Fuego y sangre

Fuego y sangre


La regencia: Guerra, paz y ferias de ganado

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La regencia Guerra, paz y ferias de ganado

El rey Aegon III era todavía un niño, muy lejos aún de su decimotercer día del nombre, pero durante los días que siguieron a la muerte de ser Tyland Lannister mostró una madurez asombrosa para su edad. Sin tener en cuenta a ser Marston Mares, el segundo al mando de su Guardia Real, su alteza concedió capas blancas a ser Robin Massey y ser Robert Darklyn, y nombró lord comandante a Massey. Con el gran maestre Munkun aún en la ciudad atendiendo a las víctimas de las fiebres de invierno, el rey recurrió a su predecesor y ordenó al antiguo gran maestre Orwyle que convocase a lord Thaddeus Rowan a la capital. «Voy a nombrar Mano a lord Rowan. Ser Tyland lo tenía en suficiente estima para ofrecerle a mi hermana en matrimonio, de modo que sé que se puede confiar en él». También quería que Baela regresase a la corte, y añadió: «Lord Alyn será mi almirante, como lo fue su abuelo». Orwyle, quizá con la esperanza de obtener el indulto real, se apresuró a enviar cuervos con los mensajes solicitados.

Sin embargo, el rey Aegon había actuado sin consultar a su consejo de regentes. Solo tres de ellos seguían en Desembarco del Rey: lord Peake, lord Mooton y el gran maestre Munkun, que regresó a toda prisa a la Fortaleza Roja en cuanto ser Robert Darklyn ordenó que volvieran a abrir las puertas. Manfryd Mooton seguía en cama, recuperando las fuerzas tras su batalla contra las fiebres, y pidió que se pospusiera cualquier decisión hasta que se pudiera avisar a lady Jeyne Arryn y lord Royce Caron para que volvieran del Valle y de las Marcas dornienses y tomasen parte en las deliberaciones. Pero sus compañeros no quisieron ni oír hablar de ello: lord Peake insistió en que los regentes previos habían renunciado a sus puestos en el consejo al abandonar Desembarco del Rey. Con el apoyo del gran maestre Munkun (que lamentaría más adelante haber dado su consentimiento), Unwin Peake anuló todas las citas del rey y los acuerdos a los que había llegado, argumentando que un niño de doce años no poseía el seso necesario para tomar por sí solo decisiones de tanta importancia.

Confirmaron a Marston Mares como lord comandante de la Guardia Real, y ordenaron a Darklyn y Massey que entregasen sus capas blancas para que ser Marston pudiera otorgarlas a caballeros de su elección. El gran maestre Orwyle regresó a la celda, en espera de su ejecución. Para no ofender a lord Rowan, los regentes le ofrecieron un lugar en su consejo, así como los cargos de Justicia Mayor y consejero de los edictos. No hubo ningún gesto parecido con Alyn Velaryon; por supuesto, no se plantearon que un joven de tan corta edad y tan incierto linaje fuera adecuado para el puesto de lord almirante. Los cargos de Mano del Rey y Protector del Reino, que hasta entonces eran independientes, se combinaron y cedieron al mismísimo Unwin Peake.

Champiñón dice que el rey Aegon III respondió con un silencio hosco al conocer las decisiones de sus regentes, y que solo habló una vez para protestar por la destitución de Massey y Darklyn. «El servicio de la Guardia Real es de por vida», dijo el niño, a lo cual lord Peake respondió: «Solo cuando el nombramiento se realiza por los cauces adecuados, alteza». Por lo demás, según consigna el septón Eustace, el rey reaccionó a los decretos «con cortesía» y agradeció a lord Peake su sabiduría, puesto que «todavía soy un niño, como sabéis, y necesito guía en estos asuntos». Si sentía algo distinto, prefirió no decirlo en voz alta, y se retiró de nuevo en el silencio y la pasividad.

Durante el resto de su minoría de edad, el rey Aegon III participó muy poco en el gobierno de su reino, salvo para firmar y lacrar los papeles que le presentaba lord Peake. En ciertas ocasiones formales sacaban a su alteza a la luz para sentarlo en el Trono de Hierro o para que diera la bienvenida a un embajador, pero el resto del tiempo se lo veía poco en la Fortaleza Roja, y jamás extramuros.

Es necesario hacer una pausa para posar la mirada en Unwin Peake, que gobernó los Siete Reinos en la práctica durante cerca de tres años como lord regente, Protector del Reino y Mano del Rey.

Su casa estaba entre las más antiguas del Dominio, y hundía sus raíces profundamente en la Edad de los Héroes y los primeros hombres. Entre sus numerosos ancestros ilustres contaba leyendas como ser Urrathon Destrozaescudos, lord Meryn el Escriba, lady Yrma del Cuenco Dorado, ser Barquen el Asediador, lord Eddison el Viejo, lord Eddison el Joven y lord Emerick el Vengador. Muchos Peake fueron consejeros en Altojardín cuando el Dominio era el reino más rico y poderoso de Poniente. Cuando el orgullo y el poder de la casa Manderly se convirtieron en arrogancia, fue Lorimar Peake quien los humilló y los envió al exilio en el Norte, por lo cual el rey Perceon III el Jardinero le concedió el antiguo bastión de los Manderly en Dustonbury y sus tierras adyacentes. Gwayne, el hijo del rey Perceon, tomó además a la hija de lord Lorimar por esposa, convirtiéndola en la séptima Peake en sentarse, junto a la Mano Verde, como reina del Dominio. A lo largo de los siglos, otras hijas de la casa Peake se casaron con hombres de las casas Redwyne, Rowan, Costayne, Oakheart, Osgrey, Florent e incluso Hightower.

Esto terminó con la llegada de los dragones. Lord Armen Peake y sus hijos murieron en el Campo de Fuego junto al rey Mern y los suyos. Tras la extinción de la casa Gardener, Aegon el Conquistador otorgó Altojardín y el gobierno del Dominio a la casa Tyrell, hasta entonces mayordomos reales. Los Tyrell no tenían lazos de sangre con los Peake, ni motivo alguno para favorecerlos. De ese modo comenzó la lenta caída de la altiva casa Peake. Un siglo después, los Peake todavía poseían tres castillos y unas tierras amplias y bien pobladas, aunque no especialmente ricas; pero ya no ocupaban el lugar de honor entre los banderizos de Altojardín.

Unwin Peake estaba decidido a cambiar esa circunstancia y devolver a la casa Peake su anterior grandeza. Igual que su padre, que se había aliado con la mayoría del Gran Consejo del 101, no consideraba que fuera el lugar de una mujer gobernar sobre los hombres. Durante la Danza de los Dragones, lord Unwin había estado entre los verdes más violentos al encabezar a un millar de espadas y lanzas para mantener a Aegon II en el Trono de Hierro. Cuando Ormund Hightower cayó en Ladera, lord Unwin creyó que el mando del ejército pasaría a sus manos, pero le fue negado por las confabulaciones de sus rivales, cosa que no perdonó jamás: apuñaló al cambiacapas Owain Bourney y organizó el asesinato de los jinetes de dragón Hugh Martillo y Ulf el Blanco. Cabecilla de los Abrojos (aunque este dato no era muy conocido), y uno de los tres que quedaban con vida, lord Unwin había demostrado en Ladera que no era un hombre a quien conviniera importunar. Lo demostraría de nuevo en Desembarco del Rey.

Pese a que había elevado a ser Marston Mares al mando de la Guardia Real, lord Peake se le impuso para conceder la capa blanca a dos miembros de su familia: su sobrino ser Amaury Peake de Picoestrella y su hermano bastardo, ser Mervyn Flores. Puso la Guardia de la Ciudad bajo el mando de ser Lucas Leygood, hijo de uno de los Abrojos que habían muerto en Ladera. Para reemplazar a las víctimas de las fiebres de invierno y la Luna de la Demencia, confirió capas doradas a quinientos de sus hombres.

Lord Peake no era de naturaleza confiada, y lo que había visto (y de lo que había formado parte) en Ladera lo había convencido de que sus enemigos acabarían con él si les daba media oportunidad. Siempre pendiente de su seguridad, se rodeó de una guardia personal formada por diez mercenarios leales solo a él (y al oro que les entregaba generosamente), que con el tiempo se convirtieron en sus «Dedos». Su capitán, un aventurero volantino llamado Tessario, tenía rayas de tigre tatuadas en el rostro, las marcas de un soldado esclavo. Los hombres lo llamaban Tessario el Tigre a la cara, cosa que le satisfacía; a sus espaldas lo llamaban Tessario el Pulgar, el apodo burlón que le había otorgado Champiñón.

Una vez asegurada su persona, la nueva Mano empezó a llevar a la corte a sus seguidores, familiares y amigos para sustituir a los hombres y mujeres de cuya lealtad estaba menos seguro. Colocó a su tía viuda, Clarice Osgrey, al frente del servicio de la reina Jaehaera para supervisar a sus doncellas y criados. Ser Gareth Long, maestro de armas de Picoestrella, obtuvo el mismo título en la Fortaleza Roja y se le encargó el entrenamiento del rey Aegon para que se ganara el título de caballero. George Graceford, señor de Holyhall, y ser Victor Risley, caballero de Claro Risley, únicos Abrojo supervivientes aparte del mismo lord Peake, fueron nombrados lord confesor y Justicia del Rey respectivamente.

La Mano llegó incluso a desestimar al septón Eustace, y convocó a un hombre más joven, el septón Bernard, para atender las necesidades espirituales de la corte y supervisar la educación moral y religiosa de su alteza. También Bernard era de su linaje, descendiente de una hermana menor de su bisabuelo. Eximido de sus responsabilidades, el septón Eustace partió de Desembarco del Rey en dirección a Septo de Piedra, su lugar de origen, donde se consagró en cuerpo y alma a la escritura de su gran (aunque algo pomposa) obra, El reinado del rey Viserys, el primero de su nombre, y la Danza de los Dragones que se siguió. Por desgracia, el septón Bernard prefería componer música sacra a recopilar rumores de la corte, y sus escritos revisten, por tanto, escaso interés para historiadores y eruditos (y, lamentablemente, debemos decir que menos aún para quienes disfrutan de la música sacra).

Ninguno de estos cambios gustó al joven rey. En especial, su alteza no estaba nada conforme con su Guardia Real. Ni le caían bien los dos nuevos miembros ni confiaba en ellos, y no había olvidado la contribución de ser Marston Mares a la muerte de su madre. El rey Aegon detestaba a los «Dedos» de la Mano más si cabe, sobre todo a su descarado y malhablado comandante, Tessario el Pulgar. Esta aversión se convirtió en odio cuando el volantino asesinó a ser Robin Massey, uno de los jóvenes caballeros que Aegon deseaba que formasen parte de su Guardia Real, en una disputa por un caballo que ambos querían comprar.

Pronto, el rey desarrolló también una fuerte aversión por su nuevo maestro de armas. Ser Gareth Long era un espadachín habilidoso pero un maestro severo, famoso en Picoestrella por la dureza con que trataba a sus pupilos. Los que no consideraba a la altura se veían obligados a pasar días sin dormir; los sumergía en tinas de agua congelada, les rapaba la cabeza y los azotaba frecuentemente, aunque no podía recurrir a estos castigos en su nuevo cargo. Por mucho que Aegon fuera un alumno hosco que mostraba escaso interés por el manejo de la espada o las artes de la guerra, como rey su persona era inviolable. Cada vez que ser Gareth le hablaba en voz demasiado alta o con demasiada dureza, se limitaba a tirar la espada y el escudo al suelo y marcharse.

Aegon solo parecía tener un compañero que le importase de verdad. Gaemon Peloclaro, su copero y catador de seis años de edad, no solo compartía con él todas las comidas, sino que también lo acompañaba al patio, algo que ser Gareth no pasaba por alto. Al ser hijo bastardo de una prostituta, Gaemon apenas contaba en la corte; de modo que, cuando ser Gareth pidió a lord Peake que convirtiera al niño en chivo expiatorio del rey, la Mano accedió con gran satisfacción. A partir de ese momento, cualquier asomo de mal comportamiento, pereza o agresividad conllevaba un castigo para su amigo. La sangre y las lágrimas de Gaemon afectaban al rey mucho más que ninguna palabra de Gareth Long, y la mejora en la actitud de su alteza despertó comentarios en todos los hombres que observaban sus movimientos en el patio del castillo, pero la antipatía de Aegon hacia su maestro solo se incrementó.

Tyland Lannister, ciego y lisiado, siempre había tratado al rey con deferencia; le hablaba con amabilidad y lo guiaba en vez de darle órdenes. Unwin Peake era una Mano mucho más severa; brusco y duro, tenía poca paciencia con el joven monarca y lo trataba «más como a un niño malhumorado que como a un rey», en palabras de Champiñón, y no hacía nada por implicar a su alteza en el gobierno cotidiano de su reino. Cuando Aegon III volvió a sumergirse en el silencio, la soledad y una pasividad melancólica, su Mano lo ninguneó con sumo gusto, salvo en ciertas ocasiones formales en que se requería su presencia.

Con razón o sin ella, la opinión general era que ser Tyland Lannister había sido una Mano débil e ineficaz, pero en cierto modo también siniestra, taimada e incluso monstruosa. Lord Unwin Peake accedió al cargo decidido a demostrar su fuerza y rectitud. «Esta Mano no es ciega, solapada ni lisiada —anunció ante el rey y la corte—. Esta Mano todavía puede empuñar una espada». Tras decir esas palabras, desenvainó la espada y la alzó para que todos pudieran verla. Los susurros llenaron el salón. La hoja que sostenía no era normal, sino forjada en acero valyrio: Hacedora de Huérfanos, la espada vista por última vez en las manos de Jon Roxton el Osado mientras atacaba a los hombres de Hugh Martillo en Ladera.

Según nos enseñan los septones, la festividad de Nuestro Padre Divino es un día propicio para celebrar juicios. En el año 133 d. C., la nueva Mano decretó que debería ser el día en el que aquellos a los que se hubiera juzgado previamente recibieran por fin el castigo por sus crímenes. Las celdas de la ciudad estaban llenas a reventar, e incluso las mazmorras de debajo de la Fortaleza Roja estaban prácticamente llenas. Lord Unwin las vació. Condujeron o arrastraron a los prisioneros hasta la plaza que se abría frente a las puertas de la Fortaleza Roja, donde miles de desembarqueños se agolpaban para ver cómo recibían su merecido. Mientras el sombrío joven rey y su rígida Mano observaban desde lo alto de la muralla, la Justicia del Rey se puso a trabajar. Como la tarea era excesiva para una sola espada, se encomendó a Tessario el Pulgar y sus Dedos que lo ayudasen.

«Habrían ido más deprisa si la Mano hubiera enviado a alguien a la calle de las Moscas en busca de carniceros —observa Champiñón—, puesto que era el trabajo de un carnicero lo que hacían, macheteando y amputando». Cortaron la mano a cuarenta ladrones; castraron a ocho violadores, para después conducirlos desnudos a la orilla del río con los genitales colgados del cuello y embarcarlos en dirección al Muro. A un hombre sospechoso de pertenecer a los Clérigos Humildes, que había predicado que los Siete enviaron las fiebres de invierno para castigar a la casa Targaryen por practicar el incesto, le cortaron la lengua. Dos prostitutas afectadas por las viruelas fueron mutiladas de formas inenarrables por contagiar la enfermedad a docenas de hombres. A seis siervos condenados por robar a sus amos les cortaron la nariz; un séptimo, que había abierto un agujero en una pared para observar a las hijas de su amo desnudas, se quedó sin el ojo ofensor.

Después llegó el turno de los asesinos. Eran siete, uno de ellos, un posadero que llevaba matando a algunos de sus huéspedes (aquellos que no creía que nadie echara de menos) y apropiándose de sus pertenencias desde los tiempos del Viejo Rey. Mientras que a los demás asesinos los ahorcaron directamente, a él le amputaron las manos para quemarlas delante de él, antes de colgarlo de la soga y destriparlo mientras se asfixiaba.

Por último llevaron a los tres prisioneros más destacados, los que la muchedumbre había estado esperando: otro «Pastor Renacido»; el capitán de un mercante pentoshí acusado y condenado por llevar las fiebres de invierno de Villahermana a Desembarco del Rey, y Orwyle, el anterior gran maestre, condenado por traición y desertor de la Guardia de la Noche. La Justicia del Rey, ser Victor Risley, se encargó personalmente de cada uno de ellos. Cercenó las cabezas del pentoshí y del falso Pastor con el hacha, pero al gran maestre Orwyle se le concedió el honor de morir por la espada a la vista de su edad, su alta cuna y sus largos años de servicio.

«Cuando hubo concluido la festividad de nuestro Padre y se dispersó la muchedumbre congregada frente a las puertas, la Mano del Rey se mostró satisfecho —escribió el septón Eustace, que partiría hacia Septo de Piedra al día siguiente—. Desearía poder decir que el común regresó a sus hogares y chozas para ayunar, rezar y suplicar el perdón por sus pecados, pero con ello faltaría a la verdad. Ebrios de sangre, lo que hicieron fue buscar antros de pecado, y las tabernas, bodegas y burdeles se llenaron hasta los topes, pues tal es la perversidad del hombre». Champiñón dice lo mismo, aunque a su modo: «Cada vez que veo como ejecutan a un hombre me gusta hacerme después con una jarra y una mujer, para recordar que aún estoy vivo».

El rey Aegon III permaneció en las almenas que coronaban las puertas durante toda la festividad de Nuestro Padre Divino, y no dijo una palabra ni apartó la mirada de la carnicería que se desarrollaba a sus pies. «El rey podría haber sido una estatua de cera», observó el septón Eustace. Las palabras del gran maestre Munkun corean las suyas: «Su alteza estaba presente, como era su deber, pero en cierto modo también parecía estar muy lejos. Algunos de los condenados se giraron hacia las almenas para impetrar clemencia a gritos, pero el rey no parecía verlos ni oír sus palabras desesperadas. Que nadie se equivoque: este festín nos lo sirvió la Mano y fue él quien se atiborró».

A mediados de aquel año, el castillo, la ciudad y el rey estaban ya firmemente sujetos por la nueva Mano. El pueblo llano estaba tranquilo; las fiebres de invierno se habían desvanecido; la reina Jaehaera seguía recluida en sus habitaciones; el rey Aegon practicaba en el patio por las mañanas y miraba las estrellas por las noches. Más allá de la muralla de Desembarco del Rey, sin embargo, las calamidades que habían afectado al reino los dos últimos años no habían hecho más que empeorar. El comercio se había reducido a la nada; la guerra continuaba en el oeste; las fiebres y la hambruna campaban por gran parte del norte, y en el sur, los dornienses eran cada vez más osados y causaban más problemas. Lord Peake decidió que ya era hora de que el Trono de Hierro demostrase su poder.

Ya se habían terminado de armar ocho de los diez grandes buques de guerra encomendados por ser Tyland, de modo que decidió comenzar por reabrir al comercio el mar Angosto. Como comandante de la flota real eligió a otro de sus tíos, ser Gedmund Peake, un luchador experto conocido como Gedmund Hachamagna por su arma preferida. Pese a que el renombre debido a su destreza como guerrero era bien merecido, ser Gedmund no sabía gran cosa de barcos, de modo que la Mano también convocó al famoso navegante mercenario Ned Alubia (llamado Alubia Negra por el color de su poblada barba) para que sirviera como segundo al mando de Hachamagna y lo asesorase en todos los asuntos náuticos.

Cuando ser Gedmund y la Alubia Negra se hicieron a la mar, la situación en los Peldaños de Piedra era caótica, por decirlo de forma suave. Habían barrido de la mar la mayor parte de los barcos de Racallio Ryndoon, pero todavía gobernaba Piedra Sangrienta, la mayor de las ínsulas, y un puñado de islotes rocosos. Los tyroshíes habían estado a punto de derrotarlo cuando Lys y Myr firmaron la paz y emprendieron un ataque conjunto contra Tyrosh, lo que obligó al arconte a reunir sus barcos y espadas. La alianza a tres bandas de Braavos, Pentos y Lorath había perdido una cabeza con la retirada de los lorathíes, pero los mercenarios pentoshíes tenían en su poder todos los Peldaños de Piedra que no estaban en manos de los hombres de Racallio, y los barcos de guerra braavosíes dominaban las aguas que los separaban.

Lord Unwin sabía que Poniente no podía imponerse a Braavos en una guerra marítima. Su propósito, según declaró, era poner fin al pirata Racallio Ryndoon y a su reino ilegítimo, y establecer un destacamento en Piedra Sangrienta para asegurarse de que nadie volviera jamás a bloquear el mar Angosto. La flota real, formada por los ocho nuevos barcos de guerra y unas veinte cocas y galeras antiguas, no era ni de lejos suficientemente poderosa para conseguir este objetivo, de modo que la Mano envió una misiva a Marcaderiva para solicitar al Señor de las Mareas que convocase a «las flotas de vuestro señor abuelo y las pongáis bajo el mando de nuestro buen tío Gedmund, de modo que pueda reabrir los caminos de la mar».

Esto era, de hecho, lo que Alyn Velarion llevaba mucho tiempo deseando, como había deseado la Serpiente Marina antes que él, pese a lo cual, cuando leyó el mensaje se encrespó y declaró: «Ahora son mis flotas, y el mono de Baela está mucho más capacitado para comandarlas que el tío Gedmund». Aun así, cumplió las órdenes y reunió sesenta galeras de guerra, treinta barcoluengos y más de un centenar de cocas grandes y pequeñas para unirlas a la armada real a su partida de Desembarco del Rey. Cuando la flota de guerra pasó por el Gaznate, ser Gedmund envió a la Alubia Negra al Reina Rhaenys, el buque insignia de lord Alyn, con una carta que lo autorizaba a tomar el mando de los escuadrones de los Velaryon «a fin de que puedan beneficiarse de sus muchos años de experiencia». Lord Alyn lo obligó a dar media vuelta. «Lo habría ahorcado —escribió a ser Gedmund—, pero soy contrario a desperdiciar buena cuerda de cáñamo en una alubia».

En invierno, los fuertes vientos del norte se enseñorean frecuentemente del mar Angosto, de modo que la flota realizó en un tiempo magnífico la travesía hacia el sur. Desde Tarth, otra docena de barcoluengos remaron a su encuentro para incrementar aún más sus filas, comandadas por lord Bryndenmere, el Lucero de la Tarde; sin embargo, las nuevas que portaba el señor no fueron tan bien recibidas: el Señor del Mar de Braavos, el arconte de Tyrosh y Racallio Ryndoon habían hecho causa común: gobernarían juntos los Peldaños de Piedra, y únicamente se permitiría el paso a los barcos que tuvieran permiso de Braavos o Tyross para comerciar. «¿Y qué hay de Pentos?», quiso saber lord Alyn. «Descartada —informó el Lucero de la Tarde—. Si una tarta se corta en tres pedazos, estos serán más grandes que si se corta en cuatro».

Gedmund Hachamagna (que había pasado el viaje tan mareado que los marinos lo habían apodado Gedmund Caraverde) decidió que debía informar a la Mano del Rey de esta nueva alianza entre las ciudades en guerra. El Lucero de la Tarde ya había enviado un cuervo a Desembarco del Rey, por lo que Peake decretó que la flota se quedase en Tarth hasta que recibieran respuesta. «Eso hará que perdamos cualquier esperanza de tomar a Racallio por sorpresa», protestó Alyn Velaryon, pero ser Gedmund se mostró inflexible. Los dos comandantes se separaron, enojados.

Al día siguiente, a la salida del sol, la Alubia Negra despertó a ser Gedmund para comunicarle que el Señor de las Mareas se había marchado; toda la flota de los Velaryon se había escabullido durante la noche. Gedmund Hachamagna resopló. «Han corrido a Marcaderiva, imagino». Ned Alubia se mostró de acuerdo y tachó a lord Alyn de «niño asustado».

No podían estar más equivocados. Lord Alyn había conducido sus barcos hacia el sur, no hacia el norte. Tres días después, mientras Gedmund Hachamagna y su flota real remoloneaban en las costas de Tarth en espera de un cuervo, estalló una batalla entre las rocas, los pilones y los canales entrecruzados de los Peldaños de Piedra. El ataque cogió a los braavosíes desprevenidos, mientras su almirante y dos veintenas de sus capitanes celebraban un banquete en Piedra Sangrienta con Racallio Ryndoon y los enviados de Tyrosh. La mitad de los barcos braavosíes fueron capturados, incendiados o hundidos cuando todavía estaban anclados o amarrados al embarcadero; otros, cuando desplegaban las velas y trataban de zarpar.

La lucha no estuvo exenta de derramamiento de sangre. El Gran Desafío, un gigantesco dromon de cuatrocientos remos, se abrió paso entre media docena de los barcos de guerra de Velaryon, más pequeños, hasta llegar a mar abierto… y se encontró al mismísimo lord Alyn echándosele encima. Demasiado tarde: los braavosíes trataron de girar para enfrentarse a sus atacantes, pero el inmenso dromon era pesado y lento en sus maniobras, y el Reina Rhaenys, batiendo el agua con todos los remos, lo golpeó lateralmente.

La proa del Reina se estrelló en el costado del enorme barco braavosí «como un gigantesco puño de roble», describió más tarde un observador; le partió los remos, le destrozó las planchas y el casco, derribó los mástiles y prácticamente cortó por la mitad el grandioso dromon. Cuando lord Alyn gritó a sus remeros que retrocedieran, el mar llenó la enorme herida abierta por el Reina, y el Gran Desafío se hundió en cuestión de momentos, «y con él, el hinchado orgullo del Señor del Mar».

La victoria de Alyn Velaryon fue completa. Perdió tres barcos en los Peldaños de Piedra (uno de ellos, por desgracia, fue el Corazón Verdadero, capitaneado por su primo Daeron, que pereció en el naufragio), y logró hundir más de treinta barcos enemigos y capturar seis galeras, once cocas, ochenta y nueve rehenes, grandes cantidades de comida, bebida, armas y dineros, así como un elefante destinado a formar parte del bestiario del Señor del Mar. Todo eso transportó el Señor de las Mareas a Poniente, junto con el apodo que llevaría el resto de su vida: Puño de Roble. Cuando lord Alyn condujo al Reina Rhaenys por el río Aguasnegras y cruzó la Puerta del Río a lomos del elefante del Señor del Mar, decenas de miles de hombres abarrotaban las calles de la ciudad gritando su nombre y clamando por un vistazo a su nuevo héroe. A las puertas de la Fortaleza Roja, el mismísimo rey Aegon III apareció para darle la bienvenida.

Al cruzar la muralla, sin embargo, la historia fue muy distinta. Cuando Alyn Puño de Roble llegó al salón del trono, el joven rey se había esfumado. En su lugar, lord Unwin Peake lo miró con el ceño fruncido desde el Trono de Hierro y dijo: «Imbécil. Maldito imbécil. Si pudiera, ordenaría que os cortasen la puta cabeza».

La Mano tenía motivos para estar tan encolerizado. Por mucho que la multitud aclamase a Puño de Roble, el temerario ataque del valeroso y joven héroe había dejado al reino en una posición insostenible. Lord Velaryon podía haber capturado un gran número de barcos braavosíes y un elefante, pero no había tomado Piedra Sangrienta ni ninguno de los Peldaños de Piedra; los caballeros y soldados que habría necesitado para emprender una conquista semejante se habían quedado a bordo de los barcos más grandes de la flota real, que había abandonado en las costas de Tarth. El objetivo de lord Peake era la destrucción del reino pirata de Racallio Ryndoon, pero parecía haberle dado más fuerza que nunca. Lo último que deseaba la Mano era una guerra contra Braavos, la más rica y poderosa de las nueve Ciudades Libres.

—Pero eso es lo que nos habéis conseguido —rugió Peake—. Nos habéis entregado una guerra.

—Y un elefante —respondió lord Alyn con insolencia—. Os ruego que no olvidéis el elefante, mi señor.

El comentario provocó risitas nerviosas incluso entre los hombres de confianza de lord Peake, nos cuenta Champiñón, pero a la Mano no le hizo gracia. «No era alguien que gustase de reír —escribió el enano—, y aún menos le gustaba que se rieran de él».

Aunque otros hombres pudieran temer provocar la enemistad de lord Unwin, Alyn Puño de Roble estaba seguro de su fuerza. Aunque apenas era adulto, y bastardo de nacimiento para más señas, estaba casado con la hermanastra del rey; controlaba el poder y las riquezas de la casa Velaryon, y acababa de convertirse en el favorito de la plebe. Lord regente o no, Unwin Peake no estaba tan loco como para soñar con tocar un pelo al héroe de los Peldaños de Piedra y no sufrir las consecuencias.

«Todos los jóvenes se sospechan inmortales —escribe el gran maestre Munkun en el Relato verídico—, y cada vez que un joven guerrero saborea el embriagador vino de la victoria, la sospecha se convierte en certeza. Pero la confianza de los jóvenes pesa poco en comparación con la astucia de la edad. Puede que lord Alyn sonriera ante la reprimenda de la Mano, pero pronto tendría buenos motivos para temer sus recompensas».

Munkun sabía lo que escribía. Siete días después del regreso triunfante de lord Alyn a Desembarco del Rey, lo honraron con una fastuosa ceremonia en la Fortaleza Roja, con el rey Aegon III sentado en el Trono de Hierro y ante los ojos de la corte y media ciudad. Ser Marston Mares, lord comandante de la Guardia Real, lo armó caballero. Unwin Peake, lord regente y Mano del Rey, le puso al cuello la cadena de oro del almirantazgo y lo obsequió con una réplica en plata del Reina Rhaenys como recuerdo de su victoria. El propio rey le preguntó si consentiría en servir en su consejo privado, como consejero naval. Lord Alyn accedió con humildad.

«Entonces, los dedos de la Mano se le cerraron alrededor del cuello —dice Champiñón—. La voz era la de Aegon, pero las palabras eran de Unwin». El rey declaró que sus leales súbditos del oeste llevaban mucho tiempo acosados por asaltantes de las Islas del Hierro, y ¿quién mejor para devolver la paz al mar del Ocaso que su nuevo almirante? Alyn Puño de Roble, aquel joven orgulloso y testarudo, comprendió que no tenía más remedio que acceder a zarpar con sus flotas y rodear el cabo más meridional de Poniente para recuperar Isla Bella y poner fin a la amenaza de lord Dalton Greyjoy y sus hombres del hierro.

La trampa se había preparado cuidadosamente. El viaje era arriesgado, y era más que posible que se cobrase un precio elevado en las flotas de Velaryon. Los Peldaños de Piedra estaban abarrotados de enemigos, que no se dejarían tomar por sorpresa una segunda vez. Más allá se hallaban las costas estériles de Dorne, donde no era probable que lord Alyn encontrase un puerto seguro. Y si lograba llegar al mar del Ocaso, encontraría al Kraken Rojo aguardándolo con sus barcoluengos. Si vencían los hombres del hierro, el poder de la casa Velaryon se quebraría para siempre, y lord Peake no tendría que volver a soportar la insolencia del niño al que llamaban Puño de Roble. Si lord Alyn salía triunfante, Isla Bella regresaría a manos de sus auténticos señores; las Tierras del Oeste se librarían de sufrir más atrocidades, y los señores de los Siete Reinos descubrirían el precio de contrariar al rey Aegon III y a su nueva Mano.

El Señor de las Mareas regaló su elefante a Aegon III cuando partió de Desembarco del Rey. Volvió a la Quilla para reunir a su flota y hacer acopio de provisiones para el largo viaje, y se despidió de su esposa, lady Baela, quien le dijo adiós con un beso y la noticia de que se encontraba encinta. «Ponle el nombre de Corlys, como mi abuelo —le pidió lord Alyn—. Es posible que algún día se siente en el Trono de Hierro». Baela rio al oír aquello. «La llamaré Laena, como mi madre. Es posible que algún día sea jinete de dragón».

Lord Corlys Velaryon había realizado nueve célebres viajes en su Serpiente Marina, como se recordará. Lord Alyn Puño de Roble haría seis, en seis barcos diferentes a los que llamaría «mis damas». En su viaje alrededor de Dorne hacia Lannisport navegó en una galera de guerra braavosí de doscientos remos, capturada en los Peldaños de Piedra y rebautizada como Lady Baela en honor a su joven esposa.

Quizá algunos encuentren extraño que lord Peake alejase a la mayor flota de los Siete Reinos en plena amenaza de guerra contra Braavos. Ser Gedmund Peake y la armada real habían acudido desde Tarth hasta el Gaznate para proteger la entrada de la bahía del Aguasnegras por si los braavosíes pretendían vengarse de Desembarco del Rey, pero otros puertos y ciudades a lo largo de la costa del mar Angosto seguían desprotegidos; así, la Mano del Rey envió a Braavos a su compañero de regencia lord Manfryd Mooton para dialogar con el Señor del Mar y devolverle su elefante. Otros seis nobles señores lo acompañaron, junto con tres veintenas de caballeros, guardias, sirvientes, escribas y septones, seis cantantes… y Champiñón, que se dice que se escondió en un tonel de vino para escapar del ambiente sombrío de la Fortaleza Roja y «hallar un lugar donde los hombres aún recordasen cómo reír».

Por aquel entonces, igual que en la actualidad, los braavosíes eran un pueblo pragmático, puesto que la suya es una ciudad de esclavos huidos, donde se adora a un millar de dioses falsos pero solo el oro recibe auténtica veneración. Entre los habitantes de las cien islas, el beneficio tiene mucha más importancia que el orgullo. A su llegada, lord Mooton y sus acompañantes se maravillaron ante la vista del Titán, y los condujeron al célebre Arsenal para presenciar la construcción de un barco de guerra en un solo día. «Ya hemos reemplazado hasta la última de las naves que robó o hundió el niño de vuestro almirante», se jactó el Señor del Mar ante lord Mooton.

Sin embargo, tras demostrar de esta forma el poder de Braavos, estaba más que dispuesto a dejarse apaciguar. Mientras regateaba con lord Mooton las condiciones de la paz, lord Follard y lord Cressey repartieron generosos sobornos entre los guardianes de las llaves, magísteres, sacerdotes y príncipes mercantes de la ciudad. Al final, a cambio de una cuantiosa indemnización, Braavos perdonó la «transgresión injustificada» de lord Velaryon, accedió a disolver su alianza con Tyrosh y cortar todo lazo con Racallio Ryndoon, y cedió los Peldaños de Piedra al Trono de Hierro. (Dado que las islas estaban en esos momentos en poder de Ryndoon y los pentoshíes, a todos los efectos el Señor del Mar había vendido algo que no le pertenecía, pero eso no era inusitado en Braavos).

La visita a Braavos fue memorable también en otros aspectos. Lord Follard se enamoró de una cortesana braavosí y decidió quedarse cerca de ella en lugar de volver a Poniente; ser Herman Rollingford murió en un duelo con un asesino que se ofendió por el color de su jubón, y ser Denys Harte, según asegura Champiñón, contrató los servicios de un misterioso hombre sin rostro para matar a un rival en Desembarco del Rey. El propio bufón divirtió tanto al Señor del Mar que recibió una generosa oferta para quedarse en Braavos. «Confieso que estuve tentado. En Poniente desaprovechan mi ingenio al obligarme a bailotear delante de un rey que nunca sonríe, pero en Braavos me adorarían… demasiado, me temo. Todas las cortesanas me desearían, y más tarde o más temprano, algún bravucón se resentiría al ver el tamaño de mi miembro y me pincharía con su diminuto ensartaenanos puntiagudo. Así pues, me apresuré a volver a la Fortaleza Roja, tonto de mí».

De este modo sucedió que lord Mooton regresó a Desembarco del Rey con la paz en la mano, pero a un elevado precio. La inmensa indemnización exigida por el Señor del Mar vació las arcas reales de tal modo que lord Peake se vio pronto en la necesidad de pedir un préstamo al Banco de Hierro de Braavos solo para que la Corona pudiera pagar sus deudas, lo que a su tiempo lo obligó a restituir algunos de los impuestos de lord Celtigar que ser Tyland Lannister había abolido; esto enfureció a nobles y comerciantes por igual y debilitó el apoyo de la gente común.

La segunda mitad del año también fue desastrosa en otros frentes. La corte se regocijó cuando lady Rhaena anunció que esperaba un hijo de lord Corbray, pero la alegría se transformó en pesar una luna después, cuando se malogró el embarazo. Llegaron noticias de una hambruna extendida por gran parte del Norte, y las fiebres de invierno cayeron sobre Fuerte Túmulo; era la primera vez que viajaban tan lejos de las costas. Un saqueador llamado Sylas el Sombrío encabezó a tres mil salvajes en un ataque contra el Muro y derrotó a los hermanos negros en Puerta de la Reina; los salvajes se esparcieron por el Agasajo hasta que lord Cregan Stark partió de Invernalia, junto con los Glover de Bosquespeso, los Flint y los Norrey de las Colinas y un centenar de exploradores de la Guardia de la Noche, para darles caza y acabar con ellos. Mil leguas al sur, ser Steffon Connington también cazaba, en persecución de una pequeña banda de asaltantes dornienses a través de las Marcas barridas por el viento. Pero cabalgó muy lejos y muy deprisa, ignorante de lo que le esperaba, hasta que el manco Wyland Wyl cayó sobre él y lady Elenda se encontró con que había enviudado una vez más.

En el oeste, lady Johanna Lannister esperaba reafirmar su victoria en Kayce descargando otro golpe contra el Kraken Rojo. Tras formar una flota heterogénea de barcos pesqueros y cocas bajo la muralla de Las Hogueras, subió a bordo a cien caballeros y tres mil soldados y los envió a la mar, al abrigo de la oscuridad, para reconquistar Isla Bella, en posesión de los hombres del hierro. El plan era desembarcar a escondidas en el extremo sur de la isla, pero alguien los había traicionado y los barcoluengos estaban esperándolos. Lord Prester, lord Tarbeck y ser Erwin Lannister capitanearon la travesía condenada. Dalton Greyjoy envió más tarde sus cabezas a Roca Casterly «en pago por la vida de mi tío, aunque lo cierto es que era un glotón y un borracho, y las islas están mejor sin él».

Pero todo aquello quedó en nada comparado con la tragedia que descendió sobre la corte y sobre el rey. El vigesimosegundo día de la novena luna del año 133 d. C., Jaehaera de la casa Targaryen, soberana de los Siete Reinos y última hija superviviente del rey Aegon II, murió a los diez años de edad. La joven monarca pereció como había perecido su madre, la reina Helaena: lanzándose desde una ventana del Torreón de Maegor a las estacas de hierro del foso seco. Atravesada por el pecho y el vientre, se sacudió agónicamente durante media hora hasta que lograron levantarla, momento en el cual abandonó el mundo de los vivos.

Desembarco del Rey se lamentó como solo sabe Desembarco del Rey. Jaehaera había sido una niña asustadiza y, desde el día en que se puso la corona, se había escondido en el interior de la Fortaleza Roja, pero la ciudad recordaba su boda, y lo valiente y hermosa que parecía la niñita; la gente lloró, gimió, se rasgó las vestiduras, y se agolpó en septos, tabernas y burdeles en busca del escaso consuelo que pudiera encontrar. Allí muy pronto empezaron a correr los rumores, exactamente como habían corrido cuando la reina Helaena murió de forma tan parecida. ¿De verdad se había quitado la vida la reinecita? Incluso intramuros de la Fortaleza Roja, las conjeturas se propagaban descontroladas. Jaehaera era una niña solitaria, propensa al llanto y, en cierto modo, un poco simplona, pero parecía feliz en sus aposentos en compañía de sus damas y criadas, sus gatitos y sus muñecos. ¿Qué podría haberla enloquecido o entristecido hasta el punto de hacerla saltar por la ventana, al encuentro de las atroces estacas? Algunos comentaban que el aborto de lady Rhaena podría haberla afectado hasta el punto de arrebatarle las ganas de vivir. Otros, con una inclinación algo más negativa, argumentaban que podían haber sido los celos hacia el niño que crecía en el vientre de lady Baela lo que la empujó a cometer semejante acto. «Ha sido el rey —murmuraban otros—. Lo amaba con todo su corazón, pero él no le prestaba atención; no mostraba el menor afecto por ella y ni siquiera compartía con ella sus estancias».

Por supuesto, hubo muchos que se negaron a creer que Jaehaera se hubiera quitado la vida. «La asesinaron —cuchicheaban—, igual que a su madre». Pero, de ser así, ¿quién habría sido su asesino?

No faltaban sospechosos. Por tradición, siempre había un caballero de la Guardia Real apostado a la puerta de la reina. Le habría resultado fácil entrar y lanzar a la niña por la ventana. Si ese era el caso, lo más seguro era que el rey hubiera dado la orden; se había cansado de sus llantos y quejidos y quería una nueva esposa, decían algunos, o quizá deseara vengarse en la hija del rey que había dado muerte a su madre. El niño era arisco y sombrío, y nadie conocía su auténtica naturaleza; se reavivaron las anécdotas sobre Maegor el Cruel.

Otros culparon a una de las damas de compañía de la reina, Baratheon. La mayor de las «Cuatro Tormentas», había estado comprometida brevemente con el rey Aegon II, en el último año de vida de este (y quizá anteriormente con su hermano Aemond el Tuerto). La decepción la había amargado, comentaban sus detractores; antaño heredera de su padre en Bastión de Tormentas, se encontraba con que ahora era casi irrelevante en Desembarco del Rey, y estaba resentida por verse obligada a cuidar de la reina llorosa y necia, a la que culpaba por todos sus infortunios.

Otra de las acompañantes de la reina también cayó bajo sospecha cuando se descubrió que había robado dos muñecas de Jaehaera y un collar de perlas. Un niño copero, que había derramado sopa sobre la reina el año anterior y al que habían golpeado por ello, también fue acusado. A ambos los interrogó el lord confesor, y por último los declararon inocentes (aunque el niño murió durante el interrogatorio y la niña perdió una mano por el robo). Ni siquiera los sagrados siervos de los Siete quedaron fuera de toda sospecha. Había cierta septa en la ciudad a la que en una ocasión se había oído decir que la reina no debería tener hijos, puesto que las mujeres de intelecto débil producían hijos de intelecto débil. Los capas doradas también la detuvieron, y desapareció en una mazmorra.

La pena enloquece a los hombres. En retrospectiva podemos asegurar casi con certeza que ninguno de estos sospechosos desempeñó ningún papel en la triste muerte de la reina. Si realmente habían matado a Jaehaera Targaryen (y no hay ni asomo de prueba de tal cosa), con toda seguridad fue por mandato del único culpable concebible: Unwin Peake, lord regente, señor de Picoestrella, de Dunstonbury y de Sotoblanco, Protector del Reino y Mano del Rey.

Era de sobra conocido que lord Peake compartía la preocupación de su predecesor por la sucesión. Aegon III no tenía hijos, ni hermanos vivos (que se supiera), y cualquiera que tuviera ojos podía ver que era poco probable que el rey consiguiera un heredero de su reina. En tal caso, las hermanastras del rey seguían siendo sus parientes más cercanas, pero lord Peake no estaba dispuesto a permitir que una mujer ascendiera al Trono de Hierro después de haber luchado y sangrado tan recientemente para impedir precisamente eso. Si cualquiera de las gemelas tenía un hijo, se convertiría al instante en el primero en la línea de sucesión; pero el embarazo de lady Rhaena no había llegado a término, conque solo quedaba el niño que gestaba lady Baela en Marcaderiva. La idea de que la Corona pudiera pasar al «cachorro de un lascivo bastardo» era más de lo que lord Unwin Peake estaba dispuesto a soportar.

Si el rey tenía un heredero carnal, se podría evitar ese desastre; pero para que fuera posible era necesario quitar de en medio a Jaehaera y que Aegon pudiera volver a casarse. Lord Peake podía no haber empujado a la niña por la ventana con sus propias manos, desde luego, puesto que estaba en la ciudad en el momento de su muerte; pero el guardia real apostado aquella noche en la puerta de la reina era Mervyn Flores, su hermano bastardo.

¿Sería él el agente de la Mano? Es más que posible, sobre todo a la luz de los sucesos posteriores, que veremos a su debido tiempo. Nacido ilegítimo, ser Mervyn se consideraba un miembro diligente de la Guardia Real, si bien no especialmente memorable; ni campeón, ni héroe, pero sí un soldado experimentado y bastante diestro con la espada larga, un hombre leal que hacía cuanto le ordenaban. Sin embargo, no todos los hombres son lo que parecen, y menos en Desembarco del Rey. Los que mejor conocían a Flores veían otros de sus aspectos. Cuando no estaba de servicio le gustaba el vino, según asegura Champiñón, de quien se sabe que en ocasiones bebía con él. Pese a su juramento de castidad, pocas veces dormía solo en su celda de la torre de los espadas blancas; a pesar de ser feo, poseía un encanto áspero que atraía a las lavanderas y criadas, y cuando se azumbraba, alardeaba incluso de haberse acostado con ciertas damas de alta cuna. Como muchos bastardos, era de sangre caliente y se airaba con rapidez, pues veía menosprecios donde no había ni atisbo.

Pero nada de aquello indicaba que Flores fuera un monstruo capaz de sacar de su cama a una niña dormida y lanzarla a una muerte espeluznante. Ni siquiera Champiñón, siempre dispuesto a pensar lo peor de todo el mundo, se atreve a afirmarlo. Si ser Mervyn hubiera matado a la reina, habría usado una almohada, insiste el bufón…, antes de plantear una posibilidad mucho más siniestra y probable. Flores nunca habría empujado a la reina por esa ventana, asegura el enano, pero muy bien podría haberse apartado para permitir que otro entrase en la habitación, si ese otro fuera alguien conocido; alguien, quizá, como Tessario el Pulgar, o uno de los Dedos. Y Flores no les habría preguntado qué querían de la reina si afirmaban acudir por orden de la Mano.

Eso dice el bufón, pero no cabe duda de que todo es inventiva. La auténtica historia de cómo Jaehaera Targaryen se enfrentó a su final, no la conoceremos nunca. Quizá se quitó la vida en un arranque de desesperación infantil. Si la causa de su fallecimiento fue, de hecho, el asesinato, por todas las razones enumeradas, el hombre que lo tramó no pudo ser sino lord Unwin Peake. Pero al no haber pruebas, nada de eso podía condenarlo…, si no fuera por lo que hizo más adelante.

Siete días después de que el cadáver de la niña reina se entregara a las llamas, lord Unwin visitó al doliente rey, acompañado por el gran maestre Munkun, el septón Bernard y Marston Mares, de la Guardia Real. Acudieron a informar a su alteza de que debía abandonar el negro del luto y volver a casarse «por el bien del reino». Además, le dijeron que ya habían elegido a su nueva reina.

Unwin Peake se había casado tres veces y había engendrado siete hijos; solo una seguía viva. Su primogénito había muerto en la cuna, como dos de las hijas que tuvo de su segunda esposa. Su hija mayor había vivido lo suficiente para casarse, pero murió de parto a la edad de doce años. Su segundo hijo había sido pupilo en el Rejo, donde sirvió a lord Redwyne como paje y escudero, pero a los doce años se ahogó en un accidente de navegación. Ser Titus, heredero de Picoestrella, fue el único de los hijos varones de lord Unwin que alcanzó la edad adulta. Armado caballero por su valor tras la batalla del Vinomiel, de la mano de Jon Roxton el Osado, murió tan solo seis días después en una escaramuza sin sentido con una banda de forajidos con la que tropezó mientras reconocía el terreno. El único vástago superviviente de la Mano era una hija, Myrielle.

Myrielle Peake iba a ser la nueva reina de Aegon III. Era la elección ideal, declaró la Mano: de la misma edad que el rey, «una niña encantadora y cortés», nacida en una de las casas más nobles del reino, instruida por las septas en la lectura, la escritura y las sumas. Su señora madre había sido abundantemente fértil, de modo que no había motivo alguno para pensar que Myrielle no daría asimismo a su alteza hijos saludables.

—¿Y si no me gusta? —preguntó el rey Aegon.

—No es necesario que os guste —respondió lord Peake—; solo tenéis que casaros con ella, encamaros con ella y engendrar un hijo en ella. —Entonces añadió una frase que se haría famosa—: A vuestra alteza no le gustan los nabos, pero cuando el cocinero los prepara, os los coméis, ¿verdad? —El rey asintió, hosco… Pero la historia se filtró, como ocurre siempre con ese tipo de anécdotas, y la desgraciada lady Myrielle adquirió muy pronto el apodo de lady Nabos en los Siete Reinos.

No llegaría a ser la reina Nabos.

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