Horror 3
Rápido 220 » IX.
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I.
En el interior estaba oscuro y olía a rancio y a tierra húmeda.
Agazapado en la abertura, el doctor Morris Kenlaw escudriño la oscuridad y husmeó como un sabueso. Sus manos, grandes como palas, cavaron con diligencia, echando los terrones entre sus rodillas dobladas. Apoyándose en una mano, se acercó más al agujero en el suelo y miró adentro. Entonces tendió la mano cubierta de barro.
—Devuélvame la linterna, Brandon —dijo en voz apagada, aunque de ordinario hablaba en un tono chillón.
Brandon le entregó la voluminosa linterna y trató de mirar por encima del hombro robusto de Kenlaw. El rollizo cuerpo del arqueólogo, encorvado hacia adelante, obturaba por completo la abertura.
—Sujéteme las piernas —dijo en voz más apagada todavía.
Brandon se encogió de hombros y, arrodillándose, sujetó las gruesas piernas de Kenlaw. No muchos años atrás había jugado a fútbol como defensa, y su corpulencia bastaba para anclar al obeso arqueólogo. Sujeto de esta guisa, Kenlaw se arrastró un poco más hacia el interior del túnel. Por las sacudidas de su espalda, Brandon notó que estaba cavando de nuevo, aunque no saltaban más terrones de arcilla.
Usando el antebrazo, Brandon se echó atrás el pelo largo y canoso y alzó la vista. Ocultaba sus ojos tras unas gafas de sol de cristales espejeantes, pero sus finas cejas trazaban unas líneas inquisitivas hacia Dell Warner. El larguirucho y esbelto Dell, enfundado en un mono de dril, se sentó en una piedra caliza. «Dan» se acurrucó a sus pies, formando un montículo peludo, y cada vez que su amo le miraba, movía la cola. El joven granjero se sacó un arrugado paquete de tabaco del bolsillo de la camisa, y observó la escena interesado y divertido.
—Va a salir una serpiente y le picará en la nariz —aventuró Dell, ofreciendo los cigarrillos a Brandon; cogió uno mientras el otro rehusaba.
La fresca brisa de la montaña hizo oscilar la llama de su encendedor y azotó los altos hierbajos que se entremezclaban con el pasto, en la ladera; hierba amarillenta y hierbajos amontonados en un lugar, y más allá un parche de verdor que señalaba una bosta de vaca reabsorbida. No lejos, por encima de donde estaban, los pinos trepaban hasta la cima del monte; abajo, a considerable distancia, la pendiente se nivelaba y cedía el paso a un pulcro maizal. La ladera estaba cubierta de pasto silvestre, cruzada por cañadas serpenteantes y sembrada de grises protuberancias de roca caliza. La brisa del verano recién estrenado daba una sensación de limpieza y frescor. No hacía una tarde para meter la cabeza en oscuros agujeros practicados en el suelo.
Kenlaw se movió convulsamente, contorsionándose para salir del agujero. Dejó la linterna en el suelo, con un golpe resonante, y soltó un juramento. Tenía tierra adherida al bigote.
—¡Este agujero de mierda no es más que la maldita madriguera de una marmota!
Detrás de los sucios cristales de las gafas, sus ojos negros tenían un brillo acusador.
Dell encogió sus hombros estrechos, enfundados en una camisa de algodón azul.
—Bueno, puede que lo excavara una marmota, pero recuerdo claramente que por aquí es donde, según mi padre, mi abuelo escondió el material. Perdió mucho durante la subida.
Kenlaw soltó un resoplido y se limpió las gafas con un pañuelo de grandes dimensiones.
—Probablemente no es más que un agujero que conduce a una cueva en la caliza. Esta zona está cuajada de cuevas. ¿Tiene un pitillo? Los míos se me han caído del bolsillo.
—Mi abuelo le dijo a mi padre que era una especie de boca de túnel, sólo que se había derrumbado. Como un pozo de una mina antigua que ha estado abandonada años y más años.
Kenlaw frunció el ceño. Estaba de malhumor y arrebató el pitillo de la mano que se lo ofrecía.
—Es la clase de historia que se les cuenta a los niños. Estas colinas también están cuajadas de cuentos fantásticos sobre las minas de los antiguos. Sólo Dios sabe en cuántas empresas quiméricas he participado en los dos últimos años.
Dell entornó los ojos.
—Mire, todo lo que sé es lo que me dijeron, y lo que me dijeron es que aquí estuvo una de las minas de los antiguos.
Kenlaw aspiró el humo del cigarrillo y evitó prudentemente hacer ningún comentario.
—Volvamos a mi cabaña —se apresuró a sugerir Brandon—. Querrá usted lavarse, doctor Kenlaw, y eso me dará tiempo para preparar unas bebidas.
—Se lo agradezco, pero ahora no dispongo de tiempo —gruñó Dell, deslizándose súbitamente de la roca en la que se había sentado. El perro se enderezó—. Ah, y Ginger me ha dicho que confía en que vendrá a cenar esta noche.
—Será un verdadero placer —le aseguró Brandon, al tiempo que se formaba en su mente una imagen placentera de la hermana del granjero, con su melena cobriza.
—Entonces nos veremos en la cena, Eric. Hasta la vista, doctor Kenlaw. Confío en que encuentre lo que anda buscando.
El arqueólogo recogió su pesado Winchester modelo 70 de calibre 220 rápido. Estaba buscando marmotas cuando se encontró con Dell Warner y su visitante. De un bolsillo de su chaqueta de dril sacó la cubierta de una lente para la voluminosa mira telescópica Leupold 3×9.
—¿Ha dicho usted que le apetece esa copa?
Kenlaw asintió.
—Sí, ya lo creo. Llevo aquí toda una semana, fisgando en cada agujero de marmota que algún palurdo considera especial.
—Pues por aquí no se ve ni un solo bichejo de ésos —comentó Brandon, alzando el rifle—. He buscado marmotas muchas veces, y nunca he dado con una.
—Es que no las ha visto… o quizá se trate de una madriguera antigua —juzgó Kendall.
—Sí, es vieja —convino Brandon—, porque de lo contrario habría tierra esparcida a su alrededor. Pero no hay ningún rastro de excavación, salvo ese agujero en la ladera, y más bien parece como si lo hubieran abierto desde debajo.
II.
La cabaña que Eric Brandon había alquilado estaba en la cima de una pequeña elevación, y se llegaba hasta ella por un polvoriento camino que enlazaba con la granja de Warner. Dell había hecho una reparación espectacular de la vieja construcción de troncos, hasta tal punto que podía alquilarla a algún turista aventurado. Los troncos de álamo, con un diámetro de treinta centímetros, que formaban sus ásperas paredes, eran tan sólidos como el día en que algún antepasado de Warner los colocó en su lugar. Los muros grises mostraban franjas de orín en los lugares donde Dell había sustituido los rellenos de barro por mortero, fabricado con arena del río Pigeon, que fluía al pie del risco. La maciza chimenea también había sido remozada con mortero, y en el tejado brillaban las nuevas láminas de metal galvanizado. La casa estaba formada por una amplia estancia con el suelo de madera y un ático de techo bajo que tenía la extensión de medio piso. No había ventanas, pero una puerta trasera daba a un porche cubierto que miraba al río.
Dell había conectado la casa a la red eléctrica, y una tubería que llegaba hasta el manantial en lo alto de la montaña proporcionaba agua fresca. Más abajo, en la ladera, había un cobertizo. La cabaña era sólida y cómoda, pero la mayoría de los turistas la encontraban un poco rústica. De vez en cuando, alguien menos interesado en piscinas climatizadas y televisión en color se enteraba de la existencia de aquel lugar, y el alquiler ayudaba a complementar los magros ingresos de la granja. Pero Brandon había encontrado la cabaña disponible cada una de la media docena de veces que deseó utilizarla, en los dos últimos años.
Mientras el arqueólogo vertía agua helada en la pica de la cocina, Brandon extrajo un par de cartuchos disparados del bolsillo de su chaqueta. Inspeccionó atentamente los cilindros del tamaño de un dedo, buscando señales de derrame, y luego los echó a una caja de casquillos disparados y destinados a la recarga.
Mientras se secaba, Kenlaw le miraba con una expresión agria.
—¿Es que no le preocupan los rebotes, disparando así en medio de tantas rocas?
—No hay peligro —respondió Brandon, al tiempo que extraía briosamente unos cubitos de hielo de la bandeja—. La bala se mueve con demasiada velocidad, se desintegra con el impacto. Es una de las ventajas del 220 rápido. ¿Le parece bien ron y cola?
No le importaba derrochar con el visitante su combinado especial.
Kenlaw se acercó al porche, tomó un largo trago del vaso y se dejó caer en una silla con espaldar semejante a una escala. El ron jamaicano le sentó bien y el fruncimiento de ceño cedió el paso a una expresión contemplativa.
—Creo que he estado un poco brusco con Warner —comentó, y como Brandon no le contradijo, añadió—: Pero resulta frustrante eso de buscar el hilo de la verdad en una maraña de superstición y habladurías. Claro que no le digo nada que usted no sepa.
La silla de roble crujió cuando Kenlaw movió su pesado cuerpo. El río Pigeon, que ya no era un arroyo en aquel tramo de su curso, pasaba cerca de la casa con un rumor suave y refrescante. Corriente abajo, la fábrica de papel Canton transformaría aquella frescura en un veneno negro y espumeante.
Brandon observó a su invitado. El arqueólogo tenía unas formas suavemente redondeadas que le recordaban al joven Charles Laughton en la La isla de las almas perdidas. Pero no era la suya una rechonchez fofa, a juzgar por la energía de sus movimientos. Su cabello negro tenía un brillo que no parecía natural, como un peluquín de mala calidad, y su espeso bigote parecía pegado sobre la piel. La expresión de su rostro redondeado era de inocencia, y los ojos, tras unas gafas de cristales redondos, también eran redondeados y estaban húmedos. Brandon pensó que, sin las gafas, los ojos tenían un aire de astucia, pero quizá se debía a que bizqueaban un poco.
El día anterior, el doctor Morris Kenlaw se había anunciado con unos golpes perentorios en la puerta de la cabaña de Brandon, y se sobresaltó al oír la voz de éste a sus espaldas. Desde lo alto del promontorio había observado la aproximación del Plymouth polvoriento de Kenlaw. Los ojos redondos del arqueólogo se redondearon todavía más al ver el rifle de cañón grueso en manos de Brandon.
Al parecer, el doctor Kenlaw era director del departamento de antropología de alguna universidad meridional, y quizá Brandon estaba familiarizado con su trabajo. ¿No era así? Bueno, en Waynesville le habían dicho que el joven alojado en la cabaña de los Warner estudiaba folklore, leyendas indias y esa clase de cosas. El señor Brandon podría haber tenido motivos para leer algún que otro artículo del doctor Kenlaw. ¿O no? En fin, entonces tendría que enviarle algunos recortes que podrían interesarle.
El arqueólogo se apropió del asiento preferido de Brandon y se tomó un buen vaso de ron antes de decidirse a preguntar por las minas perdidas de los antepasados. Y Brandon, que apenas había tenido oportunidad de interrumpir el discurso divagatorio de su visitante, vio de improviso que el otro fijaba en él su mirada neutra.
Brandon, obediente, dio nombres e hizo sugerencias, mientras Kenlaw se apresuraba a tomar notas. Una vez cumplida su misión, el arqueólogo le estrechó efusivamente la mano y salió corriendo como un sabueso que sigue una pista. Brandon no había esperado verle de nuevo, pero el nombre de Dell Warner figuraba entre los anotados por Kenlaw, y aquel día Brandon había tropezado con ellos… Kenlaw se presentó como amigo de Brandon y persuadió a Dell para que le mostrara la versión de las minas perdidas que tenía su familia. Y parecía que esa pista también se había revelado inútil.
La gruesa ardilla de color rojizo que había estado escarbando entre la pinaza, por debajo de ellos, se escabulló de pronto hacia el frondoso refugio de un pino de Virginia. Sin prestarle atención, «Dan» dobló la esquina de la cabaña y saltó al porche. Brandon rascó la cabeza del sabueso negro y escuchó. Al cabo de un rato pudo oír el traqueteo de una camioneta que avanzaba por el camino.
—Debe de ser Dell —le dijo a Kenlaw—. «Dan» sabía que venía hacia aquí y ha tomado el atajo por la ladera del risco. Ese perro es uno de los más listos que he conocido en mi vida.
Kenlaw miró al sabueso jadeante.
—Es uno de esos perros que sirven para cazar osos, ¿verdad?
—En efecto, y muy bueno, el condenado —dijo Brandon.
—Tengo entendido que un oso mató al padre de Warner —comentó Kenlaw—. Fue muy cerca de este mismo lugar. ¿Tan peligrosos son esos animales por estos alrededores?
—Un oso negro no parece gran cosa comparado con un oso gris, pero esos bichos son capaces de partir a un hombre en dos… como descubren cada verano varios de esos turistas estúpidos. En general no causan problemas, pero de vez en cuando te encuentras con uno malo de veras. Hay un solo problema, y es que los osos de estas montañas no temen al hombre, y los guardabosques suelen capturar a los que saben que son díscolos y los sueltan en los lugares más remotos de las montañas. De vez en cuando uno de esos renegados logra salir del parque. Como no teme al hombre y no está acostumbrado a merodear en despoblado, puede convertirse en un peligroso asesino de ganado. Probablemente uno de tales osos mató a Bard Warner aquella noche. Había perdido varias reses y tuvo la mala idea de esperar en compañía de una botella y de su viejo Mannlicher de ocho milímetros, cuyo cerrojo es demasiado lento si es preciso usar el arma con rapidez. Por lo que me contaron, Bard falló el primer disparo, y ya no tuvo oportunidad de disparar por segunda vez. A la mañana siguiente encontraron lo que quedaba de él bajo un saliente rocoso.
El zanquilargo Dell bajó de su vieja camioneta, sosteniendo varios tomates de gran tamaño y con un periódico bajo el brazo.
—Hay que meterlos en la nevera, Eric —advirtió—. Están demasiado maduros. ¡Vete de aquí, «Dan»!
El sabueso saltaba alrededor de sus piernas.
Brandon le dio las gracias y abrió la nevera. Dell se pasó los dedos por el cabello revuelto y aceptó el ofrecimiento de cola con ron.
—Le he traído el periódico de Asheville, ah, y también tiene una carta.
—Probablemente es de mi asesor, que quiere saber qué tal voy con mi tesis —dijo Brandon, y dejó el sobre sin remitente a un lado.
Echó un vistazo al periódico mientras el otro descorchaba una botella y se servía él mismo. Inflación, África, Oriente Medio, un nuevo escándalo en Washington y, en Nueva York, una oleada de asesinatos entre bandas tras la muerte de un jefe mafioso. Visto desde la vieja cabaña en unas montañas remotas, todo eso parecía distante e irreal.
—La cena tardará un poco —dijo Dell—, porque Faye y Ginger se han ido a Waynesville para arreglarse el pelo. —Se dirigió al arqueólogo—: Nos gustaría que se quedara también a cenar, doctor Kenlaw.
El malhumor del pelirrojo había remitido y recordaba las reglas de la etiqueta en la montaña. Puesto que Kenlaw seguía allí, era el invitado de Brandon, y si invitaba a éste a cenar, debía incluir también a quien le acompañaba, pues de lo contrario Brandon se encontraría en una posición embarazosa. Si Kenlaw se hubiera marchado, no habría tenido ninguna obligación. Brandon tenía la impresión de que Dell había hecho tiempo antes de subir, con la esperanza de que el arqueólogo ya se hubiera ido.
—Será un placer, gracias —respondió Kenlaw, mostrando también ciertos modales.
O bien le avergonzaba su brusquedad anterior, o se daba cuenta de que debía proceder con tacto si quería más ayuda para su investigación.
Brandon llenó de nuevo su vaso y el de Kenlaw antes de regresar al porche. Dell seguía en pie, hablando con el arqueólogo, por lo que Brandon le invitó a sentarse en la otra silla del porche. Cogió con una mano una sección de tronco de roble blanco, de un metro de anchura, que servía de mesa, lo deslizó sobre los ásperos maderos del suelo hasta un poste del porche y se sentó. Tomó un sorbo del vaso que sostenía en la otra mano y se apoyó en la pared. Bajo la sombra del porche hacía fresco, y de haber estado sólo se habría quitado las gafas de sol. Pero Brandon, que era albino, se sentía incómodo sí los demás veían sus curiosos ojos rosados.
Incluso con las gafas puestas, parecía provocar la curiosidad del doctor Kenlaw, quien no le quitaba los ojos de encima. La sección de tronco que Brandon había deslizado sin esfuerzo sobre las tablas desiguales del suelo no pesaría menos de ochenta kilos. Dell, que había visto al albino extraer su camioneta de una zanja por el sencillo expediente de levantar la rueda trasera atascada en el barro, no pareció considerar aquello como una hazaña.
—Le preguntaba al doctor Kenlaw qué es lo que busca en esas minas —dijo Dell.
—Si es que hay tales minas puntualizó Brandon.
—No hay ninguna duda de que existen —aseguró el arqueólogo—, y usted debería estar convencido de ello, Brandon.
Agitó una mano para recalcar sus palabras; la arcilla roja formaba medias lunas bajo las uñas descuidadas.
—¿Quiénes fueron esos «antiguos» que las excavaron? —preguntó Dell—. ¿Los mismos indios que levantaron esos túmulos que abundan por aquí y en Tennessee?
—No, los constructores de esos túmulos fueron muy anteriores —explicó Kenlaw—. Las minas de los antiguos las excavaron los españoles… o más exactamente, los esclavos indios de los conquistadores. Sabemos que De Soto estuvo por aquí en 1540, en busca de oro. Pero los cherokees tenían noticia de la clase de ladrones que eran los españoles, y mientras mostraban a los extranjeros una hospitalidad cortés, se esforzaron por hacerles creer que no tenían nada que valiera la pena robar. De Soto consideró que eran unas pobres gentes y prosiguió su camino. Pero antes abrió unos cuantos pozos de mina, para ver de qué estaban hechas estas montañas.
—¿Y encontró algo? —quiso saber Dell.
—Por aquí no encontró nada. Pero más al sur encontró un poco de oro. En Georgia del norte hay vestigios de sus obras de minería y sus campamentos. No se sabe cuánto oro encontraron, pero existen pruebas de que los españoles seguían trabajando en esa zona en 1690.
—No debieron de encontrar mucho oro, pues de lo contrario la noticia se habría extendido. El oro no puede mantenerse en secreto.
—Vaya usted a saber. Si volvieron aquí una y otra vez durante un siglo y medio es porque sin duda encontraron algo. Mucho oro salía del Nuevo Mundo, pero no era mucho el que llegaba a España en manos de quienes lo descubrían. Había muchos motivos para mantener el descubrimiento en secreto. Y, naturalmente, más tarde esta zona produjo más oro que cualquier otro lugar del país antes de la fiebre del oro en el Oeste. Claro que todos esos filones se agotaron mucho antes de la guerra civil.
—Así pues, usted cree que los españoles fueron quienes excavaron las minas de los antiguos —dijo Dell.
—De eso no cabe duda —afirmó Kenlaw, moviendo la cabeza con firmeza.
—Tal vez eso se ha demostrado en Georgia del norte —terció Brandon—, aunque tengo la impresión de que son sólo conjeturas. Pero, que yo sepa, nadie ha demostrado jamás que los conquistadores abrieran minas en esta región, tan al norte. Y ya que estamos en ello, no creo que nadie haya hecho nunca un estudio serio de las minas perdidas de los antiguos en Carolina del Norte y en las montañas de Tennessee.
—Ése es exactamente el motivo por el que estoy aquí —dijo Kenlaw con impaciencia—. Confío en demostrar la conexión para mi libro sobre las minas de los antiguos, pero todavía tengo que encontrar pruebas de su existencia en esta zona.
—Es muy posible que esté usted buscando una conexión inexistente —replicó Brandon—. He estudiado esta zona y tengo la sensación de que las minas se remontan a tiempos mucho más antiguos que la época de los conquistadores. Los cherokees tienen leyendas según las cuales esas minas ya existían cuando sus antepasados emigraron desde el norte, en el siglo XIII.
Kenlaw frunció el ceño.
—Pues ésta es la primera noticia que tengo al respecto. ¿Quiénes cree que abrieron esas minas en las montañas, si no fueron los conquistadores? No me diga que lo hicieron los indios. No puedo creer que estuvieran tan interesados por el oro.
—No he dicho que fueran los indios —arguyó Brandon.
—¿Quién fue entonces?
—Los pueblos indios no fueron los primeros en llegar aquí. Cuando los cherokees emigraron desde la región de Tellico, no lejos de aquí, encontraron una raza de gigantes blancos…, lucharon con ellos y expulsaron a los supervivientes. Eso dicen sus leyendas.
—¿Va usted a decirme que los vikingos llegaron hasta aquí? —dijo Kenlaw, con un bufido de enojo.
—Vikingos, galeses, fenicios, judíos… Hay pruebas fidedignas de que en varias ocasiones hombres procedentes del Viejo Mundo llegaron a América del Norte mucho antes de que Colón emprendiera su viaje de descubrimiento. Sin duda existieron muchos contactos precolombinos de los que no se tienen datos y sólo están recogidos en leyendas.
—Perdone, pero sólo me atendré a los hechos de los que se tienen datos fiables.
—¿Qué me dice entonces de los melungeons, en Tennessee? No son indios, aunque estaban ahí antes de que llegaran los primeros pioneros, e incluso hoy los antropólogos no están seguros de su procedencia.
El antropólogo esperó a que su interlocutor se explayara más, y Brandon insistió:
—Hay pequeñas bolsas de gentes en esas condiciones diseminadas por todo el país, no sólo en estas montañas, gentes cuyos orígenes étnicos no han podido establecerse. Y hay leyendas de otros… los shonokins, por ejemplo…
—¡Ahora menciona usted puros mitos! —exclamó Kenlaw—. Ésa es la diferencia entre nosotros, Brandon. Yo estoy interesado en recoger hechos históricos, y usted es un estudioso de los mitos y las leyendas. La ciencia y la superstición no deberían confundirse.
—A veces, la línea fronteriza entre una y otra no está clara —replicó Brandon.
—Mi trabajo consiste en procurar que lo esté.
—Pero tiene usted que admitir que a menudo la leyenda tiene una base real —siguió argumentando Brandon—, y los cherokees tienen una serie de leyendas sobre las cuevas de estas montañas y las criaturas que viven en ellas. Le hablarán de serpientes gigantescas, como la Uketena y la Uksuhi, que tienen sus madrigueras en el interior de cuevas y rondan las crestas y los arroyos solitarios, o las panteras inteligentes que tienen sus casas particulares en cuevas secretas. Luego están los Nun-nehi, una raza de espíritus invisibles e inmortales que viven bajo los túmulos y se materializan para luchar contra los enemigos de los cherokees… Parece ser que se les vio por última vez no hace tanto tiempo, en la época de la guerra civil. O, mejor todavía, está la leyenda del Yunwi Tsunsdi, el Pequeño Pueblo, que vive en las entrañas de los montes.
—Sigo esperando una base de hechos reales —dijo Kenlaw con sarcasmo.
—A veces se encuentra esa base. ¿Ha leído el libro de John Ashton Criaturas curiosas en la zoología? En su capítulo sobre los pigmeos utiliza citas de tres fuentes que describen el descubrimiento de cementerios enteros con diminutos sarcófagos de piedra que contienen esqueletos humanos cuya estatura no supera el medio metro, esqueletos de adultos, a juzgar por sus dientes. Varios de tales cementerios, cuya extensión varía, pero que no tienen más de un acre y medio como máximo, se encontraron en 1828 en el condado de White, en Tennessee, al lado del emplazamiento de una población antigua. El general Milroy encontró unas tumbas semejantes en el condado Smith, Tennessee, en 1866: la desecación de un riachuelo las dejó al descubierto. Por otra parte, Weller, en su libro La aventura de la Historia Natural, se refiere a otros descubrimientos similares tanto en Kentucky como en Tennessee. Es de presumir que una raza de pigmeos pudo vivir en esta región antes de los cherokees, quienes sólo los recuerdan en la leyenda como Yunwi Tsunsdi. ¿No es curioso que existan tantas leyendas indias sobre una raza de pigmeos?
—¡Ahórreme su arqueología de aficionado Victoriano! —exclamó Kenlaw con impaciencia—. ¿Qué posible relación pueden tener estas supersticiones descabelladas con las minas de los antiguos? ¡Le estoy hablando de realidades arqueológicas, como los pozos en el condado de Mitchell, como la mina Sink Hole cerca de Bakersville, que es un pozo de doce metros de anchura y doce de profundidad, cuya piedra muestra señales de herramientas metálicas y donde se encontraron utensilios de piedra! El general Thomas Clingman lo estudió después de la guerra civil, y contó hasta trescientos anillos en los troncos de los árboles que se alzaban en el solar de la mina: está claro que eso permite atribuir la antigüedad de la mina a la época de los conquistadores. Se sabe que un tal Tristán de Luna estuvo por aquí buscando oro y plata en 1560; la mina Sink Hole contenía mica, y es muy posible que ese de Luna fuese el responsable de ésa y otras minas en aquella zona.
—He leído algo sobre la mina de Sink Hole en Cuentos del abuelo, de Creecy —le dijo Brandon—, y recuerdo que a los primeros investigadores les dejó perplejos la serie de pasadizos que conectaban ese pozo con otros cercanos…, unos pasadizos que sólo tenían treinta y cinco centímetros de anchura.
El arqueólogo, que estaba bebiendo, casi se atragantó.
—¡Hombre, por el amor de Dios! —exclamó al cabo de un momento—. ¡Eso no tiene nada que ver con las leyendas indias! ¿Es que no sabe usted nada de minería? Es posible que hicieran esos túneles de conexión en un intento de alcanzar cualquier veta de oro que pudiera quedar entre los pozos.
Brandon extendió sus grandes manos, separadas unos treinta y cinco centímetros, y dijo:
—Quienquiera que excavara los pasadizos debió de haber sido bastante pequeño.
III.
Las sombras de la tarde eran alargadas cuando Dell llevó a los otros dos hombres a la casa en su camioneta. La granja era un edificio de madera, de dos pisos, con cimientos de piedra, muy antiguo pero bien conservado. Sus anchas tablas mostraban las marcas desiguales de serrucho, las cuales indicaban que la construcción era anterior a las sierras circulares más modernas. La fachada estaba parcialmente revestida con piedra oscura de la montaña, y el muro de los cimientos se extendía para formar una terraza de losas, sombreada y adornada con clemátides de pétalos brillantes.
Otra camioneta estaba aparcada al lado de Plymouth de Kenlaw, un desvencijado pick-up Ford modelo 1947, de color verde, que Brandon reconoció como perteneciente al suegro de Dell, Olin Reynolds. Su propietario les saludó desde el porche mientras ellos subían. Era un hombre delgado y pálido, cuyo cuerpo huesudo casi se perdía bajo un mono de faena anticuado. Tenía el rostro surcado de arrugas, y su cabello era casi tan blanco como el de Brandon. En otro tiempo había fabricado el mejor whisky ilegal de la región, pero su última estancia en la penitenciaría de Atlanta significó su ruina. Ahora vivía solo en su vieja casa, al borde del bosque nacional Pisgah. Con frecuencia se presentaba hacia la hora de cenar, como hacía Brandon.
—Hola, Eric —dijo Olin con su voz chillona—. ¿Aún no has dado con ese chotacabras que picotea las coles de mi pequeña?
—Hola, Olin. —Brandon sonrió—. Ayer por la mañana le vi en aquel pino blanco sobre la cresta, y le abatí de un disparo.
—Eso está casi a medio kilómetro… —musitó el viejo.
Brandon no dijo nada porque Ginger Warner acababa de salir al porche. La hermana pequeña de Dell acababa de regresar de la Universidad de Carolina Occidental, en la cercana población de Cullowhee, donde había cursado los dos primeros años. Era alta y cimbreña, de ojos verdes y sonrisa pronta. Llevaba el cabello cobrizo desgreñado, cortado como el de un chico, en lugar del poco atractivo bouffant que seguía siendo el peinado preferido de las campesinas. Tenía harina adherida a su rostro pecoso.
—Hola, Eric —saludó la sonriente muchacha, restregando las manos en los tejanos—. Prepararé la cena en cuanto meta las galletas en el horno. Últimamente se te ha visto muy poco.
—He estado muy ocupado con mi tesis —se excusó él, mientras pensaba que tres días antes había cenado allí.
—Mentiroso. Has estado correteando por las colinas con «Dan».
—Eso es sólo para relajarme después de haber estado trabajando hasta muy tarde.
Ginger le dirigió una mirada escéptica y volvió a sus galletas.
El doctor Kenlaw emitió un gruñido y se dejó caer sobre uno de los balancines de anchos brazos que estaban en el porche. Apoyó los pies en la barandilla y se quedó mirando pensativamente el valle. La niebla oscurecía las colinas al otro lado, y una sombra brumosa envolvía los campos y los pastos más próximos. Oculto por los árboles, el río Pigeon serpenteaba hacia el centro del pequeño valle. A Kenlaw pareció intranquilizarle algo que había visto: tenía la mirada fija en las flores colocadas en macetas y alineadas a lo largo del porche.
—Pero ¿qué es esto? —exclamó de súbito, y se levantó del balancín.
Los otros tres hombres interrumpieron su conversación y le miraron. El arqueólogo se subió a la barandilla, arrancó de un tirón una maceta colgante y arrojó su contenido al patio.
—¿De dónde diablos ha salido esto? —preguntó, mientras examinaba el recipiente de metal oxidado que un instante antes había sostenido una begonia rastrera.
Dell Warner contuvo una réplica airada.
—¡Por el amor de Dios, Kenlaw! —exclamó Brandon cuando salió de su asombro.
—¡Sí, por el amor de Dios! —Kenlaw estaba demasiado excitado para desconcertarse—. ¡Esto es un morrión español! ¿Qué está haciendo ahí colgado y lleno de petunias?
Ginger salió al porche para anunciar la cena. Su rostro pecoso expresó consternación.
—Pero ¿qué pasa?
Entonces Kenlaw se sintió avergonzado.
—Lo siento. He perdido los estribos al ver esto. Discúlpeme, por favor… Si la planta se ha estropeado, le compraré otra. Pero, dígame, ¿dónde consiguió esto?
—¿Ese viejo cacharro? Estuvo en el granero durante muchos años. Le hice unos agujeros en el borde y resultó una maceta estupenda para mi begonia.
Miró por encima de la barandilla y gimió.
—¡Es un morrión, un casco de conquistador! —dijo bruscamente Kenlaw, en un tono de incredulidad. Examinó minuciosamente el cuenco de alta cresta y con los bordes acampanados y terminados en punta—. Y es auténtico, si no me equivoco. Dígame de dónde ha salido y le compraré una camioneta de begonias.
Ginger frunció la frente.
—La verdad es que no sé de dónde procede… Ni siquiera sabía que tiene algo especial. ¿Qué hace un casco español mezclado con todos los cachivaches de nuestro padre en el granero? En el mismo sitio donde encontré esto hay una vieja olla de hierro agujereada. ¿Quiere echarle un vistazo y decirme si se trata de la bañera blindada de Moctezuma?
Kenlaw soltó un bufido.
—Tenga, Brandon. Mire esto y dígame si estoy loco.
El albino examinó el casco. Estaba muy abollado, pero era sólido. No podía haber permanecido mucho tiempo a la intemperie, pues de lo contrario se habría oxidado por completo siglos atrás.
—Es un morrión, desde luego. Ahora, si data o no de la época de los conquistadores es algo que no sabría decir. Pero también parece muy improbable que hubiera una reproducción tan bien hecha abandonada en el granero.
—Diablos, yo sé de dónde salió eso —intervino Olin, que había estirado su largo cuello para ver—. Yo estaba con vuestro padre cuando lo encontró.
Los ojos de Kenlaw, parapetados tras los gruesos cristales de sus gafas, miraron fijamente al viejo montañero.
—Por favor, dígame dónde.
Olin miró inquisitivamente a Dell, y éste se encogió de hombros.
—Fue en lo alto de la montaña Old Field, cerca de Tanasee Bald, donde ahora está el bosque nacional Pisgah. Había allí una especie de cueva, y no creo que ahora perjudique a nadie si os digo que un par de muchachos llamados Brennan fabricaban un poco de licor con un alambique que habían montado dentro. Yo y Bard pasábamos de vez en cuando por allí, llevábamos leña y cosas así. Bueno, una vez Bard se internó un poco en la cueva, y nos preocupamos porque estaba algo bebido… Al cabo de un rato salió con ese cacharro y dijo que era un cazo indio, porque lo había encontrado al lado de un montón de huesos. Le gustaba coleccionar puntas de flecha y hachas de piedra cuando las encontraba, así que se llevó eso a casa y lo guardó con las demás cosas. Supongo que desde entonces cambiaría de sitio y acabaría en el granero.
—¿Todavía podría encontrar esa cueva? —preguntó Kenlaw—. ¿Puede llevarme allí mañana? ¿Quién más está enterado de esto?
—Hombre, no creo que nadie lo sepa. Los Brennan ya no andan por aquí…, no tuvieron mucha suerte. A Hardin Brennan le pegaron un tiro una noche, cuando discutía con un cliente, y dijeron que su hermano Earl se rompió la cabeza al caer contra unas rocas, allá en la cueva. La mujer de Earl le había abandonado, y tenía dos hijos, Buck y Laurie. Esta última era medio salvaje y no estaba bien de la cabeza; aunque era muy joven, tuvo un bebé, y se rumoreaba que el padre debía de ser alguno de sus familiares, habida cuenta que todo el mundo la temía y nadie se le habría acercado. Todos se fueron a alguna parte del norte… Creo que viven con su madre. Todavía hay otros Brennan por aquí que podrían ser parientes lejanos, pero que yo sepa nadie ha estado en esa cueva de la montaña Old Field desde que Buck y su hermana se marcharon, hace más de veinte años.
Kenlaw, excitado, soltó un juramento.
—¿Entonces nadie lo sabe? ¡Fantástico! ¿A qué hora quiere ir mañana? Lo mejor será que salgamos pronto. ¿A las siete?
—Pongamos las seis —sugirió Olin—, porque es preciso el día entero. Podría subir a la cabaña… ¿Le parece bien, Eric? No debería entrar ahí solo, y bien sabe Dios que mis viejos huesos son demasiado frágiles para arrastrarme por esos sitios.
—Iré, desde luego —convino Brandon—. Parece interesante.
—No es necesario que me acompañe —le dijo Kenlaw—. Tengo experiencia en espeleología.
—Entonces sabe que es peligroso explorar una cueva a solas. Además, todo esto me intriga.
Faye Warner abrió la puerta de tela metálica.
—¿Es que no entráis a comer? Ginger, creí que habías ido a llamarles. Todo está listo.
IV.
Había pollo, jamón, pan de maíz y un surtido de exquisitas verduras y legumbres de la huerta. El ceño de Kenlaw se alisó mientras llenaba su plato por segunda vez. Poco después de terminar la cena, el arqueólogo se excusó.
—El día ha sido muy largo y mañana tenemos que levantarnos temprano.
Poco después Olin se marchó, y cuando Dell salió para ocuparse de algunas pequeñas tareas, Brandon tuvo todo el porche para él solo. Estaba medio dormido cuando Ginger se reunió con él.
—¿Te he sobresaltado? —le preguntó, sentándose a su lado, en el columpio del porche—. Eres asustadizo como un gato. ¿Así es como te afecta los nervios vivir en la ciudad?
—Supongo que así me mantengo alerta —replicó tímidamente Brandon.
El cabello cobrizo de la muchacha le hacía cosquillas en el hombro.
—Entonces deberías salir de Nueva York cuando termines tu proyecto o lo que sea. Parece que casi siempre tienes que estar viajando de un sitio a otro.
—Es lo que se conoce como investigación de campo.
—¡Ja! Dice Dell que no haces más que holgazanear en la cabaña o salir a cazar. No es de extrañar que todavía no te hayas doctorado. Debe de ser bonito conseguir una beca del gobierno para andar por el país estudiando el folklore.
—Mira, dedico parte del tiempo a organizar mis notas, y otra parte a relajarme de la tensión que me produce escribirlas.
—Ya, ya. Curioso ejercicio ese de ir por ahí con un rifle que parece un cañón. ¿Por qué no usas esa pequeña pistola de aire comprimido?
—¿Qué pistola?
—Ya sabes, la que usas a veces, porque una vez te vi disparar contra un cuervo que armaba jaleo en el manzano delante de la cabaña. Vi cómo le apuntabas y no hubo más sonido que el chillido del cuervo. Luego todo estaba lleno de plumas. Mi primo también tiene una pistola de aire comprimido, y por eso supe lo que había ocurrido.
—Eres una pequeña espía.
Le apretó el hombro con fingida rudeza.
—No estaba espiando —protestó Ginger, apoyando el mentón en el hombro del joven—. Iba en busca de Dell, para ayudarle a cortar tabaco. —Como Brandon no dijo nada, ella siguió hablando para ahogar el chirrido rítmico del columpio—. ¿Qué opinas del doctor Kenlaw?
—Es bastante terco y agresivo. Así los crían en el norte.
—¡Cualquiera diría que no eres neoyorquino! ¿O acaso no naciste allí? Tienes menos acento que el doctor Kenlaw.
—No sabría decírtelo. Crecí en un orfanato, y desde entonces he vivido en muchos sitios.
—Pues gustas bastante a la gente de aquí. En cambio, el doctor Kenlaw no les cae muy bien.
—Supongo que es demasiado agresivo. Algunos de esos investigadores obsesivos son así.
Ginger frunció el ceño pecoso.
—Tú eres investigador. ¿Lo es de veras el doctor Kenlaw?
Brandon se puso tenso bajo la mejilla de la muchacha.
—¿Qué quieres decir?
—¿Has oído alguna vez hablar de él? Si los dos estáis estudiando más o menos los mismos temas…
—Desconozco su obra, si te refieres a eso. —Los músculos de Brandon seguían tensos como si fueran de acero—. Pero la verdad es que ese hombre conoce muy bien la materia que investiga. ¿Por qué dices eso?
—Me parece más interesado por el oro que por la arqueología —replicó Ginger—. Al menos eso es lo que les parece a la mayoría de las personas con las que habla.
Brandon se echó a reír y pareció relajarse de nuevo.
—Mira, se consigue más aplauso descubriendo una tumba llena de reliquias de oro que un túmulo con huesos podridos y fragmentos de cerámica, al margen del valor relativo que tengan para el conocimiento científico. Por eso la tumba del faraón Tutankhamen tuvo titulares en la prensa, mientras que el descubrimiento de la mandíbula de un hombre primitivo aparece al lado de los anuncios de coches usados.
—La tumba de Tutankhamen tenía una maldición —dijo Ginger tercamente.
—Tanto mejor, si lo que estás buscando es una subvención.
—¡Subvenciones! —dijo Ginger en tono despectivo—. ¿Tienes realmente intención de graduarte o piensas vivir de las subvenciones?
—Hay peores maneras de ganarse la vida —le aseguró Brandon.
—No sé por qué no puedo verte dedicado a un trabajo universitario, y eso es lo que harás cuando te doctores, ¿no? ¿Te dedicarás a la enseñanza?
Brandon se encogió de hombros.
—Hay una multitud de doctores en humanidades que andan por ahí en busca de empleos cuando se seca el grifo de las subvenciones. Si hay un empleo vacante en alguna parte, supongo que lo tomaré.
—Podría haber un empleo vacante en Carolina Occidental —sugirió Ginger.
—Es posible.
—¿Y por qué no? Eso te gusta… o de lo contrario no volverías una y otra vez, y le gustas a la gente. Pareces encajar a la perfección en este ambiente…, no como la mayoría de esos ruidosos neoyorquinos.
—La verdad es que cuando vuelvo aquí, siento como si regresara a casa —reconoció Brandon—. Supongo que nunca he estado en ningún sitio el tiempo suficiente para considerarlo un hogar. ¿Te gustaría que me instalara en Cullowhee?
—Es posible.
Brandon decidió que ya había esperado bastante el beso de la muchacha y decidió hacer algo al respecto. Las sombras se espesaban, formaban una oscuridad neblinosa, y la fresca brisa de la montaña acarreaba el aroma de las clemátides entrelazadas y la tierra recién removida. El chirrido del columpio medía el tiempo como un reloj de péndulo artrítico, mitigado por el rumor del río. Algunas vacas aún pacían, y en alguna parte un chotacabras llamaba a su pareja. El silencio era lo bastante intenso para poder oír a «Dan», que roía un hueso en el patio.
Finalmente Ginger se enderezó y estiró sus miembros para desentumecerlos.
—Hummm —ronroneó, y entonces dijo—: ¡Dios mío, qué diablos está mascando ese perro! Sólo le hemos dado un plato de sobras después de la cena.
—A lo mejor «Dan» ha cazado un conejo. Siempre está al acecho.
—¡Oh! ¡Ve a ver! La semana pasada mató a una coneja, y sé que todos sus conejitos se murieron de hambre.
—Probablemente «Dan» se los zampó antes —dijo Brandon, y se levantó para echar un vistazo—. A ver, muchacho, ¿qué tienes ahí?
Ginger vio que se ponía rígido bruscamente.
—¡Oh, no! ¡Otra coneja no!
Pasó por el lado de Brandon antes de que éste pudiera detenerla.
«Dan» meneó la cola y le devolvió la mirada. Tenía entre las patas un brazo de niño.
V.
Pensativo, Olin Reynolds cambió de lado la comida que estaba mascando.
—No me extraña que Ginger se asustara tanto —concedió—. ¿Qué crees que era eso?
—Desde luego, no era un brazo de niño —dijo Brandon—. En cuanto lo examiné con buena luz, pude ver que no era nada humano. Debía de pertenecer a alguna clase de mono, y al principio el parecido también me hizo estremecer. La piel era rosada, con un pelaje muy fino de color blanco sucio, y se parecía mucho a un brazo de niño, excepto que todo eran músculos y tendones, en vez de grasa infantil. La mano era auténtica, no una pata de animal, aunque los dedos eran demasiado largos y nervudos para ser de niño, y las uñas ásperas y puntiagudas como garras de animal.
—Vete a saber dónde capturaría un mono el viejo «Dan» —comentó Olin.
—Sería la mascota de alguien, de unos turistas quizá… Lo llevan todo a cuestas en esos condenados remolques. El animalejo se escapó, o lo más probable es que muriese y lo enterraran. «Dan» lo olisqueó y lo desenterró. Por su aspecto, parece que ha estado cavando.
—¿Qué hiciste con eso al final?
—Dell lo metió en un saco de yute lleno de piedras y lo echó a un hoyo profundo en el río. No quería que «Dan» lo sacara de nuevo y diera otro susto a las damas.
—Eso es lo mejor —consideró Olin—. Podría venir alguien para ver lo ocurrido. Me parece que el doctor Kenlaw viene hacia aquí.
El Plymouth de Kenlaw apareció entre los pinos. Brandon consultó su reloj y vio que eran más de las siete. Se levantó de la silla con respaldo en forma de escala y bajó los escalones del porche para saludar al arqueólogo.
—Me ha costado muchísimo encontrar el desvío —se quejó Kenlaw en cuanto pudo extraer su corpachón del coche—. ¿Todo preparado?
—Deje sus cosas en mi camioneta y nos pondremos en marcha —le dijo Olin—. Para ir al lugar adonde vamos, no hay ningún camino por donde pueda pasar un coche normal.
—¿Y ese viejo cacharro va a subir la pendiente? —preguntó Kenlaw en tono sarcástico, mientras abría el maletero para sacar una cuerda enrollada y dos potentes linternas.
—Este viejo Ford está dotado de uno de los mejores dispositivos de tracción de cuatro ruedas —replicó Olin fríamente—. Puede subir por la pendiente de un risco y arrancar un tocón de cedro mientras a usted le cuelgan los pies por la ventanilla trasera de la cabina.
Kenlaw rió de buena gana y se metió pilas de repuesto y una piqueta de geólogo en los amplios bolsillos de su vieja chaqueta de paracaidista. Brandon le ayudó a colocar el equipo en la caja de la camioneta, y luego subió a la cabina y se sentó al lado de Reynolds.
Quedaron muy apretados cuando el doctor Kenlaw subió, y al llegar a la carretera asfaltada el chirrido del cambio de velocidades y el ventilador les obligó a hablar a gritos, como si tuvieran que hacerse oír en medio de una tormenta. Olin conducía en silencio, taciturno, respondiendo con pocas palabras a las preguntas que Kenlaw le hacía de vez en cuando. Al cabo de un rato dejaron la carretera pavimentada y el avance se hizo penoso; los viajeros recibían continuos golpes en los riñones mientras el vehículo recorría senderos de montaña llenos de surcos que ascendían entre los pinos. Kenlaw soltó un juramento y se sujetó al asiento con los dos brazos. Brandon sorprendió un brillo malicioso en los ojillos de Olin.