Fuego y sangre
La regencia: Guerra, paz y ferias de ganado
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Unwin Peake se había extralimitado. Thaddeus Rowan y Manfryd Mooton se enfurecieron por que no hubiera considerado adecuado consultarlos; los asuntos de tanta importancia atañían por derecho al consejo de regencia. Lady Arryn envió una nota airada desde el Valle. Kermit Tully declaró «presuntuoso» el compromiso. Ben Blackwood cuestionó la celeridad: deberían haber concedido a Aegon al menos medio año para llorar a su reina. Llegó una misiva tajante remitida por Cregan Stark desde Invernalia, en la que afirmaba que el Norte no miraría con buenos ojos semejante enlace. Incluso el gran maestre Munkun empezó a vacilar. «Lady Myrielle es una niña deliciosa y no me cabe duda de que sería una reina magnífica —dijo a la Mano—, pero debemos tener en cuenta las apariencias, mi señor. Los que tenemos el honor de servir junto a vos sabemos que amáis a su alteza como si fuera vuestro propio hijo, y que todo lo que hacéis es por él y por el reino, pero otros pueden insinuar que habéis elegido a vuestra hija por motivos menos nobles… Por poder, o por la gloria de la casa Peake».
Champiñón, nuestro sabio bufón, señala que hay ciertas puertas que es mejor no abrir porque «nunca se sabe qué puede pasar por ellas». Peake había abierto una puerta de reina a su hija, pero otros señores también tenían hijas (y hermanas, sobrinas, primas e incluso alguna que otra madre viuda o tía soltera), y antes de que pudiera cerrarse la puerta, todas ellas entraron a empujones, insistiendo en que su sangre las convertía en mejores consortes reales que lady Nabos.
Un recuento de todos los nombres que se pusieron sobre la mesa llevaría más páginas de las que tenemos, pero merece la pena mencionar algunos de ellos. En Roca Casterly, lady Johanna Lannister dejó a un lado su guerra contra los hombres del hierro el tiempo suficiente para escribir una carta a la Mano y señalar que sus hijas Cerelle y Tyshara eran doncellas de noble cuna y en edad casadera. La dos veces viuda señora de Bastión de Tormentas, Elenda Baratheon, ofreció a sus hijas Cassandra y Ellyn. Cassandra había sido la prometida de Aegon II y estaba «bien preparada para servir como reina», escribió. De Puerto Blanco llegó un cuervo de lord Torrhen, que hablaba de antiguos pactos matrimoniales entre el dragón y el tritón «rotos por una aciaga casualidad» y señalaba que el rey Aegon podría ponerle remedio tomando a una Manderly por esposa. Sharis Footly, viuda de Ladera, tuvo el atrevimiento de presentarse ella misma como candidata.
Quizá la carta más audaz llegó de la incontrolable lady Samantha de Antigua, que declaró que su hermana Sansara de la casa Tarly «es vivaz y fuerte, y ha leído más libros que la mitad de los maestres de la Ciudadela», mientras que su cuñada Bethany de la casa Hightower «es muy hermosa, de piel suave, cabello lustroso y modales extremadamente delicados» pero también «perezosa y un poco simple, a decir verdad, aunque parece que a algunos hombres les gusta eso en una esposa». Concluyó sugiriendo que el rey Aegon se casara con ambas, «una para gobernar a su lado, como la reina Alysanne gobernó junto al rey Jaehaerys, y la otra para la cama y la crianza». Y por si ambas resultasen «insuficientes por cualquier motivo oculto», consignó amablemente los nombres de treinta y una doncellas casaderas de las casas Hightower, Redwyne, Tarly, Ambrose, Florent, Cobb, Costayne, Beesbury, Varner y Grimm, que también serían reinas adecuadas. (Champiñón añade que la dama concluía con una descarada posdata: «También conozco a varios muchachos agradables, si tal es la inclinación de su alteza, pero me temo que no podrían darle herederos», pero ninguna de las otras crónicas menciona tal afrenta, y la carta de la dama se perdió).
A la vista de semejante tumulto, lord Unwin se vio obligado a replantearse su estrategia. Aunque seguía decidido a casar con el rey a su hija Myrielle, tenía que hacerlo de forma que no provocase a los señores cuyo apoyo necesitaba. Rindiéndose a lo inevitable, se sentó en el Trono de Hierro y dijo: «Por el bien de su pueblo, su alteza debe tomar otra esposa, aunque ninguna mujer puede reemplazar a nuestra bienamada Jaehaera en su corazón. Muchas se han ofrecido para este honor, las flores más hermosas del reino. Sea cual sea la joven que se case con el rey Aegon, tendrá que ser como Alysanne para Jaehaerys, como Jonquil para Florian. Dormirá a su lado, dará a luz a sus hijos, compartirá sus tareas, le acariciará la frente cuando esté enfermo, envejecerá con él. Por ello, es adecuado que permitamos al rey elegir personalmente. El Día de la Doncella celebraremos un baile nunca visto en Desembarco del Rey desde los días de Viserys. Que acudan doncellas de todos los rincones de los Siete Reinos y se presenten ante su alteza, y escogerá a la más adecuada para compartir su vida y su amor».
Así se corrió la voz; un gran entusiasmo se adueñó de la corte y la ciudad, y se propaló por todo el reino. Desde las Marcas dornienses hasta el Muro, padres cariñosos y madres orgullosas miraron a sus hijas casaderas y se preguntaron si la suya podría ser la elegida, y todas las doncellas nobles de Poniente empezaron a acicalarse, coser y rizarse el pelo, pensando: «¿Por qué no yo? Yo podría ser la reina».
Pero antes de subir al Trono de Hierro, lord Unwin había enviado un cuervo a Picoestrella para convocar a su hija a la ciudad. Aunque aún faltaban tres lunas para el Día de la Doncella, quería que Myrielle estuviera en la corte, con la esperanza de que pudiera hacerse amiga del rey y cautivarlo, y ser así la elegida la noche del baile.
Esto es de conocimiento público; lo que sigue son rumores. Porque se decía que mientras aguardaba la llegada de su hija, Unwin Peake también puso en marcha varias tramas secretas y conspiraciones ideadas para desautorizar, difamar, distraer y mancillar a las damiselas que consideraba las rivales más probables de su hija. La insinuación de que Cassandra Baratheon había empujado a la reina a las picas volvió a oírse, y las fechorías reales o imaginarias de otras jóvenes doncellas se convirtieron en la comidilla de la corte. Corrió el rumor de que Ysabel Staunton sentía debilidad por el vino; la anécdota de la pérdida de la virginidad de Elinor Massey se relataba una y otra vez; se dijo que Rosamund Darry escondía seis pezones bajo el vestido (supuestamente porque su madre se había acostado con un perro); acusaron a Lyra Hayford de haber asfixiado a un hermano neonato en un arranque de celos, y se comentó que a las «tres Jeynes» (Jeyne Smallwood, Jeyne Mooton y Jeyne Merryweather) les gustaba vestirse con el atuendo de un escudero y visitar los burdeles de la calle de la Seda para besar y acariciar a las mujeres como si fueran muchachos.
Todas estas calumnias alcanzaron los oídos del rey, algunas de ellas de labios del propio Champiñón, quien confiesa haber recibido sumas «muy generosas» por difamar a tal o cual damisela. El enano acompañaba frecuentemente a su alteza en los tiempos que siguieron a la muerte de la reina Jaehaera. Aunque sus gracias no pudieran disipar la pesadumbre del rey, encantaban a Gaemon Peloclaro, por lo que Aegon lo convocaba por el niño. En su Testimonio, Champiñón asegura que Tessario el Pulgar le dio a elegir entre «plata y acero» y, «para mi bochorno, le pedí que envainase el puñal y echara mano de esa bonita y abultada bolsa».
No solo con palabras intentó lord Unwin ganar esta guerra secreta por el corazón del rey, si podemos dar crédito a los rumores. Hallaron a un mozo en la cama con Tyshara Lannister no mucho después del anuncio del baile; pese a que lady Tyshara aseguró que el muchacho había trepado a su ventana sin ser invitado, el examen del gran maestre Munkun reveló que su doncellez estaba rota. Unos proscritos atacaron a Lucinda Penrose mientras cazaba en la bahía del Aguasnegras, a menos de medio día de distancia del castillo; le mataron al halcón y le robaron el caballo, y un hombre la sujetó mientras otro le cortaba la nariz. La hermosa Falena Stokeworth, una vivaz niña de ocho años que en alguna ocasión había jugado a las muñecas con la reina, cayó por la escalera de caracol y se rompió una pierna, y lady Buckler y sus dos hijas se ahogaron cuando la barca con que atravesaban el Aguasnegras se desfondó y se fue a pique. Algunos empezaron a hablar de la «maldición del Día de la Doncella», mientras que otros, más avispados en las maniobras de poder, vieron la obra de manos invisibles y cerraron la boca.
¿Fueron la Mano y sus secuaces los responsables de estas tragedias e infortunios, o fue pura casualidad? Al final, no importaría. Desde el reinado de Viserys no había habido ningún baile en Desembarco del Rey, y aquel no tendría parangón. En los torneos, las doncellas hermosas y las damas de alto linaje rivalizaban por conseguir el honor de que las nombraran Reina del Amor y la Belleza, pero esos reinados solo duraban una noche. Fuera cual fuese la doncella que eligiera el rey Aegon, reinaría sobre Poniente durante toda su vida. Las nobles descendieron sobre Desembarco del Rey desde fortalezas y castillos situados en todos los lugares de los Siete Reinos. En un intento de limitar su número, lord Peake decretó que podían presentarse únicamente doncellas de sangre noble menores de treinta años, pero aun así, más de un millar de muchachas casaderas se agolparon en la Fortaleza Roja el día señalado, una marea demasiado crecida para que la Mano pudiera controlarla. Incluso llegaron desde la otra orilla del mar: el príncipe de Pentos envió a una hija; el arconte de Tyrosh, a una hermana, y muchas hijas de casas de abolengo zarparon desde Myr e incluso desde la antigua Volantis (aunque, ay, ninguna de las muchachas volantinas alcanzó Desembarco del Rey, puesto que por el camino las secuestraron los corsarios de las Islas Basilisco).
«Cada doncella parecía más hermosa que la anterior —dice Champiñón en su Testimonio—; relucientes y etéreas, cubiertas de sedas y joyas, componían una visión deslumbrante mientras se adentraban en el salón del trono. Sería difícil imaginar algo más bello, excepto quizá que todas hubieran llegado desnudas». (Eso hizo una de ellas, a todos los efectos: Myrmadora Haen, hija de un magíster de Lys, apareció con un vestido de seda translúcida verde azulada, que hacía juego con sus ojos; debajo llevaba solo un cinturón enjoyado. Su aparición envió ondas de asombro por todo el patio, pero la Guardia Real le impidió la entrada al salón hasta que accedió a cambiar su atuendo por otro menos revelador).
Sin duda, todas esas doncellas albergaban dulces sueños en los que bailaban con el rey, lo encandilaban con su ingenio y cruzaban miradas coquetas con él por encima de una copa de vino. Pero no tuvieron baile, vino ni oportunidad alguna de mantener con él una conversación, ingeniosa o aburrida. La reunión no fue, en realidad, lo que entendemos por baile. El rey Aegon III se sentó en el Trono de Hierro, ataviado de negro con un aro de oro alrededor de la cabeza y una cadena del mismo metal al cuello, mientras las doncellas desfilaban a sus pies una por una. Cuando el heraldo del rey anunciaba el nombre y el linaje de cada candidata, la muchacha hacía una reverencia; el rey asentía en respuesta y llegaba el turno de la siguiente. «Cuando presentaron a la décima, el rey ya había olvidado a las cinco primeras, sin duda —comenta Champiñón—. Sus padres muy bien podrían haberlas vuelto a poner a la cola para una segunda ronda, y así hicieron los más avispados».
Unas pocas damiselas fueron suficientemente atrevidas para dirigirse al rey, en un intento de hacerse más memorables. Ellyn Baratheon preguntó a su alteza si le gustaba su vestido (más tarde, su hermana hizo correr la voz de que la pregunta había sido «¿Os gustan mis pechos?», pero no era cierto). Alyssa Royce le dijo que había recorrido todo el camino desde Piedra de las Runas solo para estar con él aquel día. Patricia Redwyne la superó al declarar que su comitiva había viajado desde el Rejo y se había visto obligada en tres ocasiones a rechazar ataques de bandidos. «Acerté a uno con una flecha —declaró con orgullo—. En el trasero». Lady Anya Weatherwax, de siete años de edad, informó a su alteza de que su caballo se llamaba Pezuña Radiante y lo quería muchísimo, y le preguntó si él también poseía un buen caballo. («Su alteza posee un centenar de caballos», respondió lord Unwin con impaciencia). Otras aventuraron cumplidos hacia su ciudad, su castillo o su ropa. Una muchacha norteña llamada Barba Bolton, hija de Fuerte Terror, dijo: «Si me enviáis a casa, alteza, enviadme con comida, porque la nieve es profunda y vuestro pueblo se muere de hambre».
La lengua más valerosa fue la de una mujer dorniense, Moriah Qorgyle de Asperón, quien se irguió sonriente después de su reverencia y dijo: «Alteza, ¿por qué no bajáis de ahí y me besáis?». Aegon no respondió. No respondió a ninguna de ellas. Ofreció un breve movimiento de cabeza a cada doncella, para indicar que la había oído, y ser Marston de la Guardia Real las acompañó a la salida.
La música flotó por el salón durante toda la noche, pero apenas era audible entre el ruido de los pasos arrastrados, el estruendo de la conversación y, de vez en cuando, el débil sonido del llanto contenido. El salón del trono de la Fortaleza Roja es una estancia cavernosa, más grande que ningún salón de Poniente excepto el de Harren el Negro, pero con más de un millar de doncellas, cada una de ellas con su cohorte de padres, hermanos, guardias y siervos, pronto estuvo demasiado abarrotado para moverse y el calor se hizo sofocante, por mucho que al otro lado de las ventanas rugiera el viento del invierno. El heraldo encargado de anunciar el nombre y linaje de cada una de las hermosas doncellas perdió la voz y hubo que reemplazarlo. Cuatro de las pretendientes se desmayaron, además de una docena de madres, varios padres y un septón. Un noble corpulento murió de un colapso.
«La Feria de Ganado del Día de la Doncella», llamaría Champiñón al baile con posterioridad. Ni siquiera los bardos que tanto bombo le dieron por adelantado hallaron gran cosa que cantar mientras se desarrollaba la velada, y el rey se veía más y más inquieto conforme pasaban las horas y continuaba el desfile de doncellas. «Todo esto —dice Champiñón— era exactamente lo que deseaba la Mano. Cada vez que su alteza fruncía el ceño, se sacudía en su asiento o dirigía un asentimiento aburrido, la probabilidad de que escogiese a lady Nabos aumentaba, o así le parecía».
Myrielle Peake había llegado a Desembarco del Rey casi una luna antes del baile, y su padre se había asegurado de que cada día pasase un rato en compañía del rey. De cabello y ojos marrones, con un rostro ancho y pecoso y dientes disparejos que la hacían sonreír con parquedad, lady Nabos tenía catorce años, uno más que Aegon. «No era una gran belleza —dice Champiñón—, pero era simpática, bonita y agradable, y su alteza no parecía sentir aversión por ella». Durante la quincena previa al Día de la Doncella, según cuenta el enano, lord Unwin había organizado las cosas para que Myrielle compartiera media docena de cenas con el rey. Convocado para ofrecer entretenimiento durante esas prolongadas e incómodas colaciones, Champiñón cuenta que el rey Aegon hablaba poco, pero «parecía más cómodo con lady Nabos de lo que había estado jamás con la reina Jaehaera. Es decir, nada cómodo, pero no daba la impresión de que le desagradase su presencia. Tres días antes del baile le regaló una muñeca de la reina. “Tomad —dijo mientras se la entregaba—, podéis quedaros con esto”. Quizá no fueran las palabras que sueña con oír una joven doncella inocente, pero recibió el regalo como una muestra de afecto, y su padre se mostró muy complacido».
Lady Myrielle llevaba la muñeca cuando hizo su aparición en el baile, acunándola como si fuera un bebé. No fue la primera a la que presentaron (ese honor recayó en la hija del príncipe de Pentos) ni la última (lo fue Henrietta Woodhull, hija de un caballero hacendado de Los Senos). Su padre se había asegurado de que se presentase ante el rey hacia el final de la primera hora, suficientemente alejada de los primeros puestos para que nadie pudiera acusarlo de favorecerla, pero bastante cerca para que el rey Aegon todavía estuviera razonablemente despejado. Cuando su alteza saludó a lady Myrielle por su nombre y dijo no solo «Os agradezco que hayáis venido, mi señora», sino también «Me complace ver que os gusta la muñeca», su padre se entusiasmó al creer que todas sus estrategias cuidadosamente trazadas habían dado sus frutos.
Pero todo se torcería en un instante por la mano de las hermanastras del rey, las gemelas cuya sucesión Unwin Peake se había esforzado tanto en impedir. Quedaba menos de una docena de doncellas, y la multitud había decrecido de forma considerable, cuando un repentino toque de trompeta anunció la llegada de Baela Velaryon y Rhaena Corbray. Las puertas del salón del trono se abrieron de golpe, y entraron las hijas del príncipe Daemon, acompañadas de una ráfaga de viento invernal. Lady Baela estaba hinchada por el embarazo; lady Rhaena, demacrada y esquelética por el aborto sufrido, pero pocas veces habían parecido tanto ser la misma mujer. Ambas vestían de suave terciopelo negro, con gargantilla de rubíes y el dragón de tres cabezas de la casa Targaryen bordado en la capa.
A lomos de un par de caballos de guerra negros como boca de lobo, las gemelas recorrieron el largo del salón. Cuando ser Marston Mares, de la Guardia Real, les bloqueó el paso y les exigió que desmontasen, lady Baela lo golpeó en la mejilla con la fusta. «Su alteza, mi hermano, puede darme órdenes; vos, no». A los pies del Trono de Hierro tiraron de las riendas. Lord Unwin se lanzó hacia delante, exigiendo saber qué significaba todo aquello. Las gemelas no le prestaron más atención de la que habrían prestado a un siervo. «Hermano —dijo lady Rhaena a Aegon—, tenemos el placer de traeros a vuestra nueva reina».
Su señor esposo, ser Corwyn Corbray, condujo a la niña hacia delante. Una exclamación de sorpresa colectiva se elevó en el salón. «Lady Daenaera de la casa Velaryon —tronó el heraldo, un poco ronco—, hija del fallecido y llorado Daeron de esa misma casa y su señora esposa, Hazel de la casa Harte, también fallecida. Pupila de lady Baela de la casa Targaryen y de Alyn Puño de Roble de la casa Velaryon, lord almirante, amo de Marcaderiva y Señor de las Mareas».
Daenaera Velaryon era huérfana. A su madre se la habían llevado las fiebres de invierno; su padre había muerto en los Peldaños de Piedra cuando su Corazón Verdadero se fue a pique. Al padre de su padre lo había decapitado ser Vaemond por orden de la reina Rhaenyra, pero Daeron se había reconciliado con lord Alyn y había muerto luchando por él. De pie ante el rey aquel Día de la Doncella, ataviada de seda blanca, encaje de Myr y perlas, con el largo cabello brillante a la luz de las antorchas y las mejillas sonrosadas por la emoción, Daenaera apenas tenía seis años pero era tan hermosa que cortaba el aliento. La sangre de la antigua Valyria corría con fuerza por sus venas, como ocurre con frecuencia en los hijos e hijas del hipocampo; tenía el cabello de plata engarzada en oro, los ojos tan azules como el mar en verano, la piel tan tersa y pálida como la nieve invernal. «Resplandecía —dice Champiñón—, y cuando sonrió, los bardos alineados en la galería se entusiasmaron, porque supieron que allí, por fin, había una doncella digna de una canción». Todos coincidieron en que la sonrisa de Daenaera le transformaba el rostro; era dulce, atrevido y travieso al mismo tiempo. Aquellos que la vieron no pudieron evitar pensar: «He aquí una niña inteligente, alegre y feliz, el antídoto perfecto para el desánimo del rey».
Cuando Aegon III le devolvió la sonrisa y dijo: «Gracias por venir, mi señora; sois muy hermosa», lord Unwin Peake no tuvo más remedio que reconocer que había perdido la partida. Obligaron a las últimas doncellas a avanzar a toda prisa para su turno, pero el deseo del rey de poner fin al desfile era tan palpable que la pobre Henrietta Woodhull sollozaba mientras hacía su reverencia. Mientras la alejaban, el rey Aegon convocó a su joven copero, Gaemon Peloclaro; a él le correspondió el honor de realizar el anuncio. «¡Su alteza contraerá matrimonio con lady Daenaera de la casa Velaryon!», gritó Gaemon alegremente.
Atrapado en la argucia que él mismo había tramado, lord Unwin Peake no pudo sino aceptar la decisión del rey con tanta elegancia como fue capaz de reunir. Fue en el consejo, al día siguiente, cuando liberó toda su rabia. Al escoger como esposa a una niña de seis años, «ese niño adusto» había frustrado el objetivo del matrimonio. Pasarían años antes de que la niña tuviera edad suficiente para el encamamiento, y más aún hasta que pudiera tener un heredero. Hasta ese momento, la sucesión seguiría siendo inestable. En última instancia, la misión de una regencia era proteger al rey de las estupideces de la juventud, declaró, «estupideces como por ejemplo esta». Por el bien del reino, debían desacatar la decisión del rey para que pudiera casarse con «una doncella adecuada, en edad de procrear».
«¿Como vuestra hija? —inquirió lord Rowan—. No creo». Tampoco los demás regentes hicieron causa común con él. Por una vez, el consejo contravino de forma implacable los deseos de la Mano; el matrimonio se celebraría. El compromiso se anunció al día siguiente, mientras veintenas de doncellas decepcionadas se derramaban por las puertas de la ciudad en dirección a sus hogares.
El rey Aegon III Targaryen se casó con lady Daenaera el último día del año 133 d. C. de Aegon. La muchedumbre que flanqueaba las calles para vitorear a la pareja real era considerablemente menor que la que había salido por Aegon y Jaehaera, ya que las fiebres de invierno se habían llevado a cerca de una quinta parte de la población de Desembarco del Rey, pero aquellos que soportaron los vientos cortantes y las rachas de nieve expresaron su alborozo ante su nueva reina, hechizados por sus saludos alegres, sus mejillas ruborizadas y sus sonrisas dulces y tímidas. A lady Baela y lady Rhaena, que avanzaban a caballo justo detrás del palanquín real, también las vitorearon con entusiasmo. Solo unos pocos se fijaron en la Mano del Rey, que avanzaba muy por detrás, «con el rostro lúgubre como la muerte».