Horror 3

Horror 3


Tiempo de reír

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Tiempo de reír

JOAN AIKEN

Joan Aiken es la hija de Conrad Aiken, autor de por lo menos dos clásicos del género macabro (Mr. Arcularis y Silent Snow, Secret Snow). Su madre la educó en casa hasta los doce años, cuando ingresó en un pequeño y progresista internado de Oxford. Trabajó para la BBC y las Naciones Unidas, y fue redactora de Argosy durante cinco años antes de que, a principios de los sesenta, empezara a dedicarse plenamente a la literatura. Ha escrito unos cincuenta libros, tres de los cuales ganaron el premio Guardian de literatura infantil. Uno de ellos (The Wolves of Willoughby Chase) también ganó el premio Lewis Carroll, mientras que Nightfall fue galardonado por la organización Mystery Writers of America. Está casada con el pintor norteamericano Julius Goldstein.

Cuando Matt trepó a la ventana abierta de La Granja todo rezumaba humedad, pues había llovido sin cesar durante tres días seguidos… Una lluvia de agosto, que aplastó los trigales broncíneos y verdes, convirtiendo los bosquecillos alrededor de Wentby en penumbrosas junglas verdes, a la vez que transformaba la carretera que cruza el extremo meridional de la pequeña población en una oleaginosa pesadilla en la que los vehículos resbalaban y se amontonaban en masas crujientes. Toda la policía del condado trabaja a pleno rendimiento, intentando despejar un desastre tras otro.

De haber pasado un río por Wentby, Matt podría haberse ido a pescar aquel sábado por la tarde, en vez de hacer lo que estaba haciendo…, pero no era aquél un pueblo fluvial. La corriente más cercana discurría a treinta kilómetros de allí, y la lluvia formaba charcos espumosos en la arcilla o se filtraba en el suelo más ligero y desaparecía, y si la policía no hubiera estado tan ocupada y distraída por el caos de la carretera, tal vez a Matt nunca le habría pasado por las mientes que aquél sería el momento perfecto para explorar La Granja. Al fin y al cabo, después de tres días de lluvia, ¿qué otra cosa podría hacer? Habían pasado diez años desde que el cine Regent cerró sus puertas y vendieron el edificio.

El tres cuartos escolar sería demasiado patente y reconocible, por lo que Matt se había puesto su chaqueta negra de plástico, aunque no era precisamente impermeable, pero por lo menos le proporcionaba cierta protección contra las zarzas que obstaculizaban su camino. Tiempo atrás había encontrado la manera de acceder a los terrenos de La Granja, los cuales terminaban en un pequeño triángulo de tierra unido al extremo de un solar donde se amontonaban los materiales de una empresa constructora en la que su padre trabajó durante un breve período. Matt tenía una aguda memoria visual, jamás olvidaba lo que había observado una vez y, tras una sola visita dos años atrás, para decirle a su padre que habían llevado a mamá al hospital, fue capaz de abrirse paso sin vacilación entre las mezcladoras de cemento, las pilas de tablones y las losas de cemento armado hasta el lugar exacto, cubierto por una maraña de saúcos. Kelly nunca se molestaba en cerrar aquel solar, y, en cualquier caso, era sábado por la tarde y allí no había nadie. Todos estaban cómodamente en sus casas, viendo la televisión.

Avanzó lentamente entre los húmedos matorrales y, como había calculado, llegó a un espacio libre de maleza al pie de unos escalones. Unos renuevos demasiado crecidos de rosas trepadoras los bloqueaban a medias, pero era posible subir con cuidado entre ellos, y una vez arriba se encontró ante una extensión oscura y triangular de césped que llegaba por la izquierda hasta la casa, y por la derecha terminaba en un huerto abandonado. Sorprendentemente, pues estaba en el mismo centro de Wentby, había conejos que se alimentaban con la hierba, los cuales se dispersaron al verle. Entre él y la casa se alzaban dos viejos y enormes manzanos, macizos contra el cielo oscuro y cargados de frutos. Los había visto en la fotografía aérea del pueblo, exhibida recientemente en un tablón de anuncios de la escuela. Eso era lo que le había dado la idea de explorar La Granja; uno podía descubrir ciertas cosas en la escuela, si mantenía los ojos abiertos y usaba su ingenio. Y, naturalmente, había oído hablar de La Granja con anterioridad, pero no podía verse desde ninguna calle del pueblo: una casa grande, construida a mediados del siglo XIX, en un terreno inaccesible, comprada luego, después de la segunda guerra mundial, por una rica actriz jubilada y su marido, director de su compañía, el teniente coronel Jordan. Apenas les habían visto; nunca salían ni iban a ninguna parte. Matt tenía la vaga idea de que uno de ellos —¿quizá ambos?— había muerto. Existía la creencia general de que la casa estaba encantada y también llena de tesoros, pero defendida con innumerables alarmas antirrobo dentro del edificio, gongs que empezarían a sonar, timbres que se oirían en la comisaría, para no hablar de las trampas, armas disparadas por medio de muelles y salvajes perros alsacianos en el terreno.

Sin embargo, los alsacianos no estaban a la vista, y de haber existido seguramente los conejos no se estarían alimentando de un modo tan apacible. Así pues, Matt, que no daba crédito a aquellos cuentos, se abrió paso, sigiloso pero con cierta confianza, por la hierba y hacia los manzanos. Le decepcionó ver que el fruto no estaba maduro, ni mucho menos. Eran unas manzanas pequeñas y deformadas, y no merecía la pena tomarse la molestia de arrancarlas. Incluso los pájaros parecían hacerles caso omiso, y una gran cantidad de fruta caída se pudría en el suelo. Irritado, Matt arrojó un par de ellas contra la pared de la casa, y obtuvo cierta satisfacción al oír el ruido sordo que produjeron al aplastarse contra la piedra.

La casa no había sido construida con ladrillos de la región, como las restantes de Wentby, sino con grandes pedazos de piedra de color rojo oscuro, importada, sin duda con un coste elevado, del lejano norte. El efecto que producía era fuerte y desagradable: oscuro como la sangre, con numerosos gabletes, severo, el edificio parecía vigilar su terreno circundante enmarañado. Parecía desierto, ninguna de sus ventanas estaba iluminada, incluso en una tarde como aquélla, oscura y lluviosa, y al dirigirse a la fachada de la casa, por una pista para vehículos semicubierta por el césped y las malas hierbas, Matt descubrió que los escalones de la entrada tenían una fina película de moho, como si nadie los hubiera pisado durante meses. ¿Quizá por la parte trasera…? Pero estaba a cierta distancia, tras una espaldera y unos laureles ornamentales moteados de amarillo. Cuando se dirigía allí, Matt se detuvo, sobresaltado al ver una ventana entreabierta, la cual, hasta que llegó a ella, había estado oculta por la fronda combada de unos jazmines invernales, cuyas diminutas hojas verdeoscuro estaban casi negras a causa de la humedad. El espacio oblongo, en forma de ataúd, de la ventana abierta también era negro. Matt se quedó mirándolo, hipnotizado, durante casi diez minutos, incapaz de decidir si entraría o no.

¿Habría alguien allí dentro, acechando en la oscuridad? ¿O acaso habían allanado la casa, quizá semanas atrás, y el ladrón había dejado la ventana así, sin molestarse en ocultar las pruebas de su entrada, ya que nadie iba jamás por allí? ¿O tal vez —lo cual era una idea que le acobardaba— habría un ladrón allí, en aquel mismo momento?

Pensando en todas estas diferentes posibilidades, Matt descubrió que se había ido aproximando lentamente a la pared donde estaba la ventana; ésta se encontraba a unos dos metros por encima del suelo, pero la rodeaba una enredadera tan espesa que trepar hasta ella no supondría ningún problema. La enredadera parecía intacta, no mostraba la menor señal de daño.

Casi sin darse cuenta de que había tomado una decisión, Matt apoyó los pies en la masa vegetal húmeda y se impulsó hacia arriba —innumerables gotas cayeron sobre su cara— hasta que pudo apoyarse en el alféizar y colocar los codos en el borde interno del marco. Como podría haber esperado, la pared bajo el alféizar estaba empapada por el agua de lluvia y la pintura empezaba a agrietarse. Era evidente que la ventana llevaba abierta horas, quizá incluso días.

Matt escudriñó el penumbroso interior, esperando que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. Al principio no pudo ver más que las oscuras masas de los muebles, que lentamente empezaron a resolverse en formas reconocibles: sillas tapizadas de respaldo alto y patas bulbosas y curvas, mesas laterales cubiertas de adornos, una lámpara de pie con una pantalla plisada, borlas goteantes, un gran jarrón de porcelana china, una alfombra con un dibujo floral, una estera hirsuta y negra delante de la chimenea y un retrato en un marco dorado sobre la repisa. No había fuego en el hogar, el sillón lateral estaba vacío y la estancia sumida en el silencio. Escuchando con toda su concentración, Matt no pudo percibir sonido alguno, ni allí ni procedente de cualquier otro lugar de la casa. Esto le estimuló y pasó una pierna por encima del alféizar, agachó la cabeza y los hombros bajo el marco corredizo y saltó al interior. Entonces, con una cautela instintiva, bajó el marco corredizo, de modo que, en el caso improbable de que otro intruso visitara el jardín, el acceso al interior no fuera tan invitadoramente visible.

No tenía intención de cerrar por completo la ventana, pero el cordón del marco corredizo estaba en las últimas y el pesado marco, una vez en movimiento, se abatió antes de que Matt pudiera detenerlo. Un tanto consternado, oyó un ligero sonido metálico, como el de un cierre. Sin duda se trataba de un dispositivo antirrobo, pues fue incapaz de levantar de nuevo el marco. El dispositivo tenía una cerradura, y supuso que ahora sería imposible abrirla sin la llave.

Soltando un juramento entre dientes, Matt se volvió para examinar la habitación. ¿Cómo podría encontrar la llave en un sitio tan oscuro y atestado de objetos? Podría estar en un cuenco para guardar menudencias sobre la repisa de la chimenea, o en un cajón del escritorio, o colgada de un clavo, o en una caja… Ningún intruso que desconociera el lugar podría esperar dar con ella. Se volvió para examinar la ventana y vio que tampoco podía confiar en romperla, pues los vidrios eran demasiado pequeños y los barrotes demasiado gruesos. Sin embargo, habría otras maneras de abandonar la casa, quizá bastaría con abrir una puerta. Decidió que antes de explorar más, lo mejor sería establecer el medio de salida, por lo que dio un par de pasos hacia una puerta que podía ver a su derecha. Por allí entró en un grande y frío comedor, donde una araña de luces cubierta de telarañas pendía sobre una maciza mesa de caoba rodeada de ocho sillas, y reflejaba la espectral luz grisácea de una ventana situada más allá. Para alivio de Matt, la ventana del comedor era de hoja batiente. Pensó que le resultaría bastante fácil salir por allí y recuperó su ánimo; pero quizá no habría necesidad, tal vez el cierre antirrobo de la ventana no estaba trabado. Se disponía a cruzar el comedor para examinarlo de cerca cuando el sonido de una risa argentina a sus espaldas le dio un susto de muerte.

—¡Ajá! ¡Ajá! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! —gorjeó la voz burlona, a menos de dos metros de distancia.

Matt giró sobre sus talones, el corazón casi escapándosele a través de la caja torácica. Habría jurado que no había ni un alma en la casa. ¿Sería un fantasma? ¿Eran ciertas las historias que se contaban, después de todo?

En la primera estancia seguía sin haber nadie, pero desde luego la risa había procedido de aquella dirección, y mientras permanecía en el umbral, mirando frenéticamente a su alrededor, la oyó de nuevo, un largo gorjeo burlón, repetido exactamente con la misma cadencia.

—¡Diablos! —susurró Matt.

Y entonces, cuando creía sinceramente que estaba a punto de desmayarse de miedo, encontró la explicación: exactamente en el mismo lugar de donde había procedido la risa, un reloj empezó a tocar una fina nota argentina, sin duda destinada a armonizar con la risa: ting, tong, ting, tong. Las cuatro.

—¡Diablos! —repitió Matt entre dientes—. ¿Qué te parece? ¡Un reloj que ríe!

Se acercó para inspeccionar el reloj. Era una antigualla grande y complicada, que se alzaba sobre una especie de canterano con apliques de latón, bajo una vitrina de cristal. Su estructura, o la obra externa, como uno quisiera llamarla, era toda dorada y adornada con querubines de oro que se desternillaban de risa, echando atrás sus rollizas cabecitas o retorciéndose de regocijo.

—Muy divertido —musitó Matt agriamente—. ¡Ya puedes reírte, ya, después de que casi me muero de un ataque al corazón!

Entonces vio que en la pared, por encima del reloj, había un gran tapiz cuyo dibujo repetía el tema de la risa: esta vez eran unas niñas con túnicas de volantes y un individuo grueso sentado en un barril y llevándose a la boca un racimo de uvas, mientras con el otro brazo atraía a una muchacha hacia sí. Todos los personajes también se partían de risa, a causa de algún chiste que probablemente sería grosero, a juzgar por el aspecto del tipo de las uvas.

Matt estaba deseando que el reloj volviera a sonar, pero era de presumir que no volvería a hacerlo hasta las cinco, a menos que también diera los cuartos de hora. Sería mejor que, entretanto, examinara el resto de la casa, calculando el tiempo de modo que estuviera de regreso en aquella estancia a las cinco en punto. Se preguntó si sería posible llevarse el reloj, pero parecía demasiado pesado, y probablemente su mecanismo era complicado y delicado, y podría estropearse si lo movían. ¿Cómo iba a poder acarrearlo entre todos aquellos arbustos y por encima de la valla? Y luego tendría el problema de explicar la presencia del reloj a su padre, pues no habría manera de ocultarlo en la reducida casa de protección oficial que ocupaban; no sería verosímil decir que lo había encontrado en un vertedero de basura. Sin embargo, ansiaba poseerlo… ¿Qué dirían sus compinches de la banda cuando lo supieran? Quizá podría guardarlo en casa de Kip Butterworth, porque el amigo Kip, tipo afortunado, tenía una habitación propia y tan atestada de cacharros electrónicos que un reloj más o menos entre todos ellos pasaría inadvertido.

Pero primero llevaría a Kip allí, a una hora en que faltara poco para que sonara el reloj, y haría que su amigo se llevase el mayor susto de su vida…

Riendo para sus adentros por esa divertida ocurrencia, Matt se volvió hacia el comedor, con la intención de llevar a cabo su plan inicial de abrir una de las ventanas de hoja batiente, pero por segunda vez se detuvo en seco, paralizado por el terror.

Oyó una voz a sus espaldas, que le dijo:

—Ya que estás aquí, podrías darle cuerda al reloj. —Y añadió secamente—: El sábado es el día en que hay que darle cuerda, así que has hecho bien en venir.

Esta vez la voz era inequívocamente humana, y Matt, que estaba temblando como una hoja, se vio obligado a admitir que no podía proceder de alguna clase de aparato electrónico, ni tampoco era la voz de un espectro, sino la de una mujer, áspera, dura, seca, un poco temblorosa, pero resonante. Sin embargo, ¿dónde diablos estaba?

Entonces vio que lo que le había parecido una pared más allá de la chimenea era en realidad una de esas cortinas colgantes de bambú, y al otro lado —descubrimiento que hizo pasar a Matt otro mal rato— había una figura inmóvil sentada en un sillón. Sin duda había estado observándole todo el tiempo, incluso desde que penetró en la casa, pues la parte de la habitación al otro lado de la cortina era una especie de nicho o el espacio de una gran ventana salediza, que no conducía a ninguna parte. La mujer debía de haber estado allí desde el principio…

—Vamos —insistió, mirando a Matt con firmeza—. Dale cuerda al reloj.

El muchacho se rehízo del susto y logró articular con aspereza:

—Bueno, pero ¿dónde está la llave?

—En ese cuenco, a la izquierda.

A Matt le dio un vuelco el corazón: quizá la llave de la ventana estaría también allí. Pero no, sólo había una llave, una larga y pesada llave de latón con un travesaño a un extremo y muchas estrías en el otro.

—Levanta la vitrina con mucho cuidado —le ordenó la mujer—. Verás dos agujeros en la esfera. Dales cuerda a los dos; uno es para el reloj y el otro para el sonido.

Mientras el muchacho levantaba la vitrina y empezaba a dar cuerda, la mujer añadió en tono nostálgico:

—Mi marido hizo ese reloj para mí, como regalo de aniversario cuando cumplí los treinta. La risa es una reproducción de la mía propia. Algo fuera de lo corriente, ¿verdad? Mi marido era ingeniero eléctrico, ¿sabes? Tenía la afición de los relojes. Inventó toda clase de relojes curiosos… Había uno con la figura de Shakespeare, otro con un perro que ladraba, otro que entonaba himnos… la voz también era mía. En aquella época yo tenía una hermosa voz cantarina… y mi risa era célebre, naturalmente. «La risa cristalina de la señorita Langdale», solían decir los críticos… Mi marido estaba haciendo un reloj con un cráneo poco antes de morir. Ahí está el cráneo.

Había, en efecto, un cráneo auténtico, colgado encima del gran jarrón chino, a la derecha del reloj.

Matt recordaba vagamente lo que se dijo sobre la muerte del marido, que estuvo envuelta en cierto misterio. Le habían encontrado muerto, de un ataque al corazón, en el paso inferior bajo la carretera, por lo menos a dos kilómetros de su casa. ¿Qué estaba haciendo allí, en plena noche? ¿Con qué motivo andaba por allí, ya que el paso inferior no era para peatones?

—Cuando murió había salido a comprarme cigarrillos —siguió diciendo la mujer.

Matt se sobresaltó. ¿Acaso le había leído el pensamiento? ¿No era realmente misterioso que supiera con tanta exactitud lo que pasaba por su cabeza?

Pero esos interrogantes quedaron sin respuesta, pues la mujer prosiguió con sus espontáneas revelaciones:

—Desde entonces he dejado de fumar. La verdad es que no tuve más remedio que hacerlo… No me querían traer el tabaco, ¿sabes? Algunas cosas me las traen aquí, así que me las arreglo con ellas. No me gusta que venga gente a la casa con demasiada frecuencia, porque asustan a los pájaros. Soy muy amante de los pájaros, ¿sabes?

Así pues, a menos que tuviera un sirviente, estaba sola en la casa. Matt reflexionó en esto mientras la mujer seguía hablando con su voz vieja, áspera y seca, y empezó a sentirse menos aterrado… Quizá podría atemorizarla para que le dejara salir de allí. También era posible que estuviera loca.

—¿Va a telefonear a la policía? —le preguntó Matt audazmente—. Mire, no tenía intención de robar nada. Sólo entré para echar un rápido vistazo.

—Mi querido muchacho, me tiene sin cuidado el motivo por el que has entrado. La cuestión es que estás aquí y podrías serme de utilidad. Anda, ve al comedor y trae unas cuantas botellas de las que hay allí.

La lluvia había remitido un poco y en el comedor había más luz que cuando Matt entró por la ventana. Le sorprendió ver, a lo largo de la pared donde estaba aquélla, unos botelleros de madera que contenían botellas de champaña grandes y medianas. Debía de haberlas a centenares. Había también dos grandes recipientes de madera al lado de la chimenea, con docenas de botellas vacías. Un sillón estaba cerca de un radiador eléctrico, apagado, y en el suelo, al lado del sillón, había una bandeja de plata con una botella y una copa a medio llenar.

—Trae también una copa —dijo la señora Jordan.

Cuando Matt regresó con la copa, la bandeja y varias botellas bajo el brazo, la mujer le ordenó:

—Ahora descorcha una de ellas. Supongo que sabes hacerlo.

El muchacho lo había visto hacer por televisión, y lo consiguió sin dificultad.

—Tendría que estar frío, naturalmente —observó ella al recoger la copa.

Una de sus manos yacía lánguidamente sobre el brazo del sillón, y de vez en cuando, cuando se deslizaba por el lado, la alzaba con la otra mano. Al acercarse a ella por primera vez, Matt reparó en que olía muy mal; emitía un extraño y fétido olor a vejez seca, falta de higiene y algo peor, y el muchacho pensó que quizá estaba impedida y no podía moverse de su asiento. Curiosamente, esto no hizo que la temiera menos, sino que aumentó su aprensión. Aunque parecía un ser esquelético, viejo y frágil, su rostro estaba en buena condición, pálido e hinchado como un pastel demasiado hecho. En el pasado debió de ser un rostro bello y alargado, como el de un hada malvada que fingiera ser una princesa en una ilustración de un cuento de hadas. Ahora parecía desdeñoso y reservado, sonriente mientras miraba su copa de vino burbujeante. El cabello, del color de la paja vieja y seca, tenía un peinado muy estrafalario; quizá era una peluca.

—Toma una copa, si quieres —le dijo—. Hay más en la alacena del comedor.

Una vez en el comedor, pensó en forzar la ventana y escabullirse de allí a toda prisa; pero se retuvo, pues sentía curiosidad y quería probar el espumoso, y además no parecía haber ninguna prisa. Estaba bastante claro que la mujer no se proponía nada, no podía representar ningún peligro para él, aunque le había dado un buen susto. Finalmente, quería oír de nuevo el sonido de aquel reloj.

En el mismo momento en que cogía una copa de la alacena, una idea luminosa pasó por su mente: ¿por qué no llevar allí a la banda y celebrar un banquete? Había centenares de botellas de champaña… ¡Era una pena que nadie las consumiera! Era evidente que la mujer no se las bebería, no podría hacerlo en el estado en que se encontraba. Tal vez también podría encontrar en la casa alguna lata de conserva, pero si no había nada, no importaba: llevarían su comida, hamburguesas y patatas fritas, o algunos platos del restaurante chino que servía comidas para llevar. Si la vieja estaba realmente paralizada en el sillón, no podría impedírselo. De hecho, tenerla allí aumentaría la diversión. Podrían traerla desde la otra sala y darle a beber su propio espumoso, aunque sería mejor ir con cuidado, pues la vieja no parecía en condiciones de resistir demasiado.

Pensó que deberían llevar velas, y en ese momento oyó la voz de la mujer:

—Trae las dos velas que están sobre la alacena.

Matt tuvo un violento sobresalto, pero al fin y al cabo se trataba de una simple coincidencia. Cogió las velas, colocadas en altas palmatorias de cristal tallado, cogió también un vaso y regresó a la otra estancia.

—Las cerillas están en la repisa —le dijo.

Las cerillas estaban dentro de una bonita caja esmaltada. Matt encendió las velas y las puso sobre la mesita, al lado de la anciana, y entonces pudo ver que había en ella algo muy extraño: un lado del rostro estaba estirado hacia abajo y parecía paralizado.

—La luz está cortada —explicó—. Me olvidé de pagar la factura.

Su mano izquierda parecía aún intacta, y se sirvió dos copas que tomó en rápida sucesión, de la botella abierta que estaba junto a su brazo.

—Sírvete —le dijo al muchacho, arrastrando un poco las sílabas.

Matt tenía mucha sed, pues la comida de los sábados en su casa era siempre la misma: arenque ahumado y judías al horno, y además el miedo le había secado la boca. Al igual que la señora Jordan, se sirvió una copa detrás de la otra. El líquido burbujeaba un poco, pero por lo demás no tenía mucho sabor.

—Será mejor que abras otra botella —dijo la mujer—. Una es poco para dos. Puestos en ello, trae unas cuantas más, ¿quieres?

Matt pensó que la vieja aprovechaba su presencia para organizarse un poco. Como no podía moverse del sillón, quería estar bien provista para cuando él se fuera. Se preguntó si habría teléfono en la casa. ¿Debería llamar a un médico, a la policía, a una ambulancia? Pero entonces tendría que justificar su presencia, y además no podría celebrar su pretendido banquete con la banda, porque sin duda tapiarían las ventanas con maderos, después de llevarse a la vieja al pabellón geriátrico del hospital Royal West Midland, como hicieron con la tía Glad cuando sufrió la apoplejía.

—No hay teléfono en esta casa —dijo con calma la señora Jordan—. Hice que lo quitaran tras la muerte de Jock, porque el timbre molestaba a los pájaros. Bien, muchacho, déjalas ahí, al lado de mi sillón, donde pueda alcanzarlas.

Matt descorchó otra botella, llenó la copa de la anciana y su vaso y regresó a la otra habitación en busca de más botellas. Cuando volvió, la mujer le dijo:

—Te gusta el reloj, ¿verdad?

—Sí, es muy original.

—Dentro de un minuto dará el cuarto de hora.

Pronto sonó, en efecto, emitiendo una risa baja, bastante maliciosa, muy breve. A Matt se le erizó el vello de la nuca, pero volvió a pensar: «¡Espera a que oigan esto los demás de la banda!». Era un sonido realmente espectral.

—Pero no quiero que te lo lleves. No, no, eso no me haría ninguna gracia. Me gusta oír su sonido mientras estoy aquí sentada.

—¡No tenía intención de llevármelo!

—Bueno, lo decía por si acaso. —Los hundidos ojos negros de la anciana le miraron burlonamente: el muchacho estaba en cuclillas sobre la alfombra, tratando de extraer un tapón que ofrecía una resistencia especial—. No quiero correr ningún riesgo. Ocho días… El reloj tiene cuerda para ocho días. ¿También has dado la del sonido?

—Sí, sí —dijo él con impaciencia, vertiendo más líquido amarillo pálido y burbujeante en los recipientes.

A través del champaña que llenaba su vaso le pareció ver que los ojos de la vieja le miraban astutamente.

—Deja el vaso un momento —le dijo—, en el suelo, ya está bien. Ahora mira aquí un momento. —Había erguido un esquelético dedo índice, más allá del cual el muchacho podía ver los ojos oscuros—. Muy bien. Ahora mira mi dedo… Estás muy cansado, ¿verdad? Vas a tenderte en el suelo y dormir. Dormirás… muy cómodamente… durante diez minutos. Cuando te despiertes, irás a esa puerta y la cerrarás. La llave está en la cerradura. Luego cogerás la llave y la empujarás por debajo de la puerta con una de las agujas de hacer punto que están sobre la mesita al lado de la puerta. ¡Ahhh! Tienes mucho sueño.

La anciana bostezó profundamente. Matt bostezó también. Su cabeza osciló a un lado y se desplomó sobre la alfombra, donde permaneció inmóvil, dormido del todo.

Mientras dormía hubo un silencio absoluto en la habitación. La casa estaba demasiado escondida en su propio terreno, entre los solares de la empresa constructora, para que llegaran hasta allí los ruidos de la ciudad. Sólo llegaba el ligero y distante rumor del tráfico por la carretera. La señora Jordan permaneció sentada impasiblemente, escuchándolo, sin dormir, pues ya había dormido lo suficiente y pronto dormiría aún más profundamente. Permaneció escuchando y pensando en su marido; a veces la sonrisa sesgada descendía desde una comisura de la boca.

Al cabo de diez minutos, el muchacho despertó de su sueño. Somnoliento y tambaleante, se incorporó, se dirigió a la puerta, la cerró, extrajo la llave y, con una larga aguja de madera para hacer punto, la empujó al exterior por debajo de la puerta, a través del suelo pulimentado del comedor.

Regresó al lado de la vieja y se quedó mirándola, con una vaga expresión de aturdimiento, frotándose la frente con una mano.

—Me duele la cabeza —dijo en tono quejumbroso.

—Necesitas un trago —replicó la anciana—. Abre otra botella. Oye, el reloj va a dar la media.

Al otro lado de la sala, el reloj soltó su risa argentina.

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