Horror 3
Rápido 220 » IX.
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Otras veces Brandon tenía la sensación de que sus sueños eran visiones del pasado, visiones que sólo podían haberse originado en su estudio obsesivo del folklore de aquella región. Veía las montañas en un pasado remoto, cuando el bosque ilimitado no había recibido la mordedura de hierro y el aliento emponzoñado de la civilización blanca. Unos salvajes de color cobrizo llegaron a las montañas y se encontraron con una raza de seres diminutos de piel blanca que buscaron refugio en las cavernas ocultas. Los indios temían a aquel pueblo de enanos, cuyos orígenes estaban más allá de los misterios de sus leyendas más antiguas, y por ello crearon nuevas leyendas para explicarlos.
Con las sucesivas migraciones de indios a través de las montañas, aquel pueblo de seres diminutos permaneció generalmente en paz, pues dominaban ciertas artes incomprensibles para los pieles rojas, quienes los consideraban como un pueblo de espíritus, y se conducían con secreto y cautela.
Llegó entonces una nueva raza de hombres, de piel blanca bronceada por el sol, los rostros barbados, el cuerpo encajado en acero bruñido. Los conquistadores esclavizaron al pequeño pueblo de las montañas como habían esclavizado a las razas del sur, les torturaron para aprender los secretos de sus cuevas debajo de las montañas, les obligaron a extraer el oro de profundos pozos cavados en la tierra. Seguía entonces, en el sueño de Brandon, una terrible carnicería, cuando los seres diminutos salieron de sus túneles con una fuerza inesperada, para atrapar a sus amos en los pozos y hacer que los supervivientes huyeran despavoridos.
Después comenzó la oleada de los colonos blancos, que jamás retrocedió: primero expulsaron de allí a los pieles rojas, y luego la caza. El pueblo de seres diminutos recordó a los conquistadores y se retiró más profundamente en sus cavernas ocultas. Odiaban al hombre blanco, sus armas y sus asentamientos.
Pocas veces se atrevían a salir al mundo exterior, y sólo lo hacían de noche. En lo más profundo de las montañas, hallaban su sustento en los ríos subterráneos, ciertos hongos, algunas criaturas subterráneas y las presas que podían cazar en la superficie en noches sin estrellas. Con el paso de las generaciones, la raza fue retrocediendo más y más hacia un salvajismo primigenio, olvidando sus antiguos conocimientos. Su estatura se redujo todavía más, adoptaron una forma de simio y el embrutecimiento de su rostro fue paralelo a la regresión de su alma; su carne y su pelo adquirieron la palidez cadavérica de unas criaturas que viven en la oscuridad eterna, pero la visión y el oído se adaptaron a su existencia subterránea.
Odiaban a la nueva raza de hombres que se habían apoderado de sus antiguos dominios. Una y otra vez Brandon soñaba con sigilosas emboscadas y la matanza de quienes penetraban en su mundo oculto, de quienes caminaban por los senderos de montaña en noches en que las nubes oscurecían las estrellas. Veía niños arrebatados de sus cunas, mujeres atacadas en lugares solitarios. En su mayor parte, eran pesadillas de siglos anteriores, aunque había un sueño recurrente en el que una muchacha de expresión insulsa se entregaba voluntariamente a la lujuria de los pequeños seres, hasta que la llegada de hombres provistos de linternas y escopetas los disperso.
Todos éstos eran sueños que Brandon podía comprender a través de su delirio comatoso, pero había otras visiones que desafiaban su comprensión.
Ciudades fantásticas giraban y se derrumbaban mientras la tierra se abría, alzando nuevas montañas hacia los cielos llameantes, abriendo vastas simas que se tragaban los ríos y los expulsaban convertidos en vapor estruendoso. Océanos de fuego reducían los continentes a mares de plomo fundido, en los que los fragmentos carbonizados de un mundo giraban frenéticamente con las mareas y los torbellinos caóticos, hendidos por tremendos rayos de pura energía que descendían y se extendían como telarañas de fuego desde el orbe ciclópeo del cielo.
En el interior de la tierra, el infierno desatado en la lejana superficie sacudía y arruinaba las ciudades fortificadas. Los supervivientes salían arrastrándose de entre las ruinas, tratando de poner a salvo algunas maravillas de la era que se había extinguido, dejándoles exiliados en un mundo extraño. La oscuridad y la vida salvaje les habían despojado de sus ideales, a medida que los habitantes monstruosos de profundidades todavía mayores les hacían salir de sus ciudades sepultadas y ascender a través de las cavernas que se abrían a una superficie desconocida. En las salas silenciosas, cuya grandeza de otro tiempo se había desvanecido, unas formas de pesadilla se arrastraban como gusanos, mientras que el conocimiento de aquélla era divina era un recuerdo difuso para los descendientes degenerados de los que habían huido.
Brandon no podía saber cuánto duraron los sueños. La disminución del dolor en el cráneo fue lo que le convenció, finalmente, de que había pasado del sueño a la realidad, aunque era una realidad tan extraña como el delirio.
Yacía en el suelo, rodeado por los pequeños seres, tantos que no podía conjeturar su número. Tenían un cuerpo enano, pero sin la desproporción entre el torso y las extremidades que caracteriza a los enanos humanos. El fino pelaje blanco sobre su piel rosada se combinaba para darles un aspecto parecido al del lémur. Brandon pensó en elfos y en niños salvajes, pero sus rostros eran de demonio, con narices anchas y mandíbulas sobresalientes y provistas de colmillos, que eran casi hocicos. En los ojos demasiado grandes, de pupilas rojas, brillaba la inteligencia maligna de un ángel caído.
Parecían reverenciar a Brandon. Éste se irguió lentamente, apoyándose en un brazo, mareado por el esfuerzo. Vio que yacía sobre un camastro de musgo seco y pieles rudamente curtidas, y que su cuerpo desnudo parecía haber enflaquecido a causa de una fiebre prolongada. Se tocó la herida de la cabeza y notó una costra antigua y una cicatriz nueva. A su lado había unos cuencos que podrían haber sido moldeados por manos humanas…, o por otras manos: contenían agua y lo que parecía caldo o un emoliente.
Brandon miró el vasto círculo de ojos, perplejo de que pudiera verlos en aquella oscuridad. Su primer pensamiento fue que debía de haber un haz de luz mortecina en alguna parte. Luego se preguntó por qué aquellas criaturas le habían perdonado la vida, y pensó que, como era albino, le habían aceptado por error como uno de los suyos. En lo último estaba más cerca de la verdad que en lo primero.
Entonces, lentamente, a medida que su conciencia despertaba e iba asimilando todo lo que ahora sabía, Brandon comprendió la verdad. Y al comprender por fin, supo quién era y por qué.
IX.
Aquella noche la luna era una hoz delgada, pero Ginger Warner, que se sentía intranquila, se puso una bata y salió sigilosamente de la casa.
Había noches en las que no podía dormir, aunque tales insomnios estaban cada vez más espaciados. El paseo parecía servirle de ayuda, pero había prescindido de esas salidas nocturnas durante algún tiempo, al notar que la seguían. Resultó que su inoportuna escolta era un agente federal —creyeron que les conduciría al escondite de su amante— y la cólera posterior de Ginger fue peor que su temor momentáneo. Pero al final los hombres del FBI decidieron que esa pista no conducía a ninguna parte y dejaron de investigar la desaparición de un asesino a sueldo sospechoso.
La suave brisa otoñal le hizo estremecerse bajo su bata. Deseaba la compañía de «Dan», pero su hermano se había llevado el sabueso a cazar osos durante el fin de semana. El viento soplaba entre los árboles y el susurro de las hojas muertas impedía a Ginger oír sus propias pisadas.
Sólo la familiaridad del tono le permitió ahogar un grito cuando alguien la llamó por su nombre desde la oscuridad, delante de ella.
Ginger entrecerró los ojos, y deseó haber llevado consigo una linterna.
—¿Eric? —musitó vacilante.
Entonces él salió de entre las sombras de un afloramiento rocoso sobre el sendero, y Ginger corrió a sus brazos. Sólo concedió un instante para un beso antes de decirle con voz entrecortada:
—¡Eric, has de tener cuidado! ¡La policía y el FBI han estado buscándote todo el verano! ¡Creen que eres un criminal!
Hizo una pausa para respirar y entonces le observó más atentamente.
—¿Dónde has estado. Eric? ¿Qué te ha ocurrido?
Sólo la cálida presión de sus brazos le mostraba que Brandon no era un fantasma en un sueño. El viento agitaba el largo cabello y la barba blancos, y la luz de la luna era suficiente para revelar la cicatriz que le cruzaba el cuero cabelludo. Iba sin camisa, y sus únicas prendas eran unos desgastados pantalones tejanos y unas viejas botas. Bajo la piel los músculos sobresalían en tensas masas carentes de acolchamiento carnoso. De su cuello colgaba un curioso amuleto de oro, y llevaba al cinto una espada de conquistador.
—He estado andando por la tierra, arriba y abajo —le dijo—. ¿Entonces ha terminado el verano? No me había parecido tan largo. Me pregunto si el tiempo tiene un ritmo diferente ahí abajo.
Sus palabras y su tono impulsaron a Ginger a escudriñarle de nuevo.
—¿Eric? ¡Dios mío, Eric! ¿Qué te ha ocurrido?
—He encontrado a los míos —le dijo Brandon, con una risa que estremeció a la muchacha—. Pero también me sentía solitario entre ellos, por lo que regresé. Sabía que debía de haber algún pasadizo hasta tu tierra, y no tardé mucho en encontrarlo.
—¿Has estado oculto en unas cuevas? —inquirió Ginger, perpleja.
—No me escondí. ¡Ellos me reconocieron por lo que soy! ¿No comprendes? Han olvidado muchas cosas con el paso de los siglos, pero no han perdido por completo su antigua sabiduría. ¡Aún no son del todo unas bestias!
Ginger contempló la cicatriz en la cabeza y recordó que debía de haber deambulado por algún sistema desconocido de cavernas durante muchas semanas, solo en la oscuridad.
—Eric —le dijo con suavidad—. Sé que has sido herido y que has estado solo largo tiempo. Ahora quiero que regreses conmigo a casa. Es preciso que un médico examine tu herida en la cabeza.
Brandon sonrió.
—Sé que debe de parecerte muy extraño. Yo mismo a veces me pregunto si todo esto no formará parte de mis sueños. Ahí abajo hay oro, más oro del que los conquistadores pudieron soñar jamás, y estas montañas atesoran innumerables piedras preciosas. Pero hay un tesoro mucho mayor que ése. Hay una civilización perdida sepultada a mucha profundidad, y sus ruinas están guardadas por unos entes que trascienden cualquier visión apocalíptica de los demonios del infierno. Han transcurrido siglos desde que alguno de los míos se atrevió a entrar en las fortalezas ocultas…, pero yo me he atrevido a hacerlo, y he regresado.
Ginger apretó los labios y trató de recordar todo lo que había aprendido en el curso de psicología el año anterior.
—Eric, no te preocupes por lo que dije antes acerca de la policía. Saben que no eres culpable de la muerte del doctor Kenlaw, y admitieron que no tenían ninguna prueba contra ti.
Confió en que todo esto fuese cierto. Era mejor que Eric volviera en sí y que un buen abogado se ocupara de su caso, que permitirle volver a vagabundear de nuevo en su estado. En el centro de Morganton había buenos médicos que le ayudarían a reponerse.
—¿Volver? —dijo Brandon, y su rostro adquirió de pronto una expresión satánica—. ¿Me harías volver al mundo de los hombres para que me encierren en una celda? ¡Prefiero ser el jefe en el infierno!
Ginger no se unió a su risa cuando hizo esta alusión. Se oían suaves susurros entre las hojas, a lo largo del sendero, y la brisa había cesado.
Gritó cuando vio sus rostros, y se apretó instintivamente contra Brandon, buscando protección.
—No temas —le dijo en tono consolador, abrazándola con fuerza—. Ésa es mi gente. Han retrocedido mucho, pero puedo hacerles volver por el camino de su antigua grandeza. Nuestro pueblo —corrigió Brandon—, Perséfone.