Horror 3

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Sopa de pollo

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Sopa de pollo

KIT REED

Kit Reed vive en Connecticut, y aparte de este dato no puedo decir mucho más sobre ella. Ha escrito dos novelas de ciencia ficción, Magic Time y Armed Camps, pero también escribe otra clase de novelas (por ejemplo, The Ballad of T. Rantula). Su comedia The Bathyscape fue producida para la radio nacional norteamericana. Tengo la impresión de que le gusta que su obra hable por ella, y así lo hace, sobre todo los relatos contenidos en Mr Da V., The Killer Mice y Attack of the Giant Baby. También el relato que ahora ofrecemos habla por ella.

Cuando Harry era pequeño le encantaba estar enfermo. Se quedaba en cama con sus libros y juguetes extendidos sobre las mantas y esperaba a que su madre le trajera cosas: zumo de naranja y aspirina a media mañana; para el almuerzo siempre le daba sopa de pollo con Isla Flotante para postre, y cuando había comido, ella le enderezaba la almohada, le alisaba las ropas de cama y le acomodaba para que echara la siesta. Mientras estuviera enfermo podía permanecer en aquel nido preparado por él mismo, a salvo de los compañeros de clase que le gastaban bromas y los maestros que a veces perdían los estribos, así como de caerse y hacerse daño. Podía mantenerse despierto y leer o adormilarse ante la televisión, perfectamente satisfecho. A veces, al caer la tarde, cuando le picaba la garganta y el aburrimiento amenazaba su satisfacción, se ponía a mirar la puerta del dormitorio. Por entonces las sombras eran alargadas y Harry se sentía inquieto y quizá levemente amenazado por unas sombras mayores que acechaban fuera de la seguridad de su pequeña habitación: los primeros atisbos de ansiedad, accidente y riesgo. Finalmente oía los pasos de su madre en la escalera, el tintineo del hielo en su mejor jarra de vidrio, y la mujer entraba en el cuarto con galletas y limonada. Harry tomaba el primer vaso de un trago y luego, mientras ella le servía otro, se palpaba la frente con la esperanza de que estuviera lo bastante caliente para justificar otro día en la cama. Decía: «Creo que tengo fiebre. ¿Qué te parece?». Y ella le tocaba la frente con amorosa complicidad. Entonces los dos permanecían allí juntos, Harry y mamá, felices en el mundo acogedor que se habían construido.

El padre de Harry había dejado a su viuda en buena situación, lo cual significaba que no necesitaba trabajar, por lo que podía dedicar todo su tiempo a tener la casa arreglada, preparar deliciosas comidas para Harry y hacer todo lo que el muchacho necesitaba incluso cuando no estaba enfermo. Se levantaba temprano para que los dos pudieran tomar juntos un buen desayuno caliente, tortas con salchichas y zumo de naranja, tras lo cual se leían mutuamente el periódico hasta el momento en que Harry debía marcharse. Cuando volvía de la escuela siempre hablaban de la jornada, y luego, como ella era una buena madre, le decía: «¿No quieres jugar con un amiguito?». Siempre hacía galletas caseras cuando venían los amigos de Harry, pasaba el rodillo por la pasta y la cortaba en círculos perfectos con el borde de un vaso de vino espolvoreado de azúcar. En los recitales de violín y flauta se sentaba en la primera fila, y cuando Harry tenía problemas con algún maestro, cualquier clase de problema, se personaba en la escuela para hablar del asunto. Le hacía la cama a Harry, le envolvía cuidadosamente el almuerzo y, aunque nadie lo notó hasta llegar a la segunda enseñanza y ducharse en común, la madre de Harry le planchaba la ropa interior. A cambio Harry vaciaba el cubo de la basura, hacía las llamadas telefónicas y se encargaba de la mayor parte de las cosas que habría hecho el cabeza de familia, de haber estado allí.

Como todas las parejas felices, tenían sus peleas, que sólo duraban una o dos horas y purificaban la atmósfera. Normalmente terminaban cuando uno de ellos le decía al otro, con admirable generosidad, que le perdonaba. Sólo tuvieron un momento realmente conflictivo en la primavera del año en que Harry cumplió doce, cuando Charles se presentó con una botella de vino y un viejo álbum de la época universitaria, en el que aparecían él y el padre de Harry. Naturalmente, mamá le invitó a comer, y Harry se llevó una conmoción cuando salió de la cocina con el sacacorchos en la mano y oyó a su madre decir: «No sabes cuánto me alivia poder hablar con un adulto, para variar».

¿No sufrió Harry un ataque de asma aquella noche y estuvo enfermo en casa durante el resto de la semana? En esa ocasión no pasó su habitual período de felicidad por estar enfermo, porque su madre pareció distraída casi hasta el punto de ser negligente, y aquel viernes Harry se llevó una sorpresa mayúscula a la hora de la limonada. Oyó dos clases de pisadas en la escalera.

Mamá entró primero.

—Oh, Harry, tengo una sorpresa para ti.

—Estoy demasiado enfermo.

Ella logró mantener un tono risueño.

—Es Charles. Te ha traído un regalo.

—No lo quiero.

Se puso boca abajo, tapándose la cabeza con la almohada.

—Oh, Harry.

—Déjame que lo intente yo.

Estas últimas palabras las había pronunciado Charles en su dormitorio, aquel lugar que siempre había sido sacrosanto. Harry quería protestar furiosamente y echarle de allí, incluso golpearle con el lomo de un libro, pero para eso habría tenido que exhibirse, y mientras permaneciera bajo la almohada había la posibilidad de que Charles arrojara la toalla y se marchase.

Algo se retorcía sobre su cama.

—Socorro. ¿Qué es eso?

—Un cachorro.

—Vete.

—Charles te ha traído un cachorro precioso.

—¿Un cachorro?

Allí estaba. Empezó a jugar con él y se entusiasmó tanto que sólo oyó a medias a mamá cuando ésta le dijo que el cachorro se llamaba Ralph y que iba a hacerle compañía mientras ella y Charles salían un rato. Harry le dijo, o intentó decirle, que esperase, pero el cachorro se movía bajo sus manos y el muchacho no podía centrar su atención en lo que estaba diciendo. El animalito ya había mojado la manta, y la experiencia había dejado perplejo a Harry: la humedad atravesó la manta y la sábana y llegó hasta su pijama, y cuando reaccionó a la situación, su madre ya le había dado un beso y se había ido con Charles.

Durante una o dos horas se distrajo con el cachorro, pero precisamente cuando empezaba a confiar en él, convencido de que era suficiente compañía, el cachorro se echó a un lado y se quedó dormido como un tronco, dejando a Harry solo en la habitación, farfullando a las sombras cada vez más intensas. Se tapó con las ropas de cama hasta la barbilla y siguió hablando, pero el silencio de la casa desierta era aterrador, y Harry al fin también guardó silencio, seguro de que tanto él como la casa estaban escuchando.

La madre tardó una eternidad en regresar a casa. Cuando lo hizo se mostró voluble y rebosante de satisfacción, observó distraída que se había olvidado de dejar al chico algo para cenar, lo compensó con una disculpa superficial y emprendió un largo recital de todo lo que Charles pensaba y le había dicho. Se acercó a la cama con los ademanes de un joyero que revela su mejor creación y desenvolvió un trozo de pastel Selva Negra que había envuelto cuidadosamente en el restaurante y que acarreó por media ciudad acunado en su regazo.

Harry hizo la única cosa lógica bajo aquellas circunstancias: empezó a respirar con dificultad. El cachorro se despertó y se movió torpemente sobre la manta para tocarle la cabeza con el morro. El muchacho lo cogió y le musitó algo entre jadeos asmáticos.

—Harry, Harry, ¿qué te ocurre?

—Ya te dije que estaba enfermo —le dijo el muchacho al cachorro.

—¡Por favor, Harry!

La mujer le ofreció un medicamento contra la tos y él lo desdeñó; le dio el inhalador y él lo apartó de un manotazo.

Harry habló entonces, pero no a su madre, sino al cachorro:

—Mamá me dejó solo aunque estaba enfermo.

—Harry, por favor…

—¿No es cierto, cachorro?

—Oh, Harry, por favor, tómate la medicina.

—Tú y yo estamos solos, cachorro. Nos tenemos el uno al otro.

Harry y el cachorro estuvieron enfurruñados durante los dos días siguientes. Se negaron a leer el periódico con la madre, cuando ésta traía el desayuno, y no probaban la comida de la bandeja. En cambio salían sigilosamente de la habitación y saqueaban la cocina cuando la mujer dormía. Sólo hablaban entre ellos, rechazando todas las insinuaciones de la madre, sin permitir excusas ni disculpas.

Al tercer día la mujer no pudo resistir más, y entró en el cuarto de Harry con las manos vacías y los ojos arrasados en lágrimas.

—Muy bien, ¿qué quieres que haga?

Él respondió sin vacilar:

—No me dejes nunca solo cuando estoy enfermo.

—¿Eso es todo?

—No me gusta ese tipo.

—¿Charles?

—No me gusta.

La mujer permaneció algún tiempo ensimismada: lo que sentía por Charles, fuera lo que fuese, pugnaba con la fuerza antigua y visceral de la maternidad. Al cabo de un rato dijo:

—A mí tampoco me gusta.

El muchacho sonrió.

—Tengo hambre, mamá.

—Te traeré un buen plato de sopa de pollo.

Ése fue el final de Charles.

A partir de entonces Harry y su madre estuvieron más unidos que nunca. Si a ella le costó algún esfuerzo despedirse de la aventura amorosa, fue discreta y mantuvo sus sentimientos bien ocultos. Tenía que pensar en Harry. Ella fue quien discutió con los profesores por aquellas últimas calificaciones. Le preparó para los exámenes y mandó a hacer gárgaras al entrenador cuando éste sugirió que Harry, con su envergadura física, tenía en el baloncesto su deporte natural; y si Harry mostró cierta renuencia a prescindir de los viajes del equipo, cuando chicos y chicas iban juntos en un oscuro y atestado autobús, su madre le indicó que eso sería lo peor para su asma. Fue su madre quien acosó al decano de admisiones hasta que Harry fue admitido en el centro universitario de su elección, situado convenientemente a tres manzanas de su casa. Ambos se quedaron pasmados cuando, al final del primer trimestre, el decano sugirió que Harry esperase un año para proseguir sus estudios superiores porque necesitaba madurar. Harry y su madre hablaron en privado del asunto y llegaron a la conclusión de que, por las razones que fueran, la administración ponía objeciones a la presencia de una mujer de edad mediana, por atractiva que fuese, en el recinto universitario y en diversos seminarios, y que esperaba con Harry en un banco, ante el despacho del decano, hasta que al muchacho le tocaba el turno de entrar.

—¿Para qué necesitas los estudios universitarios? —dijo su madre.

Y él pensó: «Un momento, espera», pero no lo dijo.

—Al fin y al cabo —siguió diciendo ella— los dos sabemos que vas a ser un artista.

Harry no estaba tan seguro. Su madre le había matriculado en aquel curso porque ella siempre había querido estudiar arte y suponía que a su hijo le ocurriría lo mismo, y así todos los martes Harry acudía obedientemente al Instituto para pintar bodegones de frutos de la temporada siempre con la misma vieja botella de arcilla, ejecutándolos a lápiz, carbón, pastel y acrílicos. Sus colores no armonizaban y las formas eran atroces, pero no por eso la madre dejaba de admirarlos.

—Oh, Harry —le decía, generosa en su aprobación—, esto es precioso.

—Siempre dices lo mismo.

La actitud de su madre le irritaba porque no significaba nada, y por eso se sintió a la vez halagado y fascinado cuando la guapa muchacha de la clase siguiente entró en el aula cuando él estaba terminando un óleo deprimente de la misma botella vieja, esta vez con hojas muertas y mazorcas, y le dijo en voz baja:

—Vaya, eso realmente apesta.

—¿Lo crees de veras?

—Perdona, yo sólo…

—Eres la primera persona que me dice la verdad. ¿Cómo te llamas?

—Marianne.

Harry se enamoró de ella.

Más o menos por esta época su madre empezó a ponerle nervioso. Si se quedaba un rato en el Instituto, después de la clase, para hablar con Marianne o invitarla a una taza de café, su madre abría la puerta de casa antes de que él introdujera la llave en la cerradura. Era un desfile de inquietudes encarnado en una sola mujer: ¿Dónde has estado? ¿Qué te ha retenido? Pensé que te habría atropellado un taxi o aplastado un autobús, oh, Harry, no me asustes así de nuevo. Y él respondía: vamos, mamá, pero ella ya estaba diciendo: Lo menos que podrías hacer es telefonear si vas a llegar tarde. La mujer se las ingeniaba para estar en la sala cada vez que él usaba el teléfono, y cuando empezó a salir con Marianne no dejaba de preguntarle adónde iba y cuánto tiempo estaría ausente. Daba lo mismo que regresara a casa a las diez o a las dos de la madrugada, porque invariablemente encontraba a su madre en la cocina, y con la voz tomada por la histeria le decía que no había podido dormir.

Debería haberlo pensado dos veces antes de llevar a Marianne a casa para que la conociera. No es que hiciera ni dijera gran cosa, pero en un momento determinado trajo el cachorro, que ya no era tal sino un animal viejo, que perdía el pelo y tenía los dientes rotos y en mal estado. Cuando Harry se agachó para acariciarle, la madre miró a Marianne por encima de su cabeza y dijo:

—Es lo único por lo que Harry ha sentido jamás verdadero afecto. No puede dormir sin él.

Marianne la miró perpleja.

—¿Qué?

—Duerme a su lado, sobre la almohada, con las cabezas juntas. Intenté convencerle de que estaría mejor en el sótano, pero basta con que lo mencione para que Harry empiece a jadear.

—¿Harry jadea?

—Constantemente —replicó la madre en tono alegre, mientras abría la puerta para que saliera la muchacha.

Cuando se marchó, Harry se volvió hacia su madre enfurecido, pero ella logró contrarrestar su ira.

—Si hago estas cosas es sólo porque te quiero. Piensa en todo lo que he abandonado por ti.

Ella misma jadeaba, enfrentada al muchacho con toda su historia pasada en el rostro.

—Oh, madre, yo…

—Marianne no me gusta.

Todos los años de vida en común se acumularon y amontonaron ante él como los vagones de un tren expreso.

—Tampoco a mí me gusta —replicó.

Al mismo tiempo supo que no podría resistir la fuerza del amor de su madre, y deseó apartarse de ella porque aquella situación le sofocaba, pero no sabía cómo. No sabía si alguna vez encontraría a otra muchacha que le quisiera, pero si la encontraba arreglaría las cosas de un modo diferente.

Su primer pensamiento vano fue casar a su madre, pero ella ni siquiera estaba dispuesta a aceptar una cita.

—Podrías necesitarme —le decía, pese a las protestas del muchacho, porque ya era un adulto y podría arreglárselas perfectamente sin ella—. Yo no te haría una cosa así.

Estas palabras implicaban que él tampoco se lo haría a ella, pero lo cierto era que no vacilaría en hacerlo, con sólo que supiera cómo. Por esta época Harry empezó a acudir por las tardes a la biblioteca pública, y fue natural que se sintiera atraído por una de las bibliotecarias. También a ella le gustó, y tuvieron una agradable relación entre los rimeros de libros, comiendo bocadillos y dándose besos apresurados. Pero una noche Harry oyó claramente un ruido en el pasillo contiguo, y cuando se asomó por el extremo de Q-S y echó un vistazo a T-Z descubrió a su madre agazapada, al mismo tiempo que la muchacha a la que había estado acariciando empezaba a gritar…

Aquella noche, cuando entró en casa dando un violento portazo, su madre le recibió con una gran sonrisa y un pastel de manzana.

—Madre, ¿cómo has podido…?

—Mira, Harry, lo he hecho para ti. Es tu pastel favorito.

—¿Cómo has podido hacer una cosa así?

—Pero, Harry, ya sabes que haría cualquier cosa por ti.

—Maldita sea… Lo has estropeado…

Estaba fuera de sí y apenas podía articular las palabras. Miró aquel rostro empapado de ciego amor maternal y en su cólera tomó medidas desesperadas para dramatizar su enfado y su frustración.

—Tú… —Le arrebató el pastel, ignorando la sonrisa de la intimidada mujer—. Tienes que… —Alzó el pastel por encima de la cabeza, ignorando las palabras apresuradas de su madre: «Es tu favorito», y gritó—: ¡Tienes que poner fin a esto!

Estrelló contra el suelo el fruto del amoroso trabajo materno.

Ya estaba hecho.

Se sentía exhausto, tembloroso y triunfante. Había hecho que su madre comprendiera. Tenía que comprender.

Cuando se disipó la película roja que había cubierto su visión por un instante, pudo ver a su madre arrodillada ante él, raspando fragmentos de pastel adheridos a la alfombra, como si nada pudiera hacerla más feliz.

—Oh, Harry —le dijo, imperturbable en su amor—, ya sabes que haría cualquier cosa por ti…

Un hijo menos decidido, habría arrojado la toalla en ese punto, sumiéndose en el cenagal del amor materno, pero por esa época le ocurrieron a Harry un par de cosas, cada una de ellas liberadora de una manera peculiar. En primer lugar, murió su cachorro. Luego empezaron en el Instituto las clases de pintura del natural, y Harry, que hasta entonces sólo había visto fragmentos selectos de su madre, vio por primera vez a una mujer desnuda.

Se llamaba Coral, y se enamoró de ella. Empezaron a quedarse después de las clases, Harry fingiendo que seguía dibujándola y Coral fingiendo que posaba, hasta la noche en que sus manos se encontraron cuando él fingía arreglarle su atuendo, Coral le musitó algo al oído y Harry la acompañó a casa. Podría haberse fijado en un movimiento entre los arbustos en el exterior del estudio, o en que alguien les seguía camino del chalet donde vivía Coral; puede que percibiera una presencia determinada y cruel bajo la ventana del dormitorio de Coral, pero intentó rechazar esas sensaciones y empezar con Coral lo que parecía tan propicio. La besó mientras se quitaba la camisa, pero en cuanto atrajo a la muchacha hacia sí, Coral se puso rígida y empezó a gritar. Harry se volvió rápidamente para ver lo que le había asustado, y aunque sólo vio un atisbo del rostro en la ventana, fue suficiente.

—¿Qué es Harry?

Él le mintió.

—Sólo un merodeador. Creo que se ha ido.

Pero sabía que seguía allí.

—Entonces bésame.

—No puedo.

Y era cierto.

—Por favor.

—No puedo… Todavía no. Tengo que resolver algo.

—No vayas.

—Es necesario.

—¿Cuándo volverás?

—En cuanto pueda. Es posible que no sea hasta mañana.

—Entonces, que sea mañana. —La muchacha le soltó gradualmente—. Mañana o nunca, Harry. No quiero esperar.

—Te lo prometo —le dijo mientras se abrochaba la camisa—. Pero ahora hay algo que debo hacer.

Su madre le esperaba en el extremo del sendero, con algo en la mano. Harry no sabía cómo podía haber llegado hasta allí, pues él se había llevado el coche. Se le ocurrió que quizá había ido corriendo, porque respiraba con dificultad y sus ropas estaban sembradas de espinos. Sus medias estaban desgarradas y con barro hasta las rodillas, y el rostro era una mezcla confusa de amor y aprensión. Se encogió cuando el muchacho avanzó hacia ella.

—Pensé que necesitarías tu suéter.

Él la miró sin hablar.

—Sólo hago estas cosas porque te quiero.

Harry siguió en silencio.

—Si estás enfadado conmigo, adelante, ríñeme de una vez. Sabes que te perdonaré, al margen de lo que hagas.

—Sube.

Ella hizo un intento más.

—Está lloviendo, Harry. Pensé que podrías coger frío.

Más tarde, cuando pasaron por adelante de su casa sin parar y el coche subió por la carretera de las colinas, la madre preguntó:

—¿Adónde vamos, Harry? ¿Adónde me llevas?

La respuesta del muchacho pertenecía a los diálogos entre padres e hijos repetidos durante milenios. Se inclinó hacia delante, dirigiendo el coche hacia un campo rocoso y amenazante, subiendo por una cuesta muy empinada.

—Ya veremos.

Tal vez sólo se proponía asustarla, pero en aquel último y terrible momento, ella le dijo ciegamente:

—Siempre estaré a tu lado cuando me necesites.

Se desembarazó de ella arrojándola desde lo alto de la garganta Dumbman. La mujer bajó del coche cuando él le dijo que lo hiciera —habría hecho cualquier cosa por permanecer a su lado— y cuando la empujó, ella volvió la cabeza por encima del hombro, con una inexorable sonrisa materna. Había docenas de tocones puntiagudos y proyecciones rocosas, y el cuerpo pareció rebotar en cada uno de esos accidentes durante su caída, pero, a pesar de ello y quizá debido a la pureza del aire y la enorme distancia que debía recorrer antes de estrellarse en el fondo, Harry creyó oír que le llamaba por encima del hombro, diciéndole que le perdonaba, las palabras desvaneciéndose tras ella en su caída mortal.

Harry no supo si se debía al sentimiento de culpabilidad o era sólo el resultado de haber subido hasta la cima de la garganta Dumbman y permanecer allí con un tiempo tan frío, pero a la noche siguiente cayó enfermo, con gripe o neumonía, y no pudo ir a casa de Coral para cobrar su recompensa. Telefoneó a la muchacha y ella acudió a su piso, apresurada, aturdida y remisa cuando él empezó a toser y estornudar.

—Quiero hacerlo, Harry, de veras, pero en este momento eres demasiado contagioso.

—Pero Coral… —insistió él, sin poder respirar apenas.

—En cuanto te pongas mejor.

La muchacha cerró la puerta del dormitorio tras ella.

Cuando intentó levantarse para suplicarle que no se fuera, descubrió que estaba demasiado débil para mantenerse en pie.

—Pero Coral… —dijo con voz entrecortada desde la cama.

—Cerraré la puerta principal —anunció ella mientras bajaba la escalera—. ¿Quieres que te prepare una sopa de pollo?

Su voz era muy tenue, pero logró decir:

—Cualquier cosa menos eso.

Oyó el ruido de la puerta principal al cerrarse.

Desesperado, se sumió en un sueño febril.

Quizá se debió en parte a la depresión de la enfermedad, la frustración por tener que posponer su triunfo con Coral, quizá en parte al delirio y en parte al aleteo más allá de su campo de visión: las sombras en aumento de la mortalidad. Quizá fuera sólo un sonido lo que le despertó. La cuestión es que Harry se despertó de súbito alrededor de medianoche, jadeando en busca de aire, se irguió en la cama y se balanceó en la oscuridad. Estaba paralizado, temblando ante la temible certeza de que algo amenazante se aproximaba, que llegaba lentamente desde un largo camino. Cuando descubrió que su tronco no podía sostenerle y las piernas ya no se movían, volvió a hundirse en la almohada, lleno de temor.

Oyó un sonido, algo en la acera que se deslizaba pesadamente y caía contraía puerta.

«He venido en cuanto me ha sido posible».

—¿Qué?

¿Por qué no podía erguirse en la cama?

No supo cuánto tiempo transcurrió, pero, fuera lo que fuese, aquello estaba ahora en la casa. Parecía arrastrarse por el vestíbulo. ¿Estaba ahora en la cocina? El terror y el delirio eran tan intensos que por un momento perdió el sentido. Volvió en sí, regresando de ninguna parte, pensó que podría estar sufriendo alucinaciones e intentó acallar su corazón. Entonces volvió a oír el ruido. Estaba en la escalera que conducía a su habitación, y la subía vacilantemente.

«Estás enfermo».

—Dios mío.

Intentó moverse.

Ahora el ruido estaba en el pasillo, al otro lado de la puerta, y lo que lo producía golpeaba o se deslizaba húmedamente contra la puerta, remedando lo que podría ser una llamada. Un instante después empezó a mover el pomo de la puerta.

Aunque conocía de antemano la terrible respuesta, gritó:

—¿Quién está ahí?

«Soy tu madre, Harry».

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