Horror 3

Horror 3


Suite nupcial

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Suite nupcial

GRAHAM MASTERTON

Graham Masterton, nacido en 1947, me ha enviado un misterioso párrafo acerca de sí mismo. Con su esposa y sus tres hijos divide su tiempo entre Epsom Downs, en Inglaterra, y Key West, en Florida. Es un hábil submarinista y colecciona medusas raras. ¿Qué tal? Es posible que vivir en el territorio de Philip Marlowe ejerza su influencia en una persona.

Entre sus novelas figuran El Manitou (filmada por el difunto William Girdler), La esfinge, El djinn y Charnel House. Está especializado en visitar los mitos del pasado en el presente. Si «Suite nupcial» es, en algunos aspectos, más tradicional, en cualquier caso no es probable que hubiera podido publicarse hasta fecha reciente.

Llegaron a Sherman, Connecticut, un frío día de otoño, cuando las hojas estaban secas y susurraban, y el mundo entero parecía tomado por el orín. Estacionaron el Cordoba de alquiler ante los escalones delanteros de la casa y descendieron. Peter abrió el maletero y sacó las maletas, todavía nuevas, con las etiquetas de Macy’s, en White Plains, mientras Jenny, enfundada en su abrigo de piel de oveja, aguardaba sonriente y temblorosa. Era sábado, a media tarde, y acababan de casarse.

La casa se alzaba entre la cobertura de los grandes árboles, con las ventanas cubiertas por blancas tablas de chilla y silenciosa. Era un enorme edificio colonial, cuya construcción se remontaba a los años veinte del siglo pasado, con barandillas pintadas de negro, un viejo farol de carruaje sobre la puerta y el suelo del porche formado por losas de piedra. A su alrededor se extendían silenciosos bosques deshojados y montículos rocosos. Había una pista de tenis abandonada, con la red combada y los postes oxidados. Un rodillo en mal estado, medio cubierto por la hierba, yacía donde lo había abandonado algún jardinero, en un momento de descuido, años y años atrás.

El silencio era profundo. Hasta que uno no permanece quieto en Sherman, Connecticut, un fresco día de otoño, no sabe de veras lo que es el silencio. De súbito sopló una ligera brisa y se oyó el rumor de las hojas muertas.

Se dirigieron a la puerta, Peter cargado con las maletas, y buscaron el timbre, pero no había ninguno.

—¿Llamamos? —preguntó Jenny.

—¿Con eso? —replicó Peter, sonriente.

Sobre la puerta pintada de negro había una grotesca aldaba de latón corroído, que tenía la forma de una criatura aulladora, con cuernos, dientes y la expresión de una fiera al gruñir. Peter la palpó y golpeó con ella tres veces. Los golpes resonaron en el interior de la casa, a través de pasillos invisibles y silenciosos descansillos. Peter y Jenny esperaron, sonriéndose el uno al otro para tranquilizarse mutuamente. Después de todo, habían reservado la casa. Todo estaba en orden y no había ningún motivo para esperar sorpresas desagradables.

No hubo respuesta.

—Quizá deberías llamar más fuerte —sugirió Jenny—. Déjame a mí.

Peter golpeó la aldaba con más fuerza. El eco era monótono, sin respuesta. Esperaron dos o tres minutos más. Peter miró a Jenny.

—Te quiero. ¿Lo sabías?

Jenny se puso de rodillas y le besó.

—Yo también te quiero. Te quiero más que un barril lleno de monos.

Las hojas se arremolinaban alrededor de sus pies, y nadie abría la puerta. Jenny recorrió el césped hasta llegar a la ventana de la sala de estar y escudriñó el interior, haciendo visera con la mano. Era una chica menuda, sólo medía metro cincuenta y ocho, y tenía el cabello largo y el rostro delgado y oval. Peter pensaba que se parecía a una de las musas de Botticelli, una de esas criaturas divinas que flotan a cinco centímetros por encima del suelo, enfundada en una vestimenta diáfana y tañendo un arpa. Era, realmente, una muchacha dulce, lo era de aspecto y naturaleza, pero tenía una vivacidad que servía como adecuado contrapunto. La había conocido durante el vuelo de Eastern Airlines desde Miami a La Guardia. Él regresaba de unas vacaciones y ella de visitar a su padre jubilado. Se enamoraron y vivieron tres meses deliciosos, como de película, llenos de escenas vaporosas, meriendas en el campo y carreras a cámara lenta por la plaza General Motors, mientras las palomas aleteaban a su alrededor y los transeúntes se volvían a mirarles.

Él trabajaba en la emisora de televisión Manhattan Cable. Era alto, delgado y con tendencia a llevar jerséis tejidos a mano con las mangas muy holgadas. Fumaba Parliament, le gustaba Santana y vivía en el pueblo con un millar de elepés y un gato gris aficionado a desgarrarle las alfombras, las plantas y el juego de campanillas accionadas por el viento. Le encantaba Doonesbury y nunca supo hasta qué punto su carácter y el de aquel pueblo armonizaban.

Unos amigos les dieron una bolsa de politeno llena de hierba y un pastel de nueces, de la pastelería Yum-Yum, como regalo de bodas. El padre de Jenny, un hombre cariñoso y de cabellos blancos, les regaló tres mil dólares y una cama de agua.

—Esto es absurdo —dijo Peter—. ¿Hemos reservado o no esta casa durante una semana?

—Parece desierta —gritó Jenny desde la pista de tenis.

—Parece más que desierta —se quejó Peter—. Es una antigualla que merece la declaración del estado de ruina. «Camas cómodas y todos los servicios». Ya, ya. Parece más bien el castillo de Frankenstein.

—Hay alguien aquí —dijo de pronto Jenny, fuera de su campo de visión—. En la terraza trasera.

Peter dejó las maletas y dobló la esquina de la casa para ir en busca de su mujer. En los árboles desnudos unas currucas blanquinegras revoloteaban y cantaban. Rodeó la descuidada pista de tenis y allí estaba Jenny, al lado de una tumbona, en la que dormía una mujer de pelo gris, abrigada por una manta escocesa de color verde oscuro. A su lado, sobre la hierba, había un ejemplar del periódico New Milford, cuyas hojas agitaba la brisa.

Peter se inclinó hacia la mujer: tenía el rostro huesudo, de rastros bien definidos, y en su juventud debió de ser bonita. Dormía con la boca ligeramente abierta, y Peter pudo ver los globos oculares moviéndose bajo los párpados. Debía de estar soñando.

La movió con suavidad.

—¿Señora Gaylord?

—¿Crees que está bien? —inquirió Jenny.

—Oh, sí, sin duda. Debe de haberse amodorrado mientras leía. ¿Señora Gaylord?

La mujer abrió los ojos. Miró a Peter durante un momento con una expresión que él no pudo comprender, una expresión que parecía curiosamente de sospecha, pero de repente se enderezó, se restregó el rostro con las manos y dijo:

—¡Dios mío! Debo de haberme quedado dormida.

—Eso parece —dijo Peter.

La mujer dobló la manta y se levantó. Era más alta que Jenny, pero no muy alta, y con su sencillo vestido gris parecía tan delgada como un secarropa de travesaños. Peter notó que despedía un aroma a violetas, pero era un olor con un matiz extraño, a encierro, como si las violetas se hubieran marchitado mucho tiempo atrás.

—Ustedes deben de ser el señor y la señora Delgordo.

—En efecto. Acabamos de llegar. Hemos llamado a la puerta, pero no nos han respondido. Espero que no se haya molestado por esta manera de despertarla.

—En absoluto —dijo la señora Gaylord—. Habrán pensado que soy terrible… por no haber salido a recibirles. Así que son recién casados. Felicidades. Parecen muy felices.

—Lo somos —replicó Jenny, sonriendo.

—Bueno, será mejor que entren. ¿Tienen mucho equipaje? Mi factótum ha ido a New Milford esta tarde, para comprar unos fusibles. Me temo que en esta época del año estamos un poco caóticos. No tenemos muchos clientes después del Rosh Hashanah.

Les precedió hacia la casa. Peter miró a Jenny y se encogió de hombros, pero Jenny sólo pudo hacer una mueca. Siguieron la huesuda espalda de la señora Gaylord a través del césped descuidado y entraron en una sala soleada, donde había una mesa de billar enmohecida y de cuyas paredes colgaban fotografías amarillentas de jóvenes sonrientes, junto a trofeos de yates y banderines deportivos de la universidad. A través de unas empañadas puertas vidrieras pasaron al salón, oscuro, grande y con olor a cerrado. Había allí dos viejas chimeneas cubiertas con mamparas metálicas y una escalera provista de galerías. Las paredes eran de madera, el suelo estaba taraceado y por todas partes colgaban cortinas polvorientas. Parecía más una casa privada descuidada que «un refugio de primera categoría donde las parejas muy exigentes pueden pasar sus fines de semana».

—¿Hay…, hay alguien más? —quiso saber Peter—. Me refiero a otros huéspedes.

La señora Gaylord sonrió.

—Oh, no, están ustedes solos. En ésta época del año no tenemos mucha compañía.

—¿Podría enseñarnos nuestra habitación? Yo mismo llevaré las maletas. Entre una cosa y otra, hemos tenido una jornada bastante dura.

—Naturalmente —respondió la señora Gaylord—. Recuerdo el día que me casé. No podía esperar a llegar aquí y tener a Frederick todo para mí.

—¿También pasaron aquí su noche de boda? —preguntó Jenny.

—Oh, sí, en la misma habitación donde ustedes pasarán la suya. La llamo la suite nupcial.

—¿Está Frederick… quiero decir el señor Gaylord? —preguntó Jenny.

—Falleció —dijo la señora Gaylord, con los ojos brillantes por los recuerdos.

—Lo siento, pero supongo que le queda su familia, sus hijos.

—Sí —sonrió la señora Gaylord—, son todos buenos chicos.

Peter recogió el equipaje que esperaba junto a la puerta principal y la señora Gaylord les condujo hasta el segundo piso. Pasaron junto a unos cuartos de baño penumbrosos, con bañeras que tenían pies en forma de garras y ventanas ambarinas; pasaron junto a dormitorios con las camas hechas y las cortinas corridas; pasaron ante un cuarto de costura, con una silenciosa máquina de coser a pedales, esmaltada de negro y con adornos de madreselva taraceados. La casa era algo fría, y las tablas del suelo crujían bajo sus pies mientras se dirigían a la suite nupcial.

La habitación donde iban a alojarse era de techo alto y muy grande. Desde las ventanas se divisaba la parte delantera de la casa, con el sendero y los montones de hojas muertas, y también la parte trasera, entre los árboles. Había un pesado armario de madera de roble tallada, y la cama era alta, con cuatro postes en espiral y pesadas cortinas de brocado. Jenny se sentó en ella, le dio unas palmaditas y comentó:

—Es más bien dura, ¿verdad?

La señora Gaylord desvió la vista. Parecía estar pensando en otra cosa.

—La encontrará comodísima en cuanto se acostumbre a ella.

Peter dejó las maletas en el suelo.

—¿A qué hora sirve usted la cena?

La señora Gaylord no le respondió directamente, sino que lo hizo dirigiéndose a Jenny.

—¿A qué hora desea?

Jenny miró a su marido.

—Alrededor de las ocho.

—Muy bien. Entonces será a las ocho —dijo la señora Gaylord—. Entre tanto, pónganse cómodos, y si quieren alguna cosa no duden en llamarme. Siempre ando por ahí, aunque a veces me quede dormida.

Dirigió a Jenny una sonrisa triste y entonces, sin otra palabra, salió de la habitación, cerrando la puerta con cuidado tras ella. Peter y Jenny esperaron un momento en silencio hasta que los pasos de la mujer se alejaron por el pasillo. Jenny se apretó contra Peter y se besaron. Aquel beso tenía múltiples significados, como te quiero, gracias y, no importa lo que decían todos, la cuestión es que lo hicimos, nos casamos por fin, y estoy contenta.

Peter le desabrochó el vestido de lana, lo deslizó por encima de sus hombros y la besó en el cuello. Ella le revolvió el cabello con los dedos y susurró:

—Siempre imaginé que sería así.

Él se limitó a responder con un murmullo. El vestido de Jenny cayó al suelo, dejando al descubierto un sostén de gasa rosada a través de la cual se veían los oscuros pezones, y unas braguitas también de gasa. Peter deslizó la mano bajo el sostén y acarició los pezones hasta que se pusieron rígidos. Ella le desabrochó la camisa y le rodeó con los brazos para acariciarle la espalda.

La tarde de otoño pareció oscurecerse. Levantaron las ropas de la vieja cama y se metieron desnudos bajo las sábanas. Él le besó la frente, los párpados cerrados, la boca y los senos, mientras ella le besaba el pecho musculoso y el vientre liso.

Oía la respiración de su marido, suave, ansiosa, anhelante. Se puso de lado, dándole la espalda, y él le separó los muslos desde atrás. Jadeaba cada vez con más intensidad, como si estuviera corriendo o debatiéndose contra algo, y ella murmuró:

—Estás muy cansado, pero cómo me gusta, Dios mío.

Sintió la penetración violenta. No estaba preparada para ello y, a juzgar por la aridez desacostumbrada de Peter, tampoco él lo estaba, era tan corpulento y exigente que el dolor también era un placer, e incluso mientras se quejaba experimentaba placer. Él la embestía una y otra vez, mientras ella gritaba y todas las fantasías en las que había soñado desfilaban ante sus ojos cerrados: la violaban unos vikingos brutales vestidos con armaduras de acero y con los muslos desnudos, la obligaban a exhibirse ante salaces emperadores en extravagantes harenes, la asaltaba un semental de brillante pelaje negro.

Peter era tan violento y viril que la abrumaba, y Jenny pareció perderse en una colisión de amor y éxtasis. Necesitó varios minutos para recobrarse, minutos medidos por un reloj de pared, cuyo tictac era lento como el polvo que cae en una habitación sin ventilar.

—Ha sido fantástico —susurró al fin—. No sabía que podías hacerlo así. No hay duda de que el matrimonio te sienta bien.

Él no respondió.

—¿Peter?

Se volvió, y él no estaba allí. Sólo ella ocupaba la cama. La sábana estaba arrugada, como si Peter hubiera yacido allí, pero no había ninguna señal de él.

—Peter, ¿dónde estás? —dijo ella con nerviosismo.

Sólo el tictac del reloj puntuaba el silencio.

Jenny se irguió, con los ojos muy abiertos. Con voz tan baja que nadie habría podido oírla, preguntó:

—¿Peter? ¿Estás ahí?

Miró al otro lado de la habitación, a la puerta entornada que daba al baño de la suite. La última luz de la tarde iluminaba el suelo. Podía oír el movimiento de las hojas agitadas por la brisa en el exterior y el ladrido distante de un perro.

—Peter…, si esto es alguna clase de juego…

Se levantó de la cama, llevándose una mano a las piernas, y notó la viscosidad entre sus muslos. Era la primera vez que Peter la llenaba con un flujo de semen tan copioso, tanto que se deslizaba por la parte interna de los muslos y caía sobre la alfombra. Alzó la mano, con la palma hacia arriba y examinó aquello perpleja, con el ceño fruncido.

Peter no estaba en el baño. No estaba debajo de la cama ni escondido bajo las ropas de la cama. Le buscó con una penosa tenacidad, aturdida, aunque sabía que él no estaba allí. Al cabo de diez minutos tuvo que interrumpir la búsqueda. Él se había ido, de alguna manera, misteriosamente, había desaparecido. Jenny se sentó en el borde de la cama y no supo si reír en su frustración o gritar de cólera. Peter tenía que haber ido a alguna parte, pero ella no había oído la puerta abrirse y cerrarse, ni tampoco ningún ruido de pisadas. Así pues, ¿dónde diablos estaba?

Se vistió y fue en su busca. Registró todas las habitaciones en la galería superior de la escalera, incluidos los escritorios y los armarios. Incluso bajó la escala que daba acceso a la buhardilla y echó un vistazo en ésta, pero todo lo que la señora Gaylord había almacenado allí eran viejas fotografías y un cochecito de bebé roto. Allá arriba, asomada a la puerta de la buhardilla, Jenny podía oír el rumor de las hojas en una gran extensión.

—¿Peter? —inquirió, pero no obtuvo réplica, por lo que volvió a dejar la escala en su sitio.

Finalmente se dirigió a una de las soleadas estancias de la planta baja. La señora Gaylord estaba sentada en una silla de mimbre, leyendo el periódico y fumando un cigarrillo. El humo se contorsionaba a la luz moribunda del día. Sobre la mesa, a su lado, había una taza de café, sobre la que se había formado una película arrugada.

—Hola —dijo la señora Gaylord, sin mirar a su alrededor—. Qué temprano ha bajado. No la esperaba hasta más tarde.

—Ha ocurrido algo —dijo Jenny, y de pronto se dio cuenta de que hacía grandes esfuerzos para no echarse a llorar.

La señora Gaylord se volvió hacia ella.

—No comprendo, querida. ¿Se han peleado?

—No lo sé, pero Peter se ha ido. Sencillamente ha desaparecido. Le he buscado por toda la casa y no puedo encontrarle en ninguna parte.

La señora Gaylord bajó la vista.

—Ya veo. Eso es de lo más inoportuno.

—¿Inoportuno? ¡Es terrible! ¡Estoy muy preocupada! No sé si debería llamar a la policía.

—¿La policía? No creo que sea necesario. Probablemente ha tenido un ramalazo de miedo y ha salido a dar una vuelta para superarlo. Es algo que les ocurre a veces a los hombres, sobre todo cuando acaban de casarse. Sucede con frecuencia.

—Pero ni siquiera le oí salir. Estábamos… Bueno, estábamos descansando en la cama y de pronto me di cuenta de que no estaba allí.

La señora Gaylord se mordió el labio inferior, como si pensara.

—¿Está segura de que estaba en la cama?

Jenny le dirigió una mirada fulminante y se ruborizó.

—Estamos casados, ¿sabe? Nos hemos casado hoy mismo.

—No me refería a eso —dijo la señora Gaylord en tono abstraído.

—Entonces no sé a qué se refiere.

La mujer alzó la vista y salió de su ensoñación momentánea. Dirigió a Jenny una sonrisa tranquilizadora y extendió la mano.

—Estoy segura de que no se trata de nada terrible. Habrá decidido tomar un poco el fresco. No tiene por qué preocuparse.

—¡Pero no abrió la puerta, señora Gaylord! —exclamó Jenny—. ¡Se desvaneció sin más!

La señora Gaylord frunció el ceño.

—No es necesario que me grite, querida. ¡Si tiene algunas complicaciones con su flamante marido, desde luego la culpa no es mía!

Jenny estuvo a punto de gritarle a su vez, pero se contuvo, llevándose la mano a la boca, y dio media vuelta. Ponerse histérica no le serviría de nada. Si Peter se había limitado a dejarla y salir de allí, entonces tenía que saber por qué lo había hecho; y si se había desvanecido misteriosamente, la única cosa juiciosa que podía hacer era registrar la casa con minuciosidad hasta dar con él. En lo más hondo de sí misma sentía pánico, junto con una sensación que no había experimentado durante mucho tiempo: la soledad. Pero permaneció quieta, cubriéndose la boca, hasta que la sensación se disipó, y entonces, sin volverse, dijo serenamente a la señora Gaylord:

—Lo siento, estaba asustada, eso es todo. No se me ocurre adónde puede haber ido.

—¿Quiere echar un vistazo a la casa? —le preguntó la señora Gaylord—. No hay ningún inconveniente.

—Sí, quisiera hacerlo, si no le importa.

La señora Gaylord se puso en pie.

—Incluso la ayudaré, querida. Estoy segura de que debe de sentirse muy trastornada.

Pasaron la hora siguiente recorriendo una habitación tras otra, abriendo y cerrando puertas. Pero a medida que la oscuridad se cernía sobre la casa y el bosque circundante, y empezaba a levantarse la fría brisa nocturna, se vieron obligadas a admitir que, dondequiera que Peter se hallara, no estaba oculto en ninguna habitación ni rincón de la casa.

—¿Quiere llamar a la policía? —preguntó la señora Gaylord.

Ahora estaban en la sombría sala de estar. El fuego de leña en la chimenea antigua no era más que un montón de cenizas blancas. En el exterior, el viento arremolinaba las hojas y hacía vibrar las ventanas.

—Me parece lo mejor —dijo Jenny, sintiéndose vacía, conmocionada y apenas capaz de decir algo juicioso—, y creo que, además de la policía, deseo ponerme en contacto con mis amigos de Nueva York, si no le parece mal.

—Adelante. Yo voy a preparar la cena.

—La verdad es que no quiero comer nada hasta que haya encontrado a Peter.

La señora Gaylord, con el rostro semioculto en las sombras, le dijo en voz baja:

—Si se ha ido de veras, tendrá usted que acostumbrarse a ello, querida, y el mejor momento para empezar es ahora.

Antes de que Jenny pudiera responderle, la mujer salió de la sala y se dirigió a la cocina. Jenny vio una cigarrera de caoba taraceada sobre una mesita, y por primera vez en tres años tomó un cigarrillo y lo encendió. El sabor era deplorable, pero aspiró el humo y lo retuvo, cerrando los ojos y sintiéndose angustiada y aislada.

Llamó a la policía. Los funcionarios se mostraron corteses y serviciales y le prometieron que irían a verla por la mañana, si aún no había señal de Peter, pero debían advertirle que se trataba de un adulto, libre de ir donde quisiera, aunque ello significara abandonarla en su noche de bodas.

Jenny pensó entonces en telefonear a su madre, pero después de marcar el número y escuchar el sonido del timbre, colgó el receptor, porque la humillación de que Peter la hubiera dejado en aquel momento era demasiado grande para compartirla con su familia o sus amigos íntimos. Sabía que si escuchaba la voz comprensiva de su madre no podría contener las lágrimas. Aplastó el cigarrillo y trató de pensar a quién más podría llamar.

El viento cerró una puerta en el piso de arriba, y Jenny se incorporó, llena de nerviosismo.

La señora Gaylord llegó poco después con una bandeja. Jenny estaba sentada ante el fuego moribundo, fumando su segundo cigarrillo y tratando de contener las lágrimas.

—He preparado una sopa de Filadelfia a la pimienta y unos filetes de Nueva York a la plancha. ¿Quiere comer delante de la chimenea? Avivaré el fuego para usted.

Jenny permaneció en silencio durante toda la cena improvisada. Logró tomar un poco de sopa, pero no podía tragar la carne. Pasó varios minutos llorando, observada cuidadosamente por la señora Gaylord.

—Lo siento —dijo Jenny, enjugándose los ojos.

—No tiene por qué disculparse. Comprendo muy bien lo que está pasando. Recuerde que perdí a mi marido.

Jenny asintió sin decir nada.

—Creo que sería mejor que esta noche ocupara el dormitorio pequeño —sugirió la señora Gaylord—. Ahí se sentirá más cómoda. Es una habitación pequeña y acogedora, en la parte de atrás.

—Gracias —susurró Jenny—, creo que lo prefiero.

Permanecieron sentadas ante el fuego hasta que se consumieron los leños y el reloj de péndulo que estaba en el vestíbulo empezó a tocar las dos de la madrugada. Entonces la señora Gaylord recogió los platos y luego subieron por la escalera oscura y crujiente hacia las habitaciones. Entraron en la suite nupcial para recoger las cosas de Jenny, la cual miró desolada la maleta de Peter y las ropas de éste esparcidas donde las había dejado.

—Sus ropas —dijo Jenny de súbito.

—¿Qué ocurre, querida?

Ella se sonrojó.

—No sé por qué no he pensado antes en ello. Si Peter se ha ido, ¿qué llevaba puesto? Su maleta está sin abrir, y sus prendas están en el mismo sitio donde las dejó. Estaba desnudo, y no saldría desnudo en una noche así. Sería una locura.

La señora Gaylord bajó la vista.

—Lo siento, querida. No sabemos lo que ha ocurrido. Hemos mirado en toda la casa, ¿no es cierto? Tal vez se puso una bata para salir. Detrás de la puerta hay varias.

—Pero Peter no haría…

La señora Gaylord la rodeó con un brazo.

—Me temo que no puede decir lo que Peter haría o dejaría de hacer. La cuestión es que lo ha hecho, sean cuales fueren sus motivos y dondequiera que haya ido.

—Sí, supongo que tiene usted razón —dijo Jenny en voz baja.

—Será mejor que duerma un poco —le sugirió la señora Gaylord—. Mañana va a necesitar toda la energía de que pueda disponer.

Jenny cogió su maleta, se detuvo un momento y luego recorrió tristemente la galería hasta el pequeño dormitorio en la parte trasera de la casa.

—Buenas noches —musitó la señora Gaylord—. Espero que pueda dormir.

Jenny se desvistió, se puso la combinación vaporosa y con un dibujo floral que había comprado especialmente para la noche de bodas y se cepilló los dientes en el pequeño lavabo al lado de la ventana. El dormitorio era pequeño, con el techo en plano inclinado, y había una cama sencilla con una colcha de tipo colonial, hecha de retazos. El papel que cubría las paredes tenía una estampación de flores pálidas, y había una lámina enmarcada con la inscripción: «Dios está con nosotros».

Permaneció un rato tendida en la cama, contemplando el yeso agrietado del techo. Ya no sabía qué pensar acerca de Peter. Escuchó los crujidos de la vieja casa en la oscuridad. Luego apagó la luz e intentó dormir.

Poco después oyó las campanadas del viejo reloj de péndulo, y después de los cuatro tañidos le pareció oír el sonido de alguien que lloraba. Se incorporó y escuchó de nuevo, reteniendo la respiración. Al otro lado de la ventana, la noche era aún negra como boca de lobo, y las hojas producían al caer un sonido como de lluvia. Oyó de nuevo aquel ruido que parecía de llanto.

Sigilosamente, se levantó de la cama y fue a la puerta. La entreabrió y la puerta chirrió sobre sus bisagras. Jenny hizo una pausa, aguzando el oído para oír de nuevo el plañido, y éste volvió: era como un maullido, o la queja de un bebé doliente. Jenny salió del dormitorio y recorrió de puntillas la mitad de la galería, hasta llegar al inicio de la escalera.

La vieja casa era como un barco en el mar. El viento sacudía las puertas y suspiraba entre las ripias. La veleta giraba y chirriaba sobre su montura, con un ruido como el de un cuchillo al raspar un plato. En cada ventana las cortinas se movían como si las tocaran unas manos invisibles.

Jenny avanzó despacio hasta el borde del descansillo. Oyó el sonido una vez más, un maullido reprimido. Ahora no tenía duda alguna de que procedía de la suite nupcial. Se dio cuenta de que, en su inquietud y nerviosismo, se estaba mordiendo la lengua, y que su pulso latía a una velocidad imposible. Se detuvo un momento para calmarse, pero tenía que admitir que estaba asustada. Oyó de nuevo el sonido, esta vez más claro y fuerte.

Aplicó la oreja a la puerta de la suite nupcial. Creyó oír unos sonidos de fricción, pero podría haberse tratado de las hojas arrastradas por el viento. Se arrodilló y miró por la cerradura, aunque la corriente de aire le hacía lagrimear. La suite nupcial estaba tan oscura que no podía ver nada en absoluto.

Se puso en pie. Tenía la boca seca. Si había alguien allí dentro… ¿quién sería? Por el volumen de los sonidos friccionantes parecía como si hubiera dos personas. Tal vez habían llegado unos huéspedes inesperados mientras ella dormía, aunque estaba bastante segura de que no había pegado ojo. Tal vez era la señora Gaylord. Pero en ese caso, ¿qué estaba haciendo, qué eran aquellos ruidos aterradores?

Jenny supo que tenía que abrir la puerta. Tenía que hacerlo por su propio bien y el de Peter. Tal vez no fuera nada: un gato extraviado que andaba por allí, o una extraña corriente de aire a través de la chimenea Incluso podría tratarse de huéspedes que habían llegado muy tarde, y en ese caso acabaría sufriendo un bochorno. Pero abochornarse sería mejor que seguir sin saber nada. No podía limitarse a regresar al pequeño dormitorio y tratar de conciliar el sueño sin averiguar a que se debían aquellos ruidos.

Aplicó la mano al pomo de latón, cerró los ojos y aspiró hondo. Entonces giró el pomo y, con mano temblorosa, abrió la puerta.

El ruido dentro de la estancia era horroroso, como el aullido del viento, sólo que no había viento alguno. Era como permanecer en el borde de un precipicio por la noche, con un inmenso abismo debajo, invisible e insondable. Era como una pesadilla convertida en realidad. La habitación nupcial parecía poseída por un sonido quejumbroso y antiguo, una fría borrasca magnética. Era el sonido y la sensación del miedo.

Presa de escalofríos. Jenny dirigió su mirada hacia el lecho. Al principio no pudo distinguir lo que sucedía detrás de almohadas y mantas removidas. Había allí una figura, la de una mujer desnuda que se contorsionaba, gemía y emitía suspiros de placer contenido. Jenny escudriñó la oscuridad y vio que era la señora Gaylord, delgada y desnuda como una bailarina. Estaba tendida boca arriba, sus manos como garras hundidas en las sábanas, los ojos cerrados y sumida en el éxtasis.

Jenny entró en la suite nupcial y la puerta, movida por una súbita ráfaga de brisa, se cerró suavemente tras ella. Cruzó la habitación hasta el borde de la cama, la mente embotada por el frío del terror, y permaneció allí, contemplando a la señora Gaylord con una mirada fija e hipnotizada. A su alrededor, la habitación susurraba, gemía y murmuraba, como un asilo de espectros y apariciones.

Poseída por el horror, Jenny vio que la señora Gaylord lloraba de placer. La misma cama, las mismas sábanas, las mantas y el colchón habían adoptado la forma de un cuerpo masculino, con un relieve de ropa blanca, y entre los delgados muslos de la mujer se movía una erección de tela viva. Toda la cama se agitaba y estremecía con horrendos espasmos, y la forma viril parecía cambiar y alterarse mientras la señora Gaylord se retorcía a su alrededor.

Jenny lanzó un grito. Ni siquiera se dio cuenta de que lo había hecho hasta que la señora Gaylord abrió los ojos y se quedó mirándola con una expresión maligna. De repente cesaron los movimientos de la cama y la mujer se incorporó sin intentar siquiera cubrirse sus fláccidos senos.

—¡Usted! —exclamó la señora Gaylord con aspereza—. ¿Qué está haciendo aquí?

Jenny abrió la boca, pero no pudo hablar.

—Ha entrado aquí para espiar, para fisgar en mi vida privada, ¿verdad?

—Yo… oí…

La señora Gaylord bajó de la cama, se agachó y recogió una bata de seda verde que se ciñó al cuerpo. Estaba pálida y tenía las facciones rígidas de disgusto.

—Supongo que se cree una chica lista y cree haber descubierto algo trascendental.

—Pero yo ni siquiera sabía…

La señora Gaylord se echó atrás el cabello con gesto impaciente. No parecía capaz de permanecer quieta, y daba vueltas en la habitación nupcial, cargada de tensión. Después de todo, Jenny la había interrumpido mientras hacía el amor, por extraña que fuese su forma de hacerlo, y aún se sentía frustrada. Emitió una especie de gruñido y volvió a dar vueltas por la estancia.

—Quiero saber lo que le ha sucedido a Peter —dijo Jenny, con voz temblorosa, pero, por primera vez desde la desaparición de Peter, su intención era firme.

—¿Tú qué crees? —le preguntó la señora Gaylord en tono cáustico.

—No sé qué pensar. Esa cama…

—Esa cama está ahí desde que se construyó la casa. La verdad es que el motivo por el que se levantó la casa es esa cama, que es a la vez un servidor y un amo, pero tiene más de amo.

—No comprendo —dijo Jenny—. ¿Es alguna clase de mecanismo, algún truco?

La señora Gaylord emitió una risa aguda y burlona.

—¿Un truco? —repitió, deambulando todavía—. ¿Crees que lo que has visto es sólo un truco?

—No veo de qué manera…

La señora Gaylord la miró con una expresión de desprecio.

—Yo te lo diré, bobalicona. Esta cama fue propiedad de Dorman Pierce quien vivió aquí, en Sherman, en la década de 1820. Era un hombre arrogante, misterioso y salvaje, con gustos que eran demasiado extraños para la mayoría de la gente. Se casó con una muchacha inocente llamada Faith Martin, y la noche de bodas la trajo a esta suite nupcial y a esta cama.

Jenny volvió a oír el gemido del viento, un viento frío y antiguo que no agitaba ninguna cortina ni levantaba polvo.

—Lo que Dorman Pierce hizo a su mujer en esta cama aquella primera noche… Bueno, sólo Dios lo sabe. Pero la utilizó cruelmente y quebrantó su voluntad, la convirtió en una cáscara de la muchacha que había sido. Pero, por desgracia para Dorman, la madrina de la muchacha se enteró de lo que había ocurrido, y se decía que aquella mujer tenía conexiones con uno de los círculos de magia más antiguos de Connecticut. Incluso es posible que perteneciera a uno de ellos. La cuestión es que pagó para que lanzaran una maldición contra Dorman Pierce, la maldición de una sumisión completa. En el futuro, tendría que servir a las mujeres y éstas no le servirían a él.

La señora Gaylord se volvió hacia la cama y la tocó. Las sábanas parecieron moverse y arrugarse por sí solas.

—Una noche yacía aquí y la cama lo absorbió. Su espíritu está todavía en la cama. Su espíritu, o su lujuria, o su virilidad, o lo que sea.

Jenny frunció el ceño.

—¿Cómo dice? ¿Que la cama lo absorbió?

—Se hundió en ella como quien se hunde en arenas movedizas. No se le volvió a ver jamás. Faith Martin permaneció en esta casa hasta envejecer, y todas las noches, o cuando ella lo deseaba, la cama tenía que servirla.

La señora Gaylord se ciñó más la bata. Empezaba a hacer mucho frío en la suite nupcial.

—Pero lo que nadie sabía era que el encantamiento siguió en la cama, incluso después de la muerte de Faith. El siguiente matrimonio que se mudó aquí eligió esta habitación para pasar su noche de bodas, y la cama absorbió al marido. Y así continuó, cada vez que un hombre se acostaba en ella. Siempre absorbía al hombre. Mi propio marido, Frederick… bueno, también él está ahí.

A Jenny le flaquearon las piernas, ante la inminencia de lo que aquella mujer iba a decir a continuación.

—¿Y… y mi Peter? —preguntó.

La señora Gaylord se tocó la cara, como para convencerse de que era real. Hizo caso omiso de la pregunta de Jenny y siguió diciendo:

—Las mujeres que decidieron quedarse en esta casa y dormir en esta cama hicieron el mismo descubrimiento. A cada hombre que absorbía, la potencia y la virilidad de la cama eran mucho mayores. Por eso he dicho que tiene más de amo que de servidor. En la actualidad, con todos los hombres que ha absorbido es sexualmente poderosa en un grado enorme.

Acarició de nuevo el lecho, que se estremeció.

—Cuantos más hombres absorbe —susurró—, más exigente se vuelve.

—¿Y Peter? —preguntó Jenny con voz entrecortada.

La señora Gaylord sonrió vagamente y asintió, sus dedos acariciando todavía las sábanas.

—¿Sabía usted lo que iba a ocurrir y lo permitió? ¿Dejó usted realmente que mi Peter…?

Estaba demasiado conmocionada para continuar, y se limitó a repetir:

—Dios mío, oh, Dios mío.

La señora Gaylord se volvió hacia ella.

—Mire, no tiene que perder a Peter, ¿sabe? —le dijo en tono consolador—. Si se quedara aquí, ambas podríamos compartir esta cama, y a todos los hombres que ha absorbido. Dorman Pierce, Peter, Frederick y docenas de otros. ¿Tiene alguna idea de lo que es ser poseída por veinte hombres a la vez?

Presa de náuseas, Jenny empezó a decir:

—Ayer por la tarde, cuando nosotros…

La señora Gaylord se inclinó hacia adelante y besó las sábanas, que serpenteaban y se plegaban con una actividad febril, y, para horror de Jenny, empezaban a alzarse de nuevo adquiriendo la forma de un hombre enorme y poderoso. Era como contemplar a un ser momificado alzándose de entre los muertos, un cadáver envuelto en una mortaja blanca y almidonada. Las sábanas se convertían en piernas, brazos y un ancho pecho, y la almohada se levantaba y adoptaba la forma de un rostro masculino de pesada mandíbula. No era Peter ni ningún otro hombre, sino la suma de todos los hombres que habían sucumbido a la maldición de la suite nupcial y habían sido arrastrados a las oscuras entrañas de la cama.

La señora Gaylord se quitó la bata y la dejó caer al suelo. Miró a Jenny con los ojos brillantes y le dijo:

—Aquí está tu Peter. Él y todas las almas que le acompañan. Ven y únete a él, ven y entrégate a su abrazo…

Esquelética en su desnudez, la señora Gaylord subió a la cama y empezó a deslizar los dedos por la forma blanca de las sábanas. Sintiendo un pánico creciente, Jenny cruzó la habitación y movió el pomo de la puerta, pero ésta parecía trabada y era imposible abrirla. El extraño viento se alzó de nuevo y un gemido agónico llenó la estancia, y ahora Jenny sabía su razón de ser: eran los gritos de aquellos hombres atrapados para siempre en la rancia sustancia de la cama nupcial, enterrados en su tela de crin, sus muelles y sus sábanas, confinados sofocantemente para el placer de una mujer vengativa.

La señora Gaylord cogió el miembro de tela en erección y cerró sobre él su mano.

—¿Ves esto? —gritó—. ¿Ves lo fuerte que es? ¿Ves cuánto orgullo tiene? ¡Lo compartiremos tú y yo! ¡Ven a compartirlo conmigo!

Jenny tiró con todas sus fuerzas del pomo de la puerta, pero ésta seguía sin abrirse. Desesperada, volvió a cruzar la estancia y trató de apartar a la señora Gaylord de la cama.

—¡Vete! —chilló la mujer—. ¡Vete de aquí, cerda!

Se produjo un movimiento tumultuoso en la cama, y algo golpeó a Jenny, algo tan pesado y poderoso como el brazo de un hombre. Tropezó con el borde de las sábanas que tocaban el suelo y cayó. La habitación estaba llena de aullidos ensordecedores y gritos de furia, y la casa entera se estremecía. Jenny intentó incorporarse, pero el ataque se repitió, y su cabeza golpeó contra el suelo.

Ahora la señora Gaylord había montado en la horrenda figura blanca sobre la cama y se movía furiosamente, gritando con todas sus fuerzas. Jenny logró levantarse, apoyándose en un canterano, y cogió una vieja lámpara de keroseno que estaba sobre el mueble.

—¡Peter! —gritó, y arrojó la lámpara contra la espalda desnuda de la señora Gaylord.

Jamás sabría cómo se encendió el keroseno. Toda la suite nupcial parecía cargada con una extraña electricidad, y quizá la causa fue una chispa o una descarga de poder sobrenatural. Fuera lo que fuese, la lámpara alcanzó a la señora Gaylord en un lado de la cabeza y estalló en una lluvia de fragmentos. Se oyó entonces un sonido sibilante y tanto la señora Gaylord como la figura blanca sobre la cama quedaron inmediatamente envueltos en llamas.

La señora Gaylord gritó y se volvió hacia Jenny con los ojos desorbitados. Le ardía el cabello, cuyas hebras chamuscadas se reducían a fragmentos parduscos. Las llamas le mordían el rostro, los hombros y los senos, y su piel se encogía y consumía como el papel encendido.

Pero lo más horroroso era la cama. Las sábanas en llamas se debatían, retorciéndose y crepitando, y de las profundidades de la cama surgía un rugido resonante y angustioso que era como un coro de demonios. Aquel ruido horrible contenía la voz de cada hombre enterrado vivo en la cama, mientras el fuego consumía el material que había corporeizado sus espíritus. Era algo horrendo, caótico, insoportable, y, lo más terrible de todo, Jenny podía distinguir la voz de Peter, aullando de dolor.

La casa ardió durante el resto de la noche, y seguía envuelta en llamas cuando llegó el alba pálida y fría. Hacia media mañana el incendio estaba bastante controlado, y los bomberos deambulaban entre las vigas reducidas a brasas y los cascotes, arrojando chorros de agua a los muebles quemados y las escaleras desmoronadas. Se habían reunido veinte o treinta curiosos y una unidad móvil de la cadena CBS efectuaba unas tomas para la televisión. Un anciano habitante de Sherman, canoso y con unos pantalones muy holgados, les decía a los reporteros que siempre había creído que aquella casa estaba embrujada y era mejor que se hubiera quemado.

Hasta que extrajeron los restos del techo derrumbado del dormitorio principal, no descubrieron los cuerpos carbonizados de diecisiete hombres y una mujer, todos ellos encogidos por el calor intenso, pequeños como cuerpos de monos.

Allí había estado otra mujer, pero en aquellos momentos viajaba en un taxi hacia la estación del ferrocarril, arrebujada en su abrigo ceñido y con la maleta que había logrado sacar de la casa incendiada descansando a su lado. Sus ojos, fijos en los árboles pardos y amarillentos que flanqueaban la carretera, estaban apagados como piedras.

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