red as Blood, Sabella). Sabe encontrar el tiempo necesario para asistir a convenciones y ganar premios en ellas. Su imaginación parece infatigable.
El cuento que presentamos a continuación está lejos de los vívidos mundos de fantasía de The Storm Land y Volkhavaar; es un relato contemporáneo que lleva hasta el fin sus implicaciones con una lógica de pesadilla.
—Entonces se queda con ella.
—Sí, sí.
—Como puede ver, está en perfectas condiciones.
—Desde luego.
—Las ropas están ahí, sobre la cama, la cubertería en la caja, el fregadero, la cocina… El contador es el mismo que tuvo el año pasado. Y ya ha visto el baño al otro lado del pasillo.
—Sí. Todo está bien, gracias.
—Lamento no haberle podido proporcionar la otra habitación, pero no nos avisó con tiempo suficiente, y precisamente ahora, en agosto y con un tiempo tan bueno, lo tenemos todo ocupado.
—Lo comprendo. Ha sido usted muy amable al facilitarme esta habitación. He tenido suerte, ¿verdad? La única disponible.
—Ésta suele ser la última en ocuparse.
—Pues resulta extraño, con una vista tan bonita del mar y la bahía.
—Bueno, no he querido decir que la habitación tuviera algún inconveniente.
—Por supuesto que no.
—El señor Tinker siempre se alojaba aquí. Todos los años durante cuatro meses, de junio a septiembre.
—Ah, sí.
—El año pasado nos llevamos un gran disgusto. Su hija telefoneó para cancelar la reserva: su padre había muerto un día antes de la fecha en que se disponía a venir en tren. Qué lástima.
—Sí que lo fue.
—Bueno, la dejo para que se instale. Ya sabe donde estoy si necesita algo.
—Muchísimas gracias, señora Rice.
Apoyada en la puerta cerrada, pensó en el señor Tinker. Qué nombre el suyo, como el de un perro. ¡Tinker, aquí! ¡Ahí va el hueso, Tinker! Se dijo que debía evitar tales tonterías, debidas a los nervios, el nerviosismo de la llegada, de estar al lado del mar, de la soledad.
Caroline se acercó a la ventana y contempló la explanada por donde los veraneantes, ataviados con ropas de vivos colores, paseaban bajo el sol de la tarde. Más allá, la bahía abría sus brazos al mar. En el puerto, las pequeñas embarcaciones estaban varadas a causa de la marea baja. El agua tenía el color azul del aciano.
Si David hubiera estado allí, ella le habría dicho que sus ojos eran exactamente tan azules como el mar, lo cual no era cierto. ¡Qué tejido de mentiras existía entre ellos! Incluso mentiras sobre el color de los ojos. Pero no iba a pensar en David. Había ido allí sola, como lo hiciera la temporada anterior, para dibujar, pintar y meditar.
Lástima que no había podido conseguir la otra habitación, porque era mayor y tenía baño incorporado. Era una molestia tener que compartirlo y cruzar el pasillo cada vez que lo necesitara. Pero lo cierto era que aquel año no había pensado alquilar la habitación para pasar las vacaciones, sino que había intentado arreglar las cosas con David. Hasta que, finalmente, el arreglo no fue posible y ella se aferró en su pánico a aquel lugar que recordaba… Tenía que marcharse.
Dio la espalda a la ventana y miró a su alrededor. Sí, todo estaba bien, incluso la vista era mejor, porque el piso era más alto. En cuanto a la habitación en sí, era como todas las demás: cortinas de calicó, paredes color crema, alfombras marrones y cómodos cojines. Y el señor Tinker la había cuidado bien. Sólo había una quemadura de cigarrillo en la mesa, y lo más probable era que no la hubiera producido el señor Tinker, sino otros inquilinos, aquellas personas que aceptaban la habitación como la única alternativa.
Se dijo que tenía que hacerse la cama y luego salir a cenar. No, estaba demasiado cansada para eso. Compraría unos bocadillos en la cafetería, quizá una botella de vino. Respiraría el aire marino, esas primeras inhalaciones que siempre le hacían sentir vértigo, como si acarreara demasiado oxígeno.
Hizo la cama cuidadosamente, como si fuera a compartirla. Cuando la apartó de la pared para colocar las sábanas, vio unas raspaduras en el yeso de color crema.
—Ah, señor Tinker, perrito travieso —dijo en voz alta, y se sintió como una estúpida.
En cualquier caso, el señor Tinker no haría una cosa así. Habían escrito algo raspando la pared con un cortaplumas, o quizá con uno de los cuchillos de la señora Rice, y luego habían vertido tinta negra en las raspaduras. Caroline se agachó para escudriñar la penumbra detrás de la cama. El grabado decía Una habitación con vistas… Bueno, casi, porque el autor se había olvidado de poner las eses: Una habitación con vita. O era analfabeto o descuidado. O quizá al llegar a la última palabra se había sentido demasiado culpable y, en su precipitación, la había escrito incorrectamente.
Situó de nuevo la cama contra la pared. Sería mejor que informara a los Rice, no fueran a pensar que la vándala había sido ella.
Dormía cuando oyó que la habitación respiraba. Despertó gradualmente, como si respondiera a un sonido familiar y tranquilizador. Luego, de la misma manera gradual, un temor confuso se apoderó de ella. Al principio localizó aquel sonido de respiración como el ruido que producía en sus oídos su propia circulación sanguínea. Luego, con otra sensación de alivio, le pareció que era el mar. Pero, finalmente, tampoco se trataba del mar. Era la habitación que respiraba.
Una especie de corriente de puro terror le hizo incorporarse en la cama. Buscó a tientas el interruptor y encendió la luz de la mesita de noche. Enceguecida y jadeante, oyó que el sonido se disipaba.
En el mar un barco ululó quejumbrosamente. Caroline miró a través de la ventana y empezó a detectar las estrellas sobre el agua y las lámparas rosadas que brillaban a lo largo de la explanada. El mundo era normal.
Demasiado vino después de un viaje en tren demasiado largo. Había sufrido una pesadilla.
Se tendió en la cama. Aunque los ojos le lagrimeaban, dejó la luz encendida.
—Me temo que sí, señora Rice. Alguien raspó la pared y puso tinta en los trazos. Algún gamberro nostálgico. La inscripción dice: Una habitación con vistas.
—Es curioso —dijo la señora Rice, una mujer sencilla con el cabello negro azabache—. Desde luego, esa habitación la han ocupado dos o tres personas, ninguna de las cuales estuvo mucho tiempo. Es lamentable, pero, en fin, el daño ya está hecho.
Caroline paseó por la orilla de la bahía. La playa que se extendía desde el lado meridional estaba llena de veraneantes, todos en parejas, como si estuvieran preparados para subir al arca. Algunos estaban rodeados de niños. Las gaviotas y los niños gritaban.
Se puso a dibujar a los niños que correteaban y gritaban. La gente se detenía para hacerle preguntas sobre el dibujo, y algunos se quedaban mirando largo rato por encima de su hombro. Otros le daban consejos sobre la perspectiva y el tema. El resplandor del sol en el agua azul le hería los ojos.
Dejó a un lado el cuaderno de apuntes. Después de almorzar fue un poco más lejos, a la bahía Jaynes, donde recordaba que el año anterior había disfrutado de mucha tranquilidad. Pero eso pertenecía al pasado.
Poco después de las cuatro de la tarde, grupos de jóvenes empezaron a reunirse en la explanada y la playa. Tenían el pelo empapado en brillantina y las piernas como patas de cigüeña enfundadas en pantalones ajustados. Silbaban y hablaban una jerga impenetrable de la que sólo se distinguían los tacos, pronunciados, en contraste, con una dicción muy clara.
El año anterior no hubo tales grupos. El sol se puso.
Caroline estaba cansada todavía. Recorrió la explanada hasta la casa y subió a su habitación.
Abrió la puerta y permaneció un momento inmóvil en el umbral. Había algo extraño…
Era como si la luz ambarina que precedía al crepúsculo y llenaba la habitación latiera lentamente, como si las paredes, el suelo y el techo estuvieran…
Encendió la lámpara del techo.
—Señor Tinker —dijo con firmeza—. No estoy dispuesta a tolerar esto.
—¿Cómo dice? —inquirió una voz a sus espaldas.
El corazón de Caroline latió con violencia, como una granada que estallara en su costado. Giró sobre sus talones y se encontró con una muchacha vestida con tejanos y una blusa. Apoyaba una mano en la puerta del baño común. Era la vecina cuya habitación estaba en el mismo pasillo y a la que Caroline no había visto hasta entonces.
—Lo siento —dijo Caroline—. Debía de estar hablando conmigo misma.
La muchacha parecía inexpresiva y poco servicial.
—Soy la señora Lacey —dijo; resultaba chocante que estuviera casada, pues no aparentaba más de catorce años—. Así que tiene el número ocho. ¿Cómo es?
Esta curiosidad le pareció a Caroline descarada.
—Está bien.
—Ahí se alojaron tres antes que usted.
—¿Todos juntos?
—¿Perdón? No, quiero decir tres inquilinos por separado. Nadie se quedaba. Tenían que habérselas con esa señora Rice, pero nadie se quedaba.
—¿Por qué no?
—Es una habitación demasiado ruidosa, o huele a no sé qué… No sé, no recuerdo cuál era el problema.
Caroline permanecía en el umbral, de espaldas a la habitación. La jovencísima señora Lacey abrió la puerta del baño.
—Por lo menos no hemos coincidido por la mañana para usar el baño —comentó Caroline.
—Oh, siempre nos levantamos temprano cuando estamos de vacaciones —dijo la señora Lacey con retintín.
Desde otra habitación del pasillo salieron los gritos y cloqueos de un niño, como un pato automático loco, y siguió una voz de hombre: «Mea de una vez y ven en seguida, Brenda, ¿quieres?».
Brenda Lacey entró en el baño y corrió el pestillo.
Caroline entró en su habitación y cerró la puerta. Se quedó allí, observando el interior.
Había, en efecto un olor, aunque muy tenue, un aroma extraño, algo cremoso, que no resultaba desagradable. Probablemente procedía de la cafetería que estaba en la planta baja. Abrió la ventana y aspiró el aire salobre.
Al inclinarse sobre el alféizar, aspirando hondo, observó que la habitación también respiraba.
Tenía seis años de edad y la tía Sara iba a llevarla al parque. La tía Sara era una mujer adorable, que siempre tendía sus brazos rollizos y cálidos para abrazar, comprimir y apretar contra su seno voluminoso y cálido. Cuando la tía Sara la abrazaba, Caroline tenía una sensación de claustrofobia y temor primitivo. Sin embargo, de alguna manera era consciente de que tenía que ser amable con aquella mujer y no herir sus sentimientos. Tía Sara no podía tener una hija pequeña, y por eso tenía que compartir a Caroline con mamá.
Y ahora estaban en el parque.
—Ahí está Jenny —dijo Caroline.
Pero, naturalmente, la tía Sara no permitiría que Caroline jugara con Jennifer. Así pues, Caroline no se molestó en pedirle permiso y corrió velozmente por la hierba hacia Jenny. Tropezó con algo, y cuando empezó a caer tuvo por un momento una sensación excitante, como si volara. Luego se golpeó contra el suelo y quedó aturdida y magullada. Retuvo las lágrimas, pues al cabo de un momento la tía Sara estaba a su lado. Aunque le aseguró que no le dolía, la tía Sara no se dio por enterada y la estrechó entre sus brazos. Caroline sintió que se ahogaba contra aquel pecho enorme y los gruesos brazos la apretaban como almohadones cálidos, con un tenue aroma a leche.
Caroline empezó a debatirse. Golpeó con los puños, pateó y gritó.
Estaba oscuro y, después de todo, no se había caído en la hierba, sino que estaba en la habitación y se debatía con ésta. Era la habitación la que la atraía, la apretaba, la abrazaba. Era la habitación la que tenía aquel tenue olor de colesterol, olor a leche fresca y mantequilla. Era la habitación la que le acariciaba y susurraba.
Pero, naturalmente, no podía ser la condenada habitación.
Caroline permaneció tendida, exhausta, y las fatigas de su sueño se disiparon. Otra pesadilla. Encendería la luz. Sí, haría eso. Encendería la luz y tomaría un trago del frasco de viaje lleno de ginebra que llevaba consigo por si tenía dificultades para conciliar el sueño.
Se protegió los ojos de la luz. A lo lejos se oyó el llanto de un niño, probablemente el vástago de la señora Lacey.
—Dios mío, debo de haber gritado —dijo Caroline en voz alta.
Y seguramente la habían oído. Sin duda los Lacey hablaban de ella en aquel mismo momento. Esa zorra loca y perezosa que ocupa la habitación ocho…
La ginebra ardía agradablemente al pasar por la garganta.
Era una estupidez. La luz… no, tendría que volver a dejar la luz encendida.
Caroline miró las paredes. Podía ver un movimiento muy sutil, con el ritmo ascendente y descendente de la respiración. Se reconvino por permitir que tales ideas cruzaran por su mente. El olor era discernible y le produjo náuseas. Era un olor fuerte… pero humano, cierta clase de olor humano. Llegó a la conclusión de que era un olor bovino, exactamente como el de la pobre Sara sin hijos.
Hacía calor, incluso con la ventana abierta.
Bebió medio frasco de licor y dejó de preocuparse.
—¿El señor Tinker? ¿Qué interés tiene usted por él?
La señora Rice parecía desaprobar aquella curiosidad.
—Lo siento. No crea que soy morbosa. Es sólo que… Bueno, parece una lástima morir así. Supongo que pensaba en eso.
—Pues no debe hacer eso. Usted lo que necesita es compañía. ¿No va a venir su marido este año?
—¿David? No, no puede dejar sus asuntos por ahora.
—Es una pena.
—Sí, pero, a propósito del señor Tinker…
—De acuerdo, de acuerdo —dijo la señora Rice—. No sé por qué no habría de contárselo. Estaba jubilado. No sé cuál había sido su profesión, pero supongo que no estaba muy bien pagado. Su esposa había muerto y él vivía con una hija casada. No creo que eso le gustara, pero no tenía otra alternativa. Cada año, durante cuatro meses, venía aquí y ocupaba la habitación número ocho. Lo hizo durante años. Solía comer fuera, lo cual debía de salirle muy caro, pero supongo que la hija y el marido corrían con los gastos, a fin de estar solos. Este lugar le encantaba, y con frecuencia me decía: «Aquí me siento en casa de nuevo, señora Rice». Creo que no consideraba en absoluto como su hogar la habitación que tenía en casa de su hija. Pero la número ocho sí. Incluso trajo sus objetos preferidos y sus libros, y mi George puso algunos clavos en las paredes para que colgara sus cuadros. ¿Por qué no? Así la número ocho llegó a ser una habitación muy acogedora. Al final era realmente la habitación del señor Tinker. Mi George decía que por eso la rehuían los otros inquilinos, pues podían percibir que estaba esperando el regreso del señor Tinker. Pero eso es una solemne tontería y creo que no debería haberla dicho.
—No, no. Creo que su marido estaba absolutamente en lo cierto. Pobre habitación… Se va a decepcionar.
—Mire, mi George es un poco idiota. La noche…, la noche que nos enteramos mi George se trastornó mucho. Subió a la habitación número ocho, abrió la puerta y se lo dijo. Y yo le dije luego: «La próxima vez querrás que cuelgue ahí cortinas negras».
Más allá de la valla, el promontorio, cubierto de hierba seca y flores del verano tardío, descendía hacia un mar azul ribeteado de blanco. Al norte se extendía la garra curva de la bahía Jaynes y la torre gris del faro. Pero el cuaderno de apuntes y la caja de lápices permanecían al lado de Caroline.
No había intentado dibujar, e incluso la novela estaba cerrada. Había leído la primera página sin enterarse de nada, pues las palabras «hogar» y «Tinker» aparecían continuamente entre líneas.
Comprendió que temía regresar a su habitación. Había paseado a lo largo de los promontorios, procurando convencerse de que el único inconveniente de la habitación era su atmósfera de tristeza, que no estaba esperando ni vivía. Y sin embargo, tampoco la tristeza parece propio de una habitación. Si las paredes pudieran experimentar ese sentimiento, tendrían que superarlo, tendría que acostumbrarse a ser de nuevo un lugar de vacaciones, un espacio que la gente ocupaba durante unas semanas, al que observaban con indiferencia, del que no se preocupaban y al que abandonaban.
Reflexiones absurdas, porque nada de ello era cierto.
Pero ella no era la única en creer…
Se preguntó si David habría percibido algo en la habitación. ¿Debería llamarle y confiarse a él? ¿Pedirle consejo? No, por Dios. ¿Acaso no era precisamente por eso por lo que se imaginaba a sí misma en aquel estado? ¿Para poder establecer de nuevo contacto con él? No, de ninguna manera. David estaba fuera de su vida y fuera debía permanecer.
Eran las cinco de la tarde. Guardó el cuaderno y los lápices en la bolsa y caminó rápidamente por la hierba, junto a la valla. Si se daba prisa, podría llegar a Kingscliff a tiempo para comer.
Se preguntó quién sería la persona asustada que había raspado la pared, alguien que sabía italiano. Ya había descifrado el significado: Una habitación con vita, es decir, con vida.
En Kingscliff tomó una comida agradable y poco sana, coronada por un enorme helado con cerezas confitadas. El pueblo, en la oscuridad, era ruidoso y alegre. Los guiones multicolores hacían innumerables guiños, y los grupos de motoristas parecían adecuada, casi amigablemente, in situ. Caroline paseó entre los tenderetes, envuelta por un olor de fritangas, entró en un cine y vio una película muy mala e insensata, con una sensación de superioridad y tolerancia. Cuando terminó la película, se sentó en una taberna y tomó vodka. Nadie se le acercó, nadie trató de entablar conversación con ella, cosa que le alegró al principio, pero después del cuarto vodka lo lamentó bastante. Tuvo que correr para coger el último autobús. Cuando llegó a la explanada, el autobús se desvaneció en la noche y oyó el tenue susurro de las farolas y el rumor del agua a lo lejos, un terror auténtico, inequívoco, se apoderó de ella.
La cafetería aún estaba abierta, y podría haber entrado en ella, pero algunos de aquellos muchachos con brillantina en el pelo, y piernas como patas de cigüeña se apiñaban ante el mostrador. Pensó en la posibilidad de hacerles caso omiso y, si se metían con ella, mostrarse severa, pero al final dio media vuelta y entró en el edificio de pisos.
Subió lentamente los escalones. Cuando llegó a su puerta le temblaban las manos. Al apagarse la luz automática del pasillo se sobresaltó, las llaves se deslizaron de sus dedos y ahogó un grito. Apretó el interruptor, pensando: «¿Y si la luz no volviera a encenderse?».
Pero la luz se encendió. Se agachó para recoger la llave, abrió la puerta y entró decididamente en la habitación, cerrando la puerta tras ella.
Lo experimentó al instante. Era como una inspiración vasta, succionante.
—No —dijo Caroline a la habitación.
Tanteó en busca del interruptor de la luz y la estancia se iluminó.
El corazón le latía desaforadamente. Eso era, desde luego, lo que daba la impresión de que la estancia también latía, como si tuviera un corazón que se movía rápida y ávidamente.
—Escucha… Oh, Dios mío, estoy hablando a una habitación. Pero tengo que hacerlo, ¿no? Escucha, tienes que dejar de hacer esto. ¡Déjame en paz!
La habitación pareció inmovilizarse.
Caroline pensó en el matrimonio Lacey y se echó a reír.
Se dirigió a la ventana y la abrió. El aire era fresco y las estrellas brillaban sobre la bahía. Corrió las cortinas y se desnudó. Luego se lavó y se cepilló los dientes en la pica. Hecho esto, se sirvió una ginebra.
Percibió un aliento retenido, prolongado de una manera imposible. Lo ignoró y habló con sosiego a la habitación:
—El travieso señor Tinker te manipuló, ¿eh? Creo que ahora voy a tener que llamarte Sara. Era como una matriz enorme. Eso es lo que ella quería realmente, ¿sabes? Quería apretarme hasta meterme en su cuerpo, introducirme en su matriz. Te ofrecería una ginebra, pero ¿cómo diablos te la tomarías?
Caroline se estremeció.
—No, esto es realmente absurdo —dijo.
Se acercó a la caja de los cubiertos, junto a la diminuta cocina. Metió la mano y sacó el cuchillo de cortar verduras, que tenía un filo amenazante. George Rice hacía que los afilaran con frecuencia.
—Mira esto —le dijo a la habitación—. Mira lo que haces.
Cuando se tendió, la oscuridad pareció girar, como un tiovivo, sumiéndola en el sueño.
La matriz era cálida y oscura, con la tonalidad oscura y el calor de la sangre. Se movía rítmicamente, con placidez, sin cesar, como las olas del mar. El corazón bombeaba con un ruido suave y profundo, como un tamborileo apagado.
Caroline se sentía cómoda y segura, pero se preguntaba cuándo iba a nacer. Jamás, le decía la matriz, meciéndola entre sus paredes muelles como cojines.
Caroline pataleó y empezó a flotar. Intentó agarrarse a algo, pero el capullo cálido como la sangre no tenía ningún asidero.
—Déjame ir, tía Sara. Estoy bien, anda, suéltame. Quiero que me dejes, por favor…
Tenía los ojos abiertos y estaba sentada en la cama. Espontáneamente tendió la mano hacia la luz y tocó el cuchillo que descansaba sobre la mesita de noche. La habitación respiraba con regularidad, profundamente. Caroline apartó la mano del interruptor y escudriñó la oscuridad.
—Esto es ridículo —dijo en voz alta.
La habitación respiraba. Miró hacia la ventana: no había descorrido las cortinas y por eso no podía ver la explanada ni la bahía, el mundo exterior. Las paredes latían, podía verlas. Ahora se estaba serenando, se volvía analítica y dejaba que sus ojos se adaptaran, se concentraran. El olor lechoso era intenso, no precisamente ofensivo, pero, naturalmente, bastante horrible, bajo aquellas circunstancias.
En la oscuridad, y con mucha cautela, Caroline se deslizó de la cama y se puso en pie.
—De acuerdo —dijo—. De acuerdo.
Se volvió hacia la pared detrás de la cama y la tocó, palpó su textura. Era… piel, carne, viva, pulsante, cálida, húmeda… Era…
La pared se hinchó bajo su contacto y se adhirió ansiosa a su mano.
Toda la habitación se contorsionó un poco, se acercó a ella. Quería… Caroline sabía lo que quería…, apretarla contra su seno.
Apartó la mano de la pared orgánica, cuyos ritmos se habían acelerado, mientras el olor bovino era cada vez más fuerte. Caroline gimió y se echó atrás. Sus dedos se cerraron sobre el cuchillo de cortar verduras y lo alzó.
Sabía que la hoja resbalaría o rebotaría en el yeso de la pared y era probable que se hiriese ella misma. Lo sabía, sí, pero no podía evitarlo. Pero el cuchillo se hundió hasta el mango. Era como acuchillar algo blando…, carne, por ejemplo.
Extrajo el cuchillo y un fluido caliente corrió por su brazo. Pensó que después de todo se había cortado. Aquello era sangre, pero no sentía nada, y la habitación…
La habitación gritaba. Ella no podía oírla, pero los gritos la rodeaban, le herían los oídos. Hundió de nuevo el cuchillo, su hoja viscosa, y el impacto fue igual que el anterior: penetró en carne sin hueso, y esta vez el líquido caliente la salpicó de arriba abajo. En la densa oscuridad parecía negro. Caroline se palpó el brazo frenéticamente, pero no tenía ninguna herida. En cambio, en la pared…
Golpeó de nuevo. Luego corrió a otra pared, la acuchilló y desgarró.
Pensó que estaba soñando y se preguntó por qué no podía despertar.
El grito se empequeñecía, perdía fuerza.
—¡Basta! —exclamó. Ahora la hoja estaba tan viscosa que tenía que usar las dos manos para clavarla. Había algo que se extendía por el suelo, algo en lo que sus pies descalzos resbalaban—. Oh, Dios, por favor, muere de una vez.
Como un animal sacrificado, la habitación se estremeció, se derrumbó sobre sí misma y quedó silenciosa e inmóvil.
Caroline se sentó en una silla. Le pareció que iba a vomitar, pero las náuseas desaparecieron. Se dijo que estaba sentada en un charco de sangre.
Se echó a reír y las lágrimas empezaron a deslizarse de sus ojos. Eso era lo último que recordaría.
Cuando despertó todo estaba muy tranquilo. La marea debía de estar lejos, pues ni siquiera se oía el rumor del mar. Una rendija de luz apareció entre las cortinas.
Se preguntó qué estaba haciendo sentada en aquella silla, y cambió de posición. No recordaba nada.
Entonces tuvo conciencia del absoluto vacío que estaba en la habitación con ella, ese vacío temible que sólo ocasiona la presencia de los muertos.
Sintiendo un escalofrío, miró la rendija de luz y luego bajó la vista.
—Oh, no —exclamó, y alzó las manos.
Parecía llevar guantes negros. Tenía los dedos pegados.
Recorrió la habitación con la mirada. No quería hacerlo, sentía deseos de huir de allí, pero algo superior a su voluntad le hizo detenerse en los orificios negros, las grietas, las rayas a lo largo de la pared, y luego las manchas y grumos negros. Su propio cuerpo estaba manchado, grotescamente moteado de negro. Solamente un dedo del pie izquierdo estaba libre de manchas.
Se levantó pesadamente, avanzó tambaleándose hasta las cortinas, las descorrió y dejó entrar la luz matinal. Entonces lo vio todo de nuevo. Los orificios de la pared parecían realizados con un taladro o un punzón, y las escamas de yeso se mezclaban con… con la sangre, pero aquello no era sangre. No, la sangre no podía tener aquel color negro.
Caroline se volvió de súbito. Miró a través de la ventana, a lo largo de la explanada, brillante y fresca a la luz de la mañana. Miró el mar, por el que navegaban dos o tres barcos de pesca; el azul del cielo y el del agua empezaban a fusionarse. Cuando contemplaba tales cosas, le era difícil creer lo que había ocurrido en la habitación.
Quizá la mayoría de los asesinos eran metódicos después de haber perpetrado su crimen. Quizá tenían que serlo.
Llenó la pica una y otra vez y se lavó cuidadosamente, incluso el cabello, que también estaba manchado. Aquella sustancia negra no tenía una textura particular y se diluía en la pica. Parecía una especie de tinta para pluma estilográfica.
Se puso unos tejanos y una camisa, llenó de agua la sartén más grande y añadió detergente. Luego empezó a restregar las paredes.
Pronto le dolieron los brazos, y exudaba el sudor frío de la debilidad nerviosa. El color negro desaparecía rápidamente, pero unas extrañas marañas de decoloración permanecían detrás de la pintura. Los agujeros no rezumaban; dentro de cada uno había fragmentos de yeso y ladrillo, no hueso, músculo o tejido orgánico. En ninguna parte se tenía la sensación de tocar carne.
Mientras trabajaba, Caroline hablaba consigo misma, diciéndose lo que haría cuando hubiera terminado, como si estuviera realizando una tarea normal.
—Cuando haya terminado, iré abajo y tomaré café. No le hablaré a la señora Rice de los agujeros. No, todavía no. ¿Cómo podría justificarlos? No podría haber hecho todo esto con un cuchillo. Todavía tengo que limpiar el suelo, y será mejor que lave las alfombras. Lo haré en el baño, cuando los repugnantes Lacey se hayan ido, a las nueve. Cuando termine, iré a tomar café. Y creo que llamaré a David. Sí, creo que debo hacerlo. Cuando termine.
La idea de telefonear a David persistía. No podía suponer cómo reaccionaría él. ¿Y qué podría decirle ella? Ahora le dolía la espalda y se sentía mareada, pero seguía trabajando. Por fin oyó los ruidos indicadores de que los Lacey estaban usando el baño, y el lloriqueo del bebé.
Se preguntó por qué no había brotado sangre cuando clavaron los clavos en la pared para colgar los cuadros del señor Tinker. Pero eso quizá ocurrió antes de que la habitación cobrara vida. O quizá la habitación se lo habría tomado como un daño con un fin estético, como cuando una se deja agujerear las orejas para ponerse pendientes de oro. Desde luego, los cortes producidos por el cuchillo habían sangrado.
Caroline dejó el paño y se inclinó sobre el fregadero, porque tenía arcadas.
Pensó que quizá estaba embarazada y que todo aquello había sido una alucinación de su fecundidad.
David, estoy embarazada y he matado a una habitación a cuchilladas.
David.
¿David?
El día era muy caluroso, uno de los últimos del verano. El calor lo envolvía todo en una calina blancuzca, en la que sólo destacaban la bóveda celeste y el mar verdeazulado. Caroline llevaba un vestido blanco. Un cuarto antes de cada hora se decía a sí misma que llamaría a David a la hora en punto: las diez, las once, las doce. Luego se «olvidaba» de hacerlo. Cuando le llamó, a la una, él estaba almorzando. La verdad era que Caroline sabía que a esa hora no le encontraría.
Se dirigió al embarcadero e introdujo unas monedas en las ruidosas máquinas automáticas. Luego tomó un bocadillo en un café. Caminó descalza por la playa, sujetando los zapatos por las tirillas.
A las cuatro y media sintió el deseo imperioso de regresar.
Tenía que hablarle a la señora Rice de los agujeros en las paredes.
Quizá debía subir primero a la habitación número ocho. Le parecía posible que la habitación muerta se hubiera arreglado sola de alguna manera, y además, las alfombras lavadas se estaban secando sobre el baño, y los vecinos podrían entrar y verlas. Buscó los motivos de su estado de ánimo, ligero y alegre. Naturalmente, se debía a que tenía miedo.
Nada más entrar en el edificio, se puso a temblar abruptamente. Cuando empezó a subir los escalones, las piernas parecían pesarle de un modo horrible, y deseó poder arrastrarse y darse impulso con los brazos.
Al llegar al descansillo vio al señor Lacey en el pasillo, o por lo menos supuso que era el señor Lacey. Era un hombre con exceso de peso y bronceado por el sol. Se quedó mirándola y bloqueándole el paso hacia su puerta. Caroline pensó que iba a quejarse del ruido que había hecho. Trató de sonreír, pero no lo consiguió.
—Me llamo Lacey —le dijo—. El otro día conoció usted a mi mujer.
Parecía nervioso más que hostil. Como Caroline no dijo nada, continuó:
—Mi Brenda, ¿sabe?, ha notado un olor extraño que sale de la habitación número ocho. Lo percibió cuando iba al baño, y pensó que a lo mejor se había dejado carne fuera y la había olvidado.
—Pues no —replicó Caroline.
—Bueno, pensé que debería decírselo.
—Se lo agradezco.
—Mire, no se lo tome a mal, pero tenemos un pequeño. Nunca se puede ser lo bastante cuidadoso.
—Le comprendo.
—Bueno, adiós.
Dio media vuelta y se alejó por el pasillo hacia su habitación. Caroline fue hacia su puerta. Sabía que los ojillos porcinos de Lacey la observaban. Se volvió y le miró, con el corazón latiéndole dolorosamente, hasta que el hombre soltó un gruñido y se marchó.
Caroline permaneció ante la puerta. No podía oler nada. No, no había nada en absoluto.
Poco después el hedor llegó en una oleada, como salido de ninguna parte. Fue como un golpe que casi le hizo perder el sentido. Era atroz, de una manera indescriptible. Luego desapareció.
Poco a poco, procurando no hacer el menor ruido, Caroline se apartó de la puerta. Fue de puntillas hasta el arranque de la escalera, y entonces bajó precipitadamente.
Pero como alguien atraído hacia el escenario de un accidente, no pudo alejarse definitivamente de la zona, y se sentó en la explanada, observando.
Transcurrió el día y la oscuridad se cernió sobre la ciudad. Llegó un coche de la policía y se detuvo ante el edificio. Poco después llegó otro.
La oscuridad fue en aumento. Las farolas, los neones y las estrellas brillaban, y Caroline se estremeció bajo su fina blusa.
Los muchachos zanquilargos se habían reunido en la cafetería, señalaban los coches policiales y los abucheaban. En el quiosco del parque cercano tocaba una banda de música. A lo lejos, en el océano, pasaba un gran petrolero, con una guirnalda de luces.
A las nueve Caroline se puso en pie y cruzó la explanada hasta el edificio, pasando entre el grupo de muchachos con piernas como patas de cigüeña. Uno de ellos le preguntó a gritos qué hora era, pero ella pasó por su lado sin hacerle caso.
Subió la escalera y en el primer descansillo se encontró con dos policías muy jóvenes.
—No puede subir ahí, señorita.
—Pero me alojo aquí.
Le sorprendió tanto su tono suave y razonable que no se enteró de lo que acababan de preguntarle.
—He dicho qué número, señorita.
—El número ocho.
—Oh. Bueno, en ese caso será mejor que suba conmigo. Quédate aquí, Brian.
Subieron juntos, como viejos amigos.
—¿Qué ocurre? —le preguntó ella, perversamente.
—No estoy seguro, señorita.
Llegaron al descansillo.
El hedor se había ido intensificando, solidificándose. Era un hedor peculiar. Aun sin haberlo percibido nunca hasta entonces, uno sabía por instinto que aquél era el olor de la putrefacción y de la muerte.
La señora Rice estaba en el pasillo, con rulos en el cabello, llorando desconsolada. Otra mujer, que se tapaba la nariz con un pañuelo, le dio unas palmaditas en el hombro. Detrás de una puerta cerrada un niño también se puso a llorar con todas sus fuerzas. Llegó otro sonido desde el baño: alguien vomitaba.
La puerta de Caroline estaba abierta y otros dos policías estaban en el umbral. No parecían estar muy seguros de lo que tenían que hacer. Uno de ellos se limpiaba las manos con un trapo, una y otra vez.
Caroline miró al interior de la habitación.
Pútridos fragmentos se desprendían de las paredes. Del techo goteaba un líquido viscoso. Sin embargo, sólo por un momento era como la carne de un cadáver. Un instante después era yeso, pintura y fragmentos de ladrillo. Entonces volvía a ser carne, y así sucesivamente…
—Dios mío —dijo uno de los policías, y miró a los presentes. También él era joven. Su mirada se posó casualmente en Caroline—. ¿Qué deberíamos hacer?
Caroline respiró el aire fétido. Por fin logró sonreír, con una sonrisa amable, inquisitiva, tratando de ser útil.
—¿Enterrarla, quizá?