Fuego y sangre

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El Año de las Tres Novias: 49 d. C.

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El Año de las Tres Novias 49 d. C.

El año 49 después de la Conquista de Aegon supuso para los habitantes de Poniente un bienvenido respiro del caos y el conflicto que lo habían dominado hasta entonces. Sería un año de paz, abundancia y matrimonios, recordado en los anales de los Siete Reinos como el Año de las Tres Novias.

El nuevo año solo contaba una quincena de edad cuando la noticia de la primera de las tres bodas llegó desde el oeste, de Isla Bella, en el mar del Ocaso. Allí, en una apresurada ceremonia íntima a cielo abierto, Rhaena Targaryen contrajo matrimonio con Androw Farman, segundo hijo del señor de Isla Bella. Era el primer matrimonio del novio y el tercero de la novia. Pese a que había enviudado ya dos veces, Rhaena solo tenía veintiséis años. Su nuevo esposo, de tan solo diecisiete, era visiblemente más joven, un muchacho hermoso y agradable del que se decía que estaba perdidamente enamorado de ella.

Su boda estuvo presidida por el padre del novio, Marq Farman, señor de Isla Bella, y fue oficiada por su propio septón. Lyman Lannister, señor de Roca Casterly, y su esposa Jocasta fueron los únicos grandes señores que asistieron. Dos de las antiguas favoritas de Rhaena, Samantha Stokeworth y Alayne Royce, viajaron hasta Isla Bella a toda prisa para acompañar a la reina viuda, junto con lady Elissa, la enérgica hermana del novio. El resto de los invitados eran banderizos y caballeros juramentados de las casas Farman o Lannister. Ni el rey ni la corte supieron absolutamente nada del matrimonio hasta que un cuervo de la Roca les llevó la noticia, días después del banquete nupcial y del encamamiento que selló el enlace.

Los cronistas de Desembarco del Rey reseñaron que la reina Alyssa se ofendió grandemente porque su hija la hubiera excluido de la boda, y que la relación entre madre e hija no volvió a ser tan cálida como hasta entonces; también plasmaron que lord Rogar Baratheon se enfureció al saber que Rhaena se había atrevido a volver a casarse sin el consentimiento de la Corona, esto es, del suyo como Mano del joven rey. No obstante, en caso de que se hubiera solicitado dicho consentimiento, no existe certeza alguna de que se hubiera otorgado, puesto que muchos consideraban que Androw Farman, el hijo segundón de un señor menor, estaba lejos de ser digno de la mano de una mujer que había sido reina dos veces y era la madre de la heredera del rey. (De hecho, el hermano más joven de lord Rogar seguía soltero en el 49 d. C., y asimismo tenía dos sobrinos de otro hermano que poseían también la edad y el linaje necesarios para que se los considerase candidatos adecuados a la mano de una Targaryen viuda, lo cual puede explicar tanto la cólera de la Mano como el secreto con que la reina Rhaena celebró su boda). El rey Jaehaerys y su hermana Alysanne se alegraron al conocer la noticia, enviaron regalos y felicitaciones a Isla Bella y ordenaron que repicasen las campanas de la Fortaleza Roja para anunciar el enlace.

Mientras Rhaena Targaryen celebraba su matrimonio en Isla Bella, en Desembarco del Rey, Jaehaerys y su madre, la reina regente, se ocupaban de seleccionar a los consejeros que los ayudarían a gobernar el reino durante los dos años siguientes. La conciliación seguía siendo su principio rector, puesto que las discrepancias que habían hecho trizas Poniente en los últimos tiempos estaban lejos de sanar. Recompensar a sus partidarios y excluir del poder a los hombres de Maegor y a la Fe solo ahondaría las heridas y daría pie a nuevas disputas, razonaba el joven rey. Su madre estaba de acuerdo.

Por tanto, Jaehaerys se puso en contacto con Edwell Celtigar, el señor de Isla Zarpa, antigua Mano de Maegor, y lo convocó a Desembarco del Rey para servir como lord tesorero y consejero de la moneda. Para el cargo de lord almirante y consejero naval, el joven rey recurrió a su tío Daemon Velaryon, Señor de las Mareas, hermano de la reina Alyssa y uno de los primeros grandes señores que dieron la espalda a Maegor el Cruel. A Prentys Tully, señor de Aguasdulces, lo convocaron a la corte para servir como consejero de los edictos; con él acudió su temible esposa, lady Lucinda, célebre por su devoción. El monarca confió el cargo de comandante de la Guardia de la Ciudad, la fuerza armada más numerosa de Desembarco del Rey, a Qarl Corbray, señor del Hogar, que había luchado junto a Aegon el Incoronado en el Ojo de Dioses. Por encima de todos ellos estaba Rogar Baratheon, señor de Bastión de Tormentas y Mano del Rey.

Sería un error menospreciar la influencia de Jaehaerys Targaryen durante los años de la regencia, puesto que, pese a su juventud, asistía a casi todas las reuniones del consejo (pero no a todas, como se explicará próximamente) y nunca tuvo reparos en dejar oír su voz. En última instancia, sin embargo, la máxima autoridad durante este período recayó en su madre, la reina regente, y en la Mano, un hombre impresionante por derecho propio.

De ojos azules y barba negra, musculoso como un toro, lord Rogar era el mayor de cinco hermanos, todos ellos nietos de Orys el Manco, el primer Baratheon que gobernó Bastión de Tormentas. Orys había sido hermano bastardo de Aegon el Conquistador y su comandante de más confianza. Después de matar a Argilac el Arrogante, el último Durrandon, se había desposado con la hija de este. Lord Rogar podía, en consecuencia, declarar que por sus venas corría tanto la sangre del dragón como la de los reyes de la Tormenta de antaño. Puesto que no era un buen espadachín, prefería blandir un hacha de doble filo en la batalla; un hacha, según acostumbraba decir, «suficientemente larga y pesada para partir el cráneo de un dragón».

Era peligroso pronunciar semejantes palabras durante el reinado de Maegor el Cruel, pero si Rogar Baratheon temía la ira de Maegor, lo ocultaba a la perfección. Quienes lo conocían no se sorprendieron cuando dio asilo a la reina Alyssa y a sus hijos después de su huida de Desembarco del Rey, ni cuando fue el primero en proclamar rey al príncipe Jaehaerys. A Borys, su propio hermano, se le oyó decir que Rogar soñaba con enfrentarse al rey Maegor en combate singular y partirlo en dos con su hacha.

El destino le negó ese sueño: lord Rogar se convirtió en hacedor de reyes, en vez de matarreyes, al entregar el Trono de Hierro al príncipe Jaehaerys. Muy pocos cuestionaron su derecho de ocupar su lugar junto al joven rey en calidad de Mano; algunos llegaron incluso a rumorear que sería Rogar Baratheon quien gobernase el reino a partir de entonces, porque Jaehaerys era solo un niño y el hijo de un hombre débil, mientras que su madre no era más que una mujer. Cuando se anunció que lord Rogar y la reina Alyssa iban a contraer matrimonio, los rumores se hicieron más audibles, porque ¿qué es el señor esposo de una reina, sino un rey?

Lord Rogar había estado casado anteriormente, pero su mujer había muerto joven, arrebatada por unas fiebres cuando aún no había transcurrido un año de la boda. La reina regente Alyssa tenía cuarenta y dos años, y se consideraba que había sobrepasado con creces la edad fértil; el señor de Bastión de Tormentas era diez años menor. Varios años después, el septón Barth escribió que Jaehaerys se opuso a este matrimonio; el joven rey tenía la impresión de que su Mano estaba sobrepasándose, más motivado por el deseo de poder y posición que por un afecto auténtico hacia Alyssa. Se enfureció al ver que ni su madre ni su pretendiente habían pedido su permiso, según recoge Barth, pero como no había puesto objeciones al matrimonio de su hermana, no creía tener derecho a impedir el de su madre. Por tanto, Jaehaerys se mordió la lengua y no dejó entrever su descontento salvo a sus confidentes más allegados.

La Mano gozaba de admiración por su valentía, respeto por su fuerza y temor por su destreza militar y su habilidad con las armas. A la reina regente la adoraban. Tan bella, tan valiente, tan trágica, a decir de las mujeres. Incluso aquellos señores que podrían haber protestado al verse gobernados por una mujer estaban dispuestos a aceptarla como soberana, por la seguridad que les inspiraba el saber que tenía a Rogar Baratheon a su lado y que faltaba menos de un año para el decimosexto día del nombre del joven rey.

Había sido una niña hermosa, en eso estaban todos de acuerdo, la hija del majestuoso Aethan Velaryon, Señor de las Mareas, y su señora esposa, Alarra de la casa Massey. Su linaje era antiguo, altivo y abundante; a su madre la alababan por su gran belleza, y su señor abuelo se encontraba entre los amigos más antiguos y cercanos de Aegon el Dragón y sus reinas. Los dioses bendijeron a Alyssa con los ojos violeta oscuro y el reluciente cabello plateado de la antigua Valyria, así como con encanto, inteligencia y amabilidad; cuando creció, los pretendientes se amontonaban a su alrededor, llegados desde todos los parajes del reino, aunque jamás cupo duda alguna sobre con quién se casaría. Para una joven como ella solo sería adecuada la realeza, y en el 22 d. C. contrajo matrimonio con el príncipe Aenys Targaryen, el incontestable heredero del Trono de Hierro.

El suyo fue un matrimonio feliz y fructífero. El príncipe Aenys era un esposo amable, atento, de naturaleza cálida y generoso, que nunca le fue infiel. Alyssa le dio cinco vástagos fuertes y saludables, dos hijas y tres hijos (un sexto, otra hija, murió en la cuna poco después de nacer), y cuando murió su padre, el rey Aegon en el 37 d. C., la corona pasó a Aenys y Alyssa se convirtió en su reina.

En los años que siguieron presenció el desmoronamiento del reinado de su esposo, que se convertía en cenizas conforme se alzaban enemigos a su alrededor. Murió en el año 42 d. C., un hombre quebrado y despreciado, con tan solo treinta y cinco años de edad. La reina apenas tuvo tiempo de llorarlo antes de que el hermano de su esposo ocupase el trono que por derecho pertenecía a su hijo mayor. Vio como su hijo se rebelaba contra su tío y moría, junto con su dragón. Poco después, su segundo hijo lo siguió a la pira funeraria, torturado hasta la muerte por Tyanna de la Torre. Junto con sus dos hijas menores, Alyssa se convirtió en prisionera, a todos los efectos excepto oficialmente, del hombre que había provocado la muerte de sus hijos, y tuvo que presenciar como su hija mayor se casaba a la fuerza con ese mismo monstruo.

Sin embargo, el juego de tronos da muchas vueltas inesperadas, y el propio Maegor cayó a su debido tiempo, gracias en gran medida a la valentía de la reina viuda Alyssa y a la audacia de lord Rogar, que se había convertido en su amigo y la había acogido cuando nadie más se atrevía. Los dioses fueron bondadosos al concederles la victoria, y la mujer que antaño fue Alyssa de la casa Velaryon iba a verse recompensada con una segunda oportunidad de ser feliz junto a su nuevo esposo.

Los esponsales de la Mano del Rey y la reina regente estaban destinados a ser tan espléndidos como modestos fueron los de la reina viuda Rhaena. El Septón Supremo en persona oficiaría los ritos matrimoniales en el séptimo día de la séptima luna del nuevo año. El lugar escogido fue el todavía incompleto Pozo Dragón, aún abierto al cielo, cuyas hileras crecientes de gradas de piedra permitirían que decenas de miles de personas presenciaran las nupcias. Las celebraciones incluirían un gran torneo, siete días de banquetes y juegos, e incluso la recreación de una batalla naval en las aguas de la bahía del Aguasnegras.

Poniente no había presenciado una boda la mitad de fastuosa que aquella en toda su historia, y los señores grandes y menores de todos los lugares de los Siete Reinos y más allá acudieron para participar en los festejos. Donnel Hightower llegó desde Antigua con un centenar de caballeros y setenta y siete Máximos Devotos, escoltando a su santidad el Septón Supremo, mientras que Lyman Lannister acudió con trescientos caballeros de Roca Casterly. Brandon Stark, el debilitado señor de Invernalia, realizó el largo viaje con sus hijos Walton y Alaric, atendido por una docena de fieros banderizos norteños y treinta hermanos juramentados de la Guardia de la Noche. Lord Arryn, lord Corbray y lord Royce acudieron en representación del Valle, y lord Selmy, lord Dondarrion y lord Tarly, de las Marcas de Dorne. Incluso de allende las fronteras llegaron huéspedes grandes y poderosos: el príncipe de Dorne envió a su hermana; el Señor del Mar de Braavos, a un hijo. El arconte de Tyrosh cruzó el mar Angosto con su hija soltera, al igual que no menos de veintidós magísteres de la ciudad libre de Pentos. Todos ellos portaban espléndidos regalos para agasajar a la Mano y a la reina regente; los más generosos procedían de aquellos que hasta hacía poco habían sido hombres de Maegor, así como de Rickard Rowan y Torgen Oakheart, que habían marchado bajo el estandarte del Septón Luna.

Los invitados acudieron aparentemente para celebrar el enlace de Rogar Baratheon y la reina viuda, pero no cabe duda de que tenían otros motivos para asistir al acontecimiento. Un gran número de ellos deseaba tratar con la Mano, a quien muchos consideraban el auténtico gobernante del reino; otros deseaban evaluar al nuevo niño rey, y su alteza no les negó la oportunidad. Ser Gyles Morrigen, adalid y escudo juramentado del rey, anunció que para Jaehaerys sería un placer otorgar audiencia a cuantos señores y caballeros con tierras lo desearan, y seis veintenas aceptaron la invitación. Evitando el gran salón y la majestad del Trono de Hierro, el joven rey se reunió con los señores en la intimidad de su patio privado, asistido solo por ser Gyles, un maestre y unos pocos criados.

Allí, según se cuenta, alentó a cada uno de esos hombres a hablar con libertad y exponerle su punto de vista sobre los problemas del reino y la mejor forma de solventarlos.

«No es hijo de su padre», comentó después lord Royce a su maestre; un elogio otorgado a regañadientes, pero elogio al fin y al cabo. También se oyó decir a lord Vance de Descanso del Caminante: «Escucha con atención, pero habla poco». Rickard Rowan dijo que Jaehaerys era amable y de verbo suave; Kyle Connington lo consideró inteligente y alegre; Morton Caron, cauteloso y astuto. «Se ríe a menudo sin tapujos, incluso de sí mismo», dijo Jon Mertyns con aprobación, pero Alec Hunter lo vio adusto, y Torgen Oakheart, sombrío. Lord Mallister declaró que era muy sabio para su edad, mientras que lord Darry aseguró que prometía ser «el tipo de rey que haría a cualquier señor sentirse orgulloso de prosternarse ante él». El más hondo elogio llegó de Brandon Stark, señor de Invernalia, que dijo: «Veo en él a su abuelo».

La Mano del Rey no asistió a ninguna de aquellas audiencias, pero no se debe inferir que era un anfitrión desatento; las horas que pasó junto a los invitados las dedicó a otras tareas. Los acompañó de cacería, practicó la cetrería a su lado, banqueteó con ellos y «dejó secas las bodegas reales» con ellos. Después de la boda, cuando empezó el torneo, lord Rogar estuvo presente en todos los lances y combates cuerpo a cuerpo, rodeado de una animada camarilla, generalmente ebria, de grandes señores y afamados caballeros.

Sin embargo, el más célebre de los entretenimientos de la Mano tuvo lugar dos días antes de la ceremonia. Aunque no existe registro en ninguna crónica de la corte, los rumores extendidos por los criados y repetidos durante muchos años entre los plebeyos aseguran que los hermanos de lord Rogar le habían llevado siete vírgenes del otro lado del mar Angosto, de una de las casas de placer más lujosas de Lys. La reina Alyssa había entregado su doncellez muchos años atrás a Aenys Targaryen, de modo que no era posible que lord Rogar la desflorase en su noche de bodas. La labor de las lysenas era cubrir esa carencia. Si debemos dar crédito a los rumores que corrieron posteriormente por la corte, lord Rogar desvirgó a cuatro de las muchachas antes de que la bebida y el agotamiento acabasen con él; sus hermanos, sobrinos y amigos se encargaron de las otras tres y de las dos veintenas de beldades que habían embarcado con ellas en Lys.

Mientras la Mano festejaba y el rey Jaehaerys recibía en audiencia a los señores del reino, su hermana, la princesa Alysanne, entretenía a las damas nobles que habían acudido con ellos a Desembarco del Rey. Rhaena, la hermana mayor, había decidido no asistir a las celebraciones, pues prefirió quedarse en Isla Bella con su nuevo esposo y su corte, y Alyssa, la reina regente, estaba ocupada con los preparativos de la boda, de modo que la tarea de ejercer de anfitriona de las esposas, hijas y hermanas de los grandes y poderosos recayó en Alysanne. Pese a que acababa de cumplir trece años, la joven princesa se creció para afrontar el desafío de forma extraordinaria, algo en lo que todos estuvieron de acuerdo. Durante siete días y siete noches desayunaba con un grupo de damas de alta cuna, cenaba con otro y comía con un tercero. Les enseñó las maravillas de la Fortaleza Roja, las llevó a navegar por la bahía del Aguasnegras y paseó con ellas a caballo por la ciudad.

Alysanne Targaryen, la hija menor del rey Aenys y la reina Alyssa, había sido hasta entonces prácticamente una desconocida entre los señores y las damas del reino. Había pasado la infancia a la sombra de sus hermanos y de su hermana mayor, Rhaena, y las escasas veces que hablaban de ella la mencionaban como «la doncellita» o «la otra hija». El diminutivo estaba justificado: delgada y de cuerpo menudo, con frecuencia se la describía como agraciada, pero pocas veces como despampanante, pese a haber nacido de una casa famosa por su belleza. Tenía los ojos azules en vez de violeta, y una mata de rizos del color de la miel. Nadie ponía en duda su inteligencia.

Más adelante se diría que había aprendido a leer antes del destete, y el bufón de la corte bromearía sobre la pequeña Alysanne derramando leche materna encima de pergaminos valyrios al intentar leer agarrada al pecho de su nodriza. El septón Barth dijo que si hubiera sido un niño, seguramente lo habrían enviado a la Ciudadela para que se forjase una cadena de maestre; aquel hombre la apreciaba más aún que a su esposo, a quien sirvió durante tanto tiempo. Pero para eso faltaba mucho tiempo: en el 49 d. C., Alysanne no era más que una niña de trece años, aunque las crónicas afirman que provocó una fuerte impresión entre aquellos que la conocieron.

Cuando por fin llegó el día de la boda, más de cuarenta mil plebeyos ascendieron por la Colina de Rhaenys hacia Pozo Dragón para presenciar el enlace de la reina regente y la Mano, aunque algunos observadores contaron incluso más. Varios millares más aclamaron a lord Rogar y a la reina Alyssa en las calles conforme se abrían camino por la ciudad, acompañados por cientos de caballeros montados en palafrenes con armadura e hileras de septas que hacían sonar las campanillas. «Nunca se ha visto gloria semejante en todos los anales de Poniente», escribió el gran maestre Benifer. Lord Rogar iba ataviado de paño de oro de los pies a la cabeza y tocado con un yelmo abierto rematado con una cornamenta, y la novia vestía una capa larga reluciente de piedras preciosas, con el dragón de tres cabezas de la casa Targaryen y el hipocampo plateado de los Velaryon encarados en un campo dividido.

Aun así, pese al esplendor de los contrayentes, fue la llegada de los hijos de Alyssa lo que dio que hablar en Desembarco del Rey durante los años venideros. El rey Jaehaerys y la princesa Alysanne fueron los últimos en aparecer; descendieron del cielo despejado, a lomos de sus dragones Vermithor y Ala de Plata (cabe recordar que Pozo Dragón aún carecía de la enorme cúpula que la coronaría gloriosamente); las inmensas alas correosas levantaron nubes de arena cuando aterrizaron uno junto a otro, para asombro y terror de la multitud reunida. (El célebre rumor que asegura que la llegada de los dragones hizo que el Septón Supremo se manchase la túnica es, probablemente, una calumnia).

De la ceremonia en sí, y del banquete y el encamamiento que la siguieron, no hay mucho que contar. El cavernoso salón del trono de la Fortaleza Roja acogió a los más grandes señores y a los visitantes más distinguidos de allende el mar; los señores menores, junto con sus caballeros y hombres de armas, celebraron en los patios y los salones más reducidos del castillo, mientras que el populacho de Desembarco del Rey se emborrachó en un centenar de tabernas, antros, tenderetes de calderos y burdeles. Pese a sus supuestos esfuerzos de dos noches antes, se dice que lord Rogar ejerció sus obligaciones maritales vigorosamente, aplaudido por sus hermanos borrachos.

Siete días de torneo siguieron a la boda, y mantuvieron cautivados a los señores reunidos y a las gentes de la ciudad. Las justas fueron, según todos los asistentes, las más encarnizadas y emocionantes que hubiera visto Poniente en muchos años; pero fueron las peleas a pie, con espadas, lanzas y hachas, las que de verdad consiguieron avivar las pasiones de la multitud, y con razón.

Debemos recordar que tres de los siete caballeros que sirvieron en la Guardia Real de Maegor habían muerto; los cuatro restantes habían sido enviados al Muro a vestir el negro. Para sustituirlos, el rey Jaehaerys había nombrado tan solo a ser Gyles Morrigen y a ser Joffrey Dogget. Fue la reina regente, Alyssa, quien sugirió que cubrieran con una prueba de armas las cinco plazas que quedaban, y ¿qué mejor ocasión que la boda, donde se reunirían caballeros de todo el reino? «Maegor se rodeó de ancianos, lamebotas y salvajes —declaró—. Quiero que los caballeros que protejan a mi hijo sean los mejores que podamos encontrar en Poniente, hombres honrados y sinceros cuya lealtad y valentía no puedan ponerse en duda. Que se ganen la capa mediante sus hazañas con las armas, con el reino entero por testigo».

El rey Jaehaerys se apresuró a secundar la idea de su madre, aunque con una aportación práctica: sabiamente, decretó que los aspirantes a convertirse en sus protectores debían demostrar su destreza a pie, no en la justa. «Los hombres que pretenden hacer daño a su rey no suelen atacarlo a caballo con una lanza en la mano», declaró el joven rey, y así fue que las justas que siguieron a las nupcias de su madre rindieron el lugar de honor a los encarnizados combates de todos contra todos y a los sangrientos duelos que los maestres llamarían «la guerra por las Capas Blancas».

Con cientos de caballeros deseosos de lidiar por el honor de servir en la Guardia Real, los combates duraron siete días completos. Muchos de los competidores más extravagantes se convirtieron en los favoritos del pueblo llano, que los aclamaba escandalosamente cada vez que luchaban. Uno de ellos era ser Willam Stafford, el Caballero Ebrio, un hombre bajo, grueso y de enorme barriga que siempre aparecía tan borracho que resultaba un misterio que fuera capaz de tenerse en pie, mucho menos de luchar. El común lo motejó como el Barril de Cerveza y entonaba: «¡Qué destreza, la del Barril de Cerveza!» cada vez que aparecía en el campo. Otro de sus favoritos era Tom el Tañedor, el bardo del Lecho de Pulgas, que se mofaba de sus adversarios cantándoles canciones procaces antes de cada lance. El misterioso caballero de esbelta figura conocido como la Sierpe de Escarlata también contaba con muchos seguidores; cuando por fin lo derrotaron y desenmascararon, resultó ser una mujer, Jonquil Darke, hija bastarda del señor del Valle Oscuro.

Al final, ninguno de ellos se ganó la capa blanca. Los caballeros que sí la consiguieron, si bien menos extravagantes, demostraron su superioridad en cuanto a valor, caballerosidad y habilidad con las armas. Solo uno era vástago de una casa noble: ser Lorence Roxton del Rejo. Dos eran espadas juramentadas: ser Victor el Valiente, de los hombres de lord Royce de Piedra de las Runas, y ser Willam la Avispa, que servía a lord Smallwood de Torreón Bellota. El campeón más joven, Pate la Perdiz, luchó con lanza en vez de con espada, y hubo quienes pusieron en duda que fuera siquiera caballero, pero demostró ser tan habilidoso con su arma que ser Joffrey Dogget zanjó las protestas armándolo caballero él mismo, aclamado por cientos de personas.

El campeón de más edad fue un caballero andante de pelo cano llamado Samgood de Colinamarga, un hombre lleno de cicatrices y traqueteado, de sesenta y tres años, que aseguraba haber luchado en un centenar de batallas, «y no me preguntéis en qué bando: eso solo nos corresponde saberlo a los dioses y a mí». Tuerto, calvo y desdentado, el caballero llamado Sam el Amargo era flaco como un poste, pero en la lucha mostró la rapidez de un hombre al que doblara en edad y una habilidad despiadada, pulida durante largos decenios de batallas grandes y pequeñas.

Jaehaerys el Conciliador ocuparía el Trono de Hierro durante cincuenta y cinco años, y muchos caballeros llevaron la capa blanca a su servicio durante su prolongado reinado, más de lo que cualquier otro monarca podía presumir. Pero se dijo, justificadamente, que ningún Targaryen contó con una Guardia Real que pudiera igualarse a los siete primeros del niño rey.

La guerra por las Capas Blancas marcó el final de las celebraciones de lo que pronto empezaría a conocerse como la Boda Dorada. Mientras se despedían para partir hacia sus tierras y sedes, todos los visitantes coincidían en señalar que había sido un acontecimiento magnífico. El joven rey se había ganado la admiración y el afecto de muchos señores grandes y menores, y sus hermanas, esposas e hijas no tenían sino palabras de elogio para la calidez que les había dedicado la princesa Alysanne. El pueblo llano de Desembarco del Rey también estaba satisfecho: su niño rey parecía poseer todo lo necesario para ser un gobernante justo, misericordioso y caballeroso, y lord Rogar, su Mano, era tan generoso como audaz en la batalla. Los más felices de todos eran los taberneros, los cantineros, los mercaderes, los rateros, las prostitutas y los proxenetas, que se llevaban un buen bocado de las bolsas de los visitantes de la ciudad.

Pero aunque la Boda Dorada fue la celebración matrimonial más fastuosa y renombrada del 49 d. C., fue el tercero de los enlaces de aquel año fatídico el que acabó siendo el más significativo.

Una vez pasadas las nupcias, la reina regente y la Mano del Rey se centraron en concertar un enlace adecuado para el rey Jaehaerys y, en menor medida, para su hermana la princesa Alysanne. Mientras el niño rey estuviera soltero y sin compromiso, las hijas de su hermana Rhaena seguirían siendo sus herederas; pero Aerea y Rhaella todavía eran niñas y, según el sentir de la mayoría, manifiestamente inadecuadas para la corona.

Más aún, lord Rogar y la reina Alyssa temían lo que pudiera ser del reino si Rhaena Targaryen volvía del este como regente de una de sus gemelas. Aunque nadie se atrevía a mencionarlo, era patente que había surgido la discordia entre las dos reinas, porque la hija no había asistido a la boda de su madre ni la había invitado a la suya. Hubo algunos que fueron más allá y cuchichearon que Rhaena era una bruja que había usado las artes oscuras para asesinar a Maegor en el Trono de Hierro. Por ello, era el deber de Jaehaerys casarse y engendrar un hijo cuanto antes.

La respuesta a la pregunta de con quién se casaría el joven rey era más difícil. Lord Rogar, cuyo deseo de extender el poder del Trono de Hierro más allá del mar Angosto, hasta Essos, era bien conocido, propuso forjar una alianza con Tyrosh casando a Jaehaerys con la hija del arconte, una hermosa muchacha de quince años que había hechizado a todos los asistentes a la boda con su ingenio, sus ademanes seductores y sus cabellos de color azul verdoso.

En este asunto, sin embargo, la Mano se encontró con la oposición de su propia esposa, la reina Alyssa. El pueblo de Poniente nunca aceptaría como reina a una extranjera de tirabuzones teñidos, adujo, por agradable que fuera su acento, y los devotos se opondrían enconadamente, pues era de sobra sabido que los tyroshíes no adoraban a los Siete, sino a R’hllor el Rojo, al Fijador de Pautas, al tricéfalo Trios y a otros dioses extravagantes. Ella prefería buscar entre las casas que se habían alzado en apoyo de Aegon el Incoronado en la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses. Propuso que Jaehaerys se casase con una Vance, una Corbray, una Westerling o una Piper; la lealtad se debía recompensar, y al acceder a tal enlace, el rey honraría el recuerdo de Aegon y el valor de aquellos que lucharon y murieron en su nombre.

Fue el gran maestre Benifer quien habló con más vehemencia contra ese cauce de acción, señalando que la sinceridad de su compromiso con la paz y la reconciliación podría ponerse en duda si se favorecía a aquellos que habían luchado por Aegon en detrimento de los que habían seguido fieles a Maegor. Creía preferible elegir a la hija de una de las grandes casas que no habían tomado partido, o apenas, en las batallas entre tío y sobrino: una Tyrell, una Hightower o una Arryn.

Al ver divididos a la Mano del Rey, la reina regente y el gran maestre, otros consejeros se sintieron alentados para presentar candidatas. Prentys Tully, Justicia del Rey, nombró a una hermana menor de su esposa Lucinda, afamada por su devoción. Tal elección complacería a la Fe. Daemon Velaryon, el lord almirante, sugirió que Jaehaerys se casase con la reina viuda Elinor de la casa Costayne: qué mejor para demostrar que se había perdonado a los partidarios de Maegor que tomar como reina a una de sus Novias de Negro, y quizá incluso adoptar a los tres hijos de su primer matrimonio. Argumentó que la fertilidad de la reina Elinor estaba demostrada, otro punto a su favor. Lord Celtigar tenía dos hijas solteras y era del dominio público que había ofrecido a Maegor que eligiera a una de ellas; en aquella ocasión ofreció a las mismas muchachas para Jaehaerys. Lord Baratheon no quiso ni oír hablar del asunto: «He visto a vuestras hijas. Carecen de mentón, tetas y sesos».

La reina regente y sus consejeros debatieron el matrimonio del rey una y otra vez durante más de una luna, pero no se acercaron al consenso. Jaehaerys no estaba al tanto de esas conversaciones. En esto, la reina Alyssa y lord Rogar sí coincidían: pese a que era muy inteligente para su edad, todavía era un niño y estaba sometido a deseos pueriles que bajo ningún concepto se podía permitir que prevalecieran sobre las necesidades del reino. La reina Alyssa, en concreto, no albergaba la menor duda sobre a quién elegiría su hijo como esposa si de él dependiera: a su hija menor, la hermana del rey, la princesa Alysanne.

Los Targaryen llevaban casándose entre hermanos desde hacía siglos, por supuesto, y Jaehaerys y Alysanne se habían criado pensando que acabarían casándose, como sus hermanos mayores Aegon y Rhaena. Además, Alysanne solo tenía dos años menos que su hermano, y los dos niños siempre habían sido íntimos y se habían profesado gran afecto y aprecio mutuos. Su padre, el rey Aenys, habría deseado con certeza que se casasen, y hubo un tiempo en que habría sido también el deseo de su madre. Pero los horrores que había presenciado desde la muerte de su esposo habían cambiado su forma de pensar. Por mucho que se hubiera desmantelado y proscrito a los Hijos del Guerrero y los Clérigos Humildes, muchos antiguos miembros de una u otra orden seguían sueltos por el reino y bien podrían decidir volver a empuñar las espadas si los provocaban. La reina regente temía su ira, pues conservaba vívidos recuerdos del destino que habían sufrido su hijo Aegon y su hija Rhaena cuando se anunció su compromiso. «No nos atrevemos a volver a recorrer el mismo camino», se dice que afirmó en más de una ocasión.

En su determinación por zanjar este asunto encontró el apoyo de la última incorporación a la corte, el septón Mattheus de los Máximos Devotos, que se había quedado en Desembarco del Rey cuando el Septón Supremo y el resto de sus hermanos regresaron a Antigua. Mattheus, un hombre del tamaño de una ballena, tan conocido por su corpulencia como por la magnificencia de sus túnicas, aseguraba ser descendiente de los reyes Gardener de antaño, que gobernaron el Rejo desde su sede de Altojardín. Muchos daban por hecho que sería el siguiente Septón Supremo.

El entonces ocupante del sillón sagrado, a quien el Septón Luna había ridiculizado refiriéndose a él como «el Lamebotas Supremo», era cauteloso y complaciente, de modo que no existía peligro de que Antigua denunciara ningún matrimonio mientras él siguiera hablando en nombre de los Siete desde el Septo Estrellado. Pero el Padre de los Fieles no era un joven; había quien decía que el viaje a Desembarco del Rey para oficiar la Boda Dorada había estado a punto de suponer su fin.

«Si recayera en mí el honor de vestir ese manto, ni que decir tiene que su alteza contaría con mi apoyo en cualquier decisión que tomara —aseguró el septón Mattheus a la reina regente y sus consejeros—, pero no todos los miembros de mi hermandad están igual de dispuestos, y me atrevería a decir… Hay otros Lunas ahí fuera. A la luz de cuanto ha ocurrido, casar a un hermano con su hermana en este momento crítico se podría ver como una grave afrenta a los devotos, y temo lo que pudiera suceder después».

Una vez confirmados los recelos de la reina, Rogar Baratheon y los demás señores desecharon cualquier consideración de Alysanne como esposa de su hermano Jaehaerys. La princesa tenía trece años y había celebrado recientemente su primera floración, de modo que era deseo de todos verla casada tan pronto como resultara posible. Aunque aún faltaba mucho para que lograsen dar con un enlace adecuado para el rey, el consejo se decidió con rapidez en lo tocante a la princesa: contraería matrimonio el séptimo día del nuevo año con Orryn Baratheon, el menor de los hermanos de lord Rogar.

Así lo decidieron la reina regente, la Mano del Rey, y los consejeros y asesores. Pero, tal como ha ocurrido con tantos acuerdos de este tipo a lo largo de las eras, su plan se vio truncado muy pronto, porque habían subestimado grandemente la voluntad y determinación de Alysanne Targaryen y del joven rey Jaehaerys.

Aún no se había anunciado el compromiso de Alysanne, de modo que no se sabe cómo llegó a sus oídos la decisión. El gran maestre Benifer sospechaba de algún criado, porque muchos habían entrado y salido mientras los señores debatían en el patio privado de la reina. Lord Rogar sospechaba de Daemon Velaryon, el lord almirante, un hombre soberbio que muy bien podía haber pensado que los Baratheon se estaban sobrepasando con la esperanza de desplazar a los Señores de las Mareas y ocupar su lugar como la segunda casa del reino. Años después, cuando estos sucesos se convirtieron en leyenda, el pueblo llano comentaría que las «ratas de las paredes» habían oído la conversación de los señores y se habían apresurado a transmitir la noticia a la princesa.

No ha sobrevivido ninguna crónica que recoja lo que dijo o pensó Alysanne Targaryen al enterarse de que iban a casarla con un hombre que le sacaba diez años, a quien apenas conocía y, si hemos de dar crédito a los rumores, que no le gustaba. Solo sabemos lo que hizo. Otra niña habría llorado, montado en cólera o acudido corriendo a su madre para suplicarle. En muchas canciones tristes, las doncellas obligadas a casarse se tiraban de alguna torre en busca de la muerte. La princesa Alysanne, por el contrario, acudió directamente a Jaehaerys.

El joven rey se disgustó tanto como su hermana al oír la noticia. «Estarán haciendo planes de boda también para mí, sin duda», dedujo al instante. Jaehaerys, de igual forma que su hermana, no perdió tiempo con reproches, recriminaciones ni súplicas, sino que actuó. Convocó a su Guardia Real y le ordenó que embarcase al instante con rumbo a Rocadragón, adonde acudiría él en breve. «Me habéis jurado vuestras espadas y vuestra obediencia —señaló a sus Siete—. Recordad ese juramento y no digáis una palabra sobre mi partida».

Aquella noche, al amparo de la oscuridad, el rey Jaehaerys y la princesa Alysanne montaron en sus dragones, Vermithor y Ala de Plata, y partieron de la Fortaleza Roja hacia la antigua ciudadela de los Targaryen, a la falda de Montedragón. Se dice que las primeras palabras que pronunció el joven rey tras aterrizar fueron: «Necesito un septón».

El rey estaba en lo correcto al no confiar en el septón Mattheus, que sin duda habría traicionado sus planes, pero al frente del septo de Rocadragón estaba un anciano llamado Oswyck, que conocía a Jaehaerys y Alysanne desde su nacimiento y los había instruido de pequeños en los misterios de los Siete. De joven, el septón Oswyck había estado al servicio del rey Aenys, y de niño había sido novicio en la corte de la reina Rhaenys. La tradición familiar de los Targaryen de casarse entre hermanos le resultaba más que conocida, y cuando oyó la orden del rey, asintió al instante.

La Guardia Real llegó en galera, desde Desembarco del Rey, al cabo de pocos días. A la mañana siguiente, conforme nacía el sol, Jaehaerys Targaryen, el primero de su nombre, se desposó con su hermana Alysanne en el gran patio de Rocadragón, ante los ojos de los dioses, los hombres y los dragones. El anciano septón Oswyck ofició los esponsales; pese a que su voz era débil y temblorosa, no se saltó ninguna parte de la ceremonia. Los siete caballeros de la Guardia Real fueron testigos del enlace, con las capas blancas ondeando al viento. La guarnición del castillo y los criados también asistieron, junto con gran parte de los habitantes del poblado de pescadores acurrucado al pie de la majestuosa muralla de Rocadragón.

Después de la ceremonia se celebró un modesto banquete, y se hicieron muchos brindis a la salud del niño rey y su nueva reina. Después, Jaehaerys y Alysanne se retiraron al dormitorio que antaño habían ocupado Aegon el Conquistador y su hermana Rhaenys, pero en consideración a la edad de la novia no hubo ceremonia de encamamiento ni se consumó el matrimonio.

Esa omisión demostraría ser de gran importancia cuando lord Rogar y la reina Alyssa llegaron desde Desembarco del Rey en una galera de guerra, acompañados por una docena de caballeros, cuarenta hombres de armas, el septón Mattheus y el gran maestre Benifer, cuyas cartas nos proporcionan la visión más completa de lo que sucedió.

Jaehaerys y Alysanne los recibieron en el patio del alcázar, junto a las puertas, cogidos de la mano. Se dice que la reina Alyssa lloró al verlos.

—Estúpidos niños —dijo—. No sabéis lo que habéis hecho.

Entonces habló el septón Mattheus con voz atronadora, para amonestar al rey y a la reina y profetizar que semejante abominación sumergiría una vez más a Poniente en la guerra.

—¡Maldecirán vuestro incesto desde las Marcas de Dorne hasta el Muro, y todos y cada uno de los hijos devotos de la Madre y el Padre os denunciarán como los pecadores que sois! —El rostro del septón se fue enrojeciendo e hinchando conforme despotricaba, según relata Benifer, y la saliva salpicaba desde sus labios.

En los anales de Poniente se alaba con justicia a Jaehaerys el Conciliador por sus modales calmos y su temperamento tranquilo, pero de esto no cabe inferir que el fuego de los Targaryen no ardiera en sus venas, y lo demostró en el momento en que el septón Mattheus hizo por fin una pausa para tomar aire:

—Estoy dispuesto a aceptar una reprimenda de su alteza mi madre, pero no de ti. Contén esa lengua, gordinflón. Si sale una palabra más de tus labios, ordenaré que te los cosan.

El septón Mattheus no volvió a hablar.

Lord Rogar no se acobardaba tan fácilmente. Tajante y directo al grano, solo preguntó si se había consumado el matrimonio:

—Decidme la verdad, alteza. ¿Hubo encamamiento? ¿Reclamasteis su doncellez?

—No —replicó el rey—. Es demasiado joven.

—Bien. No estáis casados —afirmó lord Rogar, sonriente por la noticia, y se volvió hacia los caballeros que lo habían acompañado desde Desembarco del Rey—. Separad a esos niños, os ruego que con delicadeza, y escoltad a la princesa a la Torre del Dragón Marino y mantenedla ahí dentro. Su alteza nos acompañará de regreso a Desembarco del Rey.

Pero cuando sus hombres se adelantaron, los siete caballeros de la Guardia Real de Jaehaerys dieron un paso adelante y desenvainaron la espada.

—No os acerquéis más —les advirtió ser Gyles Morrigen—. Cualquier hombre que ponga la mano encima a nuestro rey o a nuestra reina morirá hoy.

—Envainad vuestro acero y apartaos —ordenó lord Rogar, consternado—. ¿Olvidáis que soy la Mano del Rey?

—Lo sois —respondió el anciano Sam el Amargo—, pero nosotros somos la Guardia Real, no la Guardia de la Mano, y es al muchacho a quien corresponde el trono, no a vos.

—Vosotros sois siete —respondió Rogar Baratheon, furioso por las palabras de ser Samgood—. Yo cuento con medio centenar de espadas. A una palabra mía, os cortarán en pedazos.

—Pueden matarnos —contestó el joven Pate la Perdiz, blandiendo su lanza—, pero vos seréis el primero en morir, mi señor; tenéis mi palabra.

Nadie sabe qué podría haber ocurrido si la reina Alyssa no hubiera elegido ese momento para hablar.

—He presenciado suficiente muerte. Como todos. Bajad vuestras espadas, mis señores. Lo hecho, hecho está, y ahora todos tenemos que afrontarlo. Que los dioses se apiaden de nuestro reino. —Se volvió hacia sus hijos—. Vayamos en paz. Que nadie hable de lo que ha ocurrido hoy aquí.

—Como ordenéis, madre. —El rey Jaehaerys acercó a su hermana para rodearla con un brazo—. Pero no penséis que podéis anular este matrimonio. Ahora somos uno, y ni los dioses ni los hombres podrán separarnos.

—Jamás —convino su esposa—. Enviadme a los confines de la tierra y casadme con el rey de Mossovy o el señor del Yermo Gris, que Ala de Plata me traerá de vuelta con Jaehaerys. —Dicho esto, se puso de puntillas y alzó el rostro hacia el rey, que la besó en los labios a la vista de todos[1].

Cuando la Mano y la reina regente hubieron partido, el rey y su joven esposa cerraron las puertas del castillo y regresaron a sus aposentos. Rocadragón se convirtió en su refugio y residencia durante el resto de la minoría de edad de Jaehaerys. Está escrito que el joven rey y su reina apenas se separaron durante ese tiempo: compartían todas las comidas; se quedaban hasta bien avanzada la noche hablando de los alegres días de su infancia y de los obstáculos que se les presentarían; pescaban y cazaban juntos; se mezclaban con los isleños en las tabernas del puerto; se leían mutuamente los polvorientos tomos encuadernados en cuero que encontraban en la biblioteca del castillo; recibían juntos las lecciones de los maestres de Rocadragón («Porque todavía tenemos mucho que aprender», se dice que recordó Alysanne a su esposo), y rezaban con el septón Oswyck. También volaban juntos alrededor de Montedragón, y en ocasiones se aventuraban hasta lugares tan alejados como Marcaderiva.

Si podemos considerar fidedignos los chismes de los criados, el rey y su nueva esposa dormían desnudos y compartían muchos besos prolongados, en la cama, en la mesa y en muchas otras ocasiones a lo largo del día, pero no llegaron a consumar el matrimonio. Tuvo que transcurrir otro año y medio antes de que Jaehaerys y Alysanne se unieran por fin como hombre y mujer.

Siempre que los señores y los miembros del consejo viajaban a Rocadragón a conversar con el joven rey, cosa que ocurría ocasionalmente, Jaehaerys los recibía, con Alysanne a su lado, en la Cámara de la Mesa Pintada, donde su abuelo había planeado la conquista de Poniente. «Aegon no guardaba secretos a Rhaenys ni a Visenya, y yo tampoco se los guardo a Alysanne», decía.

Aunque muy bien puede ser cierto que no existían secretos entre ellos durante los luminosos días del albor de su matrimonio, el matrimonio en sí era un secreto para la mayor parte de Poniente. A su regreso a Desembarco del Rey, lord Rogar ordenó a todos cuantos los habían acompañado a Rocadragón que no pronunciaran una palabra sobre lo allí ocurrido si deseaban conservar la lengua. Tampoco se anunció al reino. Cuando el septón Mattheus intentó transmitir la noticia del enlace al Septón Supremo y a los Máximos Devotos de Antigua, en vez de enviar un cuervo, el gran maestre Benifer quemó la carta, cumpliendo órdenes de la Mano.

El señor de Bastión de Tormentas necesitaba tiempo. Enojado por la falta de respeto del rey para con él y poco acostumbrado a la derrota, Rogar Baratheon estaba resuelto a hallar el modo de separar a Jaehaerys y Alysanne. Mientras no consumaran el matrimonio, tenía una oportunidad. Era preferible mantener en secreto el enlace, de forma que se pudiera anular sin que nadie supiera una palabra.

La reina Alyssa también necesitaba tiempo, aunque sus motivos eran distintos. «Lo hecho, hecho está», había dicho a las puertas de Rocadragón, y estaba convencida de ello; pero todavía la acosaban por las noches los recuerdos del caos y el baño de sangre que siguieron al enlace de sus otros dos hijos, y estaba desesperada por encontrar una forma de evitar que se repitiera la historia.

Entretanto, su señor esposo y ella aún tenían que gobernar un reino durante cerca de un año hasta que Jaehaerys celebrase su decimosexto día del nombre y asumiese el poder.

Esta era la situación en Poniente cuando el Año de las Tres Novias tocó a su fin y dio paso a un nuevo año, el quincuagésimo desde la Conquista de Aegon.

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