Fuego y sangre
Exceso de gobernantes
Página 12 de 47

Exceso de gobernantes *
Todos los hombres son pecadores, nos enseñan los Padres de la Fe. Incluso los reyes más nobles y los caballeros más galantes pueden verse dominados por la ira, la lujuria y la envidia, y cometer actos que los avergüencen y que mancillen su buen nombre. De igual modo, el más villano de los hombres o la más taimada de las mujeres pueden también en ocasiones realizar una buena acción, porque el amor, la comprensión y la misericordia pueden encontrarse aun en el corazón más cruel. «Somos tal como nos crearon los dioses —escribió el septón Barth, el hombre más sabio que jamás haya servido como Mano del Rey—, fuertes y débiles, buenos y malos, crueles y amables, heroicos y egoístas… Hay que tenerlo presente si se quieren gobernar los reinos de los hombres».
Pocas veces la verdad de estas palabras ha resultado tan evidente como cincuenta años después de la Conquista de Aegon. Ya desde el comienzo del nuevo año se hicieron planes en todo el país para conmemorar con fiestas, ferias y torneos el medio siglo del reinado de los Targaryen en Poniente. Los horrores del reinado del rey Maegor iban cayendo en el olvido; el Trono de Hierro y la Fe se habían reconciliado, y desde Antigua hasta el Muro, la gente humilde y los grandes señores apreciaban por igual al joven rey Jaehaerys, el primero de su nombre. Aun así, muy pocos sabían que se cernían nubes de tormenta en el horizonte, y los hombres sabios distinguían a lo lejos el retumbar del trueno.
«Un reino con dos reyes es como un hombre con dos cabezas», gusta de decir el pueblo llano. En el 50 d. C., el reino de Poniente se vio bendecido con un rey, una Mano y tres reinas, como en los tiempos de Maegor, pero mientras que las soberanas de este último habían sido sus consortes, plegadas a su voluntad, cada una de las reinas de mitad de siglo tenía poder por derecho propio.
En la Fortaleza Roja de Desembarco del Rey estaba la reina regente Alyssa, viuda del difunto rey Aenys, madre de su hijo Jaehaerys y esposa de la Mano del Rey, Rogar Baratheon. Justo al otro lado de la bahía del Aguasnegras, en Rocadragón, había surgido una reina más joven cuando Alysanne, la hija de Alyssa, una doncella de trece años, se prometió en matrimonio con su hermano, el rey Jaehaerys, en contra de los deseos de su madre y el señor marido de esta. Y muy al oeste, en Isla Bella, separada de su madre y su hermana por toda la extensión de Poniente, estaba Rhaena Targaryen, la hija mayor de Alyssa, la jinete de dragón viuda del príncipe Aegon el Incoronado. En las Tierras del Oeste, las Tierras de los Ríos y parte del Dominio, la gente todavía la llamaba la Reina en el Oeste.
Dos hermanas y una madre; tres reinas unidas por sangre, penas y sufrimiento… y aun así, entre ellas se interponían sombras, antiguas y recientes, cada vez más densas. El afecto mutuo y el objetivo común que habían permitido a Jaehaerys, sus hermanas y su madre derrocar a Maegor el Cruel empezaban a caer en el olvido, a medida que afloraban resentimientos y diferencias que llevaban tiempo gestándose. Durante el resto de la regencia, el niño rey y su pequeña reina iban a encontrarse en profundo desacuerdo con la Mano del Rey y la reina regente, en una rivalidad que perduraría durante el reinado de Jaehaerys y que amenazaba con volver a sumir los Siete Reinos en una guerra[2].
El detonante de las desavenencias fue el matrimonio apresurado y secreto del rey con su hermana, que pilló a la Mano y a la reina regente por sorpresa y dio al traste con todos sus planes y maquinaciones. Sin embargo, sería un error pensar que ese fue el único motivo del distanciamiento; las otras bodas del 49 d. C., el año de las Tres Novias, también habían dejado cicatrices.
Lord Rogar no había pedido venia a Jaehaerys para ausentarse con el fin de desposarse con su madre, omisión que al niño rey le pareció irrespetuosa. Además, su alteza no aprobaba la unión, como confesaría más adelante al septón Barth; apreciaba a lord Rogar como consejero y amigo, pero no necesitaba otro padre y estaba convencido de superar a su Mano en juicio, temperamento e inteligencia. También opinaba que deberían haberlo consultado sobre el matrimonio de su hermana Rhaena, aunque eso no le molestaba tanto. Por su parte, la reina Alyssa estaba muy dolida porque ni la habían consultado ni la habían invitado a la boda de Rhaena en Isla Bella.
Lejos de allí, en occidente, Rhaena Targaryen también guardaba sus rencores. Según confió a los viejos amigos y a los favoritos con que se rodeaba, no entendía ni compartía el afecto de su madre por Rogar Baratheon. Aunque a regañadientes le reconocía el mérito de haberse alzado en apoyo de su hermano Jaehaerys contra su tío Maegor, no pensaba olvidar ni perdonarle la pasividad que mostró cuando el príncipe Aegon, su marido, se enfrentó a Maegor en la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses. Además, a medida que pasaba el tiempo, la reina Rhaena estaba cada vez más resentida porque su derecho y el de sus hermanas al Trono de Hierro habían quedado relegados en favor de «mi hermanito pequeño», como le gustaba llamar a Jaehaerys. Insistía en recordar a quienes la escucharan que ella era la primogénita y había sido jinete de dragón antes que ninguno de sus hermanos, pero aun así, todos, «incluso mi madre», se habían confabulado para dejarla de lado.
Si lo analizamos en retrospectiva, resulta fácil decir que Jaehaerys y Alysanne tenían razón en los conflictos que surgieron durante el último año de la regencia de su madre y en calificar de malvados a la reina Alyssa y a lord Rogar. Desde luego, eso fue lo que encandiló a los juglares; el apresurado matrimonio de Jaehaerys y Alysanne era una historia de amor sin igual desde la época de Florian el Bufón y su Jonquil, y en las canciones, el amor siempre supera todas las dificultades. Debemos reconocer que la verdad es mucho más compleja. Los recelos que la reina Alyssa albergaba sobre la unión se basaban en una preocupación auténtica por sus hijos, por la dinastía Targaryen y por el reino en su conjunto, y no eran temores infundados.
Los motivos de lord Rogar Baratheon no eran tan altruistas. Era un hombre soberbio, al que conmocionó e indignó la «ingratitud» del niño rey al que había tratado como a un hijo, y se sintió humillado cuando lo obligaron a retroceder en las puertas de Rocadragón ante medio centenar de sus hombres. Era un guerrero hasta la médula que había soñado enfrentarse en combate singular a Maegor el Cruel, y no soportaba que lo hubiera avergonzado un joven de quince años. Si nos vemos inclinados a ser demasiado duros con él, recordemos las palabras del septón Barth. Aunque durante los últimos años en que ejerció como Mano llevó a cabo acciones alocadas, malintencionadas y crueles, en el fondo no era cruel ni malintencionado, ni mucho menos alocado; había sido un héroe en otros tiempos y debemos recordarlo incluso al considerar el peor año de su vida.
Justo después de su enfrentamiento con Jaehaerys, lord Rogar no podía pensar en nada más que en la humillación sufrida. Su primer impulso fue regresar a Rocadragón con más hombres para superar a la guarnición del castillo y resolver la situación por la fuerza. En cuanto a la Guardia Real, lord Rogar recordó al consejo que los espadas blancas habían jurado dar la vida por el rey, y añadió que le encantaría concederles tal honor. Cuando lord Tully señaló que Jaehaerys podría limitarse a cerrar las puertas de Rocadragón delante de sus narices, lord Rogar ni se inmutó. «Que las cierre. Puedo tomar el castillo por asalto si es necesario». Al final, solo la reina Alyssa logró hacerlo entrar en razón y disuadirlo de semejante locura. «Amor mío —le dijo con voz dulce—, mis hijos tienen dragones, y nosotros no».
La reina regente, al igual que su marido, quería que se anulara el apresurado matrimonio del rey, ya que estaba convencida de que volvería a enfrentar a la Fe y la Corona. El septón Mattheus alentaba estos temores; una vez alejado de Jaehaerys y convencido de que no iban a coserle la boca, recuperó la palabra y no hacía más que hablar de como todas las «personas decentes» condenarían el enlace incestuoso del rey.
Si Jaehaerys y Alysanne hubieran regresado a Desembarco del Rey a tiempo para celebrar el año nuevo, cosa por la que rezaba la reina Alyssa, la reconciliación habría sido posible. «Seguro que entran en razón y se arrepienten de esta locura», decía al consejo. Pero no fue así. Conforme fueron pasando las semanas y el rey seguía sin aparecer ante la corte, Alyssa anunció su intención de volver a Rocadragón, esta vez sola, a suplicar a sus hijos que regresaran a casa. Lord Rogar se lo prohibió, airado: «Si vais arrastrándoos hasta él, no volverá a haceros caso. Ha antepuesto sus deseos al bienestar de su reino, y eso no se puede consentir. ¿Es que queréis que acabe como su padre?». La reina se doblegó a su voluntad y no partió.
«Nadie duda que la reina Alyssa quería hacer lo correcto —escribió el septón Barth años más tarde—. Sin embargo, resulta triste admitir que en muchas ocasiones no tenía ni idea de qué era lo correcto. Sobre todo quería que la admiraran, la quisieran y la alabaran, un anhelo que compartía con el rey Aenys, su primer marido. Pero a veces un gobernante debe hacer lo necesario aunque no sea del agrado de sus súbditos, aunque sepa que el oprobio y la censura caerán sobre él. La reina Alyssa rara vez fue capaz de semejante cosa».
Los días se convirtieron en semanas, y estas, en lunas, mientras se alteraban los ánimos y se afianzaba la resolución de los hombres a ambos lados de la bahía del Aguasnegras. El niño rey y su pequeña reina se quedaron en Rocadragón a la espera del día en que Jaehaerys tomara las riendas de los Siete Reinos. La reina Alyssa y lord Rogar siguieron gobernando desde Desembarco del Rey, buscando la manera de anular el matrimonio del rey y de evitar las calamidades que se avecinaban sin remedio. Aparte del consejo, no contaron a nadie lo acontecido en Rocadragón, y lord Rogar había ordenado a los hombres que los habían acompañado que no dijeran nada de cuanto habían visto, bajo pena de que les cortaran la lengua. Cuando se anulara el matrimonio, pensaba, para la mayoría de Poniente sería como si no se hubiera celebrado, siempre que se mantuviera en secreto. Mientras no se consumara la unión, seguiría siendo fácil rescindirla.
Una esperanza vana, como todos sabemos, pero para Rogar Baratheon, en el 50 d. C., parecía posible. Sin duda, durante un tiempo lo alentó el silencio de Jaehaerys, que se había apresurado a desposarse con Alysanne, pero no parecía tener prisa en anunciarlo, y no por falta de medios. El maestre Culiper, vivaz aun a sus ochenta años, llevaba sirviéndolos desde los tiempos de Visenya; tenía a dos maestres jóvenes de ayudantes y Rocadragón estaba bien provisto de cuervos. Si Jaehaerys hubiera dicho una palabra, habría podido pregonar el enlace de un extremo al otro del reino; pero no la pronunció.
Los eruditos llevan desde entonces debatiendo el motivo de su silencio. ¿Se arrepentía de un matrimonio apresurado, como habría deseado la reina Alyssa? ¿Alysanne lo había ofendido de alguna manera? ¿Temía la respuesta del reino ante su matrimonio, visto lo que había sucedido a Aegon y Rhaena? ¿Era posible que las agoreras profecías del septón Mattheus lo hubieran afectado más de lo que estaba dispuesto a reconocer? ¿O simplemente era un joven de quince años que había actuado precipitadamente sin pensar en las consecuencias de sus actos y de pronto no sabía qué hacer?
Se pueden razonar todas estas explicaciones, pero a la luz de lo que hoy en día sabemos de Jaehaerys I Targaryen, en última instancia nos parecen infundadas. De joven o de viejo, este rey nunca actuó impulsivamente. Para el que escribe estas palabras, es evidente que Jaehaerys no se arrepentía de su matrimonio ni tenía intención alguna de anularlo. Había elegido a la reina que quería y, a su debido tiempo, informaría al reino, pero sería él quien eligiera el momento adecuado, de forma calculada para que lo aceptaran: cuando fuera adulto y reinara por derecho propio, no siendo un joven que se casaba en contra de la voluntad de su regente.
La ausencia del joven rey en la corte no pasó desapercibida durante mucho tiempo. Apenas se habían enfriado las cenizas de las hogueras de la celebración del año nuevo cuando los habitantes de Desembarco del Rey empezaron a preguntar por él. Para acallar los rumores, la reina Alyssa hizo circular la historia de que su alteza se había tomado un tiempo para descansar y reflexionar en Rocadragón, la antigua sede de su casa, pero a medida que pasaban los días y seguía sin haber ni rastro de Jaehaerys, tanto los nobles como la plebe empezaron a hacer cábalas. ¿Estaría enfermo? ¿Lo mantendrían prisionero por motivos desconocidos? El joven rey, guapo y afable, paseaba antes con toda libertad por Desembarco del Rey, aparentemente encantado de mezclarse con sus habitantes, y esa desaparición repentina parecía impropia de él.
La reina Alysanne, por su parte, no tenía prisa por volver a la corte. «Aquí te tengo para mí sola día y noche —dijo a Jaehaerys—. Cuando volvamos me consideraré afortunada si consigo robarte una hora, porque no hay hombre en Poniente que no quiera algo de ti. —Para ella, el tiempo que pasaron en Rocadragón fue idílico—. Dentro de muchos años, cuando peinemos canas, pensaremos en estos días y sonreiremos al recordar lo felices que fuimos».
Sin duda, el joven rey compartía estos sentimientos, al menos parcialmente, pero también tenía otros motivos para quedarse en Rocadragón. A diferencia de su tío Maegor, no era proclive a los estallidos de furia, pero era sobradamente capaz de indignarse y no olvidaba ni perdonaba que lo hubieran excluido intencionadamente de las reuniones del consejo en las que se había hablado de su matrimonio con su hermana, y aunque siempre agradecería a Rogar Baratheon que lo hubiera ayudado a alcanzar el Trono de Hierro, no estaba dispuesto a dejarse gobernar por él. «Ya tuve un padre —le dijo al maestre Culiper durante aquellos días, en Rocadragón—; no necesito otro». El rey reconocía y apreciaba las virtudes de la Mano, pero también era consciente de sus defectos, que habían quedado muy patentes en los días anteriores a la Boda Dorada, cuando fue Jaehaerys quien concedió audiencia a los señores del reino mientras lord Rogar se dedicaba a cazar, beber y desflorar doncellas.
Jaehaerys también era consciente de sus limitaciones y pensaba solventarlas antes de sentarse en el Trono de Hierro. Habían menospreciado al rey Aenys, su padre, porque lo consideraban débil, en parte por no ser un guerrero como su hermano Maegor. Jaehaerys estaba decidido a que ningún hombre osara nunca cuestionar su valentía ni su destreza con las armas. En Rocadragón tenía a ser Merrell Bullock, comandante de la guarnición del castillo; a sus hijos ser Alyn y ser Howard; a un maestro de armas experimentado, ser Elyas Scales, y a sus Siete, los mejores guerreros del reino. Todas las mañanas practicaba con ellos en el patio del castillo, exigiéndoles a gritos que no se contuvieran en sus avances, que lo presionaran, hostigaran y atacaran con todas sus fuerzas. Se entrenaba de la mañana a la noche, perfeccionando su dominio de la espada, la lanza, la maza y el hacha bajo la mirada de su nueva reina.
Era un ejercicio durísimo y brutal. Los asaltos no terminaban hasta que el rey o su adversario lo declaraban muerto. Jaehaerys murió tantas veces que los hombres de la guarnición lo convirtieron en juego; gritaban: «El rey ha muerto» cada vez que caía, y «Viva el rey» cada vez que lograba ponerse en pie. Sus adversarios empezaron a cruzar apuestas sobre quién lo mataba más veces; se dice que el ganador fue el joven ser Pate la Perdiz, cuya veloz lanza, supuestamente, enfurecía a su alteza. Jaehaerys solía estar magullado y ensangrentado por las noches, para desmayo de Alysanne, pero progresaba tan notablemente que al final de su estancia en Rocadragón, el anciano ser Elyas le dijo: «Alteza, nunca seréis miembro de la Guardia Real, pero si vuestro tío Maegor en persona se levantara de la tumba por obra de algún sortilegio y se os enfrentara, apostaría por vos».
El maestre Culiper se acercó a Jaehaerys una noche, después de una jornada que había supuesto un duro esfuerzo y lo había dejado hecho polvo.
—¿Por qué os castigáis de esta manera, alteza? —preguntó—. El reino está en paz.
—El reino estaba en paz cuando murió mi abuelo —respondió el joven rey con una sonrisa—, pero mi padre no acababa de ascender al trono cuando se alzaron enemigos por doquier. Lo ponían a prueba para saber si era fuerte o débil, y a mí también me tantearán.
No andaba desencaminado, aunque cuando llegó el momento de su primera prueba, fue de una naturaleza tan distinta que ningún entrenamiento en Rocadragón podría haberlo preparado ni remotamente. Porque lo que se pondría a prueba serían su valía como hombre y su amor por su joven reina.
No sabemos gran cosa sobre la infancia de Alysanne Targaryen, la quinta de los hijos del rey Aenys y la reina Alyssa, y por añadidura mujer, por lo que los cortesanos la encontraban menos interesante que a sus hermanos mayores, que la precedían en la línea de sucesión. De lo poco que nos ha llegado sabemos que Alysanne era una joven inteligente, pero que no destacaba; menuda pero no enfermiza; cortés, obediente, de sonrisa dulce y voz agradable. Para gran alivio de sus padres, no mostraba indicios de la timidez que había afectado de niña a Rhaena, su hermana mayor, ni tampoco del carácter terco y antojadizo que mostraba Aerea, la hija de Rhaena.

Alysanne, como era habitual en las princesas, había tenido criados y damas de compañía desde muy temprana edad. Sin duda, cuando era un rorro tenía un ama de cría: como la mayoría de las nobles, la reina Alyssa no amamantaba a sus hijos. Más tarde, un maestre la enseñaría a leer, escribir y hacer cuentas, y una septa la instruiría en la conducta, los modales y los misterios de la Fe. Tendría criadas plebeyas, encargadas de lavarle la ropa y vaciarle el orinal, y es seguro que a su debido tiempo contó con damas nobles de edad similar a la suya como acompañantes para montar, jugar y coser.
Alysanne no sería quien escogiera a estas compañeras; su madre, la reina Alyssa, las habría seleccionado, y las cambiaría con cierta frecuencia, para evitar que la princesa intimara demasiado con ninguna de ellas; la afición de su hermana Rhaena por demostrar un afecto y atención excesivos a toda una serie de favoritas, algunas consideradas muy poco apropiadas, había dado mucho que hablar en la corte, y la reina no querría que Alysanne diera lugar a chismorreos semejantes.
La situación cambió cuando el rey Aenys murió en Rocadragón y su hermano Maegor regresó de la otra orilla del mar Angosto para ocupar el Trono de Hierro. El nuevo rey sentía poco afecto por los hijos de su hermano y aún le inspiraban menos confianza, y tenía a su madre, Visenya, la reina viuda, para hacer cumplir su voluntad. Despidieron a los caballeros y criados de la reina Alyssa, junto con los criados y compañeros de sus hijos, y Jaehaerys y Alysanne pasaron a ser pupilos de su tía abuela, la temible Visenya. Rehenes a todos los efectos, si bien no oficialmente, pasaron el reinado de su tío con traslados forzosos constantes entre Marcaderiva, Rocadragón y Desembarco del Rey, hasta que la muerte de Visenya, en el 44 d. C., dio a la reina Alyssa la oportunidad, que aprovechó de inmediato, para huir de Rocadragón con Jaehaerys, Alysanne y la hoja Hermana Oscura.
No nos han llegado crónicas fiables de la vida de la princesa Alysanne después de su huida. No vuelve a constar en los anales del reino hasta los últimos días del sangriento reinado de Maegor, cuando su madre y lord Rogar partieron desde Bastión de Tormentas a la cabeza del ejército mientras los tres hermanos, Alysanne, Jaehaerys y Rhaena, descendían sobre Desembarco del Rey con sus dragones.
Sin duda, la princesa Alysanne tuvo doncellas y damas de compañía en los días posteriores a la muerte de Maegor, pero lamentablemente, sus nombres y datos no han perdurado. Sí sabemos que ninguna de ellas la acompañó cuando Jaehaerys y ella huyeron de la Fortaleza Roja a lomos de los dragones. Aparte de los siete miembros de la Guardia Real, la guarnición del castillo, los cocineros, los palafreneros y otros sirvientes, el rey y su esposa no tenían más personas a su servicio en Rocadragón.
Esta situación, que no era apropiada para una princesa, lo era mucho menos para una reina. Alysanne debía tener criados, y Alyssa, su madre, lo vio como una oportunidad para socavar y quizá llegar a deshacer su matrimonio. La reina regente decidió enviar a Rocadragón a un grupo selecto de sirvientes y damas de compañía para atender las necesidades de la joven reina.
El plan, nos asegura el gran maestre Benifer, fue idea de la reina Alyssa, pero lord Rogar lo apoyó gustoso porque vio de inmediato una forma de aprovecharlo para sus fines propios.
El anciano septón Oswyck, que había oficiado el matrimonio de Jaehaerys y Alysanne, estaba al cargo del septo de Rocadragón, pero una joven dama de sangre real necesitaba otra dama para su instrucción religiosa. La reina Alyssa envió a tres: la temible septa Ysabel y dos novicias de alta cuna de la edad de Alysanne, llamadas Lyra y Edyth. Para encargarse de las criadas y doncellas de Alysanne envió a lady Lucinda Tully, la esposa del señor de Aguasdulces, cuyo fervor piadoso era legendario en el reino. Con ella acudió su hermana menor, Ella de la casa Broome, una modesta doncella cuyo nombre se había barajado brevemente como posible esposa para Jaehaerys. Las hijas de Celtigar, de las que la Mano se había burlado recientemente diciendo que carecían de mentón, tetas y sesos, también se incluyeron en el lote. «Puede que consigamos sacarles algún provecho», supuestamente dijo ser Rogar a su padre. Otras tres jóvenes nobles, una del Valle, otra de las Tierras de la Tormenta y otra del Dominio, completaban el grupo: Jenis de la casa Templeton, Coryanne de la casa Wylde y Rosamund de la casa Ball.
Salta a la vista que la reina Alyssa quería que a su hija la atendieran compañeras adecuadas para su edad y posición, pero este no fue el único motivo por el que envió a estas damas a Rocadragón. La septa Ysabel, las novicias Edyth y Lyra, la piadosísima lady Lucinda y su hermana tenían encomendado otro cometido: la reina regente esperaba que estas mujeres beatas y estrictas convencieran a Alysanne, y quizá incluso a Jaehaerys, de la abominación que suponía a ojos de la Fe que dos hermanos yacieran juntos. «Los niños», como insistía en llamar la reina Alyssa a los reyes, no eran maliciosos: solo jóvenes y obstinados; con la debida atención, verían lo errado de su conducta y renegarían de su matrimonio antes de que el reino padeciera las consecuencias. Al menos, ese era el propósito de sus plegarias.
Los motivos de lord Rogar eran más retorcidos. Como no podía confiar en la lealtad de la guarnición del castillo ni en los miembros de la Guardia Real, necesitaba ojos y oídos en Rocadragón. Tenían que informarlo de todo lo que Jaehaerys y Alysanne dijeran o hicieran; se lo dejó muy claro a lady Lucinda y a los demás. En especial, estaba sumamente interesado en saber si el rey y la reina pretendían consumar el matrimonio, y cuándo ocurriría. Era algo que había que impedir a toda costa, insistía.
Quizá hubiera aún más motivos ocultos.
Ahora, lamentablemente, nos vemos obligados a ocuparnos de cierto libro de mal gusto que se vio por primera vez en los Siete Reinos unos cuarenta años después de los acontecimientos que estamos relatando. Todavía circulan ejemplares de mano en mano por los peores lugares de Poniente: se puede encontrar en los burdeles, al menos en aquellos con clientes que saben leer, y en la biblioteca de algunos hombres de baja catadura moral, que los guardan bajo llave a salvo de los sirvientes, las señoras, los niños y los castos y píos.
El libro en cuestión se conoce por diversos títulos, entre ellos: La carne es débil, Alta cuna, baja cama, Historia de una libertina y La perversidad de los hombres; pero todas las versiones coinciden en el subtítulo: Advertencia para jovencitas. Se supone que es el testimonio de una joven doncella de alta cuna que entrega su virtud a un palafrenero del castillo de su padre, da a luz a un hijo ilegítimo y se encuentra después participando en todo tipo de perversidades imaginables durante una larga vida de pecado, sufrimiento y esclavitud.
Si el relato es cierto, aunque hay fragmentos que harían desconfiar al más crédulo, durante el transcurso de su vida, la autora fue doncella de una reina; amante de un joven caballero; vivandera en las Tierras de la Discordia de Essos; criada en Myr, titiritera en Tyrosh; juguete de una reina corsaria de las Islas Basilisco, esclava en la antigua Volantis, donde la tatuaron, perforaron y anillaron; doncella de un hechicero de Qartheen y, por último, regente de una casa de placer de Lys, antes de volver a Antigua y a la Fe en última instancia. Supuestamente, terminó sus días como septa en el Septo Estrellado, donde relató la historia de su vida como advertencia para que otras jóvenes no pasaran por su mismo trance.
Los detalles lascivos de estas aventuras eróticas no nos conciernen en estas páginas; nuestro único interés reside en la primera parte del sórdido opúsculo, el relato de la juventud de la protagonista y supuesta autora de Advertencia para jovencitas, ya que no es otra que Coryanne Wylde, una de las jóvenes que enviaron a Rocadragón como dama de compañía de la joven reina.
No disponemos de manera alguna de constatar la veracidad de su historia, ni siquiera de saber si fue en realidad la autora de ese libro infame (algunos argumentan, con razón, que el texto tiene diversos autores, porque el estilo de la prosa varía en gran medida de un episodio a otro). Sin embargo, el comienzo de la narración sobre lady Coryanne está respaldado por los registros de un maestre que de joven había servido en Aguasmil. Cuenta que, cuando tenía trece años, la hija menor de lord Wylde fue seducida y desflorada por un «hosco mozo» de los establos. En Advertencia para jovencitas se describe a este mozo como un joven apuesto de su misma edad, pero el relato del maestre difiere y presenta al seductor como un sinvergüenza picado de viruelas de unos treinta años, del que solo destacaba un «miembro viril del grosor del de los sementales».
Fuera cual fuera la verdad, al «hosco mozo» lo castraron y lo enviaron al Muro en cuanto se descubrió lo que había hecho, mientras que a lady Coryanne la encerraron en sus aposentos, donde dio a luz a su hijo ilegítimo. Al poco de nacer lo mandaron a Bastión de Tormentas, donde lo adoptaron un mayordomo del castillo y su mujer, que era estéril.
El bastardo nació en el 48 d. C. según los escritos del maestre. A partir de entonces vigilaron muy de cerca a lady Coryanne, y más allá de la muralla de Aguasmil, muy pocos estaban al tanto de su desgracia. Cuando llegó un cuervo con la solicitud de que acudiera a Desembarco del Rey, su señora madre le dejó muy claro que no debía hablar a nadie de su hijo ni de su pecado. «En la Fortaleza Roja te tomarán por doncella». De camino a la ciudad, adonde la acompañaban su padre y su hermano, se detuvieron a pasar la noche en una posada, al sur de la bahía del Aguasnegras, junto al desembarcadero. Allí se encontró con un gran señor que aguardaba su llegada.
Y aquí se complica el relato, porque la identidad del hombre de la taberna no está clara, ni siquiera entre aquellos que admiten que pueda encontrarse un eco de hechos reales en Advertencia para jovencitas.
Durante años y siglos, a medida que el libro se copiaba una y otra vez, se realizaron muchos cambios y enmiendas en el texto. Los maestres copistas de la Ciudadela reciben una formación muy estricta para reproducir los originales palabra por palabra, pero hay muy pocos escribas en el mundo que sean tan disciplinados; estos septones, septas y Hermanas Sagradas eliminan o alteran los pasajes que les parecen ofensivos, obscenos o teológicamente erróneos a medida que copian e iluminan los libros de la Fe. Como prácticamente todo el contenido de Advertencia para jovencitas es obsceno, probablemente no lo transcribieron maestres, septones ni septas. Dado que tenemos conocimiento de cientos de ejemplares (aunque Baelor el Santo quemó otros tantos), los escribas encargados de copiarlo fueron probablemente septones expulsados de la Fe por beber, robar o fornicar; estudiantes fracasados de la Ciudadela sin cadena; plumas contratadas en las Ciudades Libres, o titiriteros, los peores de todos. A falta del rigor de los maestres, estos escribas se tomaban en muchas ocasiones la libertad de «mejorar» los textos que copiaban; los titiriteros, en concreto, son muy dados a esta práctica.
En el caso de Advertencia para jovencitas, tales «mejoras» consistían principalmente en añadir episodios de depravación y modificar los ya escritos para que fueran más sórdidos y lascivos. Con los años, a medida que se sucedían las modificaciones, cada vez era más difícil distinguir el texto original, hasta tal punto que ni siquiera los maestres de la Ciudadela llegaban a un acuerdo sobre el título del libro, como se ha mencionado anteriormente. La identidad del hombre que se reunió con Coryanne Wylde en la posada del embarcadero, si es que en verdad se produjo ese encuentro, es otra cuestión controvertida. En los ejemplares titulados La carne es débil y Alta cuna, baja cama, que suelen ser las versiones más antiguas y breves, se dice que el hombre de la posada era ser Borys Baratheon, el mayor de los cuatro hermanos de lord Rogar; en Historia de una libertina y La perversidad de los hombres se trataba de lord Rogar en persona.
Sin embargo, todas las versiones coinciden en lo que sucedió a continuación. El señor manda salir al padre y al hermano, y ordena a lady Corianne que se desnude para examinarla. «Me recorrió todo el cuerpo con las manos —escribe— y me hizo girar de un lado y de otro, e inclinarme, estirarme y abrirme de piernas, sin dejar de mirarme en ningún momento, hasta que por fin quedó satisfecho». Fue entonces cuando el hombre reveló el motivo de que la hubieran convocado a Desembarco del Rey: iban a enviarla a Rocadragón, haciéndola pasar por doncella, para servir como una de las damas de compañía de la reina Alysanne; pero cuando estuviera allí tenía que utilizar su cuerpo y artimañas para llevarse al rey al lecho.
«Seguro que Jaehaerys no ha conocido mujer y está muy enamorado de su hermana —dijo supuestamente ese hombre—, pero Alysanne es una niña y vos sois una mujer que cualquiera desearía. En cuanto su alteza pruebe vuestros encantos, entrará en razón y se olvidará de este matrimonio absurdo. Puede que incluso decida manteneros luego, ¿quién sabe? Por supuesto, el matrimonio es impensable, pero tendríais joyas, criados y cualquier cosa que desearais; ser la calientacamas del rey tiene sus buenas ventajas. Si Alysanne os descubre juntos en el lecho, tanto mejor. Es muy orgullosa, y abandonaría de inmediato a un esposo infiel. Y si volvierais a quedaros encinta, vuestro vástago y vos recibiríais todo tipo de atenciones, y vuestros padres serían ampliamente recompensados por vuestro servicio a la Corona»[3].
¿Hasta qué punto podemos fiarnos de este relato? Después del tiempo transcurrido, cuando los protagonistas de los acontecimientos que se narran murieron hace tanto, no hay manera de comprobar que tuviera lugar el encuentro junto al embarcadero, y si es cierto que algún Baratheon se reunió en privado con Coryanne Wylde antes de que llegara a Desembarco del Rey, no podemos saber qué le dijo. Quizá simplemente la instruyó en sus deberes como espía delatora, como habían instruido al resto de las jóvenes.
El archimaestre Crey, en sus escritos de la Ciudadela de los últimos años del extenso reinado del rey Jaehaerys, sostenía que el pasaje de la posada era una torpe intentona de calumniar a lord Rogar y mancillar su nombre, y llegaba hasta el punto de atribuir el embuste a ser Borys Baratheon, que solía discutir muy acaloradamente con su hermano en los últimos años de su vida. Otros eruditos, entre los que se incluye el maestre Ryben, el mayor experto de la Ciudadela en textos censurados, prohibidos, fraudulentos y obscenos, no le daba mayor importancia que a cualquier otro relato de los que sirven para alimentar la lascivia de los jóvenes, los bastardos, las prostitutas y los hombres que disfrutan de sus favores. «Entre la plebe —escribió Ryben— siempre hay hombres lascivos que se deleitan con narraciones sobre grandes señores y nobles caballeros que pervierten a doncellas, ya que los afirman en su creencia de que sus superiores son tan lujuriosos como ellos».
Es posible. Aun así, hay ciertos hechos que sabemos que son ciertos y que podrían ayudarnos a alcanzar conclusiones. Sabemos que la hija menor de Morgan Wylde, señor de Aguasmil, fue desflorada a una corta edad y dio a luz a un hijo ilegítimo. Podemos suponer razonablemente que lord Rogar conocía su situación, no solo porque el padre de la joven era su vasallo, sino también porque dio empleo al bastardo en su servidumbre. Sabemos que Coryanne Wylde estaba entre las doncellas que enviaron a Rocadragón como damas de compañía de la reina Alysanne, elección un tanto curiosa y singular; si iba a limitarse a acompañar a la reina, había muchas otras jóvenes de noble cuna y edad adecuada, con la virginidad intacta y una virtud intachable.
«¿Por qué ella?», se han preguntado muchos en el transcurso de los años. ¿Acaso tenía un don especial, un encanto particular? Si así era, nadie lo puso de relieve en su momento. ¿Podría ser que lord Rogar o la reina Alyssa estuvieran en deuda con su señor padre o su señora madre por algún favor o atención del pasado? No consta en ningún registro. Jamás se ha ofrecido ninguna explicación lógica para la elección de Coryanne Wylde, excepto la respuesta simple y desagradable que nos da Advertencia para jovencitas: no la enviaron a Rocadragón para Alysanne, sino para Jaehaerys[4].
Los registros de la corte indican que la septa Ysabel, lady Lucinda y las otras damas elegidas para servir a Alysanne Targaryen embarcaron en la galera mercante Mujer Sabia al alba del séptimo día de la segunda luna del 50 d. C., y partieron hacia Rocadragón con la pleamar de la mañana. Aunque la reina Alyssa había avisado de su partida con un cuervo, estaba preocupada por si las Mujeres Sabias, como se las conocería a partir de ese día, se encontraban cerradas las puertas de Rocadragón a su llegada. Se trataba de temores infundados, ya que la joven reina y los hombres de la Guardia Real las esperaban en el puerto cuando desembarcaron, y Alysanne las recibió a todas con una amplia sonrisa y regalos.
Antes de que pasemos a relatar los hechos posteriores, volvamos la mirada brevemente hacia Isla Bella, donde Rhaena Targaryen, la Reina en el Oeste, residía con su reciente marido y su corte.
Cabe recordar que a la reina Alyssa no le había complacido más el tercer matrimonio de su hija mayor que el que pronto contraería su hijo, aunque en el primer caso habría menos repercusiones. No era la única de esta opinión, porque la verdad era que Androw Farman era una curiosa elección para alguien por cuyas venas corría la sangre del dragón.
Se decía que Androw, el segundón de lord Farman, ni siquiera su heredero, era un chico bien parecido de ojos azul claro y larga melena rubia, pero tenía nueve años menos que la reina e incluso en la corte de su padre había quien se burlaba de él y lo llamaba «media chica», porque era de verbo delicado y naturaleza amable. Fracasó notablemente como escudero, nunca llegó a caballero y no compartía ninguna de las habilidades castrenses de su padre y su hermano mayor. Durante un tiempo, su padre barajó la idea de enviarlo a Antigua para que se forjara una cadena de maestre, hasta que su maestre le dijo que no tenía la inteligencia suficiente; apenas sabía leer ni escribir. Años después, cuando preguntaron a Rhaena Targaryen por qué había elegido un esposo tan poco prometedor, contestó: «Era amable conmigo».
El padre de Androw también había sido amable con Alyssa: le ofreció refugio en Isla Bella después de la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses, cuando su tío el rey Maegor quería apresarla y los Clérigos Humildes del reino las condenaron a ella por ser una vil pecadora y a sus hijas por ser abominaciones. Hay quien sostiene que la reina viuda se desposó con Androw en parte por compensar a lord Farman, su padre, por su amabilidad; también segundón y sin la menor esperanza de gobernar, sentía gran debilidad por Androw a pesar de sus deficiencias. Quizá haya algo de cierto en tal afirmación, pero otra posibilidad, apuntada inicialmente por el maestre de lord Farman, tiene más visos de ser acertada. «La reina encontró al amor de su vida en Isla Bella —escribió el maestre Smike a la Ciudadela—, pero no en Androw, sino en lady Elissa, su hermana».
Elissa Farman, tres años mayor que Androw, compartía con su hermano los ojos azules y la melena rubia, pero ahí acababan las similitudes. De ingenio afilado y lengua más afilada aún, le encantaban los caballos, los perros y los halcones. Era buena cantante y hábil con el arco, pero su pasión era navegar. «El Viento, Nuestro Corcel» era el lema de los Farman de Isla Bella, que surcaban los mares occidentales desde la Era del Amanecer, y lady Elissa era la personificación de ese lema. Se dice que de niña pasaba más tiempo en el mar que en tierra. Las tripulaciones de su padre se reían cuando la veían trepar por las jarcias como un mono. Manejaba una embarcación propia alrededor de la Isla Bella a los catorce años; a los veinte ya había alcanzado las islas del Oso, hacia el norte, y el Rejo, hacia el sur. A menudo, para espanto de sus señores padres, hablaba de su deseo de navegar más allá del horizonte occidental para averiguar qué tierras extrañas y fabulosas podrían encontrarse allende el mar del Ocaso.
Habían comprometido a lady Elissa en dos ocasiones, una cuando tenía doce años y otra cuando tenía dieciséis, pero había atemorizado a los dos pretendientes, como reconocía su padre a regañadientes. Sin embargo, en Rhaena Targaryen encontró a una compañera de parecer similar y la reina descubrió en ella a una nueva confidente. Junto con Alayne Royce y Samantha Stokeworth, dos de las mejores amigas de Rhaena, se hicieron casi inseparables, una corte dentro de la corte que ser Franklyn Farman, el hijo mayor de lord Marq, apodó «la Bestia de Cuatro Cabezas». Al nuevo marido de Rhaena, Androw Farman, se lo admitía en el círculo de vez en cuando, pero no con tanta frecuencia como para considerarlo la quinta cabeza. Más revelador resulta que Rhaena no lo llevara nunca a volar a lomos de su dragona Fuegoensueño, aventura que compartía a menudo con las damas Elissa, Alayne y Sam. (En justicia, es más que probable que la reina invitara a Androw a compartir el cielo con ella y que él declinara la invitación porque no era de espíritu aventurero).
Sin embargo, sería un error considerar idílico el tiempo que pasó la reina Rhaena en Torrelabella. No todo el mundo estaba conforme con su presencia, ni mucho menos. Incluso en aquella isla distante había Clérigos Humildes indignados de que lord Marq, como su padre antes que él, prestara apoyo y refugio a una persona que se consideraba enemiga de la Fe. La presencia continua de Fuegoensueño en la isla también ocasionaba problemas. Cuando se avista un dragón cada muchos años, es algo maravilloso a la par que aterrador, y es cierto que algunos isleños se enorgullecían de tener un dragón propio. Otros, por el contrario, estaban cada vez más inquietos por la presencia de la gran bestia, en especial porque cada vez era más grande y estaba más hambrienta. Dar de comer a un dragón en crecimiento no es tarea baladí. Y cuando se supo que Fuegoensueño había puesto una nidada, un clérigo humilde de las colinas del interior se puso a predicar que Isla Bella iba a infestarse de dragones que «devorarán por igual ovejas, vacas y hombres», a menos que acudiera un matadragones a poner fin a tal plaga. Lord Farman envió caballeros a que apresaran al hombre y lo silenciaran, pero no antes de que miles de lugareños hubieran oído sus profecías. Aunque el predicador murió en las mazmorras de Torrelabella, sus palabras perduraron e infundían temor a los ignorantes que las oían.
Murallas adentro, la reina Rhaena tenía también enemigos en el castillo de lord Farman, encabezados por su heredero. Ser Franklyn había luchado en la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses, donde resultó herido y derramó su sangre al servicio del príncipe Aegon el Incoronado. Su abuelo murió en aquel campo de batalla, junto con su hijo mayor, y a él le correspondió la tarea de devolver los cadáveres a su hogar, en Isla Bella. Pero no le parecía que Rhaena Targaryen sintiera demasiado haber sido causa de tantas desdichas para la casa Farman; a él, personalmente, le demostraba muy poca gratitud. También le molestaba su amistad con su hermana Elissa; en lugar de alentarla en lo que a él le parecía una conducta caprichosa y asilvestrada, ser Franklyn opinaba que la reina debería instarla a cumplir con su deber hacia su casa contrayendo matrimonio con alguien adecuado y pariendo niños. Tampoco le gustaba que la Bestia de Cuatro Cabezas se hubiera convertido en el alma de la vida cortesana de Torrelabella, mientras que a su señor padre y a él les hacían cada vez menos caso. A este respecto tenía toda la razón. Cada vez más señores de alta cuna, de las Tierras del Oeste y más allá, visitaban Torrelabella, según anotó el maestre Smike, pero cuando llegaban pedían audiencia con la Reina en el Oeste, no con el señor de una casa menor y su hijo.
Nada de esto preocupaba mucho a la reina ni a sus familiares, siempre que Marq Farman gobernara en Torrelabella, ya que era un hombre amable y bondadoso que quería a todos sus hijos, incluso a la obstinada de su hija y al débil de su hijo, y también quería a Rhaena por quererlos a ellos. Sin embargo, menos de una luna después de la celebración del aniversario de la reina y Androw, lord Marq murió inesperadamente a los sesenta y cuatro años mientras comía, atragantado con una espina. A su muerte, ser Franklyn se convirtió en el señor de Torrelabella.
No perdió el tiempo. El día siguiente a las exequias de su padre convocó a Rhaena a su gran salón, pues no iba a dignarse acudir a ella, y le ordenó que abandonara la isla. «No sois bien recibida aquí —le dijo—. Tomad vuestro dragón, vuestros amigos y mi hermano menor, que seguramente se mearía en los calzones si lo obligara a quedarse, y marchaos, pero no supongáis que podéis llevaros a mi hermana; se quedará aquí y se casará con el hombre que yo elija».
A Franklyn Farman no le faltaba valor, como escribió el maestre Smike en una carta a la Ciudadela. Sin embargo, sí le faltaba sensatez, y en ese momento no pareció darse cuenta de lo cerca que estaba de morir. «Vi fuego en la mirada de la reina —dijo el maestre— y durante un instante vi Torrelabella ardiendo, con sus blancas torres cayendo al mar, negras de hollín, y las llamas asomando por las ventanas mientras el dragón la sobrevolaba una y otra vez».
Rhaena Targaryen era de la sangre del dragón, y demasiado orgullosa para quedarse donde no la querían. Se marchó de Isla Bella esa misma noche a lomos de Fuegoensueño, después de haber dado instrucciones a su esposo y acompañantes para que la siguieran en barco «con todos aquellos que me quieran». Cuando Androw, rojo de cólera, se ofreció a enfrentarse a su hermano en combate singular, la reina lo disuadió de inmediato. «Te haría pedazos, mi amor —le dijo—, y si me quedara viuda por tercera vez, me llamarían bruja o algo parecido y me darían caza por todo Poniente». Le recordó que Lyman Lannister, señor de Roca Casterly, la había acogido anteriormente y estaba convencida de que la recibiría bien si volvía.
Androw Farman, Samantha Stokeworth y Alayne Royce se dispusieron a partir a la mañana siguiente, junto con más de cuarenta de los amigos, sirvientes y parásitos que rodeaban a su alteza, ya que había reunido a una buena camarilla como Reina en el Oeste. Lady Elissa los acompañaba, pues no tenía la menor intención de quedarse atrás: el Capricho de la Doncella, su embarcación, estaba listo para zarpar. Pero cuando el grupo de la reina llegó a los muelles se encontró a ser Franklyn esperándolo. Los demás podían irse y les deseaba buen viaje, anunció, pero su hermana se quedaba en Isla Bella para casarse.
El nuevo señor solo había llevado media docena de hombres para que lo acompañaran, y había menospreciado el cariño que sentía por su hermana la gente común, en especial los marineros, los armadores, los pescadores, los estibadores y otros vecinos de los distritos de los muelles que la conocían desde que era pequeña. Cuando lady Elissa se enfrentó a su hermano, le escupió desafiante y le exigió que se apartara de su camino, fue reuniéndose una multitud en torno a ellos, cada vez más acalorada. Lord Franklyn, sin darse cuenta de cómo estaban los ánimos, intentó retener a su hermana por la fuerza, pero los congregados se adelantaron y detuvieron a sus hombres antes de que pudieran desenfundar. A tres los empujaron al mar desde el muelle, y a lord Franklyn lo lanzaron a un barco lleno de bacalaos, la captura del día. Elissa Farman y el resto de los amigos de la reina embarcaron indemnes en el Capricho de la Doncella e izaron velas hacia Lannisport.
Lyman Lannister, señor de Roca Casterly, había ofrecido refugio a Rhaena y a su marido, Aegon el Incoronado, cuando los perseguía Maegor el Cruel. Ser Tyler Colina, su hijo bastardo, había luchado junto al príncipe Aegon en el Ojo de Dioses. Su esposa, la temible lady Jocasta de la casa Tarbeck, se había hecho amiga de Rhaena durante la temporada que habían pasado en la Roca, y fue la primera en notar que estaba embarazada. Como esperaba la reina, los Lannister volvieron a darle la bienvenida y también acogieron a sus acompañantes cuando llegaron a Lannisport. Se celebró una gran fiesta en su honor; a Fuegoensueño le dieron un rebaño completo, y a la reina Rhaena, su marido y acompañantes les asignaron unas estancias magníficas en las profundidades de la Roca para que estuvieran bien resguardados. Allí se quedaron durante más de una luna, disfrutando de la hospitalidad de la casa más rica de Poniente.
Sin embargo, a medida que pasaban los días, Rhaena Targaryen iba encontrando inquietantes todas aquellas atenciones. Se dio cuenta de que las doncellas y criados que les habían asignado eran espías que informaban de todo lo que hacían a lord y lady Lannister. Una de las septas del castillo preguntó a Samantha Stokeworth si había llegado a consumar el matrimonio con Androw Farman y, si ese era el caso, quién había presenciado el encamamiento. Ser Tyler Colina, el guapo bastardo de lord Lyman, se burlaba descaradamente de Androw, incluso mientras intentaba agraciarse con Rhaena contándole anécdotas de sus hazañas en la batalla de la Ribera del Ojo de Dioses y enseñándole las cicatrices de las heridas recibidas «al servicio de vuestro Aegon». El mismísimo lord Lyman empezó a demostrar un interés inusitado hacia los tres huevos de dragón que había llevado la reina desde Isla Bella, y preguntaba frecuentemente cuándo eclosionarían. Lady Jocasta, su esposa, dejó caer en privado que un huevo o varios serían un bonito regalo si su alteza quería mostrar su gratitud a la casa Lannister por acogerla. Cuando vio que la estratagema no daba fruto, lord Lyman se ofreció a comprar los huevos por una suma desorbitada.
La reina Rhaena se dio cuenta entonces de que el señor de Roca Casterly quería algo más que una huésped de alta cuna. Aunque aparentara actuar por amabilidad, era demasiado ambicioso y astuto para no sacar más partido a la situación. Quería una alianza con el Trono de Hierro, probablemente mediante un matrimonio entre la reina y su bastardo o uno de sus hijos legítimos; una unión que elevaría a los Lannister por encima de los Hightower, los Baratheon y los Velaryon, y los situaría como la segunda casa del reino. Y quería dragones a toda costa. Con jinetes de dragón propios, los Lannister estarían igualados a los Targaryen. «Fueron reyes en el pasado —recordó Rhaena a Sam Stokeworth—. Nos sonríe, pero se crio con las historias del Campo de Fuego; no las habrá olvidado». Rhaena Targaryen conocía también su historia, la del Feudo Franco de Valyria, escrita a sangre y fuego, así que dijo a sus acompañantes: «No podemos quedarnos aquí».