Fuego y sangre
La Primavera Lysena y el fin de la regencia
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La Primavera Lysena y el fin de la regencia*
La paz reinó en Desembarco del Rey durante lo que quedaba de año, enturbiada solo por la muerte de Manfryd Mooton, señor de Poza de la Doncella y último de los regentes originales de Aegon. Lord Mooton llevaba tiempo en declive; no había conseguido reponerse por completo de las fiebres de invierno, de modo que su pérdida no suscitó muchos comentarios. Lord Rowan recurrió a ser Corwyn Corbray, el marido de lady Rhaena, para que ocupara su lugar en el consejo. Entretanto, lady Baela, la hermana de Rhaena, regresó a Marcaderiva con lord Alyn y su hija. Al poco tiempo, Viserys alegró a la corte con el anuncio de que lady Larra estaba encinta, y toda la ciudad se regocijó.
Fuera de la capital, sin embargo, el 134 d. C. no sería un año de los que se recuerdan con añoranza. Al norte del Cuello, el invierno seguía envolviendo la tierra en su puño de hielo. En Fuerte Túmulo, lord Dustin cerró las puertas porque tras su muralla se estaban aglutinando centenares de aldeanos famélicos. La situación de Puerto Blanco era mejor, pues los barcos llevaban comida desde el sur, pero los precios subieron tanto que hubo hombres bondadosos que llegaron a someterse a las cadenas de los esclavistas del otro lado del mar para que sus familias pudieran comer, mientras que otros no tan bondadosos vendieron a sus esposas e hijos. Hasta en Las Inviernas, al pie de la muralla de Invernalia, los norteños empezaban a comerse a los perros y los caballos. El frío y la hambruna se llevaron a la tercera parte de la Guardia de la Noche, y cuando millares de salvajes atravesaron a pie el mar helado del este del Muro, cientos de hermanos negros perecieron en batalla.
En las Islas del Hierro, la muerte del Kraken Rojo desató una fiera lucha por el poder. Sus tres hermanas y los hombres que habían tomado por esposos capturaron a Toron Greyjoy, el niño que ocupaba el Trono de Piedramar, y dieron muerte a su madre, mientras que los primos de Toron se unieron a los señores de Harlaw y Marea Negra para encumbrar a Rodrik, hermano paterno de Toron, y los hombres de Gran Wyk tomaron partido por un aspirante llamado Sam Sal, que decía descender de la estirpe negra.
Llevaban medio año inmersos en esa sangrienta batalla a tres bandas cuando ser Leo Costayne cayó sobre ellos con su flota, de la que desembarcaron miles de espadachines y lanceros de los Lannister en Pyke, Gran Wyk y Harlaw. Si bien lord Puño de Roble se había negado a participar en la venganza de Roca Casterly contra los hombres del hierro, el viejo León Marino se mostró más receptivo a las propuestas de lady Johanna; animado, quizá, por su promesa de casarse con él si le entregaba las Islas del Hierro para que las gobernase su hijo. Sin embargo, resultó estar más allá de sus posibilidades: ser Leo Costayne murió en las rocosas colinas de Gran Wyk a manos de Arthur Goodbrother, y tres cuartas partes de sus barcos acabaron capturados o hundidos en los fríos mares grises.
Pese a que el anhelo de lady Johanna de pasar por la espada a todos los hombres del hierro se vio frustrado, cuando terminó la lucha no le cupo duda a nadie de que los Lannister habían pagado su deuda. Habían ardido cientos de barcoluengos y naves pesqueras, y otros tantos pueblos y hogares. A las esposas y los vástagos de los hijos del hierro que habían causado tantos estragos en las Tierras del Oeste los aniquilaron sistemáticamente. Entre las víctimas se encontraban nueve primos del Kraken Rojo, dos de sus tres hermanas con sus maridos, lord Drumm de Viejo Wyk y lord Goodbrother de Gran Wyk, así como lord Volmark y lord Harlaw de Harlaw, lord Botley de Puerto Noble y lord Stonehouse de Viejo Wyk. Millares más perecieron de hambre antes de que acabara el año, porque los Lannister también se llevaron toneladas de grano y pescado en salazón que tenían almacenados, y destruyeron lo que no se pudieron llevar. Aunque Toron Greyjoy conservó el Trono de Piedramar gracias a que sus defensores rechazaron el asalto de los Lannister contra la muralla de Pyke, a su hermano paterno Rodrik lo capturaron y lo condujeron a Roca Casterly, donde lady Johanna lo castró y lo convirtió en el bufón de su hijo.
En la costa opuesta de Poniente también estalló una lucha por la sucesión a finales de aquel 134 d. C., cuando lady Jeyne Arryn, la Doncella del Valle, murió en Puerto Gaviota de un resfriado que le agarró en el pecho. Tenía cuarenta años y pereció en brazos de Jessamyn Redfort, su «querido compañero», en la casa madre de Maris, situada en una isla rocosa del puerto. En su lecho de muerte, lady Jeyne dictó su testamento, donde nombraba heredero a su primo ser Joffrey Arryn, quien la había servido lealmente durante los diez años precedentes como Caballero de la Puerta de la Sangre, defendiendo el Valle contra los salvajes de las colinas.
Sin embargo, ser Joffrey solo era su primo en cuarto grado. Ser Arnold Arryn, primo carnal de lady Jeyne, que le había propuesto matrimonio en dos ocasiones, estaba mucho más próximo en la línea sucesoria. Encarcelado tras su segunda rebelión fallida, ser Arnold había perdido la razón, debido a los largos años pasados en las celdas del cielo del Nido de Águilas y las mazmorras de los sótanos de las Puertas de la Luna; pero su hijo, ser Eldric Arryn, tenía cordura, astucia y ambición, y salió en defensa de los derechos de su padre. Muchos señores del Valle se congregaron bajo sus estandartes, pues juzgaban que las leyes ancestrales de sucesión debían prevalecer sobre «el capricho de una mujer moribunda».
Surgió un tercer aspirante en la persona de Isembard Arryn, patriarca de los Arryn de Puerto Gaviota, una rama aún más distante de la gran casa que se había escindido del tronco noble durante el reinado del rey Jaehaerys para dedicarse al comercio y había hecho fortuna. Corría la chanza de que el halcón del escudo de Isembard era de oro, y pronto empezó a llamárselo «el Halcón Dorado». Se sirvió de su riqueza para sustentar sus pretensiones y contratar mercenarios al otro lado del mar Angosto.
Lord Rowan hizo lo que pudo para paliar esas calamidades: ordenó a los Lannister que se retiraran de las Islas del Hierro, envió alimentos al Norte y convocó a los Arryn rivales a Desembarco del Rey para que expusieran sus causas ante los regentes, pero sus esfuerzos surtieron poco efecto. Los Lannister y los Arryn desoyeron sus mandatos por igual, y la comida que llegó a Puerto Blanco estaba lejos de bastar para aliviar la hambruna. Si bien gozaban de estima, ni Thaddeus Rowan ni el niño al que servía inspiraban temor. Cuando el año se aproximaba a su fin, en Desembarco del Rey despertó el rumor de que el reino no estaba en manos de los gobernantes, sino de los cambistas de Lys.
Pese a que la corte y la ciudad seguían adorando al hermano del rey, el inteligente y amable Viserys, no podía decirse lo mismo de su esposa lysena. Larra Rogare se había instalado en la Fortaleza Roja con su marido, pero su corazón seguía siendo el de una dama de Lys. Aunque hablaba con soltura el alto valyrio y los dialectos de Myr, Tyrosh y la antigua Volantis, además de su lyseno materno, lady Larra no hacía ningún esfuerzo por aprender la lengua común, y prefería recurrir a intérpretes para transmitir sus deseos. Todas sus damas eran lysenas, al igual que sus criados. Todas sus prendas procedían de Lys, hasta la ropa interior; los barcos de su padre le llevaban la última moda lysena tres veces al año. Hasta tenía protectores particulares: espadachines lysenos la guardaban día y noche, a las órdenes de su hermano Moredo y un mudo descomunal de las arenas de combate de Meereen, llamado Sandoq la Sombra.
Puede que, con el tiempo, tanto la corte como el reino hubiesen llegado a aceptar todo lo anterior si lady Larra no se hubiera empeñado en conservar también sus dioses. No participaba en el culto a los Siete ni a los viejos dioses de los norteños; su adoración la reservaba para ciertas deidades del nutrido panteón lyseno: Pantera, la diosa gata de seis pechos; Yndros el Crepuscular, de sexo masculino durante el día y femenino por la noche; Bakkalon de la Espada, el niño pálido, y Saagael el sin rostro, el que reparte dolor.
Las damas, los criados y los guardias de lady Larra se unían a ella en el culto a esas extrañas y antiguas divinidades. De sus aposentos entraban y salían tantos gatos que la gente empezó a decir que eran sus espías, que le transmitían todo lo que ocurría en la Fortaleza Roja en ronroneos quedos al oído. Incluso llegó a afirmarse que la propia Larra podía convertirse en gato y merodear por los tejados y los bajos fondos de la ciudad. Los rumores pronto adquirieron tintes más oscuros: supuestamente, los acólitos de Yndros podían cambiar de sexo mediante el acto amoroso, y se murmuraba que lady Larra ejercía a menudo esa habilidad en orgías celebradas al crepúsculo para poder visitar los burdeles de la calle de la Seda en forma de hombre. Además, siempre que desaparecía un niño, los ignorantes cruzaban miradas y hablaban de Saagael y su insaciable sed de sangre.
Aún de menor estima gozaban los hermanos de Larra de Lys que la habían acompañado a Desembarco del Rey. Moredo era el comandante de su guardia, y Lotho había establecido una sucursal del Banco Rogare en la Colina de Visenya. Roggerio, el más joven, abrió en la Puerta del Río una opulenta casa de placer de estilo lyseno llamada La Sirena, y la llenó de loros de las Islas del Verano, monos de Sothoryos y un centenar de chicas y chicos exóticos de todos los rincones del mundo. A pesar de que sus favores costaban diez veces más de lo que se atrevía a cobrar cualquier otro burdel, Roggerio nunca anduvo escaso de clientes. Grandes señores y simples mercaderes por igual hablaban de las bellezas y maravillas que se encontraban tras las puertas talladas y pintadas de La Sirena… incluida, a decir de algunos, una sirena de verdad. Casi todo lo que sabemos de las mil maravillas de La Sirena procede de Champiñón, el único de entre nuestros cronistas dispuesto a confesar haber visitado el lupanar en muchas ocasiones y participado en sus cuantiosos placeres, en habitaciones suntuosamente decoradas.
En la otra orilla del mar, la guerra de las Hijas llegaba por fin a término. Racallio Ryndoon huyó al sur, a las Islas Basilisco, con los partidarios que le quedaban; Lys, Tyrosh y Myr se dividieron las Tierras de la Discordia, y los dornienses se hicieron con el dominio de la mayor parte de los Peldaños de Piedra. Los más perjudicados con el nuevo reparto fueron los myrienses, mientras que el arconte de Tyrosh y la princesa de Dorne salieron muy favorecidos. En Lys desaparecieron algunas casas venerables, y muchos magísteres de alta cuna cayeron en desgracia y se arruinaron, al tiempo que otros se hacían con las riendas del poder. Los más destacados entre los últimos fueron Lysandro Rogare y su hermano Drazenko, el artífice de la alianza dorniense. Los vínculos de Drazenko con Lanza del Sol y los de Lysandro con el Trono de Hierro convirtieron a los Rogare en príncipes de Lys a efectos prácticos.
A finales del 134 d. C. había quienes temían que el dominio de los Rogare se extendiera también a Poniente. Su pompa, soberbia y poder se convirtieron en la comidilla de Desembarco del Rey. Sus artimañas corrían de boca en boca: Lotho compraba a la gente con oro, Roggerio la seducía con carne perfumada y Moredo la sometía mediante el temor al acero. Sin embargo, los hermanos no eran sino títeres en manos de lady Larra: ella y sus extraños dioses lysenos manejaban las cuerdas. El rey, la pequeña reina y el joven príncipe eran tan solo niños, ciegos a lo que ocurría a su alrededor, mientras que la Guardia Real, los capas doradas y hasta la Mano del Rey estaban vendidos.
O eso se decía. Como todas las historias semejantes, tenía su pizca de verdad mezclada con miedo y falsedades. No cabe duda de que los lysenos eran altaneros, ambiciosos y avariciosos; es evidente que Lotho se servía de su banco y Roggerio de su burdel para ganar adeptos a su causa. Sin embargo, en realidad poco se distinguían del resto de los señores y damas de la corte de Aegon III, pues cada cual buscaba el poder y la riqueza a su manera. Aunque con más éxito que sus rivales (al menos durante algún tiempo), los lysenos no eran sino una de las facciones que competían por la influencia. Si lady Larra y sus hermanos hubieran sido ponientíes, tal vez habrían gozado de estima y admiración, pero su origen extranjero, sus costumbres extranjeras y sus dioses extranjeros los convertían en objeto de sospecha y desconfianza.
Munkun se refiere a este período como el Señorío Rogare, pero ese nombre solo se utilizó en Antigua, entre los maestres y archimaestres de la Ciudadela. Quienes lo vivieron lo llamaron la Primavera Lysena, puesto que en efecto también estuvo marcado por esa estación. A principios del 135 d. C., el Cónclave de Antigua envió sus cuervos blancos para anunciar el fin de uno de los inviernos más largos y cruentos que habían conocido los Siete Reinos.
La primavera es siempre una estación de esperanza, renacimiento y renovación, y la del 135 d. C. no fue diferente. Terminó la guerra de las Islas del Hierro, y en Invernalia, lord Cregan Stark obtuvo un sustancioso préstamo del Banco de Hierro de Braavos para comprar comida y semillas a sus famélicos vasallos. Tan solo en el Valle continuó la lucha. Furioso por la negativa de los Arryn aspirantes al poder a presentarse en Desembarco del Rey y someter su disputa al juicio de los regentes, lord Thaddeus Rowan envió un millar de hombres a Puerto Gaviota, con el también regente ser Corwyn Corbray al mando, para restaurar la Paz del Rey y dirimir el problema de la sucesión.
Entretanto, Desembarco del Rey atravesaba una época de prosperidad como no se había visto en muchos años, gracias en gran parte a la casa Rogare de Lys. El Banco Rogare pagaba cuantiosos intereses por los fondos depositados, lo que animaba a más nobles a entregar su oro a los lysenos. El comercio también florecía: los muelles del Aguasnegras estaban atestados de barcos de Tyrosh, Myr, Pentos, Braavos y, sobre todo, Lys, que descargaban seda, especias, encaje myriense, jade de Qarth, marfil de Sothoryos y muchos otros artículos extraños y maravillosos de los confines del mundo, incluidos lujos apenas contemplados hasta entonces en los Siete Reinos.
La abundancia se propagaba a otras ciudades portuarias: el Valle Oscuro, Poza de la Doncella, Puerto Gaviota y Puerto Blanco también vieron crecer su comercio, igual que Antigua, en el sur, y hasta Lannisport, en el mar del Ocaso. En Marcaderiva, la localidad de la Quilla experimentó un renacimiento; se construyeron y botaron decenas de barcos, y la madre de lord Puño de Roble amplió generosamente sus flotas mercantes y comenzó a construirse una mansión palaciega con vistas al puerto que Champiñón dio en llamar la Ratonera.
Al otro lado del mar Angosto, Lys prosperaba bajo la «tiranía de terciopelo» de Lysandro Rogare, quien había adoptado el título de «Primer Magíster Vitalicio». Y cuando su hermano Drazenko se casó con la princesa Aliandra Martell de Dorne, quien lo nombró príncipe consorte y señor de los Peldaños de Piedra, la casta de los Rogare alcanzó su cúspide. La gente empezó a hablar de Lysandro el Magnífico.
Durante el primer cuarto del año 135 d. C. se produjeron dos acontecimientos cruciales que trajeron gran alegría a los Siete Reinos de Poniente. Al despertar del tercer día de la tercera luna del año, los habitantes de Desembarco del Rey presenciaron un fenómeno que no se había visto desde los oscuros días de la Danza: un dragón sobrevolando la ciudad. Lady Rhaena, que había cumplido los diecinueve, estaba montando a Aurora por primera vez. En aquel vuelo inaugural dio una vuelta alrededor de la ciudad antes de volver a Pozo Dragón, pero con el paso de los días fue cobrando valor y alejándose más.
Sin embargo, solo en una ocasión aterrizó Rhaena con Aurora dentro de la Fortaleza Roja, porque ni los mayores empeños del príncipe Viserys lograron persuadir a su hermano, el rey, de que fuese a ver volar a su hermana; la reina Daenaera, por el contrario, quedó tan cautivada que se la oyó decir que ella también quería un dragón. Poco después, Aurora llevó a Rhaena a través de la bahía del Aguasnegras hasta Rocadragón, donde, según afirmó, «los dragones y sus jinetes son mejor recibidos».
Menos de una quincena después, Larra de Lys dio a luz a un niño, el primer hijo del príncipe Viserys. La madre tenía veinte años, y el padre, solo trece. Viserys lo llamó Aegon como su hermano, el rey, y le puso un huevo de dragón en la cuna como ya era costumbre con todos los vástagos legítimos nacidos de la casa Targaryen. El septón Bernard ungió a Aegon con los siete óleos en el septo real, y las campanas de la ciudad repicaron para celebrar el nacimiento. Llegaron regalos de todos los rincones del reino, aunque ninguno tan fastuoso como los que enviaron los tíos lysenos del recién nacido. En Lys, Lysandro el Magnífico decretó un día de fiesta en honor de su nieto.
Sin embargo, incluso en medio de la alegría comenzaba a insinuarse el descontento. El nuevo hijo de la casa Targaryen había sido ungido en la Fe, pero en la ciudad se decía que su madre pretendía otorgarle también la bendición de sus dioses, y por las calles de Desembarco del Rey circularon rumores de ceremonias obscenas en La Sirena y sacrificios de sangre en el Torreón de Maegor. Los problemas podrían no haber pasado de las habladurías, pero poco después se cernió una serie de desastres sobre el reino y la familia real, pisándose los talones uno a otro, hasta que incluso quienes se burlaban de los dioses, como Champiñón, empezaron a preguntarse si la casa Targaryen y el reino de Poniente no habrían despertado la ira de los Siete.
El primer presagio de la oscuridad que se avecinaba se presenció en Marcaderiva, cuando eclosionó el huevo de dragón que habían regalado a Laena Velaryon por su nacimiento. El orgullo y el regocijo de sus padres pronto se tornaron ceniza: la criatura que salió retorciéndose del cascarón era una monstruosidad, un gusano de fuego sin alas, blanco como una larva y ciego. Instantes después de nacer, se lanzó contra el bebé con quien compartía cuna y le arrancó un pedazo de brazo. Al oír el grito de Laena, lord Puño de Roble le arrancó el «dragón», lo tiró al suelo y lo despedazó.
La noticia del engendro monstruoso y el sangriento incidente perturbó enormemente al rey Aegon, y pronto fue motivo de agrias palabras entre su hermano y él. El príncipe Viserys seguía teniendo su huevo de dragón; aunque no eclosionaba, lo había conservado durante todos sus años de exilio y cautiverio porque era muy importante para él. Cuando Aegon prohibió que nadie tuviera huevos de dragón en su castillo, Viserys se puso furioso; sin embargo, prevaleció la voluntad del rey, como debe ser, y enviaron el huevo a Rocadragón. El príncipe se negó a dirigir la palabra a su hermano durante toda una luna.
Su alteza estaba muy disgustado por la pelea con su hermano, según dejó escrito Champiñón, pero fue un acontecimiento posterior lo que lo sumió en la desesperación. Se encontraba disfrutando de una cena tranquila en sus aposentos con Daenaera, su pequeña reina, en compañía de su amigo Gaemon Peloclaro, mientras el enano los entretenía con una cancioncilla absurda sobre un oso aficionado por demás a la bebida, cuando el muchacho bastardo empezó a quejarse de calambres en las tripas. «Corre a buscar al gran maestre Munkun», ordenó el rey a Champiñón. Cuando regresó el bufón con el gran maestre, Gaemon se había desmayado, y la reina Daenaera gemía y se quejaba: «A mí también me duele la tripa».
Gaemon era desde hacía tiempo el catador y copero del rey Aegon, y Munkun no tardó en declarar que tanto él como la reina eran víctimas de un envenenamiento. El gran maestre administró a Daenaera un fuerte purgante, y probablemente fuera eso lo que le salvó la vida. Fue presa de incontrolables vómitos durante toda la noche; lloró y se retorció de dolor, y al día siguiente se encontraba demasiado débil y exhausta para levantarse de la cama, pero eliminó el veneno. Sin embargo, Munkun no llegó a tiempo para salvar a Gaemon Peloclaro, que murió al cabo de una hora. Nacido bastardo en un burdel, el Rey Conejito había reinado brevemente en su dominio de la colina durante la Luna de la Demencia, visto morir a su madre ajusticiada y servido a Aegon III como copero, niño de los azotes y amigo. Se cree que no tenía más de nueve años cuando murió.
Más tarde, el gran maestre Munkun echó de comer los restos de la cena a unas ratas enjauladas y determinó que el veneno se había añadido al hojaldre de las tartaletas de manzana. Por suerte, el rey nunca había sido muy aficionado al dulce (ni a ninguna otra comida, en honor a la verdad). Los caballeros de la Guardia Real irrumpieron de inmediato en las cocinas de la Fortaleza Roja, detuvieron a una docena de cocineros, pasteleros, pinches y criadas y se los entregaron a George Gracefold, el lord confesor. Bajo tortura, siete reconocieron haber intentado envenenar al rey; pero no hubo dos relatos iguales; no se ponían de acuerdo en de dónde habían sacado el veneno, y ningún cautivo supo señalar correctamente el plato emponzoñado, de modo que lord Rowan desestimó las confesiones a regañadientes, diciendo que «no me valen ni para limpiarme el culo». La Mano ya estaba de un humor sombrío antes del envenenamiento, porque hacía poco que había sufrido una tragedia personal: lady Floris, su joven esposa, había muerto de parto.
A pesar de que el rey pasaba menos tiempo con su copero desde el regreso de su hermano a Poniente, la muerte de Gaemon Peloclaro lo dejó inconsolable. Aunque tuvo su parte buena, porque ayudó a cerrar la brecha que se había abierto entre Aegon y Viserys, quien rompió su obstinado silencio para consolar a su doliente alteza y estuvo a su lado junto al lecho de la reina. Sin embargo, no sirvió de mucho, porque a partir de entonces fue Aegon quien se sumió en el silencio, pues recobró su antigua melancolía y pareció perder todo interés por la corte y el reino.
El siguiente revés cayó lejos de Desembarco del Rey, en el Valle de Arryn, cuando ser Corwyn Corbray dictaminó que debía prevalecer la voluntad de lady Jeyne y declaró a ser Joffrey Arryn señor legítimo del Nido de Águilas. Los demás aspirantes se mostraron intransigentes y se negaron a aceptar el mandato, de modo que ser Corwyn encarceló al Halcón Dorado junto con sus hijos y ejecutó a Eldric Arryn. Pero ser Arnold, el perturbado padre de ser Eldric, se las ingenió para huir a Piedra de las Runas, donde de joven había servido de escudero. Gunthor Royce, conocido en el Valle como el Gigante de Bronce, era un anciano, pero tan testarudo como intrépido; cuando llegó ser Corwyn para sacar a ser Arnold de su refugio, lord Gunthor se puso su antigua armadura de bronce y montó en su caballo para enfrentarse a él. Una discusión acalorada dio paso a las maldiciones, y luego, a las amenazas. Corbray desenvainó a Dama Desesperada, nunca sabremos si para atacar a Royce o solo como amenaza, y entonces un ballestero apostado en las almenas de Piedra de las Runas disparó una saeta que le atravesó el pecho.
Matar a un regente de su alteza era un acto de traición equivalente a atentar contra el propio rey. Por si fuera poco, ser Corwyn era tío de Quenton Corbray, el poderoso y marcial señor del Hogar, además de esposo bienamado de lady Rhaena, la jinete de dragón; cuñado por consiguiente de lady Baela, su gemela, y por tanto emparentado por matrimonio con Alyn Puño de Roble. Con su muerte, las llamas de la guerra volvieron a propagarse por el Valle de Arryn. Los Corbray, los Hunter, los Crayne y los Redfort se declararon partidarios de ser Joffrey Arryn, el heredero designado por lady Jeyne, mientras que los Royce de Piedra de las Runas y ser Arnold, «el Heredero Perturbado», recibieron el apoyo de los Templeton, los Tollett, los Coldwater y los Dutton, así como los señores de los Dedos y las Tres Hermanas. Puerto Gaviota y la casa Grafton continuaron secundando al Halcón Dorado, pese a hallarse cautivo.
La respuesta de Desembarco del Rey no se hizo esperar. Lord Rowan envió al Valle una última parvada de cuervos con órdenes de que todos los caballeros partidarios del Heredero Perturbado y el Halcón Dorado depusieran de inmediato las armas si no querían granjearse «la desaprobación del Trono de Hierro». Ante la ausencia de respuesta, la Mano se reunió con lord Puño de Roble a fin de trazar un plan para reprimir la rebelión.
Con la llegada de la primavera, se esperaba que el camino alto que atravesaba las Montañas de la Luna volviera a ser transitable. Cinco mil hombres emprendieron la marcha por el camino Real bajo las órdenes de ser Robert Rowan, el hijo mayor de lord Thaddeus. Reclutas de Poza de la Doncella, Darry y Hayford se unieron a sus filas durante el avance, y al cruzar el Tridente se incorporaron también seiscientos hombres de los Frey y un millar de los Blackwood con el propio lord Benjicot al frente, con lo que al entrar en las montañas eran ya nueve mil.
Se organizó un segundo ataque por mar. Antes que recurrir a la flota real, cuyo comandante era ser Gedmund Peake Hachamagna, tío de su predecesor, la Mano acudió a la casa Velaryon para conseguir los barcos que necesitaba. Puño de Roble en persona se pondría al mando de la flota, mientras que lady Baela, su esposa, iría a Rocadragón a consolar a su gemela enviudada (y, de paso, a asegurarse de que lady Rhaena no intentara vengar la muerte de su esposo por su cuenta con ayuda de Aurora).
Lord Rowan anunció que el comandante del ejército que viajaría al Valle con lord Alyn sería Moredo Rogare, el hermano de lady Larra. Nadie podía poner en duda que lord Moredo era un guerrero temible: alto y solemne, de cabello rubio casi blanco y centelleantes ojos azules, se decía que parecía la viva imagen de un guerrero de la antigua Valyria, y de acero valyrio era la espada larga que portaba, a la que llamaba Verdad.
Pero, a pesar de la bravura del lyseno, el pueblo no acogió bien el nombramiento. Mientras que sus hermanos Roggerio y Lotho hablaban con fluidez la lengua común, Moredo apenas entendía un poco, y muchos se cuestionaron si era acertado poner a un lyseno al frente de un ejército de caballeros de Poniente. Los enemigos de lord Rowan en la corte, entre los cuales se contaban muchos que habían obtenido sus cargos por obra de Unwin Peake, se apresuraron a señalarlo como la prueba de lo que se rumoreaba desde hacía medio año: que Thaddeus Rowan se había vendido a Puño de Roble y a los Rogare.
Esas murmuraciones habrían carecido de importancia si los asaltos al Valle hubieran tenido éxito, pero no fue así. Aunque Puño de Roble barrió con facilidad los barcos mercenarios del Halcón Dorado y tomó los muelles de Puerto Gaviota, los atacantes perdieron centenares de hombres en el asalto a la muralla, y el triple durante la lucha que se siguió casa por casa. Después de que su intérprete pereciera en la batalla callejera, Moredo Rogare tuvo gran dificultad para comunicarse con sus tropas; los hombres no entendían las órdenes, y él no entendía los informes. Se desató el caos.
En el otro extremo del Valle, mientras tanto, la carretera que atravesaba la cordillera resultó mucho menos transitable de lo que se esperaba. La hueste de ser Robert Rowan se encontró luchando por abrirse camino entre los profundos ventisqueros de los desfiladeros; avanzaba a paso de tortuga, y su caravana de suministros sufría una y otra vez los ataques de los salvajes nativos de esas montañas, descendientes de los primeros hombres expulsados del Valle por los ándalos miles de años atrás. «Eran esqueletos vestidos con pieles, armados con hachas de piedra y garrotes de madera —diría más adelante Ben Blackwood—, pero estaban tan famélicos y desesperados que no se desalentaban por muchos que matáramos». Pronto, el frío, la nieve y los ataques nocturnos empezaron a cobrarse su precio.
Allá en las alturas, una noche que lord Robert y sus hombres estaban apiñados en torno a sus hogueras, ocurrió lo inconcebible: avistaron la boca de una cueva en las laderas que dominaban el camino, y una docena de hombres treparon hasta ella para comprobar si podía servirles de refugio para resguardarse del viento. Deberían haberse parado a reflexionar a la vista de los huesos esparcidos a la entrada, pero continuaron… y despertaron a un dragón.
Dieciséis hombres perecieron en la lucha que siguió, y más de medio centenar sufrió quemaduras antes de que la furiosa bestia parda remontara el vuelo y se adentrara en las montañas con «una mujer cubierta de harapos montada en el lomo». Ese es el último avistamiento confirmado y registrado en los anales de Poniente del Ladrón de Ovejas y Ortiga, su jinete, aunque los salvajes de las montañas siguen contando historias de una «bruja de fuego» que una vez moró en un valle oculto, apartado de cualquier camino o aldea. Los narradores afirman que uno de los clanes más salvajes de las montañas le rendía culto: los jóvenes demostraban su coraje llevándole tributos, y no podían considerarse hombres hasta que volvieran con quemaduras que atestiguaran que se habían enfrentado a la mujer dragón en su madriguera.
El encuentro con el dragón no fue el último peligro que afrontó la hueste: cuando llegaron a la Puerta de la Sangre ya había perecido un tercio de hambre y de frío. Entre los caídos se encontraba ser Robert Rowan, que había muerto aplastado por un peñasco cuando los hombres de los clanes derribaron media ladera de una montaña sobre la columna. Asumió el mando Ben Blackwood el Sanguinario, quien ya contaba con la experiencia bélica de un hombre cuatro veces más veterano, pese a faltarle medio año para la mayoría de edad. En la Puerta de la Sangre, la entrada del Valle, los supervivientes encontraron comida, calor y cobijo; pero ser Joffrey Arryn, Caballero de la Puerta de la Sangre y sucesor designado por lady Jeyne Arryn, comprendió de inmediato que el paso por las montañas había dejado a los hombres de los Blackwood incapacitados para la batalla; más que una ayuda, iban a ser una carga en la guerra que estaba por librar.
Mientras proseguía la lucha en el Valle de Arryn, la promesa de la Primavera Lysena sufrió otro duro golpe cientos de leguas al sur, con las muertes casi simultáneas de Lysandro el Magnífico en Lys y su hermano Drazenko en Lanza del Sol. Pese a estar separados por el mar Angosto, los dos Rogare fallecieron con un día de diferencia, ambos en circunstancias sospechosas. Drazenko fue el primero, al asfixiarse con un pedazo de panceta; Lysandro se ahogó en el naufragio de su opulenta gabarra durante la travesía de regreso a su palacio desde el Jardín Perfumado. A pesar de que algunos insisten en que fue una desafortunada coincidencia, son muchos más los que creen que la forma y el momento de las muertes constituyen pruebas de que existía una conspiración para acabar con la casa Rogare. La mayoría atribuyó los sucesos a los Hombres sin Rostro de Braavos, los asesinos más sutiles que deambulaban por el ancho mundo.
Pero, si en verdad fueron los Hombres sin Rostro, ¿por encargo de quién actuaron? Se sospechaba del Banco de Hierro de Braavos, así como de Racallio Ryndoon, arconte de Tyrosh, y de varios príncipes mercaderes y magísteres de Lys cuyo descontento con la «tiranía de terciopelo» de Lysandro el Magnífico era notorio. Hubo quien llegó a insinuar que fueron los propios hijos del Primer Magíster Vitalicio quienes lo quitaron de en medio: había engendrado seis varones y tres hembras legítimos, tres hijas y dieciséis bastardos. En cualquier caso, los hermanos habrían actuado con suma cautela, puesto que ni siquiera hubo forma de demostrar que se tratara de un asesinato.
Ninguno de los cargos mediante los que Lysandro ejercía su dominio sobre Lys era hereditario. Apenas recuperaron del mar su cadáver medio devorado por los cangrejos, se desató la lucha por la sucesión entre sus viejos enemigos, sus falsos amigos y sus antiguos aliados.
Se dice, y es cierto, que las luchas entre lysenos no se libran con ejércitos, sino con conspiraciones y venenos. Durante el resto de aquel sangriento año, los magísteres y príncipes mercaderes de Lys bailaron una danza mortal en la que se alzaban y caían en cuestión de un par de semanas, y las caídas solían ser fatales. Torreo Haen murió envenenado junto con su esposa, su amante, sus hijas (entre ellas, la que había causado semejante escándalo en el Baile del Día de la Doncella con su vestido apenas insinuado), sus hermanos y sus partidarios, durante la fiesta de celebración de su ascenso a primer magíster. A Silvario Pendaerys lo apuñalaron en un ojo cuando salía del Templo del Comercio, y a su hermano Pereno lo acogotaron en una casa de placer mientras una esclava lo satisfacía con la boca. El confaloniero Moreo Dagareon pereció a manos de su propia guardia de élite, y a Matteno Orthys, un ferviente devoto de la diosa Pantera, lo atacó y casi devoró su apreciado gatosombra, cuya jaula había quedado inexplicablemente abierta una noche.
Pese a que los descendientes de Lysandro no podían heredar sus cargos, su palacio fue para su hija Lysara; sus barcos, para su hijo Drako; su casa de las almohadas, para su hijo Fredo, y su biblioteca, para su hija Marra. A todos sus vástagos les correspondió una parte de la riqueza que representaba el Banco Rogare; hasta los bastardos recibieron participaciones, aunque inferiores a las que se asignaron a los hijos legítimos. El control efectivo del banco fue a parar a Lysaro, hijo mayor de Lysandro, de quien se ha dicho sin faltar a la verdad que tenía «el doble de ambición que su padre y la mitad de su habilidad».
Lysaro Rogare aspiraba a gobernar Lys, pero carecía de la astucia y la paciencia de su padre para pasarse decenios acumulando riqueza y poder lentamente. Dado que sus rivales iban cayendo en las garras de la muerte, la primera medida de Lysaro fue garantizar su seguridad personal comprando un millar de Inmaculados a los esclavistas de Astapor; esos eunucos guerreros tenían fama de ser los mejores soldados de infantería del mundo, y además estaban entrenados en la obediencia ciega, de forma que sus amos jamás debían temer un desafío o una traición.
Ya rodeado de esos protectores, Lysaro se aseguró el nombramiento de confaloniero: se ganó al pueblo llano con suntuosos entretenimientos y a los magísteres con sobornos sin precedentes. Cuando esos gastos consumieron su fortuna personal, empezó a desviar oro del banco. Más adelante confesó que su intención era provocar una guerra corta y victoriosa contra Tyrosh o Myr y alzarse con el mérito de la conquista gracias a su rango militar, lo cual le allanaría el ascenso a primer magíster. El saqueo de una de esas ciudades le proporcionaría el oro suficiente para restituir los fondos que había sacado del banco y convertirse en el hombre más rico de Lys.
El plan era una necedad y pronto se vino abajo. La leyenda dice que los primeros rumores de la insolvencia del Banco Rogare los extendieron agentes a sueldo del Banco de Hierro de Braavos, pero, independientemente de su procedencia, enseguida habían alcanzado todo Lys. Los magísteres y príncipes mercaderes de la ciudad comenzaron a exigir la devolución de sus depósitos: al principio, unos pocos; luego, más y más, hasta que de las cámaras de Lysaro fluyó un río de oro cuya fuente no tardó en agotarse. Cuando eso sucedió, Lysaro ya no estaba; enfrentado a la ruina, huyó de Lys en plena noche con tres esclavas de cama, seis criados y un centenar de Inmaculados, abandonando a su esposa, sus hijas y su palacio. Comprensiblemente alarmados, los magísteres de la ciudad procedieron de inmediato a la intervención del Banco Rogare, pero se encontraron con que no quedaba sino una cáscara vacía.
La caída de la casa Rogare fue rápida y despiadada. Los hermanos de Lysaro aseguraron que no habían tenido nada que ver con el expolio del banco, pero muchos dudaron de su autoproclamada inocencia. Drako Rogare huyó a Volantis en una de sus galeras, y Marra se disfrazó de hombre y consiguió llegar al templo de Yndros para acogerse a sagrado, pero a los demás hermanos los capturaron y juzgaron, incluso a los bastardos. Cuando Lysara Rogare protestó alegando que «no lo sabía», el magíster Tigaro Moraqos le respondió: «Pues deberías», y la multitud rugió en señal de aprobación. Media ciudad había quedado en la ruina.
Los daños no se limitaron a Lys: cuando Poniente tuvo noticia de la caída de la casa Rogare, señores y mercaderes por igual no tardaron en comprender que podían dar por perdido el dinero que habían depositado en su banco. En Puerto Gaviota, Moredo Rogare actuó rápidamente: delegó el mando en Alyn Puño de Roble y se embarcó rumbo a Braavos. A Lotho Rogare lo prendieron ser Lucas Leygood y sus capas doradas cuando intentaba abandonar Desembarco del Rey; se incautaron de todas sus cartas y de los libros de contabilidad, junto con cualquier ápice de oro o plata que quedara en las cámaras de la Colina de Visenya. Mientras tanto, ser Marston Mares, de la Guardia Real, irrumpió en La Sirena con dos de sus hermanos juramentados y cincuenta guardias; sacaron bruscamente a la calle a los clientes, muchos aún desnudos (Champiñón entre ellos, según reconoce), y a lord Roggerio lo condujeron a punta de lanza a través de una multitud que se deshacía en abucheos. El dueño del burdel y el banquero acabaron confinados en la Torre de la Mano de la Fortaleza Roja; su parentesco con la esposa del príncipe Viserys los salvó por el momento de los horrores de las celdas negras.
Al principio se dio por hecho que la orden de detención procedía de la Mano; tras la muerte de ser Corwyn en el Valle, no quedaban más regentes que lord Rowan y el gran maestre Munkun. El error se reparó al cabo de pocas horas, porque lord Rowan se unió a su cautiverio aquella misma tarde. Ni siquiera los Dedos, sus supuestos guardianes, hicieron ademán de defenderlo. Cuando ser Mervyn Flores entró en la cámara del consejo para poner bajo custodia al dignatario, Tessario el Tigre ordenó a sus hombres mantenerse al margen. La única resistencia provino del escudero de lord Rowan, a quien no tardaron en reducir. «Perdonad al chaval», rogó lord Thaddeus, y le hicieron caso, pero antes le cortaron una oreja «para enseñarlo a no andar esgrimiendo aceros contra la Guardia Real».
La lista de los sospechosos de traición a los que había que detener y someter a juicio no acababa ahí: apresaron a tres primos y un sobrino de lord Rowan, junto con cuatro decenas de mozos, criados y caballeros que tenía a su servicio. A todos los cogieron por sorpresa, y se rindieron sin oponer resistencia. Pero cuando ser Amaury Peake se dirigió al Torreón de Maegor con una docena de soldados, se encontró con Viserys Targaryen en el puente levadizo, hacha de guerra en mano. «Era un hacha pesada para un príncipe más bien delgaducho de trece años —relata Champiñón, el bufón—. Resultaba dudoso que fuera capaz de levantarla, y mucho menos de esgrimirla».
—Si habéis venido a por mi esposa, ser Peake, volved sobre vuestros pasos —dijo el joven príncipe—, porque no llegaréis a ella mientras yo siga en pie.
—A vuestra esposa se la requiere para interrogarla sobre la traición de sus hermanos —repuso ser Amaury, a quien aquella muestra de desafío resultaba más divertida que amenazadora.
—¿Y quién es el que la requiere? —exigió saber el príncipe.
—La Mano del Rey —respondió ser Amaury.
—¿Lord Rowan?
—A lord Rowan se lo ha destituido de su cargo; la nueva Mano del Rey es ser Marston Flores.
En aquel momento, Aegon III salió del torreón y se situó junto a su hermano.
—El rey soy yo —les recordó—, y no he nombrado Mano a ser Marston.
La intervención de Aegon cogió por sorpresa a ser Amaury, según narra Champiñón, pero tras un momento de duda volvió a tomar la palabra.
—Todavía sois un niño, alteza. Hasta que seáis mayor de edad, esas decisiones deben tomarlas vuestros leales señores en vuestro nombre. El nombramiento de ser Marston procede de los regentes.
—Lord Rowan es mi regente —insistió el rey.
—Ya no —contradijo ser Amaury—. Lord Rowan ha traicionado vuestra confianza; su regencia ha terminado.
—¿Con qué autoridad? —exigió saber Aegon.
—Con la de la Mano del Rey.
Al oírlo, Viserys profirió una risotada; Aegon no, porque nunca reía, para consternación de Champiñón.
—La Mano nombra al regente y el regente nombra a la Mano —dijo el príncipe—, y venga a dar vueltas y marear la perdiz… Pero no pasaréis, ser Amaury, ni pondréis un dedo encima a mi esposa. Marchaos, u os prometo que no quedará uno con vida.
A ser Amaury Peake se le agotó la paciencia. No podía permitir que se le resistieran un muchacho de trece años y otro de quince, y el segundo, desarmado.
—Ya está bien —dijo, y ordenó a sus hombres que los apartaran—. Tened cuidado con ellos; no les provoquéis ningún daño.
—La responsabilidad recae sobre vos, ser Amaury —advirtió el príncipe Viserys. Clavó el hacha en la madera del puente levadizo y retrocedió—. Si pasáis de donde está el hacha, moriréis. —El rey lo agarró por el hombro y lo condujo al interior del torreón para ponerlo a salvo, y una silueta se interpuso en el puente.
Sandoq la Sombra había llegado de Lys con lady Larra; era un regalo de su padre, el magíster Lysandro. De piel y cabello negros, medía más de dos varas y media. Su rostro, que solía ocultar tras un velo de seda negra, era un amasijo de finas cicatrices blancas, y le habían cortado los labios y la lengua, dejándolo mudo e insoportable de contemplar. Se decía que había salido victorioso de un centenar de combates en los mortales reñideros de Meereen; que en cierta ocasión, tras romperse su espada, le había arrancado la garganta a un enemigo con los dientes; que bebía la sangre de quienes mataba, y que en las arenas de combate había acabado con leones, osos, lobos y guivernos sin más armas que las piedras que había por el suelo.
Sin duda, semejantes historias se inflan al repetirlas y no se sabe a cuánto dar crédito, si es que hay algo de verdad. Aunque Sandoq no sabía leer ni escribir, Champiñón asegura que le encantaba la música, y a menudo hacía compañía a lady Larra en la penumbra de sus aposentos, tocando notas dulces y melancólicas en un extraño instrumento de cuerda casi tan alto como él, de ébano y aurocorazón. «Yo conseguía arrancarle risas de vez en cuando, pese a que apenas conocía unas pocas palabras de nuestra lengua —relata el bufón—, pero los rasgueos de la Sombra siempre la hacían llorar y, por extraño que parezca, eso le gustaba más».
El son que entonó Sandoq la Sombra a las puertas del Torreón de Maegor, cuando los guardias de ser Amaury se abalanzaron sobre él con espadas y lanzas, fue distinto. Esa noche, sus instrumentos fueron un alto escudo negro de madera del ocaso, cuero endurecido y hierro, y una gran espada curva con empuñadura de huesodragón, cuya oscura hoja brillaba a la luz de las antorchas con las características ondulaciones del acero valyrio. Sus enemigos se abalanzaron sobre él entre gritos, aullidos e imprecaciones, pero la Sombra no emitió otro sonido que el del acero; se abrió paso entre ellos silencioso como un gato, con la espada silbando de derecha a izquierda y de arriba abajo, haciendo brotar sangre con cada tajo, mordiendo la cota de malla como si de pergamino se tratara. Champiñón, que afirma haber presenciado la batalla desde el tejado, declara que «no parecía un combate a espada; más bien un granjero cosechando cereal. Segaba los tallos con un movimiento tras otro, pero aquellos tallos eran personas vivas, que gritaban y maldecían al caer». Los hombres de ser Amaury no carecían de coraje, y algunos vivieron lo suficiente para asestar sus propios golpes, pero la Sombra, siempre sin detenerse, los bloqueaba con el escudo y los empujaba del puente hacia las hambrientas picas de hierro que había debajo.
A Amaury Peake debe reconocérsele que su muerte no deshonró a la Guardia Real: tres de sus hombres yacían muertos en el puente levadizo, y otros dos se retorcían en las picas de debajo, cuando desenvainó su espada del talabarte. «Bajo la capa blanca llevaba una armadura de escamas blancas —narra Champiñón—, pero el yelmo le dejaba la cara al descubierto, e iba sin escudo; Sandoq le cobró un alto precio por esas carencias». Cuenta el bufón que la Sombra lo convirtió en un baile: cada vez que causaba una herida a ser Amaury, mataba a uno de sus subalternos antes de volver a dedicarle su atención. Sin embargo, Peake continuó luchando con valor y obstinación, y cerca del final, durante un instante, los dioses le concedieron una oportunidad cuando el último guardia se las ingenió para aferrar la espada de Sandoq y arrancársela de la mano antes de precipitarse desde el puente. Ser Amaury, que estaba caído de rodillas, se incorporó y cargó contra su enemigo desarmado.
Sandoq arrancó el hacha de Viserys de la madera donde estaba clavada y partió por la mitad el casco y la cabeza de ser Amaury, de la cimera al gorjal. Dejó que el cuerpo se derrumbara sobre las picas, y se tomó su tiempo para arrojar al foso a los muertos y moribundos antes de volver a entrar en el Torreón de Maegor, donde el rey ordenó levar el puente, bajar el rastrillo y atrancar las puertas. El alcázar de dentro del alcázar estaba protegido.
Y así continuaría durante dieciocho días.
El resto de la Fortaleza Roja estaba en manos de ser Marston Mares y su Guardia Real, y al otro lado de su muralla, ser Lucas Leygood y sus capas doradas custodiaban la ciudad con mano de hierro. Ambos se presentaron ante el torreón a la mañana siguiente para exigir al rey que abandonara el refugio.
—Vuestra alteza se equivoca al pensar que queremos hacerle daño —dijo ser Marston mientras sacaban del foso los cadáveres de los caídos ante Sandoq—. Solo pretendíamos defenderos de los traidores y los falsos amigos. Ser Amaury había jurado protegeros, dar su vida por la vuestra si fuera menester. Os era leal, igual que yo. No merecía morir así, a manos de semejante bestia.
—Sandoq no es ninguna bestia —contestó el rey Aegon sin mostrarse conmovido—. No puede hablar, pero oye y obedece. Ordené marcharse a ser Amaury y se negó. Mi hermano lo advirtió de lo que sucedería si traspasaba el lugar que marcaba el hacha. Creía que los votos de la Guardia Real incluían la obediencia.
—Es verdad, mi señor: juramos obedecer al rey —repuso ser Marston—, y cuando seáis un hombre adulto, mis hermanos y yo estaremos dispuestos a arrojarnos sobre nuestras espadas si así lo ordenáis. Pero, mientras seáis un niño, nuestro juramento nos exige obedecer a la Mano del Rey, puesto que habla con la voz del monarca.
—Mi Mano es lord Thaddeus —le recordó Aegon.
—Lord Thaddeus vendió a Lys vuestro reino y debe responder por ello. Yo seré vuestra Mano hasta que se demuestre su culpabilidad o su inocencia. —Ser Marston desenvainó el acero e hincó la rodilla—. Ante los dioses y los hombres, juro por mi espada que nadie os hará mal alguno mientras yo esté a vuestro lado.
Si el lord comandante creía que esas palabras persuadirían al rey, no podía estar más equivocado.
—Estabais a mi lado cuando el dragón devoró a mi madre —respondió Aegon—, y os limitasteis a presenciarlo. No consentiré que os quedéis mirando mientras matan a la esposa de mi hermano. —Entonces dejó las almenas, y nada que dijera Marston Mares pudo hacerlo regresar aquel día, ni al siguiente, ni al otro.
Al cuarto día, ser Marston apareció en compañía del gran maestre Munkun, que le dijo: «Mi señor, os suplico que desistáis de este disparate infantil y salgáis para que podamos ponernos a vuestro servicio». El rey Aegon le clavó la mirada sin decir nada, pero su hermano fue menos reticente: ordenó al gran maestre que enviase «un millar de cuervos» para advertir al reino de que su rey estaba cautivo en su propio castillo. El gran maestre no respondió, ni los cuervos volaron.
En los días siguientes, Munkun compareció varias veces más para asegurar a Aegon y a Viserys que habían actuado con legitimidad en todo momento; ser Marston pasó de los ruegos a las amenazas y luego al regateo, y el septón Bernard rezó a gritos a la Vieja para que iluminase el camino del rey hacia la sabiduría, aunque sin ningún resultado. Aquellos esfuerzos obtuvieron poca o ninguna respuesta del niño rey, aparte de un pertinaz silencio. Su alteza solo se dejó llevar por la ira una vez, cuando llegó el turno de ser Gareth Long, su maestro de armas, de intentar persuadirlo de que se rindiera. «¿Y a quién castigaréis si no claudico, ser Gareth? —le gritó—. Podéis azotar los huesos del pobre Gaemon, pero ya no le arrancaréis más sangre».