Fuego y sangre
La Primavera Lysena y el fin de la regencia
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Muchos se preguntan el porqué de la aparente contención de la nueva Mano y sus aliados en aquel callejón sin salida. Ser Marston contaba con varios centenares de hombres dentro de la Fortaleza Roja, y los capas doradas de ser Lucas Leygood sumaban más de dos mil. El Torreón de Maegor era un reducto formidable, sin duda, pero la defensa era pobre. De los lysenos que habían llegado a Poniente con lady Larra, solo Sandoq la Sombra y seis más seguían a su lado, puesto que el resto había partido al Valle con su hermano Moredo. Unos pocos leales a lord Rowan habían conseguido entrar en el torreón antes de que cerraran las puertas, pero entre ellos no había ningún caballero, escudero ni soldado, como tampoco entre los que atendían al rey.
Sí había un caballero de la Guardia Real, pero ser Raynard Ruskyn era un prisionero; los lysenos lo habían herido y reducido nada más comenzar la rebelión del rey. Champiñón relata que las damas de la reina Daenaera se vistieron con cota de malla y empuñaron lanzas para dar la impresión de que el rey Aegon contaba con más defensores de los que tenía en realidad, pero sin duda esa treta no habría engañado mucho tiempo a ser Marston y sus hombres, si es que llegaron a creérsela en algún momento.
Por lo tanto, cabe preguntarse por qué Marston Mares no se limitó a asaltar el torreón. Hombres le sobraban. Por mucho que algunos hubieran caído ante Sandoq y los demás lysenos, ni siquiera la Sombra podría haber resistido hasta el final. Sin embargo, la Mano se contuvo y prosiguió con sus intentos de poner fin mediante palabras al «asedio secreto», como pasaría a conocerse más adelante aquella confrontación, cuando lo más probable es que las espadas lo hubieran concluido de un plumazo.
Hay quien asevera que la reticencia de ser Marston era simple cobardía, que temía enfrentarse a la espada de Sandoq, el gigante lyseno, pero parece improbable. Algunas lenguas dicen que los defensores del Torreón de Maegor (el rey en persona según algunos; su hermano según otros) habían amenazado con ahorcar al miembro de la Guardia Real que tenían cautivo al primer indicio de ataque, pero Champiñón lo tacha de «mentira podrida».
La explicación más probable es la más sencilla. Marston Mares no era un gran caballero ni un buen hombre, en eso coincide la mayoría de los estudiosos. Pese a ser bastardo, había obtenido el título caballeresco y alcanzado una modesta posición en la mesnada del rey Aegon II, pero probablemente ahí habría concluido su ascenso de no ser porque su parentesco con ciertos pescadores de Rocadragón llevó a Larys Strong a preferirlo a otros cien caballeros de mayor valía para que ocultara al rey durante el auge de Rhaenyra. No cabía duda de que en los años transcurridos desde entonces había logrado un considerable ascenso, hasta convertirse en lord comandante de la Guardia Real, pasando por delante de hombres de más alta cuna y mucha mejor reputación. Como Mano del Rey sería el hombre más poderoso del reino hasta que Aegon III fuera mayor de edad, pero en el momento decisivo, bajo el peso de sus votos y su propio honor de bastardo, dudó. No deseoso de deshonrar la capa blanca que lucía ordenando un ataque contra el rey al que había jurado proteger, ser Marston descartó las escalas, los arpeos y el asalto, y continuó confiando en la razón de las palabras (y puede que en el hambre, porque las provisiones del torreón no podían durar mucho).
A la mañana del duodécimo día del asedio secreto, llevaron a Thaddeus Rowan cargado de cadenas para que confesara sus delitos.
El septón Bernard detalla las supuestas afrentas: había aceptado sobornos consistentes en oro y muchachas (criaturas exóticas de La Sirena, dice Champiñón, cuanto más jóvenes, mejor); había enviado a Moredo Rogare al Valle para despojar a ser Arnold Arryn de su herencia legítima; había conspirado con Puño de Roble para derrocar a Unwin Peake como Mano del Rey; había ayudado a expoliar el Banco Rogare de Lys, defraudando y empobreciendo así a «muchos buenos y leales ponientíes de alta cuna y digna posición»; había elegido a su hijo para un puesto de mando «del que era a todas luces indigno», lo que acarreó miles de muertes en las Montañas de la Luna.
Y lo más repudiable de todo: se lo acusaba de haber conspirado con los tres Rogare para envenenar al rey Aegon y su consorte, con intención de sentar al príncipe Viserys en el Trono de Hierro, con Larra de Lys como su reina. «El veneno que emplearon se llama “lágrimas de Lys” —declaró Bernard, y el gran maestre Munkun lo confirmó—. Aunque los Siete os salvaron, alteza, la vil conspiración de lord Rowan se cobró la vida de vuestro joven amigo Gaemon», concluyó.

Cuando el Septón terminó de recitar, ser Marston Mares dijo: «Lord Rowan ha confesado todos esos crímenes», e hizo una seña a George Graceford, el lord confesor, para que hiciese avanzar al prisionero. Lord Thaddeus llevaba pesados grilletes con cadenas en los tobillos, y tenía el rostro tan hinchado y amoratado que costaba reconocerlo; al principio no se movió, hasta que lord Graceford lo pinchó con la punta del puñal, y entonces habló en voz débil: «Ser Marston dice la verdad, alteza. Lo he confesado todo. Loth me prometió cincuenta mil dragones de oro cuando estuviera hecho, y otros cincuenta mil cuando Viserys subiera al trono. El veneno me lo dio Roggerio». Tan vacilante era su discurso, tan arrastradas las palabras, que en las almenas hubo quienes creyeron que estaba borracho, hasta que Champiñón señaló que le faltaban todos los dientes.
La confesión dejó mudo al rey Aegon III. No acertó sino a quedarse mirando, con tal desesperación reflejada en el semblante que Champiñón temió que estuviera a punto de arrojarse desde las almenas a las picas de abajo para reunirse con su primera reina.
Fue el príncipe Viserys quien respondió.
—¿Y qué hay de mi esposa, lady Larra? —gritó—. ¿También estuvo involucrada en la conspiración, señor mío?
—Sí —respondió lord Rowan con un decidido asentimiento.
—¿Y yo? —preguntó el príncipe.
—Sí, vos también —declaró lord Rowan con voz apática.
La respuesta pareció sorprender a Marston Mares, mientras que lord George Graceford se mostró claramente contrariado.
—¿Y Gaemon Peloclaro? Me imagino que fue él quien envenenó la tartaleta —continuó Viserys con sarcasmo.
—Si mi príncipe lo dice, así es —musitó Thaddeus Rowan.
—Gaemon era tan culpable como cualquiera de nosotros: de nada —dijo el príncipe dirigiéndose a su hermano, el rey.
—Lord Rowan, ¿fuisteis vos quien envenenó al rey Viserys? —intervino Champiñón.
—Sí, fui yo. Lo confieso —respondió la antigua Mano con un asentimiento.
El semblante del rey se endureció.
—Ser Marston —dijo el monarca—, este hombre es mi Mano y es inocente de traición. Aquí los traidores son quienes lo torturaron para obtener falsas confesiones. Detened al lord confesor si amáis a vuestro rey; de lo contrario, sabré que sois tan falso como él. —Sus palabras resonaron en el patio interior, y en aquel momento, Aegon III, el muchacho quebrado, pareció todo un rey.
A día de hoy, aún hay quienes afirman que ser Marston Mares no era sino un pelele, un caballero sencillo y honrado víctima del engaño, instrumento de hombres más hábiles, mientras que otros sostienen que estuvo involucrado en la conspiración desde el principio, pero se volvió contra sus cómplices cuando sintió que cambiaban las tornas.
Fuera como fuera, ser Marston obedeció la orden del rey. La Guardia Real apresó a lord Graceford y lo arrastró a la mazmorra que había sido su señorío aquella misma mañana. A lord Rowan le quitaron las cadenas, y a sus caballeros y criados los sacaron de las celdas y los devolvieron a la luz del día.
No fue necesario someter a tortura al lord confesor: bastó la visión de los instrumentos para que proporcionara los nombres de los demás conspiradores. Nombró, entre otros, al difunto ser Amaury Peake, a ser Mervyn Flores de la Guardia Real, a Tessario el Tigre, al septón Bernard, a ser Gareth Long, a ser Victor Risley, a ser Lucas Leygood de los capas doradas, junto con seis de los siete capitanes de las puertas de la ciudad, y hasta a tres damas de la reina.
No todos se rindieron con mansedumbre. Cuando fueron a por Lucas Leygood, en la Puerta de los Dioses se desató una breve pero encarnizada batalla que acabó con nueve muertos, el propio Leygood entre ellos. Tres de los capitanes acusados huyeron antes de que pudieran apresarlos, con una docena de sus hombres. Tessario el Tigre también trató de escapar, pero lo capturaron en una taberna portuaria, cerca de la Puerta del Río, mientras negociaba el precio del pasaje a Puerto de Ibben con el capitán de un ballenero ibbenés.
Ser Marston decidió encargarse personalmente de Mervyn Flores. «Ambos somos bastardos, además de hermanos juramentados», se oyó decir a ser Raynard Ruskyn. Cuando informó a ser Mervyn de la acusación de Graceford, este dijo: «Supongo que debo entregaros mi acero», tras lo cual desenvainó la espada larga y se la ofreció a Marston Mares por la empuñadura. Sin embargo, cuando ser Marston la cogió, ser Mervyn le aferró la muñeca, sacó un puñal con la otra mano y se lo hundió en el vientre. Flores no consiguió pasar de los establos, donde un soldado borracho y dos jóvenes palafreneros lo sorprendieron ensillando su corcel. Los mató a todos, pero el ruido atrajo a otros que se apresuraron a reducir al caballero bastardo y le dieron muerte a golpes. Aún llevaba la capa blanca que había deshonrado.
Su lord comandante, ser Marston Mares, no lo sobrevivió mucho tiempo. Lo encontraron en la Torre de la Espada Blanca, en un charco de su propia sangre, y se lo llevaron al gran maestre Munkun, quien lo examinó y concluyó que la herida era mortal. Pese a que lo cosió lo mejor que pudo y le administró la leche de la amapola, Mares pereció aquella misma noche.
Lord Graceford había incluido a ser Marston entre los conspiradores que nombró, insistiendo en que «ese cabrón cambiacapas» había estado de su lado desde el principio, pero Mares no tuvo ocasión de refutar la acusación. Al resto de los conspiradores los encerraron en las celdas negras, a la espera del juicio. Algunos afirmaron que eran inocentes, mientras que otros declararon, como había hecho Mares, que habían actuado con la sincera creencia de que los traidores eran Thaddeus Rowan y los lysenos. Sin embargo, unos pocos se mostraron más comunicativos. El más locuaz fue ser Gareth Long, quien manifestó en voz bien alta que Aegon III era un debilucho incapaz de sostener una espada, y mucho menos de sentarse en el Trono de Hierro. El septón Bernard se escudó en la Fe: en los Siete Reinos no había lugar para los lysenos y sus extraños dioses foráneos. Afirmó que lo que pretendían era que lady Larra pereciera junto con sus hermanos, para que Viserys fuera libre de tomar una esposa decente nacida en Poniente.
El más sincero de los conspiradores fue Tessario el Pulgar, que reconoció que lo había hecho para conseguir oro, mujeres y venganza. Roggerio Rogare lo había echado de La Sirena por agredir a una puta, así que él había exigido el burdel y la virilidad de Roggerio como pago, y le habían prometido ambas cosas. Pero cuando los inquisidores le preguntaron quién había hecho esa promesa, Tessario respondió con una sonrisa… que se convirtió en un rictus, seguido de un grito, cuando volvieron a preguntárselo bajo tortura. El primero al que acusó fue Marston Mares, pero continuaron torturándolo y nombró a George Graceford, y luego a Mervyn Flores. Champiñón nos dice que estaba a punto de señalar a un cuarto culpable, tal vez el auténtico, cuando expiró.
Hubo un nombre que jamás se pronunció, pese a que pendía como un nubarrón sobre la Fortaleza Roja. En El testimonio de Champiñón, el bufón menciona abiertamente lo que pocos se atrevieron a decir por entonces: que sin duda existía otro conspirador, amo y señor de los demás, que manejaba los hilos a distancia y se servía de los demás como marionetas. «El titiritero oculto en la sombra», lo llama. «Graceford era cruel, pero no inteligente; Long tenía coraje, pero no astucia; Risley era un beodo; Bernard, un necio devoto; el Pulgar, un puto volantino, peor que los lysenos; las mujeres eran mujeres; la Guardia Real estaba para recibir órdenes, no para darlas; a Lucas Leygood le encantaba pavonearse de su capa dorada, y era capaz de beber, luchar y follar como el mejor, pero no tenía madera de conspirador. Y todos ellos estaban vinculados a un hombre: Unwin Peake, señor de Picoestrella, señor de Dunstonbury, señor de Sotoblanco, antaño Mano del Rey».
Sin duda no fue el único que albergó esa sospecha cuando salió a la luz la conjura para matar al rey. Varios traidores tenían lazos de sangre con la antigua Mano, y otros le debían su posición. Además, la conspiración no era nada nuevo para Peake, quien en su día había planeado el asesinato de dos jinetes de dragón bajo el letrero de Los Abrojos Sangrientos. Pero Peake estaba en Picoestrella durante el asedio secreto, y ninguno de sus supuestos títeres llegó a mencionar su nombre, de modo que su implicación no pudo demostrarse nunca, ni entonces ni ahora.
Tan espeso era el miasma de la desconfianza en la Fortaleza Roja que Aegon III no salió del Torreón de Maegor hasta seis días después de que su hermano Viserys desenmascarara la falsa confesión de lord Rowan. No permitió que bajaran el puente hasta que vio al gran maestre Munkun enviar una nube de cuervos para convocar a cuatro decenas de señores leales a Desembarco del Rey. Les quedaban tan pocas provisiones que la reina Daenaera lloraba todas las noches hasta que la vencía el sueño, y dos de sus damas estaban tan debilitadas por el hambre que tuvieron que ayudarlas a cruzar el foso.
Cuando el rey abandonó su refugio, lord Graceford ya había dado los nombres; habían capturado a muchos de los traidores; otros habían huido, y Marston Mares, Mervyn Flores y Lucas Leygood estaban muertos. Poco después, Thaddeus Rowan volvió a instalarse en la Torre de la Mano, pero resultaba patente que no estaba en condición de volver a asumir sus deberes como Mano del Rey: los sufrimientos que le habían infligido en las mazmorras lo habían quebrantado. Había momentos en que parecía el de siempre, entero y feliz, pero al poco se echaba a sollozar de manera incontrolable. Champiñón, que podía ser tan cruel como inteligente, se burlaba del anciano acusándolo de crímenes absurdos para sonsacarle revelaciones aún más estrafalarias. «En cierta ocasión le hice confesar la Maldición de Valyria —narra en su Testimonio—. La corte estalló en risas, pero cuando lo recuerdo me sonrojo de vergüenza».
Al cabo de una luna sin que lord Rowan diese muestras palpables de mejora, el gran maestre Munkun convenció al rey de que lo relevase de su cargo. Se marchó a su castillo de Sotodeoro con la promesa de regresar a Desembarco del Rey en cuanto recobrase la salud, pero falleció por el camino, en presencia de dos de sus hijos que lo acompañaban. El gran maestre ejerció tanto de Mano como de regente durante lo que quedaba de año, puesto que el reino necesitaba gobierno y Aegon aún no había alcanzado la mayoría de edad. Sin embargo, por su condición de maestre, atado por la cadena que simbolizaba su juramento de servir, Munkun no se consideraba apto para juzgar a grandes señores y caballeros ungidos, de manera que los acusados de traición quedaron marchitándose en las mazmorras a la espera de una nueva Mano.
Cuando el año llegó a su fin y dio paso a uno nuevo, un desfile de señores pasó por Desembarco del Rey obedeciendo la llamada del monarca. Los cuervos habían hecho su trabajo. Pese a no haberse convocado formalmente como Gran Consejo, aquella asamblea de nobles del año 136 d. C. fue la mayor de los Siete Reinos desde la ocasión en que el Viejo Rey reunió a los notables en Harrenhal, en el 101 d. C. La ciudad pronto se llenó hasta rebosar, para deleite de los posaderos, las putas y los mercaderes.
La mayoría de los asistentes procedían de las Tierras de la Corona, las Tierras de la Tormenta… y el Valle, donde lord Puño de Roble y Ben Blackwood el Sanguinario habían logrado por fin forzar al Halcón Dorado, al Heredero Perturbado, al Gigante de Bronce y a sus partidarios a hincar la rodilla y rendir vasallaje a Joffrey Arryn. Gunthor Royce, Quenton Corbray e Isembard Arryn se encontraban entre los que acompañaron a lord Alyn a la reunión, junto con el propio lord Arryn. Johanna Lannister envió a un primo suyo y a tres banderizos en representación del Oeste; Torrhen Manderly navegó desde Puerto Blanco con casi medio centenar de caballeros y primos, y Lyonel Hightower y lady Sam llegaron cabalgando desde Antigua con seiscientos adláteres. Pero el séquito más numeroso fue el de lord Unwin Peake, compuesto de un millar de sus hombres y quinientos mercenarios. «¿De qué tendrá miedo?», se burló Champiñón.
A la sombra del Trono de Hierro vacío, puesto que el rey Aegon no se dignó comparecer en la corte, los señores intentaron nombrar nuevos regentes que gobernasen hasta la mayoría de edad del monarca. Las reuniones se prolongaron más de quince días sin que lograran avanzar ni un solo paso hacia el acuerdo. A falta de un rey de mano firme que los guiara, algunos dieron rienda suelta a las viejas querellas, y las heridas a medio sanar de la Danza comenzaron a sangrar de nuevo. Los poderosos tenían demasiados enemigos, mientras que a los señores menores se los despreciaba por ser pobres o débiles. Por último, perdida la esperanza de llegar a un acuerdo, el gran maestre Munkun propuso que se eligieran tres regentes por sorteo. Cuando el príncipe Viserys sumó su voz a la de Munkun, la propuesta se llevó a cabo. Los afortunados fueron Willam Stackspear, Marq Merryweather y Lorent Grandison, de quienes puede decirse sin faltar a la verdad que fueron tan inofensivos como mediocres.
La selección de la Mano del Rey era una cuestión más importante, y los señores allí reunidos no estaban dispuestos a delegarla en los nuevos regentes. Algunos, sobre todo los procedentes del Dominio, presionaron para que el cargo se otorgara a Unwin Peake una vez más, pero enmudecieron de inmediato cuando el príncipe Viserys declaró que su hermano preferiría a alguien de menor edad «y menos propenso a llenarle la corte de traidores». Salió a relucir el nombre de Alyn Velaryon, pero lo descartaron por ser demasiado joven, lo mismo que a Kermit Tully y Benjicot Blackwood. Al cabo, los nobles propusieron a un norteño: Torrhen Manderly, señor de Puerto Blanco; desconocido para muchos de ellos, pero precisamente por eso carente de enemigos al sur del Cuello (con la posible excepción de Unwin Peake, cuya memoria era larga).
«Está bien, lo haré —dijo lord Torrhen—, pero si tengo que tratar con esos ladrones lysenos y su maldito banco, necesitaré un ayudante al que se le den bien las cuentas». Puño de Roble se puso en pie para proponer a Isembard Arryn, el Halcón Dorado del Valle. Para apaciguar a lord Peake y sus partidarios se nombró lord almirante y consejero naval a Gedmund Peake Hachamagna; se dice que Puño de Roble lo encontró más cómico que irritante y declaró que era una buena elección, puesto que «a ser Gedmund le encanta pagar barcos, y a mí me encanta navegarlos». Ser Raynard Ruskyn se convirtió en lord comandante de la Guardia Real, y ser Adrian Thorne obtuvo el mando de los capas doradas. Este último, antiguo capitán de la Puerta del León, había sido el único de los siete de Lucas Leygood al que no acusaron de estar involucrado en la conspiración.
Así se dispuso. Solo faltaba que Aegon III pusiera su sello, lo cual hizo a la mañana siguiente sin objeción alguna, antes de volver a retirarse al solitario esplendor de sus aposentos.
La nueva Mano se volcó de inmediato en los asuntos del reino. Su primera tarea fue abrumadora: presidir los juicios de los acusados de envenenar a Gaemon Peloclaro y urdir una conspiración para traicionar al rey. Había nada menos que cuarenta y dos inculpados, puesto que aquellos a quienes había nombrado lord Graceford señalaron a su vez a otros durante los severos interrogatorios. Dieciséis habían huido y ocho habían muerto, lo que dejaba dieciocho reos. Trece ya habían confesado su implicación en mayor o menor medida, gracias a las dotes persuasivas de los inquisidores del rey. Cinco continuaban insistiendo en su inocencia; declaraban haber estado verdaderamente convencidos de que el traidor era lord Rowan, y haberse unido a la conspiración para salvar a su alteza de las intenciones asesinas de los lysenos.
Los juicios se prolongaron treinta y tres días. El príncipe Viserys estuvo presente en todas las ocasiones, a menudo acompañado de lady Larra, su esposa, que lucía un abultado vientre a causa de su segundo embarazo, y de su hijo Aegon y el ama de cría. El rey Aegon solo compareció tres veces, los días que se dictó sentencia contra Gareth Long, George Graceford y el septón Bernard; no mostró ningún interés por el resto, y ni siquiera quiso saber los veredictos. La reina Daenaera no hizo acto de presencia en ningún momento.
A ser Gareth y lord Graceford los condenaron a muerte, pero ambos prefirieron vestir el negro. Lord Manderly ordenó que embarcaran en el primer barco que zarpase rumbo a Puerto Blanco, desde donde podrían conducirlos al Muro. El Septón Supremo había enviado una carta para rogar clemencia por el septón Bernard «a fin de que pueda expiar sus pecados mediante la oración, la contemplación y las buenas obras», de modo que Manderly no lo entregó al hacha del verdugo, sino que lo castró y lo condenó a caminar descalzo de Desembarco del Rey a Antigua con su virilidad colgada del cuello. «Si sobrevive, su altísima santidad puede hacer con él lo que le plazca», decretó. Bernard sobrevivió y pasó el resto de sus días como escriba con voto de silencio, copiando libros sagrados en el Septo Estrellado.
Los capas doradas acusados y capturados (algunos habían huido) decidieron emular a ser Gareth y lord Graceford, y vestir el negro antes que perder la cabeza. Esa misma elección hicieron los Dedos supervivientes. Pero ser Victor Risley, antigua Justicia del Rey, reclamó su derecho a un juicio por combate como caballero ungido «para demostrar mi inocencia a riesgo de mi cuerpo, ante los ojos de los dioses y los hombres». Llevaron a la corte a ser Gareth Long, el primero y más destacado de quienes habían implicado a Risley en la trama, para que fuera su contrincante. «Siempre has sido un puto necio, Victor —dijo ser Gareth cuando le pusieron la espada larga en la mano. El antiguo maestro de armas despachó rápidamente al antiguo verdugo y, a continuación, esbozando una sonrisa, se encaró con los condenados que esperaban al fondo del salón del trono y les preguntó—: “¿Alguien más?”».
Los casos más acongojantes fueron los de las tres mujeres acusadas, todas ellas de alta cuna y doncellas de la reina. Lucinda Penrose, la que había sufrido un ataque durante la jornada de cetrería anterior al Baile del Día de la Doncella, reconoció que deseaba la muerte de Daenaera, con estas palabras: «Si no me hubieran rajado la nariz, ella sería mi sierva en vez de yo la suya. Ahora, por su culpa, ningún hombre se fijará en mí». Cassandra Baratheon confesó haber compartido lecho con ser Mervyn Flores en numerosas ocasiones, y a veces con Tessario el Tigre a instancias del primero, «pero solo cuando me lo pedía». Cuando Willam Stackspear aventuró que quizá la muchacha formase parte de la recompensa que habían prometido al volantino, lady Cassandra se deshizo en lágrimas. Pero hasta su confesión palideció en comparación con la de lady Priscella Hogg, una zagala melancólica y algo simplona de catorce años, rechoncha, de baja estatura y rostro anodino, que de alguna manera había llegado a imaginar que el príncipe Viserys se casaría con ella si muriese Larra de Lys. «Me sonríe siempre que me ve —declaró ante el tribunal—, y una vez, cuando pasó a mi lado por las escaleras, me rozó el pecho con el hombro».
Lord Manderly, el gran maestre Munkun y los regentes se involucraron estrechamente en los interrogatorios de las tres mujeres, quizá, como asevera Champiñón, con intención de que mencionaran a una cuarta cuyo nombre no había salido a relucir: lady Clarice Osgrey, tía viuda de lord Unwin Peake. Lady Clarice supervisaba a todas las doncellas, acompañantes y asistentes de la reina, como había hecho antes con las damas de la reina Jaehaera, y estaba estrechamente relacionada con muchos de los conspiradores confesos. Champiñón afirma que era la amante de George Graceford, e insinúa que se excitaba con la tortura, hasta el punto de que a veces acompañaba al lord confesor a las mazmorras para ayudarlo en su trabajo. Si hubiera estado involucrada, sería probable que Unwin Peake lo estuviese también, pero todos los intentos de demostrarlo fueron vanos, y cuando lord Torrhen les preguntó a bocajarro si lady Clarice había sido su cómplice, las tres condenadas hicieron gestos de negación.
Pese a que indudablemente habían participado en la conspiración, las tres mujeres habían desempeñado papeles relativamente menores. Por ese motivo, y en consideración de su sexo, lord Manderly y los regentes decidieron mostrarse misericordiosos. A Lucinda Penrose y Priscella Hogg las condenaron a sufrir la amputación de la nariz, con la posibilidad de conmutar la pena si se entregaban a la Fe y se mantenían fieles a sus votos.
La alta cuna de Cassandra Baratheon la salvó de ese castigo; a fin de cuentas, era la hija mayor del difunto lord Borros y hermana del por entonces señor de Bastión de Tormentas, y había estado prometida con el rey Aegon II. Aunque lady Elendra, su madre, no se encontraba en condiciones de asistir a los juicios, había enviado a tres banderizos de sus hijos para hablar en nombre de su casa. A través de ellos y de lord Grandison, cuyas tierras y fortaleza se encontraban asimismo en las Tierras de la Tormenta, se concertó el matrimonio de lady Cassandra con un caballero menor llamado ser Walter Brownhill, quien gobernaba unas fanegas de tierra del cabo de la Ira desde un castillo que generalmente se describía como «hecho de barro y raíces de árbol». Tres veces viudo, ser Walter había engendrado dieciséis hijos con sus anteriores esposas, trece de los cuales aún vivían. Lady Elendra consideró que encargarse del cuidado de esos niños y de los hijos que ella misma diera a ser Walter impediría a lady Cassandra inmiscuirse en más traiciones y conspiraciones.
Y tenía razón.
Así concluyó el último juicio, pero las mazmorras de la Fortaleza Roja aún no estaban vacías. Faltaba por decidir el destino de Lotho y Roggerio, los hermanos de lady Larra. Si bien eran inocentes de alta traición, asesinato y conspiración, seguían estando acusados de fraude y robo; la quiebra del Banco Rogare había dejado en la ruina a millares de personas tanto en Poniente como en Lys. A pesar de su vínculo con la casa Targaryen por vía del matrimonio, los hermanos no eran reyes ni príncipes, y sus títulos no eran sino cortesías vacuas. Lord Manderly y el gran maestre Munkun eran de la misma opinión: tenían que someterse a juicio y recibir castigo.
En ese asunto, los Siete Reinos iban muy a la zaga de la ciudad libre de Lys, donde el derrumbamiento del Banco Rogare había causado de forma inexorable la ruina absoluta de la casa que erigió Lysandro el Magnífico. Se incautaron del palacio que había otorgado a su hija Lysara, así como de las mansiones del resto de sus hijos y todo lo que contenían. Unas cuantas galeras mercantes de Drako Rogare tuvieron noticia de la caída en desgracia de la familia con tiempo suficiente para virar rumbo a Volantis, pero por cada barco salvado se perdieron nueve, junto con sus cargamentos y los muelles y almacenes de los Rogare. Lady Lysara perdió su oro, sus gemas y sus vestidos; lady Marra, sus libros. Los magísteres arrebataron el Jardín Perfumado a Fredo Rogare antes de que pudiera traspasarlo. Vendieron a sus esclavos y a los de sus hermanos, legítimos y bastardos. Como no bastó para pagar más que la décima parte de las deudas del banco en quiebra, los propios Rogare acabaron vendidos como esclavos junto con sus hijos. Las hijas de Fredo y Lysaro pronto volvieron al Jardín Perfumado donde habían jugado de niñas, pero no como propietarias, sino como esclavas de cama.
Lysaro Rogare, el artífice de la perdición de su familia, tampoco escapó indemne. Lo capturaron junto a sus guardias eunucos en la ciudad de Volon Therys, a orillas del Rhoyne, mientras esperaban la barca que los llevaría al otro lado del río. Leales hasta el final, los Inmaculados murieron uno por uno tratando de protegerlo, pero no eran más que veinte (Lysaro se había llevado un centenar cuando escapó de Lys, pero se había visto obligado a vender a la mayoría por el camino), y pronto se vieron rodeados y acorralados en la confusa y sangrienta batalla de los muelles. Una vez capturado, a Lysaro lo enviaron río abajo, a Volantis, donde los triarcas ofrecieron entregárselo a su hermano Drako a cambio de un precio. Drako lo rechazó y propuso a los volantinos que lo vendiesen a Lys, y así regresó Lysaro Rogare a su ciudad, encadenado a un remo en el vientre de una galera esclavista volantina.
Durante el juicio, cuando le preguntaron qué había hecho con todo el dinero robado, Lysaro soltó una risotada; empezó a señalar a ciertos magísteres de la asamblea y a decir: «Lo usé para comprar a este, y a ese, y a aquel, y a ese otro». Tuvo tiempo de señalar a una docena antes de que lograran silenciarlo. Aquello no lo salvó: los hombres a los que había sobornado votaron su condena igual que los demás, aunque se quedaron con los dineros, porque como es bien sabido, los magísteres de Lys anteponen la avaricia al honor.
Dictaron que a Lysaro se lo encadenara desnudo a una columna delante del Templo del Comercio, donde todos aquellos a quienes había despojado tendrían la oportunidad de azotarlo; el número de azotes sería proporcional a las pérdidas de cada uno. Y la sentencia se ejecutó. Está escrito que su hermana Lysara y su hermano Fredo estuvieron entre los que esgrimieron el látigo, y otros lysenos se dedicaron a cruzar apuestas sobre la hora a la que moriría. Lysaro expiró a la séptima hora del primer día de su castigo. Sus huesos quedaron encadenados a la columna durante tres años, hasta que su hermano Moredo se los llevó y los sepultó en la cripta familiar.
En aquel caso, por lo menos, la justicia lysena demostró ser considerablemente más severa que la de los Siete Reinos. Muchos eran en Poniente los que estaban deseosos de ver a Lotho y Roggerio Rogare compartir la funesta suerte de Lysaro, puesto que la quiebra del Banco Rogare había empobrecido tanto a grandes señores como a humildes mercaderes, pero ni los más enconados pudieron presentar la menor prueba de que hubieran estado al tanto del expolio que llevaba a cabo su hermano en Lys, ni de que hubieran obtenido algún beneficio.
Al final, al banquero Lotho lo juzgaron culpable de robo por la sustracción de oro, plata y gemas que no le pertenecían, y por no poder devolverlos cuando se los reclamaron. Lord Manderly le dio a elegir entre vestir el negro y perder la mano derecha como si fuera un ladrón vulgar. «Entonces, loado sea Yndros, zurdo seré», dijo Lotho, y optó por la mutilación. No pudieron esgrimir ninguna prueba contra su hermano Roggerio, pero lord Manderly lo sentenció a siete latigazos de todos modos. «¿Por qué?», preguntó Roggerio, pasmado. Por ser un tres veces condenado lyseno, respondió Torrhen Manderly.
Después de que se ejecutaran las sentencias, los dos hermanos abandonaron Desembarco del Rey. Roggerio cerró su burdel y vendió el edificio, las alfombras, las cortinas, las camas y el resto de los enseres, loros y monos incluidos, y con lo ganado se compró un barco, una gran coca que llamó Hija de la Sirena. Así renació su casa de placer, esta vez a toda vela. En los años que siguieron, Roggerio navegó a lo largo y ancho del mar Angosto vendiendo vino especiado, viandas exóticas y goces carnales a los residentes de grandes puertos y humildes pueblos pesqueros por igual. Su hermano Lotho, manco, se convirtió en protegido de lady Samantha, la amante de lord Lyonel Hightower, y viajó con ella a Antigua. Los Hightower no habían depositado ni un cobre en el banco lyseno, de modo que seguían siendo una de las casas más ricas de Poniente, quizá solo superados por los Lannister de Roca Casterly, y lady Sam quería aprender a invertir bien ese oro. Así nació el Banco de Antigua, que aumentó la ya sustanciosa fortuna de la casa Hightower.
Moredo Rogare, el mayor de los tres hermanos que habían acompañado a lady Larra a Desembarco del Rey, estaba en Braavos cuando se celebraron los juicios, inmerso en negociaciones con los custodios del Banco de Hierro. Antes de que acabara el año zarpó rumbo a Tyrosh con los bolsillos repletos de oro braavosí y la intención de contratar barcos y espadas con que atacar Lys. Pero esa es historia para otra ocasión, pues escapa a lo que aquí nos atañe.
El rey Aegon III no se sentó en el Trono de Hierro ni una vez durante los juicios de los hermanos, pero el príncipe Viserys estuvo al lado de su esposa todos los días. Lo que pensaba lady Larra de la justicia de la Mano no nos lo cuentan ni Champiñón ni las crónicas de la corte, excepto para mencionar que lloró cuando lord Torrhen emitió su veredicto.
Poco después, los señores empezaron a despedirse para volver a sus respectivas sedes y la vida recobró la normalidad en Desembarco del Rey bajo el gobierno de los nuevos regentes y la Mano del Rey; sobre todo de este último. «Los dioses escogieron a nuestros nuevos regentes —observó Champiñón—, y se diría que son tan zoquetes como los señores». No se equivocaba. Lord Stackspear adoraba la cetrería; lord Merryweather, los banquetes, y lord Grandison, dormir; cada uno opinaba que los otros dos eran unos necios, pero en última instancia daba igual, porque Torrhen Manderly demostró ser una Mano honrada y capaz; se decía que era brusco y glotón, pero justo. El rey Aegon nunca lo honró con su estima, es cierto, pero su alteza no era de naturaleza confiada, y los acontecimientos del año anterior habían agudizado su suspicacia. Tampoco es que lord Torrhen tuviese en mucho aprecio al monarca, a quien se refería como «ese crío desabrido» en las cartas que enviaba a Puerto Blanco para su hija. Sin embargo, Manderly sí cobró afecto al príncipe Viserys, y adoraba a la reina Daenaera.
Si bien la regencia del norteño fue breve en comparación con la de sus predecesores, no por eso anduvo falta de acontecimientos. Con la valiosa ayuda de Isembard Arryn, el Halcón Dorado, Manderly introdujo una reforma fiscal a gran escala que logró aumentar los ingresos de la Corona y proporcionar cierto alivio a quienes pudieron demostrar que habían sufrido pérdidas con el expolio del Banco Rogare. En consulta con el lord comandante, volvió a dotar de siete miembros a la Guardia Real: concedió la capa blanca a ser Edmund Warrick, ser Dennis Whitfield y ser Agramore Cobb para cubrir el vacío que habían dejado Marston Mares, Mervyn Flores y Amaury Peake. Rescindió formalmente el pacto que había firmado Alyn Puño de Roble para obtener la liberación del príncipe Viserys, sirviéndose de la alegación de que no se había suscrito con la ciudad libre de Lys, sino con la casa Rogare, que podía considerarse extinta.
Con ser Gareth Long en el Muro, la Fortaleza Roja necesitaba un nuevo maestro de armas. Lord Manderly eligió a un joven y diestro espadachín llamado ser Lucas Lothston. Nieto de un caballero andante, ser Lucas era un instructor paciente que pronto se convirtió en el favorito del príncipe Viserys, y hasta se granjeó cierto respeto reticente del rey Aegon. Para el cargo de lord confesor, Manderly eligió al maestre Rowley, un joven de semblante fresco recién llegado de Antigua, donde había estudiado con el archimaestre Sandeman, que tenía fama de ser el sanador más sabio de la historia de Poniente. Fue el gran maestre Munkun quien recomendó a Rowley: «Quien sabe aliviar el dolor también sabe provocarlo —dijo a la Mano—; además, es importante que nuestro lord confesor vea su trabajo como una obligación, no como un placer».
La víspera del Día del Herrero, Larra de Lys dio un segundo hijo al príncipe Viserys, un niño grande y saludable al que su esposo puso el nombre de Aemon. Se organizó un banquete de celebración y cundió la alegría por el nacimiento del nuevo príncipe, aunque puede que su hermano Aegon, que tenía un año y medio, no la compartiera, porque lo sorprendieron golpeando al bebé con el huevo de dragón que le habían metido en la cuna. No llegó a hacerle daño gracias a que los berridos de Aemon atrajeron a lady Larra a la carrera, y llegó a tiempo para desarmar y castigar a su hijo mayor.
Poco después, la comezón empezó a apoderarse de lord Alyn Puño de Roble, y se puso a planear el segundo de sus seis grandes viajes. Los Velaryon habían confiado gran parte de su oro a Lotho Rogare y habían perdido más de la mitad de su fortuna. A fin de recuperarla, lord Alyn reunió una gran flota de mercaderes, a la que sumó una docena de sus buques de guerra para protegerla, con intención de navegar a la antigua Volantis pasando por Pentos, Tyrosh y Lys, y visitar Dorne en el viaje de regreso.
Se dice que discutió con su mujer antes de partir, porque lady Baela era de la sangre del dragón y pronta de ira, y había oído a su marido hablar de la princesa Aliandra de Dorne con demasiada frecuencia. Sin embargo, acabaron por reconciliarse, como siempre. La flota zarpó a mediados de año con Puño de Roble al frente, en una galera que llamó Valerosa Marilda en homenaje a su madre. Lady Baela se quedó en Marcaderiva, encinta del segundo hijo de lord Alyn.
Se acercaba el decimosexto día del nombre del soberano. Con el reino en paz y la primavera en plena flor, lord Torrhen Manderly decidió que el rey Aegon y la reina Daenaera debían emprender un viaje real para celebrar la mayoría de edad. Razonó que al muchacho le convendría ver las tierras que gobernaba y mostrarse ante su pueblo. Aegon era alto y atractivo, y su dulce y joven reina compensaría con su encanto el que le faltaba a él. La gente sencilla quedaría prendada de ella, sin duda, y eso redundaría en beneficio del solemne joven monarca.
Los regentes estuvieron de acuerdo. Planearon un gran viaje que durase un año entero y llevase a su alteza a lugares del reino donde jamás se había visto a un monarca. Partirían desde Desembarco del Rey hacia el Valle Oscuro y Poza de la Doncella, y allí embarcarían rumbo a Puerto Gaviota. Tras visitar el Nido de Águilas, volverían a Puerto Gaviota y tomarían otro barco hacia el Norte, con una parada en las Tres Hermanas.
Lord Manderly prometió que Puerto Blanco depararía a los reyes una bienvenida como nunca habían visto; después podrían proseguir el viaje hacia Invernalia, quizá incluso visitar el Muro, antes de regresar al sur por el camino Real en dirección al Cuello. Sabitha Frey los acogería en Los Gemelos; irían a ver a lord Benjicot al Árbol de los Cuervos, y por supuesto, si visitaban a los Blackwood, tendrían que pasar el mismo tiempo con los Bracken. Tras pasar unas cuantas noches en Aguasdulces, cruzarían las colinas en dirección al oeste para saludar a lady Johanna en Roca Casterly.
Desde allí continuarían por el camino del Mar hacia el Dominio: Altojardín, Sotodeoro, Roble Viejo… En el lago Rojo había un dragón, lo cual no sería del agrado de Aegon, pero podían pasarlo de largo fácilmente. Una visita a cualquiera de las sedes de Unwin Peake contribuiría a aplacar a la antigua Mano. En Antigua, el Septón Supremo accedería sin duda a dar su bendición a los reyes, y lord Lyonel y lady Sam celebrarían la oportunidad de mostrar al soberano que el esplendor de su ciudad hacía palidecer al de Desembarco del Rey.
—Será un viaje real como el reino no ha presenciado en más de un siglo —dijo el gran maestre Munkun a su alteza—. La primavera es época de nuevos comienzos, mi señor, y marcará la verdadera inauguración de vuestro reinado. Desde las Marcas de Dorne hasta el Muro, todos verán que sois su rey, y Daenaera, su reina.
Torrhen Manderly estuvo de acuerdo.
—Al chaval le vendrá bien salir de este condenado castillo —declaró en presencia de Champiñón—. Podrá cazar, disfrutar de la cetrería, escalar una montaña o dos, pescar salmones en el Cuchillo Blanco, ver el Muro y celebrar banquetes todas las noches. No le sentaría mal ganar algo de carne para esos huesos. Que pruebe una buena cerveza norteña, tan espesa que se puede cortar con una espada.
Los preparativos de las celebraciones del día del nombre del rey y el posterior viaje real acapararon toda la atención de la Mano y los tres regentes en los días que siguieron. Se elaboraron listas de todos los señores y caballeros que deseaban acompañar al monarca, se rompieron y se redactaron de nuevo. Se herraron caballos, se pulieron armaduras, se repararon y repintaron carros y casas rodantes, se cosieron estandartes… Centenares de cuervos cruzaron los Siete Reinos, pues todos los señores y caballeros hacendados de Poniente suplicaban el honor de recibir la visita real. A lady Rhaena le negaron con delicadeza su deseo de acompañarlos en su dragón, pero su hermana Baela declaró que iría con ellos, les gustara o no. Hasta la ropa que llevarían el rey y la reina fue objeto de atentas consideraciones: se decidió que los días que Daenaera vistiera de verde, Aegon iría de negro, como era su costumbre; pero cuando la pequeña reina luciera el rojo y negro de la casa Targaryen, el rey llevaría una capa verde, para que los dos colores se vieran dondequiera que fuesen.
Cuando por fin amaneció el día del nombre del rey Aegon, aún quedaban algunas cuestiones por resolver. Esa noche se celebraría un gran banquete en el salón del trono, y el venerable Gremio de Alquimistas había prometido las mayores exhibiciones pirománticas que hubiera contemplado el reino.
Todavía era por la mañana, no obstante, cuando el rey Aegon entró en la sala del consejo donde lord Torrhen y los regentes debatían si incluir Ladera en el recorrido.
El joven rey iba acompañado de cuatro caballeros de la Guardia Real y de Sandoq la Sombra, silencioso y cubierto con el velo, quien portaba su gran espada. Su ominosa presencia nubló la estancia. Durante un momento, hasta Torrhen Manderly quedó mudo.
—Lord Manderly —la voz del rey Aegon quebró el repentino silencio—, decidme, por favor: ¿cuántos años tengo, si sois tan amable?
—Hoy cumplís dieciséis, alteza —repuso lord Manderly—. Ya sois un hombre. Es hora de que asumáis el gobierno de los Siete Reinos.
—Lo haré —dijo Aegon—. Estáis sentado en mi sitio.
Años después, el gran maestre Munkun escribiría que la gelidez de su tono sorprendió a todos los presentes en la sala. Desconcertado y sobresaltado, Torrhen Manderly levantó su considerable masa de la silla que presidía la mesa del consejo mientras lanzaba una mirada intranquila a Sandoq la Sombra.
—Alteza, estábamos hablando del viaje… —dijo mientras ofrecía el asiento al rey.
—No va a haber ningún viaje —declaró el rey mientras se sentaba—. No tengo intención de pasarme un año montando a caballo, durmiendo en camas ajenas e intercambiando cortesías inanes con señores borrachos, la mitad de los cuales se alegrarían de verme muerto si les reportara un cobre de beneficio. Cualquiera que desee hablar conmigo me encontrará en el Trono de Hierro.
—Mi señor —insistió Torrhen Manderly—, este viaje os será de gran ayuda para ganaros el favor de vuestro pueblo.
—Al pueblo pretendo darle paz, comida y justicia. Si eso no basta para ganar su favor, mandemos de viaje a Champiñón. O quizá a un oso bailarín; una vez me dijeron que nada gusta tanto a la gente sencilla como los osos bailarines. También podéis cancelar el banquete de esta noche: enviad a los señores de vuelta a sus castillos y repartid la comida entre los hambrientos. Esa será mi política: estómagos llenos y osos bailarines. —Después se dirigió a los tres regentes—. Lord Stackspear, lord Grandison, lord Merryweather, os doy las gracias por vuestros servicios. Tenéis mi venia para marchar; ya no necesitaré ningún regente.

—¿Y una Mano? ¿Su alteza necesitará una Mano? —preguntó lord Manderly.
—La Mano del Rey debería ser quien el rey eligiese —dijo Aegon III al tiempo que se ponía en pie—. Sin duda me habéis servido bien, igual que servisteis a mi madre antes que a mí, pero fueron mis señores quienes os nombraron. Podéis regresar a Puerto Blanco.
—De buen grado, mi señor —dijo Manderly en un tono que el gran maestre Munkun calificaría más adelante de rugido—. No he probado una cerveza decente desde que llegué a este pozo negro de castillo. —Dicho lo cual, se quitó la cadena que simbolizaba su cargo y la dejó en la mesa del consejo.
En menos de quince días, lord Manderly embarcó rumbo a Puerto Blanco con un pequeño séquito de espadas juramentas y criados, entre los que se encontraba Champiñón. Por lo visto, el bufón se había encariñado con el corpulento norteño y había aceptado con alegría su oferta de un puesto en Puerto Blanco, pues la prefería a quedarse al lado de un rey que casi nunca sonreía y jamás reía. «Era un tonto bufón, pero no tan tonto como para quedarme con el tonto aquel», aseguró.
El enano sobreviviría al joven rey al que abandonó. Los últimos tomos de su Testimonio, cargados de coloridos relatos de su vida en Puerto Blanco, su estancia en la corte del Señor del Mar de Braavos, su viaje a Puerto de Ibben y los años que pasó con los titiriteros de la Dama Ceceante son valiosos por mérito propio, pero mucho menos útiles para nuestro propósito presente, así que, con tristeza, decimos adiós al hombrecillo de la lengua sucia en nuestra historia. Pese a no haber sido el cronista más fiable, el enano decía verdades que nadie más se atrevía a insinuar, y a menudo las decía con gracia.
Champiñón relata que la coca en la que navegaron lord Manderly y sus acompañantes se llamaba La Sal de la Vida, pero el ánimo que reinaba a bordo mientras surcaban el mar con rumbo norte, en dirección a Puerto Blanco, distaba mucho de ser saleroso. A Torrhen Manderly nunca le había caído bien «ese crío desabrido», como quedaba bien claro en las cartas que escribía a su hija, y tampoco lo perdonaría por la brusquedad con que lo despidió, ni por la forma en que «aniquiló» el viaje real, cuyo abrupto desenlace se tomó como una afrenta personal profundamente humillante. Inmediatamente después de asumir el gobierno de los Siete Reinos, el rey Aegon III había convertido en enemigo a un hombre que había estado entre sus más leales y devotos servidores.
Y así llegó el incómodo final de la regencia, para dar paso al pesaroso reinado del Rey Quebrado.