Fuego y sangre

Fuego y sangre


La regencia: La Mano Encapuchada

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Lady Sharis Footly, la viuda de Ladera, alcanzó una fama de una clase distinta por su trabajo en la restauración de aquella ciudad destrozada. Gobernando en nombre de su hijo (medio año después de la segunda batalla de Ladera había dado a luz a un robusto chiquillo de pelo oscuro, al que declaró heredero legítimo de su difunto marido, aunque era bastante más probable que lo hubiera engendrado Jon Roxton el Osado), lady Sharis derribó los armazones calcinados de casas y tiendas, reconstruyó la muralla de la ciudad, enterró a los muertos, plantó trigo, cebada y nabos en las tierras donde habían estado los campamentos, e incluso hizo limpiar, disecar y exponer en la plaza de la ciudad las cabezas de los dragones Bruma y Vermithor, lo que le procuró buenos ingresos de los viajeros dispuestos a pagar por verlas (un penique por mirar, una estrella por tocar).

En Antigua, la relación entre el Septón Supremo y lady Sam, viuda de lord Ormund, siguió deteriorándose cuando esta hizo caso omiso de la orden de su altísima santidad de abandonar el lecho de su hijastro y unirse a las Hermanas Silenciosas como penitencia por sus pecados. Henchido de santa indignación, el Septón Supremo condenó a la señora viuda de Antigua como una fornicadora indecente y le prohibió poner un pie en el Septo Estrellado hasta que se hubiera arrepentido e impetrara el perdón.

Lo que hizo lady Samantha fue montar en un caballo de guerra e irrumpir en el septo mientras su altísima santidad dirigía los rezos. Cuando el septón exigió conocer sus intenciones, lady Sam respondió que aunque le hubiera prohibido poner un pie en el septo, no había dicho nada de cascos de caballo. A continuación ordenó a sus caballeros que bloqueasen las puertas; si el septo estaba cerrado para ella, lo estaría para todo el mundo. Aunque el Septón Supremo se enrabió, vociferó y arrojó maldiciones a «esta ramera a caballo», al final no tuvo más remedio que ceder.

La cuarta (y la última para nuestros fines) de aquellas mujeres notables salió de las torres retorcidas y los baluartes destrozados de Harrenhal, la enorme ruina de las orillas de Ojo de Dioses. Marginado y olvidado desde que Daemon Targaryen y su sobrino Aemond se enfrentaron allí en su último vuelo, el trono maldito de Harren el Negro se había convertido en guarida de forajidos, caballeros ladrones y hombres arruinados que salían de su muralla para cebarse en viajeros, pescadores y granjeros. Un año atrás eran pocos, pero su número fue creciendo más tarde, y se decía que los gobernaba una hechicera, una reina bruja de terrible poder. Cuando aquellas narraciones llegaron a Desembarco del Rey, ser Tyland decidió que ya era hora de reclamar el castillo y confió la tarea a un caballero de la Guardia Real, ser Regis Groves, que partió con medio centenar de guerreros veteranos. En Castillo Darry se le unió ser Damon Darry con un contingente similar. Ser Regis cometió la imprudencia de suponer que tal fuerza sería más que suficiente para despachar a un puñado de intrusos.

Sin embargo, cuando llegó ante la muralla de Harrenhal se encontró con las puertas cerradas y cientos de hombres armados en los parapetos. Dentro había como mínimo seiscientas almas, un tercio de las cuales eran hombres en edad de combatir. Cuando ser Regis exigió hablar con su señor, salió a parlamentar una mujer con un niño al lado. La «reina bruja» de Harrenhal resultó no ser otra que Alys Ríos, el ama de cría de baja extracción que primero había sido prisionera del príncipe Aemond Targaryen y después su amante, y que ahora afirmaba ser su viuda. El niño era de Aemond, dijo al caballero. «¿Bastardo?», preguntó ser Regis. «Hijo legítimo y heredero —espetó Alys Ríos como respuesta—, y el rey por derecho de Poniente». Ordenó al caballero: «Arrodíllate ante tu rey» y lo impelió a comprometer su espada a su servicio. Ser Regis se echó a reír y contestó: «No me arrodillo ante bastardos, y mucho menos ante el cachorro ilegítimo de un matasangre y una vaca lechera».

Lo que ocurrió a continuación sigue siendo objeto de debate. Algunos afirman que Alys Ríos se limitó a alzar una mano y ser Regis se puso a gritar y agarrarse la cabeza, hasta que le estalló el cráneo y esparció una lluvia de sangre y sesos. Otros insisten en que el gesto de la viuda fue una seña, a la cual un ballestero disparó desde las almenas una flecha que atravesó el ojo de ser Regis. Champiñón (que estaba a cientos de leguas) conjetura que quizá uno de los hombres de la muralla fuera experto en el uso de la honda; es sabido que las bolas de plomo, si se arrojan con fuerza suficiente, pueden provocar la clase de efecto explosivo que presenciaron los hombres de Groves y atribuyeron a la brujería.

Fuera cual fuera el caso, ser Regis Groves murió al instante. Justo después se abrieron las puertas de Harrenhal y de ellas surgió aullando un enjambre de jinetes que se lanzó a la carga. Se siguió una lucha encarnizada que arrasó a los hombres del rey. Ser Damon Darry, al tener un buen caballo, una buena armadura y un buen entrenamiento, fue uno de los pocos que consiguieron escapar. Los esbirros de la reina bruja dieron caza toda la noche a los desbandados antes de abandonar la persecución. De los cien hombres que habían partido de Castillo Darry, regresaron treinta y dos.

Al día siguiente apareció el trigésimo tercer superviviente. Lo habían capturado junto a varias decenas más, y lo habían obligado a presenciar la muerte de sus compañeros, torturados uno por uno, antes de liberarlo para que transmitiese una advertencia. «Debo contaros lo que he visto —jadeó—, pero no podéis reír. La viuda me ha echado una maldición. Si cualquiera de vosotros se ríe, moriré». Cuando ser Damon le aseguró que nadie iba a reírse, el mensajero prosiguió: «Dice que no volváis a menos que sea con la intención de hincar la rodilla. Cualquiera que se acerque a la muralla morirá. Esas piedras tienen poder, y la viuda lo ha despertado. Los Siete nos protejan, tiene un dragón. Lo he visto».

No ha llegado hasta nosotros el nombre del mensajero, como tampoco el del hombre que se rio. Pero alguien, uno de los hombres de lord Darry, soltó una carcajada. El mensajero lo miró aterrado y, a continuación, se llevó las manos a la garganta y empezó a resollar. Incapaz de tomar aire, murió al cabo de un momento. Se dice que en la piel se veían las huellas de unos dedos de mujer, como si esta hubiera estado en la sala y lo hubiera estrangulado.

La muerte de un caballero de la Guardia Real preocupó enormemente a ser Tyland, aunque Unwin Peake descartó la historia de ser Damon Darry sobre brujería y dragones y achacó a los forajidos la muerte de Regis Groves y sus hombres. Los otros regentes estuvieron de acuerdo. Haría falta una fuerza más poderosa para expulsarlos de Harrenhal, concluyeron mientras el «pacífico» año de 132 d. C. tocaba a su fin. Pero antes de que ser Tyland pudiera organizar el asalto, o incluso considerar siquiera quién podría ocupar el lugar de ser Regis entre los Siete de Aegon, cayó sobre la ciudad una amenaza mucho más grave que cualquier «reina bruja»: el tercer día del 133 d. C., las fiebres de invierno llegaron a Desembarco del Rey.

Hubiera surgido o no en los bosques oscuros de Ib y llegado o no a Poniente en un ballenero, como creían los hermaneños, era indudable que viajaba de puerto en puerto. Había alcanzado, uno tras otro, Puerto Blanco, Puerto Gaviota, Poza de la Doncella y el Valle Oscuro, y llegaban informes de que también asolaba Braavos. El primer indicio de la enfermedad era un rubor intenso en la cara, fácil de confundir con el enrojecimiento de las mejillas que mostraban muchos hombres tras exponerse al aire gélido de los días de invierno. Pero tras ello venía una fiebre que, aunque ligera al principio, aumentaba y no dejaba de aumentar. Las sangrías no servían de nada, ni el ajo ni ninguno de los diversos emplastos, pócimas y tinturas que se probaron. Meter a los enfermos en bañeras de nieve y agua helada parecía reducir el ritmo de la fiebre pero no detenerla, como no tardaron en descubrir los maestres que contrajeron la enfermedad. Al segundo día, la víctima se ponía a temblar con violencia y quejarse de frío, aunque se sentía arder al contacto. El tercer día llegaban el delirio y el sudor sangriento. El cuarto día había muerto el enfermo, o estaba en vías de recuperación si la fiebre remitía. Solo un hombre de cada cuatro sobrevivía a las fiebres de invierno. No se había visto una peste igual en los Siete Reinos desde que los escalofríos asolaron Poniente durante el reinado de Jaehaerys I.

En Desembarco del Rey, los primeros indicios del mortífero rubor aparecieron a lo largo de la orilla, entre los marineros, los barqueros, los pescaderos, los trabajadores del puerto, los estibadores y las putas de los muelles que ejercían su oficio junto al río Aguasnegras. Antes de darse cuenta de que estaban enfermos, muchos habían propagado el contagio por toda la ciudad, entre pobres y ricos indistintamente. Cuando llegó la noticia a la corte, el gran maestre Munkun acudió en persona a examinar a algunos enfermos para asegurarse de que se trataba realmente de las fiebres de invierno y no de alguna otra dolencia más leve. Preocupado ante lo que encontró, Munkun no regresó al castillo por temor a haberse contagiado después de estar en contacto con docenas de putas y estibadores febriles, y mandó a su aprendiz con una carta urgente para la Mano del Rey. Ser Tyland actuó sin dilación y ordenó a los capas doradas que cerrasen la ciudad y se aseguraran de que nadie entraba ni salía hasta que las fiebres hubieran completado su proceso. También ordenó que se bloquearan las grandes puertas de la Fortaleza Roja, para mantener la enfermedad alejada del rey y de la corte.

Pero las fiebres de invierno no guardaron el menor respeto por las puertas, los guardias ni la muralla del alcázar. Aunque la fiebre, de algún modo, parecía haber perdido cierta virulencia en su viaje hacia el sur, en los días que siguieron hubo decenas de miles de enfermos, de los que murieron tres cuartas partes. El gran maestre Munkun resultó ser uno de los afortunados y se recuperó, pero ser Willis Fell, lord comandante de la Guardia Real, cayó junto a dos de sus hermanos juramentados. El lord Protector, Leowyn Corbray, se retiró a sus aposentos al contraer la enfermedad e intentó curarse con vino caliente especiado. Murió, al igual que su esposa y varios criados. Dos doncellas de la reina Jaehaera tuvieron las fiebres y fallecieron, aunque la pequeña reina siguió sana y vigorosa. También murió el comandante de la Guardia de la Ciudad; nueve días después, su sucesor lo siguió a la tumba. Los regentes tampoco se libraron: lord Westerling y lord Mooton cayeron enfermos. Este último superó las fiebres y sobrevivió, aunque quedó muy debilitado. Roland Westerling, un anciano, falleció.

Puede que una de las muertes resultara piadosa. La reina viuda Alicent de la casa Hightower, segunda esposa del rey Viserys I y madre de sus hijos Aegon, Aemond y Daeron, y de su hija Helaena, murió la misma noche que lord Westerling, después de confesar sus pecados a su septa. Había sobrevivido a todos sus hijos y pasado el último año de su vida confinada en sus aposentos, sin más compañía que la septa, las criadas que le llevaban la comida y los guardias del otro lado de la puerta. Le proporcionaron libros y agujas e hilo, pero los guardias decían que pasaba más tiempo llorando que leyendo o cosiendo. Un día hizo trizas todos sus vestidos. Al final del año había empezado a hablar sola, y había desarrollado una intensa aversión al color verde.

En sus últimos días, la reina viuda pareció recuperar la lucidez. «Quiero volver a ver a mis hijos —le dijo a la septa— y a Helaena, mi querida chiquilla, oh… Y al rey Jaehaerys. Le leeré como cuando era pequeña. Me decía que tenía una voz encantadora». (Curiosamente, la reina Alicent habló mucho en sus horas finales sobre el Viejo Rey, pero no mencionó a su esposo, el rey Viserys). El Desconocido acudió a buscarla una noche lluviosa, a la hora del lobo.

El septón Eustace tomó nota con fidelidad de todas aquellas muertes, y se aseguró de trasladarnos las inspiradoras últimas palabras de todos los grandes señores y damas nobles. Champiñón también anotó los nombres de los fallecidos, pero dedicó más tiempo a las estupideces de los vivos, como el relato del escudero feo que convenció a una hermosa doncella de que le entregara su virtud diciéndole que tenía las fiebres y «en cuatro días habré muerto, y no quiero dejar este mundo sin conocer el amor». El truco le salió tan bien que lo repitió con otras seis muchachas, pero cuando pasó el tiempo y no se moría, empezaron a hablar y se destapó el montaje. Champiñón atribuye su propia supervivencia a la bebida. «Si bebía suficiente vino, razoné, no me daría cuenta de que caía enfermo, y cualquier idiota sabe que lo que no se conoce no puede hacer daño».

Dos héroes improbables despuntaron brevemente en aquellos días sombríos. Uno fue Orwyle, cuyos carceleros lo dejaron salir de su celda después de que las fiebres quebrantasen a muchos otros maestres. La edad, el miedo y el largo encierro lo habían convertido en una sombra del hombre que fue, y sus curas y pócimas no fueron más eficaces que las del resto de los maestres, pero trabajó incansablemente para salvar a los que pudo y aliviar las últimas horas de los demás.

El otro héroe, para sorpresa de todos, fue el joven rey. Para horror de la Guardia Real, Aegon dedicaba los días a visitar a los enfermos, y muchas veces pasaba horas sentado junto a ellos, a veces cogiéndolos de la mano y refrescándoles la frente con paños húmedos. Aunque rara vez hablaba, compartía el silencio con ellos y los escuchaba mientras le contaban anécdotas de su vida, le rogaban perdón o se jactaban de sus conquistas, sus actos bondadosos y sus hijos. Muchos de los que visitó murieron, pero los que superaron la enfermedad atribuyeron su supervivencia al toque de las «manos sanadoras» del rey.

Pero si existía alguna magia en el toque del rey, como creían muchos en el pueblo llano, fracasó cuando más se la necesitaba. La última cabecera que visitó Aegon III fue la de ser Tyland Lannister. A lo largo de los días más sombríos de la ciudad, ser Tyland había luchado día y noche contra el Desconocido en la Torre de la Mano. Aunque ciego y mutilado, no sufrió más que agotamiento casi hasta el final… Sin embargo el destino fue cruel, y cuando lo peor ya había pasado y los nuevos casos de fiebres de invierno se habían reducido hasta casi desaparecer, una mañana, ser Tyland ordenó a su criado que cerrara la ventana. «Hace mucho frío aquí», dijo, pese al fuego de la chimenea y a que la ventana ya estaba cerrada.

Tras aquello, la Mano decayó rápidamente. Las fiebres se llevaron su vida dos días después, en vez de los cuatro habituales. El septón Eustace estaba junto a él cuando murió, al igual que el joven rey al que había servido. Aegon le sostuvo la mano mientras exhalaba el último aliento.

Ser Tyland Lannister no había sido nunca un hombre querido. Tras la muerte de la reina Rhaenyra había instado a Aegon II a matar también a Aegon, el hijo de aquella, y algunos negros lo odiaban por eso. Aun así, tras la muerte de Aegon II se había quedado a servir a Aegon III, y algunos verdes lo odiaban por eso. Había salido el segundo del vientre de su madre, inmediatamente después de su gemelo Jason, lo que le había negado la gloria del señorío y el oro de Roca Casterly, y lo había obligado a hacerse su propio lugar en el mundo. Ser Tyland nunca se casó ni engendró hijos, así que hubo pocos en duelo en el cortejo fúnebre. El velo que llevaba para ocultar su rostro desfigurado dio pie al rumor de que era monstruoso y maligno. Algunos lo consideraban un cobarde por mantener Poniente al margen durante la guerra de las Hijas y hacer tan poco por doblegar a los Greyjoy en el oeste. Al sacar de Desembarco del Rey tres cuartas partes del oro de la Corona, en su calidad de consejero de la moneda, Tyland Lannister había abonado el terreno para la caída de la reina Rhaenyra; un golpe de ingenio que en última instancia le costaría a él los ojos, las orejas y la salud, y a la reina, el trono y hasta la vida. Pero es obligado decir que, como Mano, sirvió bien y con fidelidad al hijo de Rhaenyra.

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