Horror 3
Femme fatale
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Femme fatale
MARIANNE LECONTE
Marianne Leconte nació en Nancy, en 1944, pero empezó a viajar a los cuatro años de edad, al Congo y a Mozambique, cuando su padre buscaba uranio. Se casó a los dieciocho años y tiene dos hijas. Es compiladora de antologías, entre ellas Méduse, Femmes au Futur, Les Enfants du Sturgeon y Les Pièges de l’Espace. Es directora de una colección francesa de ciencia ficción.
Elle portait des culottes,
des bottes de moto,
un blouson de cuir noir
avec un aigle sur le dos…
De la canción de Edith Piaf, L’homme à la moto
En las calles envueltas por la niebla, más allá de las antiguas fortificaciones, la mujer se deslizaba al azar entre las sombras de una noche sin luna. Su motocicleta latía y se estremecía bajo ella como un fogoso pura sangre. Durante horas interminables devoró kilómetros de asfalto, subiendo por calles estrechas y acelerando por las pendientes de las colinas que rodeaban la desmoronada y ruinosa ciudad de París.
De repente atisbó a la chiquilla, sola en la esquina de una calle. Entonces la motocicleta y su amazona iniciaron su baile seductor. La cazadora pasó una y otra vez ante la adolescente, examinando el pálido rostro que bajo las luces de neón se fragmentaba en franjas anaranjadas, verdes y rojas, como si lo hubieran extraído de un cuadro de Fernand Léger. Era un rostro pequeño, de facciones inmaduras, recién salido de las manos del escultor, pero en el que ya se discernían las esperanzas de la sangre joven y ardiente.
El sueño, cada vez más claro y más detallado, presagiaba despertar, renacimiento, retorno a la vida.
Era el momento, su momento, la hora en que los niños de la guerra surgirían sin temor a que les reconocieran como lo que eran. La durmiente despertó y estiró sus miembros. Caía la noche. Ahora, como en cada crepúsculo, la pelirroja Ira podía ir de caza.
Llevaba guantes de motorista
y botas y pantalones negros,
y una gran chaqueta de cuero
con un águila en la espalda…
Su motocicleta se encabritó como un caballo fogoso antes de emprender el galope. Ira sabía adónde se dirigía. Desde el cementerio de Montmartre, con sus tumbas destrozadas que nadie se había molestado en reconstruir —los supervivientes no podían preocuparse lo más mínimo por los muertos que descansaban en paz— bajó hacia el desierto de la plaza Clichy, giró a la izquierda, pasó a toda velocidad ante las innumerables sex-shops que, como frutas demasiado maduras y putrefactas, vomitaban grupos de hombres y muchachas dispuestos a venderse por un mendrugo de pan: una repugnante resaca de los Tiempos Anteriores. De entre las ruinas del Moulin Rouge se alzaba un hedor nauseabundo a hongos a la parrilla y soja frita.
Por un momento, Ira, con su pelo rojo, una expresión obstinada en su rostro enflaquecido, las mejillas hundidas y el mentón puntiagudo, sintió la tentación de iniciar la búsqueda en aquel distrito del libertinaje, en busca de criaturas palurdas. Pero al final se impuso su gusto por las presas más difíciles. En aquel distrito sólo encontraría algunas prostitutas fofas, demasiado pesadas, hinchadas a causa de una dieta nada saludable, criaturas de piel lívida que no le gustaban lo más mínimo.
Así pues, no dudó en cambiar de sentido y enfilar la calle Fontaine, desde donde continuó hasta las ruinas de Notre Dame de Lorette, y luego, frente a la antigua iglesia protestante en la plaza Kossuth, tomó la calle Drouot en dirección al Palacio Real.
Detrás del visor de altuglass, sus febriles ojos verdes, dilatados por el ayuno, observaban la calzada llena de baches con una fijeza hipnótica. Bajo el reluciente casco negro le latían las sienes. La apremiante necesidad natural se iba haciendo cada vez más viva. Giró el manillar y aceleró violentamente; la máquina salió disparada con un pedorreo estrepitoso que despertó a toda la calle Richelieu. En los pocos bloques de pisos que todavía eran habitables a pesar de sus innumerables grietas, los bebés se despertaban aullando, mientras sus padres volvían a maldecir aquella horrible máquina y las madres se santiguaban, por si se tratara del demonio.
Ahora unos dolores punzantes, débiles todavía pero de todos modos insistentes, le atravesaban la cabeza. El deseo la aguijoneaba más y más, desgastaba su paciencia…, y la máquina soportaba lo más arduo. La montura salvaje y poderosa parecía corresponder a las quejas contenidas de la amazona, mientras avanzaba rugiendo por las calles.
De repente Ira avistó una muchacha esbelta, de cuerpo sexualmente ambiguo, un busto apenas bosquejado, un bonito trasero moldeado por unos tejanos tan ceñidos que era posible discernir su monte de Venus, el vientre liso…, una chiquilla que fingía ser una mujer liberada. Sin duda era vulnerable…, una vez se eliminara el barniz superficial de dureza.
Pero sin duda pertenecía a la clase de mujer que nunca cede, que aprieta los dientes y cierra los labios hasta el final, que prefiere morir antes que suplicar misericordia, que nunca admite que la máquina va demasiado rápido y que su conductora la asusta.
Era muy difícil hacer sufrir a los hijos del Tiempo Posterior.
Una vez más, la motocicleta partió velozmente, a requerimiento de la mano de Ira. Soldados sus cuerpos, volaron como un solo ser hacia el puente del Carrousel. Los neumáticos chirriaron cuando tomaron la curva cerrada para entrar en la Rué des Saints Peres. Ira podía sentir ya contra su espalda un cuerpo tenso y flexible, apretándose más, aferrándose a ella como a un salvavidas… Pero nunca se desmoronaban. Eran muy duros, aquellos adolescentes de fines del siglo XX. Ni siquiera gemían, y, por supuesto, no gritaban… Su valor era extraordinario, casi inhumano, se negaban furiosamente a ceder…, como si, tras haber aceptado el riesgo de subir a la motocicleta, tuvieran que arrastrar las consecuencias a toda costa, para mostrarse valientes. Por primera vez en su vida, la pelirroja pensó que quizá los elegía demasiado jóvenes. A lo mejor la generación superviviente de los Tiempos Anteriores no era tan valiente. Gritos, aullidos, golpes en su espalda mientras se quejaban y gemían frenéticamente…, el pánico en aumento, comunicado de un cuerpo al otro con las vibraciones de la máquina. Pensó que tal vez debería probarlo por lo menos una vez. Sería una sensación nueva y diferente.
Bajo la excitación de su amazona, la motocicleta corcoveaba alegremente.
Tenía que satisfacer el implacable deseo que se había apoderado de ella: quería oír a alguien gritar, quejarse, suplicar, llorar. Pero ¿a quién elegir y cómo? No debía ser una mujer demasiado mayor. Una mueca de repugnancia contorsionó los carnosos labios rosados de la amazona. Lo mejor sería una mujer rica, de un distrito caro, treintañera, con el cuerpo firme y sano. Pero ¿cómo abordar a una mujer así, a quien una motocicleta no le impresionaría en absoluto, pues había visto demasiadas en los viejos tiempos?
La cazadora se inclinó sobre el manillar para tomar la curva de la calle de Rennes. Aumentó la velocidad, sin hacer caso de los silbidos de admiración y los gritos lascivos de un grupito de muchachos que cada noche, a la misma hora, estaban allí esperando la fugaz aparición de la amazona, o más bien de su motocicleta, pues era una de las pocas que quedaban. Sin duda imaginaban que una noche ella reduciría la velocidad, se detendría el tiempo suficiente para recoger a uno y se lo llevaría con ella. Pero ¿qué se creían que eran aquellos lechuguinos de familia rica que haraganeaban en el boulevard Saint Germain? Su riqueza libraba a aquellos hijos de la clase media de pudrirse como los demás; no tenían necesidad de los expedientes a los que ella, Ira, se veía impulsaba a recurrir.
«¡Tendréis que buscaros otra diversión, amigos! A mí me interesan vuestras hermanitas traviesas, las de aire masculino que merodean por Montparnasse. ¿Qué clase de chica elegiré esta noche? Y sobre todo, ¿cómo lograré que suba atrás? Una mujer treintañera no será temeraria… a menos que…».
Poco a poco, una idea fue abriéndose paso en su mente. Con su aspecto de muchacho, su cabello corto, un flequillo sobre los ojos, su chaqueta y su motocicleta, estaba plenamente equipada para seducir a ese tipo de hembra. Al diablo con sus hábitos habituales. Aquella noche iba a permitirse algo diferente, una víctima a la que asustaría, aterrorizaría…, un auténtico festín. Se pasó la lengua por los labios pintados de color dorado, a los que hinchaba la lujuria. Sus muslos, enfundados en piel suave y flexible de color castaño se tensaron contra el ancho sillín de cuero negro. La vibración de la máquina recorrió todo su cuerpo, alzándole el vientre, sacudiéndole la espalda, dando masaje a sus senos. Con el torso horizontal sobre la máquina, dirigió su montura contra el pene romo y combado que era todo lo que quedaba de la torre de Montparnasse, cuya estructura de hormigón era lo único que había quedado en pie. Lo que en otro tiempo fuera el jactancioso símbolo fálico de una sociedad decadente, un pene rígido, duro y negro, no era más que una ruina. Pero a Ira siempre le había importado un bledo, incluso antes de la lluvia de fuego y cenizas. Los hombres no eran lo suyo, ni blancos ni negros, y los penes no la excitaban…
Frenó suavemente ante el Nouveau Select, subió al bordillo y se detuvo a un metro de las mesas en la terraza del café. Desconectó el motor, y la máquina, tras vibrar y bufar un poco, quedó quieta. Ira siguió a horcajadas sobre el sillín, sin hacer caso de las miradas lujuriosas que atraía. ¿Ella o la máquina? Una silueta vestida de negro con un águila escarlata en la espalda: una sombra turbadora, demoníaca.
Sin moverse, como si estuviera hojeando un libro, empezó a observar a los clientes sentados ante las mesas desvencijadas en aquella terraza cubierta de cascotes, ladrillos rotos y fragmentos de yeso que nadie se había molestado en limpiar. Aquél era el momento que más le gustaba, y no quería estropearlo al precipitarse, a pesar de los deseos insaciados que la atormentaban, que le revolvían el estómago y le producían vértigo. Elegir una presa siempre le excitaba. Se irguió, el busto tan firme como si estuviera reforzado con plástico, la fina cintura apretada por el cinturón, las nalgas redondas y altas, moldeadas por la prenda de cuero que se fusionaba con el cuero del ancho sillín.
En la acera, cerca de ella, una mujer alta y extravagante paseaba arriba y abajo. Tenía las piernas largas y muy delgadas, unas caderas tan estrechas que los pantalones abrillantados colgaban llenos de arrugas alrededor de sus muslos, un ancho cinturón dorado, y lucía una blusa de encaje con el cuello muy abierto, los senos amorfos y caídos, y anillos en todos los dedos. Bajo la mirada fascinada de los hombres lujuriosos sonreía tontamente, gesticulaba y se pavoneaba. Estaba allí todas las noches, convirtiendo el Nouveau Select en su teatro personal, pasando su vida en un escenario imaginario, dedicada a ofrecer a los transeúntes una diversión libre. Ponía su corazón en el métier. Se presentaba como una verdadera artista, capaz de representar sincera y completamente su papel.
Ira desvió su atención hacia los clientes del café. Su reluciente casco negro, al que las luces de neón arrancaban reflejos, reforzaba el aspecto misterioso del personaje igualmente romántico al que estaba representando: la vampiresa, la femme fatale.
Una morena con los ojos rasgados como una oriental despertó su interés: una camisa china blanca, con un cuello alzado que resaltaba su cutis mate, el cabello negro cortado como el de un paje, los ojos oscuros suavizados por un flequillo cuadrado. Era una lástima que muy cerca de ella estuviera un hombre de aspecto informal y simpático, con barba, sin duda lleno de inhibiciones y conflictos psicológicos, con energía sexual y poder dominador…
La amazona se dijo que esa clase de muchacha no era para ella.
Pero allí estaban todos ellos, los perdedores de la medianoche, los que en aquellos paraísos artificiales en compañía de amigos buscaban refugio, mantenían a raya las visiones de desesperación, aburrimiento y depresión. Supervivientes, casi saludables… física, si no mentalmente.
De súbito, Ira salió de su ensimismamiento y husmeó el aire como un sabueso. Entre las tres mujeres en la segunda fila… Ardiendo bajo cenizas, observaciones incisivas y respuestas amargas. El aire alicaído de la tensa rubia con el cabello como el de un ángel; la expresión astuta de su rival, muy joven y esbelta; la calma de la mujer de aspecto varonil, más que cuarentona, con el cabello corto, un cigarrillo entre los labios, fría, inteligente y, sin duda, muy razonable. Ira se estremeció. Una y otra vez había sido testigo de semejante escena, y sabía cómo terminaba. Diamantes, corazones y tréboles, reproches, burlas y sollozos. La huida inevitable de la perdedora, mientras la nueva muchacha, fingiendo que no estaba afectada, tomaba posesión de su casa.
Tendría a su víctima dentro de unos minutos.
La máquina rugió y dio un salto. La gente se sobresaltó. Unos muchachos, a los que había sorprendido el ruido repentino, le dirigieron insultos o le hicieron proposiciones. Pero Ira ya estaba en el extremo de la calle, apostándose en la otra acera. Era hora de empezar el acecho de su presa. Desde lejos vigilaba, seguía sus movimientos, sus gestos cada vez más espasmódicos, sus hombros inclinados, sus brazos cruzados sobre el pecho como para protegerse de un golpe violento.
Por fin la muchacha se levantó y bajó a la calzada. Preparada para ello, Ira ya se había puesto suavemente en marcha. Por una vez, su cómplice, la motocicleta, no hizo ruido alguno. Juntas se aproximaron a la rubia que cruzaba la calle, sin hacer caso de lo que ocurría a su alrededor. En el último momento la máquina corcoveó para no atropellar a la desdichada muchacha, la cual lanzó un grito. Ira la cogió del brazo, la apretó contra ella y evitó que cayera al suelo. Alzándola, la sujetó con una fuerte mano, mientras que con la otra alzaba el visor y se mostraba: sonriente, bonita, el pelo rojo cortado como el de un chico, los ojos verdes con un brillo de luciérnagas contra la piel pálida: hermosa, serena, tranquilizadora.
Ninguna de las dos habló. Ira instaló a la llorosa muchacha sobre el motor cálido y ronroneante, y entonces le acarició suavemente la cabeza, como para aliviar una gran pena. La meció así durante unos momentos, pasando los dedos por su piel suave y satinada; luego aposentó con firmeza aquella gatita extraviada sobre el largo sillín de una sola pieza. La muchacha la dejó hacer, como una niña impotente. En cuanto estuvo sentada, se acurrucó contra su rescatadora, consolándose con el cálido contacto entre ellas.
La motocicleta parecía volar, llevando entre sus alas a la joven desdichada. Ésta cerró los ojos y olvidó la desesperación que se había apoderado de ella cuando vio que su amante sonreía a su nueva pareja. Olvidó los ojos oscuros y la figura adolescente de su rival. Poco a poco olvidó todos sus pesares. Allí estaban, transportadas por el viento que arremolinaba su cabello y con él azotaba suavemente sus mejillas, saladas por las lágrimas que se habían secado. Se apretó más contra el cuerpo de su compañera, para mantenerse caliente. No sonreía…, todavía no, pero sus recuerdos de la velada iban desvaneciéndose, ahogados por el ronroneo vibrátil del motor, que ahora impulsaba la máquina a una relajada velocidad de paseo.
Se dejaba llevar, gobernar, dirigir, como había hecho toda su vida, confiando en la fuerza de otra persona, entregando su vida sin más resistencia que la de un barco atrapado por un temporal que se hunde antes de tener tiempo de reaccionar. Intoxicada por la velocidad, deslumbrada de vez en cuando por las luces, tenía la sensación de que iba a la deriva. La amazona, con un ligero movimiento de las caderas, acercó más a su vientre el redondo trasero, y ella se retiró un poco para que encajara cómodamente. La vibración de la máquina se comunicaba a todo su cuerpo. Empezó a recuperar la conciencia física normal, y notó que los labios de su vulva estaban aplastados contra el cuero negro, que estaba caliente y húmeda bajo el provocativo vestido de seda. Apretó con fuerza los muslos sobre la superficie resbaladiza del sillín, restregándolos contra la superficie flexible, con un suspiro de placer. La máquina y su conductora la llevaban en una carrera frenética hacia ninguna parte. Pero ella no tenía miedo.
No, no era miedo lo que sentía.
¿De veras? Pero tenía una sensación extraña. Notaba un cosquilleo en la nuca, escalofríos en la espina dorsal y estaba con el alma en un hilo. ¿Por qué de repente se le había tensado tanto el vientre, dejando una brecha entre ella y la espalda de la conductora, que fue ocupada en seguida por una ráfaga de aire helado? ¿Por qué aquel vértigo terrible? De súbito quiso detener todo aquello. Se sentía mareada, como si viajara en las montañas rusas de su infancia, antes de la guerra. Sentía nauseas, deseos de vomitar, debido a aquella separación temible, a su desgracia, su angustia, todas aquellas curvas, la manera en que la máquina se ladeaba al tomar las curvas. Pero ¿cómo podía advertir a la muchacha que conducía? Era inútil susurrarle al oído, e igualmente inútil gritar. Ahora la motocicleta avanzaba a demasiada velocidad. Los muros se deslizaban raudos a cada lado, muros de luz o de cemento armado, muros amenazadores que formaban un pasillo cada vez más uniforme, sin rasgos, sin ninguna salida.
Ahora empezaba a tener auténtico miedo, y con dedos ateridos trató de pellizcar, de magullar a la extraña mujer para hacerle comprender que todo iba mal y debía detenerse. Pero no obtuvo respuesta; estaba demasiado bien protegida por su chaqueta para percibir las señales frenéticas de su pasajera.
Entonces intentó separar sus manos de la cintura de aquella desconocida, pero iban a tal velocidad que ya no era posible. Así pues, siguió aferrada a ella, presa del pánico. La motocicleta parecía haberse convertido en una bala de cañón que nada podía detener, aparte un muro de acero, y esta idea le aterraba. Eso era lo que iba a suceder si aquella loca no reducía la velocidad, si ella no bajaba en seguida de aquel proyectil mortífero. Pero ¿cómo? La conductora parecía tan intoxicada por la carrera que era como si se hubiera olvidado de que tenía compañía.
Pero se equivocaba. Lo cierto era que Ira estaba disfrutando de su carrera, la velocidad, la potencia de su montura, pero, por encima de todo, disfrutaba del temor que poco a poco iba invadiendo cada fibra de la joven abrazada a su cintura. Sentía su cuerpo tenso por la angustia, inerte a causa del terror, presa de la desesperación. Era consciente de todo ello, porque su pasajero se apretaba contra su espalda y la máquina, y el temblor de la motocicleta transmitía y ampliaba sus sensaciones y su angustia.
Volvió a tener un acceso de lujuria, un impulso que crecía en el hueco de sus ijadas. Pero la víctima aún no estaba preparada. Aceleró todavía más, fingiendo que no se percataba de su terror que, sin embargo, llegaba hasta ella en oleadas cada vez más intensas. El placer también aumentaba en su interior, en una proporción precisa respecto a la intensidad con que la muchacha se aferraba a ella, ajena a los efectos que producía. La sangre de su trofeo se iba enfriando. Ya no sabía como atraer la atención de su raptora.
La motocicleta se inclinaba a uno y otro lado con creciente frecuencia, haciendo girar a sus dos ocupantes en un torbellino demoniaco. Se inclinaba como si en lo sucesivo no hubiera más calles, como si fueran a girar y girar para siempre, casi horizontalmente, sobre un muro de muerte. La joven no tenía idea de dónde estaba, ya no veía, ya no sentía nada salvo la angustia y el viento. Sintiendo el frío en las entrañas, resistía en un laberinto irreal de colores oscuros y aterradores, los tonos del frío y el pavor. Incapaz de seguir aguantando aquella tortura, trataba en vano de pronunciar algunas palabras para consolarse, de hablar al fin para escuchar su propia voz y cerciorarse de que seguía existiendo. Pero los sonidos no cruzaban el umbral de sus labios.
Ira podía percibir, por la hinchazón de su pecho, que quería soltar un grito…, y por fin lo emitió, prolongado y progresivamente intenso. Desconcertadas por su violencia, conmocionadas por la locura que estallaba en el cerebro nebuloso de su pasajera, la amazona y su máquina se enderezaron un poco, pero sin aminorar la velocidad.
La muchacha siguió gritando durante largo rato, incapaz ya de juzgar cuánto tiempo transcurría o qué distancia habían cubierto. La danza continuó. Muy juntas, ambas apretadas contra la motocicleta, una de ellas tenía la expresión de una mujer a punto de experimentar el orgasmo, mientras la otra parecía a punto de morir de angustia. Una estaba atormentada por un deseo abrumador, mientras que la otra ya estaba resignada a su dolor y su pánico. Poco a poco el grito fue debilitándose, mezclándose con el ruido del motor, convertido en un ligero gemido, muy parecido al sonido de un recién nacido al que tararean para que se duerma, siempre la misma nana y siempre en el mismo tono.
Esto fatigó a la amazona pelirroja, que dirigía la danza. Pero, una vez más, la lujuria surgió en ella, imperiosa. Lo que poseía era más que un deseo, era una necesidad.
La moto se detuvo y farfulló, como si también estuviera cansada. Parecía boquear para recuperar el aliento, mientras consumía las últimas gotas de combustible. Era el momento de hacer sonar el cuerno de caza. También Ira estaba fatigada por la carrera a través de la noche, por el placer que había experimentado y por la falta de alimento. Ambas necesitaban un respiro. Pronto llegaría la falsa aurora. Habían viajado durante toda la noche.
Ira soltó el manillar y dejó que la máquina avanzara por sí sola mientras se quitaba los guantes de cuero. La muchacha sentada detrás de ella no notó nada. Estaba aturdida y no podía reaccionar ante aquella nueva temeridad. Todavía se arrullaba a sí misma con el compás casi africano de su estribillo rítmico.
Una sonrisa cruel apareció en los labios de la loba pelirroja, la cual se desabrochó la chaqueta y mostró su pecho. Era pálido, lechoso, punteado de pecas, como si nunca hubiera recibido la caricia del sol y siempre hubiera estado cubierto por el cuero. Era tan pálido como el crepúsculo matutino, o como un cadáver desangrado. Casi parecía enfermizo.
Lentamente se guardó los guantes en el hueco de los pechos, y entonces desasió las manos de su compañera aferradas a su cintura. Se vio obligada a tirar con fuerza para separarlas, primero una de la otra, y luego de su vientre.
Con mucha delicadeza, cogió una muñeca blanca, perlina, viva, suave como la seda, le dio la vuelta y acercó a sus labios la superficie desprotegida. Las venas azules pulsaban bajo una piel casi transparente. Cariñosamente Ira pasó su boca húmeda por la fría mano, a lo largo del brazo y de nuevo a la mano, y la joven se dejó besar sin resistencia. Ira inhaló el aroma de aquella esbelta rubia. Llenó sus fosas nasales y le afectó tan profundamente como una droga. La cabeza le daba vueltas. No podía seguir dominándose.
La motocicleta emitió un penoso sonido ahogado.
—¡En seguida, en seguida! —musitó Ira, hablando por primera vez.
Se irguió a partir de las caderas, liberándose así del otro cuerpo todavía aferrado a su espalda. Al notar que, de súbito, se había quedado sin apoyo, la muchacha trató desesperadamente de reanudar el contacto físico, y se deslizó de nuevo sobre el sillín. Ira movió las caderas más adelante. La muchacha gimió, pero la siguió, adaptándose a sus movimientos más ligeros. La motocicleta, que había aminorado su marcha, siguió avanzando, con una estabilidad uniforme y sin el menor sonido.
Estimulada, la muchacha dejó de tararear, fascinada por la falta de ruido, por el silencio perfecto del motor. Todo permanecía en silencio; entonces oyó un chirrido y un deslizamiento, y lenta, muy lentamente, notó que un objeto frío, duro, metálico presionaba contra los labios de su vulva, separándoselos y penetrándola suave y cuidadosa pero irresistiblemente. Aquello… ¿qué era?… Aquel pistón, por así decirlo, empezó a estremecerse, a vibrar, a humedecerla. De pronto el flujo corría por sus muslos, y ella, aturdida por lo que sentía, no se atrevía a moverse, ni siquiera a pensar. Estaba demasiado conmocionada. Una lujuria que no comprendía multiplicaba sus sensaciones, las oleadas de placer se sucedían, hasta que todo su cuerpo pareció estallar, junto con su conciencia, en un orgasmo breve y brutal.
Entonces, como un río de rubíes, el líquido nutritivo fluyó en el complejo mecanismo de la motocicleta, vertiéndose en todas las piezas; una vez empapado hasta el último tornillo, la sangre roja ascendió hacia el sillín de cuero negro y fue absorbida ávidamente por el cuerpo de Ira, la hermosa amazona que era inseparable de su montura. Eran dos seres antinaturales que formaban un conjunto monstruoso: de hecho, una máquina inventada por la guerra y para satisfacer las necesidades de la guerra.
Una vez ahíta de combustible, la motocicleta corcoveó bajo la presa vigorosa de la conductora que era también su gemela siamesa. El movimiento desalojó una muñeca fláccida que voló para aterrizar sobre el asfalto con los brazos extendidos, en forma de cruz.
Sin mirarla siquiera, la pelirroja Ira, la vampiresa Ira, saltó hacia adelante como un demonio, preparada para otra de sus cacerías nocturnas.