Horror 3

Horror 3


Cortes de tela

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Cortes de tela

RAMSEY CAMPBELL

Ramsey Campbell nació en 1946 y siempre ha vivido en Merseyside. Haraganeó durante cuatro años como empleado de la Hacienda pública, y se pasó otros siete en la biblioteca pública de Liverpool, en 1973 decidió correr el riesgo de dedicarse por entero a la literatura, con la ayuda inapreciable de su esposa. Entre sus influencias figuran Lovecraft, M. R. James, Leiber, Bloch, Aickman, Nabokov, Graham Greene, Alain Resnais, Hitchcock y las películas de horror. Ha escrito varias novelas: The Doll who ate his Mother (de la que un crítico escribió: «Gracias a Dios, esta repugnante cacería de una persona es pura ficción»), The Face must Die, The Parasite, The Nameless Incarnate y Obsession. Sus relatos cortos están recogidos en Demons by Daylight, The Height of the Scream, Dark Companions y Cold Print, y ha sido supervisor de las publicaciones Superhorror y New Tales of Cthulhu Mythos. Ha recibido varios premios por sus relatos, y es presidente de la British Fantasy Society.

La mayor parte de los temores, si no todos ellos, comienzan en los primeros años de la vida, y muchos tienen una base sexual. Aunque este relato no es autobiográfico, parece como si lo fuera.

No sé cuántas veces habría pasado ante el extremo del sendero sin verlo. Cuando caminaba en dirección a Keswick, siempre miraba las colinas lejanas, a las que campos, extensiones de aulagas y bosques parecían cubrir de musgo. En los días nublados las sombras se deslizaban sobre las colinas, y cuando alguien subía a una cresta parecía como si pudiera sujetarse con una mano en las nubes. En los días claros me maravillaba la multitud de tonalidades verdes y amarillas, un espectro en sí mismas, y no reparaba en nada más.

Pero aquél era un día encapotado. El paisaje parecía polvoriento, como cubierto por el polvo que levantaban los camiones en los senderos rurales. Podría haberme quedado en casa, pero mi tía Naomi estaba haciendo pruebas, y ver a la gente dando vueltas como modelos inexpertos ante el espejo hacía que me sintiera fuera de lugar. Ya había hecho todo lo que se podía hacer en Keswick —juegos de «golf loco», remar en el lago o pasear por sus orillas y por las estrechas calles del pueblo, atestadas de coches y gente cargada con mochilas— y ni siquiera me apetecía subir a una colina y gozar del panorama de los lagos.

Si no hubiera mirado dónde pisaba, no habría visto el sendero. Partía del camino, a unos dos kilómetros de Keswick, a través de una brecha en el seto, y cruzaba un campo invadido por la hierba y las flores silvestres. La soledad me atraía, y me estrujé para pasar por la brecha, que apenas era lo bastante grande para permitir el paso de una oveja.

En cuanto eché a andar por el sendero noté un soplo de brisa, y eso me animó. Los camiones casi me habían ensordecido, la luz mugrienta y las nubes de polvo me habían hecho sentirme sucio. Aunque la hierba me llegaba hasta la cintura, eché a andar, decidido a seguir el sendero.

La hierba ocultaba su trazo serpenteante, pero logré seguirlo hasta el extremo del campo, donde descubrí que terminaba. Miré a mi alrededor, cegado por el verde llameante. Unos saltamontes elusivos chirriaban con la regularidad de timbrazos telefónicos. Finalmente me acerque al extremo donde el campo se encontraba con otros dos. Allí el camino se deslizaba a través del seto, y era casi invisible. ¿Sería intencionada aquella dificultad de seguirlo?

Más allá del seto, el sendero pasaba cerca de un estanque, cuya superficie era tan verde como los campos. Me deslicé hasta el borde. Una libélula, con las alas como láminas de cristal coloreado, rozó ligeramente la superficie. La brisa me animaba a seguir por el sendero, hasta que llegué a lo que me pareció el borde del campo, pero que resultó ser una hondonada de unos cuatro metros de profundidad.

No se trataba de un valle, aunque el suelo de piedra se alzaba hacia un hoyo oscuro cubierto de hierba, en cuyos bordes había una masa de aulagas y maleza; las aulagas ocultaban un montículo verdeoscuro en el extremo más alejado. Si la brisa no me hubiera impulsado, no me habría acercado lo suficiente para ver que el montículo era una casa.

Apenas era mayor que una habitación normal. El musgo había difuminado sus contornos, de tal manera que las paredes parecían los bancales de la hondonada; era imposible decir dónde terminaba el tejado y dónde comenzaban las paredes. Distinguí una ventana y sentí deseos de mirar al interior. La brisa me incitaba a avanzar, me acariciaba y tranquilizaba, y vi el lugar donde el sendero conducía a la casa.

Apenas empecé a descender por el borde, la brisa se volvió fría. ¿Era la humedad, que se alzaba desde la hendidura en la tierra? La hendidura era más estrecha de lo que había parecido, y ése debía de ser el motivo por el que de repente me encontré mucho más cerca de la casa, quizá lo suficiente para comprender que aquella vivienda era una ruina, devorada por el musgo; quizá eso era lo que podía oler. Dentro de la casa una luz se aproximaba lentamente a la ventana, una luz pálida, como si la alimentara gas de ciénaga, pálida como el rostro que apareció tras ella.

Había alguien allí dentro, y yo estaba invadiendo su propiedad. Cuando intenté salir de la hondonada, mis pies resbalaron en el sendero; la brisa era como un cojín enorme, una blandura que me empujaba hacia atrás. Aferrándome a las aulagas, me abrí paso hasta el borde. No me siguió nadie, y cuando pasé corriendo por el lado del estanque, ya no pude distinguir la hendidura en la tierra.

No mencioné el incidente a mi tía. Aunque insistía en que la llamara por su nombre, y me permitía estar levantado hasta mucho más tarde que mis padres, me pareció que aquello no le gustaría. No quería que ella pensara que seguía siendo un niño. Si no hubiera dejado de reflexionar en ello, quizá me habría dado cuenta de que me sentía más culpable de lo que el incidente merecía. Al fin y al cabo, yo no había hecho nada.

No pasó mucho tiempo antes de que mi tía abordara el tema. Una noche estábamos sentados, saboreando un poco más del vino que habíamos tomado con la cena, algo que mis padres habrían desaprobado de haberlo sabido. Un poco achispado, comenté lo agradable que había sido la cena, y de improviso mi voz cayó una octava, cosa que me consternó, aunque procuré ocultarlo con una risa.

—Te estás haciendo mayor —me dijo, y como si eso le hubiera recordado algo, añadió—: A ver qué te parece esto.

De un cajón sacó dos vestiditos infantiles, muy bien cortados. Una de sus clientas se los había llevado para que los reformara, acompañada de sus dos hijas pequeñas, las cuales, al verme, se cogieron de las manos y soltaron una risita tonta.

La tía Naomi me dio los vestidos.

—Míralos con atención.

Me sentí inquieto al tocar aquella tela. En mi regazo los vestidos parecían extrañamente diminutos. El tejido presentaba unas hebras de un gris diferente, y por alguna oscura razón no sentía deseos de tocarlas.

—Ya sé lo que te ocurre —me dijo mi tía—. Es la tela.

—¿Qué tiene de raro?

—Las hebras de color gris más claro… Creo que son de pelo.

Me apresuré a devolverle los vestidos, cogiéndolos por un extremo de los hombros.

—Los hizo la vieja Fanny Cave —me dijo, como si eso lo explicara todo.

—¿Quién es Fanny Cave?

—Quizá no sea más que una vieja que no anda muy bien de la cabeza. No puedo dar crédito a algunas de las cosas que se cuentan de ella, pero la verdad es que no me inspira ninguna confianza.

Debí de parecer intrigado, pues mi tía añadió:

—No es más que una vieja desagradable, Peter. Sigue mi consejo y no te acerques a ella.

—No puedo acercarme a ella si no sé dónde vive —repliqué astutamente.

—Vive en un hoyo, cerca de un estanque… Eso es lo que me han dicho. Ni siquiera se ve desde el camino, por lo que no te molestes en buscarlo.

Ella confundió con asentimiento mi repentino nerviosismo.

—Ojalá la señora Gibson no hubiera aceptado esos vestidos —dijo en tono meditativo—. No fue capaz de rechazarlos, después de todo el trabajo que se había tomado Fanny Cave. Pero las niñas se sentían incómodas con esas prendas. Voy a decirle que el material no es bueno para su piel.

Me habría gustado tener más posibilidades de decidir si quería confesarle que había estado cerca de Fanny Cave, pero me sentía demasiado culpable para insistir en el asunto o incluso mostrar demasiado interés por la vieja. Dos días después tuve ocasión de verla.

Haraganeaba por la casa, procurando no cruzarme con mi tía. En la planta baja no me sentía cómodo; su máquina de coser traqueteaba en el comedor, junto a la mesa sobre la que estaban extendidos los patrones, y en el salón estaban los maniquíes, esperando ropas o miembros. Desde la ventana de mi dormitorio contemplaba la lluvia que convertía los campos en lodazales y disolvía las colinas en masas de niebla. Me alegré cuando oí sonar el timbre de la puerta; por lo menos tenía algo que hacer.

En cuanto abrí la puerta, la anciana entró en la casa sin preámbulos. Pensé que estaba impaciente por encontrar refugio, pues sólo llevaba un vestido gris, algunas de cuyas partes brillaban a causa de la lluvia…, ¿o acaso eran motivos de un gris distinto, alguna clase de símbolos? Los miré de soslayo, tratando de discernir qué eran, antes de mirar el rostro de la anciana.

Era muy alta, y el cabello gris le llegaba hasta la cintura. El rostro curtido era demasiado pequeño para su cuerpo. Cuando se agachó, escrutándome a través de las hebras grises como si yo fuera una mercancía, pensé en un roedor que mira desde su madriguera.

Entró en el comedor y le dijo a mi tía:

—Has estado diciendo cosas sobre mí. Les has dicho que no lleven mis vestidos.

—Estoy segura de que nadie le ha dicho tal cosa —replicó mi tía.

—No era necesario. —Su tono era rígido y oxidado, como si no estuviera acostumbrada a hablar con la gente—. No necesito que me lo diga nadie para saber si alguien se mete en mis asuntos.

¿Cómo podía vivir en aquella casita de enanos? Permanecí en el vestíbulo, preguntándome si mi tía necesitaría ayuda y si yo tendría el valor de proporcionársela. Pero cuando habló de nuevo, la mujer pareció más quisquillosa que amenazante.

—Me estoy haciendo vieja, y a veces necesito que alguien cuide de mí. No tengo hijos.

—Pero aunque haga vestidos para los niños, no va a convertirlos en hijos suyos.

Desde mi lugar en la entrada del comedor pude ver la mirada iracunda de la anciana, como si la hubieran descubierto.

—No te metas en mis asuntos o yo me meteré en los tuyos —advirtió a mi tía, y dio media vuelta.

Quizá la corriente de aire producida por sus movimientos hizo volar los patrones de costura que estaban sobre la mesa, y algunos fueron a parar al fuego de la chimenea.

Durante el resto del día me sentí inquieto, casi contento porque al día siguiente regresaría a mi casa. Las nubes se extendían sobre las colinas, las cortinas oscilantes de lluvia se abatían sobre la casa, bajo el cielo sombrío. El ambiente era gris, y ese color, junto con un persistente olor a tierra, hacían que me sintiera enterrado vivo.

Deambulé por la casa como si estuviera enjaulado. Una vez, cuando entré en el salón, creí que dos figuras esperaban en la oscuridad, con los brazos extendidos para cogerme. Eran maniquíes, y las mangas de sus vestidos colgaban fláccidas a los lados. No comprendí cómo podía haberme equivocado.

Durante la cena, prácticamente sólo habló mi tía. Yo no dejaba de imaginar a Fanny Cave en su casa, con sus largos miembros doblados como los de una araña, escondida. La casa debía de ser mayor de lo que parecía, pero desde luego la anciana vivía en una madriguera, en la tierra…, en el barro, cuando el día era lluvioso.

Después de cenar jugamos a las cartas. Cuando empecé a dar cabezadas, rendido por el sueño, mi tía siguió jugando, aunque sabía que al día siguiente me esperaba un largo viaje en autocar; tal vez necesitaba compañía. Cuando fui a acostarme la lluvia había cesado, y una luna que parecía un queso colgaba del arco iris. Mientras me desvestía oí que mi tía tendía la colada bajo mi ventana.

Después de hacer la maleta, descorrí las cortinas para echar un último vistazo al paisaje. Las colinas parecían un centón, con retazos blancos y negros. ¿Por qué tardaba tanto mi tía en tender la ropa? Miré abajo con más atención. Mi tía no estaba allí. Las ropas se movían solas, bailando y oscilando a la luz de la luna, avanzando poco a poco a lo largo de la cuerda hacia la casa.

Cuando alcé el marco corredizo de la ventana, la noche me pareció perfectamente tranquila, sin el menor soplo de brisa. Nada se movía en el césped excepto las sombras de las ropas, que avanzaban un poco y retrocedían, casi de una manera ritual. Los vestidos oscilantes agitaban las aberturas donde estarían las manos de quien los llevara, movían los cuellos con gestos que parecían de asentimiento.

¿Se movían realmente hacia la casa? Antes de que pudiera cerciorarme, la cuerda cedió y los derribó sobre el barro del césped. Cuando oí el grito de irritación de mi tía, cerré la ventana y me acosté. De alguna manera no quería admitir lo que había presenciado, fuera lo que fuese. Me dormí con tal rapidez que al día siguiente pude creer que había estado soñando.

No les dije nada a mis padres. Ya había aprendido a suprimir los detalles que podrían preocuparles. Mi tía no les hacía mucha gracia, consideraban que se preocupaba muy poco del decoro, y cierta vez que les llevó a pasear por las colinas se burló de ellos por vestirse como para cenar fuera de casa. Creo que la única razón por la que me permitían estar con ella era la de librarme de la atmósfera demasiado contaminada de Birmingham.

Cuando me dispuse a efectuar mi siguiente visita, estaba más que deseoso de alejarme de casa. Mi voz había cambiado, mi cuerpo había crecido y no me resultaba familiar, me sentía torpe, desgarbado, ni un hombre ni el chiquillo que había sido hasta entonces. Mis padres no me ayudaban. Se volvieron nostálgicos en cuanto mi voz empezó a cambiar; mi madre distraía a los visitantes mostrándoles mis fotografías de cuando era pequeño. Tanto ella como mi padre me decían continuamente que me concentrara en los estudios, y examinaban mis libros escolares como si detrás de las cubiertas pudiera acechar la pornografía. Parecieron aliviados de que asistiera a un colegio masculino, hasta que mi padre empezó a preguntarse nerviosamente si sentía un «afecto particular» por alguno de los chicos. Esto duró nueve meses, al cabo de los cuales me alegré de marcharme de allí, por Pascua.

En cuanto el autocar se puso en marcha me sentí mejor. Al cabo de media hora quedaron atrás las colinas de los Midlands, las terrazas de ladrillo rojo que parecían arrecifes. El Lancashire parecía tan llano que las colinas distantes podrían haber sido espejismos. Al cabo de un par de horas empezaban las elevaciones, los collados, grandes monstruos engañosamente amables que dormían en las orillas de lagos de un azul gélido, dos clases de inmovilidad. Por lo menos disfrutaría de la libertad durante una semana.

Pero en eso me equivocaba: no estaba libre, puesto que llevaba mis nuevos sentimientos conmigo. Lo supe en cuanto vi a mi tía subir la escalera. Siempre había parecido mucho más joven que mi madre, aunque sólo se llevaban un par de años de diferencia, y yo había reparado vagamente en que solía usar unos tejanos muy ceñidos; ahora me fijé en lo redondeado que era su trasero. Me sentía abrumado por la culpabilidad, temeroso de que ella pudiera adivinar lo que estaba pensando, pero aun así no podía apartar la vista de sus curvas.

Durante la cena, cada vez que me tocaba sentía una oleada de excitación, demasiado extraña e incontrolable para que pudiera ser placentera. Llevaba unas faldas bastante más cortas que las de mi madre. Mis sensaciones se intensificaban, como los efectos del vino, el cual parecía incitarlas. La mitad de mi conversación parecía cargada con dobles sentidos. Por fin encontré lo que me pareció un tema neutral.

—¿Has vuelto a ver a Fanny Cave? —le pregunté.

—Una sola vez. —Mi tía no parecía tener ganas de hablar de la anciana—. Había entregado otros vestidos, y la señora Gibson me envió a la madre. Eran más desagradables que los otros… Estoy segura de que aquella mujer los habría tirado aunque yo no le hubiera dicho nada, pero la vieja Fanny vino aquí hecha una furia, hace unas semanas. No la dejé pasar y se quedó ahí fuera, bajo la lluvia, profiriendo toda clase de amenazas.

—¿Qué amenazas?

—Oh, cosas desagradables. En el pasado la habrían quemado en la hoguera, por bruja. En cualquier caso —frunció el ceño, dispuesta a dejar el tema—, se ha ido.

—¿Quieres decir que ha muerto?

Sus eufemismos me impacientaban.

—Nadie lo sabe con seguridad. La mayoría de la gente cree que está en el estanque. Pero, sinceramente, no creo que nadie tenga ganas de averiguarlo.

Yo tenía ganas, desde luego. Tendido en la cama, pensé en sondear el estanque que nadie más se atrevería a investigar, y eso me pareció preferible a los pensamientos que me habían atormentado recientemente cuando intentaba dormir. Al día siguiente, cuando me dirigía al sendero, cogí una rama caída y le quité las hojas y ramitas para obtener un largo palo.

Pasé junto al estanque y fui primero a la casa. Se oían zumbidos en el fondo de la hondonada, producidos sin duda por una multitud de moscas. ¿Estaba la casa más cubierta de maleza que en mi visita anterior? ¿Era ése el motivo de que pareciera más encogida por el deterioro, cercana al derrumbe? La única ventana polvorienta me hacía pensar en un ojo apagado, semicomido por el musgo. La fachada podría haber sido un rostro muerto que se caía hacia adentro. Probablemente las flores silvestres era lo que atraía a las moscas, pero no quise bajar a la hendidura, y regresé apresuradamente al estanque.

También allí había enjambres de moscas, que zumbaban sobre la capa de impurezas que cubría la superficie. Cuando me aproximé, los insectos se volvieron hacia mí e hicieron que el aire ante mi rostro pareciera oscuro, opresivo, infecto. Sin embargo, introduje el palo a través de la capa verdosa y traté de sondear el estanque manteniéndome apartado del borde resbaladizo.

El fondo era fangoso, blando y adherente. Hurgué durante un rato, hasta que empecé a imaginar lo que quería tocar. De repente tuve miedo de que algo pudiera agarrar la rama, hacerme perder el equilibrio y arrastrarme a las profundidades opacas. ¿Era el sudor lo que hacía que mis ropas parecieran pesadas y obstructoras? Cuando retrocedí, sopló una brisa, dificultando mi retirada. Eché a correr, resbalando sobre el barro, y vi que la rama se hundía letárgicamente. Un momento después de que hubiera desaparecido, la superficie verdosa volvía a estar intacta.

Aquella noche le dije a mi tía Naomi dónde había estado. No creí que le importara, pues, al fin y al cabo, se suponía que Fanny Cave había desaparecido. Pero ella se inclinó más sobre la costura, como si no quisiera escucharme.

—Por favor, no vuelvas ahí —me dijo—. Ahora hablemos de otra cosa.

—¿Por qué?

Yo era muy joven y aún carecía de tacto.

—Oh, por el amor de Dios… Porque es probable que muriese cuando se fue de aquí, camino de su casa. Ésa es la última vez que la vieron. Debía de estar tan furiosa que resbaló en el borde del estanque…, ya te he dicho que llovía a cántaros. En fin, ¿cómo iba yo a saber lo que sucedió?

Quizá su enojo ocultaba la necesidad de que la tranquilizara, pero no fui capaz de ayudarla, pues me debatía con la idea de que ella había sido en parte responsable de la muerte de alguien. ¿No podía confiar en mí? Estaba tan sumido en mis reflexiones que apenas pude mirarla cuando gritó.

Al parecer la aguja había resbalado sobre el dedal y se la había clavado debajo de una uña. No obstante, mientras ella se levantaba, chupándose furiosamente el dedo, el vestido que había estado cosiendo atrajo mi mirada. Cuando mi tía gritó —naturalmente, debió de ser entonces, no antes— el vestido pareció retorcerse en sus manos, empujando la aguja.

Cuando me acosté, no pude conciliar el sueño. La habitación olía levemente a tierra. ¿Se debía quizá a la primavera? La puerta del armario ropero se abría una y otra vez, cosa que nunca había hecho con anterioridad, y exhibía mis ropas suspendidas como murciélagos en la oscuridad. Cada vez que me levantaba para cerrar la puerta, sus formas me parecían menos familiares, más desagradables. Finalmente conseguí dormir, pero soñé que unos vestidos se deslizaban a través de la puerta de mi habitación, como si los llevaran seres invisibles, y se dirigían a mi cama.

El día siguiente era domingo, y mi tía me sugirió que diéramos un paseo por los collados. Yo me habría conformado con subir a Skiddaw, que era el más cómodo de todos, pero ya estaba lleno de paseantes, como pulgas.

—Vayamos a algún sitio donde podamos estar solos —me dijo la tía Naomi, lo cual me excitó de un modo que empezaba a gustarme, pero que prefería no definir, por si eso disipaba la excitación.

Ascendimos a Grisedale Pike, y el camino fue, en general, agradable, hasta que al llegar cerca de la cumbre nos encontramos con una cresta estrecha y puntiaguda, casi vertical, y trepar por ella no resultaba nada fácil. Me aferré a la roca, atrapado a centenares de metros por encima del campo raso, temeroso tanto de subir como de bajar. Disgustado conmigo mismo, casi me puse histérico. Había dejado que aquellas fantasías que sólo admitía a medias me llevaran hasta allí, cuando todo lo que mi tía había querido era disfrutar del paseo sin estar rodeados de turistas. Finalmente, logré encaramarme a la cumbre, con el rostro enrojecido.

Durante el descenso se puso a llover, y cuando llegamos a casa estábamos empapados. Me sentía sofocado por el olor de la tierra húmeda, el agua que se deslizaba por mi rostro y los mechones de cabello mojado que oscilaban ante mi frente sin que pudiera retenerlos en su sitio. Subí corriendo a mi cuarto para cambiarme.

Estaba a punto de terminar —había tenido la sensación de que desvestirme era como arrancar papel de pared, excepto que la pared era yo mismo— cuando me llamó mi tía. Aunque estaba en la habitación contigua, su voz parecía amortiguada. Antes de que pudiera ir a su encuentro me llamó de nuevo, en un tono más próximo al pánico. Crucé corriendo el rellano y entré en su habitación.

Las sombras se agitaban en las paredes. El aire era oscuro como el barro, en el que mi tía se debatía violentamente. Algo informe engullía su cabeza y sus brazos, pero cuando encendí la luz vi que no era nada: se había enredado con el jersey que intentaba quitarse, eso era todo.

—Ayúdame —gritó.

Parecía como si se estuviera asfixiando, pero aun así no me gustaba tocarla. Aparte del sostén, tenía el torso desnudo. ¿Qué le ocurría, por todos los santos? ¿Es que no podía quitarse el jersey ella sola? Finalmente la ayudé lo mejor que pude sin tocarla. La prenda parecía pegada a ella, y supuse que era porque estaba empapada. Por fin mi tía quedó liberada, con el rostro enrojecido y jadeante.

Ninguno de los dos habló demasiado durante la cena. Pensé que estaba molesta conmigo, por no haberla ayudado mejor a salir de su apuro. ¿O acaso se daba cuenta de mis nuevos sentimientos? Aquella noche, cuando estaba a punto de dormirme, creí oír un sonido discordante de colgadores en el armario. Tal vez se trataba tan sólo del comienzo de un sueño.

Amaneció un día encapotado, y las nubes engullían las cimas de los collados. Mi tía encendió las chimeneas en las habitaciones de la planta baja. Me quedé un rato en la casa, confiando en poder atisbar a alguna clienta desvistiéndose, hasta que la oscuridad me hizo sentir claustrofobia. La luz del fuego hacía que las sombras de los maniquíes danzaran espasmódicamente en las paredes. Cuando me puse en pie, de espaldas a los maniquíes, éstos parecieron alzar sus brazos.

Cogí el autobús hasta Keswick, pues no tenía nada más que hacer.

El vehículo pasó por delante del sendero que llevaba a la casa de Fanny Cave antes de que se me hubiera ocurrido mirar. Volví bruscamente la cabeza, pero en aquel momento tomamos una curva. Tuve un atisbo de un espantapájaros junto al estanque. ¿Tal vez sus mangas aleteaban? Pero me había parecido que se levantaba: debía de haber sido un pájaro.

En Keswick seguí a las chicas de bonitas piernas por las calles estrechas y empinadas, paseé nervioso por delante de las tabernas y me pregunté si parecía lo bastante mayor para arriesgarme a pedir una bebida. Fui a la biblioteca, hojeé sin interés algunos libros en rústica y bastante estropeados, y regresé a casa. No pude ver nada junto al estanque, aunque más cerca de la casa de tía Naomi, algo gris se agitaba en la hierba… Supuse que era basura esparcida y movida por la brisa.

La casa parecía más opresiva que nunca. Aunque mi tía solía coser en cualquiera de las habitaciones, en general tenía la casa muy bien cuidada; ahora había ropas a medio terminar por doquier, tiradas en las sillas, con los cuellos bostezantes. Durante la cena, cuando intenté hablar, mi voz sonó más apagada de lo habitual por la presencia de tantas prendas de vestir.

Mi tía bebió más que de costumbre, y no pareció importarle que yo también lo hiciera. Los efectos del vino me hicieron ver la luz amarillenta, sofocada. Pronto me sentí muy somnoliento.

—Quédate un poco más —musitó mi tía, despabilándose cuando vio mi intención de irme a dormir.

No pude comprender por qué no iba a acostarse. Hablé con ella de una manera mecánica, de todo menos de lo que quizá no sería correcto. A la luz del fuego, parecía como si los cortes de tela se inclinaran adelante para escuchar.

—Vamos a la cama —musitó por fin.

Naturalmente, lo dijo sin ninguna ambigüedad, pero de todos mojos me sentí nervioso.

Mientras me desvestía apresuradamente, la oí trajinar en la cocina, abriendo un poco la ventana para que entrara aire fresco. Un momento después se apagó la luz procedente de la cocina. Deseé que hubiera permanecido encendida un poco más, pues había observado algo tendido bajo la cuerda de la ropa, en la que no había nada tendido.

¿Era un camisón de mujer? Pero nunca había visto que mi tía usara tal cosa, ni tampoco pijama. Había pasado por mi imaginación que debía de dormir desnuda. Eso me turbó tanto que me metí en la cama y traté de dormirme en seguida, sin pensar.

Soñé que estaba enterrado, sin poder respirar, y cuando desperté descubrí que, en efecto, lo estaba. Las mantas, que parecían pesadas, como tierra que me hubiera caído encima, me tapaban el rostro. Las aparté de un violento tirón y permanecí tendido, tratando de serenarme y poder deslizarme de nuevo en el sueño, pero cuando mi respiración se normalizó, me di cuenta de que había aguzado el oído y escuchaba.

El silencio parecía acolchar la habitación. La oscuridad envolvía la silla y el tocador, difuminando sus formas; quizá la puerta del armario ropero estaba entreabierta, pues creí ver unas formas vagas que colgaban, amenazantemente inmóviles. Entonces me esforcé para dormirme de nuevo antes de que pudiera darme cuenta de qué era lo que me mantenía despierto. Aspiré lenta y prolongadamente, para calmarme, pero fue en vano. En el silencio oía el ruido de algo húmedo que subía arrastrándose por la escalera.

Seguí tendido, decidido a no escuchar. Quizá se trataba del viento o los crujidos de la casa, y no era en absoluto el sonido de una cosa húmeda que subía sigilosamente por la escalera. Quizá si no me movía, si no hacía el menor ruido, sabría por el sonido qué era aquello en realidad…, pero, en cualquier caso, fui incapaz de moverme, pues oí que la cosa húmeda caía con un leve ruido sordo en el rellano, ante mi puerta.

Se hizo un silencio interminable, más denso que nunca, y entonces oí que se abría la puerta de la habitación de mi tía, contigua a la mía. Me dispuse a oírla gritar. Si lo hacía, tendría que acudir a su lado, no habría más remedio. Pero no hubo ningún grito, y sólo oí el ruido que ella produjo al recoger algo húmedo del suelo. Pronto la oí bajar la escalera descalza, y el ruido del cerrojo.

Todo se había arreglado. Fuera lo que fuese aquella cosa, mi tía se había ocupado de ella. Quizá era papel desprendido de las paredes, y había salido para tirarlo. Ahora podía dormir, pero ¿por qué no podía?

Transcurrieron varios minutos antes de que cayera en la cuenta de que mi tía no había subido de nuevo.

Hice un esfuerzo para moverme. No tenía nada que temer, pues ahora no había nada ante mi puerta…, pero me vestí para retrasar el momento de salir al rellano. En éste no había nada, ni tampoco en la casa. La puerta estaba abierta, y sobre el césped húmedo las huellas de los pies de tía Naomi se dirigían a la carretera.

Las nubes difuminaban el disco lunar. Cuando llegué a la carretera no pude ver las huellas de mi tía, pero supe instintivamente adonde había ido. Corrí lo más rápido que pude hacia el sendero que llevaba a la casa de Fanny Cave. Me sentía encerrado entre los setos y la oscuridad petrificada de la noche. El único ruido que podía oír era el taconeo de mis zapatos en el asfalto.

Acababa de llegar a la brecha en el seto cuando la luna se liberó de las nubes. Una mujer avanzaba por el sendero hacia el estanque, pero ¿era mi tía? A pesar de la distancia que nos separaba, reconocí el vestido gris que llevaba. Era de Fanny Cave.

El terror me impedía avanzar por el sendero, hasta que la figura dobló un recodo y vi el perfil de mi tía. Entonces crucé el campo, abriéndome paso entre las altas hierbas. Quizá habría sido más rápido seguir el camino, pues cuando llegué a la brecha en el segundo campo, mi tía ya estaba casi en el estanque.

A la luz de la luna la superficie del estanque parecía lechosa, fungoide. Sólo una roca interrumpía la capa de verdín, un pedrusco cubierto de hierbas, cercano al borde hacia el que se aproximaba mi tía. Seguí avanzando entre la maleza, que me arañaba las piernas.

Llegué a su lado y vi sus ojos, vacíos de expresión; sólo había en ellos dos encogidos reflejos de la luna. Sabía que no es conveniente despertar a un sonámbulo, así que la tomé suavemente por los hombros, a pesar de que deseaba agitarla, y traté de alejarla del estanque.

No daba la vuelta, sino que se movía hacia el agua cubierta de verdín, o más bien el vestido de Fanny Cave tiraba de ella, pues el tejido empapado parecía contorsionarse bajo mis manos. Tiraba de ella hacia la roca cuyos ojos brillaban a ras del verdín, a través de unas hebras relucientes que no eran hierbas sino cabello.

Me pareció que sólo podía hacer una cosa: cogí el cuello del vestido y lo desgarré. El material estaba podrido y se rompió fácilmente. Lo desprendí del cuerpo de mi tía y lo arrojé hacia el estanque. ¿Aterrizó cerca del borde y entonces se deslizó hacia el agua? Lo único que supe es que, cuando me atreví a mirar, el verdín formaba una extensión uniforme.

Mi tía estaba allí, desnuda e inconsciente, hasta que la cubrí con mi anorak. Eso pareció despertarla. Miró un momento a su alrededor y luego bajó la vista y se contempló a sí misma.

—Ya ha pasado todo, Naomi —le dije, azorado.

Sollozó una sola vez antes de dominarse, pero me di cuenta de que el esfuerzo era cruel.

—Vamos, rápido —me dijo en un tono tan áspero como no la había oído jamás, y se dirigió a la casa sin mirarme.

Al día siguiente no nos referimos a los acontecimientos de la noche. En realidad, apenas hablamos. Sin duda había permanecido despierta toda la noche, igual que yo, tan incómoda por mi presencia como yo por la de ella. Después del desayuno dijo que quería estar sola y me pidió que me fuera a casa pronto. No volví a visitarla, y ella siempre encontró un motivo u otro por el que no podía quedarme. Sospecho que los motivos sólo servían para evitar que mis padres me interrogaran.

Antes de volver a casa cogí una rama larga y fui al estanque. No necesité sondear mucho para encontrar algo sólido pero repulsivamente blando. Empujé la rama contra aquella cosa una y otra vez, hasta notar que se rompía. Mi repugnancia fue tan intensa que no podría definirla. Quizá ya sabía en lo más profundo de mi ser que desde la noche que desvestí a mi tía ya nunca sería capaz de tocar a una mujer.

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