Fuego y sangre

Fuego y sangre


Los hijos del Dragón

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Los hijos del Dragón *

El rey Aegon Targaryen, el primero de su nombre, tomó a sus dos hermanas por esposas. Rhaenys y Visenya eran ambas jinetes de dragón, de cabello de oro y plata, ojos violeta y la belleza de los auténticos Targaryen. Por lo demás, las dos reinas no se parecían más que cualquier mujer a otra, salvo en una cosa: las dos dieron un hijo al rey.

El primero fue Aenys: nacido en el 7 d. C. de Rhaenys, la esposa más joven de Aegon, salió raquítico y enfermizo. Se pasaba el rato llorando, y se decía que era de miembros larguiruchos y ojos pequeños y lacrimosos; que los maestres del rey temían por su supervivencia. Escupía los pezones de su ama de cría, y solo tragaba la leche de su madre; cuentan que estuvo berreando quince días cuando lo destetaron. Tan escaso era el parecido con Aegon que algunos osaron insinuar que no era hijo de su alteza, sino el bastardo de cualquiera de los apuestos favoritos de la reina Rhaenys, de algún bardo, titiritero o mimo. Por si fuera poco, el príncipe tardaba en desarrollarse. Aenys Targaryen no comenzó a cobrar fuerza hasta que le entregaron la joven dragona Azogue, que había salido del huevo en Rocadragón ese mismo año.

El príncipe Aenys tenía tres años cuando su madre, la reina Rhaenys, y su dragona, Meraxes, perdieron la vida en Dorne. Su muerte sumió al joven príncipe en un estado inconsolable: dejó de comer e incluso volvió a andar a gatas como cuando tenía un año, como si hubiese olvidado caminar. Su padre perdió las esperanzas, y por la corte corrieron rumores de que volvería a casarse, dado que Rhaenys había muerto y Visenya no le daba hijos; quizá incluso fuera estéril. El rey Aegon se reservaba esas cuestiones para sí, de modo que quién sabe qué pensamientos albergaba, pero muchos grandes señores y nobles caballeros se presentaron en la corte con sus hijas doncellas, cada una más hermosa que la anterior.

Las conjeturas se acabaron en el 11 d. C., cuando la reina Visenya anunció de improviso que esperaba un hijo del rey. Un varón, aseguró llena de confianza, y así fue. El príncipe llegó al mundo berreando a pleno pulmón en el año 12 d. C. No había niño de teta más robusto que Maegor Targaryen, en palabras de los maestres y comadronas; pesaba casi el doble que su hermano mayor al nacer.

Los hermanos nunca se sintieron unidos. Se daba por supuesto que el príncipe Aenys era el heredero, y el rey Aegon procuraba tenerlo en su compañía; lo llevaba cuando se trasladaba de un castillo a otro en sus viajes por el reino. El príncipe Maegor se quedaba con su madre y ocupaba un asiento junto a ella cuando se reunía la corte. Por aquel entonces, la reina Visenya y el rey Aegon pasaban mucho tiempo separados; cuando no estaba de viaje, Aegon volvía a su fuerte de Desembarco del Rey, mientras que Visenya y su hijo se quedaban en Rocadragón. Fue por eso que señores y vasallos por igual dieron en llamar a Maegor el príncipe de Rocadragón.

La reina Visenya le puso una espada en la mano cuando contaba tres años. Se rumorea que lo primero que hizo con ella fue matar a un gato que vivía en el castillo, pero es probable que la anécdota fuera una calumnia difundida por sus enemigos muchos años más tarde. Lo innegable es que el príncipe se sintió siempre atraído por las espadas. Su madre eligió a ser Gawen Corbray como primer maestro de armas: un caballero de los más letales que pudieran encontrarse en ninguna parte de los Siete Reinos.

El príncipe Aenys pasaba tanto tiempo con su padre que fueron los caballeros de la Guardia Real quienes lo instruyeron en las artes caballerescas, y a veces el propio rey. Era un niño diligente, a decir de sus instructores, y no le faltaba coraje, pero carecía de la talla y la fuerza de su padre, y nunca pasó de ser un luchador aceptable; ni siquiera cuando el rey le dejaba esgrimir a Fuegoscuro, cosa que ocurría de tanto en tanto. Aenys no se cubriría de vergüenza en la batalla, comentaban sus instructores entre sí, pero tampoco se cantarían sus proezas.

El príncipe Aenys tenía otros dones. Cantaba muy bien, hay que reconocerlo; tenía una voz potente y melodiosa. Era cortés y encantador, y cultivado sin ser un ratón de biblioteca. Tenía facilidad para hacer amigos y las muchachas lo adoraban, ya fueran de alta o de baja cuna. A Aenys le encantaba montar, y su padre le regaló corceles, palafrenes y destreros, pero su montura favorita era su dragona, Azogue.

Al príncipe Maegor se le daba bien la equitación, pero no era aficionado a los caballos, a los perros ni a ningún animal. Cuando tenía ocho años recibió una coz de un palafrén en los establos; lo mató a cuchilladas y rajó media cara al mozo que acudió a la carrera al oír los alaridos de la bestia. El príncipe de Rocadragón tuvo muchos compañeros a lo largo de los años, pero ningún amigo de verdad. Era un joven pendenciero que se ofendía enseguida; no perdonaba fácilmente y resultaba temible cuando se encolerizaba. Sin embargo, con las armas no tenía rival. Se convirtió en escudero a la edad de ocho años; cuando cumplió los doce ya desensillaba a muchachos cuatro o cinco años mayores en las lizas, y sometía a golpes a soldados curtidos cuando practicaba en el patio del castillo. En su decimotercer día del nombre, en el 25 d. C., su madre, la reina Visenya, le entregó su espada de acero valyrio, Hermana Oscura. Faltaba medio año para que se casara.

La tradición ancestral de la casa Targaryen era el matrimonio entre parientes. Entre hermanos se consideraba idóneo, pero si no había ocasión, ellas podían casarse con sus tíos, primos o sobrinos, y ellos, con sus primas, tías o sobrinas. La costumbre se remontaba a la antigua Valyria, donde era habitual entre muchas familias de rancio abolengo, sobre todo las que criaban y cabalgaban dragones; según la creencia, la sangre del dragón debía conservarse pura. Algunos príncipes hechiceros también tomaban más de una esposa cuando les placía, aunque era una práctica menos frecuente que el matrimonio incestuoso. Los eruditos consignaron por escrito que en Valyria, antes de la Maldición, se rendía culto a muchos dioses pero no se temía a ninguno, de modo que pocos se atrevían a alzar la voz contra esas costumbres.

No así en Poniente, donde el poder de la Fe era incuestionable. En el Norte se conservaba el culto a los antiguos dioses y en las Islas del Hierro se adoraba al Dios Ahogado, pero el resto del reino tenía un solo dios de siete rostros, cuya voz terrenal era la del Septón Supremo de Antigua; las doctrinas de la Fe, heredadas de los ándalos y transmitidas a lo largo de los siglos, condenaban las costumbres matrimoniales valyrias que practicaban los Targaryen: el incesto se consideraba un vil pecado, ya fuese entre padre e hija, madre e hijo o hermano y hermana, y el fruto de esas uniones se consideraba una abominación ante los ojos de los dioses y los hombres. Desde nuestra perspectiva resulta obvio que la cuestión acabaría por enfrentar a la Fe con la casa Targaryen. Entre los Máximos Devotos, muchos eran los que esperaban que el Septón Supremo manifestase su oposición contra Aegon y sus hermanas durante la Conquista, y grande fue su decepción cuando el Padre de los Fieles disuadió a lord Hightower de hacerles frente, e incluso bendijo y ungió al Dragón en su segunda coronación.

Se dice que la costumbre es la madre de la resignación. Tras coronar a Aegon el Conquistador, el Septón Supremo siguió siendo el Padre de los Fieles hasta su muerte, que aconteció en el 11 d. C., cuando el reino ya se había hecho a la idea de que el rey tenía dos reinas que eran a la vez esposas y hermanas. El rey Aegon siempre se preocupó de respetar la Fe: sancionó sus derechos y privilegios tradicionales, decretó que sus bienes estarían exentos de tributos y afirmó que los septones, septas y otros siervos de los Siete solo estarían sometidos a los tribunales de la Fe para dar cuenta de sus actos.

La avenencia entre la Fe y el Trono de Hierro persistió durante todo el reinado de Aegon I. Del 11 d. C. al 37 d. C., seis septones supremos llevaron la Corona de Cristal; su alteza se llevó bien con todos ellos, y acudía al Septo Estrellado siempre que visitaba Antigua. Sin embargo, la cuestión del matrimonio incestuoso se cocía a fuego lento bajo las cortesías. Aunque los septones supremos que ocuparon el cargo durante el reinado de Aegon nunca se pronunciaron en contra del matrimonio del rey y sus hermanas, tampoco lo declararon legítimo. Para los miembros más modestos de la Fe, como los septones rurales, las Hermanas Sagradas, los Hermanos Mendicantes y los Clérigos Humildes, seguía siendo pecaminoso que el hermano yaciera con la hermana y que un hombre se casara con dos mujeres.

Sin embargo, dado que Aegon el Conquistador no tuvo hijas, el problema no devino en crisis. Los hijos del Dragón no tenían hermanas con las que casarse, de modo que se vieron forzados a buscar a otras esposas.

El primero en contraer matrimonio fue el príncipe Aenys. Se casó con lady Alyssa, la hija doncella de Aethan Velaryon, Señor de las Mareas, lord almirante y consejero naval del rey Aegon, en el 22 d. C. La joven tenía quince años, igual que el príncipe; también tenía el mismo cabello plateado y los mismos ojos violeta, puesto que los Velaryon eran una familia de antiguo linaje valyrio. Aegon también era hijo de una Velaryon, de modo que fue un enlace entre primos.

El matrimonio resultó feliz y fructífero, y Alyssa dio a luz a una niña al año siguiente. El príncipe Aenys la llamó Rhaena, en recuerdo de su madre. Si bien fue pequeña al nacer, igual que su padre, se distinguía de él en que era alegre y saludable. Tenía los ojos de un vívido color lila y el cabello como plata batida. Está escrito que el rey Aegon sollozó la primera vez que tuvo en brazos a su nieta y siempre la colmó de mimos, quizá en parte porque le recordaba a Rhaenys, la reina que había perdido y a la que debía su nombre.

La feliz noticia del nacimiento se propagó por todo el reino y fue acogida con alegría… excepto, quizá, por parte de la reina Visenya. El príncipe Aenys era el heredero del Trono de Hierro, nadie lo cuestionaba, pero surgía la duda de si el príncipe Maegor seguía ocupando el segundo lugar en la línea de sucesión o quedaba desplazado por la princesa recién nacida. La reina Visenya propuso resolverla mediante un enlace entre la pequeña Rhaena y Maegor, que acababa de cumplir los once años, pero Aenys y Alyssa se opusieron y, cuando la noticia llegó al Septo Estrellado, el Septón Supremo envió un cuervo con una advertencia: la Fe no vería con buenos ojos esas nupcias. Su altísima santidad propuso otra esposa para Maegor: su sobrina Ceryse Hightower, hija doncella de Manfred Hightower, señor de Antigua y nieto de otro anterior del mismo nombre. El rey Aegon, consciente de las ventajas de estrechar los lazos con Antigua y la casa que la gobernaba, lo juzgó acertado y dio su consentimiento.

Y así fue que, en el 25 d. C., Maegor Targaryen, príncipe de Rocadragón, contrajo matrimonio con lady Ceryse Hightower en el Septo Estrellado de Antigua, en una ceremonia que ofició el Septón Supremo en persona. Maegor tenía trece años; la novia, diez más, pero todos los testigos del encamamiento declararon que el príncipe resultó un marido lujurioso, y el propio Maegor se jactó de haber consumado el matrimonio una docena de veces. «Anoche engendré un hijo para la casa Targaryen», pregonó durante el desayuno.

El hijo llegó al año siguiente y le pusieron de nombre Aegon en honor de su abuelo…, pero los padres fueron lady Alyssa y el príncipe Aenys. Una vez más, hubo celebraciones a lo largo y ancho de los Siete Reinos. El principito era fuerte y fiero, y tenía «aire de guerrero», según declaró su abuelo, nada menos que Aegon el Dragón. Aunque continuaba el debate sobre quién prevalecía en el orden de sucesión, si el príncipe Maegor o su sobrina Rhaena, nadie dudaba que el joven Aegon sucedería a Aenys, su padre, igual que este sucedería a Aegon el Dragón.

En los años que siguieron fueron llegando más y más vástagos a la casa Targaryen, para regocijo del rey Aegon, aunque no necesariamente de la reina Visenya. En el 29 d. C., Alyssa y el príncipe Aenys dieron a Aegon un hermanito, al que llamaron Viserys. En el 34 d. C. nació Jaehaerys, su cuarto hijo y tercer varón. En el 36 d. C. llegó otra hija, Alysanne.

La princesa Rhaena tenía trece años cuando nació su hermana, pero, en palabras del gran maestre Gawen, «disfrutaba tanto con el bebé que se diría que era suyo». La hija mayor de Aenys y Alyssa era tímida y soñadora, y parecía más a gusto en compañía de los animales que con otros niños. De pequeña solía esconderse tras las faldas de su madre y aferrarse a la pierna de su padre en presencia de desconocidos, pero le encantaba dar de comer a los gatos que vivían en el castillo y siempre se llevaba un gatito o dos a la cama. Aunque su madre le buscaba una compañera tras otra, hijas de señores grandes y menores, Rhaena nunca se mostraba entusiasmada con ninguna de ellas y prefería refugiarse en los libros.

Sin embargo, cuando tenía nueve años le regalaron una dragona recién nacida en las dragoneras de Rocadragón, a la que llamó Fuegoensueño. Congenió con ella al instante, y en su compañía comenzó a superar la timidez. Cuando cumplió los doce años remontó el vuelo por primera vez, y a partir de entonces, si bien seguía siendo callada, a nadie se le habría ocurrido llamarla tímida. No mucho después, Rhaena tuvo su primera amiga de verdad, su prima Larissa Velaryon, y se hicieron inseparables… hasta que Larissa tuvo que volver a Marcaderiva para casarse con el segundo hijo del Lucero de la Tarde, señor de Tarth. Pero la juventud todo lo supera, y la princesa encontró pronto otra amiga: Samantha Stokeworth, hija de la Mano del Rey.

Cuenta la leyenda que fue la princesa Rhaena quien metió un huevo de dragón en la cuna de la princesa Alysanne, como había hecho con el príncipe Jaehaerys dos años atrás. De ser cierto, de esos huevos nacieron los dragones Ala de Plata y Vermithor, cuyos nombres harían correr tanta tinta en los anales de los años subsiguientes.

El príncipe Maegor y su madre, la reina Visenya, no compartían el entusiasmo de la princesa Rhaena ni el regocijo del reino por los infantes, ya que cada nuevo hijo de Aenys hacía retroceder un paso a Maegor en la línea de sucesión, e incluso había quienes decían que hasta las princesas estaban por encima de él. Mientras tanto, Maegor seguía sin descendencia, puesto que lady Ceryse no concibió durante los años que siguieron al matrimonio.

Sin embargo, en los torneos y el campo de batalla, las hazañas del príncipe Maegor dejaban en mantillas a su hermano. En el gran torneo de Aguasdulces del 28 d. C., Maegor desensilló a tres caballeros de la Guardia Real en sucesivas lizas antes de caer ante el campeón. En el combate de todos contra todos no hubo rival para él. Cuando terminó, su padre lo nombró caballero en el campo del torneo, con la legendaria Fuegoscuro. Así, a los dieciséis años, Maegor se convirtió en el caballero más joven de los Siete Reinos.

Sus proezas se sucedían. En el 29 d. C., y de nuevo en el 30 d. C., Maegor acompañó a Osmund Strong y Aethan Velaryon a los Peldaños de Piedra para acabar con el rey pirata lyseno Sargoso Saan, y participó en varias reyertas donde demostró ser valiente y letal. En el 31 d. C. persiguió y aniquiló al infame caballero ladrón de las Tierras de los Ríos al que llamaban el Gigante del Tridente.

Pese a todo, Maegor seguía sin convertirse en jinete de dragón. Durante los años postreros del reino de Aegon nació una docena en los fuegos de Rocadragón, pero, aunque se los ofrecían al príncipe, los rechazó todos. Cuando su sobrina Rhaena, con solo doce años, remontó el vuelo a lomos de Fuegoensueño, Maegor se convirtió en la comidilla de Desembarco del Rey. Cierto día, lady Alyssa se burló de él en plena corte al preguntarse en voz alta si su cuñado tendría miedo de los dragones. El príncipe Maegor enrojeció de cólera y respondió con voz gélida que no existía sino dragón digno de él.

Los siete últimos años del reinado de Aegon el Conquistador transcurrieron en paz. Tras el fracaso de la guerra Dorniense, el rey aceptó su independencia y, con ocasión del décimo aniversario del tratado de paz, voló a Lanza del Sol a lomos de Balerion para celebrar un «banquete de amistad» con Deria Martell, la princesa regente. El príncipe Aenys lo acompañó montado en Azogue, mientras que Maegor se quedó en Rocadragón. Aegon había unido los Siete Reinos a fuego y sangre, pero después de celebrar su sexagésimo día del nombre, en el 33 d. C., parecía más inclinado hacia el fuego del hogar. El séquito real seguía dedicando la mitad del año a los viajes, pero a partir de entonces lo encabezaron el príncipe Aenys y lady Alyssa, su esposa, quienes viajaban de castillo en castillo mientras el viejo rey repartía el tiempo entre Rocadragón y Desembarco del Rey.

La aldea de pescadores donde desembarcó Aegon en su día se había convertido en una ciudad dispersa y maloliente, hogar de un centenar de miles de personas; solo la superaban Antigua y Lannisport. Sin embargo, en muchos sentidos, Desembarco del Rey seguía siendo poco más que un campamento militar de proporciones grotescas: sucio, apestoso, espontáneo, provisional. Y el Fuerte de Aegon, que se había extendido en sentido descendente por la Colina Alta de Aegon, era el castillo más feo de los Siete Reinos, un batiburrillo de madera, adobe y ladrillo que había desbordado tiempo atrás las viejas empalizadas que tenía por muralla.

Sin duda, un lugar así era indigno de un gran rey. En el 35 d. C., Aegon se trasladó a Rocadragón con toda su corte y ordenó que demolieran el castillo para construir otro. Era su deseo que el nuevo fuera todo de piedra. Encomendó la supervisión de los planos y la construcción a lord Alyn Stokeworth, Mano del Rey, ya que ser Osmund Strong había muerto el año anterior, así como a la reina Visenya. En la corte se bromeaba con que Aegon había dejado a Visenya a cargo de la construcción de la Fortaleza Roja para no tener que soportar su presencia en Rocadragón.

Aegon el Conquistador murió de apoplejía en Rocadragón en el año 37 después de la Conquista. Sus nietos Aegon y Viserys se encontraban con él en aquel momento, en la Cámara de la Mesa Pintada, escuchando la narración de sus conquistas. Su hijo Maegor, que vivía en Rocadragón por aquel entonces, pronunció el panegírico mientras colocaban el cadáver en una pira funeraria en el patio del castillo. Le habían puesto la armadura y le habían colocado la empuñadura de Fuegoscuro entre los guanteletes. La costumbre de la casa Targaryen imponía que se incinerase a los difuntos en lugar de entregar sus restos a la tierra, y así había sido desde los tiempos de la antigua Valyria. Las llamas de Vhagar encendieron la pira. Fuegoscuro quedó rodeada de llamas junto con el rey, pero Maegor la recuperó cuando se consumió la hoguera. Aparte de la hoja oscurecida, no mostraba daño alguno: no hay fuego normal capaz de hacer mella en el acero valyrio.

Sobrevivieron al Dragón su hermana Visenya, sus hijos Aenys y Maegor, y cinco nietos. El príncipe Aenys tenía treinta años cuando murió su padre; el príncipe Maegor, veinticinco.

Aenys estaba en Altojardín de visita oficial cuando falleció Aegon, pero voló a Rocadragón a lomos de Azogue para asistir a la incineración. Cuando terminó, se puso la corona de hierro y rubíes de su padre, y el gran maestre Gawen lo proclamó Aenys de la casa Targaryen, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos, y Protector del Reino. Los señores que habían acudido a Rocadragón para despedirse de su rey se prosternaron e inclinaron ante él. Cuando llegó el turno del príncipe Maegor, Aenys lo ayudó a ponerse en pie, lo besó en la mejilla y dijo: «Hermano, no tienes que volver a arrodillarte nunca ante mí. Vamos a gobernar este reino juntos, tú y yo. —Tras estas palabras le entregó a Fuegoscuro, la espada de su padre—. Eres más digno de esgrimir esta espada que yo. Empúñala en mi nombre y me daré por satisfecho».

Los sucesos posteriores demostraron cuán erróneo fue ese legado. El príncipe Maegor ya había recibido a Hermana Oscura de manos de su madre, la reina Visenya, de modo que las dos espadas ancestrales de acero valyrio de la casa Targaryen quedaron en su poder. Sin embargo, a partir de esa fecha solo empuñaría a Fuegoscuro; Hermana Oscura quedó colgada en la pared de sus aposentos, en Rocadragón.

Cuando concluyeron las exequias, el nuevo rey y su séquito pusieron rumbo a Desembarco del Rey, donde esperaba el Trono de Hierro entre montones de barro y escombros. Habían derribado el viejo Fuerte de Aegon, y la colina estaba salpicada de fosos y túneles destinados a albergar los sótanos y los cimientos de la Fortaleza Roja, pero la construcción no había comenzado aún. No obstante, millares de personas acudieron a aclamar al rey Aenys cuando ascendió al trono de su padre.

De allí se trasladaron a Antigua para recibir la bendición del Septón Supremo. Aenys podría haber llegado en pocos días a lomos de Azogue, pero prefirió viajar por tierra, acompañado de trescientos caballeros con sus caballos y sus séquitos. La reina Alyssa iba a su lado, junto con sus tres hijos mayores. La princesa Rhaena tenía catorce años y era una joven hermosa que cautivaba el corazón de los caballeros en cuanto la veían; el príncipe Aegon tenía once años, y Viserys, ocho. A sus hermanos Jaehaerys y Alysanne los consideraron muy pequeños para un viaje tan arduo y se quedaron en Rocadragón. Desde Desembarco del Rey, la partida real se encaminó a Bastión de Tormentas y luego continuó hacia el oeste a través de las Marcas de Dorne, con destino a Antigua, alojándose en todos los castillos que quedaban a su paso. El camino de regreso se planificó para pasar por Altojardín, Lannisport y Aguasdulces.

A lo largo de toda la ruta acudieron centenares, millares de campesinos para vitorear a los nuevos reyes y saludar a los jóvenes príncipes. Pero, si bien Aegon y Viserys disfrutaban con las ovaciones de la multitud, y con los banquetes y fiestas que se organizaban en todos los castillos para entretenimiento del nuevo monarca y su familia, la princesa Rhaena retomó su antigua timidez. En Bastión de Tormentas, el maestre de Orys Baratheon llegó a escribir: «La princesa parecía no querer estar donde estaba ni aprobar nada de lo que veía u oía. Apenas comía; no participaba en las jornadas de caza y cetrería, y cuando le pedían que cantara, pues se dice que posee una voz preciosa, se negaba con brusquedad y se retiraba a sus aposentos». La princesa detestaba haber tenido que separarse de su dragona, Fuegoensueño, y de su favorita de entonces, Melony Piper, una pelirroja de las Tierras de los Ríos. Su reticencia a unirse a las celebraciones no terminó hasta que la reina Alyssa mandó ir a buscar a lady Melony para que los acompañara.

En el Septo Estrellado, el Septón Supremo ungió a Aenys Targaryen, igual que su predecesor al padre de este, y lo obsequió con una corona de oro amarillo con los rostros de los Siete engastados en jade y perlas. Sin embargo, mientras Aenys recibía la bendición del Padre de los Fieles, otros ponían en duda sus aptitudes para ocupar el Trono de Hierro. Poniente necesitaba un guerrero, se murmuraba, y el más fuerte de los dos hijos del Dragón era, sin duda, Maegor. Los chismorreos procedían ante todo de Visenya Targaryen, la reina viuda, de quien se cuenta que afirmó: «La verdad es tan evidente que hasta Aenys la ve. ¿Por qué, si no, iba a entregar Fuegoscuro a mi hijo Maegor? Sabe que es el único que posee la fuerza necesaria para gobernar».

El temple del nuevo rey se pondría a prueba antes de lo que nadie imaginaba. Las guerras de la Conquista habían dejado cicatrices por todo el reino: hijos que al cumplir la mayoría de edad soñaban con vengar a sus padres, fríos en la tumba; caballeros que añoraban los días en que un jinete con espada y armadura podía conquistar gloria y riqueza a golpe de espada; señores que recordaban los tiempos en que no necesitaban permiso del rey para cobrar tributos o matar a sus enemigos. «Las cadenas que forjó el Dragón aún pueden romperse —se decían los descontentos—.

Podemos recuperar la libertad, pero hay que atacar ahora, porque el nuevo rey es débil».

Las primeras incitaciones a la sublevación acontecieron en las Tierras de los Ríos, entre las colosales ruinas de Harrenhal. Aegon había entregado el castillo a ser Quenton Qoherys, su antiguo maestro de armas. Cuando este murió, al caerse del caballo en el 9 d. C., el título pasó a su nieto Gargon, un imbécil obeso con un indecoroso apetito por las jovencitas. Lord Gargon pronto adquirió la fama de presentarse en todas las bodas que se celebraban en sus dominios para reclamar su derecho de pernada, con lo que dieron en apodarlo Gargon el Invitado, aunque cuesta imaginar que nadie pudiera mandarle invitación. También se tomaba libertades con las esposas e hijas de sus criados.

El rey Aenys continuaba de viaje y estaba alojado en el castillo de lord Tully de Aguasdulces, en su camino de regreso a Desembarco del Rey, cuando el padre de una doncella que había recibido el «favor» de lord Qoherys dejó entrar en Harrenhal por una puerta trasera a un bandido que aseguraba ser nieto de Harren el Negro y se hacía llamar Harren el Rojo. Los forajidos sacaron al Invitado de la cama y lo llevaron a rastras al bosque de dioses, donde Harren le cortó los genitales y se los dio de comer a un perro. Mataron a unos cuantos soldados leales, y el resto aceptó a Harren, quien se declaró señor de Harrenhal y rey de los Ríos. No de las Islas, puesto que no era hijo del hierro.

Cuando la noticia llegó a Aguasdulces, lord Tully apremió al rey para que montase en Azogue y cayese sobre Harrenhal como había hecho su padre. Sin embargo, quizá recordando la muerte de su madre en Dorne, lo que hizo fue ordenar a lord Tully que convocase a sus banderizos, y esperar en Aguasdulces a que acudiesen. No se puso en marcha hasta que fueron un millar, y cuando llegaron a Harrenhal lo encontraron vacío, salvo por los cadáveres. Harren el Rojo había pasado por la espada a los criados de lord Gargon y se había refugiado en los bosques con su banda.

Cuando regresó a Desembarco del Rey, Aenys recibió noticias aún peores. En el Valle, Jonos Arryn, hermano del leal lord Ronnel, lo había derrocado y encarcelado, tras lo cual se había proclamado rey de la Montaña y el Valle. En las Islas del Hierro había emergido del mar un nuevo rey sacerdote que afirmaba ser Lodos el Dos Veces Ahogado, hijo del Dios Ahogado, que regresaba tras visitar a su padre. Para colmo, en lo alto de las Montañas Rojas de Dorne había surgido un aspirante a quien llamaban el Rey Buitre, el cual se dedicaba a incitar a los auténticos dornienses a vengarse de los agravios que los Targaryen habían infligido a su tierra. La princesa Deria renegó de él y juró que los dornienses leales y ella no querían sino la paz, pero miles de hombres bajaron de las colinas y subieron de las arenas para arracimarse en torno a sus estandartes y cruzar las montañas por caminos de cabras en dirección al Dominio.

«Este Rey Buitre está medio loco, y sus seguidores son una chusma indisciplinada que ni siquiera se lava —escribió lord Harmon Dondarrion al rey—. Se los huele a cincuenta leguas». Poco después, esa chusma atacó y ocupó el castillo de Refugionegro, y el Rey Buitre se encargó personalmente de cortar la nariz a Dondarrion, antes de prender fuego al castillo y seguir su camino.

El rey Aenys sabía que debía acabar con los rebeldes, pero era incapaz de decidir por dónde empezar. El gran maestre Gawen escribió que el soberano no asumía lo que estaba ocurriendo. ¿Acaso no lo adoraba el pueblo llano? Jonos Arryn, ese nuevo Lodos, el Rey Buitre… ¿Qué mal les había hecho? Si habían sufrido agravios, ¿por qué no acudían a él? «Los habría escuchado». Su alteza hablaba de enviar mensajeros a los rebeldes, de informarse de los motivos de sus actos. Mandó a la reina Alyssa y a sus hijos pequeños a Rocadragón por miedo a que no estuvieran a salvo en Desembarco del Rey, con Harren el Rojo vivo y no muy lejos. Ordenó a lord Alyn Stokeworth, su Mano, que comandase una flota y un ejército para ir al Valle a derrocar a Jonos Arryn y devolver el título a su hermano Ronnel; pero, cuando los barcos estaban a punto de zarpar, revocó la orden por temor a que la partida de Stokeworth dejase Desembarco del Rey indefenso. Envió únicamente a su Mano con unos cientos de hombres a dar caza a Harren el Rojo, y decidió convocar un gran consejo a fin de determinar la mejor manera de acabar con el resto de los rebeldes.

Mientras el rey se perdía en rodeos, sus señores pasaron a la acción, unos por propia iniciativa y otros en concierto con la reina viuda. En el Valle, lord Allard Royce de Piedra de las Runas se presentó en el Nido de Águilas con una cuarentena de banderizos leales y venció sin dificultad a los seguidores del autoproclamado rey de la Montaña y el Valle; pero, cuando exigieron la liberación de su señor legítimo, Jonos Arryn se lo envió a través de la Puerta de la Luna; ese fue el triste final de Ronnel Arryn, quien había volado tres veces alrededor de la Lanza del Gigante a lomos de un dragón.

Puesto que el Nido de Águilas era inexpugnable ante cualquier ataque convencional, el «rey» Jonos y sus obstinados seguidores escupieron su desafío a la cara de los leales al reino y se prepararon para el asedio…, hasta que en el cielo apareció el príncipe Maegor a lomos de Balerion. Por fin, el hijo menor del Conquistador había escogido un dragón: nada menos que el Terror Negro, el más grande de todos.

Antes que hacer frente al fuego de Balerion, la guarnición del Nido de Águilas prefirió hacer entrega a lord Royce de Jonos el Matasangre, tal como este había entregado a su hermano: a través de la Puerta de la Luna. La rendición salvó a los seguidores del usurpador de las llamas, pero no de la muerte: tras tomar posesión del Nido de Águilas, el príncipe Maegor los ejecutó uno por uno. Ninguno obtuvo el honor de morir por la espada, por muy alta que fuera su cuna: Maegor decretó que los traidores no merecían sino la soga, así que a los apresados los ahorcaron desnudos en la muralla del Nido de Águilas, donde murieron estrangulados lentamente sin dejar de patalear. Se nombró señor del Valle a Hubert Arryn, primo de los difuntos hermanos; dado que su esposa, una Royce de Piedra de las Runas, ya le había dado seis hijos, la descendencia de los Arryn se consideraba asegurada.

Con igual celeridad, en las Islas del Hierro, Goren Greyjoy, el Lord Segador de Pyke, acabó con el «rey» Lodos, el segundo de su nombre, al frente de un centenar de barcoluengos que cayeron sobre Viejo Wyk y Gran Wyk, donde los seguidores del farsante eran más numerosos. Los pasaron por la espada por millares, tras lo cual ser Goren puso en salmuera la cabeza del rey sacerdote y la envió a Desembarco del Rey. Al rey Aenys le agradó tanto el regalo que ofreció a Greyjoy cualquier gracia que pidiese. Mala decisión: lord Goren, en su deseo de demostrar que era un verdadero hijo del Dios Ahogado, solicitó el derecho de expulsar de las Islas del Hierro a todos los septones y septas que habían llegado tras la Conquista para convertir a los hijos del hierro al culto de los Siete. El rey Aenys no tuvo más remedio que aceptar.

Aún quedaba la mayor y más amenazadora de las rebeliones, la del Rey Buitre de las Marcas de Dorne. A pesar de que la princesa Deria seguía reprobándola desde Lanza del Sol, muchos sospechaban que jugaba a un doble juego, puesto que no marchaba contra los rebeldes; además se rumoreaba que les enviaba hombres, dinero y suministros. Cierto o no, centenares de caballeros dornienses y varios millares de lanceros curtidos en el campo de batalla se habían unido a la chusma del Rey Buitre, que había alcanzado proporciones inmensas, más de treinta mil hombres. Pero su tamaño provocó que el Rey Buitre tomara la mala decisión de dividir su ejército: mientras marchaba hacia Canto Nocturno y Colina Cuerno con la mitad de las fuerzas de Dorne, la otra mitad se dirigió a Yelmo de Piedra, hogar de la casa Swann, para levantar un asedio; al mando iba lord Walter Wyl, hijo del Amante de las Viudas.

Las dos huestes se encaminaban al desastre. Orys Baratheon, por aquel entonces conocido como Orys el Manco, partió de Bastión de Tormentas por última vez y aplastó a los dornienses al pie de la muralla de Yelmo de Piedra. Cuando llevaron a su presencia a Walter Wyl, herido pero con vida, lord Orys dijo: «Tu padre me cortó la mano; exijo la tuya en pago», y acto seguido le cortó la mano de la espada. A continuación, le cortó también la otra mano y los pies. «Y esto son los intereses», declaró. Lord Baratheon falleció en el camino de regreso a Bastión de Tormentas a causa de las heridas sufridas en combate, pero, por extraño que parezca, su hijo Davos siempre aseguró que murió contento, y que sonreía al contemplar las manos y los pies putrefactos que pendían de su tienda como una ristra de cebollas.

El Rey Buitre no salió mucho mejor parado. Tras fracasar en el intento de apoderarse de Canto Nocturno, abandonó el asedio y se dirigió al oeste, hasta que llegó lady Caron pisándole los talones, y a ella se unió Harmon Dondarrion, el mutilado señor de Refugionegro, al frente de una gran fuerza de infantería. Al mismo tiempo apareció lord Samwell Tarly de Colina Cuerno, quien atravesó la línea de avance de los dornienses con varios miles de caballeros y arqueros. Sam el Salvaje, lo llamaban, y en aquella batalla demostró ser digno del nombre al atravesar a docenas de dornienses con su gran espada de acero valyrio, Veneno de Corazón. Las fuerzas del Rey Buitre doblaban en número a las de sus tres enemigos juntos, pero carecían de entrenamiento y disciplina, y las filas se hicieron añicos al encontrarse con caballeros de armadura al frente y a la espalda. Soltaron lanzas y escudos, se dispersaron y corrieron hacia las lejanas montañas; pero los señores marqueños fueron en su pos y los masacraron en lo que se conoce como la Cacería del Buitre.

En cuanto al rey rebelde propiamente dicho, el que se hacía llamar Rey Buitre, Sam el Salvaje lo capturó con vida y lo ató desnudo entre dos postes. A los bardos les gusta decir que murió desgarrado por esos buitres que lo inspiraban, pero lo cierto es que pereció a causa de la sed y las inclemencias, y las aves no se cebaron en él hasta mucho después. En años posteriores, otros asumieron el título de Rey Buitre, pero nadie sabe si eran descendientes del primero. Aunque su muerte suele considerarse el final de la Segunda Guerra Dorniense, no resulta muy apropiado, ya que no participó ningún señor dorniense, y la princesa Deria continuó vilipendiando al Rey Buitre hasta el final y se abstuvo de participar en sus campañas.

El primer rebelde fue el último en caer, pero al fin lograron acorralar a Harren el Rojo en una aldea, al oeste del Ojo de Dioses. El rey bandido no murió con resignación: en su última batalla acabó con lord Alyn Stokeworth, Mano del Rey, antes de caer ante Bernarr Brune, su escudero. El rey Aenys mostró su agradecimiento nombrando caballero a Brune, y recompensó a Davos Baratheon, Samwell Tarly, Dondarrion el Desnarigado, Ellyn Caron, Allard Royce y Goren Greyjoy con oro, cargos y honores. El que cosechó más elogios fue su hermano: a su regreso a Desembarco del Rey, al príncipe Maegor lo aclamaron como a un héroe. El rey Aenys lo abrazó, en medio del coro de ovaciones de la multitud, y lo nombró Mano del Rey. Al final de ese año salieron del huevo dos dragones en las madrigueras de Rocadragón, y todos lo interpretaron como una señal.

Pero la concordia entre los hijos del Dragón no duró mucho.

Quizá fuera inevitable el conflicto, puesto que eran de muy distinta naturaleza. El rey Aenys amaba a su mujer, a sus hijos y a su gente, y a cambio solo esperaba que lo amaran. Cualquier inclinación que pudiera haber sentido por la espada y la lanza era cosa del pasado; prefería experimentar con la alquimia, la astronomía y la astrología; era aficionado a la música y al baile; se vestía con los más finos tejidos de seda, terciopelo y brocado, y disfrutaba en compañía de maestres, septones y eruditos. Su hermano Maegor, más alto y corpulento, y tremendamente fuerte, no tenía paciencia para nada de eso: vivía para la guerra, el combate y los torneos. Se había ganado la reputación de ser uno de los mejores caballeros de Poniente, aunque también eran famosos su salvajismo y su crueldad con los enemigos vencidos. El rey Aenys siempre trataba de complacer; cuando se enfrentaba a alguna dificultad, respondía con palabras tibias, mientras que la respuesta de Maegor era siempre acero y fuego. El gran maestre Gawen dejó escrito que Aenys confiaba en todos, y Maegor, en nadie; que el rey era tan voluble que se inclinaba a un lado o a otro como un junco a merced del viento, según el último consejo que hubiera oído; el príncipe Maegor, por el contrario, era rígido como una barra de hierro, intransigente, inflexible.

Pese a sus diferencias, los hijos del Dragón siguieron gobernando juntos en armonía durante casi dos años, pero en el 39 d. C., la reina Alyssa dio al rey Aenys otra heredera, una niña a la que llamó Vaella, quien por desgracia murió en la cuna poco después. Puede que fuesen las pruebas constantes de la fertilidad de la reina lo que incitó al príncipe Maegor. En cualquier caso, sorprendió tanto al reino como al rey cuando anunció de improviso que lady Ceryse era estéril, por lo que había tomado una segunda esposa: Alys Harroway, hija del nuevo señor de Harrenhal.

La boda se ofició en Rocadragón bajo los auspicios de Visenya, la reina viuda. El septón del castillo se negó a solemnizarla, de modo que Maegor y su nueva esposa se casaron por un rito valyrio, «la boda de sangre y fuego». El matrimonio se celebró sin el beneplácito ni la presencia del rey Aenys, que ni siquiera estaba enterado. Cuando se supo, los dos hermanos tuvieron una agria discusión, y su alteza no fue el único agraviado: Manfred Hightower, el padre de lady Ceryse, protestó ante el rey y exigió que Maegor repudiase a lady Alys; en el Septo Estrellado de Antigua, el Septón Supremo llegó más lejos y condenó el matrimonio de Maegor como pecado y fornicio; se refirió a la nueva esposa del príncipe como «la Ramera de Harroway» y bramó que ningún fruto de ese matrimonio sería un verdadero hijo de los Siete.

El príncipe Maegor persistió en su desafío. Señaló que su padre se había casado con sus dos hermanas; que los hombres de menor valía podían estar sujetos a los preceptos de la Fe, pero no así la sangre del dragón. Nada que dijera el rey Aenys podía sanar las heridas que había abierto su hermano. Muchos señores devotos censuraron el matrimonio a lo largo y ancho de los Siete Reinos, y empezaron a hablar abiertamente de la Ramera de Maegor.

Vejado y airado, el rey Aenys ordenó a su hermano que eligiese entre repudiar a Alys Harroway y volver con lady Ceryse, o pasar cinco años en el exilio. El príncipe Maegor optó por esto último y partió a Pentos en el 40 d. C. con lady Alys, su dragón Balerion y la espada Fuegoscuro. Se dice que Aenys pidió que le devolviera la espada, a lo que Maegor respondió: «Que vuestra alteza me la quite si puede». Lady Ceryse quedó abandonada en Desembarco del Rey.

Para reemplazar a Maegor como Mano, el rey Aenys eligió al septón Murmison, un clérigo devoto al que se creía capaz de sanar mediante la imposición de manos. Noche tras noche se las ponía a lady Ceryse en el vientre por orden del rey, con la esperanza de que su hermano se arrepintiera de su locura si su esposa legítima resultaba ser fértil, pero la dama pronto se cansó del rito nocturno y volvió a casa de su padre, Torrealta, en Antigua. Sin duda, su alteza confiaba en que esa decisión contribuyera a aplacar a la Fe, pero se equivocaba. Al septón Murmison no se le dio mejor sanar al reino que lograr que la reina Ceryse fuese fértil. El Septón Supremo continuó bramando improperios, y en los salones de todos los señores del reino se hablaba de la debilidad del rey. «¿Cómo va a gobernar los Siete Reinos cuando ni siquiera es capaz de controlar a su hermano?», se decía.

El rey seguía ajeno al descontento que se apoderaba del reino. La paz había vuelto; su conflictivo hermano estaba en la otra orilla del mar Angosto, y en la cima de la Colina Alta de Aegon se había empezado a construir un imponente castillo. La nueva residencia real, toda de piedra de un color bermejo claro, iba a ser más grande y fastuosa que Rocadragón, con gigantescos muros y barbacanas, y torres capaces de resistir ante cualquier enemigo. Los habitantes de Desembarco del Rey la llamaban la Fortaleza Roja, y tenía obsesionado al rey. «Mis descendientes gobernarán desde aquí durante un millar de años», declaró. Seguramente pensaba en esos descendientes cuando, en el 41 d. C., cometió el funesto error de anunciar que pretendía conceder la mano de su hija Rhaena a su hijo Aegon, el heredero del Trono de Hierro.

La princesa tenía dieciocho años, y el príncipe, quince. Siempre habían estado muy unidos, desde que jugaban juntos de pequeños. Aegon nunca había tenido dragón propio, pero había surcado los cielos en varias ocasiones con su hermana, a lomos de Fuegoensueño. Esbelto, atractivo y más alto año tras año, Aegon era la viva imagen de su abuelo a la misma edad, según se decía. Tres años de servicio como escudero habían agudizado su destreza con la espada y el hacha, y tenía fama de ser el mejor lancero de todos los jóvenes del reino. Por aquel entonces eran muchas las doncellas que le ponían ojos tiernos, y Aegon no era insensible a sus encantos. El gran maestre Gawen escribió a la Ciudadela: «Si no casamos al príncipe, puede que su alteza tenga que lidiar en breve con un nieto bastardo».

La princesa Rhaena también contaba con muchos pretendientes, pero, a diferencia de Aegon, no daba esperanzas a ninguno. Prefería pasar el día con sus hermanos, sus perros, sus gatos y su última favorita, Alayne Royce, hija del señor de Piedra de las Runas: una chica rolliza y poco agraciada, pero a la que quería tanto que a veces la llevaba a pasear a lomos de Fuegoensueño, como hacía con su hermano Aegon. Aunque lo más frecuente era que Rhaena volara sin compañía. Cuando llegó su decimosexto día del nombre, la princesa declaró que era una mujer adulta «libre de volar adonde me plazca».

Y cómo volaba. Se vio pasar a Fuegoensueño por lugares tan distantes como Harrenhal, Tarth, Piedra de las Runas y Puerto Gaviota. Se rumoreaba, aunque nunca hubo pruebas, que en uno de esos viajes entregó su virtud a un amante de baja cuna: un caballero andante, decían algunos; un bardo, el hijo de un herrero, el septón de una aldea, afirmaban otros. No faltan los que ven en esos rumores el motivo de que Aenys se viera impelido a casar a su hija cuanto antes. Conjeturas aparte, era evidente que Rhaena, a sus dieciocho años, estaba en edad de contraer matrimonio: era tres años mayor que sus padres cuando celebraron su boda.

Dadas las prácticas y las tradiciones de la casa Targaryen, el rey Aenys debió de considerar que el matrimonio entre sus dos hijos mayores era la opción más lógica. El afecto mutuo que sentían Rhaena y Aegon era de sobra conocido, y ninguno de ellos se opuso; se diría que ambos esperaban ese momento desde que empezaron a compartir juegos en las salas infantiles de Rocadragón y el Fuerte de Aegon.

La tormenta que desató el anuncio del rey los cogió a todos por sorpresa, por mucho que las señales saltaran a la vista para cualquiera que no estuviese ciego. La Fe había tolerado, o al menos pasado por alto, el matrimonio entre el Conquistador y sus hermanas, pero no estaba dispuesta a obrar de igual manera con sus nietos. La respuesta del Septo Estrellado fue una condena virulenta: el matrimonio entre hermana y hermano era obsceno, y sus vástagos serían «abominaciones a los ojos de los dioses y los hombres». Así lo proclamó el Septón Supremo en una exhortación que leyeron diez mil septones a lo largo y ancho de los Siete Reinos.

Aenys Targaryen tenía triste fama de indeciso, pero al verse confrontado con la ira de la Fe se reafirmó con terquedad. Visenya, la reina viuda, le advirtió que solo tenía dos opciones: olvidarse de ese matrimonio y elegir otras parejas para sus hijos, o subirse a Azogue, su dragona, volar a Antigua y reducir a cenizas el Septo Estrellado sobre la coronilla del Septón Supremo. Pero Aenys no hizo ni lo uno ni lo otro: se limitó a seguir en sus trece.

El día de la boda, las calles aledañas del Septo de la Conmemoración, construido en la cima de la Colina de Rhaenys y llamado así en recuerdo de la reina perdida del Dragón, estaban repletas de Hijos del Guerrero, ataviados con relucientes armaduras plateadas, que consignaban a los invitados a su paso, ya fuera a pie, a caballo o en litera. Los señores más sensatos se abstuvieron de acudir, seguramente porque se lo esperaban.

Los asistentes presenciaron algo más que una boda: en el banquete, el rey Aenys, haciendo gala de su proverbial falta de criterio, nombró príncipe de Rocadragón a Aegon, su más probable heredero. Un murmullo recorrió el salón, pues todos los presentes sabían que era el príncipe Maegor quien había poseído ese título hasta entonces. La reina Visenya se levantó de la mesa principal y salió sin esperar el permiso del rey; esa noche cabalgó a Vhagar y regresó a Rocadragón, y está escrito que, cuando la dragona pasó por delante de la luna, la esfera se volvió roja como la sangre.

Aenys Targaryen parecía no comprender el alcance del descontento que se había granjeado en el reino. Resuelto a recuperar el favor del pueblo, decidió que los príncipes partiesen en viaje real; sin duda pensaba en las ovaciones que cosechaba él allá donde fuera. La princesa Rhaena, quizá más espabilada que su padre, le pidió permiso para llevarse a Fuegoensueño, su dragona, pero Aenys se lo prohibió. El príncipe Aegon nunca había volado solo, y el rey temía que tanto señores como villanos lo consideraran poco varonil si lo veían viajar en palafrén mientras su esposa dirigía al dragón.

El rey había errado estrepitosamente al juzgar el talante del reino, la devoción de sus habitantes y el poder de las palabras del Septón Supremo. Desde el primer día, Aegon, Rhaena y su escolta se toparon por doquier con muchedumbres de fieles que los abucheaban. En Poza de la Doncella no dieron con septón alguno que quisiera bendecir el banquete que organizó lord Mooton en su honor. Cuando llegaron a Harrenhal, lord Lucas Harroway se negó a recibirlos en el castillo mientras no reconociesen a su hija Alys como esposa legítima de su tío. Tal negativa no les ganó el favor de los devotos, sino tan solo una noche en unas tiendas húmedas y frías a los pies de las imponentes torres del inmenso castillo de Harren el Negro. En una aldea de las Tierras de los Ríos, un grupo de Clérigos Humildes llegó a arrojarles terrones. El príncipe Aegon desenvainó la espada dispuesto a escarmentarlos, pero sus caballeros lo detuvieron porque los otros eran muy superiores en número, lo cual no impidió que la princesa Rhaena cabalgara hacia ellos y los amenazara: «Está claro que no tenéis miedo de enfrentaros a una chica montada a caballo. La próxima vez vendré en dragón; a ver si entonces os atrevéis a tirarme puñados de tierra».

En el resto del reino, la situación iba de mal en peor. Al septón Murmison, Mano del Rey, lo expulsaron de la Fe como castigo por oficiar la boda anatematizada. Aenys escribió una carta al Septón Supremo, de su puño y letra, para pedirle que perdonase «al bueno de Murmison» y explicarle la larga historia de los matrimonios entre hermanos en la antigua Valyria. La respuesta del Septón Supremo fue tan virulenta que su alteza palideció al leerla: lejos de ablandarse, el Padre de los Fieles llamaba a Aenys «Rey Abominación» y lo acusaba de impostor y tirano, indigno de gobernar los Siete Reinos.

Los fieles no hicieron caso omiso. No había transcurrido ni una quincena cuando un enjambre de Clérigos Humildes surgió de un callejón y cayó, hacha en mano, sobre el septón Murmison cuando pasaba en su palanquín; lo descuartizaron. Los Hijos del Guerrero comenzaron a fortificar la Colina de Rhaenys y convirtieron el Septo de la Conmemoración en su ciudadela. Aún faltaban años para completar la construcción de la Fortaleza Roja, y el rey consideró que su mansión de la Colina de Visenya era demasiado vulnerable, así que se preparó para marcharse a Rocadragón con la reina Alyssa y sus hijos pequeños. Sabia precaución: tres días antes de la partida, dos Clérigos Humildes escalaron la tapia de la mansión y entraron en los aposentos del rey. Aenys se salvó de una muerte innoble gracias a la rápida intervención de la Guardia Real.

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