Horror 3

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El hombre cuyos ojos contemplaron la gloria

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El hombre cuyos ojos contemplaron la gloria

JOHN BRUNNER

John Brunner nació en Oxfordshire, en 1934, y publicó su primera novela, bajo un seudónimo misterioso, cuando sólo tenía diecisiete años. Aquel mismo año abandonó el Cheltenham College, porque el programa de estudios era una rémora para su verdadera educación (según dice el Who’s Who in Science Fiction). Pronto se dedicó por entero a la literatura, y ya ha publicado más de setenta libros. Se le conoce más en el campo de la ciencia ficción, género al que pertenecen sus novelas Todos sobre Zanzíbar (que ganó los premios Hugo y Apollo), El rebaño ciego, Órbita inestable, El hombre completo y Jugadores del juego de la gente, pero también ha escrito relatos fantásticos (The Traveller in Black), y sus relatos de Max Curfew —thrillers desde el punto de vista de un detective negro— son festines de imaginación de un orden distinto. Sus cuentos están reunidos en From This Day Forward, Not Before Time, Now Then, No Future In It y otras colecciones. Diversos críticos han analizado su obra en el libro The Happening Worlds of John Brunner.

Fundó y administra el premio establecido en memoria de Martin Luther King, y desde 1958 ha recorrido muchos países promoviendo la Campaña para el Desarme Nuclear. Vive en Somerset y suele participar en las convenciones de escritores de ciencia ficción. Como la mayoría de sus relatos, el que ahora presentamos establece una proposición.

—Así que este año ha ido de vacaciones a Psylaria —dijo el señor Secrett en tono de reproche—. Tendría que habérmelo dicho. Podría haberle facilitado algunas cartas de presentación.

Casi dejé caer mi plato de budín con salsa dulce, y no porque me hubiera cogido por sorpresa…, por lo menos, no del todo. Aquella taberna llena de gente en la que había entrado al azar cuando me sentí hambriento y sediento, estaba literalmente a la vuelta de la esquina de la Real Sociedad de Lingüística Aplicada, de la que él es bibliotecario…, pero, bien mirado, siempre había imaginado que comía en su puesto y que su almuerzo consistía en alguna cosa exigua, delicada y nutritiva, como bocadillos de dátiles picados.

Mi sorpresa tampoco se debía exclusivamente a que no tenía la menor idea de cómo se había enterado de mi viaje a una isla casi desconocida, pues no había tenido la intención de ir allí, ni a ninguna parte en particular, cuando obedecí la orden de mi médico: «¡Tómese un mes de descanso, por el amor de Dios!». Además, había regresado tan recientemente que todavía tenía escrúpulos de conciencia por la cantidad de amigos a los que aún no se lo había dicho, y el señor Secrett ni siquiera es, hablando estrictamente, amigo mío. Mis visitas a los sombríos pasillos de su biblioteca son ahora escasas y muy espaciadas. Sigo buscando excusas para obtener en otra parte la información que necesito.

No, lo que me sorprendió más fue que la simple mención de Psylaria evocaba en mí visiones de una vivacidad increíble: Psylaria, esa masa rocosa vomitada por un volcán en el azul zafiro del mar Egeo, ante la que pasan en sus viajes de ida y vuelta los transbordadores del Pireo, inaccesible a menos que uno alquile una embarcación o pida a un pescador que le lleve (que es lo que yo hice); Psylaria, el lugar entre los muchos lugares que había visitado en la península y las islas helénicas donde había tenido más claramente la sensación de lo que significa ser griego, haber heredado la tradición de la Ilíada, la Odisea y la búsqueda del Vellocino de Oro. Había creído que ningún lugar podría superar a Delfos a ese respecto, pero me equivocaba. En Psylaria vi más allá de los velos románticos de los siglos pasados, e intuí una existencia asediada por tantos peligros azarosos, que no era de extrañar que hubiera sido preciso inventar a los dioses para explicar la crueldad de la naturaleza. Encontré allí un pueblo orgulloso pero áspero, cuyos modales me hicieron comprender cómo los célebres caudillos de la Antigüedad —Cleonienes, Temístocles, Alcibíades— pudieron dar la espalda a sus propias gentes y utilizar los servicios de quienes antes habían sido sus enemigos. Elegir a un pescador en vez de otro entre seis o siete que habían ido a vender sus capturas al puerto de Lemnos, fue suficiente para asegurar que durante mi estancia la mitad de Psylaria no me diera una respuesta cortés a una pregunta cortés. Aunque mi visita fue fascinante, no fue del todo grata, y eso explicaba en gran parte que todavía no hubiera telefoneado a todos mis amigos para jactarme de mi descubrimiento de una isla todavía no estropeada por el turismo.

Sin embargo, su mero nombre llenaba mis fosas nasales con el aroma del tomillo silvestre.

—Ha pasado bastante tiempo desde que estuve allí —murmuró el señor Secrett—, pero a juzgar por su reacción, supongo que Psylaria no ha cambiado gran cosa. Venga, siéntese y hábleme de ella.

Aunque es un hombre alto, lo cual suele pasar inadvertido porque tiende a encorvarse —encorvadura que suele excusarse considerándola «de erudito»— el señor Secrett no tiene una figura muy impresionante, bigote gris disperso, sus gafas de gruesa montura, su anticuado traje de tres piezas, visiblemente reluciente en los codos. A todos sus trajes les brillan los codos, aunque se los cambia cada dos semanas.

Instantes después estábamos sentados en un banco tapizado, ante una mesa con suficiente espacio para colocar nuestras consumiciones. Un par de jóvenes ejecutivos, apoyados en la barra, habían estado ojo avizor por si quedaba algún sitio libre, y ahora parpadeaban asombrados, preguntándose cómo aquel vejestorio podía haber sido más rápido que ellos.

El señor Secrett no les prestó atención. Se limpió la espuma de cerveza adherida al bigote y me dijo:

—Confiaba en encontrarle, Scrivener, amigo mío, desde que me enteré de que había ido a Psylaria.

—¿Y cómo se enteró?

Él hizo un airoso gesto con el brazo.

—Uno procura mantener viejas amistades. Pero, dígame, ¿qué le pareció ese lugar?

Durante los cinco minutos siguientes, aprovechando una oportunidad que no había creído posible —la presencia de alguien que había estado allí y podría comprender por qué Psylaria me había afectado tan profundamente— dejé que el puré de patatas y el picadillo se enfriaran en el plato mientras me debatía por definir lo que pasaba por mi mente.

Recordé el estrecho puerto y el pueblecito de casas encaladas, levantadas sobre un plano inclinado, demasiado apiñadas por las colinas circundantes, que mantienen al pueblo dentro de unos límites inexorables. Es el único pueblo de la isla, y sólo unas pocas personas más, como máximo un centenar, viven en villorrios desperdigados. Sentí la necesidad de describir el regreso de las barcas de pesca al alba, la luz de sus lámparas brillando débilmente entre la niebla, como esferas espectrales de luminosidad lechosa, las flores de alguna planta prehistórica malsana, cuyo fruto podrían ser los pescados que se retorcían sobre las tablas del suelo, agitando aletas y tentáculos en una inútil lucha final contra la muerte. Entretanto los hombres se intercambiaban insultos, siempre de la misma clase, sexuales y groseros, siempre perdonados so capa del anonimato proporcionado por la niebla. Pero a la luz del día y en tierra, las cosas eran muy distintas.

En Psylaria hay una sola carretera, más bien un camino en la mayor parte de su extensión, que puede recorrerse a pie o a lomos de un asno, pero no es recomendable para los automóviles; los pocos terratenientes que son lo bastante ricos se desplazan en tractores. Sentí también necesidad de describir cómo aquel camino serpenteaba desde ningún sitio en particular hasta ninguna parte, si se examinaba su recorrido en un mapa. En cuanto a los villorrios y granjas dispersas se comunicaban por medio de ramales que estaban todavía en peor condición.

Sin embargo, cierta vez comprobé sobre el terreno que el camino partía de la iglesia de Santa Theodoula —nombre que viene a significar «esclava de Dios»— y avanzaba en línea tan recta como el terreno rocoso lo permitía hasta un santuario en el cabo occidental, uno de esos santuarios corrientes en Grecia: una columna encalada alta hasta la cintura de un hombre, que sostiene una hornacina con una lámpara y un icono, y desde ahí proseguía hasta una capilla abandonada en la pendiente de la máxima elevación de la isla, el cono del volcán dormido, muy asolado por los temporales. Uno de los extremos estaba lleno de cascotes, tal vez a causa de los temblores de tierra. Una inscripción decía que la capilla había sido consagrada a san Porfirio, pero nadie pudo o quiso decirme nada sobre ese santo. Desde allí el camino conducía a un santuario en el cabo oriental, desde donde volvía hacia la iglesia. Parecía como si, desde tiempo inmemorial, los habitantes de Psylaria hubieran considerado que el camino era más importante para desplazarse a sus lugares de culto que para el comercio o el recreo.

Eso me hizo pensar en el viejo sacerdote ciego, a quien guiaba por la isla una de las viudas prematuramente envejecidas y siempre vestidas de negro, las cuales tal vez obtenían alguna indulgencia de aquella tarea, pero evidentemente ningún placer, pues el clérigo tenía mal temple, era deslenguado y a veces golpeaba a su compañera, sobre todo cuando regresaba de la capilla abandonada.

—¡No me diga! —exclamó el señor Secrett, parpadeando—. ¡No tenía idea de que el viejo Costas se hubiera visto reducido a ese estado!

Mientras yo hablaba, el bibliotecario había dado buena cuenta de varios bocadillos de carne con evidente satisfacción. De repente comprendí que si no atacaba mi propia comida, pronto no sería en absoluto apetitosa. Empuñé el tenedor.

—¿Por qué no? —repliqué en tono irónico—. Parece que, después de todo, está usted al corriente de las noticias de Psylaria.

—Bueno, sí, supongo que así es. Pero, mire, Costas…, por cierto que su nombre completo es Constantinos Eleftherides…, es una de las personas para quien le habría dado a usted una carta de presentación. Le conozco desde hace más de tres décadas, y todos los años me envía una carta.

—¿Una carta? —dije con la boca llena, a riesgo de salpicar con salsa al señor Secrett.

—En efecto. Se la dicta a su sobrina, cuya caligrafía es atroz y va de mal en peor a medida que se hace mayor. Una de las cosas de las que me informa invariablemente es de las visitas de ingleses a la isla. Se cree que los conozco a todos… Me sorprende que no le conociera personalmente.

—Pues no me relacioné con él. Probablemente formaba parte de la mayoría dispuesta a odiarme por principio, porque llegué en una embarcación que no era de su gusto.

Traté de eliminar de mi voz todo rastro de enojo, pero no lo conseguí.

—Eso no es justo para con él —dijo el señor Secrett, exhalando un hondo suspiro—. Al leer su última comunicación entre líneas, he creído adivinar que no quiso trabar conocimiento con usted porque nadie le dijo que estaba ahí hasta después de que se marchara. Es un hombre muy solitario y reservado. A menudo pienso que, si no fuera por su Paño, nadie le dirigiría la palabra. Sé que sus familiares están enemistados con él… No se trata de una esposa y unos hijos, no; hubo una época en la que tenía intención de casarse, ya que el celibato no es obligatorio en la tradición ortodoxa, pero después de lo que ocurrió… ¿Le contó alguien el motivo de su ceguera?

—Nunca se me ocurrió preguntarlo —respondí, mirándole fijamente—. En cualquier caso, dudo de que mi escaso conocimiento del griego me hubiera permitido entender la respuesta…, ¡si se hubieran dignado dármela! ¿Fue un caso fuera de lo corriente?

—Eso es lo menos que se puede decir —respondió el señor Secrett.

—Fui a parar a Psylaria a fines de los años cuarenta —me explicó el bibliotecario—, sin que hubiera tenido ninguna intención de ir allí. Cuando estaba destinado en Alejandría, en el Cuerpo de Inteligencia, descubrí en mí un interés por la arqueología, y entre las teorías que más me agradaron figuraba la sugerencia platónica de que la Atlántida podría haber sido una isla volcánica, considerablemente más próxima a Grecia que su localización tradicional más allá de las Columnas de Hércules. Mencioné esto a un amigo que, por así decirlo, me había tomado bajo su protección, y decidimos inspeccionar algunas candidatas insulares apropiadas. Teníamos poco tiempo y muy poco dinero para examinarlas todas a placer, por lo que confeccionamos una lista arbitraria y nos jugamos a cara o cruz quién de nosotros iría y a qué lugar. Le salió cara, y podría haber sido la primera persona en informar sobre Thera (Santorini) como la Atlántida más probable.

»Sin embargo, le apartaron (supongo que sería más exacto decir que le sedujeron) de su intención original, y tuve que quedarme en Psylaria hasta la próxima vez que un pescador hiciera una captura lo bastante grande para que el viaje a Lemnos mereciera la pena. Me había bastado una ojeada a la isla para decidir que era una candidata al papel de Atlántida.

»No obstante, la isla tenía algunos atributos curiosos. En primer lugar, aunque es mayor que alguna de sus vecinas, no era en absoluto la menos hospitalaria de su archipiélago. Recuerdo que por entonces pensé que si yo fuese un habitante de Psylaria habría preferido ir a nado a Lemnos antes que seguir viviendo allí.

»Lo más probable es que eso se debiera al ambiente de postguerra. En cuanto pisé la orilla, me di cuenta de que los psylarianos tendían a ser descorteses con los extranjeros, pero supuse que se debía a que habían sido invadidos y ocupados por los alemanes. En el ejército había escuchado interminables conferencias de adoctrinamiento, las cuales supusieron una carga de desinformación que aún me confundía.

»En consecuencia, me sentía perplejo cuando decía a aquellas gentes: “Eimai Angtós”, y ellos me respondían con fríos fruncimientos de ceño.

»El hecho de que, a pesar de mi ateísmo entonces militante, recibiera con agrado las atenciones de un sacerdote, podría ser una medida de la desesperación que ese desaire generaba en mí. El interés que ambos compartíamos por la arqueología fue nuestro aglutinante, y yo me esforcé cuanto pude por excusar su profesión sacerdotal, invocando el ambiente de superstición e ignorancia en el que aquel hombre había crecido.

»Una tarde, cuando había gastado casi todo el dinero que me quedaba en sobornos a lo largo del embarcadero, confiando en que alguien me llevara a un puerto más próximo a la civilización, llegué a la alta colina de la que Psylaria quizá derivaba su nombre, ya que pseelos significa alto o levantado, y examiné la capilla de San Porfirio. No era la primera vez que iba allí, pero sabía leer alemán, gracias a un curso intensivo que me hicieron seguir en el Ejército, y había un letrero en alemán y griego que advertía a la gente del riesgo por desprendimiento de piedras. Traduzco libremente, claro está.

»Como no parecía haberse desprendido ninguna roca desde mi visita anterior, esta vez me aventuré a entrar, y vi que la capilla estaba construida contra una cueva natural. Era evidente que había sido abandonada mucho tiempo atrás, como también lo era que fue el centro de un culto intenso, pues las paredes y el suelo estaban repletos de inscripciones testimoniales. Había leído media docena de ellas —entre las grabadas en el suelo y las pintadas en las paredes— antes de reparar en que correspondían a una forma antigua del lenguaje, probablemente preotomano. Además, varias de ellas no estaban dedicadas directamente a san Porfirio, sino a su adoradora, santa Theodoula, con cuyo nombre ya estaba familiarizado, por la iglesia del pueblo, pero cuya historia no había conseguido hasta entonces que nadie me contara.

»Estas inscripciones eran las más recientes y más fáciles de leer. A medida que avanzaba a lo largo de la pared, encontrando la pintura cada vez más desvaída, me di cuenta de que pisaba fragmentos de yeso desprendidos. Alguien estaba eliminando una capa posterior que cubría aquellas inscripciones. Las que veía ahora me daban tentadores atisbos de significado, pero muchas líneas estaban todavía semiocultas y el vocabulario era cada vez más arcaico…, o era eso o (como sospecho que ocurre con frecuencia) el mismo escriba era casi analfabeto.

»—¡Arriba las manos! —gritó alguien a mi espalda.

»Lo dijo en griego, y no era una frase que yo conociera, pero la entonación hizo que el significado fuese perfectamente inteligible. Me volví lentamente, con los brazos en alto, y descubrí a Costas mirándome. Era más bajo que yo, más rollizo, carirredondo y de expresión vacua, y algunos pelos dispersos en su rostro eran como un resumen de la barba acostumbrada del papas. Llevaba una túnica negra muy polvorienta y sostenía una escopeta. Resultó que estaba haciendo la siesta en la parte más fresca de la cueva, y al oír ruido temió que hubiera entrado alguien para estropear las inscripciones. Como me explicó más adelante, había facciones entre familias isleñas las cuales creían que los mensajes no deberían haber sido simplemente cubiertos con yeso, sino convertidos en polvo. Pero el resto de la población conocía a esas gentes como “los extranjeros”, pues sólo llevaban un siglo en la isla, y además siempre se estaban peleando entre ellos, por lo que aunque su número superase al de los habitantes aborígenes, su opinión no siempre contaba.

»Costas descendía de ambos grupos, y ambos le excluían de su comunidad.

»Cuando supo que yo me interesaba seriamente por las inscripciones de las paredes, dejó el arma a un lado, me estrechó la mano y aceptó un trago de la botella de vino que había llevado conmigo. Entonces me explicó con entusiasmo lo que había aprendido gracias a sus investigaciones. Mi conocimiento del griego era muy deficiente, pero por suerte el clérigo sabía algo de francés, que había aprendido en el seminario. Cuando mi oído se acostumbró a su acento, nuestro progreso fue rápido.

»Ante todo se empeñó en impresionarme con su devoción por santa Theodoula, que era un poco repelente. Pero, por lo menos, la santa parecía merecer más admiración que la mayoría de los santos del calendario. Fue una viuda que vivió en la época de la conquista turca y fue obligada por sus familiares codiciosos a abandonar el viejo hogar de su esposo. Parte de esta información se leía en las inscripciones de las paredes de la capilla, pues era allí donde halló refugio.

»Pero aunque fuese aquél el único lugar en el que pudo encontrar refugio, la elección fue desafortunada. Aunque por entonces estaba en ruinas, en su emplazamiento se había levantado un templo pagano. En ocasiones, los gases sulfurosos procedentes del cráter del volcán penetraban en la cueva. De inmediato sospeché que allí había estado el santuario de un oráculo. El resultado es que automáticamente acusaron a Theodoula de herejía, brujería y esas cosas. De vez en cuando los niños transeúntes, a los que ella maldecía en nombre de san Porfirio, le arrojaban piedras. Esto estaba bien descrito en una de las inscripciones totalmente intacta.

»¿Quién era san Porfirio? Pues bien, mi nuevo amigo afirmó que éste era su gran descubrimiento. No era otro que el célebre neoplatónico, biógrafo de Plotino y revisor de su obra, el cual, hacia el final de su vida, recibió el influjo del cristianismo y se retiró allí para vivir como un piadoso ermitaño, haciendo milagros en favor de los psylarianos, tales como crear una luz brillante a medianoche durante una tormenta inesperada, de modo que las barcas de pesca pudieran regresar sanas y salvas. Desde luego, no cumplía con los requisitos oficiales para la santidad, pero dado que la base principal para la elevación de santa Theodoula a la categoría de santa patrona de la isla consistía en su devoción a Porfirio, Costas estaba seguro de que la consagración oficial sólo era cuestión de tiempo.

»Me dio a entender que él mismo había tenido ya ciertas experiencias en la cueva que indicaban la presencia de algo sobrenatural. Por ejemplo, en dos o tres ocasiones había experimentado una alegría intensa e inexplicable, se había echado a reír sin cesar hasta que le dolía el abdomen. Escéptico, me pregunté si un volcán podía generar espontáneamente óxido nitroso…

»Puesto que las inscripciones eran con mucho lo más interesante que había encontrado en la isla, volví a encarrilar la conversación hacia ellas, y me enteré de la restante historia de Theodoula.

»Algunas personas no compartían la opinión general, y de vez en cuando le llevaban regalos: un frasco de aceite, pescado o una hogaza de pan. No eran lo bastante audaces para entregárselos personalmente, sino que los dejaban de noche en el lugar donde ella los encontraría sin falta por la mañana. Cuando encontraba estas cosas, ella invariablemente llamaba a Porfirio, invocando sus bendiciones sobre sus benefactores.

»—Pero lo más curioso —dijo Costas, examinando una inscripción muy desvaída a la que acababa de liberar de su capa de yeso— es esto.

»Me hizo una señal para que me acercara y, con un poco de ayuda por su parte para efectuar la traducción, me informé de que algunos de los que se acercaban por la noche con presentes decían que en la cueva de Theodoula había una luz brillante, como si ardiera un fuego colosal, aunque nunca se notaba olor a quemado, ni a ningún combustible que ella pudiera usar. Tampoco era posible que la luz tuviera algo que ver con el volcán, puesto que desde tiempo inmemorial los isleños habían conocido los signos de una erupción inminente y estaban resignados a tener que evacuar Psylaria de un momento a otro. Incluso en su propia infancia, me dijo Costas, pasó una gélida noche en una barca, con su madre y sus hermanos, mientras una columna de humo atravesada por chispas se alzaba a cien metros en el cielo nocturno.

»Sin embargo, no se había producido ninguna erupción importante en los tiempos modernos, de lo cual me cercioré antes de ir a Psylaria.

»Cuando Theodoula llevaba viviendo unos diez años en la cueva, tenía una pequeña y floreciente granja. La gente le había dado corderos, pollos y semillas de cereales, así como alimentos, y ella había limpiado pacientemente de hierbajos cada porción de suelo cultivable en la ladera, hasta conseguir un buen huerto. Incluso la familia de su difunto esposo, que fueron los provocadores del problema, empezaban a preguntarse si no deberían rogarle que los perdonara. Ella había decidido asistir de nuevo a la misa dominical, y aunque nadie se sentaba a su lado, tampoco nadie intentaba expulsarla de la iglesia.

»Por entonces había un nuevo sacerdote, el cual quizá tuvo que ver con ese nuevo trato. Su predecesor se había casado con la tía del marido de Theodoula.

»Llegamos así a mediados del siglo XV. Escuchando a Costas, tuve la impresión de que las cosas habían cambiado muy poco en Psylaria, casi quinientos años después…

»La fecha es importante porque en aquel tiempo los turcos estaban conquistando el resto de Grecia, con escasas excepciones sin importancia. En realidad, desde 1400 eran los amos de la mayor parte de la Grecia continental. Algunas islas habían resistido, y otras muchas les habían pasado inadvertidas, pero ahora estaban recogiendo enérgicamente estos cabos sueltos. Y como eran musulmanes y se sabía de ellos que no solían hacer caso de la orden que dio Mahoma, la de “proclamar a cristianos y judíos que su Dios y mi Dios es uno solo”, a pesar de que eran un “pueblo del Libro”, lo cual debería haberles valido el mismo trato ante la ley bajo la dominación musulmana, los psylarianos tenían justificadas aprensiones.

»No, esa frase es demasiado suave; la verdad es que casi enloquecieron de terror. Una mujer, abrazando un recién nacido contra su pecho, se arrojó al mar desde el cabo occidental. Naturalmente, uno sospecha que el motivo fue una depresión después del parto más que la alarma por la inminente llegada de los turcos, pero de todos modos aquella mujer y su hijo se mezclaron en la historia de Theodoula, porque fue el marido de la mujer el primero en proponer que pidieran ayuda a Theodoula, con un argumento absolutamente práctico, pues dijo: “¡Esta vez ella nos debe mucho!”.

»No se sabe con certeza si los psylarianos esperaban que Theodoula les ayudara con sus plegarias o por medio de brujería. No obstante, una tarde, cuando el sol se ponía, cuando la flota turca estaba prácticamente a la vista, corrieron a su cueva y, arrodillados, le rogaron un milagro.

»Y ella escuchó este ruego y se dispuso a satisfacerlo. Lo que dijo exactamente, tal como está registrado en las paredes de la capilla en ruinas, es: “He hecho un pacto con el ángel de este lugar, el poderoso Porfirio. Arrancaré los ojos a los turcos a condición de que desnudéis, atéis y azotéis a quienes me echaron de la casa de mi marido”.

»Podemos deducir que por entonces la conducta codiciosa de sus parientes los había hecho impopulares entre la población, pues esta orden fue obedecida de inmediato, sin que nadie se detuviera a pensar que un Dios misericordioso difícilmente impondría semejante condición. Sin embargo, supongo que, como les ocurre a la mayoría de los cristianos, el aspecto vengativo sería de su gusto.

»También intentaron sobornar a Theodoula, con túnicas de seda y anillos de oro y plata, pero ella lo rechazó, diciendo: “Durante diez años me las he arreglado muy bien sin riquezas.

Quizá debería permitir que vengan los turcos, pues entonces tendríais que aprender a hacer lo mismo”.

»Cuando llegamos a este punto, Costas ya no confiaba en las inscripciones de las paredes. Había abierto un gran manuscrito muy bien encuadernado, aunque no hábilmente ilustrado, que se había conservado en la iglesia y que, confesó tímidamente, no debería haber llevado allí. Pero la correspondencia entre la versión de la leyenda de santa Theodoula que contenía y las inscripciones que estaba revelando con tanta minuciosidad era prácticamente exacta.

»Una de las páginas a la derecha mostraba un gran dibujo del milagro prometido, que tuvo lugar al alba siguiente. Theodoula había ordenado a todos que se cubrieran los ojos y que retuvieran a los niños en sus casas mientras el milagro se producía. Sólo sus codiciosos parientes fueron incapaces de obedecerla, pues tenían las manos atadas a la espalda, como mostraba claramente el dibujo.

»Cuando brilló una luz desde el punto más elevado de la isla, una luz que deslumbró a los marineros turcos y les hizo pasar de largo, aquellos que habían expulsado a Theodoula de la casa de su marido quedaron ciegos.

»Los psylarianos, considerándose a salvo, se apresuraron a prometer que construirían una capilla ante la cueva de Theodoula, para venerarla como a una santa y celebrar aquel día —creo que era el 4 de abril, pero ha habido una reforma del calendario desde entonces— como día festivo por los siglos de los siglos, amén.

»Por desgracia, dos años después, cuando acababan de colocar el tejado en la capilla, los turcos se dieron cuenta de que habían pasado por alto una isla que no tenía una utilidad especial, pero la ocuparon por principio. No quedó constancia de lo que le había ocurrido a Theodoula. El Imperio Otomano no alentaba el alfabetismo entre sus súbditos, porque el conocimiento engendraba desafección. Según unas tradiciones calumniosas, se casó con un marino turco de alto rango y aceptó la fe musulmana, pero Costas rechazó con vehemencia tales calumnias. Con el ingenio y la capacidad para escurrirse como una anguila, virtudes tan acariciadas por los Von Daniken, Pauwels y Bergier, pasó de la actitud caracterizada por la interrogación “¿no es más probable que…?” a la actitud representada por la afirmación “en la medida en que hemos demostrado que…”. Acabó presentándola como una mártir que murió a la entrada de su cueva, encomendando su alma al Señor y su pueblo al cuidado de san Porfirio. Todo esto lo dedujo de la escasa evidencia aportada por el hecho de que cuando el período otomano tocó a su fin, los habitantes de la isla reconstruyeron piadosamente la capilla y la cubrieron con aquellas inscripciones, que reflejaban la historia tal como había pasado de una generación a otra. En muchos casos, como ya he mencionado, la forma del relato se había fijado en una forma antigua del lenguaje, una forma que reforzaba a la otra, y había una serie de pasajes desconcertantes que sin duda habían sido transcritos fonéticamente por alguien que no entendía una de cada tres palabras, pero que hacía la tarea lo mejor que podía.

»Pero estoy calumniando a Costas, el cual disponía de otro hecho en apoyo de su argumento. Se ha perdido la constancia escrita de la dedicación original de la iglesia del pueblo, pero en cuanto los turcos se marcharon fue consagrada de nuevo a santa Theodoula, y la capilla en la ladera de la colina a san Porfirio. Por lo menos, eso era lo que Costas había deducido.

»Por entonces yo estaba convencido de que un santuario pagano en la ladera de un volcán debía de haber tenido una importancia considerable, y sin el menor escrúpulo, porque Costas podría considerar que cazaba en su coto privado, me dispuse a explorar la cueva, utilizando una pequeña linterna que él mismo me dejó. Costas volvió a su trabajo de eliminar la capa de yeso, y entre golpes de cincel me explicó por qué habían cubierto las inscripciones.

»Al parecer, la isla había quedado prácticamente despoblada durante el período otomano. Era aquél un pueblo obstinado e ingobernable. Muchos jóvenes escaparon y se unieron al movimiento de resistencia en el extranjero, al que Byron prestó apoyo tan entusiasta. Tras el establecimiento de la monarquía moderna, en la década de 1840, regresaron algunos herederos, con sus mujeres y sus familias extranjeras, para reclamar sus tierras ancestrales…, tanto como lo eran ellos mismos. Los que se habían quedado los despreciaron porque, a su modo de ver, habían huido para vivir lujosamente en Italia, Francia, Gran Bretaña o Malta, mientras que los recién llegados se quedaron anonadados por lo que vieron: una comunidad de gentes bárbaras, ignorantes, sucias, analfabetas y casi salvajes. Al cabo de unos años, estos “extranjeros” superaban en número al resto, a la vez que eran más ricos y saludables, y fueron ellos quienes clausuraron la capilla de San Porfirio y cubrieron sus inscripciones, permitiendo sólo que se copiaran algunos extractos —de ahí el manuscrito que Costas me había mostrado— para edificación de las generaciones futuras. Puesto que Theodoula había realizado su milagro para defender a la isla de los turcos, habría sido políticamente erróneo eliminarla de la iglesia principal. Sin embargo, se desaprobó activamente el culto que se había establecido a su alrededor, porque la Iglesia ortodoxa, al igual que el Vaticano, no aprueba que la gente canonice santos sin ayuda de nadie. Entre paréntesis, el caso de Porfirio era especialmente exasperante, pues parece ser que en aquella época no se le ocurrió a nadie (como tampoco a Costas en los años cuarenta) que podía haber muchísima gente con el nombre de Porfirio.

»Con la arrogancia de la juventud, llegué a la conclusión de que aquel sacerdote, cuyo nombre todavía ignoraba, no estaba bien preparado para la tarea que había emprendido. Pensando más en la posibilidad de fastidiar a mi amigo, que estaba disfrutando en una isla mucho más agradable, que en colaborar en la investigación de Costas, me adentré más en la cueva, cuyos muros inclinados y techo bajo estaban ennegrecidos por la grasa y el hollín acumulados durante siglos. Sin embargo, los examiné cuidadosamente, pensando que podría encontrar allí algo de auténtico interés arqueológico.

»No me equivocaba. Bajo la suciedad eran detectables los restos de otras inscripciones, esta vez incisiones en la roca, apenas más que raspaduras.

»No pude evitar un grito de excitación, lo cual hizo que Costas se acercara corriendo. Su comentario, cuando vio mi descubrimiento, me decepcionó.

»—Ah, sí…, eso ya lo conozco, pero temo dañarlo si lo abordo con los medios disponibles.

»Muy disgustado, y decidido a justificarme de algún modo, me saqué una hoja de papel del bolsillo y la apreté contra la pared, de modo que pudiera pasar suavemente un lápiz por el reverso, en una ruda aproximación a la técnica empleada para frotar metales. Me sentí muy aliviado, porque no sólo la operación salió bien, sino que causó en Costas una profunda impresión. Era un truco con el que no estaba familiarizado. Se quedó boquiabierto cuando las palabras legibles saltaron a la vista.

»Pero, naturalmente, una hoja de bloc era inútil, como lo era el lápiz que llevaba encima, para explorar la inscripción en su totalidad. Tenía metro y medio de altura, más o menos, y las líneas llegaban a dos metros de longitud, según la forma del muro de la cueva. Tendríamos que conseguir papel de embalaje y carboncillo o lápiz pastel.

»Le expliqué esto a Costas, el cual prometió localizar los materiales adecuados a la mañana siguiente. Ahora tenía que regresar al pueblo para el servicio nocturno, en el que incluiría una oración de gracias a santa Theodoula por haberme enviado para ayudarle. Me rogó que asistiera, y yo accedí, de una manera bastante hipócrita, pensando en que por lo menos sería más divertido que la manera en que solía pasar las tardes: sentado en una roca, a solas, y arrojando guijarros al agua.

»Tal vez, si me veían en la iglesia, alguien se decidiría a dirigirme la palabra…

»Y alguien lo hizo, pero lo que me dijo no fue en modo alguno lo que yo esperaba.

»Al salir de la iglesia, después del servicio, al que habían asistido dos viejos y seis viudas, una de las cuales, que sin duda había perdido a su marido en la guerra, era joven y bonita —e hizo que me preguntara por el aspecto que debió de tener santa Theodoula— se me acercó un hombre robusto, de edad mediana, con una pierna lisiada que le obligaba a caminar con la ayuda de un bastón. Le había visto de vez en cuando, pero nunca nos habían presentado.

»Él mismo se presentó, como Kyrios Forticos, y me di cuenta de que debía descender de una de las familias “extranjeras”, a algunas de las cuales Costas se había referido por su apellido. Hablaba en voz baja y gravemente, en un francés entrecortado, y me advirtió que aunque Costas me hubiera dicho que lo que hacía era cosa de Dios, la verdad es que era cosa de Satán, y no debía secundarle. A modo de prueba, me contó el relato de un antepasado suyo que vivió en el siglo pasado, un hombre racionalista y escéptico, que restó importancia a las historias que se contaban sobre la cueva y resolvió pasar la noche allí. Eso sucedió cuando sólo parte de la capilla estaba construida. Por la mañana le encontraron ciego y medio loco.

»También yo desdeñaba esas historias, pero me pareció que no sería juicioso ofender a aquel hombre. Me contenté con decirle que esperaba irme de Psylaria lo antes posible, y si él se enteraba de que algún pescador pensaba ir a Lemnos, le agradecería que me lo dijera, pero entretanto creía que la cueva podía ser estudiada útilmente por alguien con conocimientos arqueológicos. El señor Forticos aceptó a regañadientes mi punto de vista, pero insistió en que tuviera cuidado, pues los secretos de la cueva no eran de la clase que se aprende en los libros.

»En seguida fui en busca de Costas y le pregunté por qué no había mencionado las historias que me había referido Forticos, y el sacerdote, muy azorado, me dijo que eran cuentos de hadas utilizados para asustar a los niños traviesos, y no eran dignos de que se les dedicase una atención seria. En vano argumente el valor de la obra de los hermanos Grimm; él se mantuvo en sus trece, y finalmente fui a acostarme malhumorado.

»Habíamos convenido que nos encontraríamos en la capilla a la mañana siguiente, y cuando se presentó, cargado con los diccionarios y obras de consulta que había podido obtener, así como rollos de papel marrón, Costas se deshizo en excusas. Dijo que había pasado la noche en blanco, y resolvió compensar su rudeza diciéndome francamente lo que, a su modo de ver, constituía el milagro de santa Theodoula.

»Se sentó en una piedra e, inclinándose hacia mí, me dijo en tono conspiratorio:

»—¿Conoce usted el término shcchinah?

»Resulta que me crié en una familia metodista bastante estricta, y muy pronto conocí el Antiguo Testamento, por lo que en seguida reconocí la palabra, a pesar de la extraña pronunciación, como la que me había acostumbrado a pronunciar shekinah, con una i larga. Se define generalmente como la presencia visible de Dios.

»Sin embargo, fácilmente se me podría haber escapado la conexión, de no haber sido por un par de accidentes afortunados, debidos a mi amigo desleal. Éste había despertado mi interés por la mitología griega, y así había leído relatos en los que Zeus aparecía en toda su majestad, como respuesta a las instancias de los mortales, e invariablemente con unas consecuencias desastrosas, y también había leído la edición abreviada en un solo volumen de La rama dorada, obra que, pese a todas sus inexactitudes y generalizaciones, había bastado para informarme sobre conceptos como maná y tabú.

»Al instante me sentí muy excitado. Incluso antes de que Costas hubiera declarado su solemne creencia en que, gracias a su extraordinaria devoción, Theodoula debía de haber persuadido al mismo Dios en persona para que se apareciera a los turcos, mi mente funcionaba a velocidad de vértigo. Tuve visiones de publicar un informe erudito en el que describiría el descubrimiento de un culto clásico, o incluso preclásico, hasta entonces desconocido, y documentar los restos folklóricos que habían sobrevivido como cuentos fantásticos y supersticiones. La mayoría de los amigos que había hecho desde que salí del ejército estaban en el mundo académico o pertenecían a alguna rama de las artes, y yo estaba decidido a seguir su ejemplo, o por lo menos ingresar en una de las profesiones.

«Cogí una hoja de papel y me puse a copiar las misteriosas incisiones.

»Por desgracia, a pesar de nuestros esfuerzos tropezamos con numerosas y exasperantes lagunas, pero al cabo de unas horas estuvo claro el sentido general. Costas estaba espantado mientras luchaba con la terminología densa y arcaica. Casi en un susurro, declaró:

»—¡Vaya, es la orden de devoción que la santa ideó para sí misma cuando le prohibieron el acceso a la iglesia!

»Yo no estaba tan seguro de que se tratara de eso, basándome en los pasajes que el clérigo podía traducir. Desde luego, era un conjunto de instrucciones, o más bien de notas, pero la ceremonia a la que se referían no me parecía en absoluto cristiana. No obstante, me guardé mucho de expresar mis objeciones, pues sin la cooperación de Costas, apenas una de cada diez de aquellas palabras habría tenido algún sentido para mí.

»Cuando tuvimos que regresar al pueblo, él charlaba feliz sobre la posibilidad de fundar una orden de monjes cuya regla sería la que santa Theodoula se impuso a sí misma. Habíamos desentrañado una lista de penitencias bastante crueles, algunas de las cuales, por razones puramente físicas, no serían aplicables a los monjes, pero Costas pareció tan dolido cuando, en broma, aludí a eso que desistí.

»El clérigo quería que asistiera de nuevo al servicio, pero me excusé, pues estaba hambriento, y fui al único restaurante digno de ese nombre en Psylaria, que estaba en la plaza del pueblo. Allí Manos Typhis un anciano encorvado, ayudado por sus nietos de diez y doce años, vendía pescado a la plancha, pan moreno y souvlakia en viejas brochetas oxidadas. Por lo menos era barato, y yo me hallaba en el límite de mis recursos.

»Cuando estaba limpiando el último rastro de aceite con el último trozo de pan, oí el ruido familiar de un bastón, y al alzar la vista vi que el señor Forticos se aproximaba.

»—Si de veras quiere abandonar Psylaria, ahora es su oportunidad —me dijo—. Esta noche mi primo quiere llevar su captura directamente a Lemnos. Vaya en su barco. Llegará al alba.

»Durante un largo momento me sentí tentado, a pesar de todo, a quedarme y seguir trabajando con Costas. Pero era imposible. Por un lado, no tenía un céntimo, y por el otro había asegurado a Forticos que estaba deseoso de partir; si me desdecía, eso añadiría uno más a la larga lista de psylarianos a los que no les gustaba.

»—¿Cuándo zarpa? —le pregunté.

»—En cuanto usted llegue. Si ha de ir a Lemnos, tiene que empezar a trabajar pronto, para conseguir una buena captura.

»—Por favor, dígale que ahora mismo voy —le dije, y pedí la cuenta golpeando con mi vaso de vino sobre la mesa.

»Hacer la maleta no me llevó más de veinte minutos; luego invertí otros tantos tratando de encontrar a Costas, pero nadie le había visto desde el servicio nocturno, y comprendí que debía de haber vuelto a la capilla. Dejé una nota de explicación a mi casera, prometiéndole que me pondría en contacto con él, y cuando llegué al embarcadero vi que el primo de Forticos estaba a punto de zarpar sin mí.

»En cuanto llegue a casa, me puse en contacto con todos los amigos de amigos que tenían algo que ver con la arqueología griega, la historia medieval de Grecia o ambas cosas, y unas ocho o diez semanas después recibí una invitación de un hombre perteneciente a la Escuela Británica de Arqueología, en Atenas, para que visitara Psylaria en un caique alquilado. Tomé prestado más dinero del que podía permitirme devolver con rapidez, sufrí un viaje en tren todavía más incómodo que mi travesía a Lemnos y apenas una semana después de recibir la invitación entraba de nuevo en el puerto de Psylaria. Era un día de verano, cálido y seco, sin un soplo de viento.

»La noticia de que llegaba un barco extraño hizo que la gente se agolpara en el embarcadero. Entre la multitud estaba Forticos, el cual se abrió paso e, ignorando a mis compañeros, me cogió del brazo sin decir palabra y me llevó hacia la plaza del pueblo.

»Supongo que eso evitó que me lincharan, o por lo menos que me arrojaran al agua del puerto, pues aunque nadie decía nada, todas las miradas estaban fijas en mí, y en cada rostro podía leer que no sólo desagradaba a aquella gente, sino que me odiaban.

»Al final de nuestro corto paseo, el temor me hacía sudar.

»De súbito Forticos se detuvo, y le imité. En un banco, a la sombra de la iglesia, estaba la inequívoca figura de Costas, su túnica negra ahora tan manchada que se había convertido en una especie de manto de José. Estaba a punto de ir a su encuentro y saludarle cuando Forticos me dijo en voz baja:

»—Mírele de nuevo.

»Así lo hice.

»Y esta vez distinguí un paño que le ocultaba los ojos, cubriendo la parte superior del rostro, como una extensión de su sombrero negro.

»—Ahora está ciego —me dijo Forticos en voz tan queda como antes.

»—¿Cómo? —pregunté, apretando los puños.

»—Sucedió unas dos semanas después de que usted se marchara, en la fiesta de Santa Theodoula. Siguió haciendo el trabajo que había iniciado con usted, y le absorbió tanto que descuidó sus deberes en la iglesia. Cuando le llamamos al orden, se jactó de su gran descubrimiento que haría famosa a Psylaria en el mundo entero. Pero no queremos ser famosos al precio de traficar con Satán. Muchos le dijimos que lo que estaba haciendo tenía que ver con el diablo, y él se rió de nosotros y finalmente dijo que iba a pasar la noche en la antigua capilla, y si tratábamos de impedírselo nos maldeciría en nombre de san Porfirio. Algunos de nosotros, incluso algunos “extranjeros”, sabíamos lo que eso significaba, así que le dejamos hacer (aquí Forticos se encogió de hombros). Observamos desde cierta distancia, vimos una gran luz que brillaba y supimos que era el fin. Entramos en la iglesia y rezamos juntos hasta el alba.

»”Cosa de una hora después. Costas bajó de la colina, caminando como si estuviera aturdido. Llegó al restaurante del viejo Manos, donde los chicos habían dejado unas brochetas de souvlakia en un plato sucio. Las cogió y, antes de que pudiéramos evitarlo, se las clavó en los ojos.

»”Después de eso, cogimos unos explosivos que habían quedado aquí desde la ocupación alemana, los colocamos en la cueva y la volamos.

«Yo había escuchado todo esto petrificado. De repente, no pude soportarlo más. Corrí a través de la plaza y me arrodillé al lado de Costas, balbuceando mi nombre y preguntándole por qué había hecho una cosa tan terrible. Él me dirigió una sonrisa radiante y dijo algo que me heló la sangre.

»—Porque después de lo que vi en aquella luz, amigo mío, no habría sido apropiado volver a mirar el mundo.

El señor Secrett sorbió delicadamente su cerveza, y abruptamente, volví a la ruidosa realidad de la taberna.

—No sólo había quedado ciego —añadió mi compañero—, sino que también se había producido una tosca leucotomía del cerebro anterior. Tuvo suerte, o quizá debería decir que fue desafortunado, al no contraer una infección fatal. Quedó reducido a una condición infantil, bastante letárgico, carente de iniciativa, muy racional e incluso agradable, aparte unos accesos ocasionales de ira que no tenían explicación. Ya no podía llevar a cabo sus deberes religiosos, pero el que ha sido sacerdote una vez, lo sigue siendo siempre, por lo que le permitieron seguir vistiendo el hábito y ayudar en pequeños asuntos rutinarios. Aceptó su destino sin quejarse. Está firmemente convencido de que vio la schechinah, y creo que está vagamente satisfecho de que, debido a la explosión que derrumbó la cueva, a la vez que destruyó las notas y calcos que los dos habíamos hecho, será el último psylariano que lo haga.

»Naturalmente, el hombre de la Escuela Británica de Arqueología se puso furioso, y yo también me sentí un poco enojado, pues aquello significaba que no había manera de establecer si la teoría que había desarrollado era correcta o no. Dios mío, ¿es esa hora? ¡Debería haber vuelto a mi trabajo hace mucho tiempo!

El señor Secrett apuró su vaso y se levantó.

—¡Me alegro de haberle encontrado de nuevo, Scrivener, viejo amigo! Venga a la biblioteca cuando esté de paso. Ya sabe que siempre será bien recibido.

—Desde luego que lo haré —le mentí—. Pero espere un momento. ¿A qué teoría se refiere?

—Oh, la de que el nombre de Porfirio era una corrupción.

—¿Corrupción de qué?

El señor Secrett se encogió de hombros.

—Presumiblemente de Pyrophoros, el que lleva el fuego. Prometeo. O, traducido al latín, Lucifer. Lo cual nos lleva a la interesante posibilidad de que Theodoula, lejos de ser una santa cristiana, pudiera ser la última en una línea de sacerdotisas que se remonta a los tiempos prehistóricos. Mire, me parece difícil creer que ideara un ritual tan eficaz por sí sola. En cualquier caso, no me ha sido posible copiar su trabajo. Pero ahora, naturalmente, nunca sabremos cómo… ¡Tengo que irme volando!

Antes de llegar a la puerta de la taberna, dio media vuelta y regresó hacia mí.

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