Fuego y sangre
De príncipe a rey: El ascenso de Jaehaerys I
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De príncipe a rey El ascenso de Jaehaerys I
Jaehaerys I Targaryen ascendió al Trono de Hierro en el 48 d. C., a los catorce años de edad, y gobernó los Siete Reinos durante los cincuenta y cinco años siguientes, hasta su muerte, por causas naturales, en el 103 d. C. En los últimos años de su reinado, y durante el de su sucesor, recibió el nombre de Viejo Rey por razones obvias, pero Jaehaerys fue un hombre joven y vigoroso más tiempo que un anciano debilitado, y los eruditos más versados lo denominaban reverentemente el Conciliador. El archimaestre Umbert, que consignó sus estudios un siglo más tarde, fue célebre por aseverar que Aegon el Dragón y sus hermanas conquistaron los Siete Reinos, o al menos seis de ellos, pero fue Jaehaerys el Conciliador quien realmente los unificó.
No fue tarea fácil, porque sus predecesores inmediatos habían destrozado mucho de lo que había construido el Conquistador: Aenys, con su debilidad e indecisión; Maegor, con su crueldad y sed de sangre. El reino que heredó Jaehaerys estaba empobrecido, arrasado por la guerra y sin leyes; imperaban la división y la desconfianza mientras el nuevo rey era un niño, sin experiencia en las tareas de gobierno.
Ni siquiera su reclamación del Trono de Hierro quedaba libre de dudas. Pese a que Jaehaerys era el único hijo vivo del rey Aenys I, Aegon, hermano mayor de este, había reclamado el trono antes que él. Aegon el Incoronado había muerto en la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses mientras trataba de destronar a su tío Maegor, pero no antes de tomar como esposa a su hermana Rhaena y concebir dos hijas, las gemelas Aerea y Rhaella. Si se consideraba a Maegor el Cruel un usurpador sin derecho a gobernar, como sostenían algunos maestres, el príncipe Aegon había sido el auténtico rey y, por derecho, el trono debería pasar a Aerea, su hija mayor, no a su hermano pequeño.
Sin embargo, el sexo de las gemelas jugó en su contra, al igual que su edad: las niñas apenas contaban seis años a la muerte de Maegor. Es más: algunos informes de sus coetáneos indican que, de pequeña, la princesa Aerea era una niña tímida, proclive a las lágrimas y a mojar la cama, mientras que Rhaella, la más atrevida y vigorosa de las dos, era por aquel entonces novicia en el Septo Estrellado y había prometido consagrarse a la Fe. Ninguna de las dos parecía apta para ser reina: su propia madre, la reina Rhaena, lo reconoció al aceptar que la corona debía pasar a su hermano Jaehaerys, y no a sus hijas.
Hubo quienes apuntaron que era Rhaena quien tenía más derecho a la corona, como primogénita del rey Aenys y la reina Alyssa, e incluso algunos llegaron a murmurar que la reina Rhaena había contribuido de algún modo a liberar al reino de Maegor el Cruel, aunque nunca llegó a determinarse cómo había organizado su muerte después de huir de Desembarco del Rey a lomos de su dragona Fuegoensueño. Aun así, el sexo también obró en su contra.
«Esto no es Dorne —dijo lord Rogar Baratheon cuando le plantearon la posibilidad—, y Rhaena no es Nymeria».
Más aún, la reina, dos veces viuda, había llegado a aborrecer Desembarco del Rey y la corte, y solo deseaba regresar a Isla Bella, donde había encontrado un poco de paz antes de que su tío la convirtiera en una de sus Novias de Negro.
Todavía faltaba un año y medio para que el príncipe Jaehaerys alcanzase la edad adulta cuando ocupó el Trono de Hierro por primera vez. Por este motivo se determinó que su madre, la reina viuda Alyssa, actuaría como regente, mientras que lord Rogar serviría como su Mano del Rey y Protector del Reino. No quiere esto decir que Jaehaerys fuera un simple pelele: desde el primer día, el niño insistió en participar en todas las decisiones que se tomaran en su nombre.
Los restos mortales de Maegor I Targaryen aún ardían en la pira funeraria cuando su joven sucesor se enfrentó a su primera decisión crucial: cómo lidiar con los partidarios restantes de su tío. Cuando se halló muerto a Maegor en el Trono de Hierro, la mayoría de las grandes casas del reino y muchos señores menores lo habían abandonado, pero la mayoría no son todos. Muchos de aquellos cuyas tierras y castillos se encontraban cerca de Desembarco del Rey y las Tierras de la Corona habían permanecido fieles a Maegor hasta el día de su muerte, entre ellos lord Rosby y lord Towers, los últimos en ver con vida al rey. Otros que aún se agrupaban bajo sus estandartes eran los lores Stokeworth, Massey, Harte, Bywater, Darklyn, Rollingford, Mallery, Bar Emmon, Byrch, Staunton y Buckwell.
En el caos que siguió al descubrimiento del cadáver de Maegor, lord Rosby apuró una copa de cicuta para unirse al rey en la muerte. Buckwell y Rollingford zarparon hacia Pentos, mientras que casi todos los demás huyeron para refugiarse en sus castillos y fortalezas. Solo Darklyn y Staunton tuvieron suficiente coraje para quedarse junto a lord Towers y rendir la Fortaleza Roja cuando el príncipe Jaehaerys y sus hermanas Rhaena y Alysanne descendieron sobre el castillo a lomos de sus dragones. Las crónicas de la corte relatan que cuando el joven príncipe bajó de la silla de montar de Vermithor, los tres señores leales se prosternaron ante él para depositar las espadas a sus pies y aclamarlo como su rey. «Llegáis tarde al banquete —dicen que les comentó el príncipe Jaehaerys, aunque en tono distendido—, y esas mismas hojas ayudaron a asesinar a mi hermano Aegon en el Ojo de Dioses».
A una orden suya, los tres fueron encadenados de inmediato, aunque hubo miembros del grupo del príncipe que pidieron que los ejecutaran allí mismo. Pronto se reunieron con ellos en las celdas negras la Justicia del Rey, el lord confesor, el carcelero jefe, el comandante de la Guardia de la Ciudad y los cuatro caballeros de la Guardia Real que habían seguido siendo leales al rey Maegor.
Una quincena después, lord Rogar Baratheon y la reina Alyssa llegaron a Desembarco del Rey con sus seguidores, y se apresó y encarceló a varios centenares más. Ya fueran caballeros, escuderos, mayordomos, septones o criados, los cargos contra ellos eran los mismos: a todos se los acusó de haber inducido y secundado a Maegor Targaryen en su usurpación del Trono de Hierro, así como en los crímenes, las crueldades y la anarquía que siguieron. Ni siquiera las mujeres se libraron: también detuvieron a las damas de noble cuna que habían atendido a las Novias de Negro, junto con una veintena de prostitutas del populacho que habían sido rameras de Maegor.

Con las mazmorras de la Fortaleza Roja a rebosar, se planteó la cuestión de qué hacer con los prisioneros. Si se consideraba que Maegor había sido un usurpador, su reinado entero había sido ilegítimo, y todos cuantos lo apoyaron eran culpables de traición y había que ejecutarlos. Ese era el curso de acción que defendió Alyssa, la reina viuda, que había perdido a dos hijos a causa de la crueldad de Maegor y no quería ni plantearse conceder tan siquiera la dignidad de un juicio a los hombres que habían hecho realidad sus edictos.
—Cuando torturaron y asesinaron a mi hijo Viserys, estos hombres guardaron silencio y no emitieron palabra alguna en protesta —dijo—. ¿Por qué deberíamos escucharlos ahora?
En contra de su furia tomó posición lord Rogar Baratheon, Mano del Rey y Protector del Reino. Pese a que se había mostrado de acuerdo en que los hombres de Maegor merecían un castigo, señaló que si se los ejecutaba, el resto de los hombres leales al usurpador estarían poco dispuestos a hincar la rodilla, y lord Rogar no tendría más remedio que marchar hacia sus castillos, uno por uno, y sacar a cada hombre de su fortaleza con acero y fuego.
—Es factible, pero ¿a qué precio? Sería una matanza que endurecería los corazones en nuestra contra. Que se someta a juicio a los hombres de Maegor y confiesen su traición —instó el Protector—. Se ejecutará a aquellos a quienes se halle culpables de los peores crímenes; los restantes deberán entregar rehenes para garantizar su lealtad en lo sucesivo, y rendir algunas de sus tierras y castillos.
La sensatez de la sugerencia de lord Rogar era evidente para la mayoría de los partidarios del joven rey, pero su punto de vista no habría prevalecido de no ser porque el propio Jaehaerys intervino en la decisión. Pese a contar solo catorce años de edad, demostró desde el principio que no se conformaría con quedarse sentado y sumiso mientras otros gobernaban en su nombre. Acompañado por su maestre, su hermana Alysanne y un puñado de jóvenes caballeros, Jaehaerys trepó al Trono de Hierro y convocó a los señores para que lo escuchasen.
—No habrá juicios, no habrá torturas y no habrá ejecuciones —anunció—. El reino tiene que darse cuenta de que no soy mi tío. No daré comienzo a mi reinado bañándome en sangre. Algunos me jurasteis lealtad al principio; otros, más tarde. Que vengan ahora los que quedan.
Aún no habían coronado ni ungido a Jaehaerys y aún no había alcanzado la edad adulta; por tanto, su pronunciamiento no tenía fuerza legal, ni poseía autoridad para prevalecer sobre su consejo y su regente, pero fueron tales el poder de sus palabras y la decisión que mostró allí sentado, mirándolos desde el Trono de Hierro, que lord Baratheon y lord Velaryon le prestaron su apoyo de inmediato, y el resto los siguió muy pronto. Solo su hermana Rhaena se atrevió a negárselo.
—Te aclamarán cuando te posen la corona en la cabeza —le dijo—, como aclamaron a nuestro tío y, antes que a él, a nuestro padre.
Al cabo, la última palabra la tuvo la regente, y por mucho que la reina Alyssa desease venganza por motivos personales, era reacia a contradecir los deseos de su hijo.
—Le haría parecer débil —se dice que comentó a lord Rogar—, y nunca, nunca debe mostrarse débil. Esa fue la causa de la caída de su padre.
De ese modo, se indultó a la mayoría de los hombres de Maegor.
En los días que siguieron se vaciaron las mazmorras de Desembarco del Rey. Después de recibir agua, comida y ropa limpia, los prisioneros fueron conducidos de siete en siete hasta el salón del trono. Allí, ante los ojos de los dioses y los hombres, renunciaron a su lealtad a Maegor y se arrodillaron para prestar juramento a su sobrino Jaehaerys, tras lo cual el joven rey invitó a cada uno de ellos a incorporarse, le otorgó el indulto y le devolvió sus tierras y títulos. No se debe pensar, no obstante, que los acusados escaparon sin castigo: señores y caballeros por igual se vieron obligados a enviar un hijo a la corte para servir al rey en calidad de rehén; a aquellos que no tuvieran hijos se les exigió que enviasen a una hija. Los más pudientes de entre los señores de Maegor también tuvieron que ceder parte de sus tierras, entre ellos Towers, Darklyn y Staunton. Otros compraron su indulto con oro.
La misericordia del rey no se extendió a todos. Se declaró al verdugo de Maegor, a sus carceleros y a sus confesores culpables de colaborar con Tyanna de la Torre en la tortura y asesinato del príncipe Viserys, que durante tan corto tiempo había sido heredero y rehén de Maegor. Se entregaron sus cabezas a la reina Alyssa, junto con las manos que habían tenido la osadía de alzarse contra la sangre del dragón. Su alteza se declaró muy satisfecha por los regalos.
Hubo otro hombre que perdió la cabeza: ser Maladon Moore, un caballero de la Guardia Real acusado de haber sujetado a Ceryse Hightower, la primera reina de Maegor, mientras su hermano juramentado, ser Owen Bush, le cortaba la lengua; los forcejeos de la reina provocaron que el puñal se le resbalase, lo que le causó la muerte. Cabe reseñar que ser Maladon insistió en que eso no era sino una invención y la reina Ceryse murió de «apatía». Sin embargo, reconoció haber conducido a Tyanna de la Torre a la presencia de Maegor y haber presenciado el asesinato, de modo que, en cualquier caso, tenía las manos manchadas de la sangre de una reina.
Cinco de los Siete de Maegor seguían con vida. Dos de ellos, ser Olyver Bracken y ser Raymund Mallery, habían participado en la caída del rey al cambiar de capa y acudir a Jaehaerys, pero el niño rey consideró, justamente, que al hacerlo habían roto su juramento de defender la vida del rey con la suya.

—No aceptaré perjuros en mi corte —proclamó.
Se condenó a muerte a los cinco guardias reales, pero ante la insistencia de la princesa Alysanne se acordó que se les perdonase la vida si accedían a cambiar la capa blanca por la negra de la Guardia de la Noche. Cuatro de los cinco aceptaron y partieron hacia el Muro; junto con ser Olyver y ser Raymund, los cambiacapas, viajaron ser Jon Tollett y ser Symond Crayne.
El quinto guardia real, ser Harrold Langward, exigió un juicio por combate. Jaehaerys le concedió el deseo y se ofreció a enfrentarse personalmente a ser Harrold en combate singular, pero en esto sí que lo desautorizó la reina regente. En su lugar se eligió a un joven caballero de las Tierras de la Tormenta como adalid de la Corona. Ser Gyles Morrigen, el hombre designado, era sobrino de Damon el Devoto, el gran capitán de los Hijos del Guerrero, que los había encabezado en su Juicio de los Siete contra Maegor. Deseoso de demostrar la lealtad de su casa al nuevo rey, ser Gyles acabó fácilmente con el anciano ser Harrold, y poco después lo nombraron lord comandante de la Guardia Real de Jaehaerys.
Mientras tanto, la noticia de la misericordia del príncipe se extendió por el reino. Uno por uno, los partidarios del rey Maegor fueron despidiendo a sus mesnadas y abandonando sus castillos para viajar a Desembarco del Rey y jurarle lealtad. Algunos se mostraron reticentes, temerosos de que Jaehaerys acabase siendo un rey tan débil e ineficaz como su padre; pero como Maegor no había dejado herederos de su sangre, no existía ningún rival en torno al cual oponérsele, e incluso los partidarios más fanáticos de Maegor acabaron convencidos en cuanto conocieron a Jaehaerys, pues era todo cuanto un príncipe debía ser: de habla cultivada, generoso y tan caballeroso como valiente. El gran maestre Benifer, recién llegado de su exilio autoimpuesto en Pentos, escribió de él que era «instruido como un maestre y devoto como un septón», y pese a que parte de ese aserto se puede descartar por ser pura adulación, también había parte de verdad en sus palabras. Incluso se dice que su madre, la reina Alyssa, se refirió a Jaehaerys como «el mejor de mis tres hijos».
En cualquier caso, la reconciliación de los señores no conllevó la paz en Poniente de la noche a la mañana. Los esfuerzos del rey Maegor por exterminar a los Clérigos Humildes y a los Hijos del Guerrero habían puesto a muchos hombres y mujeres devotos en contra suya y de la casa Targaryen. Pese a que Maegor había obtenido las cabezas de cientos de Estrellas y Espadas, miles de ellos habían conseguido huir, y decenas de miles de señores menores, caballeros con tierras y plebeyos les daban refugio y comida, y les prestaban ayuda y comodidades cuando les era posible. Silas el Harapiento y Dennis el Cojo comandaban bandas de Clérigos Humildes que aparecían y desaparecían como espectros, y se desvanecían en la espesura cuando se sentían amenazados. Al norte del Colmillo Dorado, ser Joffrey Doggett, el Perro Rojo de las Colinas, se desplazaba a su antojo entre las Tierras del Oeste y los Ríos, con el apoyo y la complicidad de lady Lucinda, la devota esposa del señor de Aguasdulces. Ser Joffrey, que se había adjudicado el manto de gran capitán de los Hijos del Guerrero, había anunciado su intención de devolver a la orden, antaño altiva, su gloria pretérita, y estaba reclutando caballeros bajo su estandarte.
Pero la mayor amenaza se cernía en el sur, donde el Septón Luna y sus seguidores acampaban junto a la muralla de Antigua, defendida por lord Oakheart, lord Rowan y sus caballeros. Luna, un hombre gigantesco, había sido bendecido con una voz poderosa y una presencia imponente. Pese a que sus Clérigos Humildes lo habían proclamado «el verdadero Septón Supremo», este septón, si podemos llamarlo así, no era la viva imagen de la piedad. Se jactaba de haber leído un único libro, La estrella de siete puntas, y muchos ponían en duda incluso eso, porque nunca se le había oído citar una palabra del libro sagrado ni hombre alguno lo había visto leer o escribir.
Descalzo, barbado y en posesión de un inmenso fervor, «el Clérigo más Humilde» podía hablar durante horas, como hacía a menudo, y siempre sobre el pecado. «Soy un pecador» eran las palabras con que el Septón Luna empezaba cada sermón, y eran ciertas. Una criatura de apetitos insaciables, glotón, borracho y famoso por su lujuria, Luna yacía cada noche con una mujer diferente, y dejó encintas a tantas que sus acólitos empezaron a decir que su semilla era capaz de hacer fértil a una mujer estéril. Tal era la ignorancia y estupidez de sus seguidores que el rumor se convirtió en una creencia muy extendida: los hombres comenzaron a ofrecerle a sus esposas, y las madres, a sus hijas. El Septón Luna nunca rechazó esos ofrecimientos; al cabo de cierto tiempo, algunos caballeros menores y hombres de armas de su chusma empezaron a pintarse imágenes de la «Verga de la Luna» en los escudos, y sus seguidores no tardaron en comerciar entre sí con garrotes, colgantes y varas tallados a semejanza del miembro de Luna. El roce de uno de esos talismanes, se creía, confería prosperidad y buena suerte.
Todos los días, el Septón Luna salía a denunciar los pecados de la casa Targaryen y los lamebotas que condonaban sus abominaciones, mientras que, en el interior de Antigua, el auténtico Padre de los Fieles se había convertido virtualmente en un prisionero en su propio palacio, incapaz de poner un pie en el exterior del Septo Estrellado. Pese a que lord Hightower había cerrado las puertas ante el Septón Luna y sus seguidores y se negaba a franquearles la entrada a la ciudad, no mostró inclinación alguna a alzarse en armas contra ellos, pese a las constantes súplicas de su altísima santidad. Cuando se vio obligado a exponer sus motivos habló de su desagrado por verter sangre devota, pero muchos aseguraron que la auténtica razón era su rechazo a presentar batalla a lord Oakheart y lord Rowan, que habían ofrecido su protección a Luna. Su reticencia le valió entre los maestres de la Ciudadela el apodo de lord Donnel el Demorador.
Lord Rogar y la reina regente estuvieron de acuerdo en que, dado el largo conflicto entre el rey Maegor y la Fe, era prioritario que el Septón Supremo ungiera a Jaehaerys. Sin embargo, no sería posible si no se deshacían antes del Septón Luna y su horda de desarrapados, para que el príncipe pudiera viajar a salvo hasta Antigua. Habían albergado la esperanza de que la noticia de la muerte de Maegor bastara para convencer a los seguidores de Luna de dispersarse, y así había sucedido en algunos casos; pero no más de unos pocos cientos en una hueste de casi cinco mil efectivos.
«¿Qué importa la muerte de un dragón cuando otro se alza para ocupar su puesto? —declaró el Septón Luna ante la muchedumbre—. Poniente no volverá a quedar limpio hasta que pasemos a cuchillo o empujemos de vuelta al mar a todos los Targaryen». Día tras día predicaba lo mismo, apelando a lord Hightower para que le entregase Antigua, exhortando al «Lamebotas Supremo» a abandonar el Septo Estrellado y enfrentarse a la ira de los Clérigos Humildes que había traicionado, y arengando a la gente sencilla para que se alzase en armas. Y noche tras noche pecaba de igual modo.
En el otro extremo del reino, en Desembarco del Rey, Jaehaerys y sus consejeros debatían cómo librar al reino de su flagelo. El niño rey y sus hermanas Rhaena y Alysanne poseían dragones, y algunos opinaban que la mejor forma de deshacerse del Septón Luna era aquella en que Aegon el Conquistador y sus hermanas se habían deshecho de los dos reyes en el Campo de Fuego. Pero tales matanzas no eran del agrado de Jaehaerys, y su madre, la reina Alyssa, lo prohibió tajantemente, recordándoles el final de Rhaenys Targaryen y su dragón en Dorne. Lord Rogar, la Mano del Rey, se ofreció con cierta reticencia a atravesar el Rejo con sus propias huestes para dispersar por la fuerza a los hombres de Luna, pese a que eso significaría enfrentar a sus hombres de las Tierras de la Tormenta, y a cualquier otra fuerza que pudiera convocar, contra lord Rowan, lord Oakheart y sus caballeros y hombres de armas, además de los Clérigos Humildes. «Venceremos, por supuesto —dijo el lord Protector—, pero no sin pagar un alto precio».
Quizá los dioses lo estaban escuchando, porque mientras el rey y el consejo debatían en Desembarco del Rey, el problema se resolvió de la forma más inesperada. Caía el atardecer sobre las afueras de Antigua cuando el Septón Luna se retiró a su tienda para cenar, agotado tras un día de prédicas. Como siempre, estaba protegido por sus Clérigos Humildes, hombres fornidos armados con hachas y adornados con barbas descuidadas, pero cuando una hermosa joven se presentó ante la tienda del septón con una jarra de vino y expresó su deseo de regalársela a su santidad en agradecimiento por su ayuda, le franquearon la entrada al instante. Sabían qué tipo de ayuda pretendía obtener la mujer: la que le pondría un niño en el vientre.
Pasó un breve tiempo, durante el cual los hombres apostados en el exterior de la tienda solo oyeron risotadas ocasionales del Septón Luna. Pero entonces, de repente, hubo un gruñido y un chillido de mujer, seguido por un rugido rabioso. La lona de la tienda se abrió y la mujer salió disparada hacia el exterior, medio desnuda y descalza, y corrió aterrorizada, con los ojos desorbitados, antes de que a ninguno de los Clérigos Humildes se le ocurriera detenerla. El Septón Luna la siguió un momento después, desnudo, rugiendo y ensangrentado. Se sujetaba el cuello con la mano, y la sangre le brotaba entre los dedos y goteaba, calándole la barba desde el lugar donde le habían rebanado el cuello.
Se dice que Luna recorrió medio campamento dando tumbos, de hoguera en hoguera, en persecución de la amante que lo había degollado, hasta que incluso su inmensa fuerza le falló: se desplomó y murió mientras sus acólitos se arracimaban a su alrededor aullando de pena. No había ni rastro de su asesina: se había desvanecido en la noche y jamás volvió a ser vista. Los enfurecidos Clérigos Humildes pusieron patas arriba el campamento durante un día y una noche, buscándola en vano: derribaron tiendas, apresaron a docenas de mujeres y golpearon a cualquier hombre que se atreviera a interponerse en su camino, pero la caza resultó infructuosa. Ni siquiera los guardias del Septón Luna se ponían de acuerdo en el aspecto de la asesina.
Recordaron que la mujer portaba una jarra de vino como regalo para el septón. Todavía estaba medio llena cuando se registró la tienda, y cuatro Clérigos Humildes la compartieron al amanecer después de devolver el cuerpo de su profeta a su cama. Los cuatro habían muerto cuando llegó el mediodía: el vino estaba aderezado con veneno.
Como consecuencia de la muerte de Luna, los desarrapados a los que había conducido hasta Antigua empezaron a dispersarse. Algunos de sus seguidores ya se habían escabullido cuando les llegaron las noticias de la muerte del rey Maegor y el ascenso del príncipe Jaehaerys; a partir de entonces, el goteo se convirtió en un torrente. Antes siquiera de que el cadáver del septón empezase a oler, una docena de émulos ya habían dado un paso al frente para reclamar su manto, y sus partidarios ya estaban luchando entre sí. Lo lógico habría sido que los hombres de Luna se volviesen hacia los dos señores que había entre ellos en busca de jefatura, pero nada más lejos de lo que aconteció. En particular, los Clérigos Humildes no sentían ningún respeto por la nobleza, y la reticencia de lord Rowan y lord Oakheart ante la idea de arriesgar a sus caballeros y hombres de armas en el asalto de la muralla de Antigua los había hecho acreedores de miradas suspicaces.
La posesión de los restos mortales de Luna se convirtió en el objeto de disputa entre dos de sus aspirantes a sucesores: el clérigo humilde conocido como Rob el Famélico y un tal Lorcas, llamado el Instruido, que se jactaba de haberse aprendido La estrella de siete puntas de memoria. Lorcas aseguraba haber tenido una visión en la que Luna ponía Antigua en manos de sus seguidores, incluso después de muerto. Tras arrebatar el cadáver del septón a Rob el Famélico, el idiota «instruido» lo amarró desnudo, ensangrentado y medio putrefacto al lomo de un caballo, para que encabezase el asalto a las puertas de Antigua.
Sin embargo, menos de un centenar de hombres se unieron al ataque, y la mayoría murió bajo una lluvia de flechas, lanzas y piedras antes de acercarse a menos de cien varas de la muralla de la ciudad. A los que la alcanzaron, los defensores los escaldaron con aceite hirviendo o les prendieron fuego con brea ardiente; entre ellos estaba Lorcas el Instruido. Cuando todos sus hombres habían muerto o estaban a punto de hacerlo, una docena de los caballeros más intrépidos de lord Hightower surgió cabalgando por una portilla, capturó el cadáver del Septón Luna y le cortó la cabeza. Más adelante, curtida y disecada, se la entregaron como presente al Septón Supremo en el Septo Estrellado.
El fallido ataque acabó siendo el último estertor de la cruzada del Septón Luna. Lord Rowan levantó el campamento menos de una hora después, con todos sus caballeros y hombres de armas. Lord Oakheart lo siguió al día siguiente. Los restos de la horda, caballeros menores, Clérigos Humildes, vivanderos y comerciantes, se dispersaron en todas direcciones para acabar saqueando y desvalijando todas las granjas, aldeas y asentamientos que se encontraron en su camino. Quedaban menos de cuatrocientos de los cinco mil hombres que el Septón Luna había conducido hasta Antigua cuando lord Donnel el Demorador se decidió por fin a desperezarse y cabalgar junto a todas sus fuerzas para acabar con los rezagados.
El asesinato de Luna despejó el último obstáculo para el ascenso de Jaehaerys Targaryen al Trono de Hierro, pero desde entonces hasta ahora se debate enconadamente la identidad de la responsable de su muerte. Nadie creyó, en realidad, que la mujer que intentó envenenar al septón pecador y acabó rebanándole el cuello actuase por su cuenta. Estaba claro que no era más que un títere, pero ¿de quién? ¿La había enviado el niño rey? ¿Era acaso una agente de Rogar Baratheon, su Mano, o de su madre, la reina regente? Algunos llegaron a creer que la mujer pertenecía a los Hombres sin Rostro, el tristemente famoso gremio de asesinos hechiceros de Braavos. Para reforzar esa teoría señalaron su repentina desaparición, la forma en que pareció «disolverse en la noche» después del asesinato y el hecho de que los guardias del Septón Luna no pudieron ponerse de acuerdo en su aspecto.
Hombres más sabios y familiarizados con los métodos de los Hombres sin Rostro otorgaban poca credibilidad a esta teoría. La torpeza del asesinato de Luna ya parecía señalar que no había sido obra de los Hombres sin Rostro, ya que estos suelen poner mucho cuidado en que sus obras parezcan muertes naturales. Es algo de lo que se enorgullecen, la piedra angular de su arte. Degollar a un hombre y dejarlo salir tambaleándose en la noche, aullando que lo han asesinado, no estaría a su altura. Hoy en día, la mayoría de los estudiosos suponen que la asesina fue una simple vivandera que seguía órdenes de lord Rowan o lord Oakheart, o tal vez de ambos. Aunque ninguno de los dos se atrevió a abandonar a Luna mientras estaba vivo, la celeridad con que uno y otro desertaron de la causa tras su muerte parece indicar que su querella era con Maegor, no con la casa Targaryen. De hecho, ambos hombres volvieron pronto a Antigua, penitentes y sumisos, a hincar la rodilla ante el príncipe Jaehaerys en su coronación.
Con el camino a Antigua despejado y seguro una vez más, dicha coronación se celebró en el Septo Estrellado en los últimos días del año 48 d. C. El Septón Supremo, el «Lamebotas Supremo» al que el Septón Luna había intentado reemplazar, ungió al joven rey con sus propias manos y le posó la corona de Aenys, su padre, en la cabeza. A la coronación siguieron siete días de festejos, durante los que cientos de señores grandes y menores se presentaron a arrodillarse y jurar sus espadas ante Jaehaerys. Entre los asistentes se encontraban sus hermanas Rhaena y Alysanne; sus jóvenes sobrinas Aerea y Rhaella; su madre, la reina regente Alyssa; la Mano del Rey, Rogar Baratheon; ser Gyles Morrigen, el lord comandante de la Guardia Real; el gran maestre Benifer; los archimaestres de la Ciudadela… y un hombre a quien nadie esperaba ver allí: ser Joffrey Dogget, el Perro Rojo de las Colinas, autoproclamado gran capitán de los proscritos Hijos del Guerrero. Dogget había llegado en compañía de lord y lady Tully de Aguasdulces, no cargado de cadenas, como la mayoría podría haber esperado, sino portando un salvoconducto con el sello del mismísimo rey.
El gran maestre Benifer escribió más adelante que el encuentro entre el niño rey y el caballero proscrito «puso la mesa» para que el reino entero de Jaehaerys se sentase a ella. Cuando ser Joffrey y lady Lucinda le impetraron que anulase los decretos de su tío Maegor y reinstaurase a los Estrellas y Espadas, Jaehaerys se negó con firmeza.
—La Fe no tiene necesidad de espadas —sentenció—. Tiene mi protección. La protección del Trono de Hierro. No declararé la guerra a mi propia gente, pero tampoco toleraré la traición ni la rebeldía. —No obstante, sí rescindió las recompensas que Maegor había prometido por las cabezas de los Hijos del Guerrero y los Clérigos Humildes.
—Me alcé contra vuestro tío, al igual que vos —replicó el Perro Rojo de las Colinas, desafiante.
—Es cierto —asintió Jaehaerys—, y luchaste con valentía; nadie puede negarlo. Los Hijos del Guerrero ya no existen, y los juramentos que les prestaste ya no tienen valor, pero no es necesario que también finalice tu servicio. Tengo un lugar para ti.
Con estas palabras, el joven rey dejó estupefacta a la corte al ofrecer a ser Joffrey un puesto a su lado como caballero de la Guardia Real. Entonces se hizo un gran silencio, según relata el gran maestre Benifer, y cuando el Perro Rojo desenvainó la espada hubo algunos que temieron que se estuviera preparando para atacar al rey, pero lo que hizo fue caer sobre una rodilla, inclinar la cabeza y depositar la espada a los pies de Jaehaerys. Se dice que las lágrimas le empapaban las mejillas.

Nueve días después de la coronación, el joven rey partió de Antigua en dirección a Desembarco del Rey. Una gran parte de su corte viajaba con él, formando lo que se convirtió en un largo desfile que atravesaba el Rejo; pero su hermana Rhaena solo viajó con ellos hasta Altojardín, donde montó a lomos de Fuegoensueño, su dragona, para regresar al castillo que tenía lord Farman sobre el mar en Isla Bella, alejándose no solo del rey sino también de sus hijas. Rhaella, novicia prometida a la Fe, seguía en el Septo Estrellado, mientras que su gemela Aerea continuó junto al rey hasta la Fortaleza Roja, donde serviría como copera y dama de compañía de la princesa Alysanne.
No obstante, algo curioso ocurrió con las hijas de la reina Rhaena después de la coronación, según recogen las crónicas. Las gemelas siempre habían sido idénticas en físico; no así en temperamento. Mientras Rhaella, se decía, era una niña intrépida y voluntariosa, el terror de las septas que la tenían a su cargo, Aerea tenía fama de ser una criatura tímida y callada, muy propensa a las lágrimas y al miedo. «Se asusta de los caballos, de los perros, de los niños que hablan en voz muy alta, de los hombres barbudos y de los bailes, y le dan pavor los dragones», escribió el gran maestre Benifer la primera vez que Aerea asistió a la corte.
Eso, sin embargo, era antes de la caída de Maegor y la coronación de Jaehaerys. Posteriormente, la niña que se quedó en Antigua se sumió en el rezo y el estudio, y jamás volvió a necesitar una reprimenda, mientras que la que volvió a Desembarco del Rey demostró ser vivaz, de mente rápida y aventurosa, y pronto empezó a pasar la mitad del tiempo en las perreras, los establos y el patio de los dragones. Aunque nunca se pudo demostrar nada, se creía que alguien, quizá la misma reina Rhaena o quizá su madre, la reina Alyssa, había aprovechado la coronación para intercambiar a las gemelas. Si fue así, nadie se sentía inclinado a cuestionar el engaño, puesto que hasta el momento en que Jaehaerys concibiera un heredero de su sangre, la princesa Aerea, o la niña que llevaba ese nombre, era la heredera del Trono de Hierro.
Todas las crónicas coinciden en que el regreso del rey desde Antigua hasta Desembarco del Rey fue un triunfo. Ser Joffrey montaba a su lado, y a lo largo de toda la ruta los aclamaron muchedumbres entusiasmadas. Aquí y allá aparecían Clérigos Humildes, hombres sucios y demacrados de largas barbas y grandes hachas, para suplicar la misericordia otorgada al Perro Rojo. Jaehaerys accedió a concederla con la condición de que aceptasen viajar al norte y unirse a la Guardia de la Noche en el Muro. Cientos de ellos juraron hacerlo, entre ellos el mismísimo Rob el Famélico. «Menos de una luna después de su coronación —escribió el gran maestre Benifer—, el rey Jaehaerys había reconciliado al Trono de Hierro con la Fe y había puesto fin al baño de sangre que perturbó los reinados de su tío y su padre».