Horror 3

Horror 3


La oscuridad

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Dice que tal vez será esta noche, al tiempo que me mordisquea el cuello tiernamente. Aparta un instante la cabeza para decir que todavía es pronto. Quiere ver el festival, y yo también debería ir. Después de todo, es mi última noche como mortal. Debería observar los hábitos frívolos y fascinantes de mis congéneres.

Maravillada por estas palabras dichas con tanta naturalidad, apenas escucho todo lo que me dice. Mi última noche…

Pero percibo que ya está saciado. Siento celos de la persona desconocida que le ha satisfecho al oscurecer.

Me dice que deberé superar esa emoción. ¿Qué espero cuando sea como es él? No podremos alimentarnos mutuamente.

Esto me sobresalta. No se me había ocurrido. Me doy cuenta de que es mucho lo que ignoro, de que éste es un viaje en gran parte desconocido.

Pero no me asusta, no retrocedo. He tomado mi decisión hace mucho tiempo.

Salimos a la noche y nos mezclamos con la multitud bulliciosa que celebra la fiesta. Veo piratas, vaqueros y una María Antonieta que tiene la cabeza intacta. Se me ocurre que debería felicitarla y me echo a reír, compartiendo el pensamiento con Desmond. Él me sonríe, contempla cuanto le rodea con un curioso interés. Caminamos durante horas. Me siento fresca, llena de fuerza, como si no hubiera conocido la debilidad en toda mi vida.

Me doy cuenta de que él ahora me sostiene con su fuerza vital, a través del vínculo que nos une. Percibo que, en cierta manera, le estoy alimentando como él me ha alimentado a mí, y me alegro de este vampirismo compartido.

Me dice que el festival debería durar eternamente, que la noche no debería terminar nunca, que la tierra no debería ser maldecida de nuevo por la luz.

Un joven pasa por nuestro lado. Lleva un disfraz de vampiro, con la cara empolvada de blanco y una capa copiada de las películas de horror. Desmond sonríe. Se divertirá un poco con ese chico. Avanza, casi flotando en el aire, hacia el joven.

Deambulo entre la multitud borracha, riente, abandonada. Puedo percibir algo que emana de ellos, una fuerza que no procede de su sangre, como si su misma vida rebosara de ellos, y todo lo que yo debería hacer es tender los brazos y bañarme en ella.

Es una sensación embriagadora, sustentadora. Camino en medio de esa explosión de vida que me rodea, rechazo una docena de proposiciones, me pierdo en la muchedumbre alegre, ajena a todo lo que no sea diversión, jubilosa.

Una mano pesada se posa en mi hombro. Me vuelvo, esperando otro ofrecimiento de una cama para pasar la noche, y me quedo paralizada. Los duros ojos del reverendo Wallace perforan los míos. Mi padre está detrás de él.

Antes de que tenga ocasión de moverme, me aparta el pelo del cuello, y oigo que contiene el aliento al ver las marcas recientes. Entrecierra los ojos y abre la boca para expresar una acusación. La multitud se abalanza sobre nosotros y disminuye por un instante la fuerza con que me retenía el reverendo. Aprovecho la circunstancia para soltarme y echar a correr.

Los rostros pasan raudos por mi lado, los cuerpos enfundados en disfraces, con plumas de avestruz, faldas en forma de cuévano y pelucas empolvadas, lascivos, aburridos, asombrados, indiferentes, arrobados.

Me falta aire y siento una punzada en los pulmones. No tengo fuerzas para este esfuerzo. La que Desmond me proporcionó se está desvaneciendo.

Sé dónde está, naturalmente, pero no iré en su busca. No soy tan estúpida como John Arnold. Nada es más importante que la existencia de Desmond.

Volveré a casa de Anne-Marie. Sin duda ella sabrá qué hacer.

Cuando entro precipitadamente en la casa, se está celebrando una fiesta. Media docena de rostros sobresaltados y pintados me observan mientras me aferró al borde del mostrador, incapaz de hablar, señalando desesperadamente hacia la puerta.

Un instante después, el reverendo Wallace, seguido de mi padre, entran y se detienen bruscamente. Antes de que puedan hacer ningún movimiento para salir, acusar o atacar, les rodean e inmovilizan siguiendo las órdenes de Anne-Marie. El reverendo Wallace forcejea furiosamente, maldiciéndolos en nombre del Señor. Mi padre no ofrece ninguna resistencia.

Entre jadeos, comento un poco lo ocurrido. Miro a Anne-Marie, y ella asiente lentamente, adivinando lo que pienso, y dice que puedo hablar libremente a todos los presentes. Les digo que esos hombres han destruido un vampiro y quieren destruir otro. Ellos escuchan en silencio, dirigiendo duras miradas a los dos intrusos. Todos son criaturas de Desmond o de Anne-Marie, y comparten la corriente subterránea de control que él ha extendido en esta ciudad. Anne-Marie escucha en silencio, revelando poco en la expresión de sus rasgos maduros y suaves. Termino mi relato con un sollozo de fatiga.

Ella mira un momento a los dos hombres, con sólo un trazo de pesar en sus facciones. Dice que no le han dado elección, ninguna en absoluto. Conoce a un grupo satánico que está celebrando una misa negra y se proponen sacrificar una cabra. Quizá aceptarían una sustitución…

Hace una seña al grupo. Los hombres se aproximan y se llevan a los intrusos. El reverendo Wallace grita mientras le arrastran. Mi padre camina por su propio pie. Parece como si ya hubiera muerto. Creo que yo le he matado. No se vuelve a mirarme. Seguramente debo de sentir algo ahora…, he de verter unas lágrimas, por lo menos. Es mi padre. Me llevo la mano al rostro, buscando la humedad. En otra ocasión encontré ahí las lágrimas. Ahora está seco.

Mi padre desaparece tras las cortinas de cuentas. Anne-Marie me mira un instante y luego sigue a los otros. Subo al piso de arriba y me asomo al balcón de su dormitorio. Cualquier otro esfuerzo es imposible. Me deslizo hacia el suelo, aferrada a los barrotes de hierro forjado, y contemplo a la alegre muchedumbre a través de los barrotes de mi prisión imaginaria. Espero que venga Desmond.

Lo llaman el resplandor ante los ojos…, el recuerdo de la propia vida del moribundo. Eso es ridículo. Lo he recordado todo y ahora parezco despertar de nuevo. No, todavía no estoy muerta. Simplemente agonizo, a solas.

No sé durante cuánto tiempo he estado mirando desde el balcón. A veces tengo la sensación de que no está ahí y que me caigo a través de un vacío interminable, experimentando el mayor vértigo de mi vida, pero siempre vuelven, estos fríos barrotes de hierro, y siempre estoy sola en la oscuridad.

Me pregunto si, después de todo, vendrá a buscarme. Él dijo que lo haría, y no obstante las promesas significan tan poco para él como cualquier otra cosa. Confío en que no me haya olvidado.

La luz toca levemente el horizonte cuando viene a mí. Las calles están casi vacías. El martes de Carnaval ha terminado hace mucho tiempo. Está en pie, a mi lado, y yo me levanto y quedo frente a él. Me dice que el joven disfrazado de vampiro ahora sirve a uno.

Hay una luz brillante en sus ojos. Veo en ellos el apetito, la lujuria insaciable, y me acerco a él de buen grado mientras me tiende los brazos. Una última vez, me dice, y aplica su boca a mi cuello. Noto que sus dientes se deslizan en mi carne, buscando lo poco que me ha quedado para darle.

Me invade el frío, primero en los miembros, luego en el tronco, y me siento rápida y gradualmente aterida. Mis brazos pierden su asidero y caen fláccidos, pero no me desplomo, porque él me sujeta fuertemente. Ahora mi visión se desvanece. Le miro, su negro cabello cerca de mí, y quiero que él sea lo último que voy a ver. Es como si me abrazara el aire, sus fuertes manos tan suaves en torno a mí. Toda la luz se desvanece, aunque todavía conservo una leve conciencia, de la realización de la muerte en mi interior, la necesidad de yacer en la tierra, la aceptación.

Ahora la oscuridad ha rodeado mi alma y entrado en ella, devorándola como un ácido corrosivo. Sólo es una fracción de lo que era, casi ha desaparecido. Ni siquiera la echo de menos. Es cierto. ¿Por qué habría de lamentarlo? Esto es lo que quiero, ¿no?

Entonces la poca conciencia que todavía retengo se estremece, se extingue, y la oscuridad me envuelve por completo.

Siento como si flotara, en una unión con el aire. Abro los ojos lentamente y veo las cortinas corridas, el amontonamiento de objetos en el dormitorio de Anne-Marie. No me muevo. Todo ha cambiado y, no obstante, sigue siendo lo mismo. Algo falta, algo se ha añadido. Permanezco tendida e inmóvil, buscando las sensaciones en mi cuerpo alterado.

Siento frío, con una intensidad como nunca había conocido antes, pero no es muy desagradable. Comprendo que desde ahora éste será mi estado natural. Flexiono una mano ligera, experimentalmente, y responde a mi voluntad como siempre lo ha hecho. La levanto. Parece flotar, cernerse en el aire, translúcida, insustancial. Puedo ver los huesos livianos, ahuecados, a través de la piel y la carne, y, a través de los huesos, la habitación al otro lado.

Me levanto lentamente. Experimento la sensación de que tengo la boca más llena. Me toco los dientes, paso un dedo por su curva elegante y alargada. La metamorfosis se ha completado.

Anne-Marie entra en la habitación, acompañada por un joven. Sus ojos se encuentran brevemente con los míos, entonces desvía la mirada. Me doy cuenta de que tiene miedo, no quiere sostener mi mirada. Al principio sonrío, experimento por un instante el sabor del poder, y empiezo a percibir la intensidad hipnótica inherente a mi mirada. Miro al joven.

Él me sonríe con una expresión lasciva. Está un poco borracho. En la penumbra de la habitación no puede ver la palidez antinatural de mi piel, no puede ver tan clara y nítidamente como yo.

Le devuelvo la sonrisa, con la boca cerrada, veo como late la vida en sus venas y la anhelo con un anhelo que no puede compararse a ningún apetito del individuo mortal. Oigo a Anne-Marie decir que soy la mejor de sus chicas, y me divierte los diversos papeles que puede representar.

Sale de la habitación y me dejo abrazar por el muchacho.

Mi deseo es demasiado intenso para andarme con sutilezas y hundo los dientes en su cuello. Él se sobresalta, salta hacia atrás y entonces, casi automáticamente, me tiende los brazos. Bebo la sangre cálida y dulce, néctar y ambrosía, el alimento de los dioses y los demonios, hasta que, saciada mi sed, le libero. Él se tambalea y cae sobre la cama. Un reguero de sangre fluye de las heridas y mancha las sábanas. Lo observo, fascinada, y me limpio la boca. Cuando aparto la mano está roja. Me quedo un momento mirándola y luego la limpio en una manta.

Descorro las cortinas. Hay luna llena y muy alta en el cielo. La luz me desagrada y vuelvo a correr las cortinas, pero no se juntan del todo, y por la franja que queda entre ambas penetra en la habitación una lámina de luz plateada.

El espejo me llama la atención. El cristal plateado refleja la cama, el hombre tendido en ella, los muebles y objetos amontonados en la habitación, pero no hay rastro de mí. Mi imagen se ha desvanecido con mi alma.

Esa falta de imagen en el espejo me irrita. Lo descuelgo y lo estrello contra el suelo. Mil fragmentos resplandecen en el rectángulo alargado de luz lunar que penetra inclinado a través de la ventana.

Me pregunto si es un presagio del vacío que me espera en millares y millares de noches. ¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que eso no me importe?

Desmond está en el rectángulo oscuro de la puerta. Veo que mira el espejo. Voy hacia él, insegura. Todavía siento algo por él, pero ¿qué es?

¿Es la humanidad tan poca cosa que la he perdido toda a la vez? ¿Fue el amor lo que me atrajo aquí? ¿Y será eso lo que me sostiene?

No quiero estar sola. No quiero estar con nadie más. Ahora necesito un guía, alguien que me ayude, alguien que conozca el paso a través de los corredores oscuros que estoy a punto de explorar.

Nuestras manos se encuentran y se unen, como una sola carne, iguales en la muerte, en este artificial y brillante reflejo de la vida.

El tiene razón. Es muy extraño… No se desvaneció todo a la vez, pero la verdad es que no recuerdo la transición. No estoy segura de por qué he muerto.

Sonrío a Desmond, con una promesa silenciosa en mis ojos. Esta noche, sí, y quizá mañana. ¿Y después de eso? ¿Qué sabe de sus elecciones un niño recién nacido? Voy a tener mucho tiempo…

El hombre que está sobre la cama sigue ahí, olvidado. Bajamos juntos la escalera y salimos a la oscuridad.

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