Horror 3
Rápido 220 » IX.
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El sendero pasaba ante una destartalada casa de madera, perdida en medio de la maleza que había invadido lo que alguna vez fue un huerto. Unos pocos manzanos nudosos eran los únicos árboles frutales que quedaban, y más allá, junto al bosque que parecía a punto de engullir las ruinas de la granja, Brandon vio las voluminosas paredes de un granero de troncos… Los árboles se alzaban por la abertura donde alguna vez estuvo el tejado. Brandon se estremeció. La desolación del lugar parecía remover recuerdos sepultados.
Más allá de la granja abandonada, el camino se deterioraba hasta quedar reducido a poco más que una cañada. Nunca había sido más que un camino para arrastrar leños, abierto cuando los barones de la madera empezaron a talar el bosque primigenio desde las alturas, medio siglo antes, o quizá más. Antes los vehículos de la granja lo mantenían expedito, y ahora de vez en cuando el todo terreno de un cazador rompía los árboles jóvenes que de otro modo lo habrían obturado.
La camioneta de Olin ascendía resueltamente, hasta que al final llegaron a un claro cubierto de maleza. Reynolds desconectó el motor.
—Cuidado con las serpientes —advirtió, antes de bajar.
Bajo los hierbajos que lo cubrían, el claro estaba sembrado de fragmentos metálicos oxidados y desperdicios amorfos. En la ladera había un armazón de madera podrida y un candado oxidado. Varias tablas habían caído hacia adentro, revelando la oscuridad del interior.
Olin Reynolds movió la cabeza afirmativamente.
—Éste es el lugar. Creo que los Brennan lo tapiaron antes de irse, para evitar que cayera dentro alguna cabeza de ganado. La abertura estaba oculta bajo la maleza.
El doctor Kenlaw tocó los maderos erosionados. Los dientes de la aldaba del candado colgaban herrumbrosos en el lugar donde la madera podrida se había desprendido. Bastó un empujón para que todo el armazón se derrumbara hacia dentro.
La luz del sol penetró más allá del polvo. La abertura estaba entre unos salientes rocosos arriba y abajo, y era lo bastante ancha para que pudiera pasar a su través un hombre agachado. Al otro lado había un suelo llano, cubierto ahora por los restos de las tablas.
—Hay un espacio amplio que se va estrechando hacia el fondo, hasta quedar reducido a una grieta —les dijo Olin.
Kenlaw emitió un gruñido complaciente y retrocedió para recoger su equipo que estaba en la camioneta.
—¿Viene con nosotros? —preguntó Brandon al viejo.
Olin meneó firmemente la cabeza.
—No, esperaré aquí. Estos viejos huesos están demasiado roídos por la arturitis para reptar a través de un agujero de serpientes.
—Eric, quédese con él, si quiere —sugirió Kenlaw—. Probablemente no tardaré mucho. Va a llenarse de polvo y, al fin y al cabo, lo más probable es que ahí dentro no haya nada.
—No me importa —replicó Brandon—. Si ese morrión salió de esta cueva, siento curiosidad por ver qué otras cosas hay ahí ocultas.
—A lo mejor uno de esos Brennan lo encontró en otra parte y luego lo dejó ahí. Este sitio parece haber sido usado como vertedero.
Cautamente, Kenlaw iluminó los cascotes amontonados bajo el saliente rocoso. Seguro de que no había serpientes a la vista, el arqueólogo fue introduciendo poco a poco su cuerpo corpulento en la abertura y bajó al suelo de la caverna. Brandon entró ágilmente tras él.
Estaban en una antecámara de tamaño considerable, oscura y con olor a encierro. La luz del día penetraba por la abertura, y un parche de negrura al fondo señalaba el lugar donde la caverna se estrechaba y penetraba más profundamente en la ladera de la montaña. Brandon se quitó las gafas de sol y echó un vistazo a la cámara: sus ojos de albino eran apropiados para ver mejor en la húmeda oscuridad.
Los restos de lo que había sido una destilería de licor clandestina todavía estaban esparcidos por el interior de la caverna. Hacía ya mucho tiempo que se habían llevado el serpentín de cobre y la caldera, así como todo objeto que tuviera algún valor. Barriles rotos, montículos de sacos podridos, amasijos de broza y leña, esculturas deformes de metal galvanizado. El suelo estaba cubierto de cristales y fragmentos de cerámica, que crujían bajo las suelas; las cenizas parecían un húmedo budín de pasas. Kenlaw dirigió hacia arriba el haz luminoso de la linterna, que sólo reveló la roca ennegrecida y unos cuantos murciélagos amodorrados.
—Un maldito vertedero de basuras —musitó con petulancia—. Puede que encontremos algo más al fondo.
El arqueólogo dirigió la luz hacia el fondo de la cámara. Un pasadizo se internaba más en la montaña, y la abertura estaba bloqueada a medias con piedras sueltas y más desperdicios. Kenlaw se abrió paso a través de esta barricada y entró en el estrecho túnel.
El pasadizo era demasiado angosto. Agacharon la cabeza y se pusieron de lado para evitar el contacto con la roca húmeda. Mientras avanzaban lentamente, Kenlaw examinaba con atención las paredes de la caverna. Brandon no veía nada indicativo de que aquel pozo hubiera sido abierto por herramientas humanas. Al cabo de un rato desapareció la luz del día a sus espaldas, y sólo pudieron orientarse por medio de las linternas. El olor a encierro se hizo más rancio, con una acrimonia de putrefacción animal, y Brandon se preguntó si no correrían el riesgo de penetrar en una capa de gases nocivos.
—¡Espere ahí! —le ordenó Kenlaw, que se había detenido bruscamente.
A pocos metros de sus pies el suelo del pasadizo desaparecía. Kenlaw se enjugó el sudor del rostro y contuvo el aliento mientras las linternas iluminaban el pozo que se había abierto de repente ante ellos.
—Debe de tener una altura de cuatro o cinco metros —calculó Kenlaw—. La caverna es lo bastante grande para contener el gimnasio de una escuela. El saliente sobre el que estamos desciende por esa línea de falla hasta el fondo. Podemos bajar, pero poniendo cuidado para no dar un paso en falso.
—¿Es respirable el aire? —preguntó Brandon.
—Por el olor parece bastante fresco —dijo Kenlaw.
Se sacó un arrugado paquete de tabaco del bolsillo y encendió un pitillo. La llama se extendió hacia la dirección por donde habían entrado. Dejó caer el cigarrillo por la abertura del pozo y observó el chisporroteo cuando chocó contra el suelo.
—Todavía arde —dijo el arqueólogo—. Voy a bajar.
—Menos mal que ahí abajo no había gas natural —musitó Brandon.
—Esto no es una mina de carbón, sino sólo otra caverna natural, puede estar seguro.
Apoyándose en la roca, fueron bajando poco a poco por la pronunciada pendiente. Aunque un escalador ágil podía efectuar el descenso sin necesidad de cuerda, el suelo era traicionero, y un paso en falso podía significar fácilmente una caída de cabeza en la oscuridad.
Estaban a medio camino cuando Kenlaw se detuvo para examinar la pared de roca.
—¿Ha encontrado algo?
Brandon dirigió la luz al objeto del escrutinio de Kenlaw, y vio una franja de piedra más clara que corría a lo largo del saliente.
—Voy a coger una muestra de estrato —explicó el arqueólogo, y se apresuró a romper un espécimen y guardarlo en uno de sus voluminosos bolsillos—. Tendré que examinarlo en el laboratorio…, estudiarlo en busca de señales de herramientas.
El suelo del pozo no parecía distinto al de la cámara a través de la que habían entrado en la caverna, salvo que carecía de desechos acumulados. El aire era fresco y bastante puro, aunque se percibía en la atmósfera los efluvios de un ámbito sin sol bajo las montañas.
—Vaya a saber cuándo estuvo alguien aquí por última vez —comentó Brandon, barriendo con la luz de su linterna el suelo desigual, sembrado de fragmentos de roca y detritus, con una pasta esponjosa de guano de murciélago y polvo.
Al cabo de algún tiempo, difícilmente se encontrarían huellas de pisadas.
—Imposible saberlo —dijo Kenlaw, y se agachó para recoger un puñado de grava que examinó a la luz de la linterna—. A veces los confederados trabajaban en sitios así, en busca de nitrato sódico. Es posible que Bard Warner bajara aquí, pero apuesto a que ese morrión lo encontró algún paleto en otro sitio y acabó tirándolo al vertedero.
—¿Son humanos estos huesos? —preguntó Brandon.
Kenlaw se metió la grava en un bolsillo de la chaqueta y gateó hasta el lugar donde Brandon estaba agachado. Había un montón de piedras contra la pared del pozo, al otro lado del lugar por donde habían descendido, y mezclados con los fragmentos de roca se veían unos huesos de aspecto muy frágil, como si estuvieran convirtiéndose en polvo. El arqueólogo extrajo un trozo de costilla, que se partió fácilmente en sus manos, mostrando su interior blancuzco al desmenuzarse.
—Muerto hace mucho tiempo —musitó Kenlaw, y apartó más piedras—. Quizá son de un indio.
—¿Entonces es un esqueleto humano?
—Supongo que este montón de piedras es la señal de un enterramiento, pero alguien cavó aquí y esparció los huesos. Estos huesos largos están todos aplastados.
—Tal vez lo mató un deslizamiento de piedras.
Kenlaw meneó la cabeza.
—Fíjese en cómo está partido este fémur. Más bien diría que algo rompió los huesos para comerse la médula.
—¿Un animal?
—¿Qué otra cosa podría haber sido?
De repente, Kenlaw se inclinó hacia adelante y hurgó en los detritus. Sus gruesos dedos se cerraron en torno a lo que parecía ser el borde de una piedra plana. Resoplando, tiró hacia atrás y arrancó una abollada lámina de hierro oxidado.
—¡Parte de un peto! ¡Qué me aspen si éste no es el esqueleto original con armadura! Écheme una mano para apartar las piedras restantes.
Juntos desmontaron el túmulo de piedras… Kenlaw jadeaba fuertemente mientras hacía a un lado las piedras y los fragmentos de hueso. El descubrimiento también había excitado a Brandon, pero pensó, con cierto remordimiento, en que aquélla no era manera de llevar a cabo una excavación cuidadosa. Sin embargo, Kenlaw continuó afanándose hasta que dejaron limpia una extensión de roca.
El arqueólogo se sentó sobre una piedra y encendió un cigarrillo.
—Esto no me dice gran cosa —se quejó—. Sólo huesos rotos y trozos de metal oxidado. ¿Qué hacía este hombre aquí? ¿Dónde estaban sus compañeros? ¿Quiénes eran? ¿Qué andaban buscando?
—¿No le basta haber descubierto la tumba de un conquistador?
—Eso no podré demostrarlo hasta haber hecho algunas pruebas —rezongó Kenlaw—. Podría haber sido un colono… Los petos se han usado en los ejércitos europeos hasta este siglo. O quizá sea un indio enterrado con algunas reliquias tribales.
—Aquí detrás hay otro pasadizo —dijo Brandon.
Había iluminado con su linterna las piedras desprendidas, en busca de más reliquias sepulcrales. Detrás del lugar que habían limpiado de piedras, un pasadizo perforaba la pared del pozo. Brandon apartó más piedras y la entrada del pasadizo fue formándose tras la cresta del montón de piedras.
Kenlaw se arrodilló y escudriñó el interior.
—Apenas es lo bastante alto para entrar a gatas —anunció—, pero tiene entre seis y nueve metros de longitud, y parece dar a otra cámara.
Brandon iluminó con la linterna los lados del pozo y luego el lugar donde estaban.
—No creo que esto sea un simple deslizamiento de piedras, sino que alguien las amontonó para tapiar la boca del túnel.
—Si no querían que la encontraran es porque debieron de encontrar algo que merecía la pena ocultar —concluyó el arqueólogo—. Echaré un vistazo. Usted espere aquí por si me quedo atascado.
Brandon empezó a señalar que él era menos voluminoso, pero Kenlaw ya se había internado en el túnel, y su grueso trasero bloqueaba la visión de Brandon mientras avanzaba, como un tejón viejo y gordo que se escabullía en una madriguera. Mantuvo la luz en el túnel; el otro, jadeando y forcejeando, logró llegar al extremo del pasadizo. Allí se detuvo un momento y dijo algo, pero su voz era demasiado baja y Brandon no le entendió.
Un momento después las piernas de Kenlaw dejaron de verse, y entonces su rostro enrojecido se movió bajo la luz de Brandon.
—Estoy en una cámara más o menos como la otra —le dijo—. Echaré un vistazo.
Brandon se sentó a esperar, impaciente. Consultó su reloj y le sorprendió comprobar que llevaban varias horas en la caverna. La luz de la linterna amarilleaba, y Brandon la apagó para ahorrar pilas, aunque llevaba otras de repuesto en sus bolsillos. La negrura era tan absoluta como en el interior de una tumba, excepto por algún destello ocasional cuando Kenlaw iluminaba la boca del túnel desde el pozo situado más allá. Brandon se acercó la mano al rostro y comprobó que podía distinguir vagamente su contorno. El albino siempre había sabido que podía ver en la oscuridad mejor que los demás, y esto le parecía una especie de compensación por el hecho de que la luz brillante atormentaba sus ojos rosados. Había leído que la hemeralopía no coincide necesariamente con un aumento de la visión nocturna, y el uso de un rifle con mira infrarroja le había hecho pensar si sus ojos no serían más receptivos de lo corriente al extremo infrarrojo del espectro.
Kenlaw no parecía tener prisa. Al principio Brandon había oído el agudo golpeteo de su piqueta de geólogo, pero ahora el silencio era absoluto. Encendió la linterna y consultó su reloj. Había transcurrido media hora.
—¿Doctor Kenlaw? —llamó, y repitió la llamada, en voz más alta, desde la entrada del pasadizo.
No hubo respuesta.
Menos inquieto que impaciente, Brandon penetró en el túnel y avanzó poco a poco por el angosto espacio, con la linterna encendida por delante. Era un hombre robusto y su cuerpo no se deslizaba con facilidad por la abertura, que en su punto más ancho no tendría sesenta centímetros cuadrados. Pensó que tenía suerte de no ser una de esas personas que padecen claustrofobia.
Hacia la mitad del túnel, Brandon se detuvo de súbito para estudiar sus paredes. No era ningún pasadizo natural; había marcas de herramientas en la piedra, y ahora ni siquiera Kenlaw podría dudar de ello. La regularidad del pasadizo ya le había parecido sospechosa. Por estrecho que fuera, le recordaba un pozo de mina, y volvió a pensar en la mención de los túneles interconectados en los pozos de Sink Hole que aparece en los Cuentos del abuelo, de Creecy.
El túnel daba a otra cámara muy parecida a la que acababa de abandonar. La distancia hasta el suelo era corta, y Brandon saltó desde el pozo. No había señales de la luz de Kenlaw. Permaneció un momento inmóvil, sin tenerlas todas consigo, y escudriñó a su alrededor a la luz de la linterna. Tal vez el arqueólogo había caído en un pozo oculto y se le había roto la linterna.
—¿Doctor Kenlaw? —llamó Brandon de nuevo.
Sólo le respondió el eco.
No, había otro sonido, transmitido por las rocas en el silencio subterráneo, un golpeteo agudo, el de la piqueta de geólogo de Kenlaw.
Brandon apagó la linterna. Transcurrió un momento mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, y entonces discernió un débil resplandor, sólo visible debido a la oscuridad absoluta. Brandon volvió a encender su linterna y se dirigió hacia aquel destello, que procedía de la entrada de otro pasadizo, abierto en la pared opuesta.
Examinó el pozo; ahora sabía lo que debía buscar, y creyó ver otros pasadizos semejantes, que perforaban la superficie rocosa en todos los niveles. Empezó a pensar que corrían un auténtico riesgo de perderse si eran capaces de internarse mucho más en aquellas cavernas. Decidió que lo mejor sería ir en busca de Kenlaw y seguir juntos en lo sucesivo.
El nuevo pozo era casi idéntico al anterior, aunque algo más estrecho, y Brandon se hizo algunos rasguños con sus bordes cuando gateaba hacia el sonido de la piqueta de Kenlaw.
El arqueólogo estaba tan embebido en su tarea que no percibió la presencia de Brandon, hasta que éste llegó al suelo del pozo y le saludó. Iluminado por la linterna, el rostro de Kenlaw tenía una expresión truculenta. La superficie rocosa que estaba golpeando devolvió un reflejo cristalino.
—Temía que le hubiera ocurrido algo —dijo Brandon mientras se aproximaba.
—Lo siento. Le llamé para decirle que seguía adelante, pero no debió de haberme oído. —Kenlaw recogió unos puñados de muestras de roca y los metió en los bolsillos ya abultados de su chaqueta de paracaidista—. Será mejor que salgamos de aquí antes de que nos perdamos. Reynolds debe de estar inquieto por nosotros.
—¿Qué es este lugar? ¡No me diga que todo esto se debe a una formación natural!
Brandon deslizó el haz luminoso a su alrededor. Más túneles diminutos horadaban los lados de aquel pozo. Examinó los fragmentos de roca que cubrían el suelo.
—Esto es una especie de mina, ¿verdad? Felicidades, doctor Kenlaw. ¡Ha encontrado de veras las minas perdidas de los antiguos! ¡Necesitará un equipo de espeleólogos para que exploren estos pozos si se adentran más en la montaña!
Kenlaw soltó una risa áspera.
—Supongo que serán las minas perdidas para la imaginación romántica, pero no para un experto. Ésta es una formación bastante corriente… Las corrientes subterráneas han forzado su camino a través de las fallas en la roca, cavando grandes cámaras allá donde encontraban una roca más blanda. Vamos, ya hemos perdido bastante tiempo aquí.
—¿Roca blanda? —Brandon se acercó a la superficie rocosa—. ¡Diablos, esto es cuarzo!
Se quedó mirando el dique de cuarzo donde Kenlaw había estado trabajando. Bajo el haz luminoso, la matriz cortada emitía destellos dorados.
—Dios mío —susurró.
Buenas palabras para una oración final, aunque Kenlaw probablemente no pensaba en ello. El súbito movimiento desde la oscuridad accionó algún reflejo instintivo. Brandon empezó a volverse, y la piqueta de geólogo sólo abrió un surco en su cuero cabelludo, en vez de hundirse en su cráneo.
El golpe sesgado fue suficiente, y Brandon se desplomó como si le hubieran derribado con un hacha. Kenlaw se agachó y alzó la piqueta para asestar el golpe de gracia.
Brandon estaba inconsciente, y el fulgor asesino en los ojos del arqueólogo cedió el paso a una expresión de astucia. El albino respiraba todavía, aunque el hueso al descubierto brillaba bajo el pelo empapado en sangre. Kenlaw hizo oscilar pensativamente la piqueta de geólogo.
—He de hacer que esto parezca un accidente —musitó—. No puedo correr el riesgo de que haya una investigación. Diles que sufriste una caída. ¡Condenado Brandon! ¡Tenía que entrar en el mismo momento en que descubrí por fin lo que andaba buscando! Esta maldita montaña está hecha de oro, y tengo que guardar el secreto hasta que pueda conseguir los derechos de minería.
Levantó una piedra… improvisando rápidamente, pues el ataque no había sido premeditado.
—Es una suerte que la piqueta sólo te haya hecho un rasguño. He de hacer que dé la impresión de que te has golpeado la cabeza contra las rocas. Pero no puede ser aquí… Este lugar debe permanecer en secreto. Ahí afuera, en el saledizo por donde bajamos primero… ahí es donde caíste. Volveré a bloquear la entrada del túnel. Todo lo que sabrán es que encontramos algunos huesos en una cueva, y sufriste una caída mortal cuando subías para salir.
Levantó la roca sobre la cabeza de Brandon, pero la arrojó a un lado.
—Diablos, puede que no te recuperes de ese golpe. Esto tiene que parecer lo más natural posible. Si no sospechan ahora, podrían sospechar más adelante. Te tiraré de cabeza desde el saledizo, y será un accidente natural.
Actuando con rapidez, Kenlaw ató una cuerda a los tobillos de Brandon, el cual respiraba ásperamente y tenía el pulso errático. Había sufrido una contusión, o quizá algo peor. Kenlaw volvió a considerar si sería mejor matarle de inmediato, pero le pareció improbable que el herido recobrara el conocimiento antes de que llegaran al saledizo. Un forense astuto podría ver la diferencia entre las heridas sufridas por una caída fatal y el traumatismo infligido a un cuerpo sin vida…, siempre lo hacían en los seriales de televisión.
Brandon era pesado, pero Kenlaw no carecía de fuerza a pesar de toda su grasa. Cogió la cuerda y arrastró el cuerpo inconsciente por el suelo de la caverna… Cualquier rasguño de poca monta sería atribuido a la caída. Se detuvo en la boca del túnel para desenrollar la cuerda: una vez en el otro extremo, podría tirar del herido inconsciente como si fuera un pescado unido a un sedal. Terminar el trabajo sólo le llevaría unos minutos.
El túnel parecía más angosto a medida que avanzaba. Los mineros debían de haber sido muy menudos, pero la gente era más pequeña siglos atrás. Además, los españoles, que casi con toda seguridad habrían utilizado mano de obra esclava para abrir aquellos pozos, no fueron hombres que dejaran engordar a sus esclavos.
Con creciente alarma, Kenlaw se dio cuenta de que el pasadizo era, en efecto, más estrecho. Por un momento tuvo la tentación de atribuirlo a claustrofobia, pero al llegar a una sección del túnel más estrecha, la fuerte presión sobre sus rollizos costados era innegable. El pánico susurraba en su cerebro, y entonces, de repente, comprendió. Se había llenado los amplios bolsillos de la chaqueta con muestras de roca y fragmentos de mineral extraídos del dique de cuarzo; por lo menos pesaba diez kilos más y era más voluminoso que cuando pasó por allí anteriormente.
Podría retroceder, pero así perdería tiempo. Brandon podía recuperarse, cabía la posibilidad de que Reynolds fuera en su busca. Apretando los dientes para soportar la presión sobre sus costillas. Kenlaw iluminó la parte del túnel que le faltaba por recorrer y obligó a su cuerpo a avanzar. Aquél era un lugar más angosto, y a partir de allí el camino sería más fácil. Contuvo el aliento y se contorsionó para avanzar uno o dos palmos más. Le dolían los costados, pero, aplicando toda su fuerza, recorrió otros treinta centímetros.
No pudo seguir más. Estaba atascado.
Le dolía el pecho y apenas tenía aliento para maldecir. Pensó que no debía ceder al pánico, sino retroceder, quitarse la chaqueta, empujarla delante de él e intentarlo de nuevo. Se esforzó para empujar su corpulencia hacia atrás. Los pliegues sueltos de su chaqueta de paracaidista se enrollaban al moverse hacia atrás, juntándose con los bolsillos repletos. Todavía más apretada contra el cuerpo y contra las paredes rocosas, la prenda cargada formó una cuña. Kenlaw empujó con más fuerza, apretando los dientes contra el dolor, pues los fragmentos de roca le punzaban el cuerpo.
No pudo moverse ni un solo centímetro, ni adelante ni hacia atrás.
Estaba atascado en medio del túnel.
Con todo, Kenlaw procuró mantener el pánico a raya. Le costaría algunos moratones y rasguños, sin duda, pero a su debido tiempo se liberaría. Ante todo, debía conservar la calma y tener paciencia. Unos milímetros adelante, unos milímetros hacia atrás… Requeriría su tiempo, pero se liberaría poco a poco, lograría quitarse la chaqueta o alisar sus pliegues amontonados. En el peor de los casos. Reynolds le encontraría e iría en busca de ayuda. Por entonces Brandon podría haber muerto, o no acordarse del golpe que le derribó; Kenlaw podría decir que sólo trataba de arrastrar a su compañero herido para ponerlo a salvo.
Se dio cuenta de que la luz de la linterna iba volviéndose mortecina.
Antes había tenido intención de cambiar las pilas; ahora los repuestos formaban parte del material que le tenía allí atrapado. No importaba, podía pasar perfectamente sin luz, ya no era un niño que se hace pipí de miedo en la oscuridad. Se rió trémulamente de su ocurrencia, pero la risa se extinguió en seguida.
La luz de la linterna disminuía con rapidez, pero el haz amarillento bastó para discernir los numerosos pares de ojos que le observaban desde la boca del túnel, unas formas apenas vislumbradas cuya audacia aumentaba a medida que se iba disipando la luz que les atemorizaba.
Y entonces Kenlaw fue presa del pánico.
VI.
El dolor palpitante en el cráneo era tan intenso que transcurrió algún tiempo antes de que Brandon se diera cuenta de que estaba consciente. Gradualmente, como quien despierta de un sueño profundo, comprendió que algo iba mal, que el dolor y el estado de confusión tenían un motivo. Un recuerdo escurridizo le hablaba en susurros de un ataque traicionero, de un golpe por la espalda…
Gimió al incorporarse con dificultad, incitado a la acción a medida que el recuerdo se iba haciendo más nítido. No podía mover las piernas, y al cabo de un momento de confusión se dio cuenta de que tenía atados los tobillos. Casi volvió a desvanecerse a causa del esfuerzo de inclinarse hacia adelante y tratar de desatar los nudos, y transcurrió más tiempo mientras trabajaba torpemente para liberar sus tobillos.
Su cerebro se negaba a funcionar claramente. Sabía que estaba a oscuras, que sólo podía ver vagamente, pero ignoraba dónde estaba la linterna, y estaba demasiado confuso para maravillarse de que sus ojos de albino se hubieran acomodado tan bien para proporcionarle una visión preternatural en una caverna sin luz. Recordó el ataque de Kenlaw y empezó a preguntarse adónde habría ido el arqueólogo; sólo comprendía de una manera inconexa los motivos tras las acciones de aquel hombre y las probables consecuencias de su propia situación penosa.
Por fin soltó los nudos y se concentró para encontrar un significado a todo aquello. Alguien le había atado los tobillos, pero ¿a qué lo había atado? Fue recuperando la cuerda hasta notar que estaba tensa, y entonces dio un tirón: la cuerda estaba fija, atada a alguna cosa situada en el otro extremo. Haciendo un gran esfuerzo, se puso en pie y avanzó tambaleándose hasta la superficie rocosa bajo la cual había yacido. La cuerda estaba atada a la pared. No, entraba en la pared, en el túnel. Estaba fija a algo que se encontraba en el interior del estrecho pasadizo.
Brandon se arrodilló y siguió la cuerda por aquel espacio. Recordó vagamente que aquél era el pozo por el que habían entrado… o así lo esperaba. Apenas había gateado un par de metros cuando sus dedos tropezaron con unas botas. Palpó y encontró ropas húmedas y unas piernas inmóviles, cuyo peso trababa la cuerda.
—¿Kenlaw? —dijo en una voz que ni él mismo reconocía.
Agitó los pies del hombre, pero no obtuvo ninguna respuesta. Apoyándose en las paredes del estrecho pasadizo, Brandon cogió los tobillos del otro y tiró hacia atrás. Por un momento hubo resistencia, pero luego el cuerpo laxo se deslizó bajo el tirón. Brandon salió del túnel arrastrando el cuerpo inmóvil del arqueólogo; la tarea no fue difícil, a pesar de que el golpe en el cráneo le había dejado mareado y débil.
Tras salir del pozo, descansó hasta que remitió la sensación de mareo. Kenlaw yacía donde le había dejado, todavía inmóvil. Brandon sólo podía ver el vago contorno del hombre, pero por vaga que fuera esa impresión, parecía haber algo extraño en la silueta. Se inclinó hacia adelante y pasó las manos por el rostro del arqueólogo, buscando el pulso.
Sus dedos encontraron una cálida humedad que se extendía sobre unas partes de dureza lisa y blandura viscosa, antes de deslizarse en las cuencas vacías de los ojos. La mayor parte de la carne en la cara y el torso de Kenlaw había sido separada del hueso.
Brandon se apoyó en la pared de la caverna, tratando de comprender. Su cerebro, embotado como el de un borracho, se esforzaba para pensar, pero el intenso dolor en el cráneo hacía que los pensamientos se desvanecieran cuando la comprensión parecía al alcance de la mano. Kenlaw estaba muerto, y él, Brandon, se hallaba malherido. Eso era todo lo que podía pensar, junto con el reconocimiento de que debía marcharse de aquel lugar.
Era preciso recorrer de nuevo el estrecho pozo donde Kenlaw había encontrado la muerte. La mente de Brandon estaba demasiado embotada para percibir todo el horror de lo ocurrido. Una vez más se arrastró por el túnel, avanzando centímetro a centímetro en la oscuridad. La roca estaba húmeda, y ahora sabía con qué clase de humedad, pero se obligó a seguir adelante.
Sus manos encontraron la linterna de Kenlaw. No se encendió cuando pulsó el interruptor, y entonces recordó las pilas de repuesto que tenía en los bolsillos. Se arrastró por el túnel hasta salir a la otra cámara y manoseó torpemente la linterna, hasta que la abrió y colocó pilas nuevas. Oprimió de nuevo el interruptor, sin resultado. Palpó el cristal y se hizo unos rasguños, pues estaba roto; la bombilla estaba aplastada y el metal mellado, y tenía adheridos mechones de pelo con grumos de sangre seca y restos de entrañas. Kenlaw había utilizado la linterna como una porra, y ahora servía para poco más. Brandon la arrojó al suelo con una maldición.
El esfuerzo había sido agotador, y Brandon pasó de la consciencia a la inconsciencia y de nuevo a la consciencia casi sin darse cuenta. Cuando recuperó la capacidad de pensar, tuvo que recordar nuevamente desde el principio cómo había llegado a aquel estado. Se preguntó cuánto tiempo habría pasado, consultó su reloj y descubrió que el brillo de la pantalla digital le hería los ojos.
El dolor palpitante parecía perforarle el cráneo, pero apretó los dientes, volvió a ponerse en pie y se apoyó en la pared del pozo. Si Olin, inquieto por su tardanza, entraba en la cueva, probablemente no encontraría el pasadizo que partía del primer pozo. Para conseguir ayuda. Brandon tendría que cruzar aquella caverna, arrastrarse por el pozo hasta el primer pozo, quizá trepar por el saledizo y salir al pasillo que conducía a la caverna exterior. En su estado, no habría sido fácil aun cuando hubiera tenido luz.
Brandon se registró los bolsillos sin verdaderas esperanzas. Como no era fumador, no solía llevar fósforos en los bolsillos, y ahora no los llevaba. Sus ojos parecían haberse acomodado a la ausencia de luz tanto como lo permitía su sensibilidad anormal. Era suficiente para discernir la forma de los objetos cercanos, como sombras contorneadas que se distinguían de la oscuridad profunda. Era poca cosa, pero preferible a la ceguera total. Permaneció de espaldas al túnel del que acababa de salir. El otro túnel parecía estar aproximadamente enfrente, y si andaba en línea recta debería llegar a la superficie rocosa bastante cerca de la abertura.
Empezó a cruzar la caverna con pasos cautelosos. El suelo era desigual, y no podía ver las piedras sueltas. Trató de recordar si la vez anterior había visto algún hoyo en aquella cámara. Si se caía y se rompía una pierna, se quedaría impotente allí dentro, y lentamente, a través de su cerebro confuso, se abría paso la estremecedora advertencia de que la muerte de Kenlaw no podía deberse a causas naturales. ¿Habría sido un oso? Se rumoreaba con insistencia que había pumas en aquellas montañas. Los gatos monteses, que abundaban en la zona, podían ser peligrosos en aquellas circunstancias. Brandon se concentró para andar en línea recta, como un borracho a quien la policía de tráfico detiene en la carretera y le ordena que camine en línea recta, esfuerzo que requiere toda su atención.
La pared opuesta se alzaba ante él… Brandon vio su forma más oscura un instante antes de tropezar con ella. Se apoyó un momento en la fría solidez, sintiendo las rodillas insensibles y presa de vértigo por el esfuerzo realizado. Cuando volvió a recuperarse, empezó a avanzar lentamente por la superficie rocosa, palpando en busca de una abertura en la pared del pozo.
Allí estaba…, un parche de oscuridad menos intensa se abría en la piedra. Ni siquiera se atrevió a considerar la posibilidad de que aquél no fuera el túnel oculto detrás del túmulo de piedras. Se concentró para poner a raya una vez más a la inconsciencia que amenazaba con sobrevenirle, y obligó a sus músculos a responder. Si salía por el otro extremo de aquel túnel, Olin podría encontrarle. Se agachó para iniciar el recorrido, y descubrió que la roca estaba recubierta por una viscosidad musgosa.
Avanzó poco a poco entre las paredes de roca húmeda. La sensación era ya demasiado familiar, y entonces sus dedos extendidos encontraron una bota de hombre, la bota de Kenlaw, el cuerpo del arqueólogo, delante de él, en el túnel.
Brandon estaba demasiado aturdido para sentir terror. Su mente torturada se esforzaba por comprender. El cuerpo de Kenlaw estaba tendido en la cámara más alejada, al otro lado del pasadizo por el que él había regresado. Y Brandon sabía distinguir a un hombre muerto cuando tropezaba con él. ¿Había dado la vuelta a la caverna, desandando el camino que había recorrido? ¿O acaso deliraba, y atormentaba a su cerebro lesionado una pesadilla recurrente?
Cogió los pies del cadáver y empezó a arrastrarlo hacia atrás, como había hecho antes, o creía haber hecho. Bruscamente, algo le arrebató las botas que sujetaba.
Cayó al suelo de bruces, y apretó el rostro contra la piedra para hacer retroceder las oleadas de vértigo y temor creciente. El cuerpo de Kenlaw desapareció en la oscuridad del túnel. ¿Hasta qué punto era grave la herida de su cabeza? ¿Acaso había imaginado que Kenlaw estaba muerto? ¿O no era Kenlaw quien se le había adelantado ahora en aquel pasadizo estrecho?
Contuvo una risa histérica. No podía ser Kenlaw. Al fin y al cabo, el arqueólogo estaba bien muerto. Era Olin Reynolds, o algún otro, que había ido en su busca.
—¡Aquí estoy! —logró gritar Brandon—. ¡Aquí dentro!
Tenía un sabor de sangre en los labios, y Brandon recordó la humedad que había notado al apretar el rostro contra el suelo de piedra. Era demasiado tarde para contener sus gritos.
Hubo nuevos movimientos en los dos extremos del túnel. Entonces su visión nocturna no fue precisamente una bendición, pues a Brandon le quedaba suficiente conciencia para saber que los rostros que le miraban desde el túnel no eran rostros humanos.
VII.
Olin Reynolds era un hombre paciente. La edad y su paso por la penitenciaría de Atlanta le habían enseñado a serlo. Cuando el sol estuvo alto, abrió una lata de salchichas de Viena y un paquete de galletas saladas y se puso a comer despacio, acompañando los bocados con unos tragos de whisky de garrafa. Después del almuerzo le entró sueño y se estiró en el asiento de la camioneta para echar una siesta.
Cuando despertó, el sol estaba bajo, y sus articulaciones protestaron cuando bajó de la cabina y se estiró. Brandon y Kenlaw ya deberían haber regresado, y empezó a sentirse inquieto. Como era un hombre paciente, se sentó en el estribo del vehículo, se fumó un par de pitillos y echó otro trago del frasco de whisky. Empezó a oscurecer, y Reynolds decidió que era el momento de hacer algo.
Tenía una linterna en la camioneta. Las pilas no eran nuevas, pero Reynolds la cogió y se dirigió a la entrada de la cueva. Se agachó y llamó varias veces, pero al no recibir ninguna respuesta, penetró con cautela en la caverna.
El haz de la linterna era débil, pero bastaba para ver que allí no había nada más que los restos de la destilería clandestina que estaba en funcionamiento la última vez que pisó aquel lugar. Reynolds no tenía deseos de investigar más con aquella luz incierta, pero la probabilidad de que los otros hubieran sufrido un accidente y no pudieran regresar era demasiado grande para ignorarla. Sin dejar de llamarles, avanzó nervioso por el pasadizo que partía del fondo de la antecámara.
Las pilas duraron lo suficiente para que Reynolds pudiera ver la súbita interrupción del suelo, antes de caer al vacío. Se acercó al borde cuanto pudo e iluminó el interior del pozo. El haz amarillento fue suficiente para revelar la forma de un hombre tendido sobre las piedras, bajo el saledizo. Reynolds había visto cadáveres bastante a menudo, y no esperaba ninguna respuesta cuando llamó de nuevo desde el borde del pozo.
Con tanta rapidez como le permitía la escasa luz de la linterna, el viejo desando sus pasos y salió a la oscuridad estrellada del claro. Rogando para que uno de los hombres hubiera sobrevivido a la caída, puso el vehículo en marcha y fue en busca de ayuda.
Como la zona era remota, hasta bien entrada la noche no llegó al claro delante de la caverna el equipo de rescate en vehículos todo terreno. Los hombres, con linternas y material de emergencia, entraron en la cueva y bajaron al pozo, donde encontraron el cuerpo descoyuntado del doctor Morris Kenlaw, extrañamente mutilado, como si las ratas se hubieran cebado en él tras su caída mortal. Pusieron el cadáver en una camilla y siguieron buscando a su compañero.
No encontraron a Eric Brandon por ninguna parte.
Registraron la caverna, el pasadizo y el pozo de un extremo a otro. Encontraron los restos de un viejo alambique y el cuerpo de Kenlaw dentro del pozo… Eso fue todo. Más tarde, cuando bajaron más hombres provistos de linternas, alguno sugirió la posibilidad de que un deslizamiento de piedras contra una de las paredes del pozo fuese reciente, pero después de buscar durante un rato, resultó evidente que debajo sólo había la roca desnuda.
Por la mañana se había difundido la noticia del misterio: un hombre muerto y otro desaparecido. Los periodistas locales visitaron el escenario del suceso, tomaron fotografías, entrevistaron a la gente. Los buscadores de curiosidades intervinieron en la investigación. El día fue avanzando y seguía sin haber ninguna señal de Brandon. Por entonces el FBI había enviado algunos hombres a la zona, que se sumaron a los agentes del sheriff local… No era que sospechasen algún juego sucio, pero un hombre había muerto asesinado y su compañero había desaparecido, y como era evidente que Brandon no se encontraba dentro de la caverna, el misterio se centraba en su desaparición y en los motivos de la misma.
Se hicieron muchas conjeturas. Un oso había atacado a los dos hombres y se había llevado a rastras el cuerpo de Brandon. Éste había resultado herido y habría salido arrastrándose de la caverna, después de que Olin Reynolds se marchara, en busca de ayuda; luego perdió el sentido, o se extravió en el bosque, o alguna herida en la cabeza le hizo perder el juicio. Algunos sugirieron que la muerte de Kenlaw no había sido accidental, aunque no adujeron ningún motivo, y que Brandon huyó presa del pánico mientras Reynolds dormía. Registraron la montaña, y el registro se repitió con más minuciosidad al día siguiente. Llevaron perros, pero por entonces ya había estado allí demasiada gente y las huellas se confundían.
No se descubrió el menor rastro del hombre desaparecido.
Fue necesario informar a la familia o los allegados de Brandon, y esto no hizo más que ampliar el misterio. Brandon no parecía tener parientes, pero él mismo había dicho que era huérfano. En el edificio de Nueva York donde vivía era casi un desconocido; el casero sólo podía decir que pagaba el alquiler de su piso con puntualidad, y a menudo por correo, puesto que, al parecer, viajaba mucho. En la universidad en la que había dicho que preparaba su doctorado no constaba ningún estudiante llamado Eric Brandon, y nadie podía recordar si el albino había mencionado alguna vez quién subvencionaba su investigación folklórica.
La necesidad de saber algo definitivo sobre el hombre que había desaparecido, hizo que los investigadores examinaran las pocas posesiones y efectos personales en la cabaña de Brandon. No encontraron nombres ni direcciones con los que fuera posible relacionarle…, nada excepto numerosas obras de referencia y abundantes notas que le revelaban como un estudioso realmente serio del folklore regional. Allí estaba su rifle y una pistola, una Walther PPK en .380 ACP, cosa que todavía no llamaba la atención (la Walther era un arma de antes de la guerra y su número de serie no figura en el listado norteamericano), hasta que alguien forzó el cierre de un maletín y descubrió un Colt Woodsman. El hecho de que esa pistola del calibre 22 incorporase un silenciador interesó a los agentes y, después de investigar las huellas dactilares, interesaron todavía más al FBI.
—Estas armas se fabricaron para el servicio de inteligencia militar —explicó el agente del FBI, señalando el Colt semiautomático con su voluminoso silenciador—. Algunas todavía están en uso, aunque ahora es más corriente el Hi-Standard HD. No hay manera de saber cómo acabó esa pistola en manos de Brandon… Naturalmente, es ilegal para un ciudadano particular poseer cualquier tipo de silenciador. En manos de un buen tirador, es un arma asesina perfecta… Prácticamente no hace ningún ruido, y unos cuantos disparos del calibre 22 en el lugar apropiado pueden acabar con cualquiera.
—¡Eric no habría matado a nadie! —protestó Ginger Warner airada.
El agente del FBI le recordaba a un vendedor de biblias demasiado atildado, y le molestaba la arrogancia con que aquel hombre y los demás agentes se habían apropiado de las pertenencias de Brandon.
—Eso suele ocurrir con esos tipos sociópatas —siguió diciendo el agente—. Parecen personas del todo normales, pero eso no es más que una máscara. Haremos un examen balístico de este arma y veremos si figura en nuestros archivos. Probablemente no encontraremos nada, porque ese hombre era muy listo y no tenía antecedentes. Lo que hay ahora en su contra es puramente circunstancial, y si damos con él no creo que podamos achacarle algo más que violación de las leyes sobre tenencia de armas de fuego. Pero si sumamos los datos que poseemos, y que de poco servirían ante un tribunal, su inquilino parece una de las figuras principales en el negocio de los asesinos a sueldo.
—¡Brandon… un asesino a sueldo! —exclamó Dell Warner en tono burlón.
—Brandon no es su nombre verdadero —siguió diciendo el agente— y es probable que tenga también otras identidades. Investigamos sus huellas dactilares, y fue bastante laborioso, pero finalmente le identificamos. Se llamaba Ricky Brennan cuando, de pequeño, ingresó en un orfelinato de Nueva York. Era hijo de padre desconocido y de una tal Laurie Brennan, fallecida. Por cierto, parece ser que la madre procedía de esta zona…, quizá por eso nuestro hombre regresó aquí. En su adolescencia se metió en algunos líos, se peleó con otros muchachos en el orfelinato. Uno de ellos murió con el cuello roto, pero como los otros habían atacado a Brennan, no se le acusó, pero ese incidente nos permitió disponer de sus huellas…, gracias a un error institucional, porque olvidaron destruir su ficha juvenil. Le trasladaron a otro centro, donde podían hacerse cargo de tipos como él. Poco después, Brennan se escapó, y ya no se tienen de él más datos oficiales.
—¿Entonces cómo puede decir que Eric es un asesino a sueldo? —preguntó Ginger—. ¡No tiene ninguna prueba! Usted mismo se ha inventado eso.
—He dicho que no tengo ninguna prueba que sirviera ante un tribunal —admitió el agente—, pero desde hace tiempo tenemos noticia de un asesino a sueldo altamente remunerado a quien le gusta usar un rifle de gran potencia, como éste. —Alzó el rifle de Brandon—. Esto es un Winchester del modelo 70 con la cámara adaptada para el calibre 220 rápido. Se trata del cartucho cargado comercialmente más rápido que existe. Dispara una bala especial a una velocidad de 1200 metros por segundo, con una trayectoria absolutamente plana. Al reconstruir algunos de los golpes de nuestro hombre, hemos observado que ha llegado a hacer blanco en la cabeza de su víctima a una distancia de unos trescientos metros. La bala prácticamente estalla con el impacto, por lo que no queda nada para que pueda trabajar el departamento de balística.
»Sin embargo, no es corriente que un asesino a sueldo utilice un arma como ésta, y por eso empezamos a pensar en Brandon. Requiere un tirador de primera, y con la fuerza suficiente para manejar un arma tan potente. Miren, el 220 tiene una potencia excesiva. Al principio el cartucho quemaba los viejos cañones de acero niquelado, y se dice que la bala se desintegra si tropieza con una ráfaga de aire turbulento. El 220 rápido puede tener una velocidad fantástica, pero también tiene una tendencia a autodestruirse.
—Eric lo usaba para matar alimañas —arguyó Dell—. Es un cartucho popular para eso, junto con otros muchos calibres pequeños de alta velocidad. Y en cuanto a ese Colt con silenciador, Eric no es la primera persona que posee un arma considerada ilegal.
—Como he dicho, no podemos acusarle de nada… todavía. Sólo tenemos piezas sueltas de un rompecabezas, pero ya irán apareciendo otras piezas, porque no les quepa duda de que hay más de lo que les he dicho, y descubriremos muchas más cosas cuando encontremos a Brandon. Es posible que matara a Kenlaw, el cual podría haber averiguado algo sobre él… Luego sintió pánico y huyó.
—Parece una actitud bastante torpe para un asesino profesional —comentó Dell.
El agente frunció el ceño, pero en seguida volvió a mostrar su cortesía oficial. Aquellos palurdos montañeses nunca fueron famosos por su colaboración con los agentes federales.
—Descubriremos lo que ocurrió cuando encontremos a Brandon.
—Si le encuentran.
VIII.
Brandon tenía la sensación de que giraba en un delirio empañado por el dolor, un vértigo interminable en el que se aferraba a fragmentos de sueño, como un hombre atrapado en un remolino que es arrojado contra los restos flotantes de su barco. En algunos escasos momentos recobraba la conciencia lo suficiente para preguntarse si ciertas partes de los sueños serían realidad.
Con frecuencia soñaba en unas cavernas ilimitadas bajo las montañas, cavernas por donde le llevaban unas figuras enanas que apenas vislumbraba. En ocasiones Kenlaw estaba con él en aquel laberinto de túneles, se arrastraba tras él, su rostro desollado convertido en una máscara de horror, blandiendo una piqueta de geólogo ensangrentada en mano esquelética.