Horror 3
Ámame con ternura
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Ámame con ternura
BOB SHAW
Bob Shaw nació en 1931 y se educó en Belfast. Trabajó en ingeniería estructural y diseño aeronáutico, y luego, en 1958, se dedicó al periodismo. Después de pasar tres años en un periódico, empezó a especializarse en relaciones públicas industriales, pero en 1975 se convirtió en un autor de dedicación plena. Dos años antes, se había trasladado con su esposa Sadie y sus tres hijos al lugar de nacimiento de Stan Laurel, en los English Lakes. Todo esto, aparte de Stan Laurel, es una presentación muy insípida de este hombretón tímido que puede insuflar en cualquiera un estado eufórico que se reirá de sus chistes horrendos sobre los koalas, el embarcadero de Brighton y muchas cosas más. Ha sido invitado de honor en convenciones celebradas en Suecia, Estados Unidos, Inglaterra, Escocia, Italia y Bélgica, y es fácil encontrarle en la mayor parte de las convenciones británicas sobre ciencia ficción. Se le puede localizar por las risotadas al final del chiste.
Entre sus novelas figuran The Shadow of Heaven, Vértigo e Invisible Mountains. Ha escrito también varias colecciones de relatos cortos.
Es curioso lo que me ocurre… Puedo pensar, pero no en el futuro. El mañana ya no parece existir para mí. Sólo existe el ahora y esta aceptación somnolienta.
Aquí, en la cabaña, casi siempre hace frío, el mosquitero es bastante efectivo y la cama, en conjunto, es mucho mejor que los nidos de pulgas en los que he dormido últimamente.
Ella me atiende a la perfección, no podría ser más amable, me trae comida y agua —todo lo que puedo ingerir— y luego me limpia. Incluso cuando me despierto durante la noche puedo verla junto a la puerta de la habitación, siempre vigilando, siempre esperando.
Sin embargo, ¿qué espera? Eso es lo que me pregunto muy a menudo, y cuando lo hago…
El vehículo especial para terrenos pantanosos había sido un Volkswagen normal y corriente, un «escarabajo» convertible, pero alguien había extendido los ejes y colocado gruesos neumáticos de avión que distribuían el peso del vehículo de manera que no se hundiese en el barro. Los neumáticos estaban envueltos en cadenas para nieve, a fin de proporcionar tracción. El coche era ruidoso, feo e incómodo, pero capaz de avanzar por los estrechos senderos que recorrían los Everglades, y Joe Massick se dijo que había valido la pena el trabajo que se había tomado para robarlo.
Se sentaba al volante, erguido, y de vez en cuando miraba por encima del hombro, como si esperase ver un helicóptero policial descendiendo en su persecución, pero el cielo seguía siendo un vacío gris y monótono. El aire era cálido y estaba tan saturado de humedad que le recordaba la atmósfera en la anticuada lavandería a vapor donde había trabajado de muchacho. Hizo lo que pudo por ignorar el sudor que brotaba en abundancia de todos sus poros, y concentró su atención en el mantenimiento de un rumbo noroccidental, en dirección a Fort Myers.
Su mejor oportunidad de evitar la captura era cruzar rápidamente la península de Florida sin ser visto, pero empezaba a comprender que el viaje no era como para tomarlo a la ligera. Los cenagales y pantanos al norte de los Everglades, convertían a la región en una de las pocas salvajes que todavía quedaban en el país, y Massick, que había vivido siempre en la ciudad, se sentía amenazado por cada aspecto del paisaje llano y prehistórico por el que viajaba. Desde hacía media hora no veía más que agrupaciones de árboles exangües cubiertos de musgo negro, y ahora los intervalos entre los árboles eran tan breves que le parecía entrar en un bosque muerto donde moraban innumerables variedades de aves, insectos y reptiles. Las protestas de las colonias de pájaros casi ahogaban el estrépito del motor, y por todas partes había una agitación furtiva de otras formas de vida, una sensación de resentimiento, de que a uno le escrutaban y evaluaban unos ojos primitivos.
Era una sensación que disgustaba intensamente a Massick y le instaba a buscar la serenidad observando el indicador del combustible. La posición de la aguja mostraba que le quedaba aún tres cuartos de depósito, más que suficiente, incluso teniendo en cuenta los desvíos obligados, para llevarle al extremo más alejado de Big Cypress. Asintió y se relajó ligeramente en el asiento cubierto de arpillera, pero un minuto después otro pensamiento turbador se alojó como un guijarro en el centro de su mente.
Según el indicador de combustible, el depósito estaba lleno en sus tres cuartas partes cuando emprendió el viaje, casi una hora antes. Un optimista podría haber llegado a la conclusión de que el modesto motor del vehículo apenas consumía gasolina, pero Massick no iba a ser tan ingenuo. Golpeó con los nudillos la esfera de vidrio y vio que la aguja no se movía, estaba trabada.
Pensó que eso no demostraba nada, intentó vanamente convencerse de ello. Tenían que haber llenado correctamente el depósito.
Un par de kilómetros más allá, y como sabía que iba a suceder, el motor se detuvo sin emitir siquiera un carraspeo preliminar. Massick giró el volante para que el vehículo quedara reposando en un lugar cubierto de hierba y grandes helechos. Permaneció un momento sentado, la cabeza gacha, susurrando el mismo juramento una y otra vez, hasta que se le ocurrió que estaba desperdiciando un tiempo precioso. Era probable que la muchacha de West Palm Beach hubiera muerto, pues se había visto obligado a golpearla bastante fuerte para que callara, pero si seguía con vida habría dado su descripción a la policía y le habrían relacionado con los incidentes de Orlando y de Fernandino. En cualquier caso, no había tiempo para quedarse allí sentado sintiendo lástima de sí mismo.
Massick recogió la bolsa de plástico que contenía todas sus pertenencias, bajó del coche, se dirigió chapoteando hasta el sendero y echó a andar. La superficie era más apropiada para caminar de lo que había esperado, probablemente debido a la existencia de la prospección de petróleo que se llevó a cabo en la zona unos años antes, pero pronto resultó evidente que él no estaba hecho para caminar a través de trechos pantanosos. Para empezar estaba muy cansado, y antes de que hubiera dado una docena de pasos sus ropas estaban húmedas de sudor, dificultándole maliciosamente cada movimiento. El aire era tan húmedo que tenía la sensación de estar bebiéndolo con los pulmones.
Ahora que avanzaba sin el rugido de un motor y el ruido de las cadenas, el pantano parecía ominosamente silencioso, y tuvo de nuevo la sensación de que le vigilaban. La profusión de árboles y las cortinas de musgo colgante dificultaban la vista en cualquier dirección, y muy bien podría haberle acompañado un ejército sigiloso cuyos miembros esperaban que se derrumbara de cansancio antes de cercarle. Por infantil que fuera esta fantasía, no podía apartarla por completo de su mente, y de vez en cuando, mientras caminaba, acariciaba la maciza pistola del calibre .38 que llevaba en la bolsa. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, preñadas de lluvia.
Dos horas después cruzó uno de los innumerables puentes de cemento armado que salvaban las corrientes oscuras y descubrió que el camino se dividía en dos direcciones, ninguna de las cuales era más invitadora que la otra. No se veía el sol bajo la espesa vegetación, y ahora que empezaba a oscurecer, el rudimentario sentido de la orientación de Massick era totalmente incapaz de enfrentarse a la tarea de identificar cuál de los dos brazos del camino era el más cercano a la dirección noroccidental que buscaba. Se detuvo, respirando pesadamente, y miró a su alrededor en la oscuridad poblada de árboles, comprendiendo de súbito por qué en la leyenda india local se consideraba al pantano como el hogar de los espíritus ancestrales. No era difícil ver los espíritus de los muertos erguidos en esbeltas canoas, deslizándose en silencio a través de las interminables columnatas y cavernas arbóreas.
Pensar que iba a tener que pasar la noche en aquellos parajes hizo salir a Massick de su indecisión. Eligió el sendero de la derecha y avanzó cada vez más rápido, buscando cualquier clase de elevación donde pudiera tener una oportunidad razonable de permanecer seco mientras dormía. Sólo cuando recordó que también las serpientes tenían preferencia por los lugares altos, sobre todo en la estación seca, admitió para sus adentros la gravedad de la situación en que se encontraba. No tenía la menor idea de la distancia a que se encontraba de las poblaciones de la costa oeste, y aunque lograra cruzar Big Cypress a pie, saldría de allí con barba y notablemente sucio, con un aspecto que llamaría la atención de cualquier policía en cuanto le viera.
Soltó un gemido involuntario ante la idea de que le capturasen y le encerraran de nuevo en la cárcel cuando aún no hacía un mes que estaba libre. Sacó de la bolsa la botella de licor que había adquirido al mismo tiempo que el vehículo y apuró el poco licor que le quedaba. El ron estaba caliente y le dejaba en la boca un sabor de azúcar moreno quemado bastante agradable; deseó disponer de una botella entera para consolarse durante la noche inminente. Arrojó la botella vacía, oyó el chapoteo que produjo al caer y, al instante, una cigarra empezó a cantar, como si el ruido la hubiera despertado. Al cabo de unos segundos, centenares de congéneres se unieron al coro, envolviéndose en su sonido, advirtiendo de su presencia en beneficio de cualquier criatura, humana o inhumana, que pudiera acechar en la oscuridad que le rodeaba. Sobresaltado, presa de temores que era incapaz de reconocer, apretó el paso aunque a cada momento era más difícil ver el camino. Estaba pensando en la posibilidad de desandar sus pasos hasta el último puente de cemento armado, cuando apareció un resplandor amarillo a cierta distancia y ligeramente a su izquierda.
Convencido por el momento de que había visto la luz de un vehículo que se aproximaba, Massick sacó la pistola de la bolsa, pero entonces se dio cuenta de que no había ningún sonido mecánico, como los que haría otro de aquellos vehículos todo terreno. Quitó el seguro a la pistola y avanzó hasta llegar a un senderillo lateral apenas discernible, que partía a la izquierda y parecía conducir hacia aquel resplandor. Todo indicaba que, por extraño que pareciera, había encontrado alguna clase de habitación humana en el centro del pantano.
El agrado y el alivio que experimentó no bastaron para hacerle olvidar su cautela natural. La única razón posible de que viviera alguien en aquel paraje inundado de agua era la de que fueran guardianes de alguno de los santuarios de animales salvajes que habitaban la zona… y, para él, entrar en un establecimiento oficial provisto de equipo de radio sería tan desastroso como ir a parar a una comisaría de policía. Avanzó despacio, procurando no hacer ningún ruido mientras superaba las sucesivas barreras de oscura vegetación que obstaculizaban el camino, y al cabo de unos minutos llegó a un montículo sobre el que se alzaba una cabaña de madera. La oscuridad circundante engullía el débil resplandor que se filtraba por las ventanas y la puerta de tela metálica, pero la luz bastaba para ver que el edificio había sido construido con maderas usadas, lo cual excluía casi del todo la posibilidad de que fuera un puesto de autoridad. Envalentonado por lo que había visto hasta entonces, Massick cruzó un claro hasta la ventana más próxima y miró cautelosamente por ella.
A través del cristal manchado vio una habitación iluminada mediante lámparas de petróleo que colgaban del techo. Gran parte del suelo estaba ocupada por pilas de cajas de cartón, y en el centro había una áspera mesa de madera ante la que se sentaba un hombre de unos sesenta años, con los hombros encorvados. Tenía el cabello corto y gris, el mentón cubierto por una barba plateada de tres días y las orejas, muy pequeñas y dobladas, daban la impresión de estar cerradas como puños. Vestía unos pantalones holgados y raídos y una camisa playera de un verde descolorido. Sobre la mesa, delante de él, había una botella de whisky y varios frascos de vidrio que contenían algo parecido a pequeños rizos de papel coloreado. Estaba concentrado, sacando los objetos coloreados de los frascos y colocándolos cuidadosamente en cajas individuales de plástico, y de vez en cuando hacía una pausa para tomar un trago directamente de la botella.
La habitación tenía dos puertas interiores, una de las cuales daba acceso a una cocina primitiva. La otra estaba cerrada, pero Massick supuso que correspondía a un dormitorio. Permaneció ante la ventana el tiempo suficiente para asegurarse de que el ocupante de la cabaña estaba solo y luego se guardó la pistola en un bolsillo, se encaminó sigilosamente a la puerta con pantalla mosquitera y la golpeó. La tela metálica produjo un ruido como el de un trueno distante. Instantes después el ocupante de la cabaña apareció con una linterna que iluminó el rostro de Massick.
—¿Quién está ahí? —gruñó—. ¿Qué quiere?
—Me he perdido —le explicó Massick, soportando la brillantez inquisitiva de la luz—. Necesito cobijo para pasar la noche.
El hombre meneó la cabeza en un gesto de negación.
—No tengo ninguna habitación disponible. Váyase.
Massick abrió la puerta y entró, haciendo retroceder al otro.
—No necesito mucho espacio, y le pagaré veinte dólares por una noche.
—¿A qué viene esto? ¿Qué le hace pensar que puede entrar aquí de esa manera?
Por toda respuesta Massick usó un truco que había perfeccionado a lo largo de los años. Sonrió abiertamente al mismo tiempo que su mirada se endurecía y proyectaba un mensaje silencioso con toda la convicción de que era capaz: Si me traicionas, te voy a separar la cabeza del cuerpo. Súbitamente el hombrecillo pareció inseguro y retrocedió más.
—Tiene que pagarme por adelantado —le dijo, procurando conservar cierta ventaja.
—Es bastante justo. Mire, necesito tomar unos tragos para recuperar el sudor que he perdido, así que aquí tiene otros diez pavos por una parte de esa botella. ¿Qué le parece?
Massick se sacó un fajo de billetes del bolsillo, contó treinta dólares y se los ofreció.
—Bien, supongo. —El hombre se embolsó el dinero y pareció apaciguarse—. La botella entera no me costó diez pavos —comentó.
—Considérelo una recompensa por su amabilidad hacia un viajero cansado —dijo jovialmente Massick, sonriendo de nuevo. Estaba dispuesto a ser generoso, con la idea de que cuando se marchara se llevaría el dinero junto con el metálico y cualesquiera objetos de valor que su anfitrión tuviera en la cabaña—. ¿Cómo se llama?
—Ed, Ed Cromer.
—Encantado de conocerle, Ed.
Massick entró en la estancia que había examinado desde la ventana y cogió de la mesa la botella de whisky. Al hacerlo observó que los pequeños objetos coloreados que su anfitrión había estado empaquetando eran mariposas muertas.
—¿Qué es esto? ¿Alguna afición?
—Es un negocio —replicó Cromer, cuadrando sus delgados hombros con un aire de importancia—, es mi profesión.
—¿De veras? ¿Hay mucha demanda de bichos?
—Yo y mi socio proporcionamos material a los especialistas en lepidópteros…, a los coleccionistas de todo el estado, y hasta de todo el país.
—¿Su socio? —Massick metió la mano en el bolsillo que contenía la pistola y miró hacia la puerta cerrada del dormitorio—. ¿Está ahí dentro?
—¡No! —La expresión de orgullo se desvaneció del rostro de Cromer y sus ojos se movieron inquietos entre la puerta y el recién llegado—. Ésa es mi habitación privada. Nadie está autorizado a entrar excepto yo.
Massick observó la reacción con un ligero interés.
—No hay necesidad de que se ponga nervioso, Ed. Es que cuando ha mencionado a su socio…
—Dirige la tienda en Tampa, y sólo viene aquí una vez al mes para recoger la nueva captura.
—¿Vendrá pronto?
—No hasta dentro de dos semanas. Oiga, señor, ¿a qué viene este tercer grado? Quiero decir que yo podría preguntarle quién es usted, de dónde viene y qué anda haciendo por Big Cypress en la oscuridad.
—Es cierto —replicó Massick sin inmutarse—. Podría preguntármelo.
Retiró unas revistas que estaban sobre una silla de mimbre y se sentó cerca de la ventana, súbitamente consciente de lo próximo que estaba al agotamiento total. Había tenido la intención de dirigirse hacia la costa occidental por la mañana, pero a menos que Cromer tuviera un todo terreno aparcado cerca de allí en algún lugar invisible, tal vez sería mejor que esperase hasta que llegara el socio con un medio de transporte. Sería difícil encontrar un lugar más seguro donde ocultarse y descansar durante un par de semanas. Mientras pensaba en el asunto, se quitó la chaqueta húmeda de sudor y la colgó del respaldo de la silla. Entonces se acomodó para tomar el whisky.
Siguieron quince minutos de silencio casi total durante los cuales Cromer, que había vuelto a su meticulosa clasificación y montaje de las mariposas, dirigió una mirada expectante a Massick cada vez que éste se llevaba la botella a los labios. Al final, dándose cuenta de que no iban a compartir el licor por turno, cogió una nueva botella de Canadian Club de un armario en el rincón y empezó a beber por su cuenta. Después de su queja inicial, no mostró signos de estar molesto con su huésped inesperado, pero Massick observó que estaba bebiendo con más rapidez que antes y sus movimientos eran menos precisos. Massick le miraba satisfecho, disfrutando de su habilidad para causar aprensión a otras personas por el simple hecho de estar cerca de ellas. Cromer se había aplicado a un ojo una lupa de relojero y examinaba uno tras otro un montoncito de insectos de alas azuladas, usando la linterna para complementar la iluminación incierta de la estancia.
—¿Qué está haciendo ahora, amigo? —le preguntó en tono indulgente—. ¿Es tan difícil distinguir a los chicos de las chicas?
—Busco los que parecen iguales —musitó Cromer—. Les llaman imitadores. Usted no sabe nada de los insectos imitadores, ¿verdad?
—No puedo decir que tenga grandes conocimientos.
Cromer evidenció su desprecio sorbiendo aire por la nariz.
—Ya lo suponía. Incluso los llamados expertos de Jacksonville, con sus bonitos títulos académicos, no saben nada de los imitadores. Nadie sabe más de mímica que yo, y uno de estos días…
Se interrumpió, su estrecho rostro tenso con una repentina hostilidad, y tomó un largo trago de whisky.
—¿Les va a enseñar una o dos cosas, profesor? —le instó Massick—. ¿Va a hacer que todos le escuchen y se enteren?
Cromer miró hacia la puerta del dormitorio y entonces seleccionó dos mariposas de color azul claro y las sostuvo en la palma de su mano.
—¿Qué diría usted de ellas? ¿Son iguales o no lo son?
Massick contempló pensativo la puerta cerrada antes de volver su atención a los insectos.
—Me parecen iguales.
—¿Quiere apostar?
—No soy jugador.
—Mejor así… porque habría perdido su dinero —dijo Cromer en tono triunfante—. Ésta de la izquierda tiene una especie de barniz azul en las alas, y los pájaros la dejan en paz porque no es sabrosa. Esta otra les gusta a los pájaros, y por eso los engaña imitando el mismo matiz azul, pero lo hace mezclando fragmentos azules y blancos en sus alas. Desde luego, hace falta un microscopio para verlo adecuadamente. Pronto voy a conseguirme uno de esos aparatos.
—Muy interesante —dijo Massick, abstraído, observando por primera vez que la puerta de la habitación que había tomado por dormitorio estaba asegurada mediante un pestillo especial de granja, sujeto a su vez por un alambre.
¿Era posible que Cromer tuviera algo valioso allí escondido? Resultaba difícil imaginar lo que podría tener el raído recluso, pero es un hecho bien conocido que ciertas personas mayores que vivían en condiciones de abyecta pobreza, a menudo tenían grandes sumas de dinero escondidas en el colchón o bajo las tablas del suelo. En cualquier caso, no haría daño alguno investigar el asunto mientras estuviera allí. Decidió que no era precisa ninguna acción inmediata y siguió tomando whisky y fingiendo que escuchaba el prolijo discurso de Cromer sobre entomología.
El hombrecillo parecía tener un conocimiento extenso aunque informal de su tema, que divulgaba en un estilo anecdótico y folklórico, con frecuentes referencias a las leyendas de los indios semínola, pero farfullaba tanto que a veces era casi imposible entender su significado. La práctica de la mímica entre insectos, peces y otros animales parecía fascinarle y volvía a él obsesivamente, entre trago y trago de whisky, su rostro y las orejas dobladas cada vez más rojos a medida que disminuía el contenido de la botella.
—Debería beber con más tranquilidad —le dijo Massick, un tanto divertido—. No quiero tener que llevarle a la cama.
—No se preocupe. —Cromer se levantó, tambaleándose a pesar de que se sujetaba en el borde de la mesa, y dirigió a Massick una solemne mirada de sus ojos azules—. Tengo que consultar al cabeza de familia.
Abrió la puerta de la cabaña y salió a la noche, manoseando ya la bragueta del pantalón. Massick aguardó unos instantes, se puso en pie y se sorprendió al comprobar que también él estaba inseguro sobre sus pies. Había olvidado que el cansancio y el hambre reforzarían los efectos del licor que había consumido. Parpadeando para aclararse la vista, cruzó la estancia hasta la puerta cerrada, quitó el alambre del pestillo y lo dejó caer al suelo. Abrió la puerta, dio un paso al interior de la habitación y se quedó inmóvil, boquiabierto por la sorpresa.
Había una mujer joven tendida en la estrecha cama, su cuerpo cubierto por una sola sábana.
Al oír el ruido de Massick, ella se irguió sobre un codo —un movimiento extrañamente lánguido, como si estuviera debilitada por una enfermedad— y el intruso vio que tenía la piel suave y morena y el cabello negro. Confirmó su impresión inicial de que era una india el hecho de que tenía tres topos tatuados en la frente, formando un triángulo, aunque él no había visto hasta entonces una marca semejante. La mujer le miró en silencio un momento, sin mostrar signos de alarma, y empezó a sonreír. Sus dientes eran blancos y formaban una media luna impecable.
—Perdone —se excusó Massick—. No sabía…
Salió de la habitación y cerró la puerta, tratando de comprender por qué la visión de la mujer había sido tan desconcertante. ¿Sería acaso lo inesperado de su presencia en la habitación de Cromer? ¿Era tal vez la sugerencia, en aquellas circunstancias, de que la retenían allí como cautiva? Massick cogió la botella, tomó un trago de whisky y se estaba limpiando la boca con el dorso de la mano cuando la respuesta a sus preguntas pasó despaciosa por su mente. La mujer le había mirado… y había sonreído.
No podía recordar una sola ocasión en los veintitantos años de su vida adulta en la que una mujer hubiera puesto los ojos en él por primera vez y hubiese reaccionado con una sonrisa. De joven se había pasado horas ante el espejo, tratando de decidir si había algo en su aspecto causante de que las muchachas de su edad evitaran sus ojos y se negaran en redondo a salir con él. Hubo un período de dos años en el que se esforzó por conformarse a la misma imagen que los jóvenes de la vecindad que tenían éxito con las chicas —procuró dar un brillo a sus ojillos de color pizarra, intentó sonreír cuando todos los músculos de su cara querían darle un aspecto ceñudo, se propuso hacer chistes, mantener las caderas esbeltas, ser un buen bailarín—, pero el resultado fue que las muchachas le evitaron todavía más que antes. Después de eso, se limitó a apropiarse de ellas, tanto si les gustaba como si no. Y a ninguna le había gustado.
Con el transcurso de los años Massick se había acostumbrado al arreglo, hasta tal punto que obtenía un auténtico estímulo en la súbita expresión de terror mezclado con repugnancia del rostro de una mujer al darse cuenta de lo que iba a sucederle. Pero por debajo de todo aquello, aprisionado en las capas profundas de su complejo corporal y mental, seguía existiendo un juvenil Joe Massick que anhelaba otra clase de encuentro, en el que hubiera amabilidad en vez de violencia, alegría en lugar de revulsión, en el que le recibieran unos brazos suaves y el mundo se perdiera de vista, hasta que no hubiera nada que ver en ninguna parte excepto unos ojos que miraban con un brillo cálido y especial y unos labios que sonreían…
—Eso está mejor —dijo Cromer al cruzar la puerta.
Se dirigió directamente a la mesa, se tambaleó a un lado, demostrando que estaba completamente borracho y se sentó ante el surtido de insectos y cajas de plástico.
Massick regresó a su silla y dirigió a Cromer una mirada especulativa. ¿Era posible que aquel hombrecillo, a pesar de su físico enclenque y ajado, tuviera una inclinación por las muchachas indias de pura sangre? Esta idea le ocasionó una aguda punzada de celos. Había visto lo suficiente para saber que la muchacha tenía unos pechos fuertes, lozanos, maduros, y que se desperdiciaría por completo con un tipejo como Cromer. Si alguien iba a acostarse con ella aquella noche, tendría que ser Joe Massick, porque era él quien había pasado por un infierno y necesitaba aliviar las tensiones que atenazaban su cuerpo, era él quien tenía las dimensiones y la fuerza necesarias para darle a la chica lo que se merecía, y porque estaba de humor para hacerlo. Además, ella le había sonreído…
—En este pantano vivían los indios calusas —murmuraba Cromer mientras miraba una mariposa en su diminuto ataúd de cristal—. Estaban aquí mucho antes de que los semínola hubieran visto este lugar, y lo conocían a la perfección… Sabían cuándo las ninfas se convierten en imagos… Sabían cuándo era el momento de recoger los bártulos y seguir adelante.
—Es usted un tipo listo, ¿eh? —dijo Massick—. Tiene aquí almacenado todo lo que necesita.
—¿Ha oído las cigarras ahí afuera? —Haciendo caso omiso de las palabras de Massick, como si no le hubiera oído, Cromer señaló con la cabeza el negro rectángulo de la puerta—. Viven bajo tierra diecisiete años, preparándose para salir y procrear. Es razonable pensar que debe de haber otras criaturas que requieren más tiempo…, quizá treinta años, tal vez cincuenta, quizá incluso un…
—Estoy un poco decepcionado con usted, Ed. No le había considerado un egoísta.
—¿Egoísta? —Cromer pareció perplejo y dolido, y trató de concentrar la mirada en Massick—. ¿Qué quiere decir?
—No me ha presentado a su amiga.
—¿Amiga? Yo no tengo ninguna…
El rostro enrojecido y estrecho de Cromer se puso rígido de consternación mientras se volvía para mirar la puerta del dormitorio. Se puso a gatas, recogió el trozo de alambre que Massick había dejado caer y lo enrolló alrededor del pestillo, dando resoplidos de impaciencia porque su torpeza demoraba una operación que debería haber sido instantánea. Massick observaba sus movimientos de buen humor.
—¿Mantiene encerradas a sus amigas por regla general?
—Ella… está enferma. —Cromer se puso en pie, respirando ruidosamente, la mirada nerviosa y suplicante—. Es mejor que esté sola ahí adentro.
—A mí no me ha parecido enferma. ¿Cómo se llama?
—No sé su nombre. Llegó aquí hace un par de días. La estoy cuidando, eso es todo.
Massick meneó la cabeza y sonrió.
—No lo creo, Ed. Me parece que es un sátiro cachondo y guarda ahí esa gacela para su propia diversión. ¡Sinvergüenza!
—No sabe usted lo que está diciendo. Le repito que está enferma y que cuido de ella.
Massick se levantó, con la botella en la mano.
—En ese caso le daremos un trago… Es la mejor medicina que existe.
—¡No! —Cromer corrió hacia él y le cogió del brazo—. Escuche, si quiere saber la…
Massick le dio un fuerte empujón, movido más por la irritación que con malicia, con la mera intención de apartar al hombrecillo de su camino, pero en el mismo momento en que extendía el brazo Cromer se inclinó hacia adelante y encontró el puño del otro hombre, aumentando el efecto del golpe. La fuerza del impacto que recorrió su antebrazo indicó a Massick que había causado algún daño serio, y retrocedió. Cromer se desplomó y chocó con la mesa, sus ojos reducidos a blancas medialunas ciegas, y cayó al suelo con un ruido sordo como el que podría haber producido una loncha de tocino. Solamente aquel sonido equivalía a un certificado de muerte para Massick.
—Estúpido cabrón —musitó en tono acusatorio.
Contempló el cuerpo, adaptándose a la nueva situación, y entonces se arrodilló y extrajo su dinero del bolsillo de Cromer. El registro de los efectos personales del muerto produjo sólo un reloj de pulsera barato y once dólares en billetes de a dólar. Massick se guardó el reloj y el dinero en el bolsillo. Cogió a Cromer con firmeza por el cuello de la camisa y lo arrastró, cruzando la pantalla mosquitera de la puerta al exterior de la cabaña, a la ruidosa oscuridad del pantano. El coro de insectos pareció intensificarse a medida que se apartaba de la cabaña, creando de nuevo la impresión de una conciencia omnipresente. A pesar del calor, sofocante, Massick sentía un escalofrío reptante entre los omóplatos. De repente comprendió que sería inútil tratar de deshacerse del cadáver antes del alba, por lo que soltó su carga y regresó a tientas hacia el leve fulgor de las lámparas de petróleo.
Una vez en la cabaña, echó el cerrojo a la puerta y corrió las cortinas de las ventanas. En cuanto se sintió liberado de la opresión de aquella oscuridad vigilante, cogió la botella de whisky y bebió hasta que su garganta se cerró contra la aspereza del licor. Algo reconfortado por el alcohol, permitió que sus pensamientos retornaran a la puerta del dormitorio y sintió un agradable cosquilleo en el bajo vientre al recordar lo que aguardaba detrás de aquella puerta.
—Así es más cómodo —se dijo—. Tres son siempre una multitud.
Dejó la botella, se dirigió a la puerta y quitó el alambre del pestillo.
La puerta se abrió fácilmente, permitiendo que una franja de luz iluminara la cama y revelase que la muchacha de pelo negro seguía tendida, sin que en apariencia le hubiera conmocionado nada de lo que podría haber oído. Al igual que antes, se irguió sobre un codo para mirarle. Massick, desde el umbral, examinó su rostro, esperando el cambio de expresión al que estaba tan acostumbrado, los ojos nublados por el temor y el odio, pero —exactamente como antes— la muchacha empezó a sonreír. Él respondió con una sonrisa mecánica, apenas capaz de creer en su suerte.
—¿Cómo te llamas, cariño? —le preguntó, acercándose más a la cama.
Ella siguió sonriéndole, sin dejar de mirarle, y nada en su expresión revelaba que había oído la pregunta.
—¿No tienes nombre? —insistió Massick, y una nueva idea empezó a formarse en el fondo de su mente. ¡Nunca había poseído a una sordomuda hasta entonces!
La muchacha reaccionó irguiéndose un poco más, movimiento que deslizó la sábana hacia abajo y reveló su pecho. Tenía los senos mejor formados que Massick había visto jamás, redondos y en su plenitud, con los pezones erectos, y se le secó la boca mientras se acercaba al lado de la cama y se arrodillaba. Los ojos oscuros de la muchacha permanecieron fijos en los suyos, audaces y, sin embargo, tiernos, cuando extendió la mano y sus dedos trazaron una línea desde los tres topos tatuados en la frente, descendiendo por la mejilla, el cuello y la suave curva de los pechos. Se demoró allí brevemente, y prosiguió hacia la lánguida prominencia de la cadera, al tiempo que deslizaba la sábana, cuando ella emitió un sonido de protesta, ligero e inarticulado, y le cogió por las muñecas.
Frustrado y tentado, Massick cogió la sábana con la intención de descubrir la parte inferior del cuerpo de la muchacha, pero vio que ésta seguía sonriendo. Le soltó las muñecas, llevó las manos a su pecho y empezó a desabrocharle la camisa con movimientos torpes a causa de su ansiedad.
—Zorrita sin nombre —musitó Massick, enardecido.
Se incorporó, se quitó la ropa e instantes después estaba desnudo al lado de la cama. La muchacha se había relajado en la almohadilla, esperándole. El macizo torso de Massick descendió sobre la cama y sus labios buscaron los de la mujer. Ella le devolvió el beso de una manera curiosamente inexperta que no hizo más que reforzar su placer. Cediendo a su impaciencia, se apoyó en un codo y utilizó la mano libre para separar la sábana, ansioso de ver la prometida confluencia mágica de cadera, vientre y muslos, esa bella panorámica que sólo puede ofrecer la mujer.
El ovopositor que salía de la entrepierna de aquella criatura era un enorme aguijón cónico y córneo. Los huevos transparentes fluían ya por la abertura del extremo, burbujeando, contrayéndose, humedeciendo las paredes del conducto con su líquido viscoso, incorporándose a la masa gelatinosa de vástagos que se había reunido sobre el abdomen distendido.
Massick tuvo tiempo de producir un único gemido de desesperación, antes de que la criatura se abalanzara sobre él, oprimiéndole con una fuerza inhumana que apenas era necesaria. La primera punzada del ovopositor sólo le dolió un instante, pues en seguida actuó sobre él una química antigua y misericordiosa, desterrando todo dolor, induciendo una parálisis fláccida que se apoderó de todo su organismo. Yació perfectamente inmóvil, callado y aturdido, mientras su amante se afanaba sobre él, atravesándole una y otra vez, evitando con habilidad los órganos vitales, llenando sus cavidades corporales con los huevos que pronto producirían mil larvas hambrientas.
Es una lástima que tuviera que cambiar. Me gustaba más de la otra manera…, antes de que esos topos en su frente se convirtieran en unas cuentas negras y vigilantes, antes de que en sus ojos aparecieran las facetas y empezaran a desviarse hacia los lados de la cabeza, antes de que esos pechos magníficos comenzaran a adquirir nueva forma hasta convertirse en un par de patas centrales.
Pero es amable conmigo, y eso cuenta mucho. Me cuida como una amante servicial. Incluso cuando me despierto durante la noche puedo verla junto a la puerta de la habitación, siempre vigilando, siempre esperando.
Sin embargo, ¿qué espera? Eso es lo que me pregunto muy a menudo y cuando lo hago…