Horror 3
Lucille lo habría sabido
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Lucille lo habría sabido
JOHN BURKE
John Burke nació en 1922 y creció en Liverpool, lo cual es sin duda un buen comienzo para un autor del género macabro. Recordemos que numerosos representantes del mismo proceden de esa zona, entre ellos Rosalie Muspratt, May Sinclair, G. C. Pendarves y Eleanor Smith. Burke ha escrito más de cien libros. Swift Summer, su primera novela, le valió el premio literario Atlantic Award. Es autor de varias novelas basadas en las películas de horror de Hammer y Amicus, así como de una trilogía sobre un investigador decimonónico de los fenómenos psíquicos (The Devil’s Footsteps, The Black Charade y Ladygrove). También escribió el guión original para la película de Michael Reeves The Sorcerers, que dio a Boris Karloff y Catherine Lacey la oportunidad de unas interpretaciones inolvidables.
En el contexto de este libro, su relato puede parecer una historia de fantasmas tranquilizadoramente tradicional… Sin embargo hay un detalle que puede parecer tranquilizar pero que, en retrospectiva, resulta cada vez más inquietante.
Había un asiento vacante en el microbús, el asiento trasero que a Lucille le gustaba siempre ocupar, de modo que pudiera dirigir comentarios a los demás, sentados de espaldas a ella y, como decía riendo cada vez que salían, «no quitaros la vista de encima y asegurarme de que no os hurgáis las narices o dais cabezadas y os dormís». Esta vez quizá podrían haber encontrado a otra persona para que completara el número de pasajeros, pero eso no habría parecido apropiado, todavía no, pues era demasiado pronto. Necesitarían tiempo para acostumbrarse a la idea de que Lucille ya no estaba con ellos para organizado todo.
La señora Armstrong había sugerido la cancelación del viaje, pero Madge Wright insistió en que debían seguir adelante, y no porque hubieran pagado por anticipado, aunque sólo eso había supuesto un esfuerzo considerable: Lucille nunca había sido partidaria de reducir costes mezclándose con otro grupo, en un autocar más grande, para hacer una gira vulgar. Once personas a bordo eran suficientes. Once, más el conductor, era un grupo manejable.
Ahora eran diez.
—Lucille habría querido que hiciéramos el viaje —declaró Madge.
Dos mujeres y uno de los hombres, que era el propio marido de Madge, seguían dudando de la oportunidad de aquella salida. Pero Madge siempre había estado muy unida a Lucille, había estado con ella instantes antes de que muriese, y era de un modo tan evidente la sucesora natural de Lucille, que se dejaron persuadir. Y así, aquella tarde de viernes, diez días después del funeral, emprendieron su viaje de estudios anual, que duraría todo el fin de semana.
En los últimos años habían aprovechado aquellos fines de semana para estudiar las casas de campo del Derbyshire, los jardines del Lincolnshire, y las heredades victorianas del Yorkshire. Aquel año Lucille había optado por los castillos románticos del noreste.
—La historia militar atraerá a los varones —había dicho.
Lucille siempre había considerado importante atraer a los varones.
Madge se hizo cargo de la situación.
—Bien, coloquémonos por orden, ¿de acuerdo?
Ella se sentó donde siempre lo hacía, al lado del conductor, sólo que esta vez no sería simplemente para transmitir las instrucciones de Lucille. Esta vez las cosas serían diferentes, y habría que alterar algunas de ellas. Mientras permanecía junto a la puerta, dejando que las otras cuatro mujeres y los cinco hombres subieran al vehículo, vio que su marido iba hacia el fondo.
—Harold, ven aquí y siéntate detrás de mí, o detrás del conductor.
—Me sentaré donde siempre lo he hecho.
—Harold, no hacemos de eso un rito religioso.
—Estoy acostumbrado a sentarme allí.
Era una costumbre, sí, pensó el conductor. Aunque de vez en cuando habían cambiado de sitio para seguir los caprichos de la difunta señora Bellamy, en los últimos años el señor Wright se había sentado junto a ella, en la última fila. Recordó que bromeaban, se inclinaban el uno hacia el otro, riendo, y a veces hacían observaciones absurdas a los que se sentaban delante a lo largo del pasillo.
Desde luego, la señora Lucille Bellamy había sido una viuda alegre.
Una de sus ideas fue separar a los maridos y las esposas, de modo que cada sexo ocupaba uno de los lados del autobús y los miembros de las parejas quedaban desnivelados: Madge sentada al lado del conductor y el marido de Madge en el lado opuesto al final del vehículo, mientras que otros maridos se sentaban a la altura de mujeres que no eran sus esposas.
—Cada uno puede sentarse al lado de su pareja cualquier día de la semana —recordó Fred, el conductor, que dijo Lucille con su voz aguda la primera vez que le contrataron para que los llevara—. La conversación será mucho más interesante si todos estamos mezclados. Inclinaos sobre el pasillo y hablad con otra persona. ¡Eso os mantendrá despiertos!
Y cada vez repetía la orden, pero ella siempre tenía a su lado al marido de Madge.
Su voz aguda recorría el pasillo:
—Madge, dile al conductor que gire a la izquierda en el próximo cruce. Estoy segura de que es una ruta más interesante.
O bien:
—Madge, dile al conductor que vaya más despacio, porque este paisaje es precioso y es una pena que no podamos disfrutarlo por correr tanto. No estamos haciendo un safari rally o comoquiera que se llame.
Le habían sugerido que era ella quien debería sentarse al lado del conductor, pero se negó en redondo.
—No, no, tengo que vigilaros a todos desde atrás, y no puedo estar torciendo el cuello continuamente para ver lo que estáis haciendo.
Se reían con ella y de ella, a veces pesarosos, pero nadie podía quitarle las riendas a Lucille. En primer lugar, ninguno de ellos tenía tanto tiempo libre para organizar el viaje. Desde que su marido había muerto, Lucille disponía del dinero y el tiempo necesarios. Si no arreglaba las cosas para el grupo, era posible que nadie las arreglara jamás.
Ahora alguien debía sustituirla.
Fred cambió de marcha e inició la larga ascensión para salir del valle, por encima del pueblo y hacia las crestas sombreadas de Northumbría. Los pasajeros no conversaban animadamente como en las otras ocasiones, y la atmósfera dentro del autobús era tétrica. Supuso que necesitarían tiempo para recuperarse de la pérdida. Todos tenían conciencia de que uno de los asientos estaba vacío.
—Es una pena lo que le ha sucedido a la señora Bellamy —aventuró en voz baja.
—Sí —se limitó a decir Madge, sin apartar la vista de la carretera.
Ésa era otra cosa que el conductor recordaba. Todos los demás, por mucha que fuera la frecuencia con que se veían, en fiestas, funciones o partidas de bridge, eran el señor Fulano o la señora Mengana, pero la mujer a su lado y la que se había sentado en la última fila eran siempre Madge y Lucille, no sólo entre ellas sino para todos los demás del grupo. Eran casi iguales, aunque no del todo. El conductor suponía que eran una especie de rivales.
—¿De qué murió exactamente? —preguntó el conductor.
—De algo muy poco corriente —se apresuró a responder Madge, deseosa al parecer de demorarse lo menos posible en el tema, manteniendo a raya sus emociones, y terminar en seguida—. Una rara forma de edema osmótico que no respondió a los medicamentos habituales.
El conductor había olvidado que ella tenía algo que ver con el mundo médico.
—Me temo que no tengo mucha idea de…
—Una acumulación de fluido excedente en los tejidos corporales. Una variedad de lo que antes se llamaba hidropesía.
—Ah, sí, comprendo.
Parecía algo repugnante, húmedo y fofo. Fred era escrupuloso respecto a esas cosas y lamentó haber hecho la pregunta.
—La pobre Lucille no respondió a los diuréticos que usábamos para extraer la sal, y el agua con ella. Tuvimos que volver al método anticuado de extraer el fluido por medio de tubos, como le ocurrió al pobre Jorge IV, ya sabe.
—Ah…, sí.
—A él los médicos le extraían el líquido por los pies, lo cual era terriblemente doloroso —dijo Madge, con una sonrisa extrañamente suave—. Con Lucille debió de fallar el control del tiempo. La tasa de extracción debió de ser errónea, y su organismo sufrió un shock terrible. Yo la encontré muerta.
—¿Usted la encontró?
—Aquella noche estaba de guardia, pero tenía que atender a otro paciente, y cuando volví al lado de Lucille era demasiado tarde. La verdad es —explicó en un brusco tono conclusivo— que se ahogó en sus propios fluidos corporales, por así decirlo.
Se dirigían hacia la primera parada, en el castillo Raby.
La señora Armstrong, que se había adelantado al resto del grupo, se detuvo ante un tablón de anuncios.
—Pero aquí dice que no está abierto los viernes.
Confusa, Madge consultó el folleto que le había proporcionado la Oficina de Turismo.
—No es posible. Oh, Dios mío. Los sábados y domingos está abierto, pero el viernes… no. No sé cómo he podido…
Hubo un solo comentario, apenas velado:
—Lucille lo habría sabido.
Subieron de nuevo a bordo, malhumorados.
Al cerrar la puerta, Fred tuvo la sensación huidiza de que alguien más entraba en el último momento. Se volvió para contar a los pasajeros. Eran diez, igual que antes. Cinco parejas casadas, como siempre, y un asiento vacío que en otro tiempo ocupó la viuda dominadora que lo sabía todo.
Prosiguieron el viaje.
Las sombras oscuras de las nubes se deslizaban como una marea oscura y fangosa por las laderas, espesándose en la frondosidad de una plantación. Al llegar al punto más elevado de la carretera, Fred vio que ésta empezaba a curvarse, y supuso que en el otro lado habría una curva cerrada a la izquierda. Redujo la velocidad y miró por el retrovisor.
Había alguien en el asiento que ocupara Lucille.
La inclinación del espejo le permitía ver la carretera por detrás y las cabezas de algunos pasajeros, pero otros quedaban fuera de su campo visual, incluido el asiento de la última fila. Sin embargo, de alguna manera estaba seguro de que alguien lo había ocupado…, quizá se había deslizado desde uno de los otros asientos. Cuando tomó la curva difícil y el autobús avanzó cuesta abajo, movió cautamente el espejo para tener un atisbo de aquel ángulo.
Naturalmente, allí no había nadie.
No era difícil deducir el motivo de aquel espejismo: en las excursiones anteriores había estado demasiado pendiente de aquella mujer, que cada cinco minutos gritaba sus instrucciones o bromeaba. Por eso parecía como si siguiera allí, al frente de todo. Y estaba seguro de que los restantes pasajeros tenían la misma sensación, pues no charlaban y apenas intercambiaban de vez en cuando observaciones de lo más trivial sobre el paisaje.
—¿No podríamos ir más rápido? —preguntó Madge—. A esta velocidad no llegaremos a tiempo para la cena.
Su tono irritado discordaba de una manera como nunca lo había hecho el característico suspiro de Lucille…, el largo suspiro que exhalaba cuando había algún pequeño obstáculo o la gente no respondía como ella había esperado: era como si estuviera a punto de lavarse las manos con respecto a lo que hicieran y luego condescendiera altivamente.
—Se imagina ya en el pellejo de Lucille —susurró alguien.
A su derecha había un aprisco de mampostería, destinado a ganado ovino, pero no había ovejas a la vista. A la izquierda, el desolado obelisco que era la chimenea de una antigua mina de plomo se alzaba contra un cielo tumultuoso: una mina abandonada mucho tiempo atrás. El paisaje era cada vez más sombrío, tan nivelado, moteado, oscuro e impredecible como el cielo, y el frío iba en aumento.
Sin duda Lucille habría sabido encontrar una ruta más gratificante que aquélla.
Iban a pasar la noche en un hotel, por encima de un suave recodo del río Wear. Cuando llegaron a la recepción, la rolliza muchacha que estaba ante el mostrador examinó la reserva que Madge le entregó y cogió una serie de llaves.
—Correcto: cuatro dobles y dos sencillas.
—No —dijo Madge—. Son cinco dobles y, naturalmente, una sencilla para el conductor.
—Eso no es lo que usted confirmó, señora. Cuando hizo la reserva por primera vez eran cinco dobles y una sencilla, pero luego usted canceló la sencilla…
—Es que, desgraciadamente, uno de nuestros miembros ha fallecido —explicó Madge.
—Oh, cuánto lo siento.
—Pero, en cualquier caso, tenían que ser cinco dobles y dos sencillas. Luego les escribí para cancelar sólo una sencilla.
—Eso no es lo que tengo aquí anotado. —La muchacha era paciente pero inflexible—. Veamos qué podemos hacer.
Madge y su marido accedieron a ocupar cada uno una habitación sencilla, ya que no había más dobles disponibles, y alojaron al conductor en un cuartito muy caluroso al fondo del edificio, incómodamente cercano al extractor de la cocina.
Hubo más confusión cuando Madge admitió que no había confirmado en su carta la reserva de cena para el grupo, suponiendo que eso se daría por sentado.
—Pero comprenda —dijo la muchacha, en un tono endurecido—, esta noche hay una cena formal con muchos comensales, y hay pocas mesas para acomodar a los demás clientes. Si usted nos lo hubiera comunicado a tiempo…
Fred se alegró de la comodidad del bar público, donde cenó pollo regado con tres jarras de cerveza.
Desde la ventana lateral del bar se tenía una vista panorámica de los jardines abancalados del hotel. Una farola aislada, con una bombilla eléctrica en el cabezal de lo que había sido una luz de gas, difundía un débil resplandor, como una boya iluminada que se moviera arriba y abajo en la ondulante corriente del río.
Entre la farola y la zona iluminada por la luz del comedor, una mujer caminaba lentamente por un sendero enlosado hacia la puerta de hierro forjado que daba acceso al aparcamiento. Se detuvo una vez y miró las ventanas, como si buscara a algún amigo en una de las mesas del interior. Sin embargo, aunque la luz le daba de lleno en el rostro, sus rasgos eran indefinidos, como una instantánea muy borrosa de alguien a quien Fred creía vagamente conocer. Dejó la jarra de cerveza y pasó la mano por el cristal de la ventana para limpiar el vapor condensado, pero no había tal condensación. El bonito jardín resplandecía y los contornos de sus terrazas eran nítidos. Sólo la mujer que paseaba parecía borrosa, mientras seguía avanzando hacia la puerta adornada con volutas.
Sólo después de que entrara y desapareciera por la esquina del aparcamiento Fred se dio cuenta —estaba seguro, a pesar de la tercera jarra de cerveza— de que la mujer ni siquiera se había detenido para abrir la puerta.
A la mañana siguiente, cuando se dirigían al autobús, las parejas exteriorizaron sus quejas. Les habían servido una cena medio fría, y con notoria indiferencia, mientras que el desayuno había dejado que desear, con su exceso de grasa. Madge no había mostrado su disconformidad ni con la mitad de la energía con que Lucille se habría enfrentado al personal del hotel en circunstancias similares. Y el señor Brearley había tropezado con un escalón mal iluminado en un sucio corredor, y ahora cojeaba de mala manera. Fred se apresuró a aliviarle de su bolsa de viaje y avanzó en retaguardia, detrás de la señora Brearley y la señora Catchpole.
La señora Brearley hacía ciertas insinuaciones.
—Pero era evidente, Lucille y los Wright siempre estaban juntos. A veces me preguntaba…
—¿Lo que había entre Lucille y el marido de Madge?
—Bueno, nunca he hablado de eso con nadie.
La señora Catchpole intentó ser más explícita.
—Quiero decir que como Madge se ausentaba a menudo, porque tenía guardia en el hospital, y eran tan íntimos…
—Jamás he insinuado semejante cosa —dijo la señora Brearley.
Lo dijo con toda seriedad, sin la risa socarrona de aquella otra ocasión, cuando visitaban casas de campo y bromearon acerca de Lucille y Madge en aquel laberinto durante tanto tiempo, y luego aquellos golpecitos bajo la barbilla y las demás carantoñas durante el banquete medieval.
Subieron al autobús y prosiguieron el viaje.
Primero fueron a Durham, y de allí a las ruinas del castillo Hylton, donde Madge leyó la historia sobre el emblema de las estrellas y las franjas en el escudo de la familia, y todos musitaron con indiferencia: «Si, eso se ve claramente, ¿no es cierto?». Luego se dirigieron a Newcastle y Tynemouth y, al caer la tarde, visitaron la maciza torre vigía de Langley. Madge recitó de memoria todo lo que había aprendido sobre torres vigía, y resultó que casi no había entendido nada.
Aquella noche pernoctaron en un hotel muy cerca de la muralla de Adriano. Por la mañana Madge se presentó con un talante jactancioso y decidido.
—Vamos a ver si nos movemos un poco, ¿no os parece? Cambiaremos de sitio. A ver si con los maridos sentados al lado de sus mujeres esto se anima un poco, ¿de acuerdo?
—Pero nunca lo hemos hecho así.
—Ya es hora de probarlo.
Pero la miraron con una expresión indignada, subieron al autobús y se acomodaron en el mismo orden que el día anterior.
Fred puso rumbo al río Coquet y el castillo de Warkworth.
Apenas habían recorrido cuatro kilómetros cuando la señora Brearley, que se sentaba inmediatamente detrás de Madge, anunció que estaba mareada. Fred detuvo el vehículo en el arcén y la señora Brearley descendió, acompañada de Madge, la cual se mantuvo a bastante distancia para que tuviera mucho espacio. La mujer se inclinó sobre una brecha en el muro desigual y vomitó sobre los matorrales marrones y malvas del otro lado.
—Ese tocino me ha parecido aún más grasiento que el de ayer —comentó la señora Armstrong.
Pero cuando la señora Brearley regresó, dijo:
—Ir sentada encima de la rueda es lo que me ha mareado. Me produce una sensación rara.
—Entonces debemos cambiar algunos asientos —dijo Madge, complacida ante la idea de que, al fin y al cabo, iba a salirse con la suya.
Los demás la miraron con creciente desaprobación.
—No —dijo la señora Brearley, que había palidecido—. No quiero que nadie lo pase mal. —Entonces hizo un gesto de asentimiento, como si alguien le hubiera hecho una sugerencia brillante—. Sí, eso será lo mejor.
Se dirigió al fondo del autobús y ocupó el asiento que siempre había sido el de Lucille.
Sólo el leve gemido de la brisa que soplaba en el flanco de la colina rompía el silencio, un silencio de seres conmocionados y trémulos, hasta que Fred puso el motor en marcha más ruidosamente de lo necesario y empezó a subir lentamente colina arriba en primera velocidad. Al llegar a lo alto de la colina, miró automáticamente por el espejo retrovisor. Éste no cubría del todo el asiento que la señora Brearley había dejado libre, pero mostraba lo suficiente para convencer al conductor de que alguien —una de las mujeres, sin duda— había ocupado el sitio detrás de Madge.
Madge se llevó una mano al cuello, como si le hiciera cosquillas una mosca o un mechón de pelo; o como si alguien le susurrara algo al oído.
Visitaron Warkworth y luego Alnwick.
—Y éste fue uno de los castillos de la familia Percy —anunció Madge.
—Seguro —dijo la señora Armstrong—. Perteneció a los Neville.
—Estoy segura de que leí en alguna parte…
Pasó rápidamente las páginas de su folleto.
No hacía falta decirlo en voz alta: Lucille lo habría sabido.
Camino de Dunstanburgh, nadie dijo ni una palabra dentro del autobús. Fred, que de vez en cuando observaba las expresiones de los pasajeros en el espejo, tenía la turbadora sensación de que se estaban alejando de él, de que no había realmente nadie en el autobús. Estaban adelgazando, debilitándose gradualmente, incapaces de hablar ni de hacer nada por sí mismos. Incluso Madge había cesado de darse golpecitos en el cuello y miraba hipnóticamente adelante, esperando alguna orden que nadie pronunciaba.
En el asiento detrás de ella, alguien o algo se volvía más fuerte.
Fred movió el espejo bruscamente.
Esta vez no hubo duda alguna. Lucille estaba sentada detrás de Madge, sonriente, y su figura era más nítida a cada segundo que pasaba.
El autobús se desvió, sus ruedas resbalaron por el margen estrecho y grasiento, y se libró por poco de rozar el muro de piedra. Fred tragó saliva; se enderezó, redujo la velocidad y se concentró en la carretera.
Los demás no podían haberla visto, pues de lo contrario habrían dicho algo. Él no iba a mencionarlo; no quería que le denunciaran a la empresa por conducir borracho y hacer que se les encogiera el ombligo. En realidad, si pensaba más de la cuenta en aquella mujer, los pasajeros tenían la culpa, porque ellos no parecían pensar en otra cosa. Lamentó haber emprendido aquel viaje.
Al llegar a Dunstanburgh se mantuvo bastante apartado cuando ellos empezaron a subir en silencio hacia las ruinas del castillo. Las alturas le daban vértigo. Incluso alzar la vista para mirar a Madge cuando ésta apareció en una tronera, hacía que la cabeza le diera vueltas.
Madge estaba diciendo algo, y los otros parecían acercarse a ella para obligarla a bajar. Un paso más, y la mujer caería desde aquella altura. Fred quiso gritar una advertencia, pero no se atrevió a correr el riesgo.
Había otra figura en el refugio de una torrecilla, observando…, sin prisa.
Cuando Madge bajó, tenía los ojos arrasados en lágrimas. Los otros se mostraban distantes, como si la hubieran despedido y esperasen una guía más competente.
—Lo estoy haciendo lo mejor que puedo —gritó ella.
Los demás se limitaron a mirarla, acusándola en silencio.
Sólo su marido parpadeó y sacudió el cuerpo, como si hiciera un esfuerzo para despertarse. Pero todo lo que pudo decir fue:
—¿Podrías haber salvado a Lucille, Madge?
—Nadie podría haberla salvado.
—¿No la ayudaste de veras?
—Hice todo lo que tenía que hacer.
—Quiero decir…, ¿la ayudaste a terminar?
—Charles, no supondrás…, no me estarás acusando…
—Pensé que podrías haber malinterpretado lo que ocurrió. Me refiero a aquella vez, ya sabes, cuando Lucille estaba en nuestra casa y tú regresaste pronto del turno de noche.
—¿Sólo aquella vez? —replicó ella, con un enojo súbito y frío—. ¿Y qué es lo que habría malinterpretado?
—Entonces lo sabías. Quiero decir que lo sospechabas. Madge…
Ella echó a andar. Fred estaba seguro de que nadie más había escuchado aquel intercambio, y no porque Harold Wright hubiera bajado el tono de su voz, sino porque ninguno de ellos parecía enterarse de lo que ocurría a su alrededor. Así pues, era una gran suerte. Si Madge lo hubiera hecho porque su marido se divertía con Lucille…
Ahora la verdad era algo que ninguno de ellos sabría jamás.
Lucille lo habría sabido.
Estaban en la carretera, en dirección a Bamburgh, cuando Madge se levantó como si alguien cerca de ella la hubiera instigado y dijo:
—Ya que estamos de paso, echemos un vistazo a Hawkby.
—Creo que no conozco ese sitio, señora Wright.
—El tercer desvío a la derecha. No es tan impresionante como Bamburgh, pero deberíamos visitarlo, ya que estamos en las inmediaciones.
En efecto, había un pequeño poste indicador, con las letras desvaídas, que señalaba la dirección de Hawkby. La carretera descendía suavemente y llevaba a un pueblecito presidido por las ruinas del castillo, como los dientes de un monstruo varado arrojado allí por una marea antigua. El mar había devorado gran parte del acantilado, y la orilla era una mezcla de arena, rocas y guijarros.
Fred tenía sed, y las tabernas estaban cerradas, pero en la oficina de correos, junto al prado del pueblo, se anunciaban helados y refrescos. Se detuvo en el umbral y observó cómo el grupo enfilaba el sendero que rodeaba el castillo y terminaba en la playa… Eran once en total. Entonces penetró en el oscuro interior de la oficina de correos.
Una vez saciada su sed, se dio cuenta de que atardecía. Si querían completar su itinerario, era hora de ponerse en camino. Se dirigió al castillo, sintiéndose inexplicablemente fatigado y al margen de la realidad. No era el estado ideal para conducir un autobús, aunque fuera pequeño.
Desde la pequeña elevación podía contemplar la playa.
Allí estaban retozando como chiquillos. Cuatro de los hombres cavaban con sus manos, formando un montículo de arena. Sin embargo, no reían ni bromeaban, a menos que el rumor de la marea que empezaba a bañar las rocas verdosas ahogara sus voces.
Parecían jugar a un juego estúpido, pues estaban enterrando a uno de ellos en la arena, como el mismo Fred había hecho de pequeño. O tal vez no se trataba de una persona, sino de una piedra redondeada que habían cogido en alguna parte…, redondeada y con una suavidad fuera de lo corriente, muy distinta de las piedras convexas más pesadas.
Fred les llamó, y todos se levantaron y le miraron. Agitó una mano, gesticulando para que regresaran. Obedientes, empezaron a desfilar, siguiéndole hasta el autobús. Eran diez. Los contó a medida que iban subiendo: ocho, nueve y diez.
—¿Todo el mundo a bordo?
Harold Wright ocupó el asiento a su lado.
—Todos presentes y correctos.
Emprendieron el regreso. El silencio era casi sólido dentro del autobús, tan sólido como la mujer que se sentaba, complaciente y contenta, detrás del señor Wright.
Hasta que Fred oyó aquel pequeño suspiro, extraño y semiexasperado, que recordaba tan bien. La mujer preguntó:
—¿Podríamos parar en la próxima gasolinera que tenga cafetería?
Al instante hubo un murmullo de aceptación.
Recorrieron un par de kilómetros por la carretera principal y Fred frenó. Cuando abrió la portezuela, ella pasó por su lado y volvió a oír el suspiro, un suspiro que salió aleteando hacia el infinito, un último susurro y una última risa.
Se burlaba de ellos, y los liberaba.
La señora Brearley miró parpadeando al señor Armstrong, al otro lado del pasillo.
—Es curioso. Habría jurado…
—¿Adónde ha ido?
Y el señor Wright miraba a su alrededor, perplejo, mientras iban saliendo del autobús y hacían flexiones, se frotaban las rodillas y daban pequeños brincos contra el dolor de la circulación sanguínea de nuevo en activo. Todos estaban rígidos y cansados, y todos, súbitamente, eran conscientes de lo que ocurría.
—¿Dónde está Madge? —preguntó el señor Wright.
—Es curioso. No recuerdo que subiera al autobús.
—Y yo no recuerdo que no subiera.
Miraron al conductor con expresiones acusadoras. Sin duda debería haber sido lo bastante responsable para asegurarse de que todo el mundo estaba a bordo antes de partir. Lo bastante responsable para saber cuántos eran. Lucille lo habría sabido.
—Oigan —dijo Fred—, son ustedes diez…
Se volvieron unos hacia otros, contándose. Aparte de Fred, eran nueve.
—Ella bajó.
—Pero ¿adónde ha ido Madge?
Gradual, incrédulamente, empezaron a recordar. Todos vieron con el ojo de su mente, a varios kilómetros tras ellos, la imagen de aquella bola, como una cabeza por encima de la arena, empaquetada, aprisionada, por sus impresionantes fortificaciones de arena.
Fred fue el primero en regresar al autobús. Los demás le siguieron, y cuando todos hubieron subido, maniobró, hizo girar el vehículo y empezó a correr hacia el lugar del que habían regresado. Pero cuando consultó el reloj del tablero de instrumentos, se dio cuenta de que era inútil que se apresurase.
Por entonces la marea ya estaría alta.