Fuego y sangre

Fuego y sangre


La regencia: La Mano Encapuchada

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La regencia La Mano Encapuchada

Cregan Stark se había retirado como Mano del Rey y había anunciado su intención de regresar a Invernalia, pero antes de poder abandonar el sur tuvo que enfrentarse a un espinoso problema.

Lord Stark había viajado al sur con un gran ejército formado en su mayoría por hombres que no eran necesarios ni deseados en el Norte, y cuyo regreso podría causar penurias y quizá incluso la muerte de los seres queridos que habían dejado atrás. Cuenta la leyenda (y Champiñón) que fue lady Alysanne quien propuso una solución. A lo largo del Tridente, las tierras estaban llenas de viudas, recordó a lord Stark; mujeres, muchas de ellas con hijos a su cargo, que habían enviado a sus maridos a luchar con este o aquel señor y solo habían recibido nuevas de su muerte en combate. Con el invierno casi encima, una espalda fuerte y unas manos voluntariosas serían bienvenidas en más de un hogar.

Al final, más de mil norteños acompañaron a Aly la Negra y a su sobrino, lord Benjicot, cuando regresaron a las Tierras de los Ríos después de la boda real. «Un lobo para cada viuda —bromeó Champiñón—. Le calentará la cama en invierno y roerá sus huesos cuando llegue la primavera». Aun así, se celebraron cientos de bodas en las denominadas Ferias de Viudas que tuvieron lugar en el Árbol de los Cuervos, Aguasdulces, Septo de Piedra, Los Gemelos y Buenabasto. Los norteños que no quisieron casarse pusieron su espada al servicio de señores de mayor o menor importancia como guardias y soldados. Unos cuantos, triste es decirlo, se pasaron al bandidaje y tuvieron finales lamentables, pero en general, la propuesta casamentera de lady Alysanne fue un gran éxito. Los norteños reasentados no solo reforzaron a los señores de los Ríos que los acogieron, sobre todo a las casas Tully y Blackwood, sino que contribuyeron a reavivar y extender el culto a los antiguos dioses al sur del Cuello.

Otros norteños prefirieron buscar nueva vida y fortuna al otro lado del mar Angosto. Pocos días después de que lord Stark se retirase como Mano del Rey, ser Marston Mares regresó a solas de Lys, adonde lo habían enviado a buscar mercenarios. Aceptó gustosamente el indulto por sus crímenes pretéritos e informó de que la Triarquía se había desmoronado. Con la guerra en ciernes, las Tres Hijas habían estado contratando compañías libres tan deprisa como se formaban, a un precio que él no podía ni soñar con igualar. Muchos norteños de lord Cregan vieron en ello una oportunidad. ¿Por qué regresar a una tierra en las garras del invierno para helarse o morir de hambre, cuando había oro al alcance de la mano al otro lado del mar Angosto? En consecuencia, no se formó una compañía libre, sino dos. La Manada de Lobos, al mando de Hallis Hornwood, apodado Hal el Loco, y Timotty Nieve, el bastardo de Dedo de Pedernal, estaba formada exclusivamente por norteños, mientras que entre los Rompetormentas, costeados y dirigidos por ser Oscar Tully, había hombres de todos los lugares de Poniente.

Mientras aquellos aventureros se disponían a partir de Desembarco del Rey, otros acudían desde los cuatro puntos cardinales para asistir a la coronación del príncipe Aegon y a la boda real. Del oeste llegaron lady Johanna Lannister y su padre, Roland Westerling, señor del Risco; del sur, desde Antigua, dos veintenas de Hightower encabezados por lord Lyonel y la viuda de su padre, la imponente lady Samantha. Aunque tenían prohibido casarse, su pasión mutua era ya ampliamente conocida, y tan escandalosa que el Septón Supremo se negó a viajar con ellos y llegó tres días más tarde, en compañía de lord Redwyne, lord Costayne y lord Beesbury.

Lady Elenda, la viuda de lord Borros, se quedó en Bastión de Tormentas con su hijo pequeño, pero envió a sus hijas Cassandra, Ellyn y Floris como representantes de la casa Baratheon. (Maris, la cuarta hija, se había unido a las Hermanas Silenciosas, nos explica el septón Eustace. En el relato de Champiñón, esto ocurrió después de que su madre ordenase que le arrancasen la lengua, pero podemos desestimar con seguridad tan macabro detalle. La creencia pertinaz de que las Hermanas Silenciosas no tienen lengua no es sino un mito; guardan silencio a causa de su devoción, no de unas tenazas al rojo). Royce Caron, el padre de lady Baratheon, señor de Canto Nocturno y mariscal de las Marcas, acompañó a las jóvenes a la ciudad y se quedó con ellas en calidad de guardián.

Alyn Velaryon desembarcó también, y los hermanos Manderly regresaron una vez más de Puerto Blanco, acompañados por cien caballeros de capa verdeazul. Acudieron incluso visitantes del otro lado del mar Angosto, de Braavos, Pentos, las Tres Hijas, la antigua Volantis… De las Islas del Verano llegaron tres altas princesas negras de capa emplumada, y su esplendor era una maravilla digna de verse. No tardaron en abarrotarse hasta la última posada y el último establo de Desembarco del Rey, y extramuros se levantó una ciudad de tiendas y pabellones para los que no pudieron encontrar alojamiento. Se bebió y se fornicó sobremanera, afirma Champiñón; se rezó, se ayunó y se realizaron buenas obras en abundancia, relata el septón Eustace. Los taberneros de la ciudad lucieron gordos y contentos durante un tiempo, al igual que las putas del Lecho de Pulgas y sus hermanas de las casas de lujo de la calle de la Seda, aunque el común se quejaba del ruido y el hedor.

Una atmósfera frágil y desesperada de camaradería forzosa cubrió Desembarco del Rey en los días previos a la boda, pues muchos de los que andaban codo con codo en las cacharrerías y tabernas de la ciudad habían estado en lados opuestos del campo de batalla un año antes. «Si la sangre solo se puede lavar con sangre, Desembarco del Rey estaba lleno de gente desaseada», dice Champiñón. Pero hubo menos peleas de lo que esperaba la mayoría, y solo asesinaron a tres hombres. Quizá los señores del reino se hubieran cansado por fin de la guerra.

Pozo Dragón seguía en ruinas en su mayor parte, por lo que la boda del príncipe Aegon y la princesa Jaehaera se celebró al aire libre, en lo alto de la Colina de Visenya, donde se construyeron unas gradas gigantescas para que la nobleza se pudiera sentar cómodamente y disfrutar de una vista sin obstáculos. El día era frío pero soleado, anota el septón Eustace. Corría el séptimo día de la séptima luna del año 131 después de la Conquista de Aegon, una fecha de muy buen presagio. El Septón Supremo de Antigua ofició los ritos personalmente, y el populacho lanzó un rugido atronador cuando su altísima santidad declaró que el príncipe y la princesa eran uno. Decenas de miles de personas atestaron las calles y vitorearon a Aegon y a Jaehaera mientras los llevaban en una litera descubierta hacia la Fortaleza Roja, donde el príncipe fue coronado con una diadema de oro amarillo, sencilla y sin ornamentos, y proclamado Aegon de la casa Targaryen, el tercero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, y señor de los Siete Reinos. El propio Aegon colocó la corona en la cabeza de su niña esposa.

Aunque era un muchacho serio, el nuevo rey era indiscutiblemente apuesto: delgado de rostro y figura, con el pelo de plata casi blanco y ojos violeta, mientras que la reina era una niña preciosa. La boda fue el espectáculo más fastuoso que habían presenciado los Siete Reinos desde la coronación de Aegon II en Pozo Dragón. Solo faltaron los dragones. Para este rey no habría vuelo triunfal alrededor de la muralla de la ciudad; no habría descenso majestuoso en el patio del castillo. Los más observadores se percataron de otra ausencia: no se veía a la reina viuda Alicent Hightower por ninguna parte, aunque como abuela de Jaehaera, debería haber estado presente.

Ya que solo tenía diez años, el primer acto del nuevo rey fue nombrar a los hombres que lo protegerían, lo defenderían y gobernarían por él hasta su mayoría de edad. A ser Willis Fell, el único superviviente de la Guardia Real de la época del rey Viserys, lo nombró lord comandante de los espadas blancas, y ser Marston Mares sería su lugarteniente. Ya que se consideraba que los dos pertenecían a los verdes, los demás puestos de la Guardia Real se asignaron a partidarios de los negros. A ser Tyland Lannister, que poco antes había regresado de Myr, lo nombró Mano del Rey, mientras que lord Leowyn Corbray ocupó el cargo de Protector del Reino. El primero había sido verde; el segundo, negro. Por encima de ellos habría un consejo de regencia formado por lady Jeyne Arryn del Valle, lord Corlys Velaryon de Marcaderiva, lord Roland Westerling del Risco, lord Royce Caron de Canto Nocturno, lord Manfryd Mooton de Poza de la Doncella, ser Torrhen Manderly de Puerto Blanco y el gran maestre Munkun, recién elegido por la Ciudadela para tomar la cadena del cargo del gran maestre Orwyle.

(Se sabe de buena tinta que a lord Cregan Stark se le ofreció también un puesto entre los regentes, pero lo rechazó. Las omisiones destacadas en el consejo incluyen a Kermit Tully, Unwin Peake, Sabitha Frey, Thaddeus Rowan, Lyonel Hightower, Johanna Lannister y Benjicot Blackwood, pero el septón Eustace insiste en que solo lord Peake se enfureció de verdad por haber quedado excluido).

El septón Eustace aprobó con entusiasmo aquel consejo, «seis hombres fuertes y una mujer sabia; siete para gobernarnos aquí en la tierra como los Siete en lo Alto gobiernan a todos los hombres desde el cielo». Champiñón estaba mucho menos impresionado. «Siete regentes son seis de más —dijo—. Lo siento por nuestro pobre rey». A pesar de los recelos del bufón, la mayoría de los observadores parecía tener la sensación de que el reinado de Aegon III había empezado con buen pie.

El resto del año 131 d. C. fue un período de partidas; los grandes señores de Poniente se fueron marchando uno a uno de Desembarco del Rey para regresar cada uno a su sede. Entre los primeros en marcharse estuvieron las Tres Viudas, después de despedirse con llantos de las hijas, el hijo, los hermanos y los primos que se quedarían para servir de acompañantes y rehenes a la nueva pareja real. Una quincena después de la coronación, Cregan Stark encabezó la marcha al Norte de su ya muy reducido ejército, por el camino Real; tres días más tarde, lord Blackwood y lady Alysanne partieron hacia el Árbol de los Cuervos, escoltados por mil norteños de los Stark. Lord Lyonel y su amante, lady Sam, cabalgaron hacia el sur, rumbo a Antigua, con sus Hightower, mientras que los señores Rowan, Beesbury, Costayne, Tarly y Redwyne se unieron al grupo que escoltaba a su altísima santidad hacia el mismo destino. Lord Kermit Tully regresó a Aguasdulces con sus caballeros, y ser Oscar, su hermano, zarpó con sus Rompetormentas hacia Tyrosh y las Tierras de la Discordia.

Sin embargo, hubo alguien que no partió según había planeado. Ser Medrick Manderly había aceptado llevar a los hombres comprometidos con el Muro hasta Puerto Blanco en su galera, la Estrella del Norte. Desde allí seguirían por tierra hasta el Castillo Negro. Pero la mañana en que debía zarpar la Estrella del Norte, el recuento de los condenados indicó que faltaba un hombre. Al parecer, el gran maestre Orwyle había cambiado de idea en cuanto a lo de vestir el negro. Tras sobornar a un guardia para que le aflojase los grilletes, se había vestido con los harapos de un limosnero y había desaparecido en los barrios bajos de la ciudad. Ser Medrick, nada dispuesto a retrasar más el viaje, condenó al guardia que había liberado a Orwyle a ocupar su puesto, y la Estrella del Norte se hizo a la mar.

Al final del 131 d. C., cuenta el septón Eustace, una «calma gris» se había asentado en Desembarco del Rey y las Tierras de la Corona. Aegon III se sentaba en el Trono de Hierro cuando se requería, pero aparte de eso se dejaba ver poco. La tarea de defender el reino cayó en el lord Protector, Leowyn Corbray, y el tedioso gobierno cotidiano, en la Mano, el ciego Tyland Lannister. En tiempos tan alto, rubio y apuesto como su gemelo, el fallecido lord Jason, ser Tyland había quedado tan desfigurado a manos de los torturadores de la reina que se decía que las damas recién llegadas a la corte se desmayaban al verlo. Para ahorrarles el disgusto, la Mano adoptó la costumbre de cubrirse la cabeza con una capucha de seda en las ocasiones formales. Puede que fuera un error de cálculo, pues le confería un aspecto siniestro, y el populacho de Desembarco del Rey no tardó en cuchichear sobre el maligno hechicero enmascarado de la Fortaleza Roja.

A pesar de todo, el ingenio de ser Tyland seguía siendo agudo. Se podría haber esperado que después de los tormentos padecidos se convirtiera en un hombre amargado con deseos de venganza, pero nada más lejos de la realidad. Al contrario, la Mano alegaba una curiosa amnesia e insistía en que no podía recordar quién había sido negro y quién verde, a la vez que demostraba una lealtad perruna hacia el hijo de la reina que lo había enviado a los torturadores. Ser Tyland no tardó en alcanzar una posición dominante implícita sobre Leowyn Corbray, de quien Champiñón dice: «Lo que le sobraba de cuello le faltaba de ingenio, pero nunca he conocido a un hombre que se tirara pedos más sonoros». Según la ley, tanto la Mano como el lord Protector estaban sujetos a la autoridad del consejo de regencia, pero conforme pasaban los días y la luna daba vueltas y más vueltas, los regentes se reunían cada vez menos, mientras que el incansable, ciego y encapuchado Tyland Lannister acumulaba más y más poder.

Se enfrentaba a unos obstáculos abrumadores, pues el invierno había caído sobre Poniente y duraría cuatro largos años; un invierno tan frío e inhóspito como el que más en la historia de los Siete Reinos. Además, durante la Danza, el comercio se había desmoronado; se habían dañado o destruido incontables aldeas, ciudades y castillos, y bandas de forajidos y hombres arruinados asolaban carreteras y bosques.

La reina viuda representaba un problema más acuciante, pues se negaba a reconciliarse con el nuevo rey. El asesinato del último hijo que le quedaba había convertido en piedra el corazón de Alicent. Ninguno de los regentes deseaba ordenar su muerte; unos, por compasión; otros, por miedo a que la ejecución reavivase los rescoldos de la guerra. Pero no se le podía permitir que tomara parte en la vida de la corte como antes; era demasiado capaz de lanzar maldiciones al rey o de escamotear un puñal a algún guardia distraído. Ni siquiera se podía confiar en Alicent para dejarla en compañía de la pequeña reina; la última ocasión en que se le había permitido comer con su alteza Jaehaera, le pidió que rebanara el cuello a su esposo mientras dormía, lo que hizo que la chiquilla se pusiera a gritar. Ser Tyland no tuvo más remedio que confinar a la reina viuda en sus aposentos del Torreón de Maegor; era un encarcelamiento sutil, pero encarcelamiento al fin y al cabo.

Resuelto aquello, la Mano se centró en restablecer el comercio en el reino y empezar el proceso de reconstrucción. La abolición de los impuestos decretados por la reina Rhaenyra y lord Celtigar complació por igual a los grandes señores y al pueblo llano. Una vez asegurado de nuevo el oro de la Corona, ser Tyland dispuso un millón de dragones de oro como préstamo a los señores cuyas posesiones habían resultado destruidas durante la Danza. (Aunque muchos aprovecharon estos dineros, los préstamos crearon una desavenencia entre el Trono de Hierro y el Banco de Hierro de Braavos). También ordenó construir tres enormes graneros fortificados, en Desembarco del Rey, Lannisport y Puerto Gaviota, y comprar grano suficiente para llenarlos. (Este último decreto hizo que los precios subieran enormemente, lo que complació a las ciudades y a los señores con trigo, maíz y cebada para vender, pero enfureció a los dueños de posadas y tenderetes de calderos, y a los pobres y hambrientos en general).

Aunque ordenó la interrupción de las obras en las colosales estatuas de los príncipes Aemond y Daeron encomendadas por Aegon II (no antes de que se hubieran tallado las dos cabezas), la Mano puso a trabajar en la reparación y la restauración de Pozo Dragón a centenares de albañiles, carpinteros y constructores. Por orden suya se reforzaron las puertas de Desembarco del Rey, para aumentar su capacidad de resistir ataques procedentes tanto de intramuros como del exterior. Anunció también que la Corona financiaría la construcción de cincuenta galeras de guerra. Cuando los regentes cuestionaron esta decisión, les dijo que la finalidad era dar trabajo a los astilleros y defender la ciudad de la flota de la Triarquía, pero muchos sospecharon que el auténtico propósito de ser Tyland era hacer que la Corona dependiera menos de la casa Velaryon de Marcaderiva.

Es posible que, cuando puso a trabajar a los armadores, la Mano también tuviera en mente continuar la guerra en el oeste. Aunque el ascenso de Aegon III marcó el final de la peor parte de la matanza de la Danza de los Dragones, no es correcto del todo afirmar que la coronación del joven rey conllevó la paz a los Siete Reinos. Durante los tres primeros años del reinado del muchacho, los combates prosiguieron en el oeste, pues lady Johanna de Roca Casterly, en nombre de su hijo, el joven lord Loreon, siguió resistiendo los ataques de los hijos del hierro de Dalton Greyjoy. Los detalles de aquella guerra quedan fuera del propósito de esta obra (para aquellos que deseen saber más, serán especialmente útiles los capítulos relacionados de Demonios marinos: Historia de los hijos del Dios Ahogado de las Islas, del archimaestre Mancaster). Baste decir que aunque el Kraken Rojo había demostrado ser un valioso aliado de los negros durante la Danza, la llegada de la paz demostró que los hombres del hierro no los tenían en más estima que a los verdes.

Aunque no había llegado al extremo de declararse abiertamente rey de las Islas del Hierro, Dalton Greyjoy prestó muy poca atención a los edictos que promulgó el Trono de Hierro durante aquellos años, quizá porque el rey era un muchacho y su Mano era un Lannister. Cuando se le ordenó poner coto a los saqueos, Greyjoy siguió como siempre; cuando le dijeron que devolviera a las mujeres que habían raptado sus hombres del hierro, respondió: «Solo el Dios Ahogado puede cortar el lazo que une a un hombre con sus esposas de sal». A la orden de devolver Isla Bella a sus anteriores señores, su respuesta fue: «Si regresan del fondo del mar, de buen grado les entregaré lo que fue suyo».

Cuando Johanna Lannister intentó armar una nueva flota de guerra para llevar la batalla hasta los hombres del hierro, el Kraken Rojo cayó sobre los astilleros y les prendió fuego, y de paso aprovechó para llevarse otro centenar de mujeres. La Mano envió una amonestación airada, a la cual lord Dalton respondió: «Las mujeres del oeste parecen preferir a los hombres del hierro antes que a los leones cobardes, pues se arrojaron al mar y nos rogaron que las llevásemos».

Al otro lado de Poniente soplaban vientos de guerra asimismo. El asesinato de Sharako Lohar de Lys, el almirante que había presidido el desastre de la Triarquía en el Gaznate, resultó ser la chispa que envolvió en llamas a las Tres Hijas y aventó la brasa de la rivalidad entre Tyrosh, Lys y Myr hasta convertirla en una guerra abierta. En la actualidad se acepta que la muerte del arrogante Sharako fue un asunto personal; murió a manos de uno de sus rivales por los favores de una cortesana conocida como el Cisne Negro. Sin embargo, en aquella época se tomó por un asesinato político, y las sospechas recayeron sobre los myrienses. Cuando Lys y Myr entraron en guerra, Tyrosh aprovechó para afianzar su dominio sobre los Peldaños de Piedra.

Para reforzar la pretensión, el arconte de Tyrosh llamó a Racallio Ryndoon, el extravagante capitán general que en el pasado había comandado las fuerzas de la Triarquía contra Daemon Targaryen. Racallio se apresuró a invadir las islas y dio muerte al rey del mar Angosto… solo para, acto seguido, reclamar para sí la corona, traicionando al arconte y a su ciudad natal. A ello siguió una confusa guerra a cuatro bandos, que tuvo el efecto de cerrar al comercio el extremo sur del mar Angosto y cortar las rutas de comercio oriental de Desembarco del Rey, el Valle Oscuro, Poza de la Doncella y Puerto Gaviota. Pentos, Braavos y Lorath se vieron afectadas igualmente, y enviaron emisarios a Desembarco del Rey con la esperanza de que el Trono de Hierro se sumara a una gran alianza contra Racallio y las pendencieras Hijas. Ser Tyland agasajó espléndidamente a los emisarios, pero rechazó la oferta. «Sería un gran error para Poniente verse envuelto en las interminables trifulcas de las Ciudades Libres», dijo al consejo de regencia.

Aquel fatídico año 131 d. C. llegó a su fin con los mares en llamas tanto al este como al oeste de los Siete Reinos, mientras las ventiscas azotaban Invernalia y el Norte. En Desembarco del Rey tampoco reinaba la felicidad; la gente había empezado a desencantarse con el niño rey y la pequeña reina, a quienes no se había vuelto a ver desde la boda, y empezaban a propagarse rumores sobre la «Mano Encapuchada». Aunque los capas doradas se habían llevado al Pastor renacido y lo habían aligerado del peso de la lengua, otros habían ocupado su lugar y proclamaban que la Mano del Rey practicaba las artes prohibidas, bebía sangre de neonato y era además «un monstruo que oculta a dioses y a hombres su rostro deforme».

Dentro de la Fortaleza Roja también se hablaba en susurros de los reyes. El matrimonio real tuvo problemas desde el principio. Tanto el novio como la novia eran niños: Aegon III tenía once años, y Jaehaera, solo ocho. Tras casarse tenían poco contacto entre sí, excepto en las ocasiones formales, e incluso esos casos eran raros, pues la reina odiaba abandonar sus aposentos. «Los dos están destrozados», declaró el gran maestre Munkun en una carta remitida al Cónclave. La reina había presenciado el asesinato de su mellizo a manos de Sangre y Queso; el rey había perdido a sus cuatro hermanos, y después había visto como su propio tío arrojaba a su madre a las fauces de un dragón. «No son niños normales —escribió Munkun—. Carecen de alegría; ni ríen ni juegan. La niña moja la cama y llora inconsolablemente cuando la corrigen. Sus propias damas dicen que tiene ocho años y va para cuatro. Estoy seguro de que si no le hubiera aderezado la leche con sueñodulce antes de la boda, se habría desmoronado durante la ceremonia».

En cuanto al rey, el nuevo gran maestre añadía: «Aegon no muestra apenas interés por su esposa, ni por ninguna otra muchacha. No cabalga, caza ni participa en justas, pero tampoco disfruta con actividades sedentarias como la lectura, la danza o el canto. Aunque su inteligencia parece adecuada, nunca empieza una conversación, y cuando le dicen algo, sus respuestas son tan lacónicas que cualquiera diría que el acto de hablar le causa dolor. No tiene amigos, excepto el bastardo Gaemon Peloclaro, y es raro que duerma toda la noche. Muchas veces, a la hora del lobo, se lo puede ver en la ventana contemplando las estrellas, pero cuando le ofrecí Reinos del Cielo del archimaestre Lyman no mostró ningún interés. Aegon sonríe rara vez y no ríe nunca, pero tampoco muestra señales visibles de ira o miedo, salvo en lo que respecta a los dragones, cuya mera mención despierta en él una furia inusitada. Orwyle calificó a su alteza de tranquilo y sereno; yo digo que está muerto por dentro. Camina como un fantasma por los pasillos de la Fortaleza Roja. Hermanos, debo ser sincero: temo por nuestro rey y por el reino».

Ciertamente, sus temores demostraron estar bien fundados. Por funesto que hubiera sido el 131 d. C., los dos años siguientes fueron mucho peores.

Empezaron con una nota ominosa cuando Orwyle, el antiguo gran maestre, apareció en un burdel llamado Madre, cerca del extremo inferior de la calle de la Seda. Desprovisto de pelo, barba y la cadena del oficio, atendía por Viejo Wyl y se ganaba el pan barriendo, fregando, inspeccionando a los clientes en busca de indicios de viruela y preparando té de la luna o pócimas de tanaceto y poleo para que las «hijas» de Madre se librasen de embarazos indeseados. Nadie prestó la menor atención al Viejo Wyl hasta que decidió enseñar a leer a algunas de las muchachas más jóvenes de Madre. Una de sus alumnas demostró su nueva habilidad a un sargento de los capas doradas, que lo encontró sospechoso y se llevó al anciano para interrogarlo. La verdad no tardó en emerger.

El castigo por desertar de la Guardia de la Noche es la muerte. Aunque Orwyle aún no había jurado los votos, muchos consideraban que había roto su promesa. Ni se planteó permitirle embarcar hacia el Muro. Los regentes estuvieron de acuerdo en que debía cumplirse la sentencia de muerte original que había dictado lord Stark. Ser Tyland no lo negó, aunque señaló que aún había que asignar el cargo de Justicia del Rey, y que él, por ser ciego, no era el idóneo para empuñar la espada.

Con aquel pretexto, la Mano confinó a Orwyle en una celda de la torre (grande, ventilada y demasiado cómoda, según algunos) «hasta el momento en que se disponga de un verdugo aceptable». Aquello no engañó ni al septón Eustace ni a Champiñón; Orwyle había servido con ser Tyland en el consejo verde de Aegon II, y la vieja amistad y el recuerdo de lo que habían soportado juntos tuvieron algo que ver con la decisión de la Mano. Incluso se proporcionó pluma, tinta y pergamino al antiguo gran maestre, para que pudiera seguir escribiendo sus confesiones. Y eso hizo durante la mayor parte de los dos años siguientes; así fue como plasmó la extensa historia de los reinados de Viserys I y Aegon II, que más tarde sería una valiosísima fuente para el Relato verídico de su sucesor.

Menos de quince días después llegó a Desembarco del Rey la noticia de que bandas de salvajes de las Montañas de la Luna habían caído en gran número sobre el Valle de Arryn en una incursión de saqueo, y lady Jeyne Arryn abandonó la corte y zarpó hacia Puerto Gaviota para dirigir la defensa de sus tierras y sus gentes. También había preocupantes agitaciones a lo largo de las Marcas de Dorne, pues Dorne tenía una nueva gobernante, Aliandra Martell, una osada joven de diecisiete años que se consideraba «la nueva Nymeria» y detrás de cuyo afecto andaban todos los jóvenes señores del sur de las Montañas Rojas. Para hacer frente a aquellas incursiones, lord Caron partió también de Desembarco del Rey y se dirigió a toda prisa hacia Canto Nocturno, en las Marcas de Dorne. De este modo, los siete regentes se quedaron en cinco. El más influyente era, a las claras, la Serpiente Marina, cuya riqueza, experiencia y alianzas lo convertían en el primero entre iguales. Y algo más significativo: parecía ser el único hombre en el que el joven rey estaba dispuesto a confiar.

Por todos aquellos motivos, el reino sufrió un golpe terrible en el sexto día de la tercera luna del 132 d. C., cuando Corlys Velaryon, Señor de las Mareas, se desplomó mientras subía la escalera serpentina de la Fortaleza Roja de Desembarco del Rey. Cuando el gran maestre Munkun llegó en su ayuda, lo halló muerto. Tenía setenta y nueve años; había servido a cuatro reyes y a una reina; había navegado hasta los confines del mundo; había alzado a la casa Velaryon a un nivel sin precedentes de riqueza y poder; se había casado con una princesa que podría haber sido reina; había engendrado a jinetes de dragón, construido ciudades y flotas, demostrado su valor en tiempo de guerra y su sabiduría en tiempo de paz. Los Siete Reinos no volverían a ver a nadie como él. Con su muerte se produjo un gran desgarrón en el deteriorado tejido de los Siete Reinos.

El cadáver de lord Corlys estuvo expuesto al pie del Trono de Hierro durante siete días. Después, sus restos se trasladaron a Marcaderiva a bordo del Beso de la Sirena, capitaneado por Marilda de la Quilla y su hijo Alyn. Allí sacaron a flote una vez más el baqueteado casco del Serpiente Marina y lo remolcaron hasta las aguas profundas del este de Rocadragón, donde Corlys Velaryon fue incinerado en el mar, a bordo del barco que le había dado el nombre. Se dice que después de que se hundiera el casco, el Caníbal planeó en lo alto, con sus grandes alas negras extendidas en un último saludo. (Un detalle conmovedor, pero muy probablemente un adorno tardío. Según todo lo que sabemos sobre el Caníbal, habría sido más propenso a devorar el cadáver que a rendirle homenaje).

La Serpiente Marina había nombrado heredero al nacido Alyn de la Quilla, por aquel entonces Alyn Velaryon, pero la sucesión no fue incuestionada. Se sacó a colación que en la época del rey Viserys, ser Vaemond Velaryon, sobrino de lord Corlys, se había presentado como auténtico heredero de Marcaderiva. Aquella rebelión le costó la cabeza, pero había dejado tras de sí esposa e hijos. Ser Vaemond era hijo del mayor de los hermanos de la Serpiente Marina. También tenían pretensiones otros cinco sobrinos, hijos de otro hermano. Cuando presentaron su caso ante Viserys, ya enfermo y debilitado, cometieron el terrible error de poner en duda la legitimidad de los vástagos de su hija, insolencia por la cual Viserys les arrancó la lengua, aunque les permitió conservar la cabeza. Tres de los «cinco silenciosos» habían muerto durante la Danza, luchando por Aegon II contra Rhaenyra; pero dos habían sobrevivido, así como los hijos de ser Vaemond, y todos se presentaron insistiendo en que tenían más derecho sobre Marcaderiva que «ese bastardo de la Quilla cuya madre era una ratona».

Daemion y Daeron, hijos de ser Vaemond, presentaron su demanda ante el consejo en Desembarco del Rey. Cuando la Mano y los regentes fallaron en su contra, decidieron sabiamente aceptar la decisión y reconciliarse con lord Alyn, que los recompensó con tierras en Marcaderiva a condición de que aportaran barcos a la flota. Sus silenciosos primos optaron por una táctica diferente. «Al no tener lengua para presentar su alegato, prefirieron discutir con las espadas», dice Champiñón. Sin embargo, el plan de asesinar a su joven señor se torció cuando los guardias del castillo de Marcaderiva demostraron ser leales a la memoria de la Serpiente Marina y al heredero elegido. A ser Malentine lo mataron durante la intentona, y capturaron a su hermano ser Rhogar; lo condenaron a muerte, pero salvó la cabeza vistiendo el negro.

Alyn Velaryon, el hijo bastardo de Ratona, quedó al fin instituido formalmente como Señor de las Mareas y amo de Marcaderiva, tras lo cual se dirigió a Desembarco del Rey para reclamar el puesto de la Serpiente Marina entre los regentes. (Ni cuando aún era niño le faltó jamás audacia a lord Alyn). La Mano le dio las gracias y lo envió de vuelta a casa; comprensiblemente, pues Alyn Velaryon solo tenía dieciséis años en el 132 d. C. El puesto de lord Corlys en el consejo de regencia ya se lo habían ofrecido a un hombre mayor y más curtido: Unwin Peake, señor de Picoestrella, de Dunstonbury y de Sotoalbar.

Ser Tyland tenía una preocupación mucho más apremiante en el 132 d. C.: el asunto de la sucesión. Aunque lord Corlys estaba viejo y frágil, su muerte repentina había servido como un sombrío recordatorio de que cualquier hombre podía morir en cualquier momento, incluso los jóvenes reyes aparentemente sanos como Aegon III. Guerra, enfermedades, accidentes… Había muchas maneras de morir, y si fallecía el rey, ¿quién sería el siguiente?

«Si muere sin heredero volveremos a danzar, por mucho que nos desagrade la música», advirtió lord Manfryd Mooton a los otros regentes. El derecho de la reina Jaehaera era tan sólido como el del rey, e incluso más según algunos, pero la idea de colocar en el Trono de Hierro a aquella niña dulce, sencilla y asustada era una locura; en eso estaban todos de acuerdo. El propio rey Aegon, cuando le preguntaron, propuso a su copero, Gaemon Peloclaro, y recordó a los regentes que el muchacho «ya fue rey antes». Aquello también era imposible.

Lo cierto era que solo había dos aspirantes que pudiera aceptar el reino: las gemelas hermanastras del rey, Baela y Rhaena Targaryen, hijas de lady Laena Velaryon, la primera esposa del príncipe Daemon. Las muchachas contaban dieciséis años por aquel entonces; eran altas, delgadas y de pelo como la plata, y la ciudad las adoraba. El rey Aegon, después de la coronación, rara vez ponía el pie fuera de la Fortaleza Roja, y su pequeña reina nunca abandonaba sus aposentos, así que durante la mayor parte del año anterior habían sido Rhaena y Baela las que salían a cazar o a practicar la cetrería, daban limosnas a los pobres, recibían a los emisarios y señores visitantes junto a la Mano del Rey y hacían de anfitrionas en las fiestas (no demasiado abundantes), mascaradas y bailes (de los que aún no se había celebrado ninguno). Eran las únicas Targaryen que la gente veía alguna vez.

Pero incluso en este aspecto hubo dificultades y divisiones en el consejo. Cuando Leowyn Corbray dijo: «Lady Rhaena sería una reina espléndida», ser Tyland señaló que Baela había sido la primera en salir del vientre de su madre. «Baela es demasiado indómita —replicó ser Torrhen Manderly—. ¿Cómo puede gobernar el reino si no es capaz de gobernarse a sí misma?». Ser Willis Fell estuvo de acuerdo. «Debe ser Rhaena; ella tiene un dragón, y su hermana no». Cuando lord Corbray respondió: «Baela voló en un dragón; Rhaena solo tiene una cría», Roland Westerling replicó: «El dragón de Baela hizo caer al rey difunto. En el reino hay muchos que no lo han olvidado; si la coronamos, todas las viejas heridas se volverán a abrir».

Fue el gran maestre Munkun quien puso punto final al debate, al decir: «Mis señores, todo eso no importa. Las dos son mujeres. ¿Tan poco hemos aprendido de la matanza? Debemos atenernos a la primogenitura, como dictó el Gran Consejo en el 101. La aspiración masculina va por delante de la femenina». Pero cuando ser Tyland dijo: «¿Y quién es el aspirante masculino, mi señor? Parece que los hemos matado a todos», Munkun no pudo responder sino que tendría que investigarlo. De modo que el asunto crucial de la sucesión quedó sin resolver.

Aquella incertidumbre no hizo mucho por liberar a las gemelas de la atención lisonjera de todos los pretendientes, confidentes, acompañantes y demás aduladores ansiosos por entablar amistad con las presuntas sucesoras del rey, aunque ellas reaccionaron ante los lameculos de formas enormemente distintas. Mientras que Rhaena estaba encantada de ser el centro de la vida cortesana, Baela se erizaba ante los halagos, y disfrutaba burlando y atormentando a los pretendientes que aleteaban a su alrededor como polillas.

De pequeñas, las gemelas eran inseparables y resultaba imposible distinguirlas, pero con la distancia, la experiencia las había modelado de forma muy diferente. En el Valle, Rhaena había disfrutado de una vida de comodidad y privilegio como pupila de lady Jeyne. Tenía doncellas que le cepillaban el pelo y la bañaban, mientras que los juglares componían odas a su belleza y los caballeros justaban por su favor. La situación era igual en Desembarco del Rey, donde decenas de galantes jóvenes señores competían por sus sonrisas, los artistas le rogaban permiso para dibujarla o pintarla y los mejores modistos aspiraban al honor de coserle los vestidos. A cualquier lugar al que fuese Rhaena la acompañaba Aurora, su joven dragona, a menudo enroscada en sus hombros como si fuera una estola.

La estancia de Baela en Rocadragón había sido más problemática y había terminado con fuego y sangre. Cuando llegó a la corte, pocas jóvenes tan salvajes y obstinadas habría en el reino. Rhaena era esbelta y elegante; Baela, fibrosa y rápida. A Rhaena le encantaba bailar; Baela vivía para cabalgar… y para volar, aunque aquello le había sido arrebatado cuando murió su dragón. Llevaba el pelo plateado tan corto como un muchacho, para que no se le atravesase en la cara cuando cabalgaba. Se escapaba una y otra vez de sus damas de compañía para buscar aventuras en las calles. Participaba en delirantes carreras a caballo a lo largo de la calle de las Hermanas; cruzaba a nado a la luz de la luna el río Aguasnegras (cuya intensa corriente había ahogado a más de un nadador experto); bebía con los capas doradas en los barracones; apostaba dinero y a veces ropa en los reñideros de ratas del Lecho de Pulgas. En cierta ocasión desapareció durante tres días y al volver se negó a decir dónde había estado.

Y había algo peor: la afición de Baela por las compañías poco recomendables. Como si de perros callejeros se tratase, se los llevaba a la Fortaleza Roja e insistía en que les dieran puestos en el castillo o en que formasen parte de su propio séquito. Aquellas mascotas suyas incluían un juglar joven y atractivo, un aprendiz de herrero cuyos músculos admiraba, un mendigo sin piernas que le dio lástima, un prestidigitador que hacía trucos baratos al que tomó por un auténtico mago, el modesto escudero de un caballero marginal e incluso un par de gemelas «como nosotras, Rhae», que encontró en un burdel. Una vez apareció con toda una compañía de titiriteros. La septa Amarys, a quien habían encargado que se ocupara de la instrucción religiosa y moral de Bae, estaba desesperada, y ni siquiera el septón Eustace parecía capaz de domeñar su comportamiento. «La muchacha debe casarse, y pronto —le dijo a la Mano del Rey—; de lo contrario, temo que traiga la deshonra a la casa Targaryen y avergüence a su alteza, su hermano».

Ser Tyland sabía que el consejo del septón era sensato; pero también peligroso. A Baela no le faltaban pretendientes. Era joven, hermosa, sana, rica y de la más alta cuna; cualquier señor de los Siete Reinos consideraría un honor tomarla como esposa. Pero una elección incorrecta podría tener graves consecuencias, pues su marido estaría muy cerca del trono. Una pareja sin escrúpulos, venal o abiertamente ambiciosa podría causar duelos y quebrantos sin fin. Los regentes consideraron una veintena de candidatos para lady Baela. Valoraron a lord Tully, a lord Blackwood, a lord Hightower (aún soltero, aunque había tomado como amante a la viuda de su padre) y a una serie de alternativas menos probables, incluidos Dalton Greyjoy, el Kraken Rojo (se jactaba de tener un centenar de esposas de sal, pero nunca había tomado una esposa de roca), un hermano pequeño de la princesa de Dorne e incluso el rebelde Racallio Ryndoon. A todos los descartaron por un motivo u otro.

Por último, la Mano y el consejo de regencia decidieron comprometer a Baela con Thaddeus Rowan, señor de Sotodeoro. Rowan era una elección prudente, sin duda. Su segunda esposa había muerto el año anterior, y se sabía que buscaba una doncella adecuada para que ocupase su lugar. No cabía duda sobre su virilidad: con su primera mujer había engendrado dos hijos, y con la segunda, cinco. Como no tenía hijas, Baela sería la señora indiscutida del castillo. Los cuatro hijos menores aún vivían allí y necesitaban una mano femenina. Que toda la descendencia de lord Rowan estuviera compuesta por varones jugaba enormemente a su favor; si tenía un hijo con lady Baela, Aegon III tendría un sucesor inequívoco.

Lord Thaddeus era un hombre franco, afable y bienhumorado, querido y respetado, marido afectuoso y buen padre para sus hijos. Durante la Danza había luchado con habilidad y valor en el bando de la reina Rhaenyra. Era orgulloso sin ser altanero; justo pero no rencoroso; leal a sus amigos; fiel cumplidor en materia religiosa sin ser excesivamente beato, y libre de ambiciones vanas. Si el trono pasaba a manos de lady Baela, lord Rowan sería el consorte perfecto: la apoyaría con todas sus fuerzas e inteligencia sin intentar dominarla ni usurparle el puesto de gobernante. El septón Eustace nos cuenta que los regentes quedaron muy satisfechos con el resultado de las deliberaciones.

Cuando comunicaron el emparejamiento a Baela Targaryen, esta no compartió tal satisfacción. «Lord Rowan me saca cuarenta años; es calvo como una piedra y su barriga pesa más que yo —se dice que replicó a la Mano del Rey. Y añadió—: Me he acostado con dos de sus hijos. El mayor y el tercero, creo. No con los dos a la vez, claro; habría sido indecoroso». No podemos asegurar que esto sea cierto; se sabía que, en ocasiones, a lady Baela le gustaba provocar. Si esa era su intención en aquel momento, lo consiguió. La Mano la envió de vuelta a sus aposentos y puso guardias en la puerta para asegurarse de que siguiera en ellos hasta que los regentes se pudieran reunir.

Pero al día siguiente descubrió con consternación que Baela había huido subrepticiamente del castillo (se supo más tarde que se había descolgado por una ventana, había intercambiado la ropa con una lavandera y había salido andando por la puerta principal). Cuando se calmó el revuelo ya había cruzado media bahía del Aguasnegras con un pescador al que pagó para que la llevara a Marcaderiva. Allí buscó a su primo, el Señor de las Mareas, y le relató sus cuitas. Quince días después, Alyn Velaryon y Baela Targaryen contraían matrimonio en el septo de Rocadragón. La novia tenía dieciséis años; el novio, casi diecisiete.

Indignados, varios regentes exigieron a ser Tyland que solicitara al Septón Supremo la anulación del matrimonio, pero la respuesta de la Mano fue de resignación divertida. Prudentemente, hizo correr la voz de que el rey y la corte habían organizado la boda, pues creía que la rebeldía de lady Baela resultaba más escandalosa que su elección de marido. «El chico es de sangre noble —aseguró a los regentes—, y no dudo que demostrará ser tan leal como su hermano». Aplacaron el orgullo herido de Thaddeus Rowan comprometiéndolo con Floris Baratheon, una doncella de catorce años a la que muchos consideraban la más hermosa de las Cuatro Tormentas, como se conocía a las cuatro hijas de lord Borros. En el caso de Floris, el apodo era totalmente inadecuado; era una muchacha apacible, si bien un tanto frívola, que moriría de parto dos años después. El matrimonio tormentoso sería el que se celebró en Rocadragón, como demostraría el paso de los años.

La huida a medianoche de Baela Targaryen a través de la bahía del Aguasnegras confirmó todas las dudas que albergaban sobre ella la Mano y el consejo de regentes. «La chica es salvaje, obstinada y desobediente, como nos temíamos —declaró lastimeramente ser Willis Fell—, y ahora se ha atado al advenedizo bastardo de lord Corlys. Tiene una serpiente como padre y una ratona como madre… ¿Ese va a ser nuestro príncipe consorte?». Los regentes se mostraron de acuerdo: Baela Targaryen no podía ser la heredera del rey Aegon. «Tendrá que ser lady Rhaena —declaró Mooton—, siempre y cuando se case».

En aquella ocasión, a instancias de ser Tyland, la muchacha asistió al debate. Lady Rhaena resultó ser tan dócil como intratable había sido su hermana. Por supuesto que se casaría con quien desearan el rey y el consejo, concedió, aunque «me complacería que no fuera tan anciano como para no poder darme hijos, ni tan gordo como para aplastarme en el lecho. Mientras sea considerado, amable y noble, sé que podré amarlo». Cuando la Mano le preguntó si tenía algún favorito entre los señores y caballeros que la habían cortejado, confesó que le «agradaba especialmente» ser Corwyn Corbray, a quien había conocido en el Valle cuando era pupila de lady Arryn.

Ser Corwyn distaba de ser una elección ideal; era un segundón y tenía dos hijas de un matrimonio anterior. Con treinta y dos años, era un hombre, no un muchacho inexperto. Pero la casa Corbray era antigua y honorable, y ser Corwyn, un caballero de tanta reputación que su difunto padre le había entregado a Dama Desesperada, la espada de acero valyrio de los Corbray. Su hermano Leowyn era el Protector del Reino; solo por aquel detalle, ya habría sido difícil que los regentes pudieran objetar. Así pues, el emparejamiento quedó decidido: un compromiso rápido, seguido de una boda apresurada quince días después. (La Mano habría preferido un noviazgo más largo, pero los regentes consideraron que sería más prudente que Rhaena se casara cuanto antes, ante la posibilidad de que su hermana ya estuviera encinta).

Las gemelas no fueron las únicas damas del reino que se casaron en el 132 d. C. Aquel mismo año, un poco más tarde, Benjicot Blackwood, señor del Árbol de los Cuervos, encabezó una comitiva por el camino Real hacia Invernalia para asistir a la boda de su tía Alysanne con lord Cregan Stark. El Norte ya estaba en las garras del invierno, por lo que el viaje duró el triple de lo previsto. La mitad de los jinetes perdieron el caballo mientras la columna luchaba contra las ventiscas aullantes, y los carruajes de lord Blackwood sufrieron en tres ocasiones el ataque de bandas de forajidos, que se llevaron la mayor parte de las provisiones y todos los regalos de boda. Sin embargo, se dice que la ceremonia en sí fue espléndida; Aly la Negra y su lobo proclamaron sus votos ante el árbol corazón, en los bosques helados de Invernalia. En el banquete subsiguiente, Rickon, el hijo de cuatro años de lord Cregan, fruto de su primer matrimonio, entonó una canción dedicada a su nueva madrastra.

Lady Elenda Baratheon, la viuda de Bastión de Tormentas, también se hizo con un nuevo marido aquel año. Con lord Borros muerto y siendo Olyvar un niño, las incursiones de los dornienses en las Tierras de la Tormenta se hicieron cada vez más numerosas, y los forajidos del bosque Real eran muy problemáticos. La viuda sintió la necesidad de la mano fuerte de un hombre para mantener la paz y eligió a ser Steffon Connington, segundogénito del señor de Nido del Grifo. Aunque era veinte años menor que lady Elenda, Connington había demostrado su valor en la campaña de lord Borros contra el Rey Buitre, y se decía que era tan valeroso como atractivo.

En otros lugares estaban más ocupados con la guerra que con los matrimonios. El Kraken Rojo y sus hombres del hierro seguían asaltando y saqueando por todo el mar del Ocaso. Tyrosh, Myr, Lys y la alianza a tres bandas de Braavos, Pentos y Lorath se enfrentaban en los Peldaños de Piedra y las Tierras de la Discordia, mientras que el reino rebelde de Racallio Ryndoon seguía bloqueando el extremo inferior del mar Angosto. El comercio se marchitaba en Desembarco del Rey, el Valle Oscuro, Poza de la Doncella y Puerto Gaviota. Los mercaderes y comerciantes clamaban al rey, que, o bien se negaba a recibirlos, o bien no se lo permitían, según a qué crónica demos crédito. En el Norte, el espectro del hambre empezaba a acechar; Cregan Stark y sus vasallos veían disminuir sus reservas de provisiones, y la Guardia de la Noche tenía que rechazar cada vez más incursiones de los salvajes del otro lado del Muro.

Más tarde, aquel mismo año, una enfermedad terrible empezó a extenderse por las Tres Hermanas. Las fiebres de invierno, como se llamaban, mataron a la mitad de la población de Villahermana. La mitad superviviente, convencida de que la peste había llegado a sus costas en un ballenero de Puerto Ibben, se alzó y masacró a todos los marineros ibbeneses que cayeron en sus manos, y prendió fuego a los barcos. Dio igual; cuando la enfermedad cruzó el Mordisco y llegó a Puerto Blanco, las oraciones de los septones y las pócimas de los maestres resultaron ser igualmente ineficaces. Hubo miles de muertos, entre ellos lord Desmond Manderly. Su espléndido hijo, ser Medrick, el mejor caballero del Norte, lo sobrevivió solo cuatro días, antes de caer víctima del mismo mal. Como ser Medrick no tenía hijos, su fallecimiento tuvo otra consecuencia desastrosa: el señorío pasó a manos de su hermano, ser Torrhen, que se vio obligado a renunciar a su puesto en el consejo de regencia para asumir el gobierno de Puerto Blanco. Aquello dejó cuatro regentes donde habían sido siete.

Habían muerto tantos señores, grandes y menores, durante la Danza de los Dragones, que la Ciudadela denomina acertadamente a este período «el Invierno de las Viudas». Nunca en toda la historia de los Siete Reinos, ni antes ni después, hubo tantas mujeres a cargo de tanto poder y gobernando en el lugar de sus esposos, hermanos y padres fallecidos, pues sus hijos aún estaban en pañales o mamando. Muchas de sus historias se recogieron en la monumental obra del archimaestre Abelon Cuando gobernaron las mujeres: Las damas de las postrimerías. Aunque Abelon escribe sobre cientos de viudas, debemos restringirnos a unas pocas. Cuatro de aquellas mujeres, para bien o para mal, desempeñaron un papel crítico en la historia del reino a finales del 132 y principios del 133 d. C.

La más destacada de ellas fue lady Johanna, la viuda de Roca Casterly, que gobernó los dominios de la casa Lannister en nombre de su joven hijo, lord Loreon. Una y otra vez había pedido ayuda contra los salteadores a la Mano de Aegon III, el gemelo de su difunto marido, pero tal ayuda no había llegado. Por último, desesperada por proteger a su gente, lady Johanna se enfundó la cota de malla para guiar a los hombres de Lannisport y Roca Casterly contra sus enemigos. Los cantares relatan como mató a una docena de hombres del hierro bajo la muralla de Kayce, pero podemos descartarlos tranquilamente como obra de juglares borrachos (Johanna portaba un estandarte en la batalla, no una espada). Sin embargo, su valor inspiró a los occidentales que se encontraban bajo su mando, pues no tardaron en rechazar a los asaltantes, y Kayce se salvó. Entre los que murieron estaba el tío predilecto del Kraken Rojo.

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