Fuego y sangre

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La regencia: El viaje de Alyn Puño de Roble

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La regencia El viaje de Alyn Puño de Roble

Dejemos de momento Desembarco del Rey y retrocedamos en el tiempo para dedicar nuestra atención a lord Alyn Puño de Roble, el esposo de lady Baela, y a su épico viaje al mar del Ocaso.

Los triunfos y sinsabores de la flota de los Velaryon en su recorrido alrededor del «culo de Poniente» (como a lord Alyn le gustaba llamarlo) podrían llenar un grueso volumen por sí solos. Para los interesados en los detalles del periplo, la obra del maestre Bendamure Seis travesías por mar: Relato de los grandes viajes de Alyn Puño de Roble sigue siendo la fuente más completa y autorizada, si bien los relatos vulgares de la vida de lord Alyn titulados Duro como el roble y Nacido bastardo resultan coloridos e interesantes a su manera, aunque poco fiables. El primero salió de la pluma de ser Russell Stillman, escudero de lord Alyn en su juventud, que obtuvo el nombramiento de caballero por gracia de su señor antes de perder una pierna en el quinto de sus viajes; el segundo, de una mujer de la que solo sabemos que se llamaba Rue, quien pudo haber sido una septa, o tal vez no, y también amante del protagonista, o puede que tampoco. No incluiremos aquí sus narraciones salvo a grandes rasgos.

En su regreso a los Peldaños de Piedra, Puño de Roble se mostró considerablemente más prudente que en su visita anterior. Receloso del vaivén de alianzas y las premeditadas traiciones de las Ciudades Libres, envió una avanzada de exploradores disfrazados de mercaderes en barcos de pesca, con el cometido de averiguar qué iba a encontrarse. El informe concluyó que la lucha se había serenado mucho en las islas; Racallio Ryndoon había resurgido y tenía el control de Piedra Sangrienta y todas las islas del sur, y los islotes del norte y el este estaban en manos de mercenarios al servicio del arconte de Tyrosh. Muchos de los canales que discurrían entre las islas estaban cerrados con barreras o bloqueados con cascos de barcos naufragados durante el ataque de lord Alyn. Las vías marítimas que seguían abiertas eran dominio de Ryndoon y su canalla, de modo que lord Alyn debía tomar una sencilla decisión: presentar batalla para atravesar el territorio de «Racallio la Reinona» (como lo llamaba el arconte) o llegar a un acuerdo con él.

Poco se ha escrito en la lengua común sobre el estrafalario y extraordinario aventurero que fue Racallio Ryndoon, pero en las Ciudades Libres, su vida ha sido tema de dos estudios eruditos y un sinnúmero de canciones, poemas y romances vulgares. En Tyrosh, su ciudad natal, su nombre es anatema para hombres y mujeres de sangre noble aun en nuestros días, mientras que ladrones, piratas, putas, borrachos y demás gente de esa calaña lo pronuncian con reverencia.

Es sorprendente lo poco que se conoce de su juventud, y gran parte de lo que creemos saber es falso o contradictorio. Se supone que casi alcanzaba las dos varas y media y tenía un hombro más alto que el otro, por lo que siempre estaba encorvado y se bamboleaba al caminar. Hablaba una docena de dialectos del valyrio, rasgo propio de la alta cuna, pero también tenía una lengua infamemente sucia, rasgo propio de la baja estofa. Igual que muchos tyroshíes, acostumbraba teñirse el pelo y la barba; su color favorito era el morado (¿señal de lazos con Braavos?), y casi todos los testimonios mencionan su larga melena de rizos morados, a menudo con vetas naranja. Le gustaban los aromas y se bañaba en lavanda o agua de rosas.

Lo que está claro es que era un hombre de enorme ambición y enormes apetitos; un glotón y un beodo en sus momentos de solaz, un demonio en la batalla. Podía esgrimir la espada con cualquier mano, y a veces luchaba empuñando dos a la vez. Honraba a los dioses, a todos, allá donde fuera; cuando se avecinaba la lucha, tiraba las tabas para decidir a qué deidad aplacar con un sacrificio. Aunque Tyrosh era una ciudad esclavista, odiaba la esclavitud, lo que quizá dé una pista de que alguna vez la sufrió en sus carnes. Cuando la riqueza le sonreía (ganó y perdió varias fortunas), se dedicaba a comprar a cualquier muchacha esclava que le cayera en gracia; a continuación la besaba y la liberaba. Con sus hombres era dadivoso, y no reclamaba una parte del botín mayor que la del menos favorecido. En Tyrosh tenía fama de echar monedas a los mendigos. Si alguien elogiaba alguna posesión suya, ya fueran unas botas, un anillo de esmeraldas o una esposa, Racallio se la regalaba.

Tenía una docena de desposadas y nunca les pegaba, aunque a veces les pedía que le pegaran a él. Le encantaban los gatitos y odiaba a los gatos. Adoraba a las mujeres encintas, pero no soportaba a los niños. De vez en cuando se vestía con ropa de mujer y jugaba a ser una puta, si bien la espalda encorvada y la barba morada le daban un aspecto más grotesco que femenino. A veces rompía a reír en lo más fragoroso de la batalla; otras veces le daba por cantar canciones obscenas.

Racallio Ryndoon estaba loco, pero sus hombres lo veneraban; luchaban por él y morían por él. Incluso lo hicieron rey durante unos pocos años.

En el 133 d. C., Racallio la Reinona estaba en el cénit de su poderío en los Peldaños de Piedra. Tal vez Alyn Velaryon hubiese podido acabar con él, pero temía que fuera a costa de perder la mitad de sus fuerzas, y sabía que necesitaría hasta el último hombre si quería tener alguna esperanza de derrotar al Kraken Rojo, de modo que prefirió dialogar a batallar. Se desvió del rumbo de la flota con su Lady Baela y la condujo a Piedra Sangrienta bajo bandera de parlamento, con intención de tratar de convencer a Ryndoon de que les franqueara el paso a través de sus aguas.

Acabó por conseguirlo, aunque Racallio lo retuvo más de una quincena en la enorme y desgarbada fortaleza de madera que tenía en la isla. ¿Cautivo o invitado? Ni siquiera Puño de Roble lo tenía claro, ya que su anfitrión era voluble como el viento. Un día lo saludaba como a un amigo y compañero de armas y lo instaba a unirse a él para atacar Tyrosh; al siguiente tiraba las tabas para decidir si lo mataba. Insistió en que luchara contra él en un pozo de barro que había detrás de la fortaleza, con cientos de piratas mirando y burlándose. Cuando decapitó a uno de sus hombres, acusado de espiar para los tyroshíes, le regaló la cabeza en prueba de amistad; pero al día siguiente lo acusó de ser él quien estaba al servicio del arconte, y lord Alyn se vio obligado a matar a tres prisioneros tyroshíes para demostrar su inocencia. Consumado esto, la Reinona quedó tan encantado que por la noche envió a dos de sus esposas a su habitación. «Hazles hijos —ordenó—. Quiero hijos tan fuertes y valientes como tú». Nuestras fuentes no se ponen de acuerdo en si lord Alyn cumplió la petición.

Al fin, Ryndoon permitió el paso de la flota de los Velaryon, pero a cambio de un precio: quería tres barcos, una alianza escrita en pergamino y firmada con sangre, y un beso. Puño de Roble le concedió los tres barcos menos marineros de su flota, una alianza escrita en piel de oveja y firmada con tinta de maestre, y la promesa de un beso de lady Baela si los visitaba en Marcaderiva. Con eso bastó, y la flota pudo atravesar los Peldaños de Piedra.

Pero no acababan ahí las dificultades: era el turno de Dorne. La repentina aparición de la enorme flota de los Velaryon en las aguas de Lanza del Sol provocó entre los dornienses una comprensible alarma. Sin embargo, dado que carecían de fuerza naval, optaron por considerar a lord Alyn un visitante, no un atacante. Aliandra Martell, la princesa de Dorne, le salió al encuentro en compañía de una docena de sus pretendientes y favoritos de por entonces. La «nueva Nymeria» acababa de celebrar su decimoctavo día del nombre, y al parecer quedó muy impresionada con el joven, atractivo y galante «héroe de los Peldaños de Piedra», el valeroso almirante que había bajado los humos a los braavosíes. Lord Alyn pidió agua dulce y provisiones para sus barcos, mientras que la princesa Aliandra solicitó servicios de más íntima naturaleza. En Nacido bastardo se dice que él accedió; en Duro como el roble, que no. Lo que sí sabemos es que el coqueteo y las atenciones que le dedicó la princesa dorniense no gustaron nada a los señores de esta, y enfurecieron a Qyle y Coryanne, sus hermanos. De cualquier modo, lord Puño de Roble consiguió sus barriles de agua dulce, comida suficiente para llegar a Antigua y el Rejo, y cartas de navegación que señalaban los mortales remolinos que acechaban a lo largo de la costa meridional de Dorne.

Pese a todo, fue en aguas dornienses donde lord Velaryon sufrió las primeras pérdidas. Cuando la flota pasaba junto a los secarrales que se extendían al oeste de Costa Salada, se desató una tormenta repentina que dispersó los barcos, dos de los cuales naufragaron. Más al oeste, cerca de la desembocadura del Azufre, una galera dañada se acercó a tierra para hacer reparaciones y renovar las reservas de agua, pero sufrió el ataque de unos bandidos que mataron a la tripulación y robaron los suministros al amparo de la oscuridad.

Cuando lord Puño de Roble llegó a Antigua, sin embargo, las pérdidas se vieron de sobra compensadas. El gran faro que coronaba Torrealta guio el Lady Baela y el resto de la flota por el Canal de los Susurros, hasta arribar a puerto, donde Lyonel Hightower en persona salió a recibirlos y darles la bienvenida a su ciudad. El trato cortés que lord Alyn dispensó a lady Sam le ganó de inmediato el aprecio de lord Lyonel, y la amistad que surgió rápidamente entre los dos jóvenes contribuyó en gran medida a superar las viejas rencillas entre los negros y los verdes. Hightower prometió que Antigua le proporcionaría veinte buques de guerra, y que su buen amigo lord Redwyne del Rejo añadiría otros treinta. De improviso, la flota de lord Puño de Roble había alcanzado un número mucho más temible.

Largo fue el tiempo que los barcos de los Velaryon quedaron anclados en el Canal de los Susurros mientras esperaban a lord Redwyne y las embarcaciones prometidas. Alyn Puño de Roble disfrutó de la hospitalidad de Torrealta, exploró los recovecos y callejuelas de Antigua y visitó la Ciudadela, donde pasó días con la nariz hundida en antiguas cartas de navegación y estudiando polvorientos tratados valyrios sobre diseño de buques de guerra y tácticas de batalla naval. En el Septo Estrellado recibió la bendición del Septón Supremo, quien le trazó en la frente la estrella de siete puntas con óleos sagrados y le encomendó que descargara la ira del Guerrero sobre los hombres del hierro y su Dios Ahogado. Lord Velaryon seguía en Antigua cuando llegó la nueva de la muerte de la reina Jaehaera, seguida en cuestión de días por el anuncio del compromiso del rey con Myrielle Peake. Para entonces se había ganado también el afecto de lady Sam, aunque solo nos cabe conjeturar si participó o no en la redacción de su infame misiva. Sin embargo, sí se sabe que mientras estuvo en Torrealta envió cartas a Marcaderiva para su esposa, pero no conocemos el contenido.

Puño de Roble era todavía joven en aquel 133 d. C., y los jóvenes no destacan por su paciencia. Al fin decidió dejar de esperar a lord Redwyne y dio la orden de zarpar. Antigua aclamó a los barcos de los Velaryon cuando izaron las velas, bajaron los remos y, uno por uno, surcaron el Canal de los Susurros corriente abajo. Los seguían veinte galeras de guerra de la casa Hightower con ser Leo Costayne al mando, un marinero encanecido al que llamaban el León Marino.

Frente a los cantarines acantilados de Corona Negra, donde torres retorcidas y rocas talladas por el viento silbaban por encima de las olas, la flota viró al norte para entrar en el mar del Ocaso y avanzó sin que nadie se percatara de su paso por la costa occidental hasta dejar atrás Bandallon. Cuando atravesaron la desembocadura del Mander, los hombres de las islas Escudo se les unieron con sus galeras: tres barcos del Escudo Gris y otros tantos del Escudo del Sur, cuatro del Escudo Verde y seis del Escudo de Roble. Sin embargo, antes de que pudiesen avanzar mucho rumbo al norte los atrapó otra tormenta. Naufragó un barco, y otros tres sufrieron graves daños y no pudieron continuar. Lord Velaryon reagrupó la flota en la costa de Refugio Quebrado, donde la señora del castillo les salió al encuentro en una barca de remos. Fue entonces cuando supieron del gran baile que iba a celebrarse el Día de la Doncella.

La noticia llegó también a Isla Bella, y tenemos constancia de que lord Dalton Greyjoy llegó a acariciar la idea de enviar a alguna de sus hermanas a rivalizar por la corona de la reina. «Una doncella del hierro en el Trono de Hierro —dijo—. No se me ocurre nada más apropiado». No obstante, el Kraken Rojo tenía preocupaciones más acuciantes. Avisado con mucha antelación de la llegada de Alyn Puño de Roble, reunió sus fuerzas para recibirlo; centenares de barcoluengos se agrupaban al sur de la isla, y más frente a las costas de Las Hogueras, Kayce y Lannisport. Después de enviar a «ese niñato» a los salones del Dios Ahogado, conduciría a su propia flota por el camino por donde había llegado la otra, plantaría su estandarte en las Escudo, saquearía Antigua y Lanza del Sol y se apropiaría de Marcaderiva; así lo proclamó el señor de las Islas del Hierro. (Nótese que apenas contaba tres años más que su enemigo, por más que siempre se refiriera a él como «ese niñato»). Quizá incluso tomara a lady Baela como esposa de sal, dijo entre risas a sus capitanes. «Ya sé que tengo veintidós esposas de sal, pero me falta una de cabello plateado».

Las crónicas se detienen largamente en las hazañas de los reyes y las reinas, los grandes señores, los caballeros nobles, los santos septones y los sabios maestres; tanto que resulta fácil olvidar a la gente sencilla que vivió los mismos tiempos que los poderosos y magníficos. Sin embargo, de tanto en tanto surgen hombres y mujeres corrientes, carentes de las bendiciones de la cuna, la riqueza, el ingenio, la sabiduría y la destreza con las armas, que son capaces de imponerse y cambiar el destino de los reinos mediante un sencillo acto o una palabra susurrada. Así sucedió en Isla Bella en aquel trascendental año centésimo trigésimo tercer después de la Conquista.

Lord Dalton Greyjoy no exageraba al decir que tenía veintidós esposas de sal. Cuatro estaban en Pyke; dos de ellas le habían dado hijos. Las demás eran mujeres de las Tierras del Oeste, raptadas durante sus conquistas, y entre ellas estaban dos hijas del finado lord Farman, la viuda del Caballero de Kayce y hasta una Lannister (de los Lannister de Lannisport, no de los de Roca Casterly). El resto eran muchachas de origen más humilde, hijas de simples pescadores, mercaderes o soldados que le habían llamado la atención por el motivo que fuera, casi siempre después de haber matado a sus padres, maridos o demás varones que las protegían. Había una que se llamaba Tess, y eso es todo lo que sabemos de ella. ¿Tenía trece años o treinta? ¿Era bonita o del montón? ¿Una viuda o una virgen? ¿Dónde la había encontrado lord Greyjoy?, y ¿durante cuánto tiempo la había tenido como esposa de sal? ¿Lo odiaba por sus rapiñas y violaciones, o lo amaba con tanta desesperación que los celos la hicieron enloquecer?

No lo sabemos. Los relatos son tan contradictorios que Tess seguirá siendo un misterio en los anales de la historia para siempre jamás. Lo único que se sabe con certeza es que una noche lluviosa y azotada por el viento, en Torrelabella, mientras los barcos se agrupaban en derredor, lord Dalton sació sus ansias de placer con ella y se quedó dormido. Tess le cogió el puñal y le rajó el cuello de oreja a oreja, y a continuación se arrojó desnuda y cubierta de sangre al hambriento mar que se extendía a sus pies.

Así pereció el Kraken Rojo de Pyke en la víspera de su mayor batalla: no por la espada del enemigo, sino a manos de una de sus esposas y por su propio puñal.

Poco lo sobrevivieron sus conquistas. Cuando corrió la noticia de su muerte, capitán tras capitán se fueron escabullendo para volver a sus hogares, y la flota que había congregado para salir al paso a Puño de Roble se disolvió. Dalton Greyjoy no había tomado nunca una esposa de roca, de modo que sus únicos herederos eran dos hijos que le habían dado las esposas de sal que tenía en Pyke, y tres hermanas y varios primos, cada uno más ambicioso que el anterior. Por ley, el Trono de Piedramar debía pasar al mayor de sus hijos de sal, pero Toron no había cumplido los seis años y su madre, una esposa de sal, no tenía derecho a ejercer de regente como si fuera una esposa de roca. La lucha por el poder era inevitable, como muy bien sabían los capitanes del hierro cuando emprendieron a toda prisa el regreso a sus islas.

Mientras tanto, en Isla Bella, el pueblo llano y los pocos caballeros que quedaban se levantaron en sangrienta rebelión. A los hombres del hierro que se habían quedado cuando huyeron los demás los arrancaron del lecho y los despedazaron, o los masacraron en los muelles mientras la muchedumbre asaltaba sus barcos y les prendía fuego. En cuestión de tres días, centenares de piratas encontraron un final tan despiadado, sangriento y repentino como el que solían infligir a sus víctimas, hasta que solo Torrelabella quedó en manos de los hijos del hierro. La guarnición, gran parte de cuyos integrantes eran amigos cercanos o hermanos de batalla del Kraken Rojo, resistió con tenacidad hasta que el vociferante gigantón Gunthor Goodbrother, uno de los capitanes, mató al taimado Alester Wynch, el otro capitán, por una disputa relacionada con Lysa, una de sus esposas de sal, hija de lord Farman.

Y así fue que, cuando por fin llegó Alyn Velaryon a rescatar las Tierras del Oeste del azote de los hombres de las Islas del Hierro, se encontró con que no quedaban enemigos. Isla Bella era libre, los barcoluengos se habían retirado y la lucha había terminado. Cuando el Lady Baela pasó bajo la muralla de Lannisport, las campanas repicaron en señal de bienvenida. Millares de personas se arracimaron en la orilla, a las puertas de la ciudad, para recibirlo con ovaciones. La mismísima lady Johanna salió de Roca Casterly para regalar a Puño de Roble un caballito de mar forjado en oro y otros presentes que simbolizaban la estima de los Lannister.

Siguieron días de celebración. Lord Alyn estaba impaciente por repostar y emprender el largo viaje de retorno, pero los occidentales se resistían a dejarlo partir, pues su flota estaba destruida y se hallaban indefensos ante un posible regreso de los hombres del hierro organizado por quienquiera que sucediese al Kraken Rojo. Lady Johanna llegó a proponerle un ataque a las Islas del Hierro: ella proporcionaría las espadas y lanzas que hicieran falta; él solo tendría que transportarlas a las islas. «Deberíamos pasarlos a todos por la espada —declaró— y vender a sus mujeres y a sus hijos a los esclavistas orientales. Que los cangrejos y las gaviotas se queden con esas míseras rocas».

Puño de Roble no accedió, pero para complacer a su anfitriona permitió que Leo Costayne, el León Marino, se quedara en Lannisport con un tercio de la flota hasta que los Lannister, los Farman y los demás señores del oeste hubieran reconstruido suficientes buques de guerra para defenderse del regreso de los hombres del hierro. Tras esto izó las velas y se adentró en la mar con el resto de sus naves para volver por donde había llegado.

Poco necesitamos decir del viaje de regreso. Cerca de la desembocadura del Mander avistaron por fin la flota de los Redwyne, que se dirigía al norte a toda vela, pero dio la vuelta tras compartir sus oficiales el pan con lord Velaryon a bordo del Lady Baela. Puño de Roble hizo una breve visita al Rejo como invitado de lord Redwyne, y otra más larga a Antigua, donde continuó su amistad con lord Lyonel Hightower y lady Sam, se reunió con los escribas y maestres de la Ciudadela para contarles los pormenores de su viaje, disfrutó del agasajo de los maestres de los siete gremios y recibió otra bendición del Septón Supremo. Después volvió a surcar las aguas junto a la árida y reseca costa de Dorne, esta vez rumbo al este. Su regreso a Lanza del Sol complació a la princesa Aliandra, quien se empeñó en oír hasta el último detalle de su periplo, para irritación de sus hermanos y sus celosos pretendientes.

Fue ella quien le transmitió la nueva de que Dorne se había unido a la guerra de las Hijas aliándose con Tyrosh y Lys contra Racallio Ryndoon, y fue en la corte de Lanza del Sol, durante la fiesta del Día de la Doncella (precisamente el día en que una miríada de doncellas desfilaban ante Aegon III en Desembarco del Rey), donde se le acercó un tal Drazenko Rogare, uno de los enviados de Lys a la corte de Aliandra, y le rogó que tuvieran unas palabras en privado. Picado por la curiosidad, lord Alyn accedió y salió con él al patio, donde Drazenko se le acercó tanto que «temí que fuera a besarme», según sus palabras. Pero lo que hizo fue susurrarle algo al oído, un secreto que cambió el curso de la historia de Poniente. Al día siguiente, lord Velaryon regresó al Lady Baela y dio orden de zarpar… rumbo a Lys.

Sus motivos y lo que le esperaba en la ciudad libre se revelarán a su debido tiempo, pero por ahora volvamos la mirada hacia Desembarco del Rey. La esperanza y la ilusión saludaron la llegada del nuevo año en la Fortaleza Roja. Aunque más joven que su predecesora, la reina Daenaera era una niña más alegre, y su talante jovial ahuyentó no poco de la melancolía del rey, al menos durante un tiempo. Aegon III se mostraba en la corte con más frecuencia de lo acostumbrado, y en tres ocasiones hasta salió del castillo para enseñar a su reciente esposa las vistas de la ciudad (aunque se negó a llevarla a Pozo Dragón, donde tenía su guarida Aurora, la joven dragona de lady Rhaena). Su alteza pareció recobrar el interés por los estudios, y empezó a requerir con frecuencia la presencia de Champiñón para que los entretuviera durante la cena. («El sonido de la risa de la reina era música para mis oídos de bufón, tan dulce que hasta podía arrancarle una sonrisa al rey»). Incluso Gareth Long, el odiado maestro de armas de la Fortaleza Roja, percibió el cambio. «Ya no tenemos que azotar al pequeño bastardo tanto como antes —informó a la Mano—. Aegon nunca anduvo corto de fuerza ni de rapidez, y ahora por fin empieza a dar mínimas muestras de destreza».

El renovado interés del joven rey por el mundo se extendió incluso al gobierno de su reino; Aegon III comenzó a asistir al consejo. Si bien apenas intervenía, su comparecencia infundió ánimo al gran maestre Munkun, y pareció agradar a lord Mooton y a lord Rowan, aunque dejó desconcertado a ser Marston Mares, de la Guardia Real, y lord Peake se lo tomó como un agravio. Munkun relata que siempre que Aegon reunía valor para plantear una pregunta, la Mano se encrespaba y lo acusaba de estar haciendo perder el tiempo al consejo, o lo informaba de que esas cuestiones tan serias escapaban a la comprensión de un niño. No es de extrañar, pues, que poco después su alteza dejase de honrar con su presencia las reuniones, igual que antes.

Amargado y receloso por naturaleza, y con un orgullo rayano en la altanería, Unwin Peake era un hombre sumamente infeliz allá por el 134 d. C. El Baile del Día de la Doncella le había infligido una tremenda humillación, y que el rey rechazara a su hija Myrielle a favor de Daenaera le había parecido una afrenta personal. Nunca había tenido estima a lady Baela, y ahora tenía motivos para sentir también antipatía hacia su hermana Rhaena; estaba convencido de que las dos conspiraban contra él, probablemente bajo los auspicios del insolente y rebelde Puño de Roble, esposo de Baela. Con premeditación y alevosía, las gemelas le habían desbaratado los planes para asegurar la sucesión; así se lo dijo a sus adláteres. Y al conseguir que el rey se desposara con una cría de seis años se habían asegurado de que el vástago que esperaba Baela fuera el siguiente heredero del Trono de Hierro.

«Si es un niño, su alteza jamás vivirá lo bastante para engendrar un heredero de su semilla», aseguró Peake en cierta ocasión a Marston Mares, en presencia de Champiñón. Poco después, Baela Velaryon se puso de parto y alumbró a una niña saludable a la que puso Laena, en honor a su madre. Pero ni eso consiguió apaciguar a la Mano del Rey por mucho tiempo, ya que antes de que transcurriera una semana regresó la avanzadilla de la flota de los Velaryon con un mensaje críptico: Puño de Roble los había enviado por delante mientras él se dirigía a Lys para hacerse con «un tesoro sin precio».

Esas palabras despertaron los recelos de lord Peake. ¿De qué tesoro hablaba? ¿Cómo pretendía hacerse con él? ¿A punta de espada? ¿No iría a desatar una guerra con Lys, como ya había hecho con Braavos? Al enviar al joven y temerario almirante a dar la vuelta a Poniente, la intención de la Mano era librar a la corte de su influencia, pero resulta que ya se disponía a presentarse allí una vez más «empapado de ovaciones que no se merece», y puede que también de inmensas riquezas. (El oro había sido siempre un asunto delicado para Unwin Peake, cuya casa era pobre en tierras, si bien rica en piedras, barro y orgullo, y aquejada de una falta de fondos crónica). Bien sabía que el pueblo llano veía a Puño de Roble como un héroe, el hombre que había humillado al soberbio Señor del Mar de Braavos y al Kraken Rojo de Pyke, mientras que él era objeto de injurias y resentimiento. Hasta en la Fortaleza Roja, muchos deseaban que los regentes lo desposeyeran del cargo de Mano del Rey para otorgárselo a Alyn Velaryon.

Sin embargo, la emoción ante el regreso de Puño de Roble era palpable, y la Mano tuvo que tragarse la rabia. Cuando divisaron las velas del Lady Baela en la bahía del Aguasnegras, surgiendo de la bruma matutina por delante del resto de la flota de los Velaryon, hasta la última campana de Desembarco del Rey se puso a repicar. Millares de personas se apretujaron en la muralla de la ciudad para vitorear al héroe, igual que en Lannisport medio año atrás, y miles más salieron por la Puerta del Río para esperarlo en la orilla. Pero cuando el rey expresó el deseo de personarse en el muelle «para dar las gracias a mi cuñado por su servicio», la Mano se lo prohibió con el argumento de que no sería apropiado que su alteza acudiera a lord Velaryon; que correspondía al almirante presentarse en la Fortaleza Roja para prosternarse ante el Trono de Hierro.

Una vez más, como en la cuestión del compromiso de Aegon con Myrielle Peake, lord Unwin fue incapaz de prevalecer sobre los demás regentes. A pesar de sus enérgicas objeciones, el rey Aegon y la reina Daenaera salieron del castillo en su palanquín, seguidos de lady Baela y su hija recién nacida, su hermana lady Rhaena con su esposo Corwyn Corbray, el gran maestre Munkun, el septón Bernard, los regentes Manfryd Mooton y Thaddeus Rowan, los caballeros de la Guardia Real y muchos otros notables impacientes por dar la bienvenida al Lady Baela en los muelles.

Era una mañana fría y luminosa, nos dicen las crónicas. Ante los ojos de decenas de miles de testigos, lord Alyn Puño de Roble vio a su hija Laena por vez primera. Después de besar a su esposa, alzó a la niña para mostrársela a la multitud, y las ovaciones resonaron como un trueno. Hasta haberla puesto de nuevo en brazos de su madre no se arrodilló ante los reyes. La reina Daenaera, sonrojándose de una manera encantadora y tartamudeando solo un poquito, le puso al cuello una pesada cadena de oro con zafiros engastados, «a-azules como el mar donde mi señor cosechó sus victorias». Después, el rey Aegon III lo invitó a incorporarse con las palabras: «Nos alegramos de que hayas vuelto sano y salvo, hermano».

Champiñón dice que reía al ponerse en pie. «Mi señor —respondió—, me habéis concedido el honor de la mano de vuestra hermana y me llena de orgullo estar unido a vos por lazos fraternales mediante el matrimonio, pero nunca podré ser vuestro hermano de sangre. Aunque hay otro que sí». Entonces, con un gesto ostentoso, lord Alyn indicó que presentaran el tesoro que había conseguido en Lys. Del Lady Baela desembarcó una joven bellísima de tez pálida, del brazo de un muchacho con ricos atavíos más o menos de la misma edad que el rey, que ocultaba sus facciones bajo la capucha de una capa bordada.

Lord Unwin Peake fue incapaz de seguir conteniéndose y se abrió paso para ponerse al frente. «¿Y este quién es? —exigió saber—. ¿Quién eres tú?». El joven se quitó la capucha. Cuando el sol se reflejó en el cabello de hebras plateadas y doradas que ocultaba, el rey Aegon III sollozó y se arrojó a sus brazos para envolverlo en un intenso abrazo. El «tesoro» de Puño de Roble era Viserys Targaryen, el hermano perdido del rey, hijo menor de la reina Rhaenyra y el príncipe Daemon, a quien nadie había visto durante los cinco últimos años y todos creían muerto desde la batalla del Gaznate.

Recordemos que, en el 129 d. C., Rhaenyra Targaryen había enviado a Pentos a sus dos hijos pequeños para apartarlos del peligro, con tan mala fortuna que el barco en el que cruzaban el mar Angosto fue a caer en las fauces de una flota de guerra de la Triarquía. El príncipe Aegon había conseguido escapar en Tempestad, su dragón, pero al príncipe Viserys lo habían capturado. Al poco estalló la batalla del Gaznate, y como no se supo de la suerte del príncipe cuando todo acabó, lo dieron por muerto. Ni siquiera había nadie capaz de señalar a ciencia cierta el barco en que viajaba.

Millares y millares fueron los caídos en el Gaznate, pero Viserys Targaryen no estaba entre ellos. El barco que transportaba al joven príncipe había sobrevivido a la batalla y se las había arreglado a duras penas para volver a su Lys de origen, donde Viserys se encontró cautivo de Sharako Lohar, el gran almirante de la Triarquía. Pero la derrota había desacreditado a Sharako, y no tardó en verse rodeado de enemigos, antiguos y recientes, ansiosos de su perdición. Desesperado por conseguir dineros y aliados, vendió al muchacho a cierto magíster de la ciudad, llamado Bambarro Bazanne, a cambio de su peso en oro y una promesa de apoyo. El subsiguiente asesinato del almirante caído en desgracia hizo aflorar las tensiones y rivalidades de las Tres Hijas, y los resentimientos largo tiempo acunados estallaron en violencia, con una serie de crímenes que pronto desembocaron en una guerra abierta. En medio del caos que siguió, el magíster Bambarro juzgó prudente ocultar su tesoro por el momento, no se lo fuera a arrebatar cualquiera de sus compatriotas o algún rival de otra ciudad.

Viserys recibió un buen trato durante su cautiverio. Aunque le prohibían abandonar los terrenos de la mansión de Bambarro, tenía sus propios aposentos, comía con el magíster y su familia, contaba con instructores que se encargaban de versarlo en lengua, literatura, matemáticas, historia y música, y hasta tenía un maestro de armas que le enseñaba esgrima, arte en el que pronto descolló. La creencia general, pese a que no existe ninguna prueba, es que Bambarro pretendía esperar al fin de la Danza de los Dragones, bien para devolvérselo a su madre a cambio de un rescate (si Rhaenyra se alzaba con la victoria), bien para venderle su cabeza a su tío (si el victorioso era Aegon II).

Sin embargo, los planes se fueron a pique con la sucesión de demoledoras derrotas de Lys en la guerra de las Hijas. Bambarro Bazanne murió en las Tierras de la Discordia en el 132 d. C. a manos de la compañía de mercenarios con la que se disponía a atacar Tyrosh, a causa de una disputa por unos pagos atrasados. Su pérdida llevó al descubrimiento de que estaba ahogado en deudas, y los acreedores se incautaron de su mansión. A su esposa y a sus hijos los vendieron como esclavos, y sus muebles, ropa, libros y demás objetos de valor, incluido el príncipe cautivo, fueron a parar a manos de otro noble, Lysandro Rogare.

Lysandro era el patriarca de una rica y poderosa dinastía de banqueros y comerciantes, cuya ascendencia se remontaba a la Valyria de antes de la Maldición. Entre sus muchas posesiones figuraba una famosa casa de placer, el Jardín Perfumado. Viserys Targaryen era tan deslumbrante que se dice que Lysandro Rogare se planteó ponerlo a trabajar de cortesano…, hasta que el muchacho se identificó. Al saber que tenía un príncipe en su poder, el magíster cambió de plan en el acto: en lugar de vender sus favores le otorgó la mano de su hija, lady Larra Rogare, que pasaría a la historia de Poniente como Larra de Lys.

El encuentro fortuito de Alyn Velaryon y Drazenko Rogare en Lanza del Sol brindó la ocasión perfecta para devolver al príncipe Viserys a su hermano; pero regalar lo que se puede vender es contrario a la naturaleza de cualquier lyseno, así que Puño de Roble debía acudir primero a Lys para negociar las condiciones con Lysandro Rogare. «Más le habría valido al reino que se hubiera sentado a negociar la madre de lord Alyn en su lugar», comenta Champiñón acertadamente; Puño de Roble no sabía nada de regateos. Para hacerse con el príncipe, comprometió al Trono de Hierro a pagar un rescate de cien mil dragones de oro, no levantarse en armas contra la casa Rogare ni sus intereses durante un centenar de años, transferir al Banco Rogare de Lys los fondos depositados en el Banco de Hierro de Braavos, otorgar títulos a tres de los hijos menores de Lysandro y, ante todo, jurar por su honor que el matrimonio entre Viserys Targaryen y Larra Rogare no se disolvería por causa alguna. Lord Alyn Velaryon aceptó todas las condiciones, y dio fe con su firma y sello.

El príncipe Viserys tenía siete años cuando lo raptaron de la Alegre Abandono, y doce cuando volvió en el 134 d. C. Su esposa, la hermosa joven que desembarcó del Lady Baela cogida de su brazo, tenía diecinueve; siete más que él. Pese a ser dos años menor que su hermano el rey, Viserys era más maduro en algunos aspectos. Aegon III nunca había mostrado apetito carnal por ninguna de sus reinas (comprensible en el caso de Daenaera, que no era más que una niña), pero Viserys ya había consumado el matrimonio, como confió con orgullo al gran maestre Munkun durante el banquete que se celebró para darle la bienvenida a casa.

Munkun nos cuenta que el regreso de su hermano de entre los muertos obró maravillas en Aegon III. Nunca se había perdonado por haber abandonado a Viserys a su suerte cuando escapó de la Alegre Abandono a lomos de su dragón antes de la batalla del Gaznate. Aunque solo tenía nueve años, Aegon descendía de una larga estirpe de héroes y guerreros, y había crecido escuchando los relatos de sus valientes hazañas y osadas proezas, ninguna de las cuales incluía huir de una batalla dejando atrás a un hermano pequeño en las garras de la muerte. En lo profundo de su ser, el Rey Quebrado se sentía indigno de ocupar el Trono de Hierro. Si había sido incapaz de salvar a su hermano, a su madre y a su pequeña reina de una muerte horrible, ¿cómo iba a salvar a un reino?

El regreso de Viserys también contribuyó largamente a aliviar la soledad del rey. De niño, Aegon adoraba a sus tres hermanos maternos, los mayores, pero era con Viserys con quien compartía habitación, lecciones y juegos. «Una parte del rey había muerto en el Gaznate junto con su hermano —escribe Munkun—. Es evidente que el afecto que profesaba a Gaemon Peloclaro había nacido de su deseo de reemplazar al hermano pequeño perdido, pero hasta que recuperó a Viserys no recobró la vida y la entereza». El príncipe Viserys y el rey Aegon volvieron a ser inseparables, igual que de niños, cuando vivían en Rocadragón, y Gaemon Peloclaro quedó relegado y olvidado; hasta la reina Daenaera cayó en el abandono.

Otra cosa que solventó la llegada del príncipe perdido fue el problema de la sucesión: como hermano del rey, Viserys era su heredero indiscutible, por delante de cualquier hijo de Baela Velaryon, de Rhaena Corbray y hasta de las gemelas. Ya no importaba que el rey Aegon hubiera decidido casarse con una niña de seis años en sus segundas nupcias: el príncipe Viserys era un muchacho alegre, lleno de encanto y rebosante de vitalidad. Aunque no tan alto, tan fuerte ni tan atractivo como su hermano, era claramente más listo y curioso; y su esposa no era ninguna niña, sino una hermosa joven en plena flor de la fertilidad. Que Aegon se quedara con su esposa impúber; Larra de Lys daría hijos a Viserys, más bien antes que después, y así quedaría asegurada la dinastía.

Por todos estos motivos, el rey y la corte recibieron al príncipe con regocijo, y lord Alyn Velaryon gozó de más estima que nunca por haberlo rescatado de su cautiverio lyseno. Claro que esa alegría no salpicó a la Mano del Rey: por más que se declarara encantado con el regreso del hermano del monarca, estaba furioso por el precio que Puño de Roble había accedido a pagar por él. Insistía en que el joven almirante carecía de autoridad para consentir esas «condiciones ruinosas»; únicamente la Mano y los regentes tenían poder para representar al Trono de Hierro, no cualquier «bobo con una flota».

La ley y la tradición estaban de parte de lord Unwin, y así lo reconoció el gran maestre Munkun cuando presentó sus quejas ante el consejo; pero no pensaban así el rey ni el pueblo llano, y conculcar el pacto de lord Alyn habría sido un disparate sin igual, en opinión de los demás regentes. Votaron conceder nuevos honores a Puño de Roble, confirmaron la legitimidad del matrimonio del príncipe Viserys y lady Larra, accedieron a pagar el rescate a su padre en diez plazos anuales y transfirieron una gran cantidad de oro de Braavos a Lys.

Lord Unwin Peake se lo tomó como un nuevo y humillante desaire. Estando tan recientes la Feria de Ganado del Día de la Doncella y el repudio del rey a su hija Myrielle a favor de Daenaera, una niña, fue más de lo que pudo soportar su orgullo. Tal vez creyera que la amenaza de renunciar al cargo de Mano del Rey serviría para someter a los demás regentes a su voluntad, pero resultó que aceptaron su dimisión con entusiasmo y nombraron en su lugar al campechano, honrado y apreciado lord Thaddeus Rowan.

Unwin Peake se retiró a su castillo de Picoestrella para rumiar las ofensas de las que se sentía víctima, pero no lo acompañaron su tía lady Clarice, su tío Gedmund Peake Hachamagna, Gareth Long, Victor Risley, Lucas Leygood, George Graceford, el septón Bernard ni el resto de su nutrido grupo de protegidos, sino que siguieron desempeñando los cargos que les había otorgado, al igual que su hermano bastardo, ser Mervyn Flores, y su sobrino, ser Amaury Peake, ya que los hermanos juramentados de la Guardia Real sirven de por vida. Lord Unwin incluso puso a Tessario y sus Dedos a disposición de su sucesor; el rey tenía sus guardias, declaró, y la Mano no debía ser menos.

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