Fuego y sangre
Los hijos del Dragón
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Su alteza abandonó la Colina de Visenya, pero tuvo que enfrentarse a la reina Visenya en persona. En Rocadragón, la reina viuda lo recibió con estas famosas palabras: «Sobrino, eres un necio y un débil. ¿Te parece que a tu padre se habrían atrevido a hablarle así? Tienes un dragón: úsalo. Vuela a Antigua y convierte el Septo Estrellado en el nuevo Harrenhal. O dame permiso para flambear a ese bobo santurrón en tu nombre».
Aenys no quiso escucharla: la envió a sus habitaciones de la Torre del Dragón Marino y le prohibió salir de ellas.
A finales del 41 d. C., gran parte del reino se hallaba inmersa en una rebelión bien orquestada contra la casa Targaryen. Los cuatro falsos reyes que habían surgido a la muerte de Aegon el Conquistador no parecían sino necios con ínfulas en comparación con la amenaza del nuevo levantamiento, puesto que los nuevos rebeldes se creían soldados de los Siete en una guerra santa contra un tirano impío.
Docenas de señores devotos de todos los rincones de los Siete Reinos se hicieron eco del clamor, arrancaron los estandartes del rey y se declararon a favor del Septo Estrellado. Los Hijos del Guerrero tomaron las puertas de Desembarco del Rey, asumieron el control de las idas y venidas de la ciudad y echaron a los obreros de la Fortaleza Roja, a medio construir. Los Clérigos Humildes inundaron las calles por millares y obligaron a los viajeros a declararse «a favor de los dioses o de la abominación»; llevaron su protesta a las puertas de los castillos para forzar a sus señores a abjurar del rey Targaryen. En las Tierras del Oeste, el príncipe Aegon y la princesa Rhaena tuvieron que interrumpir el viaje y buscar cobijo en el castillo de Refugio Quebrado. Un enviado del Banco de Hierro de Braavos, que había acudido a Antigua para tratar con Martyn Hightower, el nuevo señor de Torrealta y Voz de Antigua tras la muerte de su padre, lord Manfred, hacía unas lunas, envió una carta en la que decía que el Septón Supremo era «el verdadero rey de Poniente en todo, menos en el título».
La llegada del nuevo año encontró al rey Aenys en Rocadragón, enfermo de miedo e indecisión. Su alteza tenía tan solo treinta y cinco años, pero se dice que aparentaba sesenta, y según el gran maestre Gawen solía irse a la cama con calambres de estómago y las tripas flojas. Como los remedios del gran maestre resultaban ineficaces, la reina viuda se hizo cargo del cuidado del rey, y Aenys mejoró durante un tiempo, hasta que recibió la noticia de que miles de Clérigos Humildes habían rodeado Refugio Quebrado, donde se alojaban sus hijos como «huéspedes» involuntarios. El rey perdió el sentido y falleció al cabo de tres días.
Aenys Targaryen, el primero de su nombre, fue entregado a las llamas en el patio de Rocadragón, como su padre antes que él. Asistieron a las exequias sus hijos Viserys y Jaehaerys, de doce y siete años, y su hija Alysanne, de cinco. Su viuda, la reina Alyssa, entonó un canto fúnebre en su honor, y fue su adorada Azogue quien encendió la pira, aunque está escrito que Vermithor y Ala de Plata unieron después su fuego.
La reina Visenya no asistió. Poco después de la muerte del rey había montado a lomos de Vhagar y cruzado el mar Angosto en dirección al este. Cuando volvió iba acompañada del príncipe Maegor, montado en Balerion.
Maegor se detuvo en Rocadragón tan solo el tiempo necesario para reclamar la corona; no la ornamentada corona de oro que lucía Aenys, con sus imágenes de los Siete, sino la de hierro de su padre, engastada de rubíes rojos como la sangre. Su madre se la puso, y los señores y caballeros presentes se arrodillaron cuando se proclamó Maegor de la casa Targaryen, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino.
El único que se atrevió a protestar fue el gran maestre Gawen. El anciano señaló que, en virtud de las leyes de sucesión ratificadas por el propio Conquistador tras la Conquista, el Trono de Hierro correspondía a Aegon, el hijo del rey Aenys. «El Trono de Hierro es del hombre que tenga fuerza para conquistarlo», replicó Maegor, tras lo cual condenó a muerte al gran maestre y le cortó la canosa cabeza de un solo tajo con Fuegoscuro.
La reina Alyssa no estaba con sus hijos para presenciar la coronación de Maegor. Se los había llevado de Rocadragón horas después de la incineración de su marido, al castillo de su padre, cerca de Marcaderiva. Cuando Maegor se enteró, se encogió de hombros y se retiró a la Cámara de la Mesa Pintada en compañía de un maestre, para dictarle cartas dirigidas a señores grandes y menores de todo el reino.
Ese mismo día alzó el vuelo un centenar de cuervos. Al día siguiente voló Maegor en persona. Cruzó la bahía del Aguasnegras en dirección a Desembarco del Rey a lomos de Balerion, acompañado por Visenya, la reina viuda, montada en Vhagar. El regreso de los dragones desató revueltas por toda la ciudad: centenares de personas trataron de huir, pero se encontraron las puertas cerradas y atrancadas. Los Hijos del Guerrero se habían apoderado de la muralla de la urbe, de los cimientos y pilares de la inacabada Fortaleza Roja y de la Colina de Rhaenys, donde se habían hecho fuertes en el Septo de la Conmemoración. Los Targaryen alzaron sus estandartes en la Colina de Visenya y convocaron a sus leales, que acudieron por miles. Visenya Targaryen proclamó rey a su hijo Maegor. «Un verdadero rey de la sangre de Aegon el Conquistador, quien fue mi hermano, mi marido y mi amado. Si alguien impugna el derecho de mi hijo al Trono de Hierro, que venga y lo argumente cuerpo a cuerpo».
Los Hijos del Guerrero se apresuraron a aceptar el desafío. Descendieron a caballo por la Colina de Rhaenys, setecientos caballeros ataviados con armaduras plateadas, con su gran capitán al frente: ser Damon Morrigen, llamado Damon el Devoto.
—Dejémonos de palabras —le dijo Maegor—. Que lo decidan las espadas.
Ser Damon aceptó; aseguró que los dioses le concederían la victoria, puesto que su causa era justa.
—Que cada lado tenga siete adalides, según la costumbre de los ándalos de antaño. ¿Tienes seis hombres dispuestos a defender tu causa? —preguntó.
Maegor estaba solo, puesto que Aenys se había llevado a la Guardia Real a Rocadragón. Se volvió hacia la muchedumbre y gritó:
—¿Quién quiere luchar al lado de su rey?
Muchos retrocedieron asustados o fingieron no haberlo oído, ya que la destreza de los Hijos del Guerrero era de sobra conocida. Pero al fin se presentó un voluntario: no era un caballero, sino un simple soldado que se hacía llamar Dick Habichuela.
—He estado al servicio del rey desde que era un muchacho —anunció—, y pretendo morir al servicio del rey.
Fue entonces cuando dio un paso al frente el primer caballero.
—¡Una habichuela nos cubre de vergüenza a todos! —gritó—. ¿Es que no hay caballeros de verdad? ¿Ningún leal?
El que así habló fue Bernarr Brune, el antiguo escudero que había acabado con Harren el Rojo, nombrado caballero por el rey Aenys en persona. El escarnio animó a otros a ofrecer sus espadas. Los nombres de los cuatro que eligió Maegor pasaron a los anales de la historia de Poniente: ser Bramm de Barconegro, un caballero andante; ser Rayford Rosby; ser Guy Lothston, a quien llamaban Guy Glotón, y ser Lucifer Massey, señor de Piedratormenta.
También se recuerdan los nombres de los siete Hijos del Guerrero: ser Damon Morrigen, el llamado Damon el Devoto, gran capitán de los Hijos del Guerrero; ser Lyle Bracken; ser Harys Horpe, apodado Harry Testamuerta; ser Aegon Ambrose; ser Dickon Flores, el Bastardo de Beesbury; ser Willam el Vagabundo, y ser Garibald de las Siete Estrellas, el caballero septón. Está escrito que Damon el Devoto dirigió una plegaria al Guerrero para suplicarle que insuflara fuerza a sus armas. Cuando terminó, la reina viuda dio la orden y empezó el combate.
Dick Habichuela fue el primero en morir, casi al instante, por la espada de Lyle Bracken. Sobre lo que ocurrió después, las crónicas son de lo más variado: una dice que, cuando el gordísimo ser Guy Glotón recibió un tajo en el vientre, se desparramaron los restos de cuarenta empanadas a medio digerir; otra, que ser Garibald de las Siete Estrellas entonaba un himno de victoria mientras luchaba. Varias dejan constancia de que lord Massey le cortó el brazo a Harys Horpe. Según una versión, Harry Testamuerta empuñó el hacha de guerra con la otra mano y se la clavó a lord Massey entre ceja y ceja; otros cronistas dan a entender que ser Harys no hizo otra cosa que caer sin vida. Algunos cuentan que la lucha duró horas; otros, que la mayoría de los combatientes yacían agonizantes nada más empezar. Pero todos coinciden en que se presenciaron grandes proezas y se intercambiaron fortísimos golpes, hasta que solo quedó Maegor Targaryen frente a Damon el Devoto y Willam el Vagabundo. Los dos Hijos del Guerrero estaban gravemente heridos, y su alteza esgrimía a Fuegoscuro, pero el combate estuvo equilibrado. Al tiempo que caía, ser Willam asestó al rey un terrible golpe en la cabeza que le partió el yelmo y lo dejó sin sentido. Muchos creyeron que había muerto, hasta que su madre le quitó el yelmo quebrado y dijo: «El rey respira. El rey está vivo». La victoria fue suya.
Habían perecido siete de los más poderosos Hijos del Guerrero, incluido su comandante, pero quedaban más de setecientos, armados y apostados en torno a la cima de la colina. La reina Visenya ordenó que llevaran a su hijo con los maestres, y cuando los porteadores de la camilla descendieron por la colina, los Espadas de la Fe cayeron de rodillas en señal de sumisión. La reina viuda les ordenó regresar a su septo fortificado, en la Colina de Rhaenys.
Maegor Targaryen pasó veintisiete días a las puertas de la muerte, rodeado de maestres que le administraban pócimas y cataplasmas, y de septones que rezaban junto a su lecho. En el Septo de la Conmemoración, los Hijos del Guerrero alzaban también sus plegarias y debatían su futuro: algunos creían que a la orden no le quedaba más remedio que aceptar a Maegor como rey, puesto que los dioses lo habían bendecido con la victoria; otros insistían en que habían jurado obedecer al Septón Supremo y debían seguir luchando.
Entonces llegó la Guardia Real desde Rocadragón. Bajo las órdenes de la reina viuda Visenya, se pusieron al mando de los millares de leales a los Targaryen que había en la ciudad y rodearon la Colina de Rhaenys. En Marcaderiva, la reina viuda Alyssa proclamó que su hijo Aegon era el verdadero rey, pero pocos le prestaron atención. El joven príncipe, que aún no había alcanzado la mayoría de edad, estaba en Refugio Quebrado, a medio reino de distancia, atrapado en un castillo rodeado de Clérigos Humildes y campesinos devotos que, en su mayoría, lo consideraban una abominación.
En la Ciudadela de Antigua, los archimaestres se reunieron en cónclave para debatir la sucesión y nombrar al nuevo gran maestre. Entretanto, una riada de millares de Clérigos Humildes fluía en dirección a Desembarco del Rey: los del oeste seguían a ser Horys Colina, un caballero andante, mientras que a la cabeza de los del sur iba un gigante armado con un hacha al que llamaban Wat el Talador. Cuando las harapientas hordas que rodeaban Refugio Quebrado levantaron el campamento para unirse a la marcha de sus compañeros, el príncipe Aegon y la princesa Rhaena pudieron partir por fin. Se olvidaron del viaje real y se dirigieron a Roca Casterly, donde lord Lyman Lannister les ofreció protección. Fue su mujer, lady Jocasta, la primera en darse cuenta de que la princesa Rhaena estaba encinta, según dejó escrito su maestre.
El vigesimoctavo día posterior al Juicio de los Siete llegó un barco de Pentos con la marea vespertina; en él viajaban dos mujeres y seiscientos mercenarios. Alys de la casa Harroway, segunda esposa de Maegor Targaryen, regresaba a Poniente… y acompañada. Con ella llegaba otra mujer, una belleza pálida de cabello como ala de cuervo a la que se conocía simplemente como Tyanna de la Torre o como Tyanna de Pentos, concubina de Maegor según algunos y amante de lady Alys según otros. Tyanna, hija natural de un magíster pentoshí, había ascendido de bailarina de taberna a cortesana; también se rumoreaba que era una hechicera y una envenenadora. Se contaban muchas historias extrañas sobre ella, pero en cuanto llegó, la reina Visenya despidió a los maestres y septos de su hijo y lo confió al cuidado de Tyanna.
A la mañana siguiente, el rey se levantó al salir el sol. Cuando Maegor apareció en la muralla de la Fortaleza Roja, entre Alys Harroway y Tyanna de Pentos, la multitud prorrumpió en tremendas ovaciones y la ciudad estalló en una celebración. Pero la fiesta terminó cuando Maegor montó en Balerion y descendió sobre la Colina de Rhaenys, donde setecientos Hijos del Guerrero rezaban sus oraciones matutinas en el septo fortificado. Mientras el fuegodragón engullía el edificio, arqueros y lanceros esperaban en el exterior a aquellos que atravesaran las puertas. Se dijo que los alaridos de los hombres envueltos en llamas se oían por toda la ciudad, y Desembarco del Rey quedó sumida en el humo durante días. Así halló su cruento final la flor y nata de los Hijos del Guerrero. A pesar de que quedaban otros en Antigua, Lannisport, Puerto Gaviota y Septo de Piedra, la orden nunca recobraría su antigua fuerza.
Pese a todo, la guerra del rey Maegor contra los Militantes de la Fe no había hecho más que empezar, e iba a durar todo su reinado. El primer acto del rey al ascender al Trono de Hierro fue ordenar a los Clérigos Humildes que deambulaban por la ciudad que depusieran las armas, bajo pena de proscripción y muerte. Al ver que la orden no surtía efecto, su alteza instó a «todos los señores leales» a dispersar por la fuerza a las zarrapastrosas hordas de la Fe. En respuesta, el Septón Supremo pidió desde Antigua a «los verdaderos y devotos hijos de los dioses» que se alzasen en armas para defender la Fe y acabar con aquel reinado de «dragones, monstruos y abominaciones».
La primera batalla tuvo lugar en el Dominio, en la ciudad de Puente de Piedra: nueve mil Clérigos Humildes que seguían a Wat el Talador se vieron atrapados entre seis huestes de nobles cuando intentaban cruzar el Mander. Con las fuerzas divididas entre las orillas norte y sur, el ejército de Wat acabó despedazado. Sus seguidores, sin entrenamiento ni disciplina, pertrechados de cuero endurecido, tela basta y fragmentos de acero oxidado, armados en su mayoría con hachas de leñador, palos afilados y aperos de labranza, no tenían la menor oportunidad de resistir la carga de la caballería pesada equipada con armaduras. Tamaña fue la matanza que el Mander fluyó teñido de rojo a lo largo de veinte leguas; a partir de entonces, la ciudad y el castillo escenario de la batalla pasaron a llamarse Puenteamargo. Al gigantesco Wat lo atraparon con vida, pero antes tuvo tiempo de acabar con media docena de caballeros, entre los que se encontraba lord Meadows de Valdehierba, comandante del ejército real. Lo enviaron a Desembarco del Rey cargado de cadenas.
Mientras tanto, ser Horys Colina había llegado al Gran Forca del Aguasnegras con una hueste aún mayor: casi trece mil Clérigos Humildes, a los que se habían unido dos centenares de Hijos del Guerrero montados a caballo, procedentes de Septo de Piedra, y los caballeros y vasallos feudales de una docena de señores rebeldes de las Tierras del Oeste y las Tierras de los Ríos. Lord Rupert Falwell, a quien llamaban el Bufón Batallador, encabezaba las filas de los devotos que habían respondido a la llamada del Septón Supremo; a su lado cabalgaban ser Lyonel Lorch, ser Alyn Terrick, lord Tristifer Wayn, lord Jon Lychester y muchos otros poderosos caballeros. El ejército de la Fe contaba con veinte mil efectivos.
Pero el ejército del rey Maegor contaba con otros tantos, con prácticamente el doble de caballería, sin olvidar un gran contingente de arqueros ni al propio rey montado en Balerion. Pese a todo, la batalla fue encarnizada. El Bufón Batallador acabó con dos caballeros de la Guardia Real antes de caer ante el señor de Poza de la Doncella. Jon Hogg el Grande, que luchaba del lado del rey, reunió a sus hombres, encabezó una carga a través de las filas de los fieles y obligó a los Clérigos Humildes a batirse en retirada, a pesar de que un tajo de espada lo había dejado ciego al comienzo de la batalla. Se desató una tempestad que ahogó las llamas de Balerion pero no pudo sofocarlas por completo, y el rey Maegor, entre humo y gritos, se abalanzó una y otra vez sobre sus enemigos para envolverlos en fuego. La victoria llegó al caer la noche, cuando los Clérigos Humildes supervivientes tiraron las hachas y se dispersaron en todas direcciones.
Maegor regresó triunfante a Desembarco del Rey y volvió a ocupar el Trono de Hierro. Cuando le entregaron a Wat el Talador, encadenado pero con actitud combativa, Maegor usó el hacha que había esgrimido el gigante para cortarle las extremidades y ordenó a los maestres que lo mantuvieran vivo «para que pueda asistir a mi boda». Acto seguido declaró su intención de tomar a Tyanna de Pentos como tercera esposa. A pesar de los rumores de que su madre, la reina viuda, no sentía ninguna simpatía por la hechicera pentoshí, el único que se atrevió a oponerse abiertamente fue el gran maestre Myros, quien le dijo: «Vuestra única esposa legítima os espera en Torrealta». El monarca escuchó en silencio; luego descendió del trono, desenvainó a Fuegoscuro y lo mató allí mismo.
Maegor Targaryen y Tyanna de la Torre se casaron en la Colina de Rhaenys, rodeados de los huesos y cenizas de los Hijos del Guerrero. Se dice que Maegor tuvo que ejecutar a una docena de septones hasta dar con uno dispuesto a oficiar la ceremonia. Contaron con la presencia de Wat el Talador, cuya vida habían preservado para la ocasión.
También asistió la reina Alyssa, viuda del rey Aenys, con Viserys, Jaehaerys y Alysanne, sus hijos pequeños. La visita de la reina viuda Visenya y de Vhagar la había persuadido para abandonar su refugio de Marcaderiva y volver a la corte, donde tanto Alyssa como sus hermanos y primos de la casa Velaryon rindieron homenaje a Maegor como auténtico rey. La viuda de Aenys tampoco se libró de unirse al resto de las damas en la ceremonia de encamamiento, presidida por Alys Harroway, la segunda esposa del rey: se vio obligada a desvestir a su alteza y acompañarlo a la cámara nupcial, donde se iba a consumar el matrimonio. Después, Alyssa y las demás damas se retiraron, pero Alys se quedó para unirse al rey y a su nueva esposa en una noche de lujuria.
En Antigua, en el otro extremo del reino, el Septón Supremo se desgañitaba en vilipendios hacia «la abominación y sus rameras», y Ceryse de la casa Hightower, la primera esposa del rey, se empecinaba en reivindicar su condición de única reina legítima de Maegor. En las Tierras del Oeste, Aegon Targaryen, príncipe de Rocadragón, y su esposa Rhaena afianzaban su rebeldía.
Durante los agitados sucesos que rodearon la coronación de Maegor, el hijo del rey Aenys y su esposa estuvieron alojados en Roca Casterly; mientras, avanzaba la gestación de la princesa Rhaena. La mayoría de los caballeros y jóvenes señores que iban con ellos durante el fatídico viaje real los habían abandonado a toda prisa para acudir a Desembarco del Rey e hincar la rodilla ante Maegor. Hasta las doncellas y damas de compañía de Rhaena la habían dejado con cualquier excusa, excepción hecha de su amiga Alayne Royce y su anterior favorita, Melony Piper, quien se presentó en Lannisport con sus hermanos a jurarle la lealtad de su casa.
El príncipe Aegon, considerado heredero del Trono de Hierro durante toda su vida, se encontró de repente con que la Fe lo vilipendiaba y los amigos que creía leales lo dejaban de lado. Los seguidores de Maegor, cuyo número parecía crecer de día en día, no tenían reparo en afirmar que Aegon era «el hijo de su padre», que había heredado la debilidad que acarreó la ruina del rey Aenys; bastaba con saber que nunca había tomado las riendas de un dragón, mientras que Maegor cabalgaba a Balerion y hasta la princesa Rhaena, esposa de Aegon, volaba en Fuegoensueño desde que tenía doce años. Proclamaron que la asistencia de la reina Alyssa a la boda de Maegor era la prueba de que ni la mismísima madre de Aegon apoyaba ya su causa. A pesar de que Lyman Lannister, señor de Roca Casterly, se mantuvo firme contra la orden de Maegor de enviar a Aegon y su hermana a Desembarco del Rey «encadenados, si fuera menester», ni siquiera él se atrevía a consagrar su espada al joven al que llamaban el Aspirante y Aegon el Incoronado.
Así las cosas, la princesa Rhaena se encontraba en Roca Casterly cuando dio a luz a las hijas gemelas de Aegon, a las que llamaron Aerea y Rhaella. Desde el Septo Estrellado volvió a alzarse la mordaz letanía del Septón Supremo: las niñas también eran abominaciones, fruto del incesto y la lujuria, malditas ante los dioses. El maestre de Roca Casterly que la atendió en el parto dejó escrito que la princesa Rhaena suplicó a su marido, el príncipe, que se marcharan a la otra orilla del mar Angosto, a Tyrosh, Myr o Volantis, a cualquier sitio donde quedaran fuera del alcance de su tío, porque: «No dudaría en dar la vida por hacerte rey, pero no estoy dispuesta a arriesgar la de nuestras hijas». Pero sus palabras cayeron en oídos sordos y sus lágrimas se derramaron en vano, puesto que el príncipe Aegon estaba decidido a reclamar su derecho de nacimiento.
Los albores del 43 d. C. encontraron al rey Maegor en Desembarco del Rey, donde supervisaba en persona la edificación de la Fortaleza Roja. Demolió y modificó gran parte de lo ya erigido; contrató constructores y artesanos nuevos, y creó pasillos y túneles secretos que serpenteaban por las profundidades de la Colina Alta de Aegon. Cuando se erigieron las torres de piedra roja, el rey mandó construir otro castillo dentro del castillo, un reducto fortificado rodeado de un foso seco, que pronto pasaría a llamarse el Torreón de Maegor.
Ese mismo año, Maegor nombró Mano a lord Lucas Harroway, padre de su esposa, la reina Alys. Pero no eran sus consejos los que escuchaba. Si su alteza gobernaba los Siete Reinos, a él lo gobernaban sus tres reinas, decían los rumores: la reina Visenya, su madre; la reina Alys, su amante, y la reina bruja pentoshí Tyanna, a quien apodaban la Señora de los Rumores, o la Corneja del Rey por su melena negra. Se decía que hablaba con las arañas y las ratas, y que todas las sabandijas de Desembarco del Rey acudían a ella por las noches para acusar a cualquier necio imprudente que se hubiera atrevido a hablar mal del rey.
Mientras tanto, por los caminos y florestas del Dominio, el Tridente y el Valle pululaban aún millares de Clérigos Humildes. A pesar de que nunca volverían a concentrar grandes fuerzas para plantar cara al rey en batalla abierta, los Estrellas continuaban la lucha a menor escala: asaltaban a los viajeros y merodeaban por ciudades, pueblos y castillos mal defendidos, matando a cuantos leales al rey se topaban. Ser Horys Colina había sobrevivido a la batalla del Gran Forca, pero la derrota y la huida habían enturbiado su prestigio y contaba con pocos seguidores. Los nuevos cabecillas de los Clérigos Humildes eran sujetos como Silas el Harapiento, el Septón Luna y Dennis el Cojo, que en poco se distinguían de simples bandidos. Entre los capitanes más despiadados estaba Jeyne Poore Caradeviruela, cuyos salvajes seguidores hacían impracticables para los viajeros honrados todos los bosques que se extendían entre Desembarco del Rey y Bastión de Tormentas.
Por su parte, los Hijos del Guerrero habían nombrado un nuevo gran capitán: ser Joffrey Doggett, el Perro Rojo de las Colinas, un hombre resuelto a devolver su antigua gloria a la orden. Cuando ser Joffrey salió de Lannisport para ir a ver al Septón Supremo y pedirle su bendición, lo acompañaba un centenar de hombres a caballo. A su llegada a Antigua se le habían unido tantos caballeros, escuderos y jinetes libres, que la compañía ya contaba dos millares. En el resto del reino, otros señores descontentos y hombres de fe se reunían y conspiraban para derrocar a los dragones.
Nada de eso pasó desapercibido. Los cuervos volaban a todos los rincones del reino para convocar a señores y caballeros hacendados de lealtad dudosa a Desembarco del Rey, a fin de que se prosternaran, rindieran pleitesía y dejaran a un hijo en garantía de su obediencia. Se proscribió a los Estrellas y Espadas: unirse a ellos conllevaba la pena de muerte. Al Septón Supremo se le ordenó comparecer en la Fortaleza Roja, donde le esperaba un juicio por alta traición.
Su altísima santidad respondió desde el Septo Estrellado con la contraorden de que el rey se presentara en Antigua para impetrar el perdón de los dioses por sus pecados e iniquidades. Muchos fieles se hicieron eco del desafío: algunos señores devotos acudieron a Desembarco del Rey a doblegarse y entregar rehenes, pero la mayoría prefirió confiar en su número y en la solidez de su castillo como protección.
El rey Maegor dejó supurar el veneno durante medio año, enfrascado como estaba en la construcción de su Fortaleza Roja. Fue su madre quien asestó el primer golpe: la reina viuda montó en Vhagar y anegó de fuego y sangre las Tierras de los Ríos, como había hecho en Dorne tiempo atrás. En una sola noche ardieron las sedes de las casas Blanetree, Terrick, Deddings, Lychester y Wayn.
Entonces, Maegor en persona montó en Balerion y voló a las Tierras del Oeste, donde hizo arder los castillos de los Broome, Falwell, Lorch y demás «señores devotos» que habían desobedecido su llamada. El último al que redujo a cenizas fue el de la casa Doggett; el fuego consumió las vidas del padre, la madre y la hermana pequeña de ser Joffrey, y se llevó también a sus espadas juramentadas, sus criados y todo lo que les había pertenecido. Luego, Vhagar y Balerion dejaron atrás las columnas de humo que se levantaban de las Tierras del Oeste y las Tierras de los Ríos, y se dirigieron al sur. Durante la Conquista, un lord Hightower diferente, aconsejado por un Septón Supremo diferente, había abierto las puertas de Antigua; pero en esa ocasión parecía que el destino de la ciudad más grande y populosa de Poniente era ser pasto de las llamas.
Miles de personas huyeron de Antigua aquella noche, por las puertas de la ciudad o a bordo de barcos, rumbo a puertos lejanos; millares abarrotaron las calles en ebria festividad. «Es la noche de cantar, beber y pecar —se decían—, porque mañana justos y pecadores seremos pasto de las llamas»; otros se reunieron en los septos, los templos y los bosques antiguos para rezar por su salvación. En el Septo Estrellado, el Septón Supremo bramaba, tronaba y clamaba por que los dioses descargaran su ira sobre los Targaryen. Los archimaestres de la Ciudadela celebraron un cónclave. La Guardia de la Ciudad se dedicó a llenar sacos de arena y cubos de agua para combatir el fuego que, sin duda, llegaría. En las almenas de la muralla se apostaron ballestas, escorpiones, bombardas y lanceros con la esperanza de derribar a los dragones cuando aparecieran. Doscientos Hijos del Guerrero, a las órdenes de ser Morgan Hightower, un hermano menor del señor de Antigua, salieron en bandada de la sala capitular y rodearon el Septo Estrellado con un cerco de acero para defender a su altísima santidad. En la cúspide del faro de Torrealta, el gran fanal se tornó de un verde funesto cuando lord Martyn Hightower convocó a sus banderizos. Antigua esperaba el amanecer y la llegada de los dragones.
Y los dragones llegaron. Primero Vhagar, al alba, y luego Balerion, justo antes del mediodía. Pero se encontraron las puertas de la ciudad abiertas, las almenas desiertas y los estandartes de las casas Targaryen, Tyrell y Hightower colgados unos junto a otros en la muralla. Visenya, la reina viuda, fue la primera en conocer la noticia: a la hora más oscura de aquella larga y terrorífica noche había muerto el Septón Supremo.

Aquel hombre tan incansable como valiente, que por entonces contaba cincuenta y tres años y parecía gozar de una excelente salud, era célebre por su fortaleza. Más de una vez había pasado día y noche inmerso en sus rezos, sin comer ni dormir. Su muerte repentina conmocionó a la ciudad y desalentó a sus seguidores. La causa suscita conjeturas aún hoy en día. Unos dicen que su altísima santidad se suicidó, quizá por cobardía para no enfrentarse a la ira del rey Maegor, o quizá en un noble acto de sacrificio para salvar del fuegodragón a las buenas gentes de Antigua. Otros aseguran que los dioses le arrebataron la vida en castigo por los pecados de soberbia, herejía, traición y arrogancia.
Aún son más los convencidos de que murió asesinado, pero ¿a manos de quién? Hay quienes señalan a ser Morgan Hightower por orden de su hermano, pues se lo había visto salir de las estancias privadas del Septón Supremo aquella noche; otros, a lady Patrice Hightower, una tía soltera de lord Martyn con fama de bruja quien, cierto es, pidió audiencia a su altísima santidad al anochecer, aunque seguía vivo cuando se marchó. También se sospecha de los archimaestres de la Ciudadela: aunque nadie se pone de acuerdo en si recurrieron a las artes oscuras, a un asesino o a un pergamino envenenado, aquella noche se cruzaron muchos mensajes entre la Ciudadela y el Septo Estrellado. No faltan los que creen que la muerte del Septón Supremo no fue obra de ninguno de ellos y apuntan a otra culpable con fama de hechicera: Visenya Targaryen, la reina viuda.
Seguramente nunca sabremos la verdad, pero la rápida reacción de lord Martyn cuando la noticia llegó a Torrealta es indiscutible. De inmediato envió a sus caballeros a desarmar y apresar a los Hijos del Guerrero, entre los que se encontraba su propio hermano. Se abrieron las puertas de la ciudad y se colgaron estandartes de la casa Targaryen en la muralla. Antes de que llegaran a avistarse las alas de Vhagar, los hombres de lord Hightower sacaron de la cama a los Máximos Devotos y los condujeron al Septo Estrellado a punta de lanza, para que nombrasen un nuevo Septón Supremo.
No hizo falta repetir la votación: de forma casi unánime, los hombres y mujeres sabios de la Fe se decantaron por un tal septón Pater, un anciano de noventa años ciego, jorobado y débil, pero de carácter notoriamente afable, que estuvo a punto de derrumbarse bajo el peso de la Corona de Cristal cuando se la colocaron. Pero cuando Maegor Targaryen se presentó ante él en el Septo Estrellado, se mostró más que dispuesto a bendecirlo como rey y ungirlo con los óleos sagrados, por mucho que resultara incapaz de recordar las palabras de la ceremonia.
La reina Visenya y Vhagar volvieron enseguida a Rocadragón, pero el rey Maegor se quedó en Antigua casi medio año, durante el cual celebró audiencias y presidió juicios. A los Espadas prisioneros se les ofrecieron dos opciones: quienes renunciaran a su lealtad a la orden podrían viajar al Muro y vivir el resto de sus días como hermanos juramentados de la Guardia de la Noche; quienes se negaran a renunciar podrían morir como mártires de su fe. Tres de cada cuatro prefirieron vestir el negro. Se ajustició a los restantes, aunque a siete, caballeros de renombre e hijos de señores, se les concedió el honor de morir decapitados por Fuegoscuro a manos del rey Maegor. Del resto se encargaron sus antiguos compañeros de armas. Entre todos ellos, solo uno obtuvo el pleno indulto del rey: ser Morgan Hightower.
El nuevo Septón Supremo disolvió de forma oficial las órdenes de los Hijos del Guerrero y los Clérigos Humildes, y les ordenó que depusieran las armas en nombre de los dioses. Su altísima santidad proclamó que los Siete ya no necesitaban guerreros, puesto que en adelante sería el Trono de Hierro quien protegiera y defendiera a la Fe. El rey Maegor concedió un plazo a los Militantes de la Fe supervivientes, hasta final de año, para rendir las armas y abandonar la rebelión, tras lo cual se pagaría una recompensa por quienes no hubiesen obedecido: un dragón de oro por la cabeza de cada Hijo del Guerrero rebelde y un venado de plata por la «cabellera piojosa» de cada clérigo humilde.
El Septón Supremo no puso ninguna objeción. Los Máximos Devotos, tampoco.
Durante su estancia en Antigua, el rey aprovechó para reconciliarse con la reina Ceryse, su primera esposa y hermana de lord Hightower, su anfitrión. Su alteza accedió a reconocer a sus demás esposas, tratarlas con honor y respeto y no volver a denostarlas. Maegor, por su parte, juró restituir a Ceryse todos los derechos, tributos y privilegios que le correspondían como su esposa y reina legítima. En Torrealta se organizó un gran banquete de reconciliación que incluyó un encamamiento y una «segunda consumación», para que todos supieran que era una unión amorosa y verdadera.
No se sabe cuánto tiempo pretendía quedarse en Antigua el rey Maegor, porque a finales del 43 d. C. volvió a ver amenazado su trono. Su larga ausencia de Desembarco del Rey no había pasado desapercibida a su sobrino, el príncipe Aegon, quien no dejó escapar la oportunidad. Aegon el Incoronado y su esposa Rhaena salieron por fin de Roca Casterly, cruzaron a toda velocidad las Tierras de los Ríos con un puñado de acompañantes y entraron en la ciudad, ocultos bajo sacos de grano. Con tan pocos seguidores, Aegon no osó sentarse en el Trono de Hierro, pues sabía que no duraría; habían ido a buscar a Fuegoensueño, la dragona de Rhaena, y Aegon tenía intención de llevarse también a Azogue, la de su padre. En la arriesgada incursión contaron con la ayuda de amigos que estaban en la corte de Maegor, hastiados de la crueldad del rey. Los príncipes entraron en Desembarco del Rey en un carro de mulas, pero salieron a lomos de dragones, volando uno junto a otro.
Aegon y Rhaena regresaron a las Tierras del Oeste para reunir un ejército. Como los Lannister de Roca Casterly aún no se atrevían a secundar abiertamente la causa del príncipe Aegon, sus partidarios se agruparon en el castillo de la Princesa Rosada, sede de la casa Piper. Jon Piper, señor de la Princesa Rosada, había puesto su espada al servicio del príncipe, pero era el parecer general que la instigadora había sido su pasional hermana Melony, la amiga de la infancia de Rhaena. Fue en la Princesa Rosada donde Aegon Targaryen descendió del cielo a lomos de Azogue, acusó a su tío de tirano y usurpador y exhortó a todos los hombres honrados a unirse bajo su estandarte.
La mayoría de los señores y caballeros que acudieron eran de las Tierras del Oeste y los Ríos; entre los señores estaban lord Tarbeck, lord Roote, lord Vance, lord Charlton, lord Frey, lord Paege, lord Parren, lord Farman y lord Westerling, además de lord Corbray del Valle, el Bastardo de Fuerte Túmulo y el cuarto hijo del señor del Nido del Grifo. De Lannisport llegaron quinientos hombres bajo el estandarte de ser Tyler Colina, un bastardo de Lyman Lannister: mediante aquella argucia, el astuto señor de Roca Casterly enviaba apoyo al joven príncipe sin mancharse las manos, por si acaso prevalecía Maegor. A la cabeza de las fuerzas de los Piper no iban lord Jon ni sus hermanos, sino su hermana Melony, lanza en ristre y ataviada con una cota de malla masculina. Cuando Aegon el Incoronado emprendió la marcha por las Tierras de los Ríos para defender su derecho al Trono de Hierro, quince mil hombres se habían unido a su rebelión; él iba al frente a lomos de Azogue, la adorada dragona del rey Aenys.
Aunque en sus filas contaba con curtidos comandantes y diestros caballeros, no había ningún gran señor que sustentara la causa del príncipe Aegon. Pero la reina Tyanna, la Señora de los Rumores, advirtió por carta a Maegor de que Bastión de Tormentas, el Nido de Águilas, Invernalia y Roca Casterly habían estado comunicándose en secreto con Alyssa, la reina viuda de su hermano. Requerían pruebas de que el príncipe de Rocadragón tenía posibilidades de vencer antes de declararse a su favor. El príncipe Aegon necesitaba una victoria.
Maegor no le dio el gusto. Lord Harroway y lord Tully salieron de Harrenhal y Aguasdulces; en Desembarco del Rey, ser Davos Darklyn, de la Guardia Real, se puso al frente de cinco mil espadachines y se encaminó al oeste para salir al paso de los rebeldes; del Dominio acudieron lord Peake, lord Merryweather y lord Caswell con sus ejércitos. La hueste del príncipe Aegon, en su lento avance, se encontró cercada por todos lados: ningún contingente era tan grande como el suyo, pero tan numerosos que el joven príncipe, que solo tenía diecisiete años, no sabía qué dirección tomar. Lord Corbray le aconsejó que afrontase a los enemigos por separado antes de que pudiesen unir fuerzas, pero Aegon detestaba la idea de dispersarse y decidió continuar el avance hacia Desembarco del Rey.
Al sur del Ojo de Dioses se topó con los desembarqueños de Davos Darklyn que le cortaban el camino, apostados en terreno elevado y protegidos tras un muro de lanzas; al mismo tiempo, los exploradores lo informaron de que lord Merryweather y lord Caswell se acercaban desde el sur, y lord Tully y lord Harroway, desde el norte. El príncipe Aegon ordenó atacar, con la esperanza de abrirse camino entre los desembarqueños antes de que los demás leales a su hermano le cayeran por los flancos, y montó en Azogue para dirigir el ataque en persona. Pero apenas había remontado el vuelo cuando oyó gritos, miró abajo y vio que sus hombres señalaban algo: Balerion, el Terror Negro, había aparecido en el cielo del sur.
Había llegado el rey Maegor.
Por primera vez desde la Maldición de Valyria, en el cielo lucharon dragón contra dragón mientras, a sus pies, comenzaba la batalla.
Azogue, cuyo tamaño no era ni la cuarta parte del de Balerion, no era rival para él, y sus bolas de fuego blanco se disolvían en las gigantescas llamaradas negras del dragón mayor y más fiero. El Terror Negro cayó sobre ella desde arriba, le cerró las mandíbulas alrededor del cuello y le arrancó un ala. La joven dragona cayó en picado entre humo y alaridos, y el príncipe Aegon, con ella.
La batalla en tierra fue casi igual de breve, aunque más sangrienta. Cuando cayó Aegon, los rebeldes comprendieron que su causa estaba perdida y huyeron, abandonando armas y armaduras. Pero los ejércitos del rey los tenían rodeados; no había escapatoria. Al caer la noche habían muerto dos mil hombres de Aegon, frente a un centenar de los del rey. Entre las bajas estaban lord Alyn Tarbeck; Denys Nieve, conocido como el Bastardo de Fuerte Túmulo; lord Ronnel Vance; ser Willam Whistler; Melony Piper y tres de sus hermanos, además del príncipe de Rocadragón, Aegon el Incoronado de la casa Targaryen. Entre los leales al rey, la única baja notable fue ser Davos Darklyn, de la Guardia Real, a manos de lord Corbray y Dama Desesperada. Siguió medio año de juicios y ejecuciones. La reina Visenya convenció a su hijo de que perdonase la vida a algunos señores rebeldes, aunque perdieron sus tierras y títulos y se vieron obligados a entregar rehenes.
Hay un nombre que destaca por su ausencia del recuento de muertos y cautivos: Rhaena Targaryen, hermana y esposa de Aegon, no se había unido al ejército. A día de hoy no existe acuerdo en si fue por orden del príncipe o por decisión propia; lo único que se sabe es que, cuando partió Aegon, ella se quedó en el castillo de la Princesa Rosada con sus hijas… y con Fuegoensueño. ¿Habría supuesto alguna diferencia para el príncipe contar con un segundo dragón en la batalla? Nunca lo sabremos, pero hay voces que señalan, acertadamente, que la princesa Rhaena no era guerrera, y que Fuegoensueño, más joven y pequeña que Azogue, no representaba la menor amenaza para Balerion el Terror Negro.
Cuando la noticia llegó al Oeste y la princesa Rhaena se enteró de que había perdido a su esposo y a su amiga lady Melony, se dice que reaccionó con un silencio sepulcral. Le preguntaron por qué no lloraba, a lo que repuso: «No tengo tiempo para lágrimas». Dicho aquello, por temor a la ira de su tío, fue a buscar a sus hijas, Aerea y Rhaella, y emprendió la huida, primero hacia Lannisport y luego a través del mar hacia Isla Bella, donde se refugió con lord Marq Farman, cuyo padre y hermano mayor, partidarios del príncipe Aegon, habían muerto en la batalla; este juró que bajo su techo no sufriría daño alguno. Los habitantes de Isla Bella pasaron casi un año vigilando el cielo del este, temerosos de ver aparecer las sombrías alas de Balerion, pero Maegor no acudió. El rey victorioso volvió a la Fortaleza Negra y se entregó con ahínco a la tarea de procurarse un heredero.
El 44 d. C. fue un año pacífico en comparación con los anteriores, aunque los maestres que escribieron las crónicas de la época aseguran que el aire seguía impregnado de olor a sangre y fuego. Maegor I Targaryen ocupaba el trono y veía crecer la Fortaleza Roja a su alrededor, pero en su corte reinaba un talante lúgubre y deprimido, pese a la presencia de las tres reinas o quizá precisamente por eso. Cada noche se llevaba a una a la cama, pero seguía sin descendencia, sin más herederos que los hijos de su hermano Aenys. Lo llamaban Maegor el Cruel y Matasangre, aunque a riesgo de perecer si llegaba a sus oídos.
En Antigua falleció el anciano Septón Supremo, y otro ocupó su lugar. Pese a que no pronunció palabra alguna contra el rey ni sus reinas, la enemistad entre Maegor y la Fe seguía presente. Los Clérigos Humildes sufrían persecución y perecían a cientos por la recompensa que ofrecía el rey por sus cabezas, pero quedaban miles vagando por los bosques, las florestas y los sotos de los Siete Reinos, maldiciendo a los Targaryen hasta el último aliento. Una banda llegó a coronar a su propio Septón Supremo, en la persona del bruto barbudo apodado Septón Luna. También quedaban algunos Hijos del Guerrero, cuyo cabecilla era Joffrey Dogget, el Perro Rojo de las Colinas. Proscrita y condenada, la orden ya no contaba con fuerza para enfrentarse al rey en batalla abierta, así que el Perro Rojo los enviaba disfrazados de caballeros andantes a dar caza y aniquilar a los leales a los Targaryen y a los «traidores a la Fe». La primera víctima fue ser Morgan Hightower, antiguo miembro de la orden, a quien despedazaron en el camino de Colmenar. El anciano lord Merryweather fue el siguiente, seguido del hijo y heredero de lord Peake, del anciano padre de Davos Darklyn y hasta de Jon Hogg el Ciego. A pesar de la recompensa de un dragón de oro por cada cabeza de Hijo del Guerrero, los campesinos y la gente humilde del reino los protegían, recordando lo que habían sido.
En Rocadragón, Visenya, la reina viuda, se había quedado escuálida y macilenta, hecha un saco de huesos. La reina Alyssa y su hija Alysanne también seguían en la isla, prisioneras en todos los sentidos, ya que no oficialmente. El príncipe Viserys, el mayor de los hijos supervivientes de Aenys y Alyssa, tuvo que acudir a la corte en respuesta a la llamada de su alteza. El muchacho, de quince años y muy prometedor, apreciado por el pueblo, se convirtió en escudero del rey…, con un caballero de la Guardia Real pegado como una sombra, a fin de apartarlo de cualquier complot o traición.
Durante un breve período, en aquel 44 d. C., pareció que el rey por fin tendría el hijo que ansiaba con tanta desesperación. La reina Alys anunció que estaba encinta y la corte se regocijó. El gran maestre Desmond la confinó al lecho mientras durara la gestación y se hizo cargo de su cuidado, con ayuda de dos septas, una comadrona y las hermanas de la reina, Jeyne y Hanna. Maegor insistió en que sus demás esposas la asistieran también.
Sin embargo, durante la tercera luna de su confinamiento, lady Alys sufrió una fuerte hemorragia y perdió al niño. Cuando el rey Maegor fue a verlo se encontró, para su horror, con un monstruo de extremidades retorcidas, cabeza enorme y sin ojos. «¡No puede ser hijo mío!», bramó angustiado. Pronto su angustia se tornó en furia, y ordenó la ejecución inmediata de la comadrona y las septas que cuidaban a la reina, así como la del gran maestre Desmond; solo se salvaron las hermanas de Alys.
Se dice que Maegor estaba sentado en el Trono de Hierro con la cabeza del gran maestre entre las manos cuando apareció la reina Tyanna y le dijo que lo habían engañado, que el bebé no era de su semilla. Que, al ver a la reina Ceryse regresar a la corte envejecida, amargada y sin hijos, Alys Harroway empezó a temer que correría la misma suerte si no le daba un hijo, de modo que pidió ayuda a su señor padre, la Mano del Rey. Las noches que el rey compartía el lecho con la reina Ceryse o la reina Tyanna, Lucas Harroway enviaba hombres al de su hija para que la dejaran en estado. Maegor se negó a creerlo: arrojó a Tyanna la cabeza del gran maestre y la llamó bruja celosa y estéril. «Las arañas no mienten», replicó la Señora de los Rumores, y entregó al rey una lista de nombres.
En ella figuraban veinte hombres que supuestamente habían entregado su semilla a la reina Alys. Viejos y jóvenes, apuestos y vulgares, caballeros y escuderos, señores y sirvientes, incluso palafreneros, herreros y bardos; parecía que la Mano del Rey había tejido una red extensa. Solo tenían una cosa en común: todos habían demostrado su fertilidad y engendrado hijos saludables.
Todos menos dos confesaron bajo tortura. Uno, padre de doce hijos, aún tenía el oro que le había pagado lord Harroway por sus servicios. El interrogatorio se llevó a cabo deprisa y en secreto, de modo que lord Harroway y la reina Alys no sospecharon nada hasta que la Guardia Real fue a por ellos. A la reina Alys la sacaron a rastras de la cama, y tuvo que presenciar la muerte de sus hermanas, que trataban de protegerla. A su padre, que estaba inspeccionando la Torre de la Mano, lo tiraron desde el tejado y se estrelló contra el suelo de piedra. También prendieron a los hijos, hermanos y sobrinos de Harroway, y los arrojaron a las estacas del foso seco del Torreón de Maegor. Algunos tardaron mucho tiempo en morir; Horas Harroway, el simplón, resistió varios días. No tardaron en seguirlos los veinte nombres de la lista de la reina Tyanna, y otra docena de hombres a quienes estos acusaron.
La peor muerte se reservó para la reina Alys: se la entregaron a su hermana nupcial Tyanna para que la torturase. No hablaremos de ello, porque hay cosas que es mejor sepultar y olvidar; baste decir que duró casi quince días y que Maegor fue testigo de toda su agonía. Cuando terminó, le partieron el cuerpo en siete trozos y los clavaron en estacas sobre las siete puertas de la ciudad, donde quedaron hasta pudrirse.
El rey Maegor salió de Desembarco del Rey, reunió una hueste considerable de caballeros y soldados y marchó contra Harrenhal para terminar de destruir la casa Harroway. El gran castillo levantado a orillas del Ojo de Dioses estaba poco defendido, y su castellano, sobrino de lord Lucas y primo de la difunta reina, abrió las puertas al ver llegar al rey. La rendición no lo salvó: su alteza pasó por la espada a toda la guarnición, junto con todos los hombres, mujeres y niños que consideró que tenían alguna gota de sangre Harroway. Después se dirigió a Aldea de Lord Harroway, en el Tridente, y repitió la operación.
A partir de ese derramamiento de sangre se empezó a decir que Harrenhal estaba maldito, ya que todas las casas que se habían asentado allí habían tenido un final acerbo y sangriento. Pese a todo, muchos ambiciosos leales codiciaban el imponente castillo de Harren el Negro, con sus extensas y fértiles tierras; tantos que el rey Maegor se hartó de sus ruegos y resolvió que Harrenhal sería para el más fuerte. Veintitrés caballeros del rey se enfrentaron a espada, maza y lanza en las calles empapadas de sangre de Aldea de Lord Harroway. Se alzó con la victoria ser Walton Towers, y Maegor lo nombró señor de Harrenhal…, pero el combate había sido cruento y ser Walton no vivió lo suficiente para disfrutar el cargo: las heridas acabaron con él en menos de quince días. Harrenhal pasó a su hijo mayor, aunque con las tierras muy mermadas, ya que el rey entregó Aldea de Lord Harroway a lord Alton Butterwell, y el resto de las propiedades de los Harroway, a lord Darnold Darry.
Cuando Maegor volvió por fin a Desembarco del Rey para sentarse en el Trono de Hierro se encontró con la noticia de la muerte de su madre, la reina Visenya. Y no solo eso: aprovechando la confusión que siguió a la pérdida de la reina viuda, la reina Alyssa y sus hijos habían huido de Rocadragón con los dragones Vermithor y Ala de Plata, y nadie conocía su paradero; por si fuera poco, habían tenido la osadía de robar a Hermana Oscura.
Su alteza ordenó incinerar el cadáver de su madre, y enterrar los huesos y las cenizas junto a los del Conquistador. Después mandó a la Guardia Real en busca de su escudero, el príncipe Viserys. «Encadenadlo en una celda negra e interrogadlo sin piedad —ordenó—. Preguntadle adónde ha ido su madre».
«Tal vez no lo sepa», repuso ser Owen Bush, un caballero de la Guardia Real de Maegor. «Entonces, que muera —fue la famosa respuesta del rey—. Puede que así la muy zorra aparezca para las exequias».